LAS IGLESIAS COMO COMUNIDADES SANADORAS

Entrevista a Rev. Israel Batista (Cuba) hecha por Martón Ocaña Flores (Peru)

 Martín, me siento estimulado a responderte no con estereotipos o con terminologías conocidas del “catecismo evangélico”, que debemos sostener para ser “políticamente correctos”. Voy a arriesgar respuestas con temor y temblor. En tiempos de desafíos y de grandes transformaciones no podemos “domesticar” al Espíritu, ni “rutinizar” al carisma. Vivimos esos raros intervalos históricos, en los cuales se precipitan los hechos como heraldos de nuevas etapas con sus aspectos positivos y negativos. Vivimos y sufrimos una historia que no la imaginábamos hace unos años atrás. Esta realidad de una historia que nos sorprende, es aplicable de manera interesante al mundo religioso en América Latina y en especial, al desarrollo de las iglesias cristianas en los últimos tiempos.

No tengo complejo de “Don Quijote” luchando contra molinos de viento. Los tiempos que corren conspiran contra racionalismos que creíamos bien fundados. En el  pasado reciente  debemos confesar que nos creíamos “iluminados ecuménicos”. Creíamos saber las respuestas aún antes de formular las preguntas. Al responder tus preguntas, me revisto de la humildad de mi experiencia fragmentada, mis limitaciones para comprender las complejidades de la realidad actual. Es la humildad de reconocer que mi conocimiento necesita ser completado con la sabiduría del otro/a y de la dirección del Espíritu. Vivimos en contextos de pluralidades. Hay que ir más allá del pensamiento único a fin de impulsar los pensamientos diversos. El evangélico, aunque nos reconocemos diversos, nos cuesta trabajo aceptar la verdad del otro. Las pluralidades que experimenta el mundo religioso confrontan nuestras racionalidades. No es difícil reconocer la riqueza de las pluralidades. Con esta mezcla de sentimientos quiero responder a tus complejas y pertinentes preguntas. Quiero leerlas como desafíos que nos alientan en la búsqueda de nuevos caminos, en los cuales el Señor marcha adelante.

Israel, quiero comenzar esta entrevista partiendo del hecho concreto que un sector de la Iglesia en América Latina considera que basta identificarnos como “cristianos”, a secas, sin apellido alguno. Usted, que desde hace años ha trabajado acerca del significado de “ser evangélico”, ¿Cree usted que realmente importa reconocerse como “evangélico”?

El mundo Occidental ha incluido en sus características el “ethos” cristiano. Hoy contemplamos la realidad de un mundo Occidental desarrollado que se seculariza y se hace en lo religioso plural. Por su parte, en los países subdesarrollados se vive un crecimiento espiritual y religioso. El sentimiento religioso se desplaza hacia las “periferias”. Es lo que algunos han dado en llamar “nueva cristiandad tercer mundista”. Mientras que el mundo occidental se seculariza, en América Latina se conforma un mosaico religioso  altamente complejo, constituido por síntesis inusitadas y búsqueda de sentido ante incertidumbres. Encontramos una matriz religiosa en América Latina de mucha riqueza, complejidad y confusión. En nuestro mundo cristiano, encontramos que las formas tradicionales de ser iglesia en cierto sentido se estancan o viven un crecimiento limitado; mientras que propuestas novedosas se proyectan con una fuerza grande y un crecimiento a veces frenético. Verificamos una efervescencia tal de lo religioso y de lo cristiano que nuestras terminologías, arsenal teórico y esquemas teológicos no son suficientes para interpretar esos fenómenos. En ese cuadro, te diría que “sí” y “no” al tema de la suficiencia o no de llamarnos, como tú dices, cristianos a “secas”. Hay varias posibilidades de acercarnos a este tema.

Una, que no quiero entrar en detalles, es el uso exclusivo, excluyente y sectario de lo cristiano. Algunas iglesias usan este término como propiedad privada y como señal de que ellas son las verdaderamente legítimas. Este sentido sectario del uso del término cristiano afecta no solamente a los evangélicos sino a la propia iglesia católica romana. Por otra parte, en un cuadro de tantas diversidades y hasta confusiones, creo que lo cristiano hay que clarificarlo. El debate que animó al Congreso de Panamá en 1916 y que permitió declarar a nuestra región como “tierra de misión”, fue precisamente el que América Latina no podía ser declarada como zona ya cristianizada. El argumentó que prevaleció es que frente a un catolicismo que había “adulterado” muchas verdades del Evangelio, era necesario predicar la fe cristiana evangélica.

