V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

Creación bíblica y ecología
El mundo de Dios, Génesis 1-2

La ecología, como actitud de respeto programado ante la naturaleza y como ciencia que busca la manera de protegerla, constituye un elemento nuevo en la conciencia del hombre. Sin embargo posee raíces muy antiguas, pues casi todas las grandes culturas han mostrado en su origen una gran veneración por la naturaleza, entendida como “cuerpo de Dios”, como matriz donde los hombres nacen, viven y entregan su vida. Desde ese fondo he querido estudiar las primeras páginas de la Biblia (Génesis 1-2), que ofrecen uno de los manifiestos ecológicos más hondos de la historia.

En contra de aquellos que afirman que la Biblia es anti-ecológica, estos capítulos ofrecen el testimonio evidente de que la verdad es lo contrario: ellos cuentan aquello que debía ser una vida en armonía con la naturaleza (con animales y plantas), como indicaremos en las páginas que siguen. Dejamos para un posible trabajo la segunda parte del tema, es decir, el riesgo de destrucción ecológica implicado en el pecado del hombre, en los capítulos 3-11 de Génesis: el egoísmo y lucha mutua ha introducido en nuestra tierra las grandes amenazas de violencia y de muerte, no sólo para el hombre, sino para la misma naturaleza.

Estos capítulos del Génesis son expresión de una utopía ecológica (de equilibrio natural) que está amenazada por el desajuste personal, afectivo y social de los hombres, pues la naturaleza no está simplemente fuera, sino que es un aspecto de la vida de los hombres. He presentado más extensamente el tema en Antropología Bíblica (Sígueme, Salamanca 1993, 58-70), en Hombre y mujer en las religiones (Verbo Divino, Estella 1996) y, sobre todo, en El desafío ecológico (PPC, Madrid 2004).

Gen 1, 1-2, 4b. Vio Dios que todo era bueno. Gran armonía. Este primer capítulo del Génesis parece obra de un liturgista o celebrante cósmico que pone de relieve la armonía del hombre con una naturaleza entendida como obra de un Dios bueno que va creando las cosas por placer, por el gozo de que existan; por eso las mira y dice que son buenas, es decir hermosas, agradables, armoniosas.

Dios y el mundo. Visión de conjunto (Gen 1, 1-25). “En el principio creó Dios los cielos y la Tierra. La Tierra era caos y vacío, las tinieblas cubrían la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas...”. Siga el lector leyendo, hasta Gen 1, 25, destacando los momentos principales del relato.

1. Dios, las Siete Palabras. No podemos definir a Dios, pues no tiene fines (es In-finito) y toda definición implica finitud. Pero sabemos que se expresa en forma de Palabra, diciéndose a Sí mismo. Así presenta Gen 1 sus primeras siete palabras, anteriores a las Diez palabras (mandamientos de Ex. 20). En su base más honda, la realidad no es materia externa, ni pura objetividad, sino un tipo de energía verbal, palabra que se va diciendo y expresando (como lo saben los cristianos, que llaman a Jesús la Palabra. Desde aquí podemos decir que la ecología sólo tiene sentido como una experiencia abierta a la palabra, a la comunicación, en la que todos los seres se comunican con Dios y entre sí.

2. Espacio y tiempo: siete días, siete realidades. Las Siete Palabras (que son Dios y de Dios), se expresan en los dos ejes o planos de la realidad: uno, temporal: siete días y otro, espacial: siete realidades, desde la luz primera hasta el hombre y el sábado. El sentido del mundo no lo constituye un tipo de unidad superior, un Todo dictatorial, sino la armonía de esos “siete círculos” del cosmos que están entrelazados, formando un equilibrio en la diferencia, como los colores de la luz o los sonidos de la música (sinfonía del arcoiris, concierto polifónico); como los días de la semana y los planetas del cielo. De esa forma, vistas en su unidad y diferencia, las cosas: luz, aguas y tierra, estrellas con pájaros y peces, animales y hombres... son valiosas y sagradas, siendo diferentes.

