Yo sé quien soy:
Don Quijote para soñadores, visionarios y creyentes


Dr. Samuel Pagán

“Caballero soy y caballero he de morir
 --decía don Quijote--, si place al Altísimo.
Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia;
otros, por el de la adulación servil y baja;
otros, por el de la hipocresía engañosa,
y, algunos, por el de la verdadera religión;
pero yo, inclinado de mi estrella,
voy por la angosta senda de la caballería andante,
por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra.
Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos,
castigado insolencias, vencido gigantes, y atropellado vestiglos…
Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines,
que son el hacer bien a todos y mal a ninguno;
si el que esto entiende, si el que esto obra,
si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo…”
(Tomo II, XXXII).

La misión del Quijote

La misión básica de don Quijote fue adoptar la vida heroica como su estilo natural de ser y de hacer.  Admiraba, nuestro protagonista, a los famosos héroes de la antigüedad, y particularmente apreciaba a los personajes de los libros de caballería.  En su mundo de ilusiones y sueños, descubrió que la vida debía tener un propósito restaurador, una finalidad liberadora.  No resistía el hidalgo manchego ser un espectador pasivo en el drama de la vida.  Y a sus ideas, en efecto, incorporó un sentido amplio de justicia y un apego serio por la verdad.

Ese entorno mágico y fabuloso afectó seriamente la vida de don Quijote: ¡Decidió vivir para satisfacer sus necesidades básicas, que consistían en encarnar el bien y luchar contra todo género de males!  Se manifiesta, temprano en su transformación, una vocación por la justicia que le acompañará el resto de su vida.  La misión del hidalgo se menciona clara y continuamente en la obra, pues “no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándolo a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer” (Tomo I, Cap. II).

El objetivo fundamental del Quijote no fue el de vivir un mundo de aventuras e ilusiones sin sentido de dirección ni propósitos ulteriores, sino el de responder a necesidades reales de personas con problemas concretos y específicos.  Ante la inacción de la gente aparentemente “cuerda”, se levanta el hidalgo a quien del “poco dormir y el mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio”.  La historia del ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha es el relato de la lucha del bien contra toda suerte de males y fuerzas que angustian, encadenan y oprimen a la humanidad.

La misión del hidalgo es un tema fundamental en la obra.  Sancho, en su estilo simple y pintoresco, echa la bendición a don Quijote, y le dice: “¡Dios te guíe… flor, nata y espuma de los caballeros andantes!  ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce!” (Tomo II, Cap. XXII).  Y el hidalgo, al explicar la naturaleza ética de sus actos, indica: “Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud de ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros” (Tomo II, Cap. VIII).

A esa misión heroica del hidalgo se alude continuamente en la obra con expresiones tales como: “¡Oh… caballero don Quijote de La Mancha, ánimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los caídos, báculo y consuelo de todos los desdichados!” (Tomo II, Cap. XXV).  También se indica que la profesión básica del famoso caballero andante es “la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los menesterosos” (Tomo II, Cap. XXVII).  Y en torno al mismo tema, el hidalgo añade: “He cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes” (Tomo II, Cap. XVI).

Don Quijote era un soñador que tenía por misión fundamental responder al clamor más hondo de la gente en necesidad.  Identifica continuamente el hidalgo en sus declaraciones misioneras,  que la gente importante en su proyecto de vida es la que llora y sufre en la sociedad.  La encomienda básica de don Quijote es socorrer a personas marginadas y oprimidas, pues obrando de este modo respondía a su verdadera vocación.

Conciencia teológica del Hidalgo

En torno a su identidad y autoconciencia, don Quijote, con seguridad y firmeza, y próximo a culminar la primera parte de su obra, declara: “De mí sé decir que después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos,  de prisiones, de encantos” (Tomo I, Cap. L).

Este párrafo de autoafirmación es fundamental en el estudio del proyecto quijotesco.  Revela un claro desarrollo en la autoconciencia del hidalgo.  No va don Quijote al porvenir sin sentido de dirección ni de propósitos. No lo orienta al futuro un espíritu desorientado y enajenante.  Su autoconciencia está muy clara.  No sólo es un caballero andante, sino que le caracterizan virtudes sociales, éticas, morales y espirituales que identifican y distinguen a personalidades ejemplares, gente extraordinaria, personas nobles y gratas, y hombres y mujeres de bien.

Posteriormente, el hidalgo declara sin ambigüedades, al tratar de explicar la fuerza que le permite emprender sus proyectos liberadores, el fundamento de su valentía: El valor de su brazo y el favor del cielo.  Su identidad ancla en el esfuerzo personal y se nutre de la gracia divina.  Estos dos principios cardinales determinarán en gran medida los componentes indispensables del proyecto quijotesco: El trabajo, la dedicación y el esfuerzo, unidos a la misericordia y el amor de Dios.

Se subrayan el trabajo y la devoción a las causas nobles.  No se sentó don Quijote a contemplar la vida para criticar sus dificultades y rechazar sus crisis, sino que se incorporó a la realidad.  El hidalgo, lejos de ser un espectador pasivo de la vida, es un protagonista destacado.  No es un liberador teórico ni un revolucionario de oficina; don Quijote optó por responder con valentía, honor y compromiso a los clamores de los necesitados.  La existencia humana no se enfrenta a la defensiva, sino con autoridad y sentido de triunfo y determinación.

La segunda fuerza que genera su espíritu aventurero y liberador es la gracia de Dios.  Como buen cristiano, don Quijote relaciona la voluntad divina con las empresas que responden a las necesidades de la gente.  Ese sentido teológico se manifiesta sistemáticamente en la obra, pero toma dimensión nueva y grata con la siguiente afirmación del caballero: “Así, que somos ministros de Dios en la tierra y brazos por los que se ejecuta en ella su justicia”. (Tomo I, Cap. XII).

La misión fundamental de don Quijote es de corte esencialmente teológico y religioso: Ser ministro de Dios en la tierra y embajador de la justicia en la humanidad.  Las fuerzas vivas que incentivan los peregrinares transformadores del Caballero de la Triste Figura se basan en una percepción religiosa de la vida, se fundamentan en convicciones espirituales.

Cervantes relaciona de esta forma, en la figura de don Quijote, dos temas de singular relevancia e importancia en lo que podemos describir como teología contextual: El ministerio religioso está íntimamente relacionado con la implantación de la justicia.  La buena teología no es únicamente especulativa y contemplativa sino práctica, pertinente, relevante.  La verdadera teoría es la que responde a realidades concretas y a necesidades específicas.  La implantación de la justicia es esencialmente una buena empresa religiosa, una manifestación tangible y real de una experiencia teológica y espiritual saludable y bien entendida.

El proyecto quijotesco es misionero, pues al describir la orden de caballería a la cual pertenece, dice con seguridad que existe para “defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos” (Tomo I, Cap. XI).  Y añade, en referencia  al mismo tema, que su oficio es “desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables”. (Tomo I, Cap. XXII).  El tema del socorro a los menesterosos y necesitados es, en efecto, muy importante en las Sagradas Escrituras.

El mismo tema teológico continúa elaborándose en un episodio muy simpático y revelador, cuando el hidalgo interviene con los guerreros del pueblo del rebuzno,  para evitar una guerra (Tomo II, Cap. XXVII).  El discurso de don Quijote comienza con su afirmación misionera tradicional: Mi profesión, decía, es la de “favorecer a los necesitados de favor y acudir a los menesterosos”.  Y a esta consideración inicial añade argumentos magníficos, con la intención de convencer al grupo guerrero de que no se debía ir a la guerra por causas triviales, superficiales, ni sustanciales, a las que don Quijote llama “niñerías”.

Tales actos de agresión inadecuada y de hostilidad impropia se contraponen, según el discurso del hidalgo, a lo que manda “la santa ley que profesamos”.  La violencia se califica de impropia e injusta.  Cervantes utiliza magistralmente esta oportunidad  para poner de relieve varios postulados de gran significación teológica. 

De acuerdo con el discurso, la ley divina nos manda “que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen”.  Esta conocida frase evangélica es fundamento  del discurso y de la interpretación teológica quijotesca.  Aunque el mandamiento es difícil de cumplir, añade el hidalgo, Dios no nos va a ordenar hacer cosa alguna que fuese imposible de ejecutar.  Se revela, en el comentario interpretativo, la capacidad práctica y pastoral de Cervantes.

Entre los argumentos y las declaraciones del Quijote se incluyen, además, ideas y conceptos de gran importancia religiosa y de vital profundidad teológica.  Jesucristo es descrito como “Dios y hombre verdadero”, en una afirmación clara de la ortodoxia cristiana.  Y describe a la gente que no desea cumplir los mandamientos divinos,  como a personas que tienen “menos de Dios que del mundo”.  El discurso a los guerreros del pueblo del rebuzno manifiesta una dimensión religiosa clara, e inclusive homilética, y finaliza con un magnífico llamado a sosegarse y a deponer las armas.

“El diablo me lleve -dijo a esta sazón Sancho entre sí- si éste mi amo no es teólogo”.  Con esta exclamación y admiración, Sancho relaciona, una vez más, la misión de don Quijote con la teología.  El fiel escudero interpretó correctamente la naturaleza del discurso y describió el mensaje de su amo como teología buena, sabia y efectiva, pues puso el análisis religioso al servicio de la paz.

La teología verdadera, de acuerdo con el texto Cervantes, trabaja para implantar la paz y colabora para establecer sistemas adecuados que generen respeto, dignidad y justicia.  La teología adecuada tiene implicaciones liberadoras, concretas e inmediatas para la gente que se halla en necesidad.  La buena teología es la que se preocupa y ayuda a las personas que sufren.  No es la que divaga por el mundo de la especulación y la contemplación, sin implicaciones prácticas, transformacionales y reales para las personas oprimidas.

En torno al tema de la teología en don Quijote, debemos incluir lo que sucedió a nuestro héroe en la casa del Caballero del Verde Gabán (Tomo II, Cap. XVIII).  Mientras el hidalgo discutía sobre la poesía y los poetas, y demostraba gran sabiduría en su evaluación de los temas expuestos, don Lorenzo le preguntó por su educación: “Paréceme que vuestra merced ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?”  A lo que respondió don Quijote: “La de la caballería andante”.

“Es una ciencia -replicó don Quijote- que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo…”.  El hidalgo, en la respuesta a su interlocutor, indica, además, que el caballero andante “ha de ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, a dondequiera que le fuere pedido…”.  Y posteriormente añade:  “…ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en sus pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida defenderla”.

El componente religioso y misionero de la obra de don Quijote no puede ser ignorado ni mucho menos,  subestimado.  Por un lado, se destaca la particularidad teológica en la formación de los caballeros andantes.  Por el  otro, se articula esta teología desde una perspectiva práctica, pertinente y concreta.  La teología, para la obra de Cervantes, no es únicamente abstracta, ni se fundamenta en lo hipotético inalcanzable.  Por el contrario, es contextual, inmediata y relevante.  Es la traducción de los buenos postulados filosóficos y religiosos a categorías prácticas y concretas bien definidas y claras.

Entre las virtudes teológicas que se identifican y destacan en los relatos, se encuentran las siguientes: La castidad, la honestidad, la liberalidad, la valentía, el sufrimiento, la caridad, la verdad y el martirio.  No es una teología, la del Quijote, que juega y queda cautiva en el mundo de la especulación, sino que vive y se nutre en medio de las realidades cotidianas.  La teología en don Quijote es un estilo de vida, una forma de ser, una manera de enfrentar la existencia.  No es contemplación que se inhibe y rechaza la acción, sino compromiso que mueve a incorporarse activamente en la transformación de las causas que producen angustia y desesperanza en la humanidad.

La teología de don Quijote es buena, en efecto, pues genera “consejo en las dudas, alivio en las quejas, (y) remedio en los males” (Tomo I, Cap. XXVIII).  Y se demuestra de forma concreta y práctica: en “la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo” (Tomo II, Cap. VI).  Es una teología viva y contextual, que genera esperanza y liberación en la gente.  No se fundamenta ni tiene como objetivo último la transmisión de información, sino la transformación de las personas servidas y la formación de gente con una nueva y renovada perspectiva de la vida.

Vocación liberadora

Entre los temas teológicos que se revelan en la obra de Cervantes, se pueden identificar algunos de importancia capital.  El ser humano tiene que decidir su vocación, debe identificar los proyectos en los cuales va a invertir su vida, y el modelo de don Quijote es el de servir a la gente que se halla en necesidad.  La gente no debe vivir para responder únicamente a los reclamos de las circunstancias, ni para actuar a la defensiva ante las dificultades de la existencia humana.  El modelo de don Quijote es agresivo, activo, dinámico, emprendedor, soñador e impetuoso.  Don Quijote decidió, por voluntad propia, invertir toda su vida en un peregrinar que lo llevó a vivir muchas aventuras así como a experimentar  desencantos, fracasos y frustraciones.

Don Quijote decidió invertir toda su existencia en el impostergable y duro trabajo de implantar la justicia, sin permitir que los problemas, los rechazos y las derrotas hipotecaran ni cautivaran su futuro.  Pensó el hidalgo que la sociedad tenía la posibilidad de aceptar personas aventureras y arriesgadas.  El caballero andante soñó con una sociedad diferente, en la cual no se maltratara a la niñez, ni se oprimiera a la mujer, ni se encadenara a la gente. 

Salió de su hacienda el Quijote porque creía que podía contribuir al establecimiento de un mundo mejor, al desarrollo de una sociedad más justa y a la implantación de dinámicas que permitieran el desarrollo del potencial humano.  El hidalgo escogió abandonar la seguridad de su entorno familiar para emprender y participar, como un misionero, en la construcción de las estructuras morales, emocionales, espirituales, sociales y políticas que permitieran la autorrealización plena de la gente.

La sociedad que lo recibió, sin embargo, lo llamó loco.  Sus amigos y familiares trataron de persuadirle para que desistiera de idea tan descabellada.  Fue rechazado por la gente que no deseaba que su vida inauténtica cambiara y se transformara.  Muchas personas se burlaron de él, pues pensaban que una empresa de liberación de oprimidos no podía ser resultado de una mente balanceada y cuerda.  También fue herido en el fragor de la batalla, cuando intentaba hacer realidad física lo que ya había visto en su corazón.

Ante personalidades recias y decididas como la de don Quijote, no pocas veces se levantan personas y grupos que intentan silenciar las voces que reclaman justicia.  Cuando se articula un programa con el fin de cambiar alguna estructura política y social que permite o fomenta la marginación o que produce gente cautiva del alma, sin sueños ni aspiraciones, no faltan las voces que gritan ¡locura!, ni los epítetos ofensivos, ni las respuestas hostiles.  Los hidalgos soñadores de la historia han recibido heridas mortales porque hay sociedades que no resisten la grata posibilidad de la implantación liberadora de la justicia.

Aunque mucha gente desea silenciar a los quijotes del mundo, siempre aparecen personas como Sancho.  ¡Gente realista y soñadora al mismo tiempo!  Personas que tienen la capacidad maravillosa de fundir en una sola vida lo pragmático y lo ideal.  Los Quijotes tienen que tener Sanchos al lado, pues esta singular figura cervantina no representa un adorno literario entre los personajes de la obra, sino que es el continuo compañero de camino y conciencia, que descubre, poco a poco en la vida, que las personas enclaustradas no son felices.

Para ser feliz hay que tener alguna Dulcinea que nos inspire, o alguna ínsula que nos motive.  Para alcanzar el disfrute pleno de la vida, hay que separar tiempo para incentivar la imaginación, para dar rienda suelta al ingenio y para construir en la mente el futuro mejor.  El porvenir grato y justo hay que disfrutarlo primeramente en visión, antes de traducirlo a la vida diaria.  No se puede crear lo que anteriormente no se ha visualizado.  Ni se puede traducir a la realidad lo que primero no se ha soñado y vislumbrado.  La dicha es el descubrimiento y la aceptación de que la labor realizada se ha llevado a efecto con un sentido de servicio y apoyo a la gente desafortunada.

Don Quijote en la actualidad

La empresa hidalga de enderezar entuertos no ha muerto: está viva en los esfuerzos continuos de la gente que ha decidido no acostumbrarse a la mediocridad, ni ha aceptado el cautiverio como un estilo de vida normal.  Don Quijote vive en las labores desinteresadas y los servicios voluntarios que se ofrecen a pacientes terminales.  Vive el hidalgo en el trabajo arduo y sacrificado con comunidades marginadas del continente, muchas de las cuales no tienen oportunidades adecuadas para el desarrollo intelectual, ni poseen servicios de salud suficientes, ni tienen acceso a fuentes de trabajo y de recursos que les permitan ganarse la vida de forma honrada, digna y justa.

No ha muerto don Quijote en la vida de la gente que no se resigna al cautiverio, ni  en la conciencia de las personas que sueñan en un futuro mejor;  en los grandes esfuerzos de los hombres y las mujeres que trabajan con valentía para transformar las comunidades que les rodean.  El Caballero de la Triste Figura todavía vive en barrios pobres, en favelas, en zonas de invasión  y en los proyectos misioneros que se dedican a cambiar esas realidades adversas y nefastas para la dignidad humana.  Vive, en efecto, don Quijote, pues todavía hay personas que luchan para conseguir la justicia social y colaboran contra las manifestaciones del pecado que hieren la fibra más honda de la gente de bien.

Don Quijote vive en los programas que desarrollan una niñez saludable;  en los proyectos que destacan la dignidad de la mujer;  en los esfuerzos que identifican actitudes racistas;  en la predicación del evangelio eterno que denuncia las injusticias;  en las experiencias religiosas que nos permiten tener una mejor comprensión de la sociedad y de la vida, y en el análisis sobrio que nos ayuda a identificar, aislar y denunciar las fuerzas subyacentes que afectan a la gente.  Vive don Quijote, y al llegar sobre Rocinante al continente americano, en los inicios del siglo veintiuno, rechaza abiertamente la oscuridad que se asoma y se cierne sobre el alma humana.

 

El Dr. Samuel Pagán es profesor de literatura hebrea en el Seminario Evangélico de Puerto Rico. El texto básico utilizado en este estudio es la edición de John Jay Allen, Don Quijote de la Mancha, 17ma edición, Madrid: Cátedra, 1995. 

 

 

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