Es interesante que ese debate ahora hay que aplicarlo hoy a un mundo evangélico en expansión, que se ve atravesado por la riqueza de sus diversidades, pero también por las confusiones de prácticas que hacen de la fe un producto del mercado. Lamentablemente vivimos serias adulteraciones de nuestros principios de fe evangélicos en algunas de las expresiones que se adoptan por nuevos movimientos religiosos y que también son adoptados en algunas de nuestras iglesias. No me das tiempo para desarrollar este tema, pero hoy lo cristiano a secas, en cierto sentido, no es suficiente para afirmar el valor de nuestra fe evangélica.

Otra perspectiva de acercamiento a tu pregunta. Si vamos al pensamiento paulino, su imagen genial de la iglesia como Cuerpo de Cristo, nos hace reconocer la diversidad de nuestras funciones y realidades, pero a partir de lo más importante: la unidad de ese Cuerpo. Es decir, lo cristiano como señal de pertenencia al Cuerpo de Cristo es importante que nos una como iglesias diversas que adoran a un mismo Señor. Es el testimonio de unidad frente a un mundo que a pesar de la globalización se fragmenta y excluye.

Igualmente, frente a la realidad de otras religiones, es el sello, la marca que nos hace proyectar un sentido de vida diferente asentado en nuestra fe en Cristo. No exclusiva, pero si esencial para la salvación. Es decir, el llamarnos cristianos es un testimonio de unidad en medio de diversidades. Voy a ser provocativo, esto incluye a la iglesia católica romana. Yo jamás podría ser católico. Me siento muy realizado y humildemente orgulloso de ser evangélico. Pero ya debemos cesar “la guerra de guerrillas” contra lo católico. Un evangélico no es un no católico, sino un creyente que afirma su fe en un Señor, un Libro y un Bautismo del Espíritu. Pero no podemos ignorar el tema del diálogo con el católico, aunque seamos profundamente no católicos. El dialogar no significa el perder mi identidad. Precisamente dialogo porque estoy seguro en lo que creo. En un momento de pérdida de valores, de sentido de vida, de injusticias profundas afirmemos una identidad cristiana para que el mundo crea. Esto no es nuevo, es Juan 17:21: “Que seamos uno para que el mundo crea”. Es la unidad con sentido de misión, sin perder la riqueza de nuestras diversidades. Hay un paradigma profético y misionero de  afirmar lo cristiano como sello de la unidad que se no es dada por la gracia de Dios en Cristo Jesús.

Aún más, la globalización nos impone un “pensamiento único”, una cultura de masas repetitiva sin identidades propias, una economía hegemónica que no admite otras posibilidades. Luego, lo cristiano que acepta las diversidades, es decir, lo cristiano que se cualifica de maneras distintas es un testimonio doble frente a las imposiciones de la globalización: por una parte, es una proclamación de libertad que no se conforma a los estereotipos de este mundo. Es una unidad en diversidad. Por otra parte, es una afirmación de identidad en un momento en que se diluyen las identidades para manipular “masas amorfas”, sentimientos simplistas unitarios y estilos de vida conformistas. Afirmar lo cristiano evangélico es una identidad que proclama nuestra libertad.

De ahí comento la segunda parte de tu pregunta, es importante lo evangélico, como identidad y afirmación de diversidades,  dentro de la visión de lo cristiano como unidad del Cuerpo de Cristo. De nuevo, por la brevedad, creo que lo evangélico aporta varios aspectos importantes al quehacer cristiano en América Latina. Repito aquí lo que dije en mi libro COMUNIDADES DE JUBILEO: “hablamos de lo evangélico en sentido inclusivo y no desde una exclusividad confesional. Lo evangélico tienen que ver con el Evangelio, es decir, esa verdad y raíz que atraviesa todas nuestras tradiciones eclesiales: protestante, santidad, pentecostal, neo-pentecostal, anglicana. Las iglesias que comienzan con la Reforma y sus posteriores movimientos reformadores hasta hoy”. Desde este pensamiento quiero decir lo siguiente:

(1) Lo evangélico es un aporte ecuménico a la iglesia cristiana latinoamericana, incluyendo a la propia Iglesia Católica Romana. Esta última vive expresiones de renovación carismática, como parte de una cierta  renovación que afirma lo evangélico como herencia de fe. Así pues, lo evangélico es una contribución ecuménica de unidad que atraviesa a todas nuestras iglesias. Es un tema para debatir.

(2) Lo evangélico con sus diversidades es parte de nuestro paisaje latinoamericano. Tenemos una liturgia, valores, comportamientos, estilos de vida, expresiones culturales, vivencias comunitarias, sentido de pertenencia, visión de futuro y convicciones de fe que nos dan una identidad propia  enraizada en nuestra cultura latinoamericana.

(3) Lo evangélico ha significado para nuestras iglesias una práctica de la diaconía y de la proclamación del Evangelio desde los pobres. Hemos contribuido a marcar a nuestras sociedades con los valores del Reino al fomentar comunidades sin exclusiones y con una fuerte presencia entre los pobres. Nuestras iglesias han crecido y se han expandido como testimonio de esperanza entre los pobres. Lo evangélico ha significado prácticas de fe basadas en el amor y la solidaridad, matrices de comportamientos éticos y morales auténticamente humanos y humanizantes.

(4) Lo evangélico es fundamentalmente una propuesta de identidad, una búsqueda de sentido de vida. Esa búsqueda surge de la insuficiencia del mundo político, de la exclusión económica, de las tensiones no resueltas que se encuentran en las culturas populares, de la insuficiencia de los esquemas ideológicos, de la falta de credibilidad en las instituciones de la sociedad, de la falta de participación en esquemas jerárquicos y dogmáticos de las estructuras eclesiásticas, de las exclusiones que nos marginan de la vida social.  Parafraseando a Bernardo Campos: “(lo evangélico) aparece como una respuesta a la necesidad del pueblo por crear y ordenar contextos simbólicos propios, para dar sentido a la realidad y ordenar la conducta de la vida cotidiana.”

 

Las estadísticas actuales muestran el enorme crecimiento en América Latina de iglesias “pentecostales” así como de las llamadas iglesias “neopentecostales”. ¿Usted encuentra diferencias entre ambas?

La pregunta en sí da la idea que el movimiento neopentecostal surge de las iglesias pentecostales. Esa interpretación no es correcta y el propio término “neopentecsotal” no es apropiado. En su mayoría provienen de iglesias históricas. Creo que te refieres a ciertos movimientos religiosos que han tratado de responder, más equivocada que acertadamente, a los desafíos y necesidades actuales de una época que genera muchas inseguridades. Las respuestas de estos grupos, y que  también están presentes en algunas de nuestras iglesias, mezclan prácticas de religiosidad popular, se vinculan con estructuras de poder, se centran en el éxito y el individualismo, utilizan ampliamente los medios de comunicación, enfatizan pensamientos teológicos que se ajustan a la visión del mercado y muchas de sus prácticas vuelven a estos grupos e iglesias en una especie de supermercados religiosos. Estos rasgos no tienen nada que ver con la vida comunitaria y bajo el poder del Espíritu de las iglesias pentecostales 
 
Esta comparación merecería una larga reflexión. Llamaría la atención a los siguientes aspectos tratando de moverme en una interpretación más proactiva:

(1) Hoy las fronteras entre las iglesias se tornan complejas. En una misma congregación usted encuentra diversas expresiones teológicas y eclesiológicas. Al mismo tiempo que en algunas iglesias hay una búsqueda de identidad confesional, se vive en nuestra región un cierto “postdenominacionalismo”. Este cuadro puede ser confuso, pero también una señal del Espíritu Santo que nos hace avanzar en la búsqueda de una iglesia con rostro latinoamericano, quedando atrás elementos que nos dividían. Esto es un tema subyugante para reflexionar. Soy de los que creen que necesitamos investigaciones “frescas”, más cercanas a lo que acontece en nuestras congregaciones locales.

(2) Un fenómeno en crecimiento son las llamadas iglesias independientes. Estas pueden provenir tanto de iglesias históricas como pentecostales  y hasta algunas neopentecostales con transformaciones profundas. En algunos lugares estas iglesias constituyen casi un 50% del mundo evangélico. Es un desafío nuevo para el denominacionalismo, la pluralidad y la unidad de la Iglesia de Cristo.

(3) La historia de la iglesia evangélica en América Latina hay que verla bajo el principio reformador de “iglesia siempre en reforma”. Hemos ido constituyendo nuestro “ethos” por olas sucesivas de influencias y renovaciones de vida eclesial que han contribuido a revitalizar a nuestras iglesias. Las iglesias históricas, el movimiento de santidad, el pentecostal, etc. y ahora, el neopentecostalismo. Hemos experimentado “olas” de expresiones de ser iglesia que han contribuido a no estancarnos y renovarnos como comunidades de fe.  Al mismo tiempo, cada una de esas olas han traído sus aportes y también sus equivocaciones, paulatinamente va consolidándose lo positivo y quedando atrás lo negativo. Es esa la forma como  las iglesias evangélicas nos hemos ido renovando e integrando elementos diversos en nuestras fisonomías eclesiales. Se avanza en una iglesia latinoamericana que se renueva. En ese sentido positivo coloco al movimiento neopentecostal sin ignorar sus equivocaciones: desafío para nuestra propia renovación y al final lo negativo queda atrás.

Lo que tú llamas “neopentecostal” es una forma herética de adaptar la fe a los patrones del mercado. Pero el Espíritu Santo nos desafía a ver estos momentos como búsqueda para ser verdaderamente iglesias fieles a nuestro Señor. A transformar lo negativo en bendición. Vivimos en América latina una búsqueda muy intensa y genuina por “ser iglesia”. No quiero ser “romántico” ni ingenuo, pero creo que el Espíritu permite reencuentros en el camino.

Muchos líderes sostienen que actualmente las iglesias evangélicas en América Latina están experimentando un gran “avivamiento” espiritual. ¿Cree que es así? ¿Cuáles serían los criterios para evaluar un “avivamiento”?

No quiero hablar de estadísticas, pero es evidente el crecimiento de nuestras iglesias evangélicas. Evidentemente que hay contradicciones en ese crecimiento, pero hemos ido avanzando de ser una minoría insignificante a una minoría significativa en crecimiento.  Somos iglesias evangélicas que se constituyen en un movimiento socio-cultural y de fe  con un fuerte dinamismo en la sociedad. Nuestras iglesias, a pesar de debilidades, se encuentran en un estadio de crecimiento, desarrollo y madurez.

A veces nos movemos entre dos “síndromes” erróneos: (1) El criticar el crecimiento y paralizarnos a nosotros mismos en la tarea evangelística. Tras los números hay personas que cambian y buscan un nuevo sentido de vida. Se crece porque hay profundas necesidades humanas. (2) El volver la evangelización una práctica de mercado y la predicación del Evangelio una oferta de supermercado. Se habla de números como si las iglesias fueran filiales de la bolsa de valores. Debemos ir más allá de esos “síndromes” y retomar con pasión la Gran Comisión a la cual hemos sido llamados: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

La religión, la fe y la espiritualidad han retornado al “escenario central” en la historia actual. En la vida cotidiana se revela con mucha fuerza la búsqueda de espiritualidades distintas. El empresario que busca una espiritualidad que le permita seguir ganando dinero con tranquilidad de conciencia; la clase media empobrecida que busca la prosperidad como evasión a su realidad; el pobre que busca el milagro de la sobrevivencia.

Nuestras iglesias viven señales de “avivamiento”, aún esperamos por uno mayor que creo la gracia de Dios nos está preparando para vivirlo. Esto nos lleva a cualificar con responsabilidad nuestra proclamación del Evangelio. No quiero ser abstracto, el mensaje de Dios debe tornarse en una respuesta de sentido en lo personal y una afirmación de la vida en lo social. El desafío de nuestras iglesias es orar por ese avivamiento que transforme la cotidianidad de nuestras vidas y el sentido de nuestras sociedades. Luego, como iglesias evangélicas estamos llamados a profundizar nuestra identidad, potenciar nuestro crecimiento, en el nombre de Cristo buscar respuesta a los problemas comunes que enfrentan nuestra gente, y a partir de ellos, proyectarse con dinamismo creativo a la comunidad. El crecimiento nos hace más responsables ante Dios para ser una iglesia propositiva, facilitadora y motivadora de cambios en los personal y lo social. Eso es la conversión.

Las iglesias evangélicas estamos en un crecimiento que debe centrarse en estos  elementos: (1) “Guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3). (2) “El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:18). (3) “Por gracia sois salvos por medio de la fe” (Efesios 2:8). (4) “Id y  haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19).

 En las iglesias evangélicas, hasta donde yo recuerdo, siempre se predicó acerca del conflicto espiritual así como de la bendición material de Dios.  Estos dos temas –como es evidente- hoy se sobredimensionan tanto en el púlpito como en todo aspecto de la vida cristiana. ¿A qué cree que se deben esos énfasis?. Por otro lado, la predicación y la práctica de lo que se conoce como “guerra espiritual”, así como de las “leyes de la prosperidad” ¿qué aportes estarían dando a la reflexión teológica en América Latina? ¿O más bien representa un retroceso al quehacer teológico?

