V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
www.clai.org.ec

Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

Santa Mariana de Jesús
Una mujer de fe

Los recuerdos de la niñez son los más gratos. Momentos del ayer que se transforman en vivencias fantásticas del hoy y, que de alguna manera, se vuelven en esperanzas que alientan el mañana; pequeños detalles que avivan el espíritu, que refrescan la mente... Vuelven palabras y eventos que se quedan, estáticos, en el presente para palparlos con los sentidos de la vida, del cuerpo y del alma: juegos, saltos; risas, llantos y una que otra pataleta que, al traerlos, al recuperarlos del allá, te hacen reír y, otras veces, sonrojar. Recuerdo, con mucha alegría en mi corazón, los abrazos y sonrisas que me regalaba mi hermano cada vez que regresaba del colegio; miro, con algo de nostalgia, la salida del sol en mis desayunos mañaneros; escucho, con extraña emoción, el griterío de los recreos en la escuela; vivo la alegría cuando regresaba a casa después de cualquier paseo familiar, y siento en mi piel el aroma a naranjilla que salía de la cocina para impregnarse por horas en la sala.

Añoro los pasos de mi padre forjadores de respeto y admiración en mi corazón, y anhelo tomar entre mis brazos la sencillez de mi madre... Recuerdo la quietud que tenía en su caminar por la vida; su devoción y respeto por los santos me desconcertaba, no podía comprenderla del todo. Pero hay algo que mantengo tan latente y que, a su vez, alivianaban mis temores, porque siempre fui una niña de miedos y, entre ellos, estaba el temor que siempre sentí por los temblores, por los truenos, por las tempestades.... Corría y me refugiaba en mi madre, en su calor, en su olor a vida, a miel.

En algún momento, sentada en su regazo, me dijo:

"Mi reinita, no se preocupe, no llore porque en Quito no habrá más terremotos porque Santa Marianita de Jesús entregó su vida a Dios a cambio de que en la ciudad jamás vuelvan los terremotos".

Me parecía tan extraño; no lo comprendía, pero le creía. Confié en que ningún terremoto dañaría mi ciudad, y que gracias a esa santa yo ya no tendría la posibilidad de lanzarme bajo los umbrales de la puerta para evitar que la tierra me tragase, o que el techo cayese sobre mi cabeza.

Las palabras de mi madre me tranquilizaban porque, después de todo, vivir en las faldas de un volcán, es muy poco alentador para alguien imaginativo que, como yo, crea imágenes en las cuales se oye al "señor" volcán despertarse de su largo descansar para sorprendernos con una bocanada de lava y una lluvia de rocas.

Hace cinco años más o menos, cuando el Pichincha erupcionó en la ciudad de Quito, formando un hongo de humo y ceniza, no sentí miedo y estuve segura que no pasaría más allá de un espectáculo natural porque recordé la ofrenda que hiciere Santa Marianita de Jesús hace más de 350 años.

Al repasar mis ojos y mis manos por las hojas de su historia, de su vida, mi alma se llena con algo de admiración y de sorpresa; con mucho de dolor e incomprensión, y con una infinita necesidad de conocerla más. Se relata con detalle, en documentos y libros, las torturas a la que ella se sometía diariamente; los autores de su biografía, basados en los Procesos de Beatificación que publicó el padre Julio Matovelle, describen su forma de lastimar su cuerpo y de trasmitir su vivir: "... hacía oración devota, sin ocuparse en juegos y entretenimientos de niña, sino en cosas espirituales y devoción... se azotaba fuertemente... y toda su conversación era de la gloria de la virginidad y pureza, y de la penitencia, y vida de los santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación... nunca dejó sus ayunos y ejercicios de mortificación y virtud". ¿Por qué el uso de cilicios para castigarse de esa manera?, ¿por qué ese gozo que sentía cuando hacía penitencias de horror?

La miro sentada en su jardín. No puedo distinguir si es de rosas o azucenas, solo puedo escuchar el cantar de los gorriones, y sentir la suavidad en el ambiente con perfume a geranios, un aroma que me desconcierta; toco la quietud del viento y la tibieza del sol. Ella esta allí, junto a un árbol, juega con sus manos, teje quizá, canta sin duda. Su piel es tersa, blanca, sin un rasguño, sin rastros de sus duras penitencias, pero no puedo mirar su rostro de frente.

Allí está ella en silencio. Quizá eso es lo que más me impresiona de Mariana, su silencio; no habla, no dice, no gesticula, solo actúa.

Hablar de esta santa no es fácil, será necesario conocer algo de su época para entenderla y admirarla mejor.

El espíritu de la época

Según Enrique Villacís, el espíritu del siglo 17 se caracterizó por la fe, una fe viva y admirable; predominaba, además, una unidad religiosa que no se rompía en ninguna circunstancia, en donde el culto y la atención a las obras sociales era muy bien llevada por los obispos y las ordenes religiosas.

Sin embargo, existía mucha liviandad en las costumbres, flaquezas de los hombres que se transformaban en inmoralidad, en vicios que ofendían a la dignidad del individuo; así, el sacerdote debería ser "cristal limpio", pues existía una falta de vocación en muchos miembros del clero regular y secular. "No pocos elegían el estado eclesiástico solo por conveniencia, sin atender a las mociones divinas. Unos se hacían eclesiásticos por salir de su humilde condición a codearse con la nobleza; algunos abrazaban el sacerdocio a la vejez, tras una juventud de campañas militares, y difícilmente olvidaban la libertad del campamento... El hábito no hace al monje sino el carácter sacerdotal con un corazón que se asemeje al de Cristo".

Otra característica de este siglo, agrega el autor, es el rigor en las leyes y castigos, pues los azotes en el potro de dar tormento no tenían nada de extraordinario; así como lo era las procesiones de penitencia y ver muchedumbres que tomaban disciplinas e iban por la ciudad con toscas y pesadas cruces sobre los hombros.

"En estas condiciones de la época cuando la fe es vivísima, el culto espléndido, el apostolado heroico y las obras sociales están perfectamente atendidas por los obispos y las órdenes religiosas; en un siglo de desprecio del dolor físico, de empresas varoniles, de contrastes de santidad y relajación, Mariana de Jesús se presenta a nuestros ojos humana y divina al mismo tiempo."

Quito, la muy noble y muy leal, la franciscana Quito, la ciudad de iglesias afiligranadas y de campanarios que apuntan al cielo, la de los suaves jardines y fragantes pétalos, ha sido agraciada por el destino, con el privilegio de ser la cuna de Marianita de Jesús Paredes y Flores, quien enseñó el camino del sacrificio, el camino del amor a Dios, el camino del amor a los semejantes...

La ascética vida de Mariana de Jesús

Un dolor y un horror inexplicables me recorrieron el alma al leer sobre Mariana de Jesús. La paz de su aposento -a pesar de las torturas que se practicaba diariamente-, la sencillez en todo lo que hacía y la grandeza de sus decisiones, me desconcertaron...

Mi mente, entonces, solo se centró en el por qué de su accionar, buscando respuestas para comprenderla, para entender el camino de dolor que recorrió desde su niñez hasta el último día de su existencia, una existencia de misticismo y de naturalidad a la vez que invita a entrar en su mundo de quebranto, de oración y de contemplación para sentir su humildad y su mansedumbre de corazón.

Marianita fue hija de padres nobles, de abolengo, pero sencillos y justos con el indio y con el negro, muy distintos de los señores feudales; guiados por preceptos de la Doctrina de Cristo, trataban a los trabajadores como verdaderos prójimos.

La casa solariega y colonial de la santa era amplia y cómoda, con elegantes balcones. Cuenta Remigio Romero y Cordero: "La casa en que nació Mariana, casa de personas nobles y acomodadas, era de un solo piso en la fachada y de dos en los tres lados interiores de una gran patio principal, cuidadosamente empedrado. En el centro de él crecía algún árbol, tal vez un cedrón, con rosales alrededor. Grandes tinajas, de un barro vivamente rojizo, lucían allí, plenas de agua de montaña, mientras colgaba de un clavo fijado en algún próximo pilar, el jarro de plata con que fuese posible beber de esa agua nativa del Pichincha". Detalles que llaman al disfrute de lo sencillo, de lo cotidiano; que reflejan la calidad y calidez de lo desconocido, del silencio.

¡Que ganas de penetrar en este silencio! Un silencio al que se lo puede palpar en el ambiente, silencio que se confunde con el canto de los gorriones, con el olor a flores y a madera que se derraman en su lugar de reposo, de paz y de inexplicable sufrimiento a la vez: "... el departamento destinado a Mariana... era elegante. Colgaban de los muros bellas pinturas de asuntos devotos, cortinas, adornos, cuadros, muebles... pero Mariana, simplemente los retiró para preparar su celda que habitará en compañía de su Esposo Celestial... Frío y triste quedó el departamento, cuyo piso de ladrillo y cuyo zócalo de lo mismo, en las paredes, se mostraron bruscamente descubiertos. Con excepción de una vihuela, de una mesa, de una silla y de un mal cofrecillo de costura, allí había verdadera alhajas. No el cilicio antiguo, el saco o la áspera vestidura que usaban los penitentes de siglos muy remotos, sino el cilicio nuevo, las fajas de cerdas, las sogas, las cadenillas de hierro con puntas para ceñir y mortificar la carne, hasta obligarle a que derrame sangre".

Quizá la estructura de su hogar, la edificación de su casa y la presencia de los suyos fueron los únicos testigos fieles de la vida de Mariana, una vida de santidad. Se dice que desde pocos meses de nacida hacía ya ayuno: "... con gran sorpresa y asombro de su madre y de todos sus familiares, no se lograba que tomara el seno para alimentarse, sino a horas fijas, al mediodía y al comienzo de la noche". Su ayuno es tan riguroso que en los últimos siete años no prueba bocado, y su único sustento era la comunión. Ella siempre sintió el horror de la culpa y la necesidad del sacrificio para apaciguar la ira de un Dios ofendido por la criatura, así, se daba azotes con cuerdecillas con canelones, o con estrellas de acero en la punta de los ramales, o con cadenillas de hierro con agudos garfios.

Sin embargo, en la vida de Mariana no solo existió sufrimiento y padecer corporal. Ella vivió por y para las pequeñeces que le brindó la naturaleza, el prójimo; manjares para el alma, alimento del espíritu, luz para las ideas.

Amó la soledad del campo y aprendió a leer, escribir, tocar vihuela, clave y guitarra, dones naturales que la acercaron más a Dios porque "... el buen ejemplo de su casa y familia, y la lectura asidua de las vidas de los santos, le apartan de las alegrías y peligros del mundo, y la conducen por el camino de la penitencia y del apostolado, hasta hallar sus delicias solo en las obras que creía agradables a su Creador".

Su conversación, habitualmente, consistía en la caridad, la pobreza, la conformidad con la voluntad divina; ocupaba su tiempo en labrar, tejer, cantar. Comprendió que la ley divina se resumía en dos amores: amor a Dios y amor al prójimo, por esto fue mística y fue apóstol. Mística por su contemplar al Señor, su oración y silencio que se centraban en la más perpetua adoración; y apóstol, por su anhelo de enseñar la fe a los gentiles: "Para captarse la confianza de sus criadas y enseñarles el camino del Cielo se sienta al suelo con ellas, en santa camaradería, y cuando alguna enferma, la asiste con cariño, le hace la comida, le da de comer, la acuesta y levanta si es necesario, le barre el aposento y le arregla la cama, con humildad y caridad".

Con los pordioseros y mendigos demostró siempre generosidad, "Por esto todos los días dedica una hora a labrar e hilar y lo que gana lo reparte a los pobres, por manos de su confesor".

Después de fracasar en su intento de hacerse monja de Santa Clara o Santa Catalina, se entregó con más libertad a Dios para convertirse en mártir, no por la violencia de los tormentos que se practicaba en el misterio y misticismo de su aposento, de su celda, sino por la eficacia secreta de su oración, por la fuerza de su caridad pues jamás abandonó sus ocupaciones, su apostolado y las obras de caridad en el mundo. "Pero esta caridad que se derramaba en la tierra no impedía ni distraía un punto el vuelo de la caridad que remontaba a la altura. Dios invadía cada vez más toda su vida". Y el Padre Manosalvas, confesor de la santa, señaló: "Nuestro Señor la levantó a una contemplación y unión con su amado Esposo tan estrecha, que un solo punto no se apartaba de tenerlo presente, y ya no necesitaba de libros para saber lo que había de contemplar, porque de cualquier cosa que leía y oía, le era ocasión para estarse días y noches enteras alabando y amando a su Esposo".

