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SALADOS Y LUCÍFEROS : APUNTES PARA UNA ÉTICA CRISTIANA Martín OCAÑA FLORES
PLANTEAMIENTO DEL TEMA No puedo abordar el tema general -la ética evangélica para nuestros tiempos- sino a partir de la experiencia docente y pastoral que desarrollo en el sur del Perú. Desde esta particularidad, pues, me propongo -por lo menos eso espero- aportar algunos criterios teológicos que considero importantes cuando nos referimos a la relación iglesia-ética-contexto social. Que las iglesias evangélicas deben ser reservas éticas en el mundo actual está fuera de discusión. Pero necesariamente tenemos que pensar cuáles son las implicaciones de este requerimiento. Este ensayo quiere llevarnos a reflexionar en esa dirección. Posiblemente no diga nada nuevo. Ese no es el punto. Lo que importa es, tal vez, recordar que todavía siguen vigentes las palabras de nuestro Señor Jesús cuando dijo a sus discípulos que son "la sal de la tierra" y "la luz del mundo" (Mt 5:13-16). Metáforas que nos llevan a pensar en los efectos positivos que causan en el ambiente en que viven, sólo si se mantienen distintos a él y, a la vez, plenamente involucrados en él. De allí que los discípulos deben funcionar en la sociedad como una comunidad alternativa y retadora. Quien captó bien estas metáforas fue Karl Barth, pastor y teólogo a quien es difícil ignorar cuando reflexionamos sobre la ética. Él dijo en su Esbozo de dogmática : "Debe resultar visible que la Iglesia ha de existir para el mundo, que la luz brilla en la tiniebla. Lo mismo que Cristo no vino para ser servido, tampoco conviene a los cristianos existir en su fe como si lo hicieran para sí mismos" . Si las iglesias evangélicas en América Latina quieren cumplir de forma integral con su misión en el mundo, no tienen otra alternativa que presentarse como sal y luz. Los cristianos, por lo mismo, han de ser "salados" y "lucíferos", portadores de esperanza y vida, es decir, de la gracia de Dios. Sin esto no hay ética evangélica posible, ya que es la condición que posibilita una inserción diferenciada en el mundo. Pero también, una Iglesia que hace de sí misma la totalidad del mundo pierde su capacidad de vivir para el mundo real. De este dualismo aún debemos cuidarnos. Es su tentación constante a lo largo de la historia, aunque nos cueste creerlo. LA IGLESIA COMO COMUNIDAD DE GRACIA Un discurso teológico que en las actuales condiciones de América Latina ponga énfasis en la gracia de Dios tiene necesariamente que implicar una práctica eclesial de gracia . El Dios que ha actuado a favor del mundo por su gracia no espera menos de nosotros. Por eso comparto plenamente la opinión de que la gracia de Dios "nos convoca a restaurar, a liberar y no a gloriar el sacrificio y el dolor " (Elizabeth Salazar). Pero nos convoca como ekklesia, como pueblo de Dios, como comunidad cristiana. Esta quiere significar, en palabras de Dietrich Bonhoeffer en su obra Vida en comunidad "comunidad mediante Jesucristo y en él". La iglesia vive en comunidad cuando reconoce que la gracia de Dios ha actuado en Cristo otorgando perdón, justificación y reconciliación (Rom 5:1-11). Pero esta gracia es también el poder de Dios en nosotros que obra la santificación por medio de la acción del Espíritu Santo. Así, la gracia nos da fuerza para ser lo que no podemos ser por nosotros mismos. El Espíritu nos llena de poder para que actuemos éticamente. Dios, a lo largo de la historia, ha estado convocando a un pueblo. ¿No es eso la Iglesia ? La pregunta es, sin embargo, ¿para qué? Las respuestas -como lo sabemos- han sido muchas y algunas veces hasta opuestas. En los últimos cien años ha habido grandes congresos en distintas partes del mundo, convocados para discutir temas tan diversos como los que van desde la evangelización hasta los males sociales como el narcotráfico, y todos han desembocado finalmente en lo que es la iglesia, y lo que ella debe hacer. Soy consciente de que aún hay cosas que discutir, pero de hecho estoy convencido de que si no colocamos en el centro del debate la práctica eclesial de gracia (2 Cor 8:7), perderemos mucha riqueza espiritual y tal vez hasta nuestra oportunidad de presentar al Dios verdadero que viene a dar vida en abundancia a todos. La iglesia -avanzando un poco más en nuestro tema- necesita discernir entre la ética que proclama y la que dice vivir. José Vico, autor de Éticas teológicas ayer y hoy, ha comentado acertadamente que la ética cristiana, "antes que ser ética formulada, es ética vivida". Él amplía esta idea en los siguientes términos: El éthos cristiano es, ante todo, una manera de vivir el éthos con el que el hombre intenta salir de su pathos . Pero una manera de vivir que intenta hacer presente vitalmente como "deseable humano", no cualquier utopía, sino la utopía que Dios tiene para la humanización del hombre y de su mundo, tal como se percibe en la fe y en el seguimiento de Jesús, vividos en la comunidad eclesial. (...) En este sentido, la ética vivida por los cristianos "se mueve dentro del horizonte de la fe. La confesión cristológica de Jesús, la aceptación de la presencia de Dios en la historia, la vivencia del Espíritu en la comunidad de los creyentes, la seguridad de la esperanza cristológica son los puntos de referencia y las bases de apoyo para el compromiso moral de los cristianos. No se puede entender la ética de los creyentes sin la referencia al universo religioso cristiano". Planteado así el asunto, la ética cristiana sólo es posible gracias a la fe en Jesús el Mesías, a su seguimiento, a la vida en el Espíritu y a la esperanza en la plenitud del Reino. ¿Podría ser acaso de otra manera? En un diccionario se plantea la ética enfatizando su teísmo , que es otra forma de decir lo que estamos diciendo. La ética bíblica es marcadamente teísta. El punto focal es Dios. Conocer a Dios es saber cómo poner en práctica la rectitud y la justicia (Jer 22:15-16; Prov 3:5-7). Se trata sin duda de una definición escueta pero suficiente para orientarnos. No definimos nuestra ética a partir de determinada situación, sino a partir de Dios. Él nos ha revelado en qué consiste hacer su voluntad: relacionarnos entre los seres humanos con rectitud y justicia. Eso es ética . Personalmente, creo que por ahí camina la gracia de Dios, y por ahí debe caminar también la práctica de la iglesia. Si efectivamente esto es así ¿por qué en algunas iglesias existe todavía cierta "ética" que parece más bien una negación de ella misma? Las muchas normas y reglas a las que algunos han reducido la ética cristiana atosigan a los fieles y vuelven la ética un legalismo carente de vida y de gracia. En Protestantismo y represión , obra escrita hace casi tres décadas pero de enorme vigencia aún, Rubem Alves, refiriéndose a los límites entre lo permitido y lo prohibido en su iglesia, reflexionaba de la siguiente manera: ¿Dónde están, formalmente definidos, los pecados pasibles de castigo? En ningún lugar. En este caso, las definiciones constituyen una serie de acuerdos silenciosos que todos conocen, sin necesidad de "codificación". La práctica de la disciplina revela una persistente regularidad en lo que se refiere a los pecados que son castigados, de tal suerte que es posible organizarlos en cinco clases distintas. La primera clase está compuesta de pecados del sexo. La segunda contiene las transgresiones del día santificado, el domingo. En la tercera encontramos los vicios: fumar, beber, jugar. Los crímenes contra la propiedad como el robo o la deshonestidad constituyen la cuarta. Y, finalmente, la quinta categoría contiene los crímenes de pensamiento, las herejías . Estos pecados trazan con claridad la frontera que separa a los creyentes del "mundo": santidad vs. pecado, salvación vs. perdición. Ahora, esta "ética" no sólo se da en los diversos protestantismos sino incluso en las diversas agrupaciones neopentecostales. Pero se trata de una "ética" que se aplica cuando conviene . Eso lo sabemos todos. Esta "ética" siempre estará ausente de gracia. Una ética que se aplica con rigor no es ética, es ley. ¿Y la gracia de Dios?, ¿y la justicia de la comunidad cristiana? ¡Cuántas condenas y expulsiones he visto en más de veinticinco años de creyente, y por causas que no merecían sino a lo mucho una amonestación! ¡Y en privado! Cosa curiosa, en lo que respecta a lo "social" y a lo "político" los dirigentes de las iglesias evangélicas en el Perú -en los años de la dictadura fujimorista (1992-2000)- de pronto se sintieron "llenos de gracia". Los congresistas evangélicos que apañaban la dictadura y defendían incluso las desapariciones y violaciones de derechos humanos nunca fueron objeto de sanción en sus denominaciones. Como no tuvieron problemas de "ética" en sus iglesias, se entretuvieron haciendo proyectos de leyes contra la vagancia (en un país que tiene un alto índice de desocupados) y contra el uso de minifaldas en las instituciones públicas, ya que éstas "atentaban seriamente contra la moral pública". Al parecer, mientras la mentira, la calumnia y el cinismo no constituían causal de sanción alguna, el mostrar las piernas, sí. LA IGLESIA COMO RESERVA DE LA ÉTICA DIVINA Los cristianos no tenemos problemas en decir que tenemos cierta ética, ciertos "principios" que la gente común y corriente incluso identifica. "¿Eres evangélico? Debes ser buena gente". Me lo han dicho más de una vez, e incluso me han tratado bien. Gracias a Dios porque tales personas habían conocido a cristianos honestos y dignos de confianza (menos mal que no, a los que viven de forma desordenada). Ahora, no quiero sugerir con esto que ser evangélico es sinónimo de "ser buena gente", a veces -y con frecuencia- significará lo contrario, sobre todo en situaciones o contextos que requieren de un testimonio íntegro, veraz y justo (Hch 17:1-9). Quiero avanzar con una pregunta: ¿podríamos pensar la ética cristiana como una respuesta en libertad a la "ética divina"? Así lo sugería Barth en sus Ensayos teológicos . Para él la ética cristiana no piensa una conducta nueva: sencillamente obedece lo que Dios dice en su Palabra . Lo cito ampliamente: Una ética cristiana responde a la llamada que de parte de Dios le ha llegado, le llega y le llegará al hombre. "Se te ha dicho, hombre, lo que es bueno". Una ética cristiana es el intento de repetir lo que al hombre se le ha dicho; de repetir en palabras y conceptos humanos el mandamiento divino. Una ética cristiana descansa en la atención y la permeabilidad del hombre frente al mandamiento divino, frente a la respuesta misma de Dios a la pregunta acerca del bien; y, por consiguiente, frente a la ética divina . (...) La ética cristiana no empieza, pues, con lo que podría llamarse una reflexión, sino que empieza por un escuchar : repiensa lo que Dios ha pensado antes para el hombre respecto de la conducta humana; la ética cristiana repite lo que antes se le ha dicho al hombre respecto de su conducta. (...) El que quiera entender la ética cristiana no deberá rehusar trasladarse, al menos hipotéticamente, al lugar maravilloso desde el que esa ética piensa y habla, en que el hombre siempre ha de empezar por escuchar, por escuchar la palabra de Dios para, sólo después, pensar y hablar. Y más adelante, Barth dice que Dios invita al hombre a participar de su historia: "Dios hace algo y algo especial por lo que el hombre es llamado para hacer algo también por su parte. Esta llamada de Dios al hombre, que se produce en esa historia, es un mandamiento de Dios, es la ética divina que la ética cristiana ha de entender y presentar como una empresa humana". Estas palabras nos sugieren la imperiosa tarea de escuchar la voz de Dios -en la Palabra revelada- para entender qué quiere nuestro Dios que hagamos en esta historia, que no es sino una historia de redención integral del ser humano. En eso consiste la ética cristiana, que no es una ética que ve la historia reducida a la iglesia y su expansión, ni mucho menos, intenta leer la historia en clave "religiosa"; sino que la ve como el campo en el cual Dios actúa para llevar libertad y vida para todos. A alguno puede parecerle que Barth está enseñando el ABC del discipulado cristiano. Pero más que eso, está fundando la ética en el Dios vivo que se revela en su Palabra. El