
Editorial
Con mucha gratitud les entregamos este nuevo número de la Revista Signos de Vida. Es el primer número
en el cual participo como director. Estoy agradecido por todos los compañeros y las compañeras
con quienes recorremos juntos este camino. Así es exactamente como me siento: un
caminante que se integra a un camino que no fue echo por él, sino que le toca seguir la caminata.
Para la preparación de este número, y de los que seguirán a lo largo de 2005, tuvimos la reunión del Comité
Editorial de Signos de Vida. Al iniciar el encuentro nos dejamos inspirar por el evangelista Lucas, quien en el
capítulo 24, versos 13 al 35, nos habla del camino de los discípulos a Emaús.
Los discípulos de Emaús no parecen ser del grupo histórico de los 12 discípulos de Jesús (v.33). En verdad,
parecen ser un símbolo de todos los discípulos y discípulas de Jesús. La historia de la iglesia se ha interesado por
los discípulos de Emaús, porque ellos expresan lo que sucede una y otra vez en cada uno de nosotros y nosotras:
la fe se desanima por las frustraciones y se ve envuelta por la desesperanza. Ese sentimiento de los discípulos
de Emaús siempre se hace presente, vez tras vez, en la historia de los cristianos y cristianas.
El evangelista Lucas nos dice que los discípulos no solo iban hacia Emaús, sino que, antes de nada, huían de
Jerusalén. El pastor es herido y sus ovejas se dispersarán (Mt 26.31). En Jerusalén todo había salido bastante mal.
Lucas nos dice, en el capítulo 22, que el clima en la ciudad era de persecución:“También este estaba con él”(v.56);“Tú también eres de ellos”(v.58); “Seguro que estaba con él. Además es de Galilea” (v.59). De manera que lo
mejor era salir de allí (v.59).
Todo el proyecto que tenían. La confianza de los discípulos que Jesús era el libertador de Israel (Lc 24.21).
Su entrada triunfal en Jerusalén, en la que fue aclamado como rey. El Reino de Dios parecía estar allí, a la vuelta
de la esquina. Pero, todo eso parece ahora una gran tragedia. Demasiadas expectativas frustradas. Por eso regresan
hacia Emaús, a la tranquilidad de sus hogares. Frustrados, desencantados, decepcionados. Así siguen el camino.
Mientras siguen por el camino, avanzan en un monólogo, de esos que uno tiene consigo mismo cuando nos
asfixiamos con un problema, que se va agrandando dentro de nosotros, como un trauma que nos impide pensar
en cualquier otra cosa.Avanzan en esos pensamientos de destrucción de la autoestima, pensamientos negativistas
en relación con la vida. En ese camino, nos dice el evangelista Lucas que, de forma anónima y disfrazada,
aparece el propio Jesús. Los discípulos no lo reconocen. Eso es típico en una situación de depresión. Pero él tampoco
se da a conocer. Sencillamente camina con ellos (Lc 24.15-16).
La pedagogía de Jesús es la de acercarse, caminar juntos, seguir el ritmo y sólo entonces preguntar:“- ¿De
qué van hablando ustedes por el camino?” (v. 17) “¿Qué ha pasado?”(v.19). Jesús les hace conocer que está interesado
en sus preocupaciones. Les invita a que compartan su desánimo, su desesperanza, su falta de fe.
Por supuesto que Jesús conoce sus preocupaciones. Sólo desea que ellos mismos expresen la amargura de
sus corazones. Que hablen de su cansancio, de su incredulidad, de sus frustraciones.Y luego de escucharles, Jesús
habla, apoyándose en las Escrituras, y les ayuda a reinterpretar los hechos.
Para los discípulos, la muerte de Jesús fue una tragedia, una victoria de los poderosos, una victoria de los saduceos,
de los fariseos, de los herodianos, de los representantes del imperio romano. Sin embargo, Jesús los dirige
hacia una nueva dirección. Las cosas no son lo que parecen ser.
“¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?” (v.26). Jesús enseña a los discípulos
que su muerte tiene que ver con la radicalidad del amor de Dios. Un amor que no se acobarda, que no se
“echa atrás” en el momento del peligro. Por eso, Jesús triunfó en esa situación. A Dios no se le ha ido de la mano
el control de la situación. Dios quiso enseñar al mundo la radicalidad de su amor, de su deseo de salvación de
la humanidad. Por eso, la muerte de Jesús fue un triunfo de Jesús sobre el mal, sobre los poderes de la muerte.
Nada ni nadie consigue mitigar el amor de Dios, ni la misma muerte.
Los ojos de los discípulos se van abriendo poco a poco. El horizonte trae una nueva luz. La noche está llegando,
pero en el corazón de los discípulos empieza amanecer. “Quédate con nosotros, porque ya es tarde”
(v.29). Quédate con nosotros porque esta conversación nos hace bien. Sigamos conversando dentro de la casa.
“¡Qué bueno que estemos aquí! Haremos tres chozas y nos quedaremos aquí”, diría Pedro (Mt 17.1-9)
A diferencia de lo que pasó en la historia de la transfiguración, aquí Jesús se quedó con ellos. Entró en su
casa. Al bendecir y partir el pan, se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús (v.31). ¡Es Jesús! !É no ha fracasado!
!Él vive!. Al reconocer estyo, Jesús desapareció.
Ahora sienten que su huida de Jerusalén fue absurda. No hay de qué huir. No hay por qué huir. No existe
fracaso del cual marcharse. Por eso,“sin esperar más, se pusieron en camino y volvieron a Jerusalén” (v.33).Volver
a Jerusalén significa volver a la lucha, al lugar que les duele, al lugar de donde acababan de marcharse. Su vida
tiene sentido otra vez. La causa de Jesús tiene sentido. Y en Jerusalén, con los otros discípulos de Jesús,
comparten su nueva interpretación de los hechos.
Por los diferentes caminos que recorren los discípulos y discípulas de Jesús en América Latina, hay muchos
que están el camino de Emaús.Algunos van perplejos, cargados, llenos de muchos compromisos, con muchas tareas
por hacer, desanimados, deprimidos, preocupados por su seguridad y por su tranquilidad.También hoy muchos
miran hacia atrás y dicen:“Nosotros teníamos la esperanza de que él seria el que había de liberar... pero
ya hace tres días que pasó todo esto. Aunque algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado,...
pero a Jesús no lo vieron”. (vv.21-24).
También en nuestros caminos nos hacen falta compañeros y compañeras que se acerquen, que nos escuchen
y que compartan con nosotros y nosotras el fuego de la utopía, que inflame los corazones, que resucite la
esperanza. En verdad, siempre necesitamos vivir la experiencia de Emaús de nuevo. Siempre hay que reinterpretar
los hechos y redescubrir la esperanza de nuevo.
En ese sentido, les entregamos esta revista y las que seguirán. Buena lectura.
P. Nilton Giese
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