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LO DEBIL DEL MUNDO, ESCOGIÓ DIOS
Una lectura teológica posible de la Encarnación , desde la perspectiva del género
Rodolfo Míguez
Una pregunta posmoderna
Soy de los que piensan que está siendo coprotagonista de la vida con el resto de sus congéneres, en la mañana de una nueva época que ya conoció su aurora. Me cuento entre los convencidos de que en esta aldea global, que Marshall McLuhan predijo en 1964 -pocos años después de mi nacimiento- ha habido una secreta conspiración de almas, que sin darse cita se encontraron buscando saciar su sed de sentido, de absoluto, de Dios, abrevando en aguas de incierta espiritualidad. Sí, yo creo y no quiero ocultarlo, que estamos viviendo una época que no es la de la Modernidad que despuntaba incipiente en el siglo XVI, sino otra, distinta, nueva, que a falta de un mejor nombre consensuado, se llama ‘posmodernidad'.
Tratar de demostrarlo será un ejercicio entretenido y útil para realizar en grupo: ir señalando las diferencias entre modernidad y posmodernidad, indicando los cambios ocurridos en las tres últimas décadas, procesados a velocidad vertiginosa por nuestra mirada estupefacta; ir como en círculos concéntricos desde el nivel más íntimo de nuestro yo personal hasta el círculo más amplio de la sociedad globalizada y, paradójicamente, multifragmentada, del mundo de hoy.
En nuestra comunidad Sarandí Grande -a unos 140 km . de Montevideo- hicimos el intento. Y fue tan rico el diálogo desatado entre nosotros, como sorprendente la inacabable retahíla de pruebas que corroboraron contundentemente la conciencia que todos teníamos de estar inmersos en un nuevo tiempo del mundo. Entre las diferencias compartidas, sobresalía una de sustancial trascendencia. Me referiré a ella como si estuviera transcribiéndola en un telegrama: existe una diferencia sobresaliente entre el antes y el hoy, y es que la pregunta fundamental ha cambiado; dicha pregunta ya no es más “¿por qué?” sino “¿por qué no?”. Me explico.
Durante la modernidad, el ser humano se vio impulsado a responder por las causas de los hechos que la razón quería o necesitaba comprender. La modernidad fue la edad de los porqués de la humanidad. La vastedad y la complejidad del mundo debían ser explicadas. En cambio, hoy no se trata tanto de explicar, como de inventar y transgredir y modificar y...¿por qué no? de clonar a un ser humano. ¿Por qué no subirse a un avión e incrustarse en un rascacielos a plena luz del día? ¿Por qué no crear plantas de tomates de inimaginables características?
En este contexto de reflexión, me crucé con una breve nota de María Teresa Porcile -teóloga católica uruguaya, fallecida hacia el fin del milenio- que me incitó a reflexionar. He aquí su interrogante: ¿por qué no preguntarnos por qué Dios nació varón y no mujer? Tal pregunta habría sido inadmisible en la Modernidad , pero como he dicho, parto del presupuesto de que estamos en tiempos de posmodernidad, y por ello no es impertinente preguntarnos: ¿por qué Dios Creador, al encarnarse, fue masculino?, ¿por qué, pudiendo elegir, no escogió ser mujer?, ¿es posible entrever alguna significación especial en esa divina elección de género? Este es el tema del presente artículo.
La justicia parcial de Dios
A través de la Biblia , Dios jamás es imparcial. Un largo espacio de mi vida tuvo que pasar, antes de que yo asumiera esto que para otros quizás es obvio. Tal vez influyó en mí el hecho de que el concepto de imparcialidad remitía siempre, sin vuelta de hoja, a algo bueno. De aquí que me cuestionara “¿cómo si algo es bueno, no está de alguna forma siendo parte del ser de Dios?”.
Efectivamente, necesité tiempo para entender que la imparcialidad es buena y necesaria en el ámbito de la justicia humana. Aquello de la mujer con los ojos vendados, imagen del ideal de ecuanimidad, tiene todo que ver con la imparcialidad. En este año de celebración cervantina, vienen a mi memoria los consejos que el Quijote da a Sancho Panza ante su inminente partida, consejos que están en el sustrato de nuestra moralidad:
“ Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre... Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso... Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros ”. (Capítulos XLII y XLIII)
De los seres humanos se espera la imparcialidad como condición sine qua non de la justicia, porque si no fuera así, ésta se haría inalcanzable en razón del pecado que mora en nosotros. Pero en la pregunta que nos concierne, el tema no somos nosotros, sino Dios; un Dios que no conoce la imparcialidad, porque no la necesita. En Él está la perfecta justicia. Por eso no es de extrañar que las Sagradas Escrituras revelen siempre al Creador tomando partido, jugándose, apostándole a algo, a alguien o a algunos que, significativamente, tienen en común la vulnerabilidad o pequeñez. El apóstol Pablo lo dice magníficamente en su primera carta a la iglesia en Corinto: “Lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte”. (1ª Corintios 1.27).
Sobrevolando la Biblia
Un recuento a vuelo de pájaro de algunos episodios de las Sagradas Escrituras, alcanzará para demostrar esa pertinaz parcialidad de nuestro Dios.
De Israel, su pueblo, el pueblo que le es consagrado, leemos: “No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos, se ha prendado Yavé de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos...” (Deuteronomio 7.7)
Para ser el padre de su pueblo, Dios no escoge a un hombre joven, fuerte, lleno de vida. Su elección recae sobre lo más débil: un anciano de 75 años. (Génesis 12.4).
Y para ser madre del pueblo santo, Dios elige a Sara, una mujer anciana e incapaz de concebir. ¡El colmo de la debilidad y la pequeñez social! Mujer, anciana y estéril. (Génesis 18.10-13).
Entre los hijos de Isaac, elige a Jacob sobre Esaú, en esa misma lógica de elección: “...el mayor servirá al pequeño”. (Génesis 25.23). Jacob tuvo doce hijos varones, entre los cuales, José, a quien sus hermanos celaban y envidiaban, haciéndole la vida imposible, porque era el “soñador” (Génesis 37.19) de la familia. Pero José , el más vulnerable, era el hijo preferido de Jacob. (Génesis 37.3). Un día, sus hermanos planearon matarlo. Finalmente, lo vendieron a una caravana de ismaelitas. La historia es larga y cautivante y podemos leerla en los capítulos 37, 39, 40. El caso es que el débil será la salvación de toda su familia. (Génesis 45.4-7).
Y cuando su pueblo es lo bastante fuerte como para vencer a sus enemigos, Dios mismo reduce su ejército, porque lo prefiere pequeño y débil. ¿Recordamos la historia de Gedeón y aquel ejército de 32.000 hombres reducido a 300, “para que no alardeen ante Mí, creyendo que se han salvado ellos mismos?” (Jueces 7.1-6).
A la hora de escoger un Rey, el profeta Samuel, representando la voluntad de Dios, escogerá a David, el más pequeño entre los hijos de Jesé. (1 Samuel 16.11). Belén es la más pequeña de las ciudades de Judá, sin embargo de ella se esperaba que procediera el Mesías. (Miqueas 5.1).
A pesar de la continua infidelidad de Israel, una y otra vez los profetas hablarán del “resto santo”, esa pequeña porción del pueblo, ese casi-nada del pueblo que, manteniendo encendida la llama de la alianza con Dios, traerá el renacer de la fe. Lo débil, siempre sobre lo débil se asienta la esperanza. Sofonías 2.3
Para preparar la llegada del Mesías y hacer nacer a aquel que sería “la voz que clama en el desierto” de la que hablaban los profetas, Dios no opta por una mujer fuerte y fecunda. Él elige, y nuevamente escoge a lo más débil, una anciana que ya no podía tener hijos: Isabel. (Lucas 1.36).
Nazaret será la ciudad del Salvador. Una ciudad desconocida o despreciada, según se vea. En el Antiguo Testamento no aparece nombrada ni una sola vez. No es extraña, entonces la sorpresa de Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Juan 1.46).
¿Y quién era María? Una adolescente del montón. Una jovencita que no llegaría a los quince años cuando queda embarazada. Además, hasta que José tiene el valor de entender y aceptar la situación (Mateo 1.19-20), María supo lo que era ser “madre soltera”. Mujer, adolescente casi niña, embarazada antes de casarse (Mateo 1.24). ¿Se te ocurriría alguien más débil?
¿Y José? ¿Quién era José? Un obrero sin instrucción especial, un Juan Pueblo cualquiera, un carpintero sin vinculación alguna con el Templo de Jerusalén y sus incontables puestos laborales, y sin ningún contacto con el poder del momento. En una palabra: un vulnerable sin protección especial alguna. (Mateo 13.55).
Los doce apóstoles constituían el grupo emblemático de discípulos. Entre ellos no había ni uno solo que fuera Maestro de la Ley, o Sacerdote, o jefe del Ejército. Ajeno al poder jurídico, religioso o militar, el grupo de los íntimos del Señor fue conformándose a partir de algún publicano (gente “de derecha” diríamos hoy, que concitaban sobre sí el desprecio social), algún guerrillero “de izquierda” (marcadamente marginado), pero, esencialmente, el grupo se conformó con pescadores. Unos y otros, todos, a su manera, eran débiles, socialmente hablando. (Lucas 5.1-11).
Una samaritana posiblemente prostituta, débil entre lo más despreciable en el imaginario del pueblo de la Alianza , será la primera evangelista con ‘altoparlante'. (Juan 4.1-29). Una trágica ‘broma' histórica hará que el primer mártir no sea ni Pedro, ni Santiago, ni Juan, ni ninguno de los otros Apóstoles (así, con mayúscula) sino uno de los que servía las mesas. Sucedió que los doce no podían perder el tiempo haciendo los oficios más simples. Para esto, eligieron a los diáconos (Hechos 6.2-5). Esteban se contó entre ellos. Así fue que, con su martirio, un discípulo del montón, uno de segunda línea, terminaría siendo quien diera la clarinada del Reino. Nuevamente, un débil entre los débiles sería la apuesta del Cielo para irrumpir en la Tierra y sacudir a la Iglesia naciente de su letargo. (Hechos 7.54 ss.).
En esta lista que podría ser interminable, no debe faltar una mención a la Cruz , símbolo por excelencia de la debilidad. ¿Qué sino debilidad, sugiere un hombre clavado de pies y manos, prácticamente desnudo, alzado a la vista escarnecedora del pueblo, después de haber sufrido despiadada tortura? Sin embargo, Cristo reinó desde una Cruz. (Marcos 15).
Intentando una respuesta
Volvamos al planteo inicial que motiva este texto y cuestionemos si no nos estará diciendo algo la ‘masculinidad' del Creador, a la hora de autorrevelarse al mundo. Esta elección de género, ¿tendrá algo que ver con el hecho de que Dios siempre empleó un mismo criterio al comprometerse con la historia de la humanidad, optando una y otra vez por lo débil? Vista desde la línea argumental que he ido dibujando con el auxilio de las Escrituras, ¿tendrá algo especial que decirnos esta opción divina de hacerse varón, y no mujer? ¿Habrá algún sentido teológico en la Encarnación ?
Hay dos respuestas posibles:
O se hizo varón porque cambió de criterio, y por primera, única y última vez en la historia sagrada, optó por lo fuerte . O se hizo varón porque no cambió de criterio, sino que a la hora más decisiva, la hora clave, lo confirmó y siguió escogiendo lo débil .
Si nos basamos en la Biblia , es posible afirmar que Dios no se contradice, pues siempre es el mismo. Él, fiel a su modo de ser, porque no puede dejar de serlo, es inmutable. Por esto, en la Navidad , con el nacimiento de aquel niño, una vez más debió haber funcionado la lógica divina. Efectivamente, en mi opinión, Dios, el Creador del Universo, se hizo varón en nuestra carne, porque como siempre y desde siempre eligió lo débil del mundo. Claro que esto desestabiliza nuestra lógica humana que, tradicionalmente -y muy especialmente en el siglo I y en la cultura judía imperante entonces- considera al sexo masculino como “lo fuerte” y al sexo femenino como “lo débil”.
María Teresa Porcile dejó escrito a pie de página, en aquella breve nota suya a la que hice referencia al comienzo:
“ Es reciente el aporte interdisciplinar que habla de las superioridades que a nivel de cerebro, neurotransmisores, longevidad, fortaleza, resistencia etc., parecen estar al lado del sexo fuerte, que parece ser el femenino. No sabemos aún lo que nos revelará la ciencia, y todo parece anunciar que no sería extraño descubrir una superioridad biológica de la mujer. Es éste un terreno muy nuevo de investigación ”.(Revista Misión, Nº 55 septiembre de 1995).
Verdad que este es un terreno apenas desflorado, pero está lleno de señales e indicadores que abonan sospechas que se desmarcan de cualquier afán epistemológico y saltan libremente de un campo del conocimiento a otro. De hecho, da para pensar, desde muy diversas perspectivas académicas, sobre hechos coincidentes de la vida cotidiana en distintas culturas. Por ejemplo, que el varón necesita más tiempo de maduración que la mujer en relación a estar listo para el casamiento; que los varones que quedan viudos se transforman en hojas marchitas llevadas de aquí para allá por impetuosos vientos existenciales, mientras no sucede eso con las viudas; que una mujer divorciada sigue sola adelante con sus hijos, mientras que un varón divorciado se revela incapaz de mantener, siquiera a un nivel mínimo, su relación afectiva con sus hijos.
No faltará quien diga que no siempre sucede así; sin embargo, sabemos que las cosas son así. ¿Para qué engañarnos sobre la realidad? Cuando no ocurre de este modo, las excepciones confirman la regla. Y dicho sea de paso, porque las cosas son así, es natural que hayan sido las madres y no los padres “de Plaza de Mayo”, esa señal perenne de algo nuevo en la conciencia de la humanidad, a partir de un militante amor que no claudica.
Conclusión
Sin duda, este tema merece una profundización antropológica, biológica e incluso teológica que valdría la pena intentar, no porque la sexualidad de Jesucristo sea un asunto importante para la salvación, en absoluto. En esta misma línea escribió Elisabeth Schüsller Fiorenza:
“...las teólogas feministas de la liberación, en general, han afirmado que es la práctica histórica y humanitaria de Jesús lo teológicamente relevante y no su naturaleza humana. La práctica de Jesús como un profeta galileo que buscó renovar la esperanza judía del Reino de Dios, su solidaridad con el pobre y despreciado [...] su ejecución, su muerte, su resurrección, en suma, la práctica liberadora de Jesús, eso es lo significativo y no su masculinidad ”. (Jesús, Miriam's Child, and Sophia's prophet. Critical Issues in Feminist Christology. Ney York: Continuum, 1995. pag. 49)
Sin embargo, atender a esta cuestión de género en la encarnación del Verbo resulta útil para echar luz nueva o ampliar el cromatismo de la existente en nuestras reflexiones sobre género, a fin de ir apuntando a la superación del férreo esquema dualista, que nos atornilla en una estéril confrontación de parejas de opuestos (mujer-varón; débil-fuerte). Tales opuestos no están llamados a ser irreconciliables, pero debemos encarar esta cuestión desde una meditación profunda que no eluda ningún eventual cuestionamiento por incómodo que resulte, como por ejemplo precisamente éste que nos ha ocupado.
Considero que no plantearse la pregunta que motivó el presente artículo, y soslayarla olímpicamente, equivale a dejar un cabo suelto que tarde o temprano una posición extrema (verbigracia: el feminismo pos-bíblico) podrá esgrimirlo con fuerza y contundencia ante el estupor paralizante de nuestra inocencia teológica sorprendida. Quedaríamos así sin palabras para intentar una reacción liberadora del pensamiento. Pues bien, la pregunta sobre por qué Dios, al encarnarse nació varón en vez de mujer –legítima pregunta teológicamente hablando- ya no nos tomará por sorpresa. Y esta era mi intención.
Rodolfo Míguez es pastor de la Iglesia Metodista en Trinidad/Uruguay
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