ADIÓS A FOXILA NDIA: FIN DE SEXENIO EN MÉXICO

Leopoldo Cervantes-Ortiz
Noviembre, 2006

1. Foxilandia: el teatro sexenal
El título del presente texto alude al nombre del idílico país en el que creyó vivir Vicente Fox durante su Presidencia. Los medios lo acuñaron ante las reiteradas muestras de que no alcanzó a ver la magnitud de los problemas del país que gobernó, empecinado como estuvo en suponer que sólo mediante el voluntarismo y la fuerza de sus declaraciones podía resolverlos.

Sus alianzas con los grupos de poder económico y financiero, así como la pose empresarial con que prácticamente asaltó el poder en julio de 2000, se conjuntaron para crearle una imagen de país muy lejana de la realidad. Muestra de ello fue s incontinencia verbal en relación con el número de empleos anuales y el problema de Chiapas. Antes de asumir el poder, Fox se rodeó de headhunters a fin de reclutar a los mejores elementos para su gabinete, pero lamentablemente no dejó de incurrir en los mismos vicios del régimen priísta: por ejemplo, en la Secretaría de Agricultura nombró a un amigo de su familia y vocera a Martha Sahagún con quien se casaría más tarde, y gracias a quien escenificaría continuamente situaciones rayanas en el ridículo, como cuando ella se sintió con posibilidades de suceder a Fox en la Presidencia de la República, lo que ocasionó graves tensiones al interior de su partido y se ganó la antipatía de amplios sectores, más aún cuando se conocieron detalles sobre las corruptelas inmobiliarias de los hijos políticos del Presidente, a quienes defendió abiertamente constituyéndose prácticamente en juez. A hay que agregar que el gabinete (o equipo de transición) comenzó a cobrar su salario meses antes de la toma de posesión.

El excesivo protagonismo de Sahagún, estimulado por Fox, quien se refería a ambos como la pareja presidencial, alcanzó niveles estratosféricos debido, sobre todo, a que creó una fundación (Vamos México) que claramente se sirvió de los obligados contactos de la casa presidencial con empresarios para obtener sus ingresos. Todo ello sostenido por una intensa promoción en la radio y la televisión que implicaron gastos exorbitantes. (Uno de los sobrenombres del Presidente fue Vicente Spots.) La omnipresencia de ambos generó un hartazgo que medianamente se logró limitar cerca del fin del régimen cuando las aspiraciones de Sahagún desaparecieron y la Suprema Corte de Justicia ordenó al gobierno la limitación en los anuncios dirigidos a divulgar la obra social.

Además, la tan anunciada lucha contra la corrupción, personificada por Fox como un ataque a “alimañas y víboras prietas”, no consiguió realizarse debido al aparente temor con que acometió sus tareas en ese terreno. Así, dejó pasar la impunidad de procesos tan siniestros como el de las evidencias del financiamiento irregular de su propia campaña por parte de una asociación civil (los Amigos de Fox), así como de su contraparte priísta, Francisco Labastida, con dinero proveniente de la empresa petrolera oficial. Todo ello sin olvidar los escándalos relacionados con los excesivos gastos en vestuario y la remodelación de la casa presidencial que alcanzaban resonancia precisamente por la manera en que Fox ofreció superar los vicios del régimen anterior. La población se dio cuenta, poco a poco, de que los nuevos gobernantes incurrieron en las mismas prácticas aun cuando su discurso renovador garantizó lo contrario.

Por lo anterior, y a riesgo de parecer solamente un recuento intencionado de errores, lo mencionado aquí es apenas una muestra casi aleatoria de una cadena de sucesos que parecían anunciarse mutuamente dentro de una especie de tragicomedia cotidiana, como bien lo ejemplifican las palabras de Fox expresadas en los entretelones de la entrevista televisiva con un cadena extranjera: “Si ya voy de salida, puedo decir cualquier tontería”. Días antes había soltado la gracejada de ofrecer disculpas públicas a quienes hubiera ofendido durante su gestión. El analista Rolando Cordera se refirió acremente a este intento de recomponer su imagen: “El presidente Fox no acaba de despedirse y por ello no deja de ofender a la ciudadanía con sus desplantes verbales y sus despropósitos políticos. De nada sirven a la situación actual que le heredará a su sucesor impuesto sus disculpas socarronas. Lo que México vive hoy con intensidad es un agravio mayor al que ahora se suma el que le asesta de nuevo el presidente Bush con su muro de ignominia [...] En su interminable despedida, el Presidente tendría que admitir que [...] deja a México en un preocupante estado de indefensión ante sus fantasmas domésticos, mientras se debilita aún más su de por sí frágil capacidad para relacionarse con el exterior [...]. Pedirnos disculpas es otra forma de continuar la ofensa, y por eso, tan sólo por eso, no se debe otorgarlas” (La Jornada, 29 de octubre).

Cada vez que Fox salía del país (cerca de 60 viajes en total), la prensa se preguntaba qué conflictos u ocurrencias llenarían las planas en los días por venir. En China, por ejemplo, Fox, junto con algunos  miembros del gabinete, se puso a juguetear con algunas estatuas de un edificio milenario. Ni qué decir de la política exterior, cuya tradición diplomática fue saboteada desde el primer día de su administración y colocó al país muy cerca de la ruptura con varios países latinoamericanos (Cuba, Venezuela, Bolivia, Chile, Argentina) debido a su sometimiento a los lineamientos estadounidenses. Fue patética la forma en que cada año se siguieron las instrucciones del país del Norte para condenar a Cuba en las Naciones Unidas alrededor del tema de los derechos humanos. Todo ello sin obtener ningún beneficio migratorio a cambio, como fue la ingenua esperanza del gobernante nacido en el estado de Guanajuato. El bochornoso incidente con el presidente Castro rebasó flagrantemente los linderos del ridículo y la descortesía.

2. Fox, usufructuario de la esperanza de cambio
Las sátiras de las que fue objeto, como nunca un gobernante antes que él, evidenciaron el grado de teatralidad al que llegó un gobierno que generó tanta esperanza en el cambio anhelado hacía décadas. La frivolidad con que se comportó Fox desde el momento mismo de asumir el poder se desdobló en una serie interminable de actitudes y acciones que fueron encajando cada vez más en el esquema de otros gobernantes señaladamente neoliberales (y de derecha) en América Latina, como Alberto Fujimori, Carlos Menem y Fernando Henrique Cardoso. Su pronunciada insensibilidad política se veía venir desde que, en un exabrupto que nadie olvidaría, afirmó que resolvería el problema de Chiapas “en quince minutos”. Más tarde, se manifestó en el episodio de la frustrada construcción de un nuevo aeropuerto en la localidad de San Salvador Atenco, cuando sin consultar a los pobladores trató de imponer un proyecto modernizador que pasaría por encima de sus derechos agrarios. Allí mismo, en el último año del sexenio, estalló un conflicto social de proporciones gigantescas: la policía federal ingresó al poblado y lo tomó violentamente. Se supo después que la policía abusó sexualmente de varias mujeres y el asunto llegó hasta la Comisión Nacional de los Derechos Humanos sin que hasta la fecha se haya resuelto del todo.

Si se buscara un solo término que concentre lo sucedido entre 2000 y 2006 en México esa palabra sería abdicación, pues ella define muy bien el concepto que manejó Fox durante todo su mandato. El Estado para él no es más que un sirviente dócil de los poderes económicos y financieros internos y externos. La famosa y patética frase que utilizó cuando le preguntaron sobre su intervención en un caso relacionado con una televisora (“¿Y yo por qué?”) lo pinta de cuerpo entero. Rafael Cardona resumió lapidariamente esta actitud: “Cree que fingiendo que se engaña nos puede engañar a todos”. Esto contrastó lastimosamente con la manera en que aceptó, literalmente, todas las imposiciones de la banca internacional, además de que a medios sexenio, cuando se renovó el Congreso le atribuyó a las negativas de éste su incapacidad para negociar y conseguir las tan cacareadas “reformas estructurales”, es decir, los cambios fiscales que se consideran urgentes desde hace un par de décadas.

La promesa de un crecimiento económico de 7% (que finalmente, y con muchos trabajos, alcanzó a llegar a la mitad) se fue modificando con el paso del tiempo hasta hacer del Presidente un auténtico malabarista de las cifras, enfrentado como estuvo siempre a los críticos del sistema, quienes reclamaban que la oferta de aumento anual de empleos del orden de un millón, no pudo realizarse y, al final, se aceptaron como definitivas las cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social. Por otro lado, el insistente triunfalismo gubernamental en cuanto a que las cifras macroeconómicas mostraban una enorme estabilidad como consecuencia de la austeridad, no se vio compensado con un aumento en el ingreso de la población, pues al contrario, la percepción generalizada fue exactamente en sentido contrario. Al mismo tiempo, aumentó el número de migrantes hacia Estados Unidos, en una escalada paralela a la cadena de errores en la búsqueda de un tratado con dicho país, el cual, luego del 11-S se olvidó por completo del mismo al ocuparse de las invasiones a Afganistán e Irak.

Muy lejos quedó el entusiasmo sintetizado en la frase foxiana que incluía en el paquete de beneficio para la población “un vocho (nombre popular del Volkswagen sedán), changarro (negocio propio) y casa propia”. Aunado a esto, el programa de seguro médico popular fue manejado tan demagógicamente que los frecuentes ataques de Fox contra el populismo se le revirtieron por completo, debido a que retomó banderas y prácticas con las que supuestamente no estaba de acuerdo. Los enormes ingresos petroleros de los dos últimos años, a su vez, no fueron canalizados hacia donde debían pues le sirvieron a Fox para apuntalar el interés en sostener la inflación en estándares que le permitieran blindar a la economía que heredaría a su sucesor y el subejercicio del presupuesto se convirtió en un hecho irrefutable inexplicable ante el gasto excesivo en diversas dependencias públicas, como la Secretaría de Educación Pública: miles de escuelas de nivel básico no cuentan con los recursos más elementales para su funcionamiento, aun cuando una de las acciones más celebradas fue la compra de computadoras para planteles que no podrán usarlas adecuadamente. En el aspecto cultural, el régimen foxista construyó la Biblioteca Vasconcelos, un enorme edificio condenado a la subutilización, a pesar de que la Biblioteca Nacional ( de la UNAM) es un espacio que podría modernizarse para cumplir a cabalidad su trabajo.

Pero el episodio que mostró con mayor claridad las inconsecuencias del gobierno foxista fue su empeño en destruir a toda costa a Andrés Manuel López Lobrador, su principal adversario político, pues no contento con criticarlo veladamente, no vaciló en invertir tiempo, energías y recursos para asegurarse que su sucesor sería del mismo partido. Los meses centrales de 2005 fueron el escenario de una cruel persecución política, mediática e institucional por todos los medios a su alcance, hasta lograr desaforarlo y prácticamente destituirlo como alcalde de la capital del país. La propaganda legalista, centrada en un apego irrestricto al estado de derecho y el respeto a las instituciones sólo consiguió fortalecer la figura del líder opositor, quien obtuvo una votación histórica en las elecciones de julio de 2006, con apenas una diferencia de medio millón de votos. La sensación generalizada es de que todo el proceso estuvo plagado por el peso del aparato oficialista e incluso la Suprema Corte de Justicia señaló que las injerencias de la Presidencia estuvieron a punto de echar por la borda los comicios. No obstante, esta reprimenda, luego de meses de tensión política, el capricho de Fox se impuso y deja un sucesor con un bajísimo grado de legitimidad.

La esperanza que generó Fox con su triunfo se fue diluyendo ante la constatación de que pudo más la fuerza de su ideología que su verdadero compromiso con la democracia y con la transición que se votó en 2000.

3. Una práctica heterodoxa de la laicidad del Estado mexicano
Acaso en la cuestión religiosa es en donde la actuación de Fox resultó más escandalosa, pues el mismo día de su asunción al poder, acudió a la Basílica de Guadalupe para llevar a cabo una acción de gracias. Eso fue el preludio de lo que haría durante la visita de Juan Pablo II, cuando sin ningún miramiento hacia la laicidad del Estado mexicano, se arrodilló para besar su anillo y ni siquiera el hecho de que su matrimonio no fue reconocido por el Vaticano bastó para que limitara sus expresiones religiosas semanales. Su filiación católica, en absoluto cuestionable a nivel privado, se volvió un criterio de gobierno y afectó directamente su manejo de temas tan sensibles como la planificación familiar, el combate al sida y la educación sexual, pues todos estos temas se tiñeron de moralismo y los obispos, envalentonados, sentían que su cercanía al poder les permitía una impunidad que la Constitución no garantiza a ningún grupo religioso, al grado de que creyeron posible la devolución de algunos edificios de uso público. Así, las acusaciones de diversa índole contra personajes como los arzobispos Norberto Rivera Carrera y Juan Sandoval Iñiguez se resolvieron, sin trámite judicial, en reuniones íntimas con Foxy su esposa, con lo que ellos consideraban que obtenían absoluciones definitivas. Los escándalos sobre pederastia, que han cimbrado a las altas esferas eclesiásticas, no pasaron de ser eso, simples notas periodísticas que eran acalladas por las declaraciones episcopales.

Un caso resultó elocuente: cuando abogados estadounidenses denunciaron por encubrimiento en México al cardenal Rivera Carrera, las autoridades migratorias desplegaron un rapidísimo operativo para deportarlos, cobijados por el hecho de que el secretario de Gobernación (Interior) fue Carlos Abascal, hijo de un dirigente cristero, quien desde que inició el sexenio en la cartera de Trabajo, frecuentemente mencionaba a Dios en actos públicos, violando abiertamente la Constitución. Abascal también se opuso a la lectura estudiantil de un libro de Carlos Fuentes porque supuestamente atenta contra la fe católica, y pontificó casi teológicamente sin pudor contra el aborto en apoyo a los grupos conservadores.

Carlos Martínez García, en relación con la anunciada despedida de Fox en el mayor santuario católico de México, escribió: “La cuestión no es el derecho personal que tiene Fox, o cualquier otro ciudadano(a), para ir a la Basílica. El tópico es que esa hipotética visita la perciba él como un ‘acto de gobierno’. Nuestras leyes marcan muy bien que en su calidad de funcionarios públicos estas personas simplemente no pueden participar en cultos religiosos. Pueden hacerlo de forma particular, en actos religiosos públicos o privados, pero desprovistos del puesto que les concede la administración pública. [...] Para Vicente Fox, de acuerdo con su declaración, él llegó a la Presidencia por un acto providencial de la Virgen de sus devociones y no por los votos de millones de personas que le creyeron y votaron a su favor en el año 2000.

Pero, además, en el singular modo foxista de hacer teología política, a lo largo de seis años la Guadalupana retribuyó al presidente con favores que se reflejaron en una buena dirección de la nación mexicana. Fox dice que por ir a la Basílica comenzó su administración ‘con el pie derecho’. Pues a lo mejor el primer paso sí lo dio bien, concedámosle esa ilusión, pero a partir de ahí tomó veredas sinuosas y anduvo en círculos que muy pronto convencieron incluso a muchos de sus iniciales partidarios de que no tenía idea de cuál era el rumbo a tomar” (La Jornada, 8 de noviembre de 2006). Efectivamente, la torcida lectura teológica que hizo Fox de su mandato, no concuerda en absoluto con la de la mayoría de los analistas.

Y es que, como bien señala Martínez García, Fox no logró entender, durante seis años de mandato, que el país es ahora plural, religiosamente hablando y que buena parte del país no comulga con su visión reducida de dicha realidad. La innegable descatolización de México, como en buena parte de América Latina, es un auténtico desafío para los gobernantes, cuyas tentaciones integristas deberán afrontar este fenómeno con mayor imaginación y responsabilidad.

En síntesis, el legado foxista, además de dejar mucho que desear en términos de una transición democrática que no cumplió con las expectativas que despertó, ocasionó una polarización que la nueva administración deberá enfrentar como un reto político y social enorme. Ojalá esté a la altura de las circunstancias.

 

 

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