La glorificación de Mariana de Jesús, como santa y sierva, fue sellada cuando ésta ofreció su vida por el pueblo de Quito, cuando entregó todo su ser, en cuerpo y alma, al Padre Celestial a cambio de que cesen los terremotos en la ciudad. Así lo confirma el padre Juan de Velasco: "La historia de la Presidencia de Quito está toda ella como jalonada por fatídicas fechas de cataclismos tectónicos. Una de éstas es la de 1645, cuando quedó reducida a ruinas informes la villa de Riobamba, y las sacudidas del terremoto, corriendo a lo largo de la cordillera, hicieron temer a Quito igual desastre. Cebábase al mismo tiempo en la ciudad una epidemia de ´alfombrilla y garrotillo` (sarampión y angina) que hacía espantosa mortandad tanto en los españoles como en los indígenas."

A raíz de esta ofrenda, Mariana ya no sale más de su casa, ya no va más a la iglesia porque inicia su martirio de servicio, de dolor, de enfermedad; martirio de una crudeza inaudita, que superó en rigor todo cuanto había ella padecido durante su vida, toda cuanta penitencia voluntaria había hecho jamás; y, de esa forma, el viernes 26 de mayo de 1645 expiró, fiel hasta el último instante a su vocación de sierva y mártir, de amiga y esposa, de mujer sencilla, de mujer de fe; santa enamorada de Jesús.

Una santa que entregó su vida por los demás, por su Patria y que "... del huerto donde enterraban la sangre vertida por Mariana en sus asombrosas penitencias nacían matas de flores sin sembrarlas, muy odoríferas, y en una ocasión hallaron una mata de azucenas con tres ramas, muy florida, de muchas azucenas muy hermosas: cavaron y vieron que nacían de la sangre".

La azucena de Quito, como así se la conoce en la América hispánica, fue canonizada el 9 de julio de 1950 por el Sumo Pontífice Pío XII, quien señaló que la persona de Mariana de Jesús resumía, en cierto sentido, como la frase final de una sinfonía, que recoge todos los temas, tomando de cada uno algo de su característica, para componer la armonía maravillosa de su espíritu.

Lo místico en su proceder, la grandeza de su fe

Para entender a Mariana de Jesús, según como lo señala el padre Aurelio Espinosa Pólit, es necesario la comprensión superior de la fe, la experiencia de lo sobrenatural, en la que se aprende y se comprueba que, para quien tiene a Dios en el corazón, nada significan dolor humano ni gozo humano, satisfacción o mortificación de la naturaleza, halago y ternura de hogar o espasmo de martirio, ya que con lo uno y con lo otro se puede complacer a Dios, en lo uno y en lo otro se encuentra Dios.

Dios no ahorra los dolores a las almas que bien quiere, agrega Wilfredo Loor, para darles en su justicia, medida con amor misericordioso aplicándole los méritos infinitos de la sangre del Cordero, una mayor gloria en la eternidad.

El padre Rojas, jesuita y director espiritual de Mariana, en su sermón dictado en el día del fallecimiento de la santa indicó que "... muchas de sus penitencias podían quitarle la vida, pero que no se la quitaron, porque debía morir a fuerza de la oración y del amor a Cristo, esto es a fuerza del voto: Magis ex merito orationis, quam ex violentia Crucis".

Para adentrarse en la vida de Mariana, y comprenderla para aceptarla, es necesario mirar el dolor de Cristo en la Cruz. No solo mirar sino vivir su mensaje de servicio infinito y su amor supremo que sobrepasa todo entendimiento.

Jesús nos enseñó algo sencillo, algo grandioso, algo que no tiene límites y va más allá de lo eterno, y eso es el Amor. Pero no un amor de rosas o de sueños, sino un amor de espinas, de realidades, de vivencias con el prójimo que realzan el espíritu, que animan la vida, que dan sentido al caminar de las almas. Es un amor de Verbo, de Palabra, de acción; del obrar en el Espíritu para la gloria del Padre.

Quizá solo así se pueda comprender a Mariana... su amor por Cristo fue tan grande, tan real, tan auténtico, tan lleno de fe que anheló vivir en su cuerpo el dolor que sintió su Cristo en la Cruz porque, sencillamente, lo amaba con todo su corazón...

¿Qué mujer enamorada no entrega su vida por su amado?, ¿qué mujer, amante de su esposo, no está con él en todo tiempo, en todo momento; en las penas, en las alegrías; en el dolor y en el gozo? Creo que ninguna...

¡Una mujer enamorada hace locuras por amor y vive el amor con pasión!

Margarita Andrade es una periodista ecuatoriana.

Comentarios
Envíenos tus comentarios acerca de ese artículo - nilton@clai.org.ec

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.