cristiano ha de tener la actitud de aquel que escucha, que discierne la voz de Dios. ¿Importa la Biblia cuando hablamos de ética? Dejemos que Barth lo explique: ¿Qué significa la Biblia para la ética cristiana? (...) es el documento , y el documento indispensable, con el que podemos evocar siempre la historia de la alianza y de la misericordia de Dios, la historia de Jesucristo. (...) Permítaseme intentar ahora mostrar a grandes rasgos cómo la historia entre Dios y el hombre reclama una continuación en su conducta; cómo la palabra de Dios nos habla en esa historia y pide respuesta , y cómo Jesucristo invita al hombre a su imitación . (...) La ética cristiana repite ese llamamiento a la humanidad . (...) La ética cristiana no es neutral, no está interesada en nada, por excelso que sea, sino única y exclusivamente en el yo y el tú . Para la ética cristiana, el hombre nunca puede ser medio para un fin -¡aquí Immanuel Kant habló como un cristiano!-, sino que es él mismo el fin, la meta suprema. Para ella el hombre más miserable, simplemente por ser hombre, es más importante que el objeto más precioso. El ser humano es la meta suprema de la ética cristiana, no es que las leyes quieren aparecer como ética, ni que se presentan en su nombre. La ley mata, mientras el espíritu da vida. Las palabras de Barth son de gran valor, orientación e inspiración, no sólo en el contexto de la guerra fría en el cual las dijo: tienen sentido también para nosotros hoy, cuando guerras totales, bajo el pretexto de prevención, procuran destruir a los seres humanos junto con su hábitat. Nuestro mundo necesita entender esta verdad: el ser humano íntegro, corpóreo, es fin en sí mismo, es la meta suprema. Dios así lo quiso desde la creación y así lo quiere aún hoy. ¿El capitalismo total y su "racionalidad" entiende de esto? Como sostiene Franz Hinkelammert en El mapa del emperador , el hombre sigue cortando la rama en la cual está sentado. No importa si cae y muere, lo que importa es la eficiencia. No importa bajar del edificio tirándose por la ventana, igual se llega abajo. En ambos casos, la vida llega a su fin porque tal vez eso no es lo que importa. Dice así: "Celebramos la racionalidad y la eficiencia, no obstante, estamos destruyendo las bases de nuestra vida sin que este hecho nos haga reflexionar sobre los conceptos de racionalidad correspondientes. (...) Esta eficiencia ¿es eficiente? Esta racionalidad económica ¿es racional? (...) Lo que parece progreso, se está transformando en un salto al vacío". Si la ética cristiana es una respuesta a la ética divina, entonces la iglesia tiene que mirar el mundo con los ojos de Dios, de allí la necesidad de volver a su Palabra para buscar orientación y criterios que fundamenten su acción en el mundo. Barth, sin embargo, no dijo nada sustancialmente nuevo. Bastaba que su generación -a veces tan crítica y enjuiciadora de la Biblia , a veces tan olvidadiza ya que en apariencia la Biblia no decía nada de valor, o tan simplificadora que no relacionaba la Biblia con la realidad-, volviese a ella. ¿Pero no es esto lo que también sucede hoy? En el marco de la fundación de la Fraternidad Teológica Latinoamericana -hace casi cuatro décadas- se insistió en que los púlpitos en América Latina estaban en crisis. ¿Cabe duda alguna? Ese juicio no ha perdido vigencia aún. LA IGLESIA COMO DEPOSITARIA DE LA CONFIANZA POPULAR Dos datos para la reflexión. Primero: Hace poco el gobierno peruano ha comenzado a implementar un proyecto de lucha contra la pobreza: ProPerú. Según las encuestas, la gente sólo confía en una institución para que la dirija: la Iglesia Católica , por supuesto. Segundo: Ante las diversas crisis institucionales, las encuestadoras hicieron la pregunta ¿Cuál es la institución de más credibilidad en el Perú? La respuesta popular no se dejó esperar: la Iglesia Católica , otra vez. ¿Y las iglesias evangélicas? Ahora tenemos dos instituciones que la representan. Históricamente, el CONEP fue el ente representativo, pero ahora apareció la UNICEP -de corte neopentecostal- en oposición abierta y beligerante al CONEP. Pero así fueran tres o cuatro instituciones representativas -o una sola-, hay que decirlo con franqueza, los evangélicos todavía no habríamos ganado el respeto ni la confianza de la población. Y eso que ya van poco más de cien años de presencia en la sociedad... Parece que una iglesia que quiere incidir en lo público, tanto en la sociedad civil como en la sociedad política, no sólo tiene que estar preparada para ello, sino que debe ser el suyo un testimonio impecable. No puede dar apariencia de divisiones internas, mucho menos de no saber manejar bien sus cuentas. Comparto los siguientes comentarios para que nos lleven a reflexionar seriamente en el terreno de nuestro "testimonio" o ética: (1) La iglesia está en constante mutación, así como su liderazgo. Esto no es ninguna novedad, sólo que no sé si la mutación evidencia maduración en la fe o más bien diversos oportunismos. Las mutaciones, por cierto, han sido de lo más interesantes: evangélicos "conservadores" que de pronto se vuelven "más abiertos" en lo teológico y lo ético al dárseles una beca; ecuménicos (de la teología de la liberación) que comienzan a expulsar demonios para "sobrevivir"; feministas que se vuelven indigenistas y comienzan a rezar a los apus (espíritus de los cerros); y teólogos que estudian ciencias sociales -con dinero de cristianos- pero que luego reniegan de la teología, de la iglesia y de los cristianos que los financiaron, porque ahora ya tienen "una visión más completa de la realidad" (sic). (2) James Barr sostenía, en su clásico libro Fundamentalismo , que tal vez la diferencia entre "liberales" y "conservadores" no era tanto qué creían sino cuándo lo creían . Así, muchos "conservadores" llegaban a creer las mismas cosas que los "liberales" sólo que diez, cincuenta o cien años después. Creo que lo mismo se aplica a la ética. De adolescente escuchaba sermones de predicadores "conservadores" en los que decían que la política era tan diabólica como el televisor (el "cajón del diablo"). Bueno pues, esos mismos predicadores hoy buscan entrar en política y no saben qué hacer por tener su propio programa en televisión para marketearse . (3) Dos de los varios "apóstoles" en el Perú me hicieron -hace aproximadamente una década- los siguientes comentarios, cuando aún no eran "apóstoles", obviamente. El primero: "El neoliberalismo me ha derrotado, voy a tener que volverme a la guerra espiritual para sobrevivir". El segundo: "Si x ha hecho dinero con el discurso de la prosperidad, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo si soy más inteligente que él?". Pero como me gustan algunos refranes populares, "digo el milagro, pero no el santo". (4) En junio del 2001 sufrimos un terremoto de grado 7.8 en el sur del Perú. Me tocó coordinar el trabajo interdenominacional para apoyar a la población y vi cosas asombrosas. Un pastor comenzó a administrar dinero donado para ayudar a los damnificados; y de pronto apareció un terreno a su nombre. Otro pastor mejoró su vivienda ostensiblemente. Ninguno de los dos dio cuenta del dinero recibido y más bien ambos echaron la culpa al diablo de las cosas que se decían de ellos. Por otro lado, los hermanos de la iglesia no se quedaron atrás: varios de entre ellos se hicieron pasar por damnificados -es decir falsearon información a instituciones estatales e hicieron falsas declaraciones juradas- con tal de recibir alguna donación o beneficio en créditos bancarios. (5) En el 2004 tuvimos en el Perú un caso tan triste como sonado. Un pastor evangélico estafó a 193 creyentes que lo denunciaron a la justicia, porque aquél no llegó a entregarles los pasaportes mexicanos con visas canadienses, además de que se llevó medio millón de dólares por los pagos adelantados. Pero ¿quién era más corrupto?, ¿el estafador o los estafados? Pregunto esto porque esos 193 creyentes iban a viajar como mexicanos a Canadá a un "congreso evangelístico", aunque realmente pretendían quedarse allá para buscar mejores condiciones de vida. (6) En el 2005 sucedió algo abominable: un pastor, psicólogo y consejero familiar -con larga