V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

Aportación de la mujer protestante a la reforma social y educativa en España

En la segunda mitad del siglo XIX, el analfabetismo afectaba en España a casi tres cuartas partes de la población, la mayoría mujeres. Esto no era de extrañar, porque se pensaba que la educación conllevaba serios peligros para el llamado sexo débil. Así, por ejemplo, en 1895 un especialista en antropología y etnología opinaba en la revista oficial de los médicos alemanes, Aerztliches Vereinsblatt, que la incapacidad fundamental de la mujer para ejercer la medicina se basaba en la estructura del cerebro femenino, ya que éste no sólo tenía menos masa que el del varón, sino que además era menos simétrico, con lo cual la mujer estaba capacitada sólo hasta cierto grado para elaborar material científico. Además, la dedicación a esta tarea no sólo perjudicaría el cuerpo y el espíritu de la médica misma, sino también el de su posible descendencia en el caso de que dicha médica no prefiriera el celibato. En este contexto es realmente meritoria la labor llevada a cabo por un grupo de mujeres protestantes a favor de la educación superior de la mujer en España. Nos estamos refiriendo al Instituto Internacional.

Su fundadora, Alicia Gordon Gulick, creía en la educación como instrumento de reforma y regeneración social y al igual que los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, con quienes mantuvo relaciones de amistad y colaboración, creía que éste era el medio que España necesitaba para salir de su atraso secular y del fanatismo religioso que atenazaba el país, y a ello se dedicó durante toda su vida, en cuerpo y alma.

Había llegado a España, con su marido William Gulick, a raíz de la libertad de cultos proclamada por la Revolución de 1868. Se instalaron primero en Santander y más tarde en San Sebastián, donde abrió una escuela elemental y un internado que entonces se ocupaba especialmente de formar a las chicas para ser maestras en las escuelas protestantes, puesto que en los colegios públicos no podían trabajar porque era imprescindible enseñar la religión católica.

Poco a poco, el internado se convirtió en un prestigioso centro educativo, conocido como Instituto Internacional. El método de enseñanza no era el usual en España. La educación se basaba en una enseñanza activa, muy alejada de los métodos memorísticos al uso. Se enseñaba a estudiar, a resolver problemas, a pensar lógicamente. Se favorecían la educación física, los juegos, las excursiones, la apreciación de la naturaleza y el estudio directo de ella, de manera práctica, en los laboratorios y el campo. El arte se estudiaba en las catedrales y museos, y la literatura, leyendo las obras de los distintos autores, todo acompañado de una fuerte dosis de ética y moral cristiana. La memorización del libro de texto y el examen subsiguiente no se practicaba. Todo esto era una auténtica innovación pedagógica en aquella época y más, hablando de mujeres. El Centro contaba, además, con profesoras de educación preescolar, siendo una de las instituciones pioneras de este tipo de educación en España, y con una escuela nocturna de alfabetización. De este centro salieron también las primeras mujeres bachilleres preparadas exclusivamente por mujeres.

La calidad de la enseñanza que se impartía en el Instituto Internacional se aprecia en las calificaciones obtenidas por sus alumnas en los exámenes efectuados en el Instituto Provincial de Guipúzcoa. En los 310 exámenes realizados entre 1890 y 1897, obtuvieron 73 Sobresalientes, 104 Notables, 82 Buenos, 47 aprobados y sólo 4 suspensos. De los 22 exámenes realizados en la Universidad Central de Madrid, entre 1895 y 1897, obtuvieron 20 Sobresalientes, 1 Notable y 1 Aprobado.

Cuando Alicia Gordon Gulick llegó a España, el estado de la educación de la mujer era de total abandono. Las clases humildes no tenían posibilidad de aprender, puesto que apenas había escuelas para niñas. La clase media y alta educaba a sus hijas en conventos, en los que se les enseñaba a leer y escribir con bonita caligrafía, a coser y a bordar; quizá un poco de francés, muchísimo catecismo, y un poco de piano. Era una época en la que se pensaba que la educación de la mujer debía ir encaminada a la formación del carácter y el desarrollo de buenos modales.

Eran poquísimas las mujeres que se atrevían a acercarse a la Universidad. La escritora Concepción Arenal tuvo que vestirse de hombre para poder asistir a clase sin provocar un escándalo. Más tarde, en 1892, otra pionera, María Goyri, mujer y colaboradora de Ramón Menéndez Pidal, tras muchas negociaciones, consiguió matricularse en la Universidad , con la condición de que no estuviese en los pasillos, sino que entrara en la antesala de los profesores y esperase allí al catedrático para ir al aula y volver con él, una vez terminada la clase. Durante las explicaciones, se tenía que sentar en una silla aparte, cerca del profesor, a fin de no perturbar el orden de las clases.

Algunas otras estudiantes habían conseguido permiso para asistir a clase, pero hasta entonces ninguna se había presentado por libre a los exámenes. Este honor les cabe a dos mujeres evangélicas: Esther Alonso y Juliana Campo, que obtuvieron su Licenciatura en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid en 1887. Cuando los componentes del tribunal, los profesores Salmeron, Morayta y Amador de los Ríos preguntaron maravillados quien las había preparado, contestaron con orgullo: "¡Mujeres!" Algunas de las profesoras procedían de las instituciones de mayor prestigio en el campo de la educación femenina en Estados Unidos, graduadas de Mount Holyoke, Wellesley, Smith, Vassar, etc, pioneras de la educación superior de la mujer.

A la dificultad de ser mujer había que añadir el hecho de ser, además, protestantes, porque en aquella época ni una cosa ni la otra resultaba fácil. Así, por ejemplo, Marina Rodríguez vio cómo su título de bachiller le era retirado, y se le impedía matricularse en la universidad, a pesar de haber pasado los exámenes de forma satisfactoria y de haber abonado las tasas correspondientes, simplemente porque su fe de bautismo estaba firmada por un pastor protestante. Después de las alegaciones oportunas se pudo matricular, y obtuvo la Licenciatura en Farmacia en 1900, abriendo un nuevo campo de trabajo para la mujer española.

Cuando el 21 de abril de 1898 se declara la Guerra con Estados Unidos, el colegio hubo de cerrar sus puertas de la Avenida de la Libertad de San Sebastián. Habían pasado casi dos décadas, tiempo durante el cual se habían formado centenares de mujeres dentro de la insignia de la modernidad, gracias a esa una experiencia pedagógica única en la ciudad. El papel del colegio en la sociedad donostiarra había arraigado tanto, que la reina Mª Cristina, que veraneaba en la ciudad, mostró su interés por la línea educadora de Alicia Gulick, con la que se entrevistó varias veces. Incluso el piano de la señora Gulick, excelente pianista ella misma, fue llevado en varias ocasiones al palacio de Miramar para que diera conciertos ante la reina.

Cuando se declaró la guerra, Alicia Gulick se encontraba en Estados Unidos recaudando fondos. Mujer de carácter sólido como para afrontar cualquier contrariedad, durante este tiempo trabajó como enfermera cuidando soldados cubanos y portorriqueños, mientras el colegio se trasladaba temporalmente a Biarritz, Francia. Tras una breve estancia en esa ciudad, el Instituto Internacional se estableció en Madrid, pero su fundadora no llegaría a ver su sueño de más de teinta años hecho realidad, puesto que murió mientras se efectuaba el traslado. Sin embargo el Instituto pudo continuar su andadura gracias al apoyo de muchas personas a las que Alicia Gordon Gulick había transmitido su pasión por la educación.

En los años veinte y treinta se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Madrid. Allí, intelectuales como Ortega y Gasset o la poetisa chilena Gabriela Mistral dieron conferencias, , y el Instituto sirvió de modelo y colaboró estrechamente con la Junta para Ampliación de Estudio en dos proyectos pioneros de la renovación pedagógica en España: la Residencia de Señoritas y el Instituto-Escuela. La Residencia de Señoritas contó con el primer laboratorio de química para mujeres en Madrid, ya que el laboratorio de la Universidad daba preferencia a los varones a la hora de hacer las prácticas. El laboratorio fue montado por Mary Louise Foster profesora de Química en Smith College y miembro muy activa del Instituto Internacional. Tan buena impresión hicieron las clases de Química de la profesora Foster en los medios científicos universitarios de Madrid, que un profesor de la Universidad decidió dar crédito académico a las alumnas aprobadas por aquélla en sus cursos de la Residencia de Señoritas.

La Guerra Civil pondría fin a esta labor, pero su aportación a la educación, en general, y a la de la mujer, en particular, fue inestimable, y abrió camino para la educación superior de la mujer en España.

El Instituto Internacional estuvo en sus orígenes ligado a las misiones, combinó en su trabajo el esfuerzo misionero con el educativo, pero al faltar los fondos al iniciarse la Primera Guerra Mundial, tuvo que integrarse en la Junta de Ampliación de Estudios, con la que compartía ideales educativos, y establecerse como un centro educativo aconfesional, y pudo impartir educación religiosa sólo a las alumnas cuyos padres lo solicitaran. El Instituto se convirtió así en un centro donde se practicaba la tolerancia religiosa, algo inusitado en la España de principios de siglo. De hecho, en el Instituto convivían desde su fundación niñas católicas y niñas protestantes, sin que por ello se crearan problemas. Así, no fue extraño que en un debate sobre educación laica celebrado en el Senado español en 1911, se citara al Instituto como modelo de tolerancia religiosa.

Pero el Instituto Internacional no se dedicó solo a la preparación intelectual, sino también a la labor social, orientada a ayudar a la mujer de clase media a ganarse la vida. Así, los primeros cursos de biblioteconomía que se dieron en Madrid tuvieron lugar en el Instituto Internacional. Pero no solo en clases formales y en la biblioteca (la primera en Madrid que permitió el préstamo de libros), el Instituto contribuyó a la enseñanza superior de la mujer en España, sino también al ofrecer becas e intercambios a universitarias y mujeres profesionales, lo que permitió que varias generaciones de españolas tuvieran la oportunidad de estudiar en los mejores centros de los Estados Unidos. Una de ellas, Caridad Rodríguez, oriunda de Besullo, en Asturias, llegó a ser profesora en Wellesley College y en la Universidad de Nueva York. Su paisano Alejandro Casona le dedicó uno de sus libros; "A Caridad, que entiende de Letras y de Espíritu".

Precisamente estos contactos entre las universidades americanas y el Instituto Internacional, ya mediante el sistema de becas o por medio de muchas de sus profesoras graduadas de las mejores universidades femeninas fueron esenciales para el desarrollo del hispanismo en el continente americano. Por ejemplo, en Wellesley dieron conferencias Américo Castro, Salvador de Madariaga, Andrés Segovia, etc. y enseñaron en el departamento de español, Pedro Salinas y Jorge Guillén, entre otros.

Una de las graduadas del Instituto Internacional, Carolina Marcial Dorado, fue profesora de español en Wellesley College, la Universidad de Puerto Rico, Bryn Mawr y Barnard College de la Universidad de Columbia en Nueva York, donde fundó el Departamento de español. Autora de varios libros de texto de español para extranjeros, fue una de las mejores embajadoras de la cultura española en América, haciéndose merecedora de la concesión de la Gran Cruz de Alfonso XII y de la Cruz de Plata del Mérito Civil, única personalidad protestante que las ha recibido. A su muerte, ocurrida en Nueva York a la edad de 52 de años a causa de un ataque al corazón, el New York Times escribió una amplia necrológica, haciéndose eco de su labor a favor de la cultura española.

Alicia Gordon Gulick, sus colaboradoras y discípulas no se conformaron con la desigualdad heredada, demostrando que la falta de capacidad que tradicionalmente se había atribuido a la mujer estaba en relación directa con la falta de oportunidades de formación y no con la ausencia de facultades. Estas mujeres estaban fuertemente motivadas para cambiar la situación y para forjar, además, nuevos roles generadores de recursos para las mujeres, que actuaran como motor de cambio de la sociedad española. La labor de transformación que estas mujeres protestantes llevaron a cabo, constituye, sin duda, una parte de la realidad que tiene que conocerse e incorporarse a la historia de la mujer en España.

En este sentido, hay que destacar que, mientras en círculos evangélicos es una figura prácticamente desconocida, el Ayuntamiento de San Sebastián decidió en 1998 dedicar una calle de la ciudad a Alicia Gordon Gulick por su labor como pionera de la educación superior femenina en el País Vasco.

En fin, la falta de tiempo nos impide continuar rescatando del olvido la vida de tantas y tantas mujeres que han contribuido a lo largo del tiempo, de una u otra forma, no sólo a la difusión de la religiosidad protestante en España, sino también al cambio social y cultural. Conocer la historia de estas mujeres cambia irrevocablemente la visión del pasado, por lo que la historia debe ser reajustada y ampliada para incluir tanto a las mujeres como a los hombres. El resultado será una nueva versión del pasado humano enriquecida y completada, versión que nos ofrecerá por primera vez una verdadera historia de la humanidad.SV

Margarita Muñiz es una historiadora española especializada en temas de género en el protestantismo español.

 


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