3. Equilibrio de bondad. La armonía del cosmos está hecha de multiplicidad y equilibrio. No se puede hablar de una cosa que domine a las demás, porque la unidad está hecha de acuerdos y convenios de valor-belleza. Por eso se dice que Dios “miró las cosas y vio que eran tob”, es decir, buenas. En este gozo del Dios creador que se expresa en la bondad de las cosas múltiples, se funda toda ecología, como dice otro texto de la Biblia : “Tú te compadeces de todos los seres, porque todo lo puedes... Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa no la habrías creado. ¿Cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?” (Sab 11, 22-12, 1).

Estos son los tres elementos básicos del mundo, reflejados en los primeros cinco días (cinco y medio) de la creación, que hemos visto en conjunto, adelantando la perspectiva de totalidad que ofrecen el día sexto, el de la creación del hombre, y el séptimo, el sábado o de descanso de Dios.

Gen 1, 26-31. Hombre en el mundo: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...”. El hombre forma parte del sexto día de la creación, lo mismo que los vivientes superiores (fieras del bosque, animales domésticos y reptiles: Gen 1, 23-25). La ciencia puede afirmar que los hombres son una especie más de los animales. La Biblia , en cambio, sabe que hombres y animales habitan en un mismo espacio vital, pero añade que sólo los hombres son signo de Dios y tienen responsabilidad sobre el mundo y, en concreto, sobre los animales:

1. Dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (1, 26). Habiendo surgido del mundo, el hombre es más que mundo. Siendo presencia de Dios, el hombre es “infinito”. Esta es su grandeza, este su riesgo, como muestra la primera paradoja de la creación. (1) El mundo tiene su propia armonía, pues las cosas eran en sí mismas ya buenas, antes que el hombre surgiera. (2) Pero, en otro sentido, todo existe para el hombre, de manera que su despliegue y plenitud es la primera finalidad de la creación.

2. Y domine sobre peces y aves, cuadrúpedos y reptiles (1, 26). Este es un mandato que muchos en la actualidad critican, diciendo que al dar a los hombres dominio sobre todos los vivientes, el Dios de la Biblia les ha hecho dictadores (depredadores organizados). Pero la Biblia no hace al hombre un déspota que puede utilizar a su capricho la vida de los animales, sino un rey pacificador, delegado de Dios, que debe cuidar su creación para que pueda existir en armonía, siendo cada uno lo que es. El hombre bíblico no es (como en la famosa película de propaganda occidental), un Rey León que impone su paz pretendidamente superior, pero hecha de violencia (que sus portadores llaman positiva) sobre otros animales que parecen sucios (hienas o ratas), sino un rey-amigo, que puede expandir una vida de amistad sobre la Tierra , en la línea del Rey-Cordero enamorado de Ap 21-22.

3. Varón y hembra los creó (1, 27). Hasta ahora, el humano (en hebreo ha-adam) aparecía, como ser individual y colectivo, en sentido abarcador. Pues bien, Dios mismo hace que surja en él la dualidad sexual que no es un simple hecho biológico (como parece ser en los animales), sino un don personal que tiene valor sagrado, pues se enraíza en el mismo Dios: “a imagen de Elohim (=lo divino) lo creó (al humano), varón y hembra los creó (a los humanos)”. Ahora Dios dice “hagamos” y así, en diálogo, suscita a varones y mujeres. No hay primero varón, ni primero mujer, sino varones y mujeres. En el origen de toda ecología está el diálogo fundante de varón y mujer en cuanto iguales y complementarios, brotando de un mismo y único “hagamos” de Dios.

4. Y les bendijo Dios y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la Tierra y sometedla (1, 28). No se lo dice al varón por dominador, ni a la mujer por su condición maternal, sino a los dos. En el principio de la vida y de la acción humanas no existen jerarquías de rango: a los dos a la vez se les manda que crezcan y se multipliquen (atribuyéndoles la fecundidad); y a los dos se les pide que llenen la Tierra y la sometan (atribuyéndoles dominio sobre el mundo). La bendición de Dios se expresa, según esto, en la acción compartida de la fecundidad y del trabajo, que hace que los hombres puedan llenar toda la Tierra y no sólo un espacio breve de ella, con la bendición de su vida y su trabajo. Lógicamente, el hombre (varón y mujer) han de ser signo de Dios, fuente de bendición (no de destrucción ni de maldición) para la Tierra.

5. Hombres y animales, compañeros de comida. La dieta vegetariana (1, 29-30). La comida primordial de hombres y animales deberían ser las plantas que dan fruto de modo espontáneo, sin tener que morir para volverse alimento. Por eso, el hecho de que muchos animales sean carnívoros (que se alimenten unos de otros, en proceso de violencia biológica) y de que unos animales vivan matando a los otros es para la Biblia un rasgo derivado. En el principio no pudo ser así, ni podrá serlo al final, como lo saben los profetas, pues se juntarán lobo y cordero, alimentándose de hierba sobre el campo (Is 11, 2-9; 65, 25; cf. Ez 34, 25). La Biblia no ha querido presentar aquí ninguna lección de biología, pues parece que muchos animales y muchos seres humanos han sido desde el principio carnívoros, sino un proyecto de reconciliación final de todos los vivientes. Al presentar las cosas de este modo, nuestro autor eleva la más honda protesta contra la forma de existencia actual de un mundo en el que hombres y animales viven de la muerte (matándose y comiéndose unos a otros).

Conforme a esta visión, el hombre originario debía ser vegetariano: comía tallos o semillas de plantas, de trigo, de centeno..., o frutas de los árboles: olivo, palmera, higuera, manzano... Vivía en paz sobre la Tierra , recogiendo lo que ella le ofrecía como madre buena que regala su leche al hijo agradecido para que así crezcan y vivan todos. En este nivel, la Biblia supone que la comida de carne (sacrificio y derramamiento de sangre de animales) lleva en sí un elemento de violencia: no implica señorío del hombre sobre los animales, sino dictadura. De esa forma, la Biblia sitúa en el principio un ideal de paz vegetariana para hombres y animales (leones y panteras, serpientes y lobos de Is 11, 1-9), de manera que todos los vivientes (cuadrúpedos, aves, reptiles) comerán la hierba verde, en paz con la vida de la Tierra (Gen 1, 30).

Históricamente, somos hijos de unos animales y unos hombres que han crecido y pervivido matando y comiendo (en sentido físico o simbólico) a otros animales y hombres. Pero las cosas no fueron, ni tienen que ser de esa manera para siempre. El camino del futuro, la verdadera ecología empezará en el momento en unos seres no tengan que matar a otros y en que todos (y en especial los más débiles) tengan posibilidades de existencia.

Gen 2, 1-4b. Sábado, fiesta de Dios. Según el texto anterior, el fin y meta de la creación era el ser humano que dominaba sobre los animales como rey vegetariano. Pues bien, ahora, con el día séptimo, el fin de la creación y del hombre es el “sábado” , entendido como descanso y plenitud de Dios “bendijo Dios el séptimo día y lo consagró, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”.

El hombre no es un simple ser en el mundo, un constructor de herramientas que trabaja para imponerse sobre el conjunto de la realidad y para convertirse, con su poder, en medida y meta de todas las cosas (como lo ha dicho la cultura moderna). Según este pasaje, el hombre se define igualmente por la santidad del Sábado que es tiempo de belleza y alabanza, de armonía interior y descanso: Dios ha hecho a los hombres para que gocen y celebren la vida sobre el mundo.

De ese sábado de Dios en el mundo han tratado de un modo minucioso los rabinos de Israel, de manera que sus reflexiones contenidas en la Misná y el Talmud constituyen la expresión más intensa de la necesidad de un descanso de los hombres en Dios, de una ecología entendida como reconciliación de la naturaleza, de manera que cada año sabático (cada siete años) y más aún, cada año jubilar (cada cuarenta y nueve años) se repartan y compartan todos los bienes del mundo entre todos los hombres (cf. Lev 25). Esto significa que, por encima del despliegue del mundo que tiende a cerrarse en los seis días de la creación presidida por el hombre, se extiende el sábado de Dios, que se expresa en la liturgia de gozo y alabanza del cosmos, que se une con el hombre para proclamar la fiesta de la creación y de la vida.

El hombre es imagen de Dios porque celebra el sábado, porque descubre y recrea cada siete días, con su propia vida, la armonía sagrada del tiempo —semana— y del espacio —cosmos—, acompañando a Dios en el gesto radical de su trabajo (dirigiendo la vida de los animales, comiendo del fruto de las plantas) y de su descanso (de su gozo más hondo por el don de la creación). En un plano, los hombres están hechos para trabajar, como lo muestra el sexto día de la creación. Pero en un plano más alto están hechos para descansar y contemplar: para participar del gozo de Dios que es la misma vida, la liturgia del amor fecundo.

Los cristianos han identificado este Sábado de Dios con la muerte y resurrección de Cristo, interpretándolo así de un modo evangélico: el sábado es la reconciliación y el perdón entre los hombres. Es evidente que esa opción tiene sus ventajas, pues está vinculada a la encarnación de Dios en un hombre, Jesús, que ha vivido al servicio de todos , especialmente de los más pobres, superando las posibles fronteras del judaísmo histórico. Pero al decir que “el sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado” , algunos cristianos han corrido el riesgo de olvidarlo, convirtiendo este mundo en lugar de puro trabajo y productividad, con vacación laboral, pero sin fiesta de gozo gratuito y alabanza para todos. La modernidad ha ido suscitando un mundo sin celebración, un tiempo sin sábado. De esa forma, ha corrido el riesgo de quedarse anclada en la pura eficiencia productiva, sin más Dios que el capital (que no es creador), ni más palabra que la productividad económica, ni más fiesta que el mercado donde sólo compran los que pueden, mientras la mayoría de los hombres muere de hambre.

Génesis 2, 4b-25. Paraíso de Dios, la perfección del hombre. El capítulo anterior (Gen 1, 1-2, 4a) presentaba la Edad de Oro con rasgos de fuerte equilibrio sagrado: el mundo está bien como está, es un conjunto de elementos, una armonía donde todo lo que existe (incluido el ser humano) tiene un sentido duradero. Pues bien, este nuevo capítulo define esa Edad de Oro como paraíso ecológico, un lugar donde todo es hermoso, pero se halla abierto al riesgo de la destrucción. Al interior de ese paraíso de plantas y animales, aparece el hombre como viviente no fijado que debe realizarse en libertad, decidiendo su sentido e introduciendo un riesgo en su vida y en el resto de las cosas.

1. Vivientes de estepa. Ecología del trabajo (2,4b-6). “Cuando Yahvé Dios hizo la Tierra y los cielos, aún no había ninguna planta del campo sobre la tierra ni había nacido ninguna hierba del campo...” El texto anterior (Gen 1, 1-2, 4a) suponía que todo había brotado de las aguas, a las que Dios dividía y limitaba, para que surgiera tierra seca. Parece que el hombre no debía trabajar, pues la tierra producía por sí misma su alimento. Pues bien, el nuevo texto comienza en un desierto sin vegetación donde Dios y el hombre deben colaborar. Yahvé (=Jehová) Dios debe enviar el agua de la lluvia. Los hombres deben abrir pozos y canalizar el agua para el riego (cf. 2, 4b-6). Vivientes de estepa son los hombres, llamados a convertir el desierto en paraíso (huerto de plantas comestibles). En contra de una fácil ecología de países verdes, donde todo parece brotar por sí mismo, Gen 2-3 nos sitúa ante unos campos duros, donde sólo el agua de la lluvia irregular y el riego humano permiten que surja un parque cultivado. Del desierto venimos, al desierto podemos volver, si no trabajamos a conciencia la tierra, para convertirla en jardín. Colaboran así ambos: Dios con su lluvia, el ser humano con su trabajo. Frente a la ilusión de una buena tierra madre que tenemos que dejar como está, intocada, virgen, presenta nuestro autor la realidad de una tierra arisca, que debemos trabajar para que ofrezca frutos verdaderos. El hombre no ha sido un puro depredador de animales y plantas, sino también un trabajador que humaniza la tierra.

2. Estepa y jardín. El humano, ser de frontera (2, 7). “Entonces Yahvé Dios formó al hombre del polvo de la Tierra , sopló en su nariz aliento de vida...” Hasta ahora, Dios no se había fijado en el mundo, ni había hombre (adam) para trabajar la tierra seca de la estepa (adamah) y transformar el yermo (shadeh) en jardín (gan): al principio sólo había estepa, con un vaho informe que brotaba de la tierra. Pues bien, Dios ha formado al hombre del polvo de esa estepa (tierra sin cultivo), para introducirlo después en un huerto. El hombre es alma viviente y la Vida (Hayya) pertenece a Yahvé (el Viviente). El hombre es un mestizo: es dura tierra y es gracia (aliento) de Dios. Por eso el texto dice que “vive”. Contra todo racionalismo, este pasaje eleva la certeza de que el hombre vive en el aliento de Dios. En un primer momento sólo había Dios y mundo, poder creador y tierra seca. Pero Dios ha sacado al hombre de la Tierra y le ha infundido su aliento, para que sea representante del mundo ante Dios (adam de adamah) y delegado de Dios ante el mundo (alma que vive).

3. Un jardín para el hombre (2, 8-14). “Yahvé Dios plantó un huerto en Edén, al Oriente, y puso allí al hombre que había formado...” El Dios alfarero se vuelve hortelano o jardinero. Ciertamente, el hombre ha brotado de la tierra seca de la estepa (adamah), pero Dios ha hecho llover sobre ella, ha dado al hombre su aliento y le ha introducido en el jardín. En su entraña misteriosa, el ser humano ya no es morador de desierto o montaña, ni salvaje del bosque o nómada del campo, ser perdido en los hielos o calores de la dura tierra, sino un cultivador de huerto, un viviente de cultura que cuida la tierra y goza de ella, un ser de ecología. Este es el jardín de la vida gratuita que se expresa ante todo en forma vegetal. “Dios hizo brotar en el Edén todos los árboles...” ¿Cómo? El texto no lo dice, pero están allí. Basta que miremos las tierras cultivadas, los huertos feraces que se extienden desde Caldea hasta Egipto. Estamos ante el primer milagro: que este mundo duro pueda convertirse en jardín de felicidad para los hombres, lugar donde crecen árboles de abundancia y belleza, deseables a la vista (nehmad) y apetecibles para la comida (tob). De la estepa (polvo) nacimos y al polvo volveremos (cf. Gen 3 19), pero en el centro queda este huerto, paraíso ecológico de vida y amor que Dios quiso (quiere) ofrecernos, en la fuente de los bosques y las aguas primordiales. Este es un jardín de contemplativos y vegetarianos, de ecologistas: de seres que han nacido para saciar sus deseos de conocimiento, comida y belleza.

4. El hombre en el jardín. Ley ecológica (Gen 2, 15-17). “Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén”. Estamos asentados en las manos (en el seno) de una Tierra buena, de un mundo positivo que nos alimenta con sus frutos. No somos dueños del jardín: no lo podemos manipular a capricho, haciéndonos señores del bien y el mal, pues si lo hiciéramos correríamos el riesgo de matarnos, iniciando una dinámica de muerte sin fin. El hombre puede disponer del huerto, pero no es dueño absoluto ni arbitrario, sin regla ni control, de las cosas. Por eso escucha una palabra superior que es positiva (puedes comer todo...) y negativa (pero del árbol del bien-mal no comerás...). Esta palabra, que viene de Dios, surgiendo de la misma entraña del hombre, en un proceso de maduración y enriquecimiento social, define al Adam como ser religioso y arriesgado y puede interpretarse como una ley ecológica. Ciertamente, el proceso científico y económico, político y social de la modernidad ha tenido muchos valores. Pero, al mismo tiempo, tal como ha venido a culminar en el sistema dominante, los gestores de ese proceso han querido “comer la fruta del bien y del mal”, adueñándose de un modo dictatorial de los recursos de la Tierra , corriendo el riesgo de mancharla y destruirla. Dios quiere que el hombre sea un ser moral, capaz de reconocer la diferencia entre lo que puede y lo que debe, pues si hiciera todo lo que puede, dominando sobre el mundo, por encima del bien y del mal, se negaría a sí mismo. Un Adam que pretenda comer (probar, dominar) todo lo que existe acaba deshaciendo su huerto y matándose a sí mismo. Por eso, el no-comas de Dios es un mandato creador y ecológico.

5. Paraíso y compañía: hombre y animales; varón y mujer (2, 18-25). “Después dijo Yahvé Dios: No es bueno que el hombre esté solo”. Dios comienza creando a animales para que los hombres puedan dialogar. Pero ellos no sirven para eso, pues el diálogo verdadero sólo puede darse entre dos seres humanos. Así lo muestra nuestro texto cuando dice que la primera relación personal es la de un varón y la mujer (2, 21-25), de manera que ellos aparecen como verdadero paraíso, en uno para el otro. Del hombre abstracto pasamos así a un varón y una mujer, personas concretas. Hasta ahora, el término Adam se entendía en sentido presexual, como totalidad humana, que incluye a varones y mujeres. Sólo ahora, superando ese nivel, surgen varón y varona, hombre y hembra (ish e isah) Adán junto a Eva, la viviente, mujer-madre y persona. El texto supone que la dualidad sexual nace del hueco (la costilla abierta) del Adam pre-sexuado o bisexual. Pero podemos ampliar esa imagen: cada ser humano (varón o mujer) es como un “hueco” donde habita y se realiza otro ser humano, de manera que ambos se completan, siendo cada uno hueso de los huesos y carne de la carne del otro.

De esa forma culmina y se cumple la Edad de Oro o paraíso y se puede añadir que ambos estaban arumim, desnudos, abiertos uno al otro (2, 25), en actitud de gozo intenso que se expresa en la palabra del hombre ya varón, que se eleva ante la mujer, igual y diferente: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos, carne de mi carne!... (cf. 2, 23-24). Uno a uno habían ido pasando los elementos primordiales: el cosmos en su totalidad (Gen 1), plantas y ríos, muchos animales. Pero sólo ahora surge un hombre (varón o mujer) que nace cuando nace el otro. Este es el sentido de su desnudez: cada uno se encuentra abierto a la mirada y cuidado del otro, en debilidad y pasión de amor. Mientras no hubo dos no había ser humano.

De un modo sorprendente, este paraíso ecológico ha culminado en el canto enamorado del varón. Normalmente, en la Biblia , los cantos de amor son de mujeres; pero en este principio escuchamos la ternura enamorada del varón que por vez primera descubre el gozo de la vida, viendo a la mujer, y afirmándose a sí mismo como humano, al saberse parte de ella. Dios había dicho que las cosas eran buenas, ya desde el principio (cf. Gen 1, 4.10, etc). El varón sólo dice cosas buenas al situarse ante la mujer. Hasta este momento no sabía, no decía nada. Ahora dice que ella es buena, su casa verdadera. Según eso, la ecología resulta inseparable del amor mutuo, del encuentro enamorado.

Todo lo anterior era bueno: la armonía cósmica, el trabajo del hombre sobre un mundo entendido como jardín que debe cultivar, el cuidado de los animales. Pero la bondad y belleza plenas sólo alcanzan su verdadero sentido y pueden disfrutarse en compañía, allí donde varones y mujeres (amigos o amigas) se encuentran y cantan, sabiendo cada uno que su casa verdadera está en el otro, como he mostrado (Amor de hombre, Dios enamorado. El Cántico Espiritual, Desclée de Brouwer, Bilbao 2004). Este es el ideal, este el fondo ecológico de Gen 1-2. Pero el Génesis sabe que los hombres han estropeado el jardín, han introducido la violencia en relación con los animales y con los otros hombres. De ellos tratan los capítulos siguientes del Génesis (Gen 3-11), de los que, Dios mediante, nos ocuparemos en la segunda parte de este trabajo.SV

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