trayectoria de estafas a iglesias y financieras del Primer Mundo- trabajaba con una institución evangélica que apoyaba a niños y niñas en situación de abandono; fue denunciado y hoy está preso por haber abusado sexualmente de una de las niñas, aunque tiene otras acusaciones de acoso sexual. He contado estas experiencias, no para agachar la cabeza de vergüenza ni para decir con Juan Calvino que "hay muchas ovejas por el mundo y muchos lobos en las iglesias". Por supuesto que los cinco protagonistas de estas experiencias no tienen nada de lucíferos ni de salados . No es muy difícil concluir que nos falta trabajar bastante para que la iglesia evangélica llegue a ser depositaria de la confianza popular. Hace más de una década fui pastor en una iglesia ubicada en una zona popular de Lima. El pastor anterior había hecho un trabajo impresionante a favor del barrio. Estos confiaban plenamente en la iglesia que era su casa, su apoyo, su pastora. En la iglesia se desarrollaban dos proyectos pequeños que ayudaban a la economía de la gente de bajos recursos, además de tener un comedor popular. Lo cierto es que el grueso de la iglesia no estaba preparado para ese trabajo con el barrio. Por otro lado, la iglesia muchas veces era vista como comedor, taller, salón comunal, etc., menos como iglesia -por más que había un rótulo que la identificaba como tal-. La comunidad, a veces, también intentaba aprovecharse de lo que ofrecía la iglesia y aun de lo que no tenía. No voy a ahondar más, pero tengo que decir que ser sal y luz es complicado -y hasta arriesgado- en lo concreto. Empero, tenemos que salar y alumbrar. Este es el punto. No basta creer en el Señor, la comunidad debe ver y sentir la fe y la ética que decimos tener (Heb 11:1-40). REFLEXIONES FINALES Los tiempos han cambiado, sin duda. Vivimos un cambio de época. En esta parte no me voy a referir a los cambios económicos, sociales y culturales. No soy experto en ello. Sólo quiero centrarme en lo eclesial. Me da la impresión de que algunas iglesias evangélicas están atravesando mutaciones que merecen análisis concienzudo que no voy a hacer yo, pues me faltan herramientas de análisis y capacidad. Pero se trata necesariamente de un trabajo interdisciplinario. Da la impresión de que asistimos al surgimiento de un tipo de iglesia que carece de esperanza escatológica en el Reino de Dios, que coquetea con la presente cultura predominante y que pierde su criticidad frente a los sistemas políticos y económicos injustos. Y en medio de todo esto, tenemos a los nuevos apóstoles que pretenden dirigir las iglesias con una autoridad y verticalidad nunca antes vista. Es decir, el panorama eclesial no es muy favorable para aquellos cristianos que saben que en comunión eclesial deben luchar contra cierta "ética legalista" y buscar una ética a favor de la vida humana, cuya característica predominante sea la justicia. En un artículo interesante, el teólogo e historiador Arturo Piedra sostiene que uno de los grandes desafíos eclesiales en el plano de la misión es recuperar el mensaje bíblico en su dimensión integral. Y esto incluye dos aspectos: (a) un llamado a tomar en serio el dolor humano y las estructuras injustas que lo producen y (b) la integración del mensaje profético, que siempre incomoda a los poderosos. Esto también debe ser parte de nuestra ética evangélica (¿acaso no la habíamos entendido como la práctica de la rectitud y de la justicia?). Resta mucho por hacer aún. Desde hace años ha habido intentos de pensar los diversos aspectos de la vida humana para "construir" una antropología cristiana -y ética también, en mi opinión-. Hay que seguir ese camino. Mientras tanto, nuestro Señor Jesús nos sigue desafiando a actuar en las actuales condiciones como comunidad de gracia. ¿La iglesia como reserva de la ética divina? Ya lo veremos, y para verlo hay que tomar las decisiones correctas. Martín OCAÑA FLORES - Profesor en el Seminario Evangélico Bautista del Sur del Perú (Tacna) y el Recinto de Lima de la Universidad Bíblica Latinoamericana.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |