Desafíos latinoamericanos de la ecumene, la unidad y la misión en el Congreso de la Habana (1929)

Jaime Adrián Prieto Valladares

Introducción:

Este artículo tiene el objetivo de hacer un estudio de los antecedentes históricos, ecuménicos y misiológicos del Congreso Hispanoamericano realizado en la Habana en el año 1929. Las fuentes primarias para este trabajo están sustentadas en los reportes de Gonzálo Baéz Camargo y de Samuel Guy Inman , quienes participaron de lleno en este evento. Existen ya otros intentos de resumir o interpretar desde una perspectiva ecuménica o histórica el Congreso de la Habana 1929, expresados en los artículos de Wilton M. Nelson , Tomás Gutiérrez , Carlos Mondragón , Dafne Sabanes Plou y más recientemente en las ponencias de Samuel Silva Gotay , Eliseo Vílchez Blancas y Rodolfo R. Juárez . La particularidad de este artículo con respecto a los anteriores es introducir el contexto político del protestantismo cubano como un elemento determinante en los logros ecuménicos, unidad e identidad latinoamericana alcanzados en dicho Congreso. La otra diferencia que pretende marcar este artículo con respecto a los anteriores es ofrecer un análisis detallado de los contenidos teológicos y misiológicos del evento, que prácticamente están marginados en los estudios anteriores. El presente artículo comprende una primera sección histórica, que  ubica  el contexto del protestantismo cubano, el trasfondo de los congresos ecuménicos que anteceden al Congreso de la Habana y la forma en que se organizó este. La segunda sección analiza los contenidos del Congreso de la Habana en términos de la ecumene, la unidad, y los diversos aspectos de la misión.

1. Antecedentes históricos del Congreso Hispanoamericano de la Habana (1929)

El protestantismo cubano
Desde 1942 cuando Cristóbal Colón llegó a la Isla de Cuba se consideró a ésta como “la llave del nuevo mundo” por su posición geográfica estratégica para fines de comunicación, intereses  económicos y militares. Esto fue percibido desde la misma colonia cuando el conquistador Miguel de Velázquez la describía así: “Cuba, triste tierra como tiranizada y de señorío”. Pero durante los siglos VI y XVII los  cubanos experimentaron no solo el poder colonial español sino también  el protestantismo extranjero que se expresó en los ataques navales, saqueo e incendio de muchos pueblos a través de piratas como Jacques de Sores, Henry Morgan y las políticas corsarias impulsadas por Cromwell desde Inglaterra. Frente al poder español surge un protestantismo cubano nacionalista que se unió a las luchas de liberación que encontraron su máxima expresión a finales del Siglo XIX a través de la vocación libertaria del apóstol José Martí (muerto en campo de batalla en 1895).   Después de que el gobierno colonial español en la administración de Valeriano Weyler, concediera la autonomía a Cuba a los nacionalistas en enero de 1898, es cuando se produce la invasión norteamericana bajo pretexto del hundimiento de su buque “Maine” (15 de febrero de 1898) por parte de la fuerza naval de España. Es a partir de ese año que se organizan las juntas misioneras protestantes norteamericanas en Cuba y que alcanzarán gran desarrollo hasta llegar al año de 1906 cuando se produce la segunda intervención militar norteamericana en Cuba, que culmina con la renuncia del presidente Estrada Palma y cuando el general norteamericano William H. Taft asume brevemente  el poder. Importantes líderes protestantes entre las iglesias cubanas continuarán participando en las luchas nacionalistas  que se libraron en Cuba durante este primer cuarto de siglo.

Aún entre misioneros norteamericanos radicados en Cuba encontramos posiciones  nacionalistas como fue la de Silvester Jones, quién había sido designado como secretario general  del Comité de Cooperación para Cuba después de haber participado en el congreso de Panamá en 1916. En el año 1926 Sylvester Jones pronunció una conferencia ante la Asociación de Ministros y Obreros Evangélicos de la Habana siendo presidente de la misma el Dr. J. Marcial Dorado, en donde manifestó lo siguiente: “..hay que decirlo con amor en el corazón. El más grande enemigo del Protestantismo en Cuba, fuera del pecado mismo, es el dominio extranjero. No es que nosotros los extranjeros seamos malos. Lejos de eso. Aunque debemos confesar nuestras faltas. Es que tal dominio no cuadra con el Protestantismo. Los evangélicos cubanos están amarrados por el dinero del extranjero.  El setenta y cinco por ciento de los sueldos de los obreros protestantes procede directamente de corporaciones extranjeras y son administrados por extranjeros… Una iglesia con autoridad arbitraria como la Romana podrá imponer con éxito su régimen pero tales procedimientos no encuadran con el espíritu del Protestantismo y siempre fracasarán. Jamás Cuba será evangelizada así.”


En el año 1928 se reunió en la Habana la Sexta Conferencia Panamericana, que fue moderada por el presidente estadounidense Calvin Coolidge,  sin embargo el presidente de Cuba General Gerardo Machado Morales  a pesar de sus esfuerzos no pudo modificar el tratado de reciprocidad entre ambas naciones. Los aranceles proteccionistas de Estados Unidos sobre el monocultivo del azúcar y otras actividades económicas dañaban la economía de Cuba; la crisis económica produjo gran desosiego económico y política al interior de Cuba por lo que el gobierno de Estados Unidos intervino nuevamente a través de su Embajador Benjamín Summer Welles quien apoyó al ejército, que después de reprimir una gran huelga laboral depuso al presidente Machado en el año 1933. Podemos afirmar que el Congreso de la Habana en 1929 está marcado por un contexto influenciado por tendencias nacionalistas en medio de una nación que había experimentado en su pasado reciente varias intervenciones militares norteamericanas, y en cuyo medio se pusieron en también en cuestionamiento los intereses imperiales de Estados Unidos ocultos detrás de las políticas panamericanistas.

Trasfondo ecuménico del Congreso de la Habana: desde el Congreso Misionero de Edimburgo  (1910) hasta el Congreso de Montevideo (1925)

En el Congreso de Misiones de Edimburgo realizado entre el 14 y el 23 de junio del año 1910 las juntas misioneras protestantes con trabajo en América Latina se vieron sorprendidas cuando se excluyó el continente latinoamericano como campo de misión y se consideró darle prioridad a las misiones en los continentes no cristianos (Asia y África). Esto obedeció a que los líderes del Congreso de Edimburgo, al contrario de otros congresos, evitaron una línea dura con respecto a la Iglesia Católica y consideraron que ese continente era una zona ocupada por dicha iglesia. Ese fue el desacuerdo por el cual el comité de Referencias y el Consejo de las Misiones Extranjeras de Norte América se reunieron en 1913 y nombraron el Comité de Cooperación en América Latina (CCLA). Los miembros de este primer Comité estuvo conformado por Robert Speer como presidente, L. C. Barnes, Ed. F. Cook, William F. Oldham y John W. Tood y tenía el propósito de valorar el trabajo de cooperación de las misiones considerando América Latina como tierra fértil para el crecimiento del protestantismo.


Es así como el CCLA organizó el Congreso de Panamá en 1916, en la zona del Canal, el cual había sido recientemente inaugurado. El misionero Robert Speer secretario de la junta de misiones de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos afirmó que el rechazo de América Latina en la agenda de Edimburgo, fue lo que sirvió de motivación para poner a ésta en el mapa de las misiones mundiales.

El Congreso de Panamá contó con un total de 304 delegados de América Latina, Norteamérica, Gran Bretaña y España. Además participaron 177 visitantes de Panamá. De estos delegados sólo 28 eran latinoamericanos (menos del 20%). Los principales temas tratados en Panamá, bajo la coordinación del profesor uruguayo Eduardo Monteverde y Robert Speer fueron los siguientes: ocupación territorial, mensaje y método, educación, el campo de la literatura, trabajo con las mujeres, la iglesia en Misión, la misión en su sede, cooperación y promoción de la unidad.


Nueve años es la distancia que separa al Congreso de Panamá del congreso de Montevideo que se realizó del 29 de marzo al 8 de abril de 1925. Este congreso fue impulsado por  CCLA y el comité local estuvo presidido por Leonardo Paulson de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Los temas elegidos para el debate fueron los siguientes:  los campos no ocupados en la evangelización, los indígenas, la educación, el evangelismo, los movimientos sociales, la salud pública, la iglesia en la comunidad, la educación religiosa, la literatura, las relaciones entre los obreros cristianos, los problemas religiosos especiales y la cooperación y la unidad. El Congreso en Montevideo enfatizó la necesidad de cooperación entre las diversas iglesias y organizaciones evangélicas en el continente sudamericano. Otros pequeños congresos regionales se realizaron posteriormente en el Cono Sur, pero es importante señalar que la reunión misionera mundial realizada en el Monte de los Olivos en Jerusalén en 1928, donde participaron Juan Mackay, el Dr. Erasmo Braga de Brasil y el Dr. Inman del CCAL representando a América Latina, fue decisiva para quitar el muro de separación que había sido levantado en Edimburgo 1910, al excluir  América Latina como campo de misión. Un año después (1929) el Congreso Evangélico de la Habana marca un nuevo rumbo en el mundo de la ecumene y la unidad del movimiento protestante latinoamericano.

Organización del Congreso
El contexto antes descrito determinó entonces un congreso que marca gran diferencia con los que le antecedieron desde Edimburgo en 1910. Mientras que el último congreso celebrado en Montevideo en 1925 fue planificado por el CCPAL desde Nueva York, el Congreso de la Habana de 1929 fue organizado por la Junta Cubana Organizadora que tenía 26 miembros provenientes de 12 denominaciones. Esta Junta fue presidida por los líderes nacionales el doctor Marcial Dorado, agente de la Sociedad Bíblica Americana, quien se desempeñó como presidente, y el Rev. Ricardo B. Barrios pastor de la Iglesia Presbiteriana en la Habana, quien se desempeñó como secretario. Ellos tuvieron una serie de reuniones previas al congreso con representantes de diversas sociedades misioneras y con líderes de las iglesias mexicanas. El Congreso Evangélico Hispanoamericano se realizó del 20 al 30 de junio del año 1929 y la sesión inaugural se efectuó en el Teatro “José Martí” y las otras sesiones se realizaron en el “Plaza Hotel”. Mientras las mujeres delegadas se alojaron en Buena Vista College los varones lo hicieron en el Candler College.


La delegación méxicana fue la más grande después de la de Cuba, y probablemente por el fuerte liderazgo des sus representantes en el contexto sociopolítico de México jugó un rol muy importante en la dirección del evento. El profesor mexicano Gonzalo Báez Camargo a pesar de su juventud fue electo como presidente para presidir este congreso. Los países representados eran los siguientes: Cuba, México, Puerto Rico, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y España. También venían 30 representantes de las juntas misioneras norteamericanas. Un total de 118 latinoamericanos y 82 personas de otros países del mundo estuvieron en el evento. El cual fue cubierto por el periodista Justo Orts González director del periódico La Nueva Democracia y Alberto Rembao quien editaba la revista Nueva Senda entre los hispanos en Estados Unidos. También el periódico New York Times también se refirió en una de sus ediciones a este evento.

 

 

2. Fraternidad, cooperación y misión del Congreso Hispanoamericano de la Habana (1929)
En el Congreso de 1929 el encuentro de personas provenientes de muy diverso países y denominaciones protestantes es percibido a través de una dimensión cósmica de Jesucristo, cuya pasión de amor trasciende hasta llegar a la Humanidad para desafiar a los participantes, no solo a ser receptores de la fraternidad y la paz, sino también para ser instrumentos de amor y justicia. Así lo expresó  Herminio Rodríguez , un destacado joven de la representación mexicana, cuando ofreció el discurso inaugural del evento:
“Cuenta la leyenda, bella leyenda que nace en los países griegos, que una gota de leche, caída del seno de la diosa Juno, fue suficiente para poblar el azul del cielo de ese espléndido rastro luminoso que conocemos con el nombre de “vía láctea”. Unas cuantas gotas de sangre, caídas del cuerpo, traspasado de pasión de amor y de dolor de Jesús, el Cristo, gotas siempre frescas en el leño de brazos siempre en cruz, son   y serán eternamente suficientes para que el espíritu vigilante y esperanzado de la Humanidad, aguarde… aguarde el advenimiento de la fraternidad universal y con ella la hora de la Paz. Démonos, pues, señores congresistas, a la tarea, y como instrumentos dóciles de amor de justicia, apresuremos ese advenimiento.”


Este sentido fraternal a la vez está cruzado por la afirmación de una identidad latinoamericanista. En su predicación “Obrando por cuenta propia” ya el director de la CCAL Samuel G. Inman había predicho el carácter latino del Congreso cuando decía “Hasta aquí la Iglesia latinoamericana ha sido en gran parte una copia de la Iglesia Anglosajona, cuyos misioneros principiaron la obra. Pero en la Habana, “latinidad” será   la llave de todos los métodos y aproximaciones.” Y efectivamente durante el Congreso de Habana el Dr. Luis Alonso, reconocido líder eclesial de Cuba, reafirmaba la necesidad ineludible de una iglesia protestante con identidad latina: “América Latina será salvada solamente por los latinos americanos, en el amplio sentido de esta concepción. La Iglesia evangélica no será popular y trascendente, hasta que no se haya ·latinizado; adquirido normas y caracteres de acuerdo con el pueblo al cual pretende salvar y servir.” Por su parte el Prof. Gonzalo Báez Camargo, reflexionó sobre el concepto de la identidad latinoamericana protestante desde la realidad revolucionaria de México y las utopías de la escritora Gabriela Mistral, cuando exclamaba: “Y hay que recordar que cuando el Cura Hidalgo, Libertador de México, quiso practicar en su parroquia de Dolores el cristianismo social que anhela la ilustre chilena, la Inquisición lo persiguió. La Iglesia, además, lo degradó y excomulgó, así como a los demás clérigos insurgentes, por el crimen de buscar la libertad de su patria. No existe ya la Inquisición, pero su espíritu de intolerancia no ha muerto, y la renovación religiosa que esperamos y que ansiamos, no puede venir, no ha de venir, del seno de la Iglesia católica.”
Liturgia
No tenemos detalles de los aspectos litúrgicos que pudieron haberse realizado en la apertura del Congreso de 1929 realizada en el  teatro José Martí. En los reportes oficiales se describe más la solemnidad y el protocolo internacional, que los aspectos litúrgicos característicos de un culto protestante como lo son la oración, los cantos y la centralidad de la Palabra. Sin embargo Baez Camargo informa que en la reunión de apertura el coro entonó  cantos de la tradición protestante. El primero de ellos fue el canto compuesto por Martín Lutero (1483-1546), Castillo es fuerte nuestro Dios y, cuyos contenidos nos recuerdan el Salmo 46 y la confianza de este en Dios, en los momentos más apremiantes de la Reforma Protestante del Siglo XVI:

Castillo fuerte es nuestro Dios,
Defensa y buen escudo;
Con su poder nos librará
En este trance agudo.
Con furia y con afán
Acósanos Satán;
Por armas deja ver
Astucia y gran poder;
Cuál El no hay en la tierra.

El segundo  canto  fue  Roca de la eternidad, escrito por el obispo inglés anglicano Augustus M. Toplay (1740-1778) y compuesto por el músico  presbiteriano norteamericano Thomas Hastings (1784-1872). Este himno compara describe a Jesucristo como la roca de la eternidad:

Roca de la eternidad,
Fuiste abierta Tú por mí;
Sé mi Escondedero fiel,
Sólo encuentro paz en ti;
Rico, limpio Manantial,
En el cual lavado fui.

Durante la semana el programa del congreso se desarrolló en la capilla del Colegio Candler, y cada reunión se inició con una hora devocional donde se buscó la inspiración de las tareas diarias en comunión con Cristo. Las reflexiones bíblicas, desde el mensaje místico y dinámico del Dr. Orts González hasta las palabras de bendición y despedida, con las que el Rev. Lango cerró el evento, giraron en torno a la presencia de Cristo.
La comisión de Educación Religiosa trabajó el tema de la liturgia en América Latina. Esta comisión estuvo presidida por el Rev. S. A. Neblett de Cuba y   las conclusiones presentadas fueron las siguientes:

  1. Necesidad de proveer un adiestramiento a los líderes de las iglesias sobre el tema de la adoración.
  2. Realizar un estudio sobre el tema de la adoración en las iglesias evangélicas.
  3. Que el acto de adoración en escuelas dominicales sea parte de una verdadera adoración a Dios.
  4. Que los comités locales se encarguen de velar para que la adoración tenga un objetivo definido en los programas de los cultos.
  5. Desarrollar el aspecto devocional de acuerdo con las necesidades y el desarrollo de los miembros del grupo respectivo.

La diferencia entre el informe de Samuel Guy Inman y el de Gonzálo Baez Camargo es que el primero destaca el cierre del congreso con la sesión realizada en el Teatro de Martí, que fue precedida por un servicio de comunión realizada en inglés en la Union Church y dirigido por el pastor de esa iglesia Rev. Dr. M. A. Chappel. El segundo por su parte destaca no este culto oficial en inglés, sino el encuentro durante la tarde del domingo de junio, cuando los miembros del congreso decidieron reunirse en la misma capilla del Colegio Candler sin tener un programa previo a fin de intercambiar opiniones en forma libre y poder expresarse mutuamente sus sentimientos, ideales y aspiraciones. Este momento sirvió para fortalecer los lazos de fraternidad y la unidad del espíritu. Espontáneamente se entonaron himnos, se realizaron oraciones y diversos hermanos compartieron sus sentimientos en forma sencilla. En un momento dado los presentes formaron un círculo y entonaron juntos el himno escrito por el pastor bautista inglés John Fawcett (1740-1817) “Sagrado es el amor, que nos ha unido aquí.” Estos fueron momentos inolvidables para los presentes, con sus ojos llenos de lágrimas, gratitud y emoción entonando juntos ese canto de unidad:

“Nos vamos a ausentar,
Mas nuestra firme unión,
Jamás podráse quebrantar
Por la separación.”

Este fue el canto en donde todos los presentes representando a España y todo el continente latinoamericano se comprometieron de marcar juntos para contribuir a la renovación de América Latina. Tomados de la mano sostenían juntos la visión de unir fuerzas cristianas a fin de rescatar y servir América Latina en el espíritu de Jesucristo el maestro.

Diaconía
En la sección que trataba la evangelización entre las razas indígenas se veía la importancia de incluir la obra médica, social, y de crear escuelas industriales, rurales  y agrícolas. La diaconía vertida a través del servicio de la medicina se veía como un imperativo de la fe cristiana. El proyecto protestante que se vislumbra en el Congreso de Habana 1929 está orientado a una clase media y ve la alternativa de construir  centros hospitalarios que pudieran atender las necesidades de los miembros de las iglesias. Se recomendaba fortalecer la cooperación interdenominacional a fin de construir hospitales y que en estos se establecieran escuelas de enfermeras e internados para estudiantes de medicina y médicos recién graduados. En los participantes del Congreso de Habana en 1929 vemos una atención especial en atender la nueva situación que vive el continente. Se piensa en las condiciones lamentables del obrero y el campesino. 

La diaconía pasaba por la exigencia de respaldar y sostener a los movimientos que luchaban por establecer una jornada máxima de 8 horas, de justos salarios que permitieran una vida higiénica y confortable. Con respecto a los movimientos de emancipación de la mujer hay un claro llamado a enunciar y defender sus derechos naturales, civiles y políticos. Se hacía imperioso mejorar las condiciones del trabajo de las mujeres en las fábricas y talleres, pero también el de estatuir leyes que la protegieran, y exigir pensiones estatales para viudas y abandonadas. La comisión de la mujeres estuvo conformada por la Sra. Elisa S. de Pascoe (México), Srta. Isabel Govín (Cuba), Sra. Cristina Porro de García (Cuba)y  Lydia Huber (Puerto Rico). Esta comisión consideraba que los objetivos de su estudio era el despertar en la mujer evangélica y no evangélica el concepto de su responsabilidad en la Iglesia, la nación y el mundo. Y dentro de sus recomendaciones consideraban importante hacer una intensa propaganda a favor de la abstinencia total de bebidas alcohólicas, impulsar la lectura de buena literatura entre las mujeres, crear un periódico que permitiera el intercambio de ideas entre todas las mujeres en América Latina.

Keryma
El tema de la evangelización entre los pueblos indígenas estuvo a cargo del Dr. Kenneth W. Grubb, quien trabajaba en el Río de la plata. Después de detallar la situación social, intelectual, económica y religiosa de los pueblos indígenas se llegó a la conclusión que esto no se debía a la inferioridad del indio, sino a su aislamiento, a las injusticias históricas y al egoísmo de blancos y mestizos que se aprovechaban de su producción y de sus riquezas. El propósito central era el de presentar clara y sencillamente el evangelio de la salvación por la fe en Jesucristo. Se consideraba el evangelio como la manera de mejorar su situación y se pensaba en esta tarea cooperando con la incorporación de los indios al desarrollo de los países cultivando sus sentimientos cívicos y patrióticos y observando las leyes y disposiciones gubernativas. La comisión permanente de las mujeres por su parte consideraba que las sociedades femeniles podían organizar asociaciones “misioneras” en los diferentes países y que la mujer participara también en la producción de libros, periódicos folletos y libros para atender necesidades de los niños y  las mujeres.

Kerigmáticamente hablando el Congreso de Habana en 1929 presenta a un Cristo viviente, utilizando como fundamento las palabras del apóstol Pablo: “Porque primeramente os he enseñado, lo que asimismo recibí: que Cristo fue muerto por nuestros pecados, conforme las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; que apareció a Céfas y también a los doce.” (I de Corintios 15:3-5)

Recién se había celebrado el Concilio Misionero de Jerusalén (1928), y la propuesta de este sobre Jesucristo fue aceptada como la base de la reflexión en el Congreso de Habana. Parte de la declaración de Jerusalén afirmaba: “Nuestro mensaje es Jesucristo. El es la revelación de lo que Dios es y de lo que el hombre por su medio puede llegar a ser. (…) Jesucristo, por medio de su vida, de su muerte y resurección nos ha manifestado al Padre como la realidad, como amor omnipotente que reconcilia al mundo a sí mismo por la Cruz; que sufre con los hombres en sus luchas contra el pecado y la maldad; (…) Afirmamos de nuevo que Dios, como Jesucristo lo ha revelado, requiere de todos sus hijos, en todas las circunstancias, en todos los tiempos y en todas las relaciones humanas, que vivan en amor y en justicia para su gloria. Por la resurrección de Cristo, por el don de Su Santo Espíritu. Dios ofrece su propio poder a los hombres para que también ellos puedan ser colaboradores con El y les urge e impele a una vida osada y de sacrificios para preparar la venida de su Reino en plenitud.”

No fue que los participantes  del congreso de Habana en 1929, se pusieran a discutir dogmáticamente el significado de Cristo viviente, sino que sus corazones llegaron a latir a un unísono para reconocer que no sería posible liberarse de la opresión de la religiosidad católica colonial si el protestantismo no fuera capaz de examinarse, de criticase a sí mismo, de reorganizarse, de revalorizar sus experiencias a luz del rostro de Cristo , que la renovación religiosa en Hispano-América” no sería posible sino fuera partiendo de un Jesucristo resucitado, de un “Cristo vivo que regenere el corazón del individuo y que a la vez, transforme la sociedad.”

Martiría
Se entiendo por martiría el testimonio que se brinda en la vida diaria del creyente y de la iglesia que sigue a Jesucristo. El testimonio que reflejan los informes del Congreso de Habana 1929 nos hablan de una iglesia anhelosa de estar presente tanto en los centros urbