Oficio de tinieblas
Apocalipsis y ocaso de los dioses nativos


Luis N. Rivera Pagán

En 1962,  Rosario Castellanos publicó una gran novela con el título fabulosamente litúrgico de Oficio de tinieblas. El texto es de espléndida calidad literaria y su estilo refleja haber sido escrito por quien se ha distinguido en la poesía. Su foco geográfico es el de Chiapas en los años treinta del siglo XX,  y su tema candente es, por un lado, la reivindicación social y económica de los indígenas chamulas y, por el otro, el encuentro entre la religión cristiana de los blancos y la reprimida religiosidad chiapaneca.

A consecuencia de la retórica de la revolución mexicana en proceso de institucionalizarse, surge la posibilidad de que las comunidades nativas recuperen la posesión de sus tierras expropiadas por los blancos, la libertad del trabajo servil, y el derecho a la espiritualidad autóctona. Son promesas ardientes que la revolución lanza al aire, sin que quienes pescan en el río revuelto se preocupen por la catástrofe que aguarda a los marginados en los que  anidan ilusiones de justicia.

El creciente conflicto es abarcador y manifiesta las escisiones que, más allá del discurso nacionalista igualitario, fragmentan hondamente la identidad mexicana entre indígenas, pobres, de tez oscura y hablantes de una lengua considerada primitiva,  y los criollos, blancos, poseedores de tierras, de poder y de una lengua imperial (“idioma, no como el tzotzil que se dice también en sueños, sino férreo instrumento de señorío, arma de conquista, punta del látigo de la ley”).  Son fisuras profundas que los representantes de la iglesia, en este caso un obispo y un sacerdote, intentan parangonar con la voluntad divina. Castellanos, feminista cuando los feminismos mexicanos recién afloraban, también sabe que esa desigualdad se refleja agudamente en el poder del hombre blanco sobre el cuerpo de la mujer indígena. La indígena violada por la lujuria del señor blanco deja una larga estela de lágrimas en la historia y en la literatura mexicanas.

El drama, que más allá de las ilusiones iniciales desemboca en una tragedia mayor, discurre por la audacia de dos mujeres: Catalina Díaz Puljá, chamán indígena que intenta recuperar las deidades nativas arrasadas por las armas de los cristianos blancos, y, como revelación sorpresiva al final del relato, la joven Idolina, quien, marginada por los suyos, trama su desquite. Son voces femeninas robustas, paradójicamente fortalecidas por el dolor de ser mujer en una sociedad forjada para el beneficio y el placer del macho. No logran evitar la violencia de los perversos ni el sufrimiento de los inocentes, pero dignifican con su feminidad herida pero valiente,  el conflicto terrible de su género.

Es Catalina Díaz Puljá quien promueve el reto mayor: la restauración de la religiosidad reprimida. Es un terreno proscrito y peligroso que necesariamente conduce a la confrontación, primero con el sacerdote encargado de vigilar y erradicar las tendencias indígenas a la idolatría, el padre Manuel Mandujano, asesinado por violentar sacrílegamente los objetos sagrados indígenas, y luego con los blancos latifundistas armados. Catalina se convierte en profetisa de los dioses restaurados y de una apocalíptica visión de liberación. “En su voz vibraban los sueños de la tribu, la esperanza arrebatada a los que mueren, las reminiscencias de un pasado abolido…. Ha terminado el plazo del silencio… el tiempo de la adversidad… Esperanzas, mil veces derrotadas por el infortunio, brotaban ahora de nuevo, pujantes”. Recibirá el castigo sangriento que la letra sagrada impone a las mujeres de su calaña: “A la hechicera no la dejarás con vida” (Éxodo 22: 18).

La rebeldía de Idolina, y su sufrimiento a la hora en que el destino implacable golpea, es de otra clase, sutil y decisivo en el recuento de la tragedia. Enfrentada con la altivez eclesiástica del obispo, quien pretende controlar su espíritu, Idolina es capaz de percibir la inanidad velada por las elegantes vestimentas episcopales.  (“Este anciano no era nadie, aunque estuviera cubierto de sedas y amatistas. Dignidades, títulos… Idolina sabía lo que se ocultaba debajo de las apariencias: lodo y mentira”. )

¿Hay futuro para los dioses del pasado, para la religiosidad erradicada? El intento de restauración culmina en un grotesco sincretismo, en una religiosidad híbrida que incluye una dolorosa parodia de la crucifixión cristiana en la carne de un desafortunado niño nativo. La revuelta espiritual pasa por el juicio de las armas, y de éstas,  los blancos tienen el monopolio. Tienen los criollos blancos otros dos factores convenientes cuando de una contienda armada se trata: el desprecio al enemigo (la mirada del amo bestializa y deshumaniza al indígena) y la protección de la divinidad cristiana, en este caso de la Virgen de la Caridad. La madre de Jesús tiene en América Latina un historial bélico que nada tiene que envidiar al apóstol Santiago, patrón de España, matamoros en la Reconquista ibérica y mataindios en la conquista de América.

No hay vuelta atrás. Dado el primer paso en la rebelión religiosa,  la lógica trágica es inevitable. Los criollos sólo consideran dignos a los indios muertos y, por tanto, la manera de otorgarles dignidad es la masacre, bautizada como cruzada en defensa de la fe y la cultura cristianas. No es un libreto original, algo que Rosario Castellanos sabe perfectamente, pero en pocas plumas latinoamericanas esta desgracia histórica ha sido tan triste y bellamente narrada.

Al final de la jornada, silenciada la revuelta indígena, los blancos cristianos someten a los sobrevivientes a la penitencia que espera a quienes pretenden violar las leyes inmutables del Dios de los ejércitos. Quienes han sido desposeídos de tierras y de participación social, cuyo idioma y cultura han sido menospreciados, tienen, además, en la hora de la derrota, que asumir la humillación de la penitencia. El sacramento de reconciliación se transmuta en suplicio de un pueblo avasallado durante siglos. Es un oficio de tinieblas que señala hacia una reiteración del sacrificio de la cruz. Sólo que esta vez el sacrificado es un pueblo autóctono: una comunidad nativa del siempre adolorido Chiapas.

 

El obispo, don Alfonso Cañaveral, se da cuenta de las estrategias de manipulación y violencia de sus compaisanos y ricos feligreses, pero no dispone de la energía ni del ánimo para enfrentarles. La iglesia del Jesús de los pobres y desprovistos es ahora baluarte de terratenientes y mercaderes. ¡La mayor ironía de la historia humana! Quizá sin percatarse, y sin las ingenuas ilusiones de Tolstoi,  en Castellanos perdura la contradicción entre la fe evangélica y la institución eclesiástica que tanto laceró el alma del anciano  escritor ruso.

¿Y México, cuál es,  en este texto,  su perfil? “¿… un enigma, un vago fantasma, un monstruo sin nombre… un inmenso horizonte desolado?” Oficio de tinieblas es otro espléndido testimonio literario de los agónicos laberintos y desencuentros de la fragmentada identidad cultural mexicana,  y de la divergencia entre los ideales evangélicos de solidaridad y la indiferencia eclesiástica a la convocatoria perturbadora de esos ideales.

 

Luis Rivera Pagán es puertorriqueño, bautista, profesor en el Seminario de Princeton y miembro del Comité Editorial de Signos de Vida.

 

 

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