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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
El ideal frustrado de la Reforma Protestante : el sacerdocio universal de los creyentes Cuando se hace un recuento de los principales aportes de la Reforma del siglo XVI, nunca se olvida mencionar el principio del sacerdocio de todos los creyentes, por el cual se barrió con la histórica división que separaba a los creyentes comunes, el pueblo de la iglesia, de los ministros consagrados al sacerdocio o a la vida religiosa conventual, es decir, la clásica separación entre laicos y ministros. En toda la Edad Media se había solidificado esta separación; o eras religioso dedicado al culto y la oración, o eras un seglar ocupado en las tareas mundanas, sea este el trabajo manual o las armas. Esto se correspondía con una teología que hacía distinción entre lo material y lo espiritual. Unos están en un primer nivel de servicio a las cosas temporales, imperfectas; los otros, en un nivel superior, en la atención a lo más alto, a la esfera de las cosas eternas y santas. De aquí se colige que esta diferenciación hacía a unos dependientes de los otros en cuanto al acceso a los símbolos religiosos. Unos son los clientes de los servicios religiosos, otros son los proveedores, administradores exclusivos de los favores divinos. Ahí está la raíz del gran poder de la iglesia en la mencionada edad, poder que llegó a influir en todas las esferas de la vida política y cultural en forma determinante. Lutero dio un paso de significación decisiva al dejar la Orden de los Agustinos; luego, al casarse con Catalina renunciando a la condición clerical, y más tarde, al desconocer todos los sacramentos, a excepción del bautismo y la comunión. Ya no tenemos más mediador que Jesucristo para arreglar nuestras relaciones con Dios, afirmaba Lutero, por lo tanto, no necesitamos de sacerdotes. Otro de los grandes de la Reforma , Juan Calvino, que de hecho era un laico, elaboró con más contundencia teológica la doctrina del sacerdocio que nos corresponde a todos los creyentes, sin distingos, haciendo que las actividades manuales, como la de un simple zapatero, pudiera convertirse en un servicio a Dios. Es lo que llamó la santificación de la vida cotidiana. Desde entonces, todos los evangélicos repetimos con cierto orgullo este principio protestante del sacerdocio universal de todos los creyentes. Resurge el clericalismo protestante Sin embargo, una cosa es lo que expresa la doctrina y otra lo que se experimenta en la vida real. En verdad, el clericalismo no murió: sobrevivió sobre otras bases. Se abrió una nueva fuente de servicios a la religiosidad, la de los dispensadores de la doctrina correcta, la de los que manejaban el arte de predicar la Biblia y alentar la fe. El conocimiento de la Biblia requería de dedicación, de estudios en seminarios y universidades. Surge así con fuerza el profesionalismo religioso. El ministro protestante recupera mucho de la aureola de santidad del antiguo sacerdote, su autoridad se establece en las nuevas estructuras de las iglesias, que son controladas por los nuevos clérigos, y el sacerdocio universal de los creyentes se convierte en otra página mojada del ideario protestante. Por supuesto que no hay nada en contra del profesionalismo. En definitiva, todos los adelantos en los campos de la cultura y el saber se han debido a la consagración, en áreas específicas, de personas con vocación. La Iglesia ha necesitado de profesionales, de músicos, de teólogos, maestros y predicadores, y gracias a Dios por estos. El problema radica en el ejercicio del poder en la iglesia, cuando por conocer un poco más de teología o tener más habilidad para hablar en público, ejercemos estos dones, no para servir, sino para erigirnos en autoridad controladora de los demás. Así surgen las iglesias pastor-céntricas. ¿Qué son iglesias pastor-céntricas ? Son iglesias en las cuales las decisiones emanan de la autoridad del pastor. Los miembros se han acostumbrado tanto a que la voz de Dios solo se oiga desde el púlpito, que les parece un sacrilegio diferir en algo de las ideas de su pastor. Sería como una deslealtad, un pecado grave no estar de acuerdo con él. En muchos casos, el pastor que se ve a sí mismo como revestido de una unción exclusiva, se siente tan halagado por el aplauso de su congregación, que se desarrollan imperceptiblemente los rasgos de egocentrismo que conducen al autoritarismo. Estos son los rezagos de la antigua separación entre clérigos y laicos, alimentados por la propia tradición de la iglesia. Esto lo escribe quien ha sido pastor durante más de cuarenta años, por lo que lo hago sin ánimo de denigrar un llamamiento que reconozco como divino y una vocación que viviré hasta el último día de mi vida. No es extraño, entonces, que el lenguaje más espiritual, la voz más cargada de bendición se convierta en solapada manipulación de los demás para imponer los criterios propios. Y todo ocurre en una atmósfera de piedad y devoción. Los pastores así transformados por este autoritarismo empiezan a hablar de “mi iglesia”, “mis miembros”, “yo no permito en mi iglesia…” “tengo un miembro”, como si la iglesia fuera de su propiedad. El modelo Cristocéntrico de Iglesia Esto dista mucho del modelo Cristocéntrico de iglesia, en el cual Cristo es la cabeza, la autoridad, y los miembros del cuerpo, todos iguales en importancia, contribuyen cada uno con su don al crecimiento de todo el organismo. San Pablo nos advierte que “ el cuerpo no es uno, sino muchos ” (lra Corintios 12.14). Y, de hecho, una iglesia puede existir sin pastor, pero no sin sus miembros. Un texto en el que se funda una sana eclesiología es Efesios 411-12. “ Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” . Estos diferentes servicios ofrecidos por los pastores, evangelistas, etc., perfeccionan a los “santos”, a la iglesia toda, para la obra del ministerio. Es decir, estos dones no son para auto-engrandecimiento, sino para ayudar a formar una iglesia consciente y preparada en su Ministerio. La Iglesia es protagonista principal, el cuerpo de Cristo, que tiene una misión de Dios en el mundo. Por esto es tan importante una toma de conciencia de los mecanismos sicológicos e inconscientes por los cuales una persona se erige en poder controlador sobre una comunidad creyente. Porque entonces el sacerdocio universal de todos los creyentes no pasa de ser un eslogan sin verificación práctica ninguna. Una iglesia en la cual la congregación no tiene voz propia en todos los asuntos, que no hace más que repetir la de su pastor, y lo decimos con todo respeto, es una comunidad pobre, inmadura y dependiente. El modelo bíblico es el de una comunidad participativa, rica en aceptación de la diversidad de criterios y personalidades y unida por el espíritu de amor y de paz que nos enseñó nuestro Maestro, quien, como sabemos, no vino para ser servido sino para servir y dar su vida por los perdidos. Nuevos modelos participativos La raíz de todo lo que venimos discutiendo tiene que ver con la cuestión práctica de cómo se toman las decisiones en la comunidad creyente. Cómo son las reuniones administrativas en las que se elaboran planes, se deciden proyectos o se aplica disciplina. ¿Hay realmente participación de todos y todas? ¿Se sigue una tradición o se deja que hable la autoridad más representativa de la iglesia? ¿Todos los miembros tienen la misma posibilidad de ser oídos, aun los más recientes, los más jóvenes, los más sencillos? Hace poco fuimos a visitar una misión en proceso de convertirse en iglesia. Éramos un grupo de líderes visitando una pequeña comunidad rural, donde la mayoría de los creyentes eran mujeres. Queríamos explorar, conocer de la madurez del grupo para convertirse en una iglesia autónoma. Nos dimos cuenta de que las mujeres campesinas se sentían sobrecogidas por la visita, estaban calladas, sus miradas eran huidizas. Pensamos cuánto autoritarismo machista habrían experimentado en sus vidas, desde el ambiente familiar hasta los centros de trabajo. Por eso permanecían en silencio. Afortunadamente, iba en el grupo visitante una persona familiarizada con lo que se conoce como “educación popular” . Inmediatamente tomó control de la situación, cambió la posición de los bancos, inició ejercicios de integración, y al poco rato todas y todos estaban hablando con entera soltura, expresando con naturalidad sus convicciones, sus creencias más íntimas. Todos aprendimos los unos de los otros, se borró la separación entre pastores y miembros, todos éramos discípulos compartiendo las vivencias de nuestra fe. Pienso que lo que Jesús hizo poniendo en medio del grupo de discípulos a un niño fue mostrarnos un nuevo modelo de comunidad. Un niño carece de poder, de autoridad, de experiencia. Pero en él también hay sabiduría de Dios, y hay disposición a aprender que los misterios de Dios solo Él puede concederlos. Una iglesia evangélica en la tradición de la Reforma debe aprender a poner al niño en el centro, y a abrirse a lo que Dios habla en la comunidad. Este es el verdadero sentido del sacerdocio universal de todos los creyentes. La educación popular es una herramienta muy útil para ayudar a potenciar al laicado de las iglesias, a fin de que los creyentes, el pueblo sean verdaderamente los protagonistas principales en el drama de la Iglesia. Por esto no dudamos en sugerir que los líderes de las iglesias busquen implementar estos métodos en todas sus comunidades. Seguramente habrá un crecimiento en la calidad del compromiso por el Reino de Dios. Este es el reto que hace la Reforma a la Iglesia Cubana. Francisco Rodés G.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |