V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

El cristianismo en América Latina: una Palabra de esperanza frente a la pobreza social.

América Latina: un continente con desazón y esperanza.

Por los ríos que recorren todo el continente latinoamericano fluye un dolor que conecta a todos los países, dejando en cada uno de ellos una dosis de angustia que se incrusta en sus vidas, y provoca inundaciones de desazón y desesperanza.

En efecto, con diferentes matices, en las distintas naciones latinoamericanas se puede hallar el mismo  sombrío panorama.  Por sus calles, es habitual encontrar niños y niñas extraviados y sin rumbo, que mendigan un trozo de pan o sobras de comidas para acallar el crujir de sus estómagos.  Por su parte, en muchos casos, los padres y madres de estos chicos y chicas son millones de personas que están excluidos del mercado laboral, con una posibilidad remota de volver a tener un trabajo digno;  o, por el contrario, son seres que trabajan –como comen– en forma salteada y precaria, y reciben como pago unas pocas monedas que rara vez alcanza para vivir decorosamente. 

Todos ellos, padres y madres, hijos e hijas, en el mejor de los casos, y cuando la suerte los acompaña, viven amontonados en los barrios mas humildes y periféricos de las grandes ciudades latinoamericanas, compartiendo sus pesares –para intentar hacerlos más livianos–, y sus alegrías –que aunque pequeñas y, en muchas ocasiones fugaces, hacen que en su alma exista una llama de vida-.

De vez en cuando, también ocurre que algún país latinoamericano es recorrido por una brisa de esperanza e ilusión que contagia al resto de las naciones, y hace que los que siempre estuvieron en la cola del reparto de las riquezas piensen que, de una vez y para siempre, podrán hacerle una gambeta a la desilusión y conquistar para ellos el bienestar anhelado y merecido.

Los 60: años de profundos cambios políticos y religiosos.

A partir de la década de los años 60 del siglo pasado, el mundo en general, y América Latina en particular, fue escenario de profundos cambios políticos y religiosos cuyas consecuencias se viven todavía hoy.

En la esfera política puede decirse que los Estados grandes y poderosos que existían en la región en ese entonces, llamados de bienestar o benefactores , que aseguraban que la mayoría de la población tuviera acceso a los servicios de salud, educación, transporte, seguridad social, etc., e intervenían asumiendo directamente la realización de las actividades productivas, protegiendo el desarrollo de la industria local, etc., entraron en crisis, principalmente debido a que, por un lado, los Estados se habían tornado gigantescos, burocráticos, y en muchos casos ineficaces  y, por otro, había comenzado a descender la tasa de ganancia de los grandes capitalistas, y les resultaba cada vez mas difícil y costoso mantener los altos salarios que cobraban los trabajadores.   Como respuesta a la crisis planteada, surgió la doctrina neoliberal, que comenzó a ganar terreno en la década de los 70, hasta que en la de los años 80 se convirtió en un sistema hegemónico en el ámbito continental y mundial.  En líneas generales puede decirse que el neoliberalismo, que no es una ideología nueva, ya que sus puntos de referencia son los padres del liberalismo clásico, tuvo como propósito principal la “desestructuración” del Estado y la privatización de todas las empresas que se encontraban bajo su órbita, las cuales desde ese entonces pasaron a estar en manos privadas. 

Así mismo, en este contexto de cambios políticos y sociales, y en el seno de la Iglesia Católica de América Latina, se produjo un acercamiento del cristianismo hacia los sectores más pobres del continente, los que nada tienen, más allá de su hiriente desesperanza y su tímida ilusión.  Por esta época nace en el continente un movimiento teológico que pugna por la liberación integral -económica, cultural, social y espiritual- de aquellas personas que se encuentran sumergidas en una situación de dominación estructural.

En este sentido, una y otra vez, en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano llevadas a cabo en Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), se insta a los cristianos a realizar una opción preferencial por los pobres, en quienes se descubre el rostro del Cristo que, siendo rico, fue el más pobre entre los pobres, y con su vestimenta de harapos logró propagar por la tierra la Buena Nueva del Reino del Señor y sembró su mensaje de amor al prójimo, de solidaridad con los más necesitados y de justicia social para los oprimidos.
En efecto, en todas estas conferencias, los obispos latinoamericanos hablan, partiendo del Evangelio, de las frustraciones de los hombres latinoamericanos.  En este sentido, se plantea que “ ... el creciente empobrecimiento en el que están sumidos millones de hermanos nuestros, hasta llegar a intolerables extremos de miseria, es el más devastador y humillante flagelo que vive América Latina y el Caribe ... La política de corte neoliberal que predomina hoy en América Latina y el Caribe profundiza aún más las consecuencias negativas de estos mecanismos ... ” ( Sto. Domingo, 179 ).

Además de describir la situación latinoamericana, los obispos en conjunto avanzaron un paso más, e hicieron un llamado de atención a las personas que mayores riquezas tienen, advirtiéndoles que “ ... si retienen celosamente sus privilegios y, sobre todo, si los defienden empleando ellos mismos medios violentos, se hacen responsables ante la historia de provocar ‘las revoluciones explosivas de la desesperación' .  De su actitud depende, pues, en gran parte, el porvenir pacífico de los países de América Latina ... ” ( Medellín, Paz, 17 ).

Algunos laicos, de la lectura de estas palabras creyeron entender que los obispos latinoamericanos, al criticar las políticas neoliberales, estaban acercándose a la ideología marxista.  En líneas generales, puede decirse que esta fue una conclusión apresurada y simplista, que desvirtuaba lo expuesto por el Episcopado Latinoamericano, ya que ellos con claridad y contundencia plantean que “ ... el colectivismo marxista conduce ... a una idolatría, pero en su forma colectiva.  Aunque nacido de una positiva crítica al fetichismo de la mercancía y al desconocimiento del valor humano del trabajo, no logró ir a la raíz de esta idolatría que consiste en el rechazo  del Dios de amor y justicia, único Dios adorable ... ”( Puebla, 543 ).
Así mismo, algunos integrantes de la Iglesia Católica entendieron que la opción a favor de los desposeídos de nuestras tierras, de la que hablan una y otra vez los obispos latinoamericanos, debía hacerse en forma violenta, o que, cuanto menos, el Episcopado Latinoamericano veía con buenos ojos la utilización de medios violentos para la construcción de sociedades más justas y solidarias.  Nuevamente, este es un posicionamiento que podría ser considerado apresurado y simplista, ya que en repetidas ocasiones los obispos plantearon que “ ... la violencia engendra inexorablemente nuevas formas de opresión y esclavitud, de ordinario más graves que aquellas de las que se pretende liberar ... ” ( Puebla, 532 ).

En última instancia, y en relación a la legitimidad o no del uso de la fuerza como vía para suprimir las injusticias sociales, habría que recordar que “ ... las insurrecciones y las revoluciones -salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente contra los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país- engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo alguno se puede combatir un mal real si ha de ser a costa de males aún mayores ... ” ( Pablo VI, Populorum Progressio 31 ).

De esta forma, y de lo expuesto con anterioridad, puede concluirse que, en líneas generales, existe una oposición de principio entre el cristianismo y el uso de medios violentos, ya que estos representan un atentado contra la vida, vida que solo depende del Señor.  Sin embargo, esto no debería entenderse como una “invitación ” a aceptar resignadamente situaciones de grave y marcada injusticia, tiranía o dictadura, en donde se violen los derechos humanos.  Solo en estos casos absolutamente “excepcionales” sería legítimo, de no existir otra alternativa, el uso de la violencia en defensa de la dignidad humana y del bien común. 
Como se puede apreciar, este es un tema difícil de abordar, y sobre el cual se debe reflexionar con absoluta seriedad y con mucho cuidado, sobre todo en continentes como América Latina, donde el subdesarrollo es una injusta situación promotora de tensiones tales como diversas formas de marginalidad –económica, política, cultural, etc.-; distribución desigual de las riquezas, que conlleva diferentes formas de exclusión social;  fuga de capitales que podrían ser utilizados para la realización de obras públicas a fin de mejorar el bienestar común, etc.,   realidades todas que conspiran contra la paz. Desafortunadamente , un análisis ligero e interesado de las palabras de Pablo VI, desembocó en que muchos grupos adoptaran, sin más, medios violentos que, en sí mismos no son cristianos ni evangélicos.

América Latina en pleno S. XXI: un continente con marcadas diferencias sociales.

Hoy en día, primeros años del S. XXI, la situación política y económica de la población latinoamericana no ha mejorado, lamentablemente sino todo lo contrario:  luego de décadas de implementación de las políticas neoliberales, la situación social, en muchos países, es sencillamente dramática.   En efecto, en muchas de nuestras sociedades el desempleo ha crecido en forma alarmante y descontrolada;  la brecha que separa a ricos de pobres es cada vez mayor;  día tras día aumenta la desigualdad entre los países desarrollados y los países subdesarrollados;  las libres fuerzas del mercado, lejos de garantizar el pleno empleo, propiciaron que los ricos acrecentaran cada vez más sus fortunas, y que los pocos que tienen trabajo, al desaparecer las instituciones que defendían sus derechos, se encuentren cada vez más desprotegidos en la defensa de sus derechos laborales.

En este contexto, los cristianos en particular, y el resto de la sociedad en general, desde la palabra y los actos, debemos realizar acciones concretas y eficaces, que tiendan a mejorar la situación de aquellos que se encuentran en situación de opresión material y espiritual, identificándonos con sus problemas, aspiraciones y anhelos de justicia y libertad.
Así mismo, debemos trabajar por una cultura de paz , mediante la cual se puedan construir sociedades más justas y solidarias que promuevan el desarrollo humano, y en las cuales exista plena satisfacción de las necesidades básicas de hombres y mujeres.  Ahora bien “ ... es de augurar que la exaltación del ideal de la paz no favorezca la cobardía de aquellos que temen deber dar la vida al servicio del propio país y de los propios hermanos cuando estos están empeñados en la defensa de la justicia y de la libertad, y que buscan solamente la huida de la responsabilidad y de los peligros inherentes al cumplimiento de grandes deberes y empresas generosas: paz no es pacifismo; la pazno oculta una concepción vil y negligente de la vida, sino proclama los más altos y universales valores de la vida: la verdad, la justicia, la libertad, el amor ... ” (Pablo VI, Mensaje por la Jornada de la Paz , 1 de enero de 1968 ).

En resumen, y teniendo en cuenta que en la mayoría de las sociedades de América Latina existe una creciente marginación de sectores cada vez más amplios de la población, que ven sus necesidades básicas insatisfechas y sus derechos violados, es hora de que, desde el cristianismo, surja un movimiento evangelizador que traduzca la palabra del Señor en actos, para mejorar la situación de vida de quienes se encuentran excluidos del “ostentoso y obsceno” banquete de que disfrutan unos pocos.  En este sentido, teniendo el corazón en el Evangelio y las “manos en el barro”, los cristianos seremos capaces de asemejarnos cada día un poco más a Cristo, quien siendo Dios se convirtió en hombre, compartió las dichas y penurias de los que menos tienen, y trabajó junto a ellos, “codo a codo” por la construcción de sociedades más justas, solidarias e igualitarias.

Lic. Daniel E. Benadava.
(Psicólogo en Buenos Aires)

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