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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
De homofilias Y homofobias En medio de este estira y encoge argumentativo han aparecido sorpresivas e insospechadas alianzas, se han presentado salvadores de “las bases” de la civilización cristiana y humana (lo que nos trae tristes recuerdos de aquellos que se autoerigieron, allende y aquende la mar océano, en los salvadores de “la civilización occidental y cristiana”) y, con suma frecuencia, se ha hablado más con el hígado —e hígado enconado— que con la razón. Desde la distancia latinoamericana, produce repulsa y hasta repugnancia —al margen de sus torcidos argumentos— la soberbia y la inquina con las que se expresan los dirigentes políticos del mayor partido de la oposición, que se presentan, al estilo de preteridas inquisiciones, como los únicos poseedores de la verdad y no se han dado cuenta de que en las sociedades de seres humanos libres la verdad no tiene derechos, porque quienes sí los tienen son las personas que las conforman. Y son ellos —esos seres humanos— los responsables de convencer a sus congéneres de la validez (“verdad”) de sus propias formulaciones. No han faltado, de uno y otro bando, quienes han saltado a la palestra impulsados por convicciones sinceras pero usando tácticas equivocadas y argumentos que desdicen de la sinceridad de esas convicciones, ya sea por poco meditados, por incompletos y hasta por falaces. Me lleva a escribir estas líneas la lectura de un artículo que llegó a mis manos, primero, desde Cuba y después, desde España. El artículo en cuestión tiene por encabezamiento “18-J: Luchar por lo evidente”, y lo firma Wenceslao Calvo. No tengo el honor de conocer al autor, pues, dada mi prolongada ausencia de cincuenta años, mi contacto con el protestantismo español es personal y esporádico. Dicho lo anterior, quisiera señalar lo que considero que son importantes fallas de razonamiento en el artículo de D. Wenceslao, lo que quita peso a su argumentación y transparencia a su posición. Los ejemplos que pone o son imprecisos o no vienen al caso. Geometría: la línea más corta... Al comenzar su artículo citando al médico y revolucionario Dr. Ernesto Guevara (más conocido como “el Che Guevara”), a Bertolt Brecht y a Friedrich Dürrenmatt, uno esperaría que al afirmar el autor que “la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta” también especificara que eso es verdad solamente en la geometría euclidiana, y que hay otras geometrías en las que ese “axioma” no resulta válido. En otras palabras, que su validez se limita a una parcela de la realidad. Esta observación no es mera triquiñuela de minucia académica. Representa, más bien, lo que percibo como tónica general del artículo. En efecto, significa que al referir la argumentación “al común de los mortales” y a los que tienen “un poco de sentido común y de sensatez” está restringiendo la validez de su razonamiento a aquellos que son “el común de los mortales” y tienen un poco de sentido común y sensatez. Y ahí hay un problema serio. Cuando argüimos recurriendo al “sentido común”, ¿a quién o a quiénes nos referimos? Obviamente, a quienes piensan como nosotros, pues el argumento implica necesariamente que nosotros sí tenemos eso que llaman sentido común. De otra manera, nos estaríamos excluyendo a nosotros mismos. Pero preguntémonos: ¿es tan común el sentido común? Sentido común era, para “el común de los mortales”, atribuir a Zeus tonante la acción destructora del rayo inmisericorde; sentido común era, para el común de los mortales, explicar los males que asolaron al Imperio romano (hambrunas, incendios, desastres de todo tipo) descargando la culpa en el hecho de haber tolerado la existencia y la expansión de ese grupo de fanáticos seguidores de Jesús el Nazareno; sentido común era, en Salem, lanzar a las “brujas” a la hoguera; sentido común, avalado por una “sanción divina”, ha sido para el presidente de los EUA y sus cómplices lanzar un feroz ataque contra gente indefensa; sentido común era, para el común de los mortales..., la lista sería interminable... No, don Wenceslao, el sentido común no es tan común y muchas veces sí es un sinsentido. ¿O será que el sentido común va transformándose según las mismas sociedades humanas se transforman? Para el sentido común, la línea más corta entre dos puntos es la línea recta. Pero en la realidad no siempre es así; es más, casi nunca es así. Ítem más. Sostener, en un diálogo real o supuesto, que “los otros” no poseen sentido común es una manera muy clara de descalificarlos, con muy poca elegancia y sin sutileza alguna. Afirmar categóricamente que lo que nuestro contrincante afirma es absurdo, sin ofrecer más argumentación que la del sentido común, es negar toda posibilidad de diálogo en búsqueda de la verdad, pues con ello estamos diciendo que ese contrincante no es interlocutor, ya que no está en capacidad de dialogar. El arca de Noé y sus navegantes El otro ejemplo que pone el autor, en su intento de ridiculización carente de fina ironía, está totalmente fuera de foco. Me refiero a lo que dice de Noé y su arca. Y está fuera de foco porque pone en la mente (si no en los labios) de aquellos a quienes quiere atacar lo que ellos no tienen en la mente ni han dicho. No soy homosexual (gay, como se dice ahora), pero he tenido y tengo amigos homosexuales. Algunos, evangélicos. Ni de ellos ni de lo que he leído, he sabido jamás que tales personas hayan pretendido o pretendan que todos los matrimonios sean homosexuales. Por tanto, preguntarse qué habría pasado si todas las parejas de seres humanos y de animales que entraron en el arca hubieran sido homosexuales es un sinsentido. Es casi como preguntarse qué habría pasado si todas esas parejas hubieran sido estériles. (Y una nota al margen: algunos biblistas consideran que el pecado de Cam —Génesis 9.18-23— fue un pecado, precisamente, de relación sexual). Poner en labios del contrincante en una discusión palabras o razonamientos que no le pertenecen no ayudará jamás a esclarecer las situaciones conflictivas, como la que don Wenceslao quiere enfrentar. ¿Pone en peligro el matrimonio homosexual al “verdadero” matrimonio y a la familia? El argumento de que la legalización del matrimonio entre personas de igual sexo pone en peligro al matrimonio mismo y a la familia es un tipo de razonamiento que no corresponde, en sentido estricto, al del tipo cum hoc, ergo propter hoc (una cosa después de la otra, como si una cosa fuera causa de la otra). Y no lo es por una razón elemental: no se establece entre ambos hechos (el matrimonio homosexual y la puesta en peligro del matrimonio heterosexual) una relación de causa y efecto. Veamos: (1) Como hemos señalado, nadie, incluidos los homosexuales que quisieran casarse con sus respectivas parejas, ha querido o sugerido que todos los matrimonios sean entre personas del mismo sexo. No conozco de ninguna legislación que promueva ese tipo de matrimonio. Una cosa es legalizar y otra promocionar. A nadie se le obliga a unirse en matrimonio de una manera específica. Ni mucho menos se obstaculiza el matrimonio heterosexual. (2) Los “matrimonios” de homosexuales —matrimonios no legalizados y, por ende, carentes de derechos— han existido desde tiempos inmemoriales. Que ellos, los homosexuales, se hayan sentido avergonzados y que se hayan sentido avergonzadas las sociedades a las que aquellos pertenecen, eso es otra historia. Y es una historia de sólita hipocresía. (3) En el desarrollo de la argumentación del artículo que comentamos se mezclan planos distintos y aspectos distintos de la realidad. Afirma el autor: “Y es que la procreación de las especies, es decir, la proyección más allá de uno mismo, está ligada orgánicamente, no moral ni religiosamente, a la heterosexualidad”. De acuerdo. Pero, ¿quién lo niega? ¿Los homosexuales? Y ¿qué tiene que ver ese hecho con el matrimonio como institución jurídica? ¿Qué cuestionamos, entonces, de la afirmación que acabamos de transcribir? Primero, ¿ha sostenido alguien que hay que estar casados para procrear? La realidad, antigua y contemporánea, muestra todo lo contrario. Segundo, es un hecho que la institución matrimonial ha variado muchísimo a lo largo de la historia humana y aun hoy es muy variada en las diferentes partes del mundo. Tercero, ¿implica esa afirmación que la relación sexual —¡en el matrimonio!, por supuesto— es solo para procrear? Esto me suena a preteridas teologías. Cuarto, ¿se les impediría a un joven y a una señorita —vamos, a un hombre y a una mujer— que se casen si ambos son estériles y lo saben?; y si se vuelven estériles después de casados, estando “en edad” de procrear, ¿deberían divorciarse? Quinto, en esa argumentación, ¿qué lugar tiene el amor en la relación de la pareja? ¿y el placer del sexo? ¿Deberíamos quitar de nuestras Biblias ese extraordinario poema erótico que es el Cantar de los Cantares? Sexto, a quienes quieran mantenerse célibes, hombres o mujeres, ¿hay que prohibírselo porque no contribuirían a la perpetuación de la especie? (Piénsese que de la misma manera que el célibe no busca que todos sean célibes, el homosexual tampoco busca que todos sean homosexuales). (4) La verdadera amenaza contra el matrimonio heterosexual y contra el concepto tradicional de familia no viene del frente homosexual, ni mucho menos de una determinada legislación sobre el asunto. La amenaza surge del seno mismo de la familia: matrimonios “fabricados” por intereses espurios; parejas que viven en guerra sostenida, y no meramente verbal; supuestos “hogares” en los que el valor supremo es subir en la escala social, aunque haya que sacrificar a los hijos, cuya crianza se deja en manos de terceros porque hay que ganar más dinero; progenitores irresponsables, que prefieren malgastar su tiempo en los bares o en los salones de bailes o de juegos, en vez de pasarlo con sus hijos. Esa amenaza hay que buscarla también en una iglesia (católica o protestante por igual) displicente, que, como los sepulcros blanqueados de que habló Jesús, procura mostrar una cara limpia y maquillada, y oculta bajo una capa de religiosidad, en actitud vergonzosa, las lacras familiares que la carcomen. No, no es a una determinada legislación a la que hay que echarle la culpa de la socavación de los fundamentos de la familia en nuestras sociedades, pues esos fundamentos han venido siendo sistemáticamente debilitados desde mucho antes de que se hiciera efectiva esa legislación. Y no hablamos de la pobreza a la que los poderosos de este mundo han sometido a millones de personas, pobreza que impide que las familias lo sean con dignidad. Así también se socavan —¡y de qué maneras!— los fundamentos de la constitución familiar. ¿Cuestión de terminología? La participación en los diversos medios de comunicación social de muchos de los detractores de la referida legislación parece centrarse en el hecho de que se llame legalmente “matrimonio” a la ceremonia de unión (y a la unión) de una pareja homosexual. Dejan la impresión de que es cuestión semántica. ¿Estamos en una guerra de palabras? ¿Es “más matrimonio” si se trata de una pareja heterosexual? Cuando un queridísimo amigo mío vino a hablarme porque iba camino al divorcio, le dije, puesto que conocía la situación familiar: “Mejor dos cielos separados que un infierno juntos”. Hay matrimonios heterosexuales, constituidos con todas las de la ley y con todas las bendiciones de las respectivas jerarquías eclesiásticas, que de lo que menos tienen es de verdadero matrimonio. Este asunto tiene que ver con mucho más que con la palabra con la que se lo designe.
El asunto sigue sobre el tapete. Hay que tratarlo desde varias perspectivas. Ciertamente, la legal es una de ellas. Y cada uno debe asumir, con seriedad y respeto, las posiciones que sus propias convicciones le dicten. Pero al hacerlo, hay que esgrimir argumentos válidos, sin fisuras. Y no hay que poner en labios de los contrincantes, argumentos que no correspondan a los que realmente ellos sostengan. Aquí habría que tomar en consideración, también, la distinción entre la sociedad civil y la comunidad religiosa. Con “perdón” de la Iglesia Católica y de quienes piensen de similar manera, el matrimonio no es un sacramento de la iglesia; es un sacramento de la sociedad. Tan legítimamente casados están quienes vivan en los lugares más recónditos de la selva amazónica, del África profunda o del Asia misteriosa y se hayan casado de acuerdo con los rituales y leyes de sus propias comunidades, como aquellos a quienes case el mismísimo Papa en la suntuosa capilla Sixtina con toda la parafernalia propia de esa religión. La iglesia y los cristianos tienen el derecho, y la obligación, de dar a conocer sus opiniones. Pero ni una ni otros tienen el derecho de imponer esas opiniones a la sociedad general, aun cuando consideren que los que creen de otra manera están equivocados. Eso es lo grandioso, y lo peligroso, de la sociedad democrática. Lo contrario es lo que quieren imponer los regímenes dictatoriales. Y en ello, España tiene una experiencia histórica que aún está fresca en la memoria de muchos de sus ciudadanos. Otra perspectiva desde la que puede discutirse el tema de la homosexualidad es la religiosa (o, si se prefiere, teológica). Y aquí la confusión no es menor. La Iglesia Católica puede gritar todo lo que quiera respecto de su posición oficial (y no vamos a usar argumentos ad institutionem), pero la realidad es que en su seno hay personas, entre “el común de los mortales” y entre su colectivo de intelectuales (teólogos, eticistas, biblistas, científicos sociales), que cuestionan y aun atacan esa posición oficial. Entre los protestantes, el panorama es el mismo, aunque el asunto se ventila más abiertamente, dadas las estructuras de muchas de las iglesias que constituyen la iglesia protestante. Los mecanismos de reducción al silencio o de excomunión, ya se ha probado, no suelen ser del todo eficaces. Hagámonos otra pregunta: cuando se les pide a homosexuales que expresen su identidad religiosa, ¿acaso la mayoría de ellos responde que son ateos o agnósticos? ¿No responde, más bien, de acuerdo con la identidad religiosa de la mayoría de las diversas comunidades a las que aquellos pertenecen? Este hecho, ¿no nos dice acaso que hemos tardado demasiado tiempo en dar la cara a esta realidad? Ahora tratamos de montarnos en el furgón de cola. No defendemos ni atacamos, en las líneas precedentes, la legislación recién aprobada por las Cortes españolas. Reclamamos que, ya sea que se defienda o se ataque, se usen argumentos sólidos, se abandone el prurito pseudodialéctico de descalificar al contrario y se traten con respeto las ideas de quienes discrepen de nuestro pensamiento. A fin de cuentas, ese respeto es el que nos permitirá reclamar con autoridad el mismo trato hacia nuestras propias ideas.SV El español-costarricense Plutarco Bonilla A. es miembro de la Iglesia Metodista. Fue profesor de la Universidad de Costa Rica y consultor de traducciones de Sociedades Bíblicas Unidas. Actualmente está jubilado.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |