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¿Buenos muros son buenos vecinos?
La trata y la tarea de las comunidades de fe
Judith VanOsdol
“Algo hay que no ama al muro…” así comienza el poema “Reparando el muro” por Roberto Frost. El poema retrata a dos vecinos caminando juntos, reparando la cerca que los divide: uno, el poeta, que cuestiona y rechaza la necesidad de estar siempre reparando y reconstruyendo los muros, y su vecino, del otro lado de la cerca, que replica: “Buenas cercas hacen buenos vecinos”. El poeta, en cambio, afirma que lo que queda de un lado expulsa y rechaza a lo que estaría del otro; construir un muro siempre implica una ofensa.
Vivimos en un mundo de muros. Vemos las propuestas de construcción de más grandes y mejores murallas: en la frontera entre el pueblo palestino e Israel, entre los Estados Unidos y México, entre los “country” y el populacho, entre propiedades privadas y villas. Hay muros geopolíticos: los que dividen pueblo contra pueblo, aunque no existan en el sentido físico.
Como dice el poeta: “cuando construyo un muro, quisiera saber a quién encierro y a quién expulso”. Los migrantes y personas indocumentadas quedan entre los de ‘fuera', encerrados en muros geopolíticos —aunque estén dentro del espacio geográfico del país, se mantienen fuera de él-: “usted no es de acá, no merece, no cabe, no tiene derecho, ocupa nuestros trabajos, nuestros espacios…” Les decimos “ilegales” y suponemos que trabajan “en negro”, pues hasta la terminología que usamos es excluyente y racista.
Existen muros y paredes psicológicos: en la manera en que concebimos “al otro o a la otra”, en la manera en que enfrentamos la alteridad. La palabra “extranjero” comparte su raíz con la palabra “extraño”: lo que es ajeno, lo que no es como uno. Estos muros psicológicos se convierten hoy, casi patológicamente, en brutales e intolerantes, y manifiestan un fuerte rechazo que expulsa y violenta a la persona extranjera. Esto se ve en la violencia galopante que se ejerce en contra de las comunidades bolivianas, en contra de las mujeres y de los niños, e incluso en contra de las minorías sexuales, entre otros grupos discriminados y oprimidos por la sociedad.
Hay paredes y paredones en el tema del poder—por lo general, puestos e impuestos por aquellos que tienen más poder, contra quienes tienen menos. No nos engañemos, que el poder y el privilegio es hábil en construir y mantener fuertes divisiones entre distintos grupos. Los paredones que rodean a los country son más que simbólicos, junto a las rejas, medianeras y murallas; quisiera saber a quién estoy encerrando y contra quién construyo mis paredes.
En el tema de género también encontramos muros, murallas y murallones. Las diferencias biológicas “simples” se convierten en barreras culturales, económicas, religiosas, de roles y expectativas declaradas o asumidas que provocan, dividen y marcan fuertemente las asimetrías actuales de poder y privilegio sostenidas por una sociedad patriarcal. Marcan el lenguaje: “nació la chancleta”… ¿Qué es una ‘chancleta'? Pues algo que “se usa en la casa”, que se usa y nació para el ámbito doméstico. Hay miles de ejemplos del lenguaje que nos revelan, gráficamente, el desequilibrio del poder y el privilegio de género que pretende trabajar. ¿Creemos casual que esposa y esposas sean la misma palabra?
En el ámbito teológico, no tengamos duda de que donde Dios es varón, el varón es dios . Las divisiones, muros y murallas de género generan una violencia atroz. La palabra “solidaridad” proviene de los primeros “estudios de las mujeres” cuando se empezó a hablar de la dificultad e imposibilidad que experimentan los varones para entender la problemática de la mujer.
Como pastora ordenada, lamento reconocer que existen muchos muros eclesiásticos: la iglesia de Cristo, que debería ser una comunidad absolutamente abierta e inclusiva, a veces es un lugar excluyente, prejuiciado y retrógrado. A menudo, preferimos cerrar las puertas a las personas “diferentes”, en vez de abrirlas para ellas: preferimos juzgar en vez de amar, criticar en vez de comprender, y ayudar en vez de compadecer. Leí sobre una tesis de un estudiante de teología, futuro pastor, que propuso que cuando Jesús dijo que hay que amar al enemigo, realmente quiso decir “tolerar” al enemigo, ya que la tolerancia sería lo máximo que podemos esperar de la expresión de fe en el mundo actual. Aparentemente, la alteridad altera a la comunidad de fe.
