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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
Pensamientos sobre la gracia desde un continente empobrecido Gracia es una palabra espesa, profunda. No se deja definir con facilidad. Cuando queremos definirla se nos vienen mil cosas a la cabeza. Feas y bellas. Y es que este concepto está cargado, no solo de significación, sino también de división, de historia y debate, de enemistad y también de bondad. No es posible definir la gracia con un solo término en español o en portugués. Hay que decir muchas cosas y aun así, yo creo, jamás podremos definir linealmente algo tan polisémico como lo es este término. Siempre habrá un aspecto que se nos escape. Y qué bueno. Porque agotar con palabras y mucha claridad los significados de aquello que queremos definir no solo es imposible sino, sobre todo, monótono. Que es útil como ejercicio, lo es, pues el esforzarnos por encontrar sentidos escudriñando escrupulosamente los términos nos puede llevar a algo interesante, algo así como a encontrar en el directorio telefónico un número que nos alegra porque lo necesitábamos en algún momento. Pero nadie puede negar que los directorios telefónicos, así como los diccionarios, son aburridos. Útiles, pero aburridos; por esto no se leen de corrido, como los libros. Tal vez por eso las dogmáticas clásicas no son muy visitadas por pastores y pastoras en las bibliotecas teológicas, y mucho menos lo son por los laicos. Imagino que las huellas digitales más recientes en las hojas de esos libros pertenecen, más bien a los estudiantes que están escribiendo alguna tesis o monografía sobre el tema. Este es un problema, pues por la dificultad en la definición, esta palabra espesa y profunda puede convertirse en un término vacío e incomprensible. En un vocablo abandonado al olvido, dejado a los letrados, a aquellos encargados de dar clase de teología, o a los luteranos, fieles a su tradición sobre la gracia y la justificación. Pero los cristianos no podemos renunciar tan fácilmente a esta palabra porque conforma parte fundamental del núcleo de la fe —no solo protestante—, y porque particularmente hay pueblos que andan en búsqueda de aquello que esta palabra pudiera expresar. Quienes renuncian a ella a sabiendas de su riqueza de significado tendrán sus motivos mezquinos escondidos. En esta ponencia voy a referirme a la noción de gracia desde tres ángulos: como término echado al olvido; como fuerza desafiada y desafiante en el tiempo latinoamericano-caribeño y como un mensaje plural para un sujeto plural. Voy a utilizar las figuras del baúl del olvido y del baúl del tesoro. Palabras tiradas al baúl de los olvidos La mayoría de personas no saben decir ni explicar qué significa la palabra gracia. Algunos podrán comprender sus sentidos, pero no son capaces de encontrar otro término, en español o portugués, que lo sustituya y que, además, sea claro al intelecto. Esto me pasa a mí, por ejemplo; siento la gracia y no puedo explicarla. Tengo que hablar de más para intentar acercarme a una posible definición. Y siempre quedo insatisfecha con mis definiciones. Tengo que hacer muchos malabarismos teológicos para intentar explicar su significado bíblico-teológico. Y sin embargo, quiero seguir utilizándola; a muchos nos sucede lo mismo porque no queremos perder aquello que la tradición nos legó, o porque creemos que es uno de esos conceptos demasiado valiosos para el tiempo de hoy, como para tirarlo al baúl de los olvidos. El baúl de los olvidos es esa caja polvorienta, arrinconada para que no estorbe. En ella se echan los recuerdos, las cosas que no nos animamos a tirar en el basurero porque tienen algo de lo cual no queremos deshacernos. Pero las cosas que están allí reposan sin ser vistas ni utilizadas. Hasta que alguna razón insospechada: un tropiezo, la saudade o la necesidad urgente nos obligue a volvernos hacia el baúl y sacudir el polvo que lo cubre. No creo que el término gracia esté allí, en el baúl. Mucho menos ahora, cuando el Consejo Mundial de Iglesias, lo