DESCRIPCIÓN DE UNA IDENTIDAD MASCULINA SANA



César Moya

Introducción
Los estereotipos que nos ha impuesto la sociedad, con sus relaciones y su cultura, nos han llevado a asumir una identidad masculina que no es coherente con la búsqueda de la paz, la justicia, la equidad, la igualdad, el empoderamiento  y la libertad de las mujeres en el mundo, así como la de otros individuos que no se identifican con unos u otras.  Replantear la masculinidad que ha traído modelos dominantes y opresores es una urgencia para quienes creemos que un mundo de iguales, no sólo en discurso sino en acciones, es posible.

¿Cómo debe ser una identidad masculina sana? ¿Qué aspectos debe tener en cuenta?  Estas preguntas me propongo responder en este escrito, basado en las ideas de hombres y mujeres que cuestionan e invitan a replantear la masculinidad para nuestros días.

Presentaré ocho aspectos que debe incluir una masculinidad sana, reconociendo que el diálogo sigue abierto.  Espero que este trabajo traiga esperanza y cambio de mentalidad a muchos hombres y mujeres que aún creemos en una sociedad de iguales.

1.  Conciencia por los problemas del mundo. Una identidad masculina sana no debe dejar de lado la problemática del mundo actual manifiesta en las injusticias del sistema, especialmente contra los más débiles de nuestra sociedad.  Estas injusticias van de la mano con la violencia de todo tipo.  Además,  en esas injusticias que marginan a las mujeres y otros polimorfismos diferentes al masculino, está presente la masculinidad que ha sido identificada como opresora, poderosa y controladora de la situación del resto de los seres del mundo.

Una identidad masculina sana, entonces, debe empezar por confrontarse consigo misma, rompiendo el paradigma  que el sistema de injusticias ha mostrado como válido e incuestionable.  Un modelo que ha sido legitimado por las ideologías dominantes,  así como por las teologías conservadoras y fundamentalistas.   Ante esta situación,  una identidad masculina sana debe trabajar contra esas injusticias, empezando por replantear su propio modelo de masculinidad.  Una masculinidad que trabaje por la igualdad de hombres y mujeres, como contracorriente al sistema de injusticias que prevalece  en el fondo de las identidades masculinas y femeninas.  Por encima de los modelos que han sido fortalecidos por la tradición, empezando por la casa, debe trabajarse en la construcción de un modelo donde se busque el bien común.

2.  Reconocer que tanto varones como mujeres hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Dentro de un contexto eclesial y religioso,  es importante resaltar esta afirmación hecha en el Génesis:  “Y creó Dios al ser humano a su imagen y semejanza, a imagen de Dios lo creó.  Varón y hembra los creó” (Gen 1:27 VRV).  El error se ha presentado al leer este texto de forma unilateral  “Y creó Dios al hombre”, olvidándose de lo que sigue y de la connotación genérica de ser humano.  Dicha lectura ha llevado a colocar al varón por encima del resto de la creación, siguiendo el orden jerárquico Dios-varón-mujer-niños/niñas, lo cual,  como dije anteriormente ha querido legitimar la desigualdad de género y sexo.  


Otro error es el de haber limitado la imagen y semejanza de Dios a un cuerpo físico: ojos, manos, pies, etc., olvidándose de la imagen de justicia, de creatividad, de amor, de solidaridad, de paz, de respeto, de igualdad.  Lo anterior ha llevado a hacer  lecturas inapropiadas para los contextos de marginación y opresión de nuestros  pueblos, haciendo que el varón asuma roles de victimario opresor sobre otros hombres y,  en especial,  sobre las mujeres.    Una identidad masculina sana asume su creación y la de los otros seres humanos, incluidas las mujeres, como una creación de iguales y  para la igualdad, donde cada uno y cada una cumple el papel de velar por las necesidades del otro y las de la otra.  Donde la imagen y semejanza de Dios no se relaciona sólo con una imagen de hombre o de mujer sino con  una imagen  de justicia, de paz, de amor, de solidaridad, de equilibrio, de igualdad y de respeto a la diferencia.  Una diferencia enmarcada dentro del bienestar de toda la creación, incluidos  los seres humanos.   Por eso, la masculinidad sana debe entender que cuando se oprime al otro o a la otra, se está distorsionando y desdibujando la imagen de Dios, de ese Dios de igualdad y de justicia.

3. 
 Respeto a la diferencia sexual y de género.  En las culturas patriarcales   se ha transmitido que, por un lado, los dos únicos géneros válidos y aceptados son el masculino y el femenino, y por otro, que el género masculino debe ser respetado por los demás, pues es superior a los demás. Las variantes que se enmarquen dentro de lo socialmente identificado y estereotipado como masculino y femenino son consideradas aberración o degeneración,   por lo tanto,  es considerado inferior y no digno de reconocimiento ni aceptación. 

Contrariamente a lo que nos ha sido impuesto por el modelo patriarcal, donde la identidad sexual y de género válida y reconocida es la masculina,  mientras que las demás identidades con todas las variantes polimórficas se desacreditan y devalúan, una identidad masculina sana respeta la diferencia en estos dos aspectos, valorando y reconociendo a los seres humanos   no sólo por sus funciones y roles,  sino por el hecho de ser personas.

La identidad masculina sana dialoga con otras identidades y tiene apertura para aprender  y saber más acerca de ellas. Esto sucede cuando se toma conciencia de los polimorfimos que existen en los seres humanos.  Este respeto mantiene la inclusión de quienes son diferentes en identidad sexual y de género dentro de la comunidad a la que pertenecen.

4.  Separar la identidad masculina del modelo patriarcal. La identidad masculina ha estado relacionada con el modelo patriarcal.  De ahí que el poder y la autoridad se han asociado a la identidad masculina, desconociendo lo que es diferente a ésta, tanto en lo público como
en lo privado.  Este modelo ha enseñado e impuesto  como indicadores de virilidad la riqueza, el poder, la posición social, las mujeres atractivas, así como en el ámbito sexual el estar siempre listos a tener sexo, tener siempre el pene erecto, estar siempre dispuestos a eyacular, siempre dando satisfacción sexual a las mujeres.   Igualmente,  se identifica dentro de este ‘modelo’ el que nunca ha sido rechazado o traicionado por una mujer, el que ha tenido éxito en el trabajo y en lo económico, el que vive en el desafío permanente del peligro y la negación de los procesos de duelo, entre otros.   De manera más concreta, este modelo patriarcal ha construido unas jerarquías sociales en las cuales los varones ejercen poder, control y dominio sobre las mujeres.  Todo lo anterior se transmite en la cultura como la verdad y como el marco de referencia dentro del cual conducirse ‘normal y legalmente”.  Dado lo anterior, el modelo de patriarcado asumirá la coherencia entre sexo, género, identidad de género, orientación sexual y prácticas sexuales, sin dar cabida dentro de cada categoría, a lo que no sea masculino.  En otras palabras,  sin aceptar, ni siquiera como posibilidad, una combinación de estos componentes que pudiera dar origen a diversas manifestaciones de la masculinidad.
La identidad masculina sana, entonces, aceptará maneras diferentes a las del modelo patriarcal de ser hombre, sin despreciar lo que es femenino u otros polimorfismos y posibles combinaciones de género, identidad de género, orientación sexual y prácticas sexuales.  Así mismo, una identidad masculina sana separada del patriarcalismo debe cuestionar y rechazar las estructuras de poder y dominación de los hombres, pues éstas impiden la igualdad respecto de las demás identidades de los seres humanos, especialmente respecto de la identidad femenina.
Esta separación de la masculinidad respecto del modelo patriarcal debe producir hombres que se identifiquen con el sufrimiento de los demás, sin distinción de sexo y género, así como hombres que se solidaricen con quienes viven sumidos en las injusticias del sistema,  y que busquen la liberación de la opresión social, cultural y psicológica a la que han estado sometidos
por siglos, como consecuencia de un sistema de dominación como el patriarcado.  En otras palabras, no es posible una identidad masculina sana  si   no se rompe con el modelo patriarcal.  Seguir sometido a este producirá una masculinidad cada vez más deforme y alejada  respecto de lo que realmente debería ser. 
5.  Responder a la pregunta sobre cómo se siente: hombre o mujer.
La sociedad ha estereotipado lo masculino de manera inflexible, a tal punto que  quien se salga de los convencionalismos conocidos es identificado como homosexual.  De  la misma manera,  quien tiene una identidad sexual o de género diferente a ese modelo convencional es marginado.  Así,   todos llegamos a pensar que los hombres y las mujeres somos fácilmente diferenciables y que, por lo tanto, es fácil decir quién es hombre y quién es mujer.   Todo como un proceso de aprendizaje y de enseñanza de lo
que es ser hombre o de lo que es ser mujer en culturas predominantemente patriarcales y androcéntricas. Lo anterior lleva  a la lucha por expresar y reconocer su identidad en aquellos individuos que son identificados socialmente como pertenecientes a determinado género o sexo,  pero que no se sienten incluidos dentro de esa identificación social. Por esto es importante que cada individuo tenga su identidad, no solamente como hombre o mujer, sino respecto de otras posibilidades identificatorias.


La  identidad masculina tanto como la femenina, y lo que podrían llamar algunos  “ambigüedades”, no se construyen en un solo momento de la vida; al contrario, se dan a lo largo de la existencia, incluidas todas las áreas, desde las genéticas hasta las sociales.  Es decir, en este proceso de identidad sexual juegan un papel muy importante disciplinas como la genética, la endocrinología, la anatomía, la fisiología, la neurología, la psicología, la sociología y la antropología.  Así,  estos elementos y su interacción muestran el desarrollo del sexo y del género a lo largo de todo el ciclo vital del ser humano. El desarrollo dentro del
vientre materno no determina por sí solo la identidad masculina o femenina, sino el desarrollo, mucho más decisivo,  que se da fuera del vientre.  Cada individuo se convierte en una síntesis de todas las posibilidades de identidad sexual y de género. 

Así mismo, dada la posibilidad de múltiples combinaciones de determinantes de género e identidad sexual, el individuo resultante no tendrá la misma identidad en cada determinante.  Es decir, puede tener una identidad masculina de género cromosomal, pero ser femenino en género sexual, por poner un ejemplo entre las diferentes combinaciones que se pueden dar. Entendiendo esta situación desde la genealogía,  cada individuo es lo que es y no necesariamente masculino o
femenino, en el sentido pleno de los vocablos.   De ahí que, una identidad masculina sana debe aceptar tales combinaciones  posibles como algo natural,   tanto en sí mismo como en otros.
 

6.  Aprecio por lo femenino Una conocida afirmación social  en cuanto a la masculinidad es que para que un individuo pueda identificarse con lo masculino,  ha de alejarse de lo femenino.  Como la identidad masculina trata de formarse negando la identificación con lo que considera femenino, los varones mantienen durante toda su vida una lucha contra las características femeninas que pueden existir en sí mismos, a fin de preservar su masculinidad. Por esto  se rechazan la apariencia   física, las  actitudes, comportamientos y roles  femeninos que pudieran aparecer en sus vidas, y en la vida de otros individuos considerados socialmente masculinos y se genera el  desprecio y la marginación de lo que no es masculino como identidad reconocida socialmente.  Lo que esto produce, finalmente,  es un deseo de sometimiento de lo que es diferente,  por considerarlo inferior a la pretendida identidad masculina.   
 
La identidad masculina sana debe aprender a apreciar e interiorizar lo femenino.    Debe perder el miedo a mantener  su identidad con la madre, y  reconocer que en sus inicios, su identidad fue femenina,
dada la relación, especie de simbiosis,  que le unía a aquella;  y no debe aprender la identidad masculina rechazando la femenina que fue forjada por su madre.   La identidad masculina sana debe desligarse de  los estereotipos negativos que se han asignado a lo
femenino para devalorarlo y despreciarlo, y que han sido desmentidos por la ciencia. 

7.  Asumir roles de acuerdo con el  contexto
La convivencia social a través de la historia ha prescrito roles distintos para hombres y mujeres, y, por qué no, para quienes están calificados como “ambiguos”. Así, por ejemplo, a la mujer se le han
asignado los roles domésticos, destinados a la casa y al hogar, como el cuidado de los hijos e hijas, los oficios domésticos de lavar, planchar, barrer, cocinar, etc.,   mientras que a los hombres se les han asignado papeles  fuera de la casa, como trabajar, hacer negocios, ejercer la política, estudiar, etc., etc.  
Si un hombre llega a ejecutar las funciones que la sociedad ha estereotipado como propias de las mujeres, se cuestiona su masculinidad, y se puede llegar a tildarlo de homosexual.  Así mismo, si una mujer  ejecuta las funciones que la sociedad ha atribuido a los hombres, comienza a ser catalogada como marimacho.  Pero ha de saberse que ejecutar dichos roles es parte del
”desarrollo normal” del individuo hombre o mujer, y no hacerlo  acarreará  consecuencias negativas para su identidad masculina o femenina.

Lo más triste es que la asignación a las mujeres, de parte de la sociedad,   de roles ‘específicos’, ha provocado su marginación respecto  de la vida pública y de la toma de decisiones, así como de la
participación política; ello ha tenido como consecuencia graves desventajas para la mujer en lo relativo a su  participación democrática, su  capacitación académica, y la posibilidad  de ocupar cargos políticos u otros.
La  identidad masculina sana desarrollará funciones de acuerdo con las necesidades del contexto y no por los estereotipos que la sociedad patriarcal ha impuesto.  Siendo así las cosas, un hombre puede desarrollar roles que se han asignado socialmente a las mujeres,  y viceversa, muchas mujeres desarrollarán funciones que les fueron asignadas socialmente a los hombres. 


La masculinidad no consiste,  entonces, en cumplir o dejar de cumplir ciertos roles. Consiste en  ejercer roles que, de acuerdo con las necesidades del contexto cultural,   propendan a generar relaciones de equidad y justicia.  De esta manera,   se expresará una identidad masculina sana.   


8. Comprometerse en el empoderamiento y libertad de las mujeres.  Esto tiene que ver con lo mencionado antes respecto de no seguir el sistema patriarcal, y, concretamente, respecto de la democracia genérica, es decir, del replanteamiento del modelo patriarcal a fin de  enfrentar con éxito los problemas del mundo.  La democracia de género se basa en la igualdad, la equidad, la justicia y la libertad. Para lograrla,  los hombres requieren trabajar a la búsqueda de una renovación de la cultura sustentadora de modelos patriarcales y opresores.   Las políticas neoliberales han producido  la marginación de muchas mujeres, así como en otras áreas de la vida,  como la educación y la política,  han sido privilegiados los hombres.  Por estas razones, se hace necesario que las mujeres se empoderen desde su identidad de género,  con el fin de cambiar el orden social y la cultura, y, por ende, el modelo patriarcal.
 

Las mujeres requieren empoderarse para ser respetadas; para  no ser violentadas;  para acceder a los recursos y los bienes, y para vivir en libertad. Este poderío se logrará con un marco ético que consista en la compensación, la reparación, la equidad y la justicia.  Para lograrlo,  hay que cambiar,  no sólo la mentalidad femenina, sino la  de los hombres.  De ahí que una identidad masculina sana sea aquella que se compromete con el empoderamiento y libertad de las mujeres. Que se compromete en la lucha contra las instituciones que mantienen a la mujer en la  precariedad y la consiguiente dificultad de vivir con dignidad y que les hace creer que deben vivir en sumisión y opresión. Se trata de comprometerse en la creación de un nuevo orden con equidad, justicia e igualdad. 

Conclusiones

La masculinidad  estereotipada por nuestras sociedades y culturas ha favorecido las injusticias e inequidades en el mundo.  Dado lo anterior,  es urgente y necesario replantear la masculinidad que busque la construcción de una sociedad justa y de igualdad entre hombres y mujeres y otros individuos que no se identifican plenamente con unos o con  otras.

Una masculinidad sana debe incluir, entre otros, los siguientes aspectos:

1.   Conciencia de los problemas del mundo.
2.  Reconocimiento de que tanto hombres como mujeres hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.
3.  Respeto a la diferencia sexual y de género.
4.  Separación de la identidad masculina  respecto del   sistema patriarcal.
5.  Respuesta a la pregunta sobre cómo me siento:  hombre o mujer.
6.  Aprecio por lo femenino.
7.  Asunción de roles que exija el mejoramiento del contexto social y cultural. 8.  Compromiso hacia el logro del  empoderamiento y la libertad de las mujeres.

César Moya es colombiano, pastor menonita residente en Quito/Ecuador.

 

 

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