La lista citada arriba sobre muros, murallas, paredes y paredones no pretende ser exhaustiva, solo ilustrativa porque, cuando hablamos del tema de la trata , vemos cómo convergen un sinnúmero de paredes y murallas, lo que convierte dicho tema en un laberinto de muros que enfrentar: paredones de poder, versus vulnerabilidad; paredes de pobreza, de prejuicios, de racismo: Explotación, falta de respecto a los derechos de los demás y miedo a lo diferente convergen y chocan contra otras paredes, que incluyen los prejuicios sobre el sexo, el género, la sexualidad, la falta de conciencia y cultura de derechos, entre otros factores.
Si el tema de los feminicidios , - el asesinato de mujeres en muchos ámbitos de América Latina, (que llegó a superar el número de dos mil mujeres solo en Guatemala en los últimos cuatro años)- no encuentra eco en la sociedad, ni en las comunidades de fe y, en cambio, se escucha la culpabilización de las víctimas mientras se vive su invisibilización, impotencia e impunidad, mucho menos nos vamos a afligir por el tema de miles de mujeres, niñas y adolescentes “desaparecidas” dentro de una cultura que solo sabe culpar, invisibilizar y justificar su propia violencia.
Tomemos como ejemplo el de la comunidad boliviana en Argentina. El hecho de que la misma comunidad inmigrante no quisiera cerrar los lugares de trabajo y de explotación, demuestra la complejidad del problema y la vulnerabilidad de los trabajadores ante el sistema. No es que gusten de la explotación, sino que no encuentran un trabajo digno en una sociedad excluyente; así, ¿cómo defender sus derechos ante una situación de explotación e indocumentación? Muros, murallas, murallones marcan el tema de la migración, más aún si a ellos se agregan los muros de género, pobreza, raza, etnia, clase, color… La lista crece. Lo que antes se llamaba “múltiples discriminaciones” ahora se reconoce como la inter-seccionalidad, donde varios ejes de discriminación se entrecruzan y se potencian.
Todas estas murallas indican que al tocar el tema de la trata no estamos lidiando solamente con un muro, sino con un laberinto de muros que se entrecruzan y que llevan a exclusiones múltiples y pluricausales. No basta señalar la inmoralidad de los hechos, como si estos fueran meros estados solucionables a través de una reforma moral. Estamos ante una realidad sistémica, un “sistema mundo” que necesita constantemente de ese excedente humano que mantiene viva la maquinaria. El problema de la trata está ligado al problema mayor de la cosificación u objetivización que se hace de la mujer, cuando se busca refugio o una acomodación a los nichos –cada vez mas mezquinos—que ofrece el sistema esclavizante y opresor.
La trata es la objetivización de seres humanos, en particular de mujeres y niñas, con fines de explotación y comercialización, para comprar, engañar, forzar y vender a estas personas como si fueran animales.
Pero si la cultura patriarcal ya invierte mucha energía en mantener a las mujeres como objeto, podemos ver que el tema de la trata no es solo sintomático, sino paradigmático de un sistema que objetiviza y esclaviza a mujeres, niños, niñas y demás personas marginadas. La trata es la culminación lógica de una propuesta patriarcal que deshumaniza y esclaviza a la mitad de la humanidad, para beneficio de la otra mitad. El problema es sistémico, y su crecimiento exponencial está netamente ligado a la explosión de la pobreza, al escalamiento de la violencia y la deshumanización del sistema, que ve y trata como a animales a mujeres y hombres, niñas y niños y que aún deshumaniza y cosifica más, a quienes forman parte de los sectores marginados. Agreguemos el dato de la impunidad, y el paquete está completo; incidir e impactar en esta situación se vuelve todavía más difícil y complicado.
Históricamente, hace sólo unas décadas que las mujeres tienen ciudadanía: por lo tanto, viven aún una ‘ciudadanía' de muy baja intensidad. Si desconocemos nuestros derechos, no podemos gozar de una cultura de defensa de ellos. En el marco eclesiológico, ha habido momentos en que se debatía si la mujer tenía alma o no. El mismo debate se suscitó respecto de los esclavos y las esclavas y de los aborígenes americanos. La iglesia debe hacer su propio “mea culpa” por la mínima defensa que se ha hecho, desde el ámbito eclesial, de los derechos de mujeres, de niños y niñas, de pueblos originarios, y de tantos grupos marginados y oprimidos.
En el famoso texto que llamamos “la alimentación de los cinco mil” ¿cuántas personas comieron? En él se dice que comieron cinco mil varones adultos “sin contar las mujeres y los niños” (Mt 15.38). La misma palabra de Dios demuestra que hay gente que se cuenta y gente que no se cuenta . Pero si hacemos el cálculo y pensamos que cada uno de los varones adultos de entre estos cinco mil tenía esposa, uno, dos o más hijas e hijos, esclavos, sirvientes, etc., fueron muchísimas más personas las que comieron de este milagro. En el texto se han invisibilizado los dos tercios o más de miembros de la sociedad patriarcal; en ella aparece una minoría que tiene poder y privilegios y se invisibiliza, sin nombrarla, a la mayoría que no los tiene.
Si invisibilización es violencia, visibilizar lo invisible al sistema es nuestra obligación ética como iglesias. Esto es doblemente cierto en el tema de la trata .
Unas cuatro millones de personas adultas y unos dos millones de niños y niñas son, anualmente, víctimas de trata , según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Cuatro millones de adultos y dos millones de niños son comprados, vendidos, transportados y retenidos en todo el mundo por la fuerza, para desarrollar trabajos en condiciones de esclavitud; y más del 90% de las víctimas de trata son mujeres, adolescentes y niñas sometidas a la explotación sexual. Los números son abrumadores.
Como el problema, ligado a la pobreza y a la vulnerabilidad se halla en pleno crecimiento, aumenta el tema de la trata y se acrecienta la impunidad.
- Hay que romper con la culpabilización de las mismas víctimas y con la impunidad de un sistema y una sociedad cómplices.
Algo hay que no quiere, que no ama un muro... Construir un muro siempre implica una ofensa.
Señalar los muros, murallas y murallones y visibilizar las divisiones del pueblo que son un atentado contra el evangelio de Cristo es nuestro deber; este deber incluye la lucha para superar la violencia, el racismo, el sexismo y la apatía respecto de estos temas.
En Argentina, las iglesias evangélicas compartimos un compromiso y una trayectoria importantes en la defensa de los derechos humanos. Sabemos que estar frente a una situación de desaparición de personas requiere arriesgarnos y nos compromete a la acción urgente. Durante el proceso, quizás fue más fácil identificar a los opresores, a los responsables de las desapariciones; pero en el momento que vivimos apenas hay caras visibles de la opresión, y ello dificulta su tratamiento en algunos sentidos. Sin embargo, la respuesta sigue siendo urgente, pues es indispensable promover una cultura y una toma de conciencia de los derechos humanos, especialmente de los derechos de las mujeres y de todo cuanto atañe al tema de la trata y el tráfico de las mujeres y de la niñez.
Debemos pensar y trabajar sistemáticamente .
Un problema sistémico requiere de soluciones sistémicas. Hay que mirar las estructuras y modelos de poder que se mantienen y subsisten con la explotación. Qué hacer con millones de indocumentados que son funcionales a la economía pero disfuncionales a la legalidad y a la estructura social y cultural, es una problemática que requiere soluciones sistémicas, no invidualistas ni anecdóticas. Lo personal es político, pero falta una cultura de derechos para volver eficaces las acciones correspondientes.
Finalmente, como comunidades de fe estamos en una posición primordial para señalar e insistir en el camino ético que contempla y visibiliza a los sectores invisibilizados. Debemos nombrar a los demonios, y lidiar con temas que la sociedad prefiere ignorar. La trata es la esclavitud de hoy, y pide una respuesta urgente. Defender la dignidad e igualdad de cada ser humano tiene que ser el centro de nuestro accionar como comunidades de fe.
Empecé con la poesía y finalizo con otro poema, esta vez de los pueblos originarios de América del Norte, que también forman parte de nuestra tarea sobre la trata :
Aférrate a lo que es bueno, aun si es un árbol que queda solitario en el desierto.
Aférrate a la vida, aun cuando es más fácil dejarla.
Aférrate a mi mano, aun cuando estoy lejos de ti.
Judith VanOsdol es estadunidense, pastora luterana, vive en Buenos Aires y es coordinadora continental de la Pastoral de Mujeres y Justicia de Género del Consejo Latinoamericano de Iglesias, CLAI
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