V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

SER UNO PARA QUE EL MUNDO CREA:
ECUMENISMO LATINOAMERICANO Y CARIBEÑO EN CLAVE DE INTEGRACIÓN
Por Ángel Luis Rivera Agosto

Mucho se habla de integración continental en los últimos tiempos, sobre todo en la última década del siglo XX y la primera del XXI. Conceptos tales como el Consenso de Washington, el libre comercio y la unión de los pueblos llenan los periódicos y los medios de opinión en nuestros pueblos. Hemos sido testigos de los desarrollos de las discusiones en torno al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) así como los Tratados de Libre Comercio que los Estados Unidos vienen adelantando con sub-regiones del continente latinoamericano y caribeño. A su vez, vemos cómo el Sur plantea gradaciones, resistencias y bemoles al modelo de integración planteado por el Norte, en el rostro de los acuerdos del MERCOSUR, así como la más novel Alternativa Bolivariana de las Américas. Surgen fuerzas sociales que cuestionan el libre comercio como panacea de la integración, a la vez que relacionan diversidades y experiencias que apuntan a un diálogo entre los pueblos. ¿Qué trae este nuevo tiempo que, poco a poco, va emergiendo del corazón de nuestra gente? ¿Cómo las iglesias y los organismos ecuménicos estamos llamados a acompañar estos nuevos aluviones de esperanza, aún en medio de profundas contradicciones? ¿Por dónde pasa el compromiso de ser compañeros y compañeras de camino, a la luz de los desafíos que quedan explicitados en la “vida abundante” que estamos llamados y llamadas a proclamar y a vivir en este tiempo? La riqueza de la historia del movimiento ecuménico, en su experiencia de articulación de la unidad de las iglesias, movimientos y personas de buena voluntad, nos lleva a plantear un aporte a los tiempos de cambio que se están viviendo. Echamos mano de algunos conceptos bíblicos, teológicos y pastorales que nos permitan avizorar, tanto los horizontes que encontramos, como las rutas para continuar el camino hacia ellos, al decir de Eduardo Galeano y su definición de la “ventana a la utopía”.

En perspectiva bíblica y teológica, vemos cómo el Dios de Jesús es, sin duda, el Dios universal del Antiguo Testa­mento, que se revela ya a Abraham en clave de bendición a todas las naciones de la tierra Gn. 12,3b (cf. también Jonás; Is 66,18-23). Jesús de Nazaret recapitula la historia de la religiosidad judía y la dinamiza hacia la universalidad muy propia de la experiencia espiritual profunda de Israel. Aquí puntualizamos el hecho de que el Yahvé, que se revela en el Antiguo Testamento, no es en absoluto un Dios parti­cularista. Él es el creador del universo y de todos los seres humanos (cf. Gn 1-2). Más aún, es el Padre/Madre de todos, que «quiere que todos los seres humanos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4). Por ello, la Biblia acaba con la misma perspec­tiva universal con la cual empieza, de manera que, según el autor profético del Apocalipsis de Juan, en la nueva Jerusalén haya una multitud inmensa de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas (cf.Ap 7,9-10). Por otro lado, la Biblia relativiza, critica, aquellas comprensiones de cariz particularista como la de la elección del pueblo de Dios, , que ven la elección como si fuese un mérito, o como un privilegio que pusiese a los «escogidos» por encima de quienes no han estado lla­mados a formar parte visible y explícita, aquí en la tierra, de lo que en el lenguaje bíblico recibe el calificativo de «pueblo de Dios». En cambio, san Pablo com­prendió muy bien la fraternidad e igualdad esencial de hombres y mujeres ante Dios, sin distinción de sexo, cultura o religión : «Ya no hay distinción entre judío o griego, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vo­sotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28)."

Si, a manera de ejemplo, hiciéramos referencia a la historia de la inclusión de los cuatro evangelios en el canon bíblico, llegaríamos a conclusiones similares. La iglesia primitiva incluyó cuatro evangelios diferentes en el canon, precisamente a partir de sus diferencias. La fortaleza del testimonio de cuatro evangelios diferentes que, al mismo tiempo que difieren en cuestiones de detalle, concuerdan en el punto central que se debate, confirma la veracidad de su contenido. De hecho, en la temprana lista de libros del Nuevo Testamento conocida como Canon Muratoriano, la cual data del año 196 D.C. aproximadamente, se menciona la lista de los evan­gelios que han de ser aceptados y se afirma que

“por lo tanto, aunque los diversos evangelios enseñan distintos puntos, no hay dife­rencia en lo que se refiere a la fe de los creyentes, puesto que en todos ellos todo se relata siguiendo la dirección única del Espíritu, en lo que concierne a la natividad del señor, a su pasión, su resurrección, sus conversaciones con sus discípulos y su doble venida: la primera en humillación y rechazo, que ya ha pasado, y la segunda en la gloria del poder real, que está por venir”.

En este contexto, resulta importante señalar que lo que el Canon Muratoriano su­giere es la unidad entre los Evangelios que no destruye ni contradice su diversidad, sino que afirma la unidad como acuerdo en los elementos esenciales de lo que por entonces se estaba dando en llamar la "regla de fe": la encarnación, la pasión y muerte, la resurrección y el retorno de Jesús. Así que en el compartir del Evangelio se ha de representar la variedad de la oikoumene -de toda la tierra habitada- la cual requiere un testimonio multiforme que implica, tanto un sentido de límite, como de apertura. El límite se establece en torno al intento histórico de la pretensión de implantar “evangelios secretos” o versiones innovadoras que suplanten el testimonio comunitario de los cuatro evangelios diferentes y similares. La apertura radica en que su testimonio no puede contenerse en una sola expresión fija y final, sujeta a controles y manipulaciones. Además, la propia experiencia de la Historia de la Iglesia señala que siempre que se ha pretendido crear “armonías” en la interpretación o en el contenido de los Evangelios algo que, a la larga, corrige las simplificaciones y sistematizaciones ha quedado excluido. Entonces, la verdadera fe cristiana es pluralista, “católica” o “según el todo” como se traduce el término, no en el sentido de que todo queda incluido en una versión única, a la usanza del “pensamiento único” que hoy se pretende imponer, sino que se retiene la unidad en un ejercicio de apertura hacia un testimonio múltiple que incluye diversas perspectivas y experiencias, desde los cuatro Evangelios.

Podríamos incluir otros elementos bíblicos y teológicos que nos ayudan a la comprensión de lo que aquí planteamos. Por lo pronto, vemos en el estudio bíblico y teológico el ejercicio de una múltiple “integración de sujetos”, en la cual los elementos de la fe van conservando sanamente su identidad y su particularidad, pero en estrecha comunión con el otro y la otra, siendo todos y todas “uno en Cristo Jesús”. Encontramos esta idea resumida en el texto que ha servido de hito al movimiento ecuménico, a saber, el Evangelio de San Juan, Capítulo 17, versículo 21, que da pie al título de este artículo. “Para que todos sean uno, como tú, oh Padre en mí, para que el mundo crea que tú me enviaste”. Es decir, la credibilidad del propio Evangelio de amor y vida abundante está en juego cuando planteamos la unidad de los sujetos, pueblos e identidades en el continente.

Hoy en día existe una rica reflexión en lo que al sujeto se refiere. Proponemos el sujeto como marco de referencia de esta sugerida integración en el continente. Al igual que en el estudio bíblico y teológico, en el campo sociológico, el sujeto es identificado como trascendentalidad inmanente a la vida real. De esta manera se superan nociones tales como la del proletariado o clase trabajadora, planteada por el modelo marxista, la de “pueblo”, conforme a la filosofía de la liberación de 1970, o la que representan los “sin tierra” en la actualidad. Todos deben ser identificados preferentemente como actores y, por ello, su condición de “actor” remite al sistema de relaciones históricas, socialmente construidas. Ahora bien, la condición del sujeto, desde ellas, las trasciende, haciendo posible la perspectiva crítica sobre el sistema construido, perspectiva crítica que no sería posible sin esa trascendentalidad.

En una tesis que Hinkelammert desarrolla en su libro El grito del sujeto , nos indica que esa naturaleza trascendente despierta la conciencia de la dimensión humana del sujeto frente a todas las limitaciones externas que rigen sobre el ser humano. En los propios orígenes del cristianismo está este sujeto. Jesús en el evangelio de Juan dice: Yo he dicho: Dioses sois. (Juan, 10,33) Cada uno ahora es declarado “dios”. Jesús lo dice citando el Salmo 82. Si leemos con cuidado ese salmo, nos damos cuenta de que no expresa exactamente lo que Jesús le atribuye. Más bien, Jesús le da una interpretación nueva que, incluso, lo saca de contexto. Sin embargo, al colocarlo en el contexto de la controversia del capítulo 10 de Juan, percibimos que esta interpretación es posible. Entonces, llegamos a la figura del sujeto que despierta, un sujeto que antes estaba dormido o enterrado. San Pablo saca una conclusión. Según él ya no hay “judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer” (Gal 3.28). El hecho de que se trata de un sujeto corporal y necesitado, lo expresa la fe en la resurrección de Jesús, primero, y de todos y todas posteriormente. Se trata del sujeto moderno, aunque todavía envuelto en un manto religioso. A partir de eso se entiende la expresión de Ireneo de Lyon: Gloria Dei vivens homo (“ la Gloria de Dios es que el hombre-ser humano viva”). Dios mismo es transformado en colaborador y cómplice de ese sujeto diverso, vivo, consciente de las cadenas que le rodean y listo para romperlas.

¿Cómo esto cuestiona y subvierte el orden presente en términos de la integración económica que propone el proyecto neoliberal? ¿Quién o quiénes son los sujetos, conforme al ALCA, los TLC y las políticas de ajuste estructural en nuestros países? Dada la construcción del sujeto en el entorno latinoamericano y caribeño, ya no resulta fácil vender un discurso de superación de la pobreza y cambio social, basado en la integración propuesta por el ALCA y los TLC, aun tomando en consideración que contamos con la vigencia y/o aprobación de algunos de estos tratados en sectores importantes de la región. Se ha ganado bastante claridad en torno a que dicho proyecto de integración tiene como principales actores a los capitales y a las transnacionales, que buscan afanosamente mercados en donde invertir sus mercancías y flujos financieros. Una de las pruebas contundentes al respecto ha sido la expresión de la mayoría de presidentes latinoamericanos y caribeños en la reciente Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata, Argentina, donde estos no solamente hicieron referencia a la preferencia por una “integración sin subsidios”, en clara referencia al doble juego de los Estados Unidos al promover la eliminación de tarifas y aranceles sin tocar los jugosos créditos, ayudas y seguros que ese país brinda a sus agricultores, sino que ni tan siquiera permitieron que el tema formara parte de la agenda de dicho cónclave. Es decir, que una cosa es que los movimientos sociales denuncien este fenómeno en medio de pancartas y protestas y otra muy distinta, tener a los presidentes levantando esta clase de argumentos. Esto, solamente para demostrar el nivel de incidencia al cual ha llegado la construcción de ese sujeto rebelde y que aspira a “otro mundo posible” en nuestra América.

Así, vamos entendiendo que la integración latinoamericana y caribeña son más que un mero movimiento contestatario ante la andanada del capital. Desde el ámbito del Foro Social Mundial, así como desde los eventos alternativos a las reuniones tipo “cumbre” y a la organización social en el continente, vemos cómo se va desarrollando una propuesta sobre otra integración posible. Más bien se plantea la integración latinoamericana y caribeña ubicada en el máximo intercambio humano de esos sujetos plurales y diversos, desde el horizonte de la fraternidad y la solidaridad. Esta integración va pasando por la reflexión intelectual, cultural y vivencial, convocando a la construcción de espacios de autonomía en el marco de los determinismos globales. En este sentido, nos parece importante puntualizar que, lejos de partir de una visión globalizadora y homogeneizante, a la usanza del propio neoliberalismo, se va desarrollando una lógica plural de diversidades, resistencias y afinidades frente a la exclusión como dato y como amenaza, por lo que esta integración implica inclusión y articulación de cada sujeto frente al orden hegemónico excluyente.

Esta es la reflexión y la invitación a la acción a la que estamos llamados y llamadas desde los diferentes frentes culturales, intelectuales, teológicos y pastorales que componemos el amplio espectro ecuménico. A la manera planteada por el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas, hace falta plantear el aporte de las diferentes identidades culturales, intelectuales, sociales, religiosas, económicas y políticas en el ámbito de lo latinoamericano y caribeño, dando paso a las etnias, experiencias y expresiones que habitan el continente, como respuesta y propuesta al modelo hegemónico neoliberal globalizante. Se trata de plantear diferentes propuestas de resistencia y alternativas a partir de las múltiples identidades indoafrolatinoamericanas y caribeñas, con énfasis en la vida por sobre el mercado. Por aquí transita la construcción de lo nuevo, de lo inédito, como haciéndonos eco de las palabras de aquel maestro de libertadores, Simón Rodríguez, cuando sentenciaba “o inventamos o erramos”.

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