Permíteme Martín tomar estas dos preguntas en conjunto. Tú has escrito bastante sobre estos temas y ya existe una  literatura que caracteriza el carácter perverso de quehaceres teológicos que al final pretenden “amoldarnos al mundo actual y no transformarlo mediante la renovación del Espíritu” (Romanos 12:2). El hacer de la teología una manipulación de las necesidades humanas es perverso y herético. El tema de la prosperidad es una manipulación terrible ante el empobrecimiento creciente  de la clase media, la pobreza que enfrenta grandes masas de la población y la desesperación por la seguridad. Ante ese cuadro, se vende un evangelio barato de la prosperidad y se “viste” con el ropaje de la eficiencia, el individualismo y el éxito. La teología de la prosperidad es la  expresión más palpable de una iglesia que pierde su vocación profética y su sentido pastoral de vivir bajo la gracia de Dios.

Sobre la “guerra espiritual” existe una literatura abundante. Wolfgang Bühne afirma [en EXPLOSIÓN CARISMÁTICA] que esta práctica conduce a una autoestima jactanciosa y a una desviación del Señorío de Jesucristo. Además, supone un concepto desfigurado de Satanás al atribuirle un desmedido poder y una alta autoridad que no tiene.  Se predica más de Satanás que de Jesucristo. Se atan tantos “diablos” que terminamos nosotros mismos “enredados”. Yo he sido llamado a predicar a Jesucristo  que con su cruz y su resurrección me ha liberado de la muerte y del pecado. Amén.

Un pastor pentecostal muy sencillo me decía: “A mi no me preocupa la teología de la prosperidad, ya que una persona pobre puede creer  salir de su pobreza “mágicamente” solamente y a lo sumo por seis meses. La realidad de  la pobreza es tan terrible, que pronto despierta a una pesadilla de la cual parece no podemos escapar”. Me desafió este pensamiento, porque creo que somos llamados a transformar la prosperidad en gracia y  la guerra espiritual en la proclamación del Señorío de Jesucristo. Es decir, creo que Dios escribe derecho lo que nosotros hacemos al revés. Esas “modas teológicas heréticas”, por el poder del Espíritu Santo serán transformadas en bendición y gracia para su Pueblo.

Si toda teología implica un discurso sobre Dios entonces se torna importante la forma y el contenido de nuestro discurso. ¿Cómo hablar de Dios en las actuales condiciones sociales y económicas de América Latina y el Caribe?

Quiero citar un largo pensamiento muy pertinente de la Declaración del CLAI en su última Asamblea en Barranquilla, enero 2001:

“La vida diaria del latinoamericano se transforma profundamente, producto del impacto de este modo de vivir, en el cual as mejores energías humanas deben destinarse a la lucha por la sobrevivencia. Ante la pérdida de estabilidad económica, ante la creciente precariedad e incertidumbre, ante un futuro cada vez más incierto y amenazante, crece la búsqueda desesperada de salida a la situación de crisis, aumentan las migraciones, la prostitución, la economía del rebusque, y también los negocios ilícitos y de alto riesgo como el narcotráfico, el tráfico de armas y la delincuencia. En este  contexto creciente de guerra económica, de inseguridad, de violencia cotidiana, lo que se pierde día a día e la confianza entre los eres humanos, y se debilita la sociabilidad misma. La tendencia a constituir un mundo de sálvese el que pueda, en el  que el ser humano se vuelve lobo del otro, en el que cada cual busca salidas propias sin importar lo que se tenga que hacer, y por encima de quien se tenga que pasar, o a quienes tenga que olvidar”.

En ese cuadro tan realista debemos hablar de Dios: (1) Con una profunda ternura. La misión de Dios se viste de compasión y amor en los tiempos que corren. (2) En donde lo pastoral y lo profético deben encontrarse. Una comprensión del papel del profeta en donde el juicio y la salvación,  la resistencia y la ternura, lo profético y lo pastoral se unan.
(3) Haciendo análisis que nos ayuden a reorganizar la esperanza. Análisis que no solamente describan la realidad, pero que nos ayuden a discernir las potencialidades del pobre y del excluido en la vida diaria. (4) Animados de una espiritualidad misionera. Volver a una mística de la espiritualidad que significa el plantearse la renovación de nuestras motivaciones. No es meramente un cambio institucional, ni emociones transitorias. Hablamos de motivaciones profundas y vivificantes. Sentir que el “Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). La mística de la espiritualidad no es una ciencia o un método, es la savia de nuestra vida y la pasión de nuestra esperanza.

 

Es interesante observar cómo en los últimos años se ha estado abordando el tema de la cultura desde la perspectiva de la misión. ¿Cree usted que los cambios culturales en América Latina, particularmente la globalización del mercado, afectan los criterios del quehacer misionero?

En las preguntas anteriores te he respondido parcialmente a esta interrogación. En el mundo actual la eficiencia reemplaza la solidaridad y el amor. Los hombres y mujeres se clasifican en perdedores y ganadores y punto. Los pobres se vuelven parte del paisaje natural. Noan Chomski nos dice: “Es necesario eliminar los sentimientos humanos normales, sentimientos de simpatía, de cooperación y de cuidado del uno por el otro; ya que estos sentimientos son incompatibles con la ideología del mercado”. Además, vivimos en un mundo de lo virtual. Emmanuel Todd explica que tenemos que admitir la existencia de un programa enraizado en el corazón humano, que rechaza la realidad y es capaz de generar una serie de ilusiones que se venden como necesarias, no siéndolo. La misión de la iglesia, pues, debe revestirse de una profunda ternura.

Como Iglesia debemos reconocer lo que estamos haciendo mal, pero es justo decir que nos sentimos débiles para resistir los embates de las injusticias. A pesar de la pujanza de una fenómeno religioso y de las propias iglesias evangélicas, nos sentimos con pocas fuerzas para “resistir al mal”. He escuchado un pensamiento, que quiero catalogarlo de ingenuo, no para decir que es mal intencionado, por el cual se dice que las iglesias evangélicas crecen y los males no decrecen. Es como si dijésemos que nuestra predicación es vana. Por favor, por la labor sencilla de nuestras iglesias las vidas se rescatan y cambios se producen, pero no seamos ingenuos: el poder del mal organizado es diabólico. La capacidad de destrucción de la vida, la naturaleza y del propio ser humano es superior a nuestras fuerzas. Estos son efectos de una globalización económica y financiera llena de injusticias que se nos impone con una fuerza arrolladora. Como iglesias, ni aún como movimientos sociales, tenemos respuestas ni a corto ni a mediano plazos. Es correcto reconocer nuestras limitaciones, pero es visionario no cesar en nuestra resistencia constructiva. No podemos ignorar esa globalización, pero no podemos dejar de denunciar su carácter perverso.

El Documento que el CLAI ha producido con sus iglesias: “BUSCANDO SALIDAS…”, es el asumir un papel profético importante. Allí se declara sin ambigüedades que el presente orden económico y político no tiene respuestas para los grandes problemas de las grandes mayorías de nuestro Continente. El documento hace un llamado a  todos, sin excepciones, a buscar nuevos caminos de esperanza. Este  Documento es un llamado visionario para la labor misionera de nuestras iglesias. Es importante que nos unamos como iglesias evangélicas en esa misión de  denunciar un orden injusto buscando salidas.

Te diría que el quehacer misionero, en medio de un mundo de tantas transformaciones, está sujeto a cambios. Incluso el término de América Latina como tierra de misión, en el sentido estrecho que algunos lo usan de lugar para recibir misioneros, no es del todo aplicable. Siempre los misioneros son bienvenidos, pero hoy nuestra región envía misioneros. Somos tierra misionera en cuanto a  una responsabilidad misionera global. Se ha avanzado mucho en la interpretación de la misión integral. El tema no es ya tanto el debate teórico, sino el vivir las implicaciones de esa misión integral. Descubrir los nuevos desafíos que se nos plantean  como iglesias en un mundo en mutaciones. En realidad, la gran mayoría de nuestras iglesias aceptan la realidad de un visión misionera en lo que se combine lo evangelístico con la diaconía, la espiritualidad con la participación social, la unidad de la iglesia con la proclamación. Es una señal de crecimiento y madurez de nuestras iglesias.

Vivimos hoy un “imaginario eclesial” distinto en nuestra región al entrar el siglo XXI. El proyecto del protestantismos histórico, ligado al liberalismos y al modernismo, desempeñó su papel en nuestra historia latinoamericana. Es justo reconocer el papel que nuestras congregaciones y herencia protestante desempeñaron al promover modelos de participación y libertad, en medio de la autoritarismo de nuestras sociedades; contribuyeron a levantar la dignidad de las mujeres en medio de nuestros machismos; promovieron nuevos estilos educativos que nos prepararon mejor para enfrentar la modernidad; fomentaron valores humanos en cuanto a la ética del trabajo; crearon redes de salud que mejoraron las condiciones de vida; proyectaron visiones globales más allá de nuestros localismos. Esas contribuciones fueron cimentadas en la pasión por “sembrar la semilla” del Evangelio en nuestras tierras. Ese protestantismo histórico nos hizo más educados, más libres, más saludables y más fieles a Jesucristo.

Por su parte las iglesias evangélicas con su fidelidad evangelística  han contribuido a la recuperación del ser humano, en la búsqueda de sentidos de vida y de recuperación de la dignidad de mujeres y hombres. Han contribuido a afirmar la dignidad social, moral y espiritual de las personas. Las iglesias han contribuido a crear espacios de relaciones, de intercambios, de interacciones y de comunicación entre personas, grupos y comunidades: nuestras iglesias operan como redes de encuentro y a través de las cuáles se realiza un constante proceso de distribución de bienes espirituales, humanos y materiales. Estas iglesias han sido ejemplos de vida en comunidad; de proyectos de vida para los grupos sociales más vulnerables de la sociedad; han sido lugares que han promovido la vida y nuestra responsabilidad para  con la naturaleza; espacios que se han identificado con los pobrezas y han contribuido a combatir la pobreza.

Hay toda una herencia muy rica en la cual debemos apoyarnos y construir un sentido de misión para el siglo XXI. Sin tiempo para explicar, mantengo la tesis que la diversidad de nuestras iglesias y sus estructuras flexibles, cercanas a la comunidad y descentralizadas permiten una adecuación más dinámica de la misión a los tiempos que vivimos. Si la reforma protestante marcó una respuesta fisiológica al mundo en cambios del siglo XVI; hoy nuestras iglesias evangélicas podrían tener dinámicas más eficaces para responder a los desafíos de sociedad urbanas, postmodernas y secularizadas

 

Al final de COMUNIDADES DE JUBILEO usted plantea un desafío a las iglesias, con el que concordamos plenamente. Se trata de ir más allá de la cultura de la desesperación, de la complacencia y del estancamiento, para abrirnos camino en “el desierto”, buscando la plenitud de vida, mirando al Reino de Dios. ¿Puede profundizar un poco más este pensamiento?

Agregaría algo más. Esta cultura de la desesperación, de la complacencia y del estancamiento está llevando a nuestras sociedades a una “cultura del cinismo”. Cuando uno lee obras como LA VIRGEN DE LOS SICARIOS se confronta con un cinismo que vacía nuestros sentimientos. Parece que atrás queda una literatura “mágico real latinoamericana” que nos invitaba a buscar un mundo distinto. Cuando vivimos en sociedades en la cual la corrupción, la pérdida de valores, las aberraciones de una sexualidad que hace de la opción y no de la convicción el móvil del placer sexual, el que gobernantes mientan para declarar guerras sin sentido como la de Irak, el tener sistemas de justicia en los cuales la corrupción y la influencia priman sobre la verdad, el convivir con un sistema político en el cual no creemos, la falta de credibilidad en las instituciones de la sociedad, la desintegración de la vida familiar…, todo nos conduce a una vida llena de cinismo.

Ante este cuadro de una realidad patética, reafirmo lo que expresaba en mi libro COMUNIDADES DE JUBILEO. Es el revivir la experiencia del pueblo hebreo en el desierto: Marchar hacia delante en medio de la precariedad, de la inhospitalidad y de las señales de muerte de la vida diaria. Pero marchar con el sentido que avanzamos hacia la “tierra prometida”. Las realidades difíciles que vivimos pueden hacernos sentir impotentes o inhibirnos de toda esperanza hacia el futuro. Muchas personas no ven salidas para las crisis actuales. Otos hablan del “fin de la historia”, como diciéndonos que no nos queda otra alternativa que aceptar el orden de injusticias del presente. Sin embargo, nuestra experiencia de fe nos dice que podemos tener esperanza. El reconstruir la esperanza, en medio de fragilidades, es un compromiso para mantenernos firmes en el ejercicio de nuestra fe y un llamado para despertar nuestra imaginación como iglesias fieles a Jesucristo.

De ahí que dos mensaje centrales que nuestras iglesias deben compartir en este momento con nuestros pueblos latinoamericanos son: “la gracia y la cruz como fundamentos de nuestra fe y, el transformar a nuestras iglesias en comunidades sanadoras de fe. Esto significa marchar por la historia confiando en la gracia de Dios, sin ignorar la cruz y, el enfatizar a nuestras congregaciones locales como espacios de vida y esperanza.

 

Finalmente, en el plano de la misión ¿A qué nos está desafiando, en términos generales, el actual panorama religioso de América Latina?

Ya no me queda espacio para responderte esta última pregunta. Compartiría contigo lo que llamo “una agenda mínima para que  las iglesias sean iglesias del siglo XXI” :

(1) Redoblar la pasión evangelística.- Destacar la centralidad de la proclamación en la tarea misionera.

(2) Ser reservas morales y éticas para nuestras sociedades.- Vivimos no sólo una crisis económica, sino de valores, una crisis acerca del futuro de nuestras sociedades. Lo que predicamos el domingo desde el púlpito, a veces se torna impracticable por la ferocidad de la vida diaria. Las sociedades nos reclaman que como iglesias recuperemos los valores en nuestras sociedades, familias y comunidades. No con actitudes magisteriales, sino desde la humildad del servicio.

(3) El derecho a la vida.- El derecho a la vida está por encima de cualquier otro derecho. Las necesidades básicas, el cuidado de la naturaleza y la seguridad ciudadana forman parte de la justicia por la vida que como iglesias debemos afirmar.

(4) Construir con otros un consenso de resistencia y de búsqueda de alternativas.- La pobreza y las injusticias hacen de nuestras sociedades propuestas inviables. En nombre del Dios de la vida, nuestras iglesias deben contribuir a construir consensos y soluciones distintas frente a una crisis estructural que nos puede conducir al caos.

(5) Ser “comunidades de jubileo”.- Asumamos con sentido de futuro lo que significa ser una congregación local. Por su proximidad a la vida cotidiana del pueblo sentimos sus ansias y necesidades. Ser “comunidades de jubileo” significa ser comunidades de esperanza, de sanidad y de salvación.

(6) No dejar de soñar.- Antes que los sueños se privaticen, no cesemos en imaginar, en soñar que vidas transformadas por el poder del Espíritu Santo y sociedades distintas son posibles por la gracia de Dios.

(7) Ser comunidades reconciliadas.- Somos llamados a ser hacedores de paz y contribuir a la solución de los conflictos. Frente a una sub-cultura de la violencia, que nos afecta a todos y en especial a la juventud, busquemos ser espacios de paz y reconciliación. “El fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz”. (Santiago 3:18).

(8) Desarrollar ministerios de la juventud pertinentes.- Los menores de 25 años constituyen casi un 50% de nuestra población en muchos de nuestros países. Los jóvenes nos reclaman de un ministerio que responda a sus necesidades. Uno de los desafíos más importantes que nuestras iglesias enfrentan en el campo misionero es el trabajo con la juventud. Estamos llamados a renovar estilos y asumir desafíos diferentes.

En momentos de tanto mercado, violencia, privatizaciones y exclusiones, descubramos de nuevo el potencial de una “teología de la gracia y de la cruz” para nuestros tiempos. Del texto GRACIA, CRUZ Y ESPERANZA EN AMÉRICA LATINA de la Comisión Teológica Latinoamericana, de la cual tú formas parte, recojo estos pensamientos: “Porque Dios es gracia, porque su amor es permanente, siempre podemos volver a la raíz fundamental de nuestra existencia cristiana y desde allí obtener la fuerza necesaria para enfrentar las luchas de cada día. No hay resignación alguna contemplando la cruz, hay convocatoria al discipulado, hay anuncio gozoso de una gracia que perdona, de una gracia que libera, de una gracia que equipa y más aún, de una gracia santificadora que nos envía a participar  en la renovación de todas las cosas en la creación que Dios tanto ama”.

Quiero concluir con un poema de Don Hélder Cámara y que ha sido distribuido por la Red de Liturgia del CLAI. Es interesante que un Obispo católico nos llame a una “Renuncia y Conversión”, título del poema:

                        Señor es bastante fácil sentir tu llamada
                        En los acontecimientos de nuestro tiempo
                        Y de nuestro ambiente.
                        Y es fácil también de contentarse simplemente
                        Con respuestas emotivas,
                        Compasivas y de desagrado.

                        Lo que nos resulta difícil
                        Es renunciar a nuestras comodidades,
                        Romper nuestras estructuras.
                        Dejarnos arrastrar por tu gracia,
Cambiar de vida, convertirnos.
¡Conviértenos, Señor!

 

 

 

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