SUFRIMIENTO Y GRACIA:   EJE TEMATICO MISIONOLOGICO NARRATIVO E IMPLICACIONES PARA LA MISION

George Reyes    

       El propósito de este ensayo es doble. Uno es destacar a grandes rasgos el papel central que el sufrimiento y la gracia de Dios juegan en la teología narrativa de la misión,  de tal manera que  nos permita ver cómo, de algún modo, en esta teología ambos elementos no sólo redirigen a la misión,  sino que también constituyen un eje temático misionológico. A la luz de lo anterior, el otro propósito es deslindar algunas implicaciones para la misión en y desde América Latina.   

Sufrimiento y gracia en la teología narrativa de la misión
A través de la historia, el sufrimiento ha desempeñado un papel decisivo en la transformación del corazón y producción de una nueva visión. Este papel es evidente incluso en la vida de muchos agentes de misión del Antiguo y Nuevo Testamento, tales como José hijo de Jacob y Jesús de Nazaret, respectivamente.      

José hijo de Jacob (Gn. 37-50)
       Jacob prefería a José que a sus otros hijos. Según el narrador (37.4,11), esta preferencia, evidenciada en el hecho de vestirlo “con una túnica especial”, es lo que, en primera instancia, instiga la envidia y odio de sus  hermanos, razones por las cuales “tramaron un plan para matarlo” (vs.18-20, NVI). Vacilando ante el complot, Rubén  propone  lanzarlo a la cisterna (vs. 22-24) y, posteriormente,  Judá, que sea mejor vendido a los ismaelitas o madianitas (vs. 26-36). Todo ello  desencadena el ambiente para mentir a su padre  que su José había sido devorado por una fiera y producirle así un intenso dolor (vs. 33-35).  Con esta venta, según nos informa el narrador, los hermanos pretendían que fracasaran los sueños de José (v. 20).    

        Ya en Egipto,  en la casa de Potifar, funcionario del Faraón, quien lo habría de comprar (Gn. 39.1; cp. 37.28), el sufrimiento de José se recrudece.   Cuando la esposa de este funcionario fracasa en todos sus intentos de seducción, lo acusa de acoso sexual  (vs. 7-13-18).  Esta falsa acusación indigna a Potifar,  razón por la cual lanza a José  a la cárcel  “donde estaban los presos del rey”(vs. 19-20). 

       La gracia de Dios, sin embargo,  se hace nuevamente  presente en este injusto suceso de la vida de su siervo. Valiéndose del mismo, Dios  lo redirigirá a una misión político-administrativa transcultural y exitosa (40, 41.39-43,46), gracias a la cual, irónicamente y en justicia poética, José habría de preservar la vida tanto de su pueblo como la de su propia familia, la cual se vería obligada a rendirle honores y pedirle su ayuda (caps .42-50 cp 37.8,10, 20b).   No en vano el narrador habría de subrayar, de principio a fin, que Dios estaba con José (39.2-6, 20b-23).   Y el propio José habría de declarar  y confirmar  posteriormente la realidad de este acompañamiento divino (45.5-11).

 Jesús de Nazaret (Lc. 4:14-30)
      En Lucas, esta  narrativa señala el inicio tanto del ministerio de Jesús  de Nazaret como del conflicto que, a lo largo de su  ministerio, habría de enfrentar con los líderes religiosos de su tiempo.  Después de  rechazar las tentaciones satánicas, por interpretar su vocación en términos que corresponden a la del Siervo del Señor (4.1-13), Jesús  regresa a Galilea,  su tierra,  en el poder del Espíritu (vs. 14, 18)  para iniciar desde allí su misión (v.15).

     Es así, pues, que en la sinagoga de Nazaret,  Jesús lee dos pasajes de Isaías (61:1-2; 58:6) y declara explícitamente  que él cumple esta profecía (vs.16-21). Según el consenso general, con esta declaración, él inaugura la nueva era de liberación integral (el “ya” del reino) en términos de Jubileo Mesiánico. 

       Luego de  informársenos de la reacción positiva y escéptica de la audiencia a esta declaración (v.22),   anticipando el pedido de señales también en Nazaret (que podrían a prueba la autenticidad de su pretensión), Jesús refiere a esta audiencia un proverbio popular con base al cual denuncia el celo regional e incredulidad de la misma (vs.23-24).  No es de extrañar, entonces, por qué  Jesús  desafía seguidamente tanto la prerrogativa que esta audiencia tenía de ser la beneficiaria única de la bendición de Dios como el nacionalismo egoísta que le impide compartir con otros pueblos de la periferia esta bendición  y también el privilegio de ser sus agentes  (vs.25-27). De ahí que la reacción anterior se transforme ahora en indignación y deseo de  matar a Jesús antes de tiempo (vs.28-29).

        Pero Jesús escapa (v.30) y marcha a Capernaúm para nunca más, según Lucas, volver a Nazaret. En Capernaúm, sigue ministrando integralmente (vs.31-41) y la multitud quiere   retenerlo; no obstante, él declara que le es preciso anunciar “también a los demás pueblos las buenas nuevas del reino de Dios”, pues entiende que para eso ha sido enviado (vs.42-43).  Lucas, entonces, resume:  “Y siguió predicando en las sinagogas de los judíos” (v.44).

     En un nivel del  evento, el narrador  desea mostrarnos  la presión del sistema pecaminoso que Jesús habría de enfrentar aún desde el inicio de su misión.  Pero él, a lo largo de su obra,  nos hace ver  también que Jesús cumple fielmente  su mesiazgo y misión como Siervo Sufriente (no como lo esperaban sus compatriotas del primer siglo),   dependiente siempre de la voluntad y gracia de su Padre y del poder del Espíritu el cual  posteriormente lo habría de resucitar (Lc. 22:39-44; Heb.  12:3).           
               
Eje temático e implicaciones para la misión
        A la luz de los dos testimonios anteriores, es posible argumentar que Dios lleva a cabo su misión  en cada contexto histórico-cultural y  por medio de agentes que, por ser humanos, suelen atravesar por adversidades que amenazan el privilegio de participar en ella. Pero en medio de estas adversidades la gracia de Dios, según se vio,  no sólo los sustenta, sino que también redirige  a la misión. Es evidente, entonces, que la misión de Dios tiene doble cara  que atraviesa de principio a fin las Escrituras y es visible en todos sus diferentes contextos. Esto no significa sino que el sufrimiento y la gracia en la misión  se constituyen en un eje temático misionológico y, por lo tanto, en parte y parcela del plan de Dios para sus agentes incluso contemporáneos (ver Gn. 45:8-11).

    Lo anterior es así, ya que la narración de los hechos de Dios en la vida y misión de sus agentes antiguos es también revelación de su voluntad para su pueblo contemporáneo. Por eso es que esta narración debiera seguir  formando nuestra conciencia, visión y misión, aún cuando ella sea  producto de otra época y enseñe o prescriba indirectamente esa voluntad.  Basado, pues, en esta convicción,  procuro ahora deslindar algunas implicaciones para el horizonte misionero actual de la iglesia latinoamericana.         

     Con el sufrimiento, salen a luz valores que suelen reposar oculta y silenciosamente  en lo más profundo del corazón.  Con ciertas variaciones, esto fue lo que, en sus respectivos contextos culturales y particular llamado,  experimentó cada uno de los anteriores agentes de misión.  El sufrimiento reveló su propia fragilidad, pero, en medio de la misma,  la gracia  de Dios también se haría presente, razón por lo cual habrían de proseguir en la misión incluso hasta el encarcelamiento (José) y la cruz (Jesús de Nazaret).    

       En  Discipulado y misión (Buenos Aires, Argentina: Kairós, 1997, p. 61), René Padilla observa que en Latinoamérica se tiende hacer hoy del sufrimiento un elemento ausente de la misión.  Desde hace unas décadas atrás, arguye Padilla,  nos hemos acostumbrado a vivir en tolerancia religiosa, haciendo que  cueste poco o nada   confesar nuestra fe; además, prosigue Padilla, la iglesia suele acomodarse a la sociedad a fin de evadir el sufrimiento.   Ahora bien, en los últimos años, esta tendencia se ha  agudizado  con la proliferación de ciertas novedades teo-ideológicas que,  por pretender  no sólo colocarse por encima de las Escrituras, del Señor y su cruz, sino también definir y asegurar la bendición de Dios a partir de lo que se recibe (dinero, poder, imagen, salud, etc.) a cambio, por ejemplo, de los diezmos,  no hacen sino sacralizar el consumismo, promover una relación mercantil con Dios y ofertar  en el actual mercado religioso una  “gracia barata”.

        Que el ser humano nunca desea  sufrir, sino luchar por alcanzar el bienestar total es innegable, mucho más en América Latina donde abunda el sufrimiento y la desesperanza mayormente  como consecuencia de la espiral de pobreza, violencia, discriminación (hasta por edad y estado civil), corrupción, desempleo, individualismo e injusticia en casi todos los contextos, incluyendo los cristianos.  Por eso es que en este subcontinente la lucha por sobrevivir es como una competencia entre diversas fuerzas salvajes en la que resulta vencedora la que sea mayor y más influyente, audaz o astuta. 

       La teología narrativa de la misión, sin embargo, ejemplificada en José y en el modelo por excelencia:  Jesús de Nazaret, el Señor de la iglesia,  plantea una perspectiva diferente que desmitifica a las novedades teo-ideológicas anteriores, aunque para ellas pueda ser absurda o fatalista.  Esta perspectiva es  que el sufrimiento  llega incluso a los que son fieles a Dios como lo fueron no sólo José y Jesús, sino también otros  siervos como Pablo.  Pablo, aún cuando sufrió lo indecible y entendió que el martirio es un elemento esencial en la misión, puede autorizadamente declarar: “Ahora me alegro por lo que sufrí por ustedes, y voy completando en mi cuerpo lo que falta respecto a las aflicciones de Cristo.. ” (Col. 1.24 cp I Co. 4.11-13; 2Co. 12.9-10). De ahí que, con base a  la teología paulina de la cruz, esta perspectiva afirme que es poder y sabiduría de Dios (1Co. 1.23-24) aquello que puede ser absurdo y fatalista para las novedades teo-ideológicas.  Pero ésto no es todo.                    

         La  teología de la cruz enseña y advierte que tanto el discipulado como la misión estarán siempre marcados por una entrega  sacrificada al prójimo y, más aún,  por aquello que fue parte y parcela del mesiazgo de Jesús de Nazaret:  el sufrimiento. Por eso,  el agente contemporáneo de misión no debería esperar algo diferente en su carrera ministerial y de la vida ni sorprenderse que en algún momento de ellas  tenga que caminar por el desierto y bajo lo claroscuro, frío y solitario de sus sombras. 

        Es que si el agente contemporáneo de misión nunca sufriese y si viviese siempre dependiente de la seguridad que ofrece, por ejemplo, una cuenta bancaria,  podría olvidarse  que la cruz también representa el costo de la fidelidad al llamado de Dios a participar en la realización de su propósito redentor (Padilla 2003:32-33);  tampoco entendería lo que significa eso que hace cada día una gran mayoría:  luchar por sobrevivir y obtener aquello que las palabras solidaridad y gracia pudieran significar en un orden social invertido, individualista y mercantil, donde difícilmente se tiende la mano y nada es gratis (Támez 2005:7). Es más, si el agente contemporáneo de misión nunca sufriese, difícilmente aprendería a  relacionarse con Dios de un modo menos utilitario y, frente a sus  necesidades  y más altos sueños, depender de El y dar pasos de fe en confianza, quietud y paz.      

         De ahí que, porque entiende que está llamado a seguir a Cristo  en su vía crucis, el agente de misión deba llevar a cabo su tarea aferrado a un recurso sin parangón:   la gracia y  el poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Así, pues,  podrá  proyectarse sin temor aún frente a sus más poderosos adversarios;  así, además, podrá ser perseverante y declarar la guerra al sufrimiento, pues, al igual que la pobreza, éste no es una virtud, sino un mal vencido por el cual Dios también se duele; así, en suma, podrá “vivir como resucitado” (Támez 2004:3-7).

        Lo anterior, sin embargo, valdría la pena recalcar, no debiera llevar a ningún  agente  de misión a  negar el fundamento bíblico del sufrimiento, por seguir sus propios evangelios y por perder su esencia y sabor.  Al contrario,  ha de recordar y enseñar  que, al menos hasta que llegue el día final, una de las “marcas”  de la iglesia, lejos de ser el centro, la cumbre o el trono, será  siempre el  margen, el valle o la cruz (González 2001:112-17); también ha de procurar que, especialmente entre las nuevas generaciones, el servicio en la misión jamás sea percibido como una tarea romántica empañada de la ideología de clase media norteamericana evidenciada en el testimonio de ciertos “tele-pastores” que afirman  tener “éxito” en su ministerio porque, según ellos, Dios está elevando a niveles insospechados su membresía,  posesiones, salarios, viajes, lujos, estatus y poder. 

      Así, pues,  mediante una tarea docente e interpretativa responsable, estas generaciones y todos tendríamos una visión más profunda, realista y, sobre todo,  bíblica de la misión  y un mejor discernimiento para ensayar una pastoral con mayor empatía, presencia y crítica juiciosa, a favor y en contra de aquellos/ aquellas que han decidido involucrarse activamente en la misión. Así, además, podríamos desmitificar también la perspectiva que considera, por ejemplo, al sufrimiento o a las limitaciones materiales como  señal certera de incredulidad, indolencia o de que algo anda mal en nuestra vida cristiana. Así, finalmente, estaríamos mejor capacitados para redescubrir la naturaleza humana en nuestra lectura misionológica de la Biblia y para medir nuestro  “éxito” en la misión con base sólo  a  nuestra fidelidad a  la cruz y al llamado irrevocable de Dios.  

       Si hay algo que resalta en la misión de José, Jesús de Nazaret y de muchos otros contemporáneos como Bonhoeffer  es la fidelidad radical a su vocación profética.  Ellos nos desafían no sólo a una entrega total de nuestras vidas hasta las últimas consecuencias, sino también a luchar por una “contra-imaginación”, es decir,  por un sueño de una realidad diferente y  contraria a la actual que por  no acomodarse al estado de cosas se atreve a cuestionarlo. Esta fidelidad implica sufrimiento y, quizás, muerte, pero frente al fracaso del proyecto liberacionista de promover una visión y realidad alterna,  y frente a la circulación actual de evangelios que pretenden hacer del bíblico una oferta incluso cómplice, ¿queda otra opción?
                         
Conclusión
     El testimonio de José y Jesús de Nazaret permite ver que la misión de Dios tiene una doble cara:   sufrimiento y gracia que  consuela y redirige a la misión.  Por atravesar de principio a fin las Escrituras y ser visible en su diferentes contextos,  esta doble cara se constituye en un eje temático misionológico narrativo y, como tal, en parte y parcela del plan de Dios para sus agentes incluso contemporáneos.

       Lo anterior implica, en suma, que  el agente contemporáneo de misión ha de esperar el sufrimiento, si está identificado plenamente con Cristo y su cruz.  Por eso, aunque el ser humano tiende a procurar el bienestar total y el sufrimiento no es una virtud, él debe estar dispuesto no sólo a experimentar, sino también a enseñar la  perspectiva bíblica y realista de la misión. Así,   mediante una tarea docente e interpretativa responsable, podrá, entre otras cosas, hacer que la tarea misionera esté libre de alguna ideología de clase media, y desmitificar la perspectiva que considera el sufrimiento o las limitaciones materiales como evidencia certera de que algo anda mal en nuestra vida cristiana.             

George Reyes es pastor bautista, biblista, profesor, poeta y crítico literario ecuatoriano.
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