V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

Juana de Ibarbourou
El canto por la vida

Llegaste a mí y en ti yo estoy viviendo
y tú viviendo en mí, fiel prisionero,
de este decirte siempre que te quiero
y este probarte que no estoy mintiendo.
Juana de Ibarbourou

He buscado distintos ángulos y he recorrido, no uno, sino varios caminos para describir a Juana. ¡Cosa extraña! Su sencillez es tan notoria en sus escritos: en sus versos, en su prosa; en sus juegos con la naturaleza, en sus descripciones del amor, con el amante, por los besos, en la locura de la pasión; en los detalles de la vida y en los misterios de la muerte, que se me hace incomprensible el porqué de la dificultad de hablar de ella y transcribir estas búsquedas en el papel.

En este instante la encuentro en una fotografía de antaño que reposa sobre mi escritorio de formica vieja y entre cientos de hojas fotocopiadas; junto a un clip y a un lapicero de metal; bajo una pintura del recuerdo y una lámpara, compañera de mis instancias nocturnales y testigo de mis enlaces mágicos con la gente del ayer.

Allí está ella, mirándome, retratada en una imagen sin color. Combinaciones de blanco y negro resaltan en su mirar, en su sonreír y en su piel, y un destello profundo, desde sus ojos, me llama a entrar en sus secretos, a abrir su baúl de añoranzas y a cerrar mi pensamiento para conocer lo recóndito de su alma, de su corazón.

Puedo mirarla, entonces... Distingo a una niña de cabellos dorados, como el trigal; sus rizos se entrelazan con ráfagas de sol y de viento:

Cuando era niña, ¡cuánto me gustaba jugar en las parvas de trigo! Mi cabello rebelde y negro tomaba reflejos dorados bajo las pajitas brillantes que se prendían a él. Era en la época en que el aire es tibio y el viento tiene olor a margaritas.

¡Salvaje, alegre, soñadora,
niña al fin!

Me sonríe, se ríe mientras corre entre un árbol con ramas frondosas y un lago de cristales delicados; salta sobre hierba fresca, mira la lejanía de los bosques y, descalza, hace sonar las hojas que visten sus pies, que juegan con sus fantasías y que acompañan su caminar inocente, cálido, libre.

Amante de la naturaleza, de los cántaros, del huerto, de la selva, de las plantas, de los grillos; de los sueños, de los besos, de la luna; del río...

Siempre suspiro por ti, ¡oh bosque!, y por ti, ¡oh campo!, y por ti, ¡oh agua! (...) Yo estoy convencida de que hace un gran puñado de siglos, fui un arbusto humilde y alegre, enraizado a la orilla montuosa de un río.

Ella, Juanita Fernández, la Juana de América; ella, Juana de Ibarbourou, la musa que sonríe siempre; ríe con lo que viene y llora por lo que se va; ama lo que no tiene y tiene lo que ama; siente lo que vive y vive lo que siente.

De la inocencia de ser niña a la pasión de una mujer

Contar de Juana, hablar sobre su vida y sus sueños sin transcribir un fragmento de sus rimas y de sus prosas, es imposible; tratar de conocerla sin sentir en nuestra piel los encantos de sus relatos, es vano; querer comprender las pequeñeces de sus vivencias sin palpar en nuestro corazón la grandeza de aquellos momentos, es perder el sentido y la coherencia de lo real.

Para recordar la esencia de sus versos, es necesario haberlos saboreado; es imprescindible desearlos y vivirlos un poco para anhelarlos constantemente en el camino de la existencia, de lo cotidiano:

Frente a mi casa hay un tupido cerco de enredaderas. Y todas las mañanas amanece azul, como si un trozo de cielo, durante la noche, se hubiera desmenuzado sobre él. Muy temprano, apenas me levanto, corro a abrir la ventana de mi cuarto para mirar el hermoso cerco azul. Debe ocultar muchos nidos porque son muchos los gorriones que entran, salen y se agitan chillando entre el verde laberinto de sus tallos.

La poeta se describe como una niña imaginativa y silenciosa, y como aquella muchacha sensible y apasionada de la adolescencia que sentía fervor por el verso, que tenía vocación poética y, cuyo destino, la llevó cantando, sufriendo y andando, desde su casa pueblerina de Cerro Largo, hacia la gloria de las Letras.

"Fui una niña feliz", admite, pero con un ensueño que nunca tuvo alas pequeñas, señala Dora Isella Russell, pues "ya descubría mundos fabulosos en la mancha que la humedad formara en la pared de su cuarto; ya lloraba cuando le destruían el universo imaginado; ya pensaba en la muerte como venganza o como alivio a los males del día; ya amaba la hermosura; ya había florecido en ella ese instinto de venda y bálsamo que no perderá nunca".

Pequeña, andariega por los caminos de Melo, Uruguay, se la divisa inquieta:

Y andaba Juanita, andaba,
con sus muñecas, su perro
Tilo y sus libros de estudio
por las callejas del pueblo.
Andaba Juanita, andaba,
con un ángel de custodia,
y su pobreza tan rica
y sus ensueños de novia.

Y en "Selva", Juana revive la época quinceañera... cuando al pronunciarla se viene la sensación del bosque afelpado de musgos y lleno de los quitasoles apretados y movibles de las copas de los *rboles, bajo las cuales es tan grato, tan grato tenderse a soñar...

¡Selva! ¡Oh Dios mío, qué palabra tan alegre y tan fresca! ¡Qué palabra para mí tan llena de reminiscencias! Huele a eucaliptos, a álamos, a sauces, a grama; suena a viento, a agua que corre, a pájaros que cantan y pían, a roce de insectos y croar de sapitos verdes; evoca redondeles de sol sobre la tierra, frutas silvestres de una dulzura áspera, caravanas de hormigas rojas cargadas de hojitas tiernas, penumbra verdosa y fresca, soledad. ¡Oh Dios mío, evoca mis quince años y toda mi alegría sana, inconsciente y salvaje!

Leer sus versos y cantar lo que ella escribe es recorrer con tranquilidad los montes, los pajonales y los manantiales; es sentarse frente a cualquier horizonte para respirar la brisa de los valles, la quietud del abismo o el ímpetu de los mares y, así, sentir con pasión la vida que se mece en el cuerpo y que ronda por el alma. Es apreciar los detalles que nos regalan los amaneceres y querer aquello de lo que la cotidianidad nos rodea:

Nuestro huerto es nuevo y pequeñito. Los árboles recién empiezan a dar frutos (...) Esta primavera en el manzano cuajaron hasta dos docenas de flores. Y con amor hemos vigilado el desarrollo de las frutas, primero pequeñitas como avellanas, luego esponjadas y tersas como senos de muchachas (...) Y están ocultas en mi viejo aparador de cedro. Cuando abro el antiguo armario, un olor delicioso y suave llena el comedor. Es como si el alma del huerto estuviera escondida en el vetusto mueble y se esparciera de pronto por la habitación.

Según Alejandro Andrade Coello, Juana de Ibarbourou pertenece a aquellos poetas de la sencillez y del sentimiento, escritores que dejan honda huella en las almas porque nos trasmiten su emoción; sencillos artistas que calan en nuestro espíritu.

Muchacha apasionada, juventud alocada; sencilla, enamorada de lo que mira e ilusionada por lo que vive pues "no hay para ella más belleza que la belleza sensible de las cosas: de la forma, el color, el sabor, el perfume. No hay para ellas más amor que el amor simple y embriagante de unos labios húmedos y de un pecho fuerte".

He vuelto de la cita con cuatro alas de abejas
prendidas en los labios. Cuatro alas de abejas
doradas y bermejas (...)

Tus labios en mis labios derramaron su miel... y tuve la dulzura de un panal en lapiel... Las cuatro alas de abeja no se ven, mas las siento en la boca... vibran en mi sien.

¿Y qué se puede decir de la mujer, de la amante soñadora y realista a la vez, presente en "Las Lenguas de Diamante"?:

Bajo la luna llena, que es una oblea de cobre,
vagamos taciturnos en un éxtasis vago,
como sombras delgadas que se deslizan sobre
las arenas de bronce de la orilla del lago. (...)
Bajo la luna-cobre, taciturnos amantes,
con los ojos gimamos, con los ojos hablemos.
Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamantes
movidas por la magia de diálogos supremos.

Según Galo René Pérez, en Las Lenguas de Diamante, se refleja una mujer que ha desafiado su juventud, su nombre, las conveniencias sociales, la farsa, la hipocresía del género humano para decir la verdad, para descubrir al lector su orbe íntimo, el de una mujer a quien no preocupan las abstracciones del mundo, que no aspira a sobrevivir, sino a vivir. Con Juana, lo puro, lo inocente, lo sano, lo aséptico es el amor que la naturaleza brinda, el amor desnudo, no el semivestido que provoca y niega.

El motivo amoroso, señala Alberto Zum Felde, inspira todos sus poemas: "Amor ajeno a todas las sutilezas y complicaciones intelectuales de nuestra civilización; amor simple, primitivo, natural, hecho de instinto poderoso y de gracia poética, como el de una criatura de los campos, como el de las palomas. Siente en todas las sensaciones de la naturaleza al amante y halla en el amante todas las sensaciones de la naturaleza", porque hay en su alma una generosidad sin límites y el cuerpo no puede ser en ella, tabú:

Cuido mi cuerpo moreno
como un suntuoso marfil.
Cuido mi cuerpo moreno
para que de gracia lleno
sea de pie hasta el perfil

En Juana de Ibarbourou se distingue el clamor por la vida, se siente el amor que se derrama en los detalles del día a día, en las grandezas de lo desapercibido, en el silencio de lo prohibido, en el grito escondido de lo pequeño, de lo sencillo:

Quizás ni sabios ni poetas sepan explicar nunca esa especie de tristeza o de unción que el atardecer anuda en nuestra alma. Tal vez, únicamente, el hombre que implantó el rito de la oración de la tarde lo supiera. Y quizás lo sepan también los grillos, que de día trabajan o duermen y en las nochecitas de Enero elevan su canto, que puede ser muy bien un Padrenuestro o una Salve. Desde que he pensado esto, cuando oigo sus notas agudas entra la hierba de los caminos, al atardecer, ya no le digo a mi alma:

-Los grillos cantan.
Sino:
-Los grillos rezan.

Juanita, la niña de cabellos negros con destellos de pepitas de oro, de soplos de trigo, de lágrimas de sol, de alma de fuego, de espíritu tierno, se convirtió en la mujer de América que conquistó el corazón de poetas y pensadores; así el de Unamuno, el de Emilio Frugoni, y el de Gabriela Mistral, quien se expresó así de Juana:

"Por algo lleva ella nombre geográfico adobado al de la pila bautismal; no es ningún azar ese apelativo que le dieron, y que la deja sola con la América , dueña de la llave inefable de nuestro mujerío, es decir, con la fórmula de la femineidad americana (...) La simplicidad, el instinto radioso, el candor y la pureza de las potencias son más dificultosos de entender que la oscuridad, el pecado y la degradación de las facultades. Ahí está el agua cayendo llena de luz y de gozo, el agua sin par de Juana. Beber, callar mientras se bebe, y agradecer; esa es toda la política que nos corresponde a mujeres y a hombres en el caso de Juana de América."

Del amor a lo sencillo al amor a lo profundo

Dora Isella Russell afirma que cada edad de la existencia tiene su dimensión, pausa y vuelo, así como su luz. La adolescencia de Juana de Ibarbourou, con luces de alba, da paso a la mujer que prefiere acogerse a su penumbra afectiva. La muchacha aquella de Lenguas de Diamante, desafiante para presentir la vida, ahora, "que ha debido conocerla desde adentro -la vida con la fe, el amor, las decepciones, la esperanza inmortal-, sabe que no puede eludirse porque es obligación creada desde el nacer, y compromiso contraído desde que se arquitectura el pensamiento. Contra su pecho de proa se han estrellado todas las mareas del alma; y el rudo contacto de lo cotidiano ha ido acendrando su amarga sabiduría. Vuelve a su ayer los ojos; a ese ayer en que era rico nacimiento, el día en tierra gris y aire celeste; cuando hacía del existir un pretexto de su gozo, y moría jubilosamente -para tornar a renacer tan clara- como los puros musgos de las fuentes. Pero en ese repetido juego -alternancia proverbial de luz y sombra- se fue plasmando la forma decisiva. Hay un nuevo destino; todo es renacimiento, porque todo es mañana; también el morir".

Su anhelo de renacer, de inmortalidad, señala Alberto Zum, no tiene nada de místico. Juana no ansía la existencia radiante de otras esferas, ansía la vida sensible de la tierra, el amor humano y la belleza de este mundo:

Amante: no me lleves, si muero, al camposanto.
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente.
A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

Juana de Ibarbourou se encuentra en su etapa otoñal, cuando el cuerpo empieza a trazar su curva, a recorrer su parábola para declinar hacia la tierra:

La rosa de mi cuerpo
hoy es lirio beato.
Con triples vendas la ciñó la angustia
y yo con triples velos la recato.

Pero la poeta vio la belleza de esta etapa, sintió el placer de romper el miedo a lo desconocido para entrar con serenidad a la esperanza de lo eterno:

Serena voy, serena, ya quebradas
las ardientes raíces de los nervios.
Queda detrás el límite
y empieza el nuevo cielo.

Para Juana, señala Galo René Pérez, la idea de lo finito y lo infinito ha culminado en la idea de la eternidad, de Dios. El amor al cuerpo se ha convertido en amor al alma. Al canto a lo creado, a su claro naturalismo sensualista, ha sucedido el canto al Creador; a su recrearse en el cuerpo substituye su recrearse en el alma:

Todo está en Ti, todo eres Tú, tú eres,
¡Oh, Padre Universal, extenso Padre!
Por mi perfecta célula y el alma
que a Ti elevo en jornadas de alabanza,
por la piedra que calla,
por el río que canta,
gracias, Señor mi Dios, tan necesario
que hasta el monstruo te ama.

Juana cantó siempre.
Cantó en verano: con ingenio ató sus ensueños en el aroma a pan y a trigo.
Cantó en primavera: con ingenuidad desató sus sueños en el sabor a tierra y a eucalipto.
Cantó en invierno: con pasión abrazó sus vivencias en el color a cántaro y a luna.
Cantó en el otoño: con serenidad expresó sus temores en el mirar al cielo y a lo eterno...
Y canta hoy, en el recuerdo de sus versos, caminos que he recorrido, y en las ansias de mi alma por decir, cada instante, que la vida es bella.

La ecuatoriana Margarita Andrade es comunicadora social.

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