mismo que el Consejo Latinoamericano de Iglesias se han propuesto rescatar todo lo que la gracia significa. No obstante, hay una corriente poderosa de tradición evangélica que está desplazando, conscientemente, el principio de la gracia tan caro a la Reforma protestante. Esta corriente quiere tirarla al baúl de los olvidos. Las palabras y nociones van a parar al baúl de los olvidos por dos razones: o porque no se entienden o porque se entienden demasiado y no nos sirven para legitimar nuestras posiciones. Eso acontece con el significado de gracia. Si nuestra gente sencilla y honesta no utiliza el término gracia es porque el vocablo en sí no le dice mucho. Pero no por eso rechaza las nociones que esta palabra conlleva: amor y perdón infinito, misericordia, recreación, justicia, don de Dios, gratuidad, no necesidad de méritos para ser acogido por Dios, etc. De manera que si el término va a parar al baúl, pero las nociones se quedan fuera y forman parte de la vida de los creyentes, esto no es preocupante. Lo preocupante es el olvido deliberado de estos términos y de sus nociones, porque teológicamente caminan por rumbos opuestos aquellos que hacen de la fe y la religión un negocio. Aquí vale la pena hacer el reclamo. Quienes tenemos alguna sensibilidad por lo que sucede a nuestro alrededor sabemos que vivimos tiempos de mercado exacerbado,2 de consumismo, de rivalidad, de individualismo y deseos, todo ello de manera enervada, que raya en la locura del extremo. Todo se compra, todo se vende: cosas, personas, la dignidad, los valores, el sexo, Y tu mamá también, como dice la película del director mexicano Alonso Cuarón (México, 2001). Las novedades cada vez son más cortas, no hemos terminado de apreciar un producto y averiguar para qué podría servir y en qué lugar de casa ponerlo, cuando le sigue otro, mejor y más barato. Las facilidades para la adquisición son cada vez mayores para quienes pueden comprar: préstamos sin obstáculos y las tarjetas de crédito que queramos. Y para quienes tienen menos posibilidades de comprar, apartados, cuotas, no necesidad de fiadores. ¿Es el mercado reprobable? No. Lo que es reprobable, a mi manera de ver, es justamente esa exacerbación que raya en la insensatez. Un hechizo maléfico, porque no permite parar en esa carrera, muchas veces brutal, y sentirnos humanos, personas, y no solo objetos estudiados por el mercado para crearnos los deseos de consumir. Realmente, el mercado actual es todo un éxito. Ha logrado lo que quería: hacer de sus consumidores unos siervos. No es que no me guste ir de compras cuando necesito algo. Reconozco que me agrada ver novedades atractivas. Lo que no me agrada es la lucha que consciente o inconscientemente tengo que entablar para decidir si lo que quiero comprar sirve y lo necesito. Me desagrada que se obligue a comprar y también me molesta que las cosas sean cada vez más desechables. Me fastidia que todo se mida en términos mercantiles. Pero lo que menos acepto es que la brecha de los que compramos y de los que no pueden comprar sea cada vez mayor. Rechazo la exclusión humana que produce el mercado, así como la basura que compramos, que no sabemos dónde tirar y que está matando nuestro hábitat. Y aquí, en esta sociedad de mercado entra la religión; para consumir, sí, a menudo, pero también para hacer negocio. Todos conocemos la corriente que promete el bienestar económico y de salud —la salud también se ha convertido en negocio— a cambio de dinero que se ofrece a Dios, pero que llega a parar a los bolsillos de sus predicadores. Esta corriente religiosa promueve las relaciones mercantiles con Dios, para su propio beneficio. Dos cosas censurables. Las relaciones con Dios deben estar basadas en la gracia y la misericordia. Beneficiarse personalmente a costa de las ofrendas de los fieles es un robo, algo que las iglesias de los orígenes del cristianismo jamás hicieron. Las ofrendas en aquel entonces se destinaban a los pobres, especialmente a las viudas pobres. Nos olvidamos de que el Dios de la Biblia siempre estuvo pendiente de los pobres y que eso mismo ha exigido siempre de los creyentes y seguidores de Jesucristo. Es, pues, por tal razón que la gracia y toda su significación está siendo tirada al baúl de los olvidos. La llave del baúl que abre el tesoro Si el mercado no conoce la gracia porque todo se vende, no conoce la misericordia porque ésta no es rentable, entonces la gracia (así como la misericordia) puede ser un término con nociones subversivas. Normalmente a los baúles no va la basura; van cosas que no queremos desechar y están allí, reposando, aguardando a ser rescatadas. Eso es lo que quisiera hacer hoy, porque nuestros pueblos andan en busca de tesoros teológicos que acompañen su sentir y pensar, su caminar. Discursos de Dios que tengan la fuerza de transformar aquellas realidades cómplices de injusticias y violencias. La gracia puede ser parte de esos tesoros. Digo parte porque tampoco vamos a afirmar que en ella se agota todo lo decible sobre Dios. He comenzado mi ponencia con la palabra gracia, sin considerar la génesis de su existencia. Pero es imprescindible aclarar que la gracia no aparece porque sí en el discurso teológico. No es un término que deba tratarse aisladamente. Si se lo hace, su fuerza se evapora como cualquier perfume que se deja destapado. ¿De dónde surge la necesidad de hablar de la gracia? Esta es pregunta importante para abordar adecuadamente la temática. La gracia es una respuesta teológica a una realidad particular, también teológica: el pecado, dicho en singular. No un pecado chico, sino el pecado, una realidad insostenible, un poder mortífero. No se trata de una realidad abstracta ni inventada; ni de demonios que andan por los aires, sino de un poder que se hace presente en todas aquellas mediaciones sistémicas que producen males a la humanidad, daños a la naturaleza, abusos contra las almas sinceras y honestas que lo dan todo pensando que con ello alcanzan el reino de Dios. Heridas, sufrimientos, muertes que se tocan, gritos desesperados que piden justicia, guerras —santas o paganas— que producen muertes; todo esto es marca visible del pecado. Esta realidad que va por un lado y la realidad de fascinación que está siendo creada por la cultura del mercado apuntan a caminos opuestos. Esta cultura, encarnada en intereses comerciales, a punta de lanza se precipita en busca de nuevos mercados. El mundo se hace chico, no caben en él todas las empresas transnacionales ni financieras. En la punta de la lanza que no es tal, sino aviones de guerra cargados de bombas, se lee el letrero “democracia y libertad”. Arrasan la democracia y la libertad de todos aquellos que se oponen a sus designios y de los que no se les oponen, porque los daños colaterales superan los centrales. “Se aprisiona la verdad en la injusticia” (Ro. 1.18), y eso es pecado. Pecado capital, porque la paga de este pecado, dice Pablo, es la muerte. Que no se me malentienda. Las guerras no son el pecado, las guerras son los efectos del pecado. Quien ve en las guerras el fin del mundo y se pone contento porque el Señor viene, está rotundamente equivocado. Esto es blasfemia; burla de Dios. Las guerras son el efecto del pecado de la humanidad corrupta, abocada a acumular ganancias sin que importe pasar por sobre los cadáveres de las víctimas. Por esto, deberían contar los hechos, los datos, no los discursos sobre las bondades y libertades de la democracia. Porque estos, cuanto más mentirosos son, son más perversos. ¿Dónde está tu hermano, dónde está tu hermana? es la pregunta de Dios. A Dios tenemos que responderle, con la cara roja de vergüenza, que ya se han dado 3000 asesinatos en Guatemala en lo que va del año; que en Iraq y en Colombia no pasa un día en que no haya noticias sobre masacres; que en Perú, en México —en Ciudad Juárez— y a lo largo de toda la América Latina y el Caribe, el número de mujeres asesinadas por sus amigos, esposos y amantes, muchos de ellos desempleados y frustrados, es horrendo. Que los niños y los jóvenes mueren antes de tiempo, unos por desnutrición y otros por sinrazón. Que en los tiempos de lluvia y sequía abundan las tragedias en el mundo, especialmente en el mundo pobre, porque hemos hecho un desastre con la naturaleza y sus ecosistemas. Y también tenemos que responderle a Dios. Que no sabemos dónde está el hermano, que posiblemente está contando sus ganancias y maquinando cómo ganarle a otra transnacional, dónde invertir mejor, qué nueva flota de aviones comprar, cuándo subirá o bajará la bolsa de valores, qué enemigo inventar. Pues esto es pecado: pecado estructural. El pecado personal está incluido en el estructural. A nuestra mente occidentalizada, se le dificulta entender que el pecado estructural incluye la complicidad personal de todos. No podemos separarnos uno del otro: tenemos que reconocernos todos como pecadores, como necesitados de Dios. Ver al pueblo pobre, a mujeres violadas, a personas asesinadas, a desempleados frustrados, a víctimas de la guerra y el racismo nos dice a gritos, no solo que vivimos en un mundo de injusticia, sino que el ser humano, cada uno de nosotros, somos pecadores. Cristianos y no cristianos. Este pecado estructural necesita de la manifestación de una salvación estructural, de una gracia eficaz. Porque si el pecado es algo real que se ve y se toca, la gracia deberá ser también algo que se palpa. Da la impresión de que en estos tiempos postmodernos estos discursos ya no gustan. Queremos ser felices, “como un corcho en las olas”. Queremos vivir la gracia sin mirar su opuesto. Por esto nos tapamos los oídos, cambiamos de canal. Pero yo creo que si no hablamos del pecado real, no tenemos permiso para hablar de gracia. Si lo hacemos, la abaratamos. La gracia es el correlato del pecado y de la condena a muerte, como consecuencia del pecado. Por todo esto no debe permitirse que la gracia vaya al baúl de los olvidos. La lectura de la carta de Pablo a los Romanos donde habla de la gracia exige ser releída, porque la realidad de pecado nos sobrepasa. No se trata de pesimismo ni de no disfrutar del don de la vida, afirmándola, en medio de esta realidad de pecado. No se puede separar la vida de la muerte. Vivimos en contextos de muerte, ¡pero vivimos! y queremos vivir con toda la pasión posible. No obstante, no escuchar el grito de la humanidad que pide la presencia de Dios es vivir irresponsablemente la fiesta de la vida, es seguir el refrán “comamos y bebamos, que mañana moriremos”; es desaparecer en La Hojarasca (1952) del sistema económico monocultural. Vivir la gracia y tomar conciencia del pecado nos puede llevar a afirmar que la gracia sobreabunda sobre el mal. Aunque lo afirmemos solo por fe. Aunque para muchos seamos unos locos, “Quijotes de Triste Figura”, “Quijotes, de los Leones”. La gracia es una propuesta teológica de vida frente a esa realidad de sistema pecaminoso que nos condena doblemente a todos, por un lado, a vivir infrahumanamente, víctimas y victimarios y, por otro, a declararnos culpables, sin excepción, por nuestra complicidad. La sociedad entera resulta perjudicada. Los crímenes diversos: de guerra, familiares, sociales y personales muestran una sociedad enferma que cava su propia tumba. Quien mata, se mata a sí mismo. Quien calla el homicidio, se deja morir. Para que la gracia diga algo a esta realidad, hay que considerarla como una fuerza, como un poder que se asienta de pronto en la conciencia para discernir los aconteceres del hoy, y se asienta también en el corazón para “humanizar su querer” y así lograr turbación, conmoción frente al mundo injusto e indiferente que tenemos enfrente. Discernimiento honesto y sensibilidad frente a lo real es un gran paso que abre la posibilidad de transformación de todo lo que opaca y cierra los espacios en los cuales es factible vivir anticipadamente algo del Reino de Dios. No soy capaz de definir el término gracia con el acercamiento lingüístico cartesiano. Aun más, me temo que si lo intento, le quito el misterio que la Palabra proyecta y que se siente aquí dentro. Creo que es así porque la gracia es, más que nada, una experiencia, una vivencia. Algo que viene a cada uno de Dios. Por eso dice la tradición, y con razón, que es un regalo (xaris) divino. La experiencia de la gracia se manifiesta en dos vertientes. Una de estas es el sentirse amado por Dios y por los humanos, gratuitamente; la otra vertiente es sentir que amamos a Dios y a los humanos sin dobles intenciones. Digo “sentir que amamos” porque el amor es algo que debiera sentirse. Afirmar que se ama a Dios y al prójimo puede resultar una aseveración gastada y mentirosa. Pero cuando algo se siente es más fácil responder con acciones concretas a dichos sentimientos. Por supuesto que decir que la gracia remite al amor de Dios puede ser decepcionante para algunos, porque esa definición no tiene nada de nuevo. Pero creo yo que la novedad o no novedad del discurso no debe importar mucho ahora. Lo importante debe ser la eficacia en los frutos del mensaje. Por esto, creo que más importantes que los términos son las experiencias que se tengan de la gracia, siempre necesarias y renovadas en un mundo necesitado de ellas. Gracia es una palabra, un vocablo cargado de Palabra con mayúscula, Palabra de Dios, voz creadora y redentora de Dios. Voz fuerte como el viento recio que empodera cuando se capta, y suave como la brisa que invita a la gratuidad placentera. Sin la gracia, me parece, no podríamos sobrevivir como humanos en medio de tanta inhumanidad y ausencia de Dios. Pues la presencia de Dios acontece a través de la gracia derramada por su Espíritu en nuestra mente y en nuestros corazones. Entonces, la experiencia de la gracia hace que sucedan cosas: ilumina las desgracias del mundo, es decir, las desoculta para que tomemos conciencia de ellas y de nuestra responsabilidad, y también nos anima a cultivar la fe en que “otro mundo es posible”; un mundo en el cual, gracias también a la gratuidad, se pueda celebrar de antemano en aquellos espacios de afirmación de la vida concreta y corporal, sin dar las espaldas a la muerte. Así pues, muchos son los sentidos que esta palabra “empapada de misterio” alberga: experiencia de empoderamiento, concesión de dignidad, toma de conciencia de las injusticias, espacio placentero cargado de los distintos amores: eros, filios y agape; sentimientos de honestidad que hacen ver a cada uno su complicidad con el pecado; santidad; sentimientos de bienestar; sentirse amado o amada sin dobles intenciones, ganas de transformar aquello que causa sufrimiento; libertad frente a leyes, instituciones, sistemas; vivificación de los cuerpos (el poder de la gracia no solo transforma las conciencias y el corazón, sino también los cuerpos); fe en lo imposible, como la resurrección de los muertos, porque se cree que la gracia sobreabunda sobre los aplastamientos interhumanos. Por esto no podemos utilizar en español solamente un término para referirnos a la gracia. Un mensaje plural para un sujeto plural La manifestación y la experiencia de la gracia ocurren de distintas maneras, a causa de su mensaje plural. Todos estamos de acuerdo en que la gracia es para todo ser humano. Sin embargo, no lo es de igual manera. Todos somos beneficiarios de este don, pero los mensajes se bifurcan para que realmente tengan sentido y sean eficaces. Si no hacemos quiebres o especificaciones, corremos el riesgo de no decir nada, porque decimos todo. Peor aún, torcemos de forma perversa lo que jamás la gracia expresaría. Entonces, la gracia no tendría efectos visibles y, por lo tanto, no sería eficaz. El pecado es eficaz, ya que se manifiesta visiblemente en sangre derramada o en abusos e impunidad. Para experimentar la gracia en estos tiempos de pecado, ella también debería generar efectos visibles y eficaces. Los sujetos son diversos y cada uno de ellos debiera experimentar el mensaje de distinta manera. Sería muy desatinado que la noción de dignidad o de empoderamiento que se desprende de la gracia, por ejemplo, fuera asumida en plenitud por aquel sujeto que siempre se ha sentido poderoso por su estatus y riqueza, o por aquel que se ha creído de la altura de Dios, como para decidir el destino de muchos que están en sus manos, mientras el pobre, el insignificante para la sociedad, el que se siente indigno de participar como ciudadano, reciba en primer lugar el mensaje de la gracia respecto de que es un vil pecador que necesita arrepentimiento. Sería desatinado predicar sobre la gracia perdonadora de Dios a la mujer violada para que perdone al violador; o predicar sobre la gracia reconciliadora a fin de que las mujeres que perdieron a sus hijos en la guerra de El Salvador se reconcilien y absuelvan así nomás a los militares causantes de las desapariciones y el genocidio. Esto no puede ser tan fácil. Es verdad que todos los mensajes de la gracia van para todos, pero dirigidos en distintos tiempos y grados, con calibre diferente. Dignidad para los apocados, y reconocimiento del pecado para sus causantes. Debería ser un mensaje bifurcado para estos dos tipos de sujetos. En un segundo tiempo, las experiencias de la gracia se irán entrecruzando hasta que cada uno experimente la gracia en todas sus nociones posibles. La razón por la cual el mismo mensaje de la gracia se va bifurcando al ir distinguiendo los rostros de los sujetos es justamente por su significado central: todos los seres son amados por Dios. El llamado al discernimiento y a la “humanización del querer del corazón” golpea de distinta manera porque se quiere emparejar la humanidad dispareja; enderezar los entuertos. El Espíritu va soplando a veces por un lado y a veces por el otro, sin orden aparente, pero con una lógica muy propia: aquella que conduce a la justicia, a la paz, al gozo. Hasta que todos los sujetos seamos hermanos y hermanas. Ahora bien, tenemos que reconocer que, a la par de estos mensajes bifurcados que se van uniendo poco a poco, hay, desde siempre, uno igual para todos: tener el mismo amor y misericordia para con todos y todas, así como Dios tuvo amor y misericordia para con nosotros mismos. Amor y misericordia que se traduce en solidaridad y práctica de la justicia para eliminar la pobreza y la violencia. Conclusión Hablar sobre la gracia como lo he hecho tal vez no tenga resonancia para algunos, tal vez para otros sí. Pero de lo que estoy segura es de la necesidad de rescatar una noción como esta en nuestra sociedad mercantil actual, donde nada es gratis. Los principados y potestades presentes en los mecanismos de dominación de conciencias y de cuerpos abogan porque la palabra gracia y todas sus nociones vayan al baúl de los olvidos; los predicadores que elaboran su discurso bajo el influjo de la sociedad mercantil ya han echado la gracia al baúl. Solo nos queda, a unos cuantos locos y locas, seguir creyendo, contra todo pronóstico, que la gracia sobreabunda sobre la abundancia del pecado. Es cuestión de fe: creer que “el justo vivirá por la fe” puede ser una locura. Y es que, como Sancho Panza, no nos resignamos a que el Caballero de la Triste Figura , Don Quijote de la Mancha , haya vuelto a la cordura y se haya muerto en su sano juicio, y, peor aun, a que Cervantes Saavedra ordene en la misma novela que se dejen “reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote...”. Porque, al igual que Sancho Panza, queremos que este caballero andante, símbolo de conciencias colectivas en busca de otros mundos, siga luchando contra molinos de viento, enderezando entuertos y agravios y siga, sobre todo, soñando despierto. Por algo será que Sancho no quiere que muera. Cuando el Quijote cuerdo le pide perdón por haberle hecho creer que hubo y hay caballeros andantes en el mundo, Sancho rehúsa aceptar su cordura; llorando le responde: No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana. Aquellos que han leído Don Quijote recordarán que la pluma que usó Cervantes está colgada en un hilo de alambre, tal vez esperando que alguien osado, cuatrocientos años después, la tome para seguir escribiendo sus aventuras, negando con ello que Don Quijote haya muerto.SV Elsa Támez, mexicana, es doctora en teología y profesora de la UBL en Costa Rica. Comentarios |
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |