V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
www.clai.org.ec

Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

Una bendición llamada sexo
Una lectura de Cantar de los Cantares

¡Dame un beso de tus labios!
Son más dulces que el vino tus caricias,
deliciosos al olfato tus perfumes,
tu nombre es perfume derramado.
Cantares 1:2-3a

La crudeza de su lenguaje corporal provocó a lo largo de los siglos que muchos cristianos piadosos lo relegaran al olvido o a su alegorización. Así surgieron interpretaciones —aparentemente bíblicas— que enseñaron que la única explicación posible de este libro llevaba a recordar el amor existente entre Jehová e Israel o Cristo y la Iglesia : ¡Dios y su pueblo eran los actores de un “romance espiritual!” Esta fue enseñanza dominante durante muchos siglos. Incluso se cuenta que el reformador Juan Calvino llegó a expulsar de la ciudad de Ginebra a un tal Sebastián Castellón, porque este último interpretaba Cantares como un poema de amor humano.

No vamos a discutir acerca de esas interpretaciones limitadas, por bien intencionadas que hayan sido. Sin embargo, creemos que detrás de tanta “piedad”, se ocultaba en realidad el temor al cuerpo físico. Ese temor al cuerpo y sus diversas expresiones y sensibilidades era producto de las ideas equivocadas del mundo antiguo, caracterizado, entre otras cosas, por la represión de carácter sexual. San Agustín y Tomás de Aquino, por ejemplo, fueron dos teólogos influyentes. El primero enseñaba que el acto conyugal era “bestial” y “vergonzoso”, y su única justificación radicaba en que era necesario para la preservación de la raza humana. El segundo, que lo que tienen en común los seres humanos con los animales son las relaciones sexuales. ¡Increíble que se hayan enseñado tales cosas como si fueran verdades bíblicas! Por esto creemos que a René Padilla le sobran razones para sostener que la raíz de tales ideas no está en la Biblia , sino en los conceptos prestados del paganismo, como la filosofía estoica y la neo-pitagórica.

En lo personal, me parece que ya es hora de “recuperar” este libro bíblico y darle su correcto sentido. El mundo y sus ideas desde tiempo atrás han tergiversado o ensuciado todo lo relacionado con el amor y el sexo. Y muchos cristianos —queriéndolo o no— se han contagiado de tales ideas y cuantas veces ¡las han revestido de lenguaje bíblico! Hay que reconocer que los cristianos hemos heredado una inadecuada “teología del cuerpo”, la cual no hace justicia a la Biblia. Como dice Stuart Babbage, “La adopción de modos de ver el cuerpo contrarios a la Biblia es resultado de una desgraciada confusión entre las expresiones “el cuerpo” y “la carne”. Tenemos que aprender a apreciar y valorar el cuerpo, pues “si nosotros no sabemos apreciar lo que Dios ha hecho, tampoco sabremos apreciar a Dios”.

 Unas notas introductorias a Cantares

Los poemas amorosos que aparecen en Cantares están redactados en el más elevado estilo poético, con profusión de imágenes y metáforas: la viña, la fuente y el jardín simbolizan a la joven (1:6; 2:15; 4:12-13; 8:12); los frutos y las flores, el vino, la leche y la miel son, igualmente, recursos poéticos para describir la belleza de los enamorados (4:3; 5:13; 6:7; 7:7-8 [8-9]) o las delicias y alegrías del amor (4:11; 5:1; 6:2; 8:2). Así encuentran su expresión, en el lenguaje de la más depurada poesía lírica, los afectos y sentimientos más diversos: angustia por la ausencia de la persona amada (1:7; 3:1-3; 5:8), felicidad en el momento del encuentro (2:8-14; 3:4) y, sobre todo, deseos de entrega recíproca y de mutua posesión sexual (1:2-4; 8:1-2).

Desde el primer poema hasta el último, este libro es un canto al amor entre la mujer y el hombre. Tanto entre los rebaños de los pastores (1:8) como en las calles de la ciudad (3:2), en los jardines, los viñedos, los campos y las casas (1:16; 2:4; 3:4; 7:12[13]), el amor es el impulso irresistible que inspira las palabras de los enamorados y determina sus acciones. Y no es sólo el varón el que toma las iniciativas, sino que también la mujer manifiesta abiertamente sus deseos y hace oír su voz: ¡Corre, amado mío...! (8:14). ¡Dame un beso de tus labios! (1:2). ¡Llévame pronto contigo! (1:4). Cantares, tal vez, está escrito para los novios que inician su vida matrimonial, y no para los enamoraditos que muchas veces buscan dar rienda suelta a sus instintos sexuales. Cantares no es una invitación al desenfreno sino al goce sexual pleno.

Una clave de lectura

En Cantares aparecen diversos poemas que, a nuestro juicio, guardan relación entre ellos. Más exactamente, se entienden mejor cuando se leen en secuencia, uno tras otro, aunque a veces las divisiones —y los cantos— sean difíciles de precisar. En lo que sigue, quiero hacer una propuesta de carácter hermenéutico con el único propósito de entender mejor estos cantos. Cantares cuenta la historia de una joven enamorada que busca a su novio y no lo encuentra. A su vez, ella es buscada por el rey (Salomón) que la desea sexualmente, y que tal vez solamente la quiere como una más de su harem (1 Rey 11:3). Ella huye del rey, aunque en un momento de confusión casi se va con él. La joven y su novio tienen una comunión muy grande con la naturaleza. Se trata de la comunión hombre-mujer-Tierra, como al inicio de la creación (Génesis 1-2), antes de la entrada del pecado.

¿Quiénes son los personajes? EL REY es quien busca y desea sexualmente a la joven. Vive en la ciudad (Jerusalén). Pero ella no lo quiere a él sino a su novio del campo (pastor-labrador). EL NOVIO está ligado al campo. Aparece y desaparece en este conflicto de intereses amorosos. LA JOVEN es de tez oscura —negra— y tal vez es una extranjera. Tiene nombre (Sulamita), a diferencia de su novio. Es una mujer trabajadora del campo, pues cuida la viña. Ama a su pastor-labrador antes que al rey. Aparecen también otros personajes no menos importantes y que cumplen su papel en la trama amorosa: los hermanos de Sulamita, los guardias, el harem del rey (el coro). Se menciona también a la madre de Sulamita y a la del novio.

En esta trama se dan los cantos de amor. Todos cantan, incluso el rey Salomón. Resulta interesante observar que nunca aparece Dios en labios de los cantantes. Tal vez debiéramos pensar que en las canciones de amor no tiene que aparecer el nombre de Dios para que solamente entonces nos demos cuenta de que el amor es sagrado: Dios está presente en el amor. Fue así desde la creación. Él creó a las personas sexuadas. ¡Y todo fue bueno en gran manera! (Gen 1:31). Adán y Eva debían amarse, compenetrarse y complementarse (Gen 2:18). Ser amigos, compañeros, pareja, amantes, y por supuesto, padres de toda la humanidad. Cantares es como una carta de amor que Dios ha dejado a su pueblo, para que aprendiendo del amor humano —incluido el amor sexual— aprendamos a discernir su voluntad en el marco del matrimonio. El amor de Cantares valora en su justa medida el “cuerpo”, y por ello no hay nada de “carnal” o pecaminoso en él. El amor y el sexo son realmente una bendición, cuando es Dios quien une a la pareja y hombre y mujer se empeñan en desarrollar un sano amor y una sexualidad correcta. Pero ¿en qué consisten estos?

Amando y cantando contra corriente
Hermano mío y mi amado:
mi corazón va en busca de tu amor,
de todo lo que tú has llegado a ser. (...)
El amor de mi hermano está al otro lado.
Una corriente hay entre nosotros,
Y un cocodrilo acecha en la superficie.
Pero cuando yo bajo al agua,
yo atravieso vadeando la corriente;
y las olas son como tierra bajo mis pies.
(Poema egipcio, 1300- 1100 a .C.)

El antiguo poema egipcio que hemos citado pone de manifiesto una realidad inocultable: el amor logra hasta lo imposible. ¿Qué no hace una persona enamorada? No existen obstáculos ni distancias, ni padres ni amigos, ni verdades ni mentiras, ni calor asfixiante ni temperaturas gélidas, sólo existe el ser amado. Parece que realmente “el amor es ciego”. Pero como alguien ha dicho con ironía o verdad “pero el matrimonio te abre los ojos”. Bueno, ese es otro tema... En este punto quiero referirme al amor sano, correcto, edificante, que ayuda a la madurez, tanto en lo emocional como en lo sentimental. No vamos a hablar de los amores enfermizos, de los adictos a relaciones sentimentales problemáticas. Esos son caprichos, intereses o lo que sea, pero no AMOR. Personalmente, no conozco, tampoco, amores “perfectos”. Tales casos no existen, salvo en los cuentos donde aparece “el príncipe azul”, o en las fantasías de los adolescentes.

La relación amorosa tiene que ver con el encuentro entre dos personas. Tiene que ver con las relaciones entre los dos sexos en sus distintos aspectos. No todo es abrazos y besos. Es ante todo amistad y compañerismo, de allí que sea fundamental el diálogo maduro para conocerse y ver posibilidades de una relación duradera. Pero las relaciones amorosas constantemente se confrontan a “enemigos”. ¿Cuáles son éstos? Los jóvenes dicen que sus padres. Los adultos dicen que los niños. “Los hijos roban el tiempo y el cariño que la mujer debe dedicar al esposo”. Así dicen. Se puede decir mucho. Yo quiero proponer —a la luz de Cantares— que uno de los mayores enemigos del amor es el no saber expresar las emociones ni dejarse llevar por la “lógica” de los sentidos.

Los sentidos del amor

Se dice de un “sentido” que es el órgano fisiológico capaz de captar y transmitir las impresiones externas. En el ser humano son cinco, aunque las mujeres digan que tienen uno más. ¿Para qué sirven, pues, la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto? Para entendernos, captarnos, gustarnos, comunicarnos, actuar. En fin, se puede decir mucho más. Pero concordarán conmigo en que sin ellos no podríamos vivir a plenitud, no podríamos gozar absolutamente nada. No podríamos ni siquiera amar. Ahora, dicen que mujeres y varones desarrollan algunos sentidos más que otros. No sé si esto es cierto. Lo que sí es seguro es que ambos apreciamos y experimentamos los sentidos de forma distinta. Los varones miramos cosas que pasan inadvertidas a las mujeres, y viceversa. Las mujeres desarrollan el olfato de una manera que a veces nos hace avergonzar a los varones. Y de gustos..., ¡ni hablar!

No nos engañemos, los sentidos tienen que ver también con lo cultural. Uno desarrolla los sentidos según los criterios de su entorno familiar, social y cultural. Lo que es bueno para unos, no necesariamente lo es para otros. Un delicioso aroma puede ser repugnante a la vez, y viceversa. Lo hermoso puede ser horrible. Unos sueñan despiertos con la música de la cantante folklórica Dina Páucar mientras otros la califican de “ruidos infames”. Todo depende desde dónde la apreciamos. Repito, no nos engañemos. Los peruanos somos distintos porque somos producto del mestizaje racial desde hace casi 500 años. Culturalmente, ya éramos distintos desde hace milenios. Somos un conjunto de razas y culturas híbridas. Lo mismo se aplica a casi todos los países de América Latina y el Caribe. Ricardo Palma, mediante uno de sus personajes, sentenció: “El que no tiene de inga tiene de mandinga”. Y esta es una verdad no sólo innegable, sino apodíctica.

Los sentidos y el amor están indisolublemente unidos. ¿Cómo amar sin vista ni olfato? ¿Cómo amar sin tacto? ¿Cómo no querer oír palabras bonitas en la intimidad? Ahora bien ¿por qué enfatizamos este punto? ¡Porque tiene el primer lugar en Cantares! Dejemos hablar a Nancy Cardoso, quien ha estudiado este tema de forma aguda:

OLER: La nariz... quien lo diría, es instrumento de delicia que percibe en los olores que tiene el cuerpo, el olor de la vida. Las palabras tienen olor y viven en el cuerpo del amado. La mujer dice al hombre: “Suave es el aroma de tus perfumes... ¡tu nombre es perfume derramado! (1:3). Y dice de sí misma: “Mi nardo exhala su fragancia, mi amado es para mí un saquito de mirra colocado entre mis senos, como un racimo de flores de ena es para mí mi amado” (1:12-14). El hombre describe la hora del amor con la nariz: “y la vid en flores exhala su aroma: levántate querida mía, y ven” (2:13). Y de la mujer dice: “la fragancia de tus vestidos es como la del Líbano” (4:11).

VER: El ojo aproxima y destaca, refleja y registra, envuelve y descubre: “mi amado... es ahí que está detrás de nuestra pared, mirando por la ventanas oteando por las rejas” (2:9). El ojo toca, acaricia, saca pedazos: “Me arrebataste el corazón, mi hermana novia mía; me arrebataste el corazón con una sola de tus miradas” (4:9). Los ojos invaden y calientan a los otros ojos: “Desvía de mí tus ojos porque ellos me quitan la calma” (6:5). El ojo habla, pregunta y responde, desnuda sin ser visto, come, quita la calma, y calma. Más que ejercer su función de ver, en el amor los ojos devuelven a la persona amada reflejada en un espejo mínimo de belleza: “Qué bella eres amada mía, qué bella eres” (1:15). “Cómo eres hermoso, amado mío, cómo eres amable” (1:16).22

Sobre la belleza del cuerpo cantan ambos. La mujer es admirada por su hermoso cuerpo, por cada parte de su cuerpo que despierta la pasión (4:1-7; 6:4-7; 7:1-9). Pero ella también canta, admirando el físico de su amado (5:10-16). ¿Realmente eran tan hermosos ambos, con una belleza deslumbrante casi hasta el absurdo? ¿Habla la retórica propia de la poesía? Haríamos bien en recordar todo lo que uno dice a la pareja —o de la pareja— cuando se está perdidamente enamorado... Aquí debiéramos hacer caso al comentario de Santos Benetti: “Como pasa con todos los enamorados, no se trata de una descripción física y estática, sino como expresión de cómo se mira y se siente al otro, de cuánto significa el otro para uno”. Pero sigamos con los sentidos:

TOCAR: Todo el texto se mueve entre encuentros y despedidas. Cuerpos que se esperan, se encuentran, se agarran y se quejan: “encontré luego al amado de mi alma, me agarré a él y no lo dejaré irse” (3:4). La mano que se mete por el cuerpo, afuera, en el pelo, piel, escalofrío. Carne, unión, dulce, dedo: “subiré a la palmera, tomaré en tus ramos” (7:8), “mi amado metió la mano por una rendija” (5:4). Y el abrazo, uno que tiene las proporciones exactas del otro cuerpo donde se puede descansar y decir bajito que se es feliz: “Su mano izquierda esté debajo de mi cabeza y la derecha me abrace” (2:6).

OÍR: De todas las voces que el mundo tiene, distinguir una, aquella que ya me habita: “Oigo la voz de mi amado” (2:8), “Yo dormía, pero mi corazón velaba; oigo la voz de mi amado que está golpeando” (5:2). En la transfiguración de los sentidos, oír puede ser una forma de lamer: “hazme oír tu voz, porque tu voz es dulce” (2:14). No es lo que la persona dice, no son las palabras: es el ejercicio de hablar, el tono de la voz el que encanta al oído. Voz, soplido, viento de la garganta plasmado en sílabas que seducen el oído de quien ama.

LAMER: “Como el manzano entre los árboles del bosque, así es mi amado entre los jóvenes; deseo mucho su sombra y debajo de ella me siento y sus frutos son dulces a mi paladar. Me lleva a la sala del banquete, y su estandarte sobre mí es amor. Susténtame con pasas, confórtame con manzanas, pues desfallezco de amor” (2:3-5). La boca y la lengua: besar, lamer, succionar, chupar, morder, comer y comer. Plato y cuerpo. Hambre y hambre. Sed. “Que bello es tu amor... cuanto mejor es tu amor que el vino... tus labios destilan miel. Miel y leche se encuentran debajo de tu lengua” (4:10-11). Es la mujer que convida a la lengua del hombre para que se desparrame por su cuerpo: “¡Ah! Ven mi amado para tu jardín y come sus frutos excelentes” (4:16). Y el hombre responde saciado: “Ya entré en mi jardín... comí mi panal con miel y bebí mi vino con leche” (5:1). Todo el cuerpo es comible, bebible: “Tu ombligo es copa redonda, a lo que no le falta bebida” (5:1). “Sean tus senos como los racimos de la vid y el aroma de tu respiración como el de las manzanas. Tus besos son como el buen vino” (7:8-9). La mujer responde diciendo: “Vino que se escurre suavemente para mi amado deslizándose entre sus labios y dientes” (7:9). La lengua de la lengua del amor. El gusto que tiene el cuerpo. Aliño, y la capacidad de descubrir sabores nunca lamidos/sabidos.

De seguro son palabras crudas que describen las pasiones amorosas. No hay que sonrojarse. Dios al crearnos nos dio en su gracia cinco sentidos. Pero con sinceridad, ¡cuánto nos falta aprender todavía de la “lógica” de nuestros sentidos!. Los evangélicos —en términos generales— no siempre hablamos de “esas cosas” porque nos creemos a veces tan “santos” y “decentes”. Tal vez a esto se deban tantos de los problemas que tienen las parejas en asuntos sexuales. ¡No saben expresarse en la intimidad! ¡No saben gozar de lo que el Señor les ha regalado para el disfrute íntimo! Por eso muchos casados viven amargados y resentidos con todo y con todos. Y transmiten esos sentimientos a sus hijos a quienes orientan mal respecto a su sexualidad. Con razón, los hijos de los creyentes buscan respuestas a sus preguntas en cualquier lugar, menos en sus padres. Pero el Cantar de los Cantares sigue reclamando a gritos la vivencia de los sentidos.

 Consejos de una buena madrastra

La destacada escritora Isabel Allende en un libro divertido, pero no por ello menos serio, en el que aborda el tema del amor, aconseja así a su hijastro Jason:

A diferencia de los hombres, que piensan sólo en el objetivo, las mujeres nos inclinamos hacia los rituales y procesos. Debí explicar a Jason que esa ceremonia previa, aunque fuera un acto de ilusionismo, era seguramente tan excitante para la joven como todas sus acrobacias eróticas posteriores. No la apures, le supliqué, saborea con ella el aroma de las velas, la delicadeza de las flores, cada sorbo de vino y bocado de la comida; habla poco y finge prestar atención a lo que ella dice. A ninguna mujer le interesa realmente lo que hablan los hombres, sólo lo que murmuran. Baila con ella, así puedes abrazarla sin parecer como un gorila en celo y, cuando creas que ha llegado el momento de conducirla a una posición más cómoda, espera. Y sigue esperando un buen rato más. No se puede apresurar la cocción de un buen estofado. Juega con ella, le dije a Jason, pensando que la risa es un excelente afrodisíaco...

Es insólito este tipo de consejo, no sólo porque revela “secretos de mujer” sino porque viene de una cincuentona a un joven de “base dos”. Digo esto porque los varones cuántas veces de jovencitos hemos recibido consejos equivocados de nuestros amigos, ¡tan inexpertos como nosotros! ¡Con razón hemos hecho cosas que, lejos de alimentar el amor, lo mataban! Y de hecho, con frecuencia todavía seguimos metiendo la pata. Los consejos de Isabel Allende tal vez parezcan “carnales” para los oídos “santos” de un cristiano evangélico. Bueno, si así le parecen, “retenga lo bueno” como recomienda el apóstol Pablo (1 Tes 5:21). En fin, en estos menesteres no hay reglas ni recetas, cada uno inventa los suyos junto con su pareja. Como cristianos debemos pensar cuánto sabemos de nuestro cuerpo y del de nuestra pareja. No me refiero sólo a la curiosidad fisiológica, sino también a cómo “funciona” en el amor. Si estás atento a las noticias, hoy los médicos ya no sólo hablan del punto “G” en la mujer, sino del punto “F”. Sulamita y su amado, al parecer, eran expertos en estos temas. Hoy serían, sin duda, expertos consejeros en intimidades sexuales.

Por si acaso, nadie vaya a pensar que Cantares tiene que ver sólo con la juventud. Es para todos. Yo diría que es, sobre todo, para los adultos, tan propensos a olvidarnos de cuanto tiene relación con el amor, de sus ‘trucos' y sus delicias. Conforme pasan los años, nos volvemos —a veces— más rutinarios, más aburridos, más impacientes y más egoístas. ¿Las excusas?: los hijos, el trabajo u otras tan ridículas como las mencionadas. Leamos parte del último poema: “Llévame grabada en tu corazón, ¡llévame grabada en tu brazo! El amor es inquebrantable como la muerte; la pasión, inflexible como el sepulcro” (8:6). Así canta la mujer. Con amor, con deseo, con esperanza, con gracia. Pide una unión total a su amado. ¿Cómo responderemos a este canto?

¿Será cierto?
Cuando un hombre es joven,
canta canciones de amor (Cantares).
Cuando un hombre se hace adulto,
enuncia máximas de vida (Proverbios).
Cuando un hombre es viejo,
habla de la vanidad de las cosas (Eclesiastés).
Rabí Jonathán

Por muy sabio e influyente que haya sido este rabí, la verdad es que no nos llega a convencer del todo. Tal vez habló condicionado por sus experiencias personales, por un afán sapiencial o por otras razones. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que las personas somos seres complejos. Somos racionales y sentimentales. Amamos un día y al siguiente no. Lo que hoy nos endulza y emociona, mañana quién sabe. Pensamos con los dos hemisferios del cerebro y además somos híbridos culturalmente.

No es cierto que las personas, con el paso de los años, nos volvamos más cuerdas, amorosas y sabias. Esta no es la ruta que seguimos todos. A veces sucede todo lo contrario. Depende mucho de cómo una persona cultiva su adolescencia y juventud. Cómo uno se desarrolla y madura en la edad adulta. Cierto que en la juventud cantamos al amor, pero en la adultez y la vejez también, y esto porque el amor no es sólo patrimonio de los jóvenes. Lo que sí es cierto es que de la juventud se puede esperar un amor más “puro”, más “inocente” que de los mayores, aunque, paradójicamente, no muestren madurez. Y de esa pureza, inocencia y candor ¡cuántos adultos y viejos se aprovechan!. Esa es la historia de Sulamita, su novio y el rey Salomón.

Las “zorras pequeñas” en Cantares

En 2:15 leemos: “Atrapen las zorras, las zorras pequeñas que arruinan nuestros viñedos, nuestros viñedos en flor”. Llama la atención la sabiduría de Sulamita y su amado. Perciben los peligros que acechan su relación amorosa y toman la decisión conjunta de “cazar” aquello que los perturba. No dice el texto “Atrapemos” sino “Atrapen” (“Cazadnos”, RV 1995), que es una invitación a que otros los ayuden. Ambos se saben inexpertos. No pretendamos tapar el sol con el dedo: las parejas jóvenes siempre necesitan consejeros, personas que las “socorran” en momentos difíciles. ¡Lástima que muchos jóvenes a veces ni se percatan de las “zorras” que destruyen su relación! Peor aún: dándose cuenta de dónde están los problemas, quieren darles soluciones fáciles y rápidas, muchas veces aconsejados por otros jóvenes con similares o peores problemas que los suyos.

Las zorras, por “pequeñas” que sean pueden causar grave daño. ¿Cuáles eran esas zorras que amenazaban el floreciente amor de los jóvenes? Ya hemos dicho que el no saber manejar los sentimientos y el no dejar que los sentidos fluyan en su lógica son serios enemigos de toda relación amorosa (5:2-6). Pero éstos son enemigos “internos”. Sulamita amaba a su novio, eran felices y su amor era inocultable. Ambos estaban profundamente enamorados y no podían vivir el uno sin el otro (2:10). Pero, por cuestiones de trabajo, a veces tenían que distanciarse (3:1). Ella se quedaba trabajando en la huerta de la “familia” —a la cual todavía pertenecía—, y él tenía que subir por las colinas con el ganado. Cierto que las distancias y ausencias no mellaban el amor que se profesaban, pero los enemigos “externos” estaban al acecho. En Cantares encontramos cuatro enemigos que conspiran contra el amor de Sulamita y su novio:

OTRAS MUJERES. En 1:4 las mujeres del harem intentan convencer a Sulamita, aprovechándose de su confusión sentimental o emocional, de que se quede en las habitaciones del rey. Intentan que se convierta en una más del harem: “contigo estaremos muy alegres”. Pero al no lograr su objetivo, le hablan con sarcasmo y la conminan a que siga a su pastor (1:8). En 2:7 (al igual que en 3:5 y 8:4), al parecer están dispuestas, incluso, a interrumpir el descanso de Sulamita. De allí la advertencia de su amado. En 5:9 siguen con su sarcasmo y la desafían a que diga cómo es su pastor. En 6:1, sin embargo, Sulamita les despierta la curiosidad. El 6:10 es un texto de difícil interpretación, no sabemos si se trata de una convicción real o de una lisonja aprendida en el palacio. En fin, las mujeres de Salomón se muestran como mujeres sin escrúpulos, que gustan de la vida fácil y relajada en el palacio del rey. Son compañeras sexuales de Salomón (3:10). No saben nada de amor, sólo de sexo. Tal vez no les interesa saber en qué consiste el amor verdadero.

LOS HERMANOS. En 1:6 aparecen los hermanos de Sulamita. Se trata de unos abusivos que la obligaban a trabajar largas horas bajo el sol en la viña “familiar”. En 8:8-9, que es un diálogo entre ellos cuando Sulamita era niña, aparecen interesados, no en el futuro de Sulamita, sino en la dote que pedirán por ella. Es decir, les interesa sólo el aspecto monetario. Son familiares directos que se muestran interesados nada más que en eso. Su hermana realmente poco les importa.

EL PRETENDIENTE RICO Y PODEROSO. En 1:9-11 aparece el rey rechazado y que pretende ganar el corazón de Sulamita con halagos y regalos lujosos. Luego intentará deslumbrarla con su poder y riqueza (3:6-11). En 6:8-9 se quita la careta: muestra su descaro al comparar a Sulamita con sus mujeres. Según él, le estaba haciendo un favor al convertirla en algo “especial” y mejor que las otras. Finalmente, en 8:11-12, hasta su dinero (dote) es rechazado. El rey Salomón aparece como un anti-héroe que no conoce realmente lo que es el amor verdadero. Es más bien un símbolo del egoísmo y la sensualidad que quiere hacerse pasar por “amor”. Es el viejo y experimentado “don Juan” que intenta aprovecharse del candor de Sulamita y de su pobreza.

LOS EXTRAÑOS. En 3:3 aparecen unos guardias de la ciudad. La actitud que toman respecto a Sulamita es de “neutralidad”. Pero en 5:7, al andar Sulamita de noche, los guardias no sólo la golpean sino que abusan sexualmente de ella. Estos son los lobos rapaces que están en todos lados buscando abusar de las mujeres hermosas que parecen solitarias y débiles.

Ahora quiero mencionar otras “zorras pequeñas” que he visto en muchas parejas:

1. PREPOTENCIA E INFIDELIDAD. Una mujer casada, que iba a la iglesia, me comentó una vez: “Mi esposo y yo nunca hemos discutido, ni siquiera cuando éramos enamorados”. La verdad es que no le creí. Aunque mirando bien las cosas, ¡qué iban a discutir si ella lo avasallaba a él con su temperamento dominante! Como la historia es verdadera, debo decir que tiempo después ella le fue infiel con otro hombre de una manera tan descarada que tuvo que irse a otra iglesia, y él no tuvo más que... ¡seguir aguantándola!

2. INMADUREZ Y VENGANZA. Leo en un informe que da cuenta de un trabajo de campo sobre la sexualidad de las mujeres de los sectores populares en Lima, el siguiente testimonio: “Por eso me casé, por vengarme, por capricho, por salir de mi mamá y de cólera que el otro se había ido y no sabía nada de él” (Esther, 19 años). Cuando leí esto no solo recordé tantas historias parecidas que conozco; también pensé en cuánta inmadurez, resentimientos, valores equivocados e insensatez hay en la juventud actual. Nadie debe casarse por venganza, capricho o cólera. Quien hace tal cosa se condena a sí mismo y condena a su esposo o esposa y a sus hijos a un infierno en la Tierra.

3. BAJA AUTOESTIMA Y ADICCIÓN. Los piscoterapeutas nos hablan cada vez con más frecuencia de una terrible adicción que azota la sociedad actual: la adicción al “amor”. Así llaman aquellas relaciones en las que una persona concentra toda su energía en la pareja, convirtiéndola en la razón de su vida. Según los expertos, esta adicción se presenta más en las mujeres que en los varones, debido al esquema cultural dominante. La mayoría de adictas provienen de hogares disfuncionales, con ausencia del padre o con algún tipo de maltrato físico o sexual. Entonces, buscan en el hombre lo que no encontraron en sus padres, con el deseo de que llene el “vacío interior” que dicen tener (“soledad” le llaman); pero al final hallan en la pareja al mismo padre castigador, abusivo y rígido. Por esto existe el temor a la soledad, y cuando su pareja desaparece, comienzan las inquietudes y hasta los dolores físicos producidos por la alteración emocional. Las adictas, además, se consideran “salvadoras” de sus parejas —que son problemáticos como ellas—, y lo peor de todo es que no pueden vivir sin ellos.

¿Cuál es el perfil de las adictas? (1) Provienen de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales; 2) tratan de compensar su carencia de afecto dando mucho cariño a otro; (3) ante su frustración pasada, quieren cambiar a su pareja a través de su amor, para que se conviertan en los seres cariñosos que ellas ansían; (4) les aterra que las abandonen y hacen literalmente cualquier cosa para que la relación no se disuelva; (5) nada les parece demasiado con tal de ayudar a su pareja (mienten, roban, se drogan, etc.); (6) se culpan o responsabilizan de lo que su pareja haga o sienta; (7) su amor propio o autoestima es críticamente bajo; (8) necesitan controlar a la pareja, como si se tratara de un niño; y (9) están más acostumbradas a creer en el sueño de cómo podrían ser la cosas, que a ver la realidad.

Quiero concluir citando un texto con el que concuerdo plenamente:

El libro de Cantares es el eco de un grito para que las mujeres y los varones recreen las relaciones a partir de la gratuidad, de la reciprocidad; para que surja una nueva humanidad con rostro femenino y masculino, armonizados a favor de la vida. Más todavía, el libro de Cantares nos hace pensar en lo cotidiano: casa, familia, trabajo, descanso, educación... en el “mundillo” de la vida donde las relaciones van siendo forjadas. [...] Cantares nos ayuda a construir una nueva forma de vivir, de mirar el mundo en el cual el hombre y la mujer se van a comprometer en la construcción de una nueva femineidad y masculinidad que les permitan vivir aquellas dimensiones humanas tantas veces asfixiadas en la familia, en la sociedad y en la iglesia.

Esa ha sido la intención de este ensayo. Reflexionar a la luz de Cantares sobre el tema del amor humano en todas sus expresiones, y pensar en su alcance y en su relación con otras esferas relacionadas con él. Si realmente creemos que Dios nos creó sexuados, tenemos que aceptar que Dios, en este aspecto, tiene un plan para cada uno de nosotros. Pero tenemos que darnos cuenta de que no vivimos el amor y la sexualidad en el cielo, sino en la Tierra con sus condicionamientos y problemas. Por esto debemos pensar en replantear y rehacer (no en deshacer ) muchas de las relaciones que ya tenemos, con el único propósito de vivir un poquito más felices, porque el amor humano es parte de la vida abundante que Dios nos trajo en Jesucristo (Jn 10:10).SV

El peruano Martín Ocaña es un teólogo bautista. Enseña en el Recinto de Lima de la Universidad Bíblica Latinoamericana.

Comentarios
Envíenos tus comentarios acerca de ese artículo - nilton@clai.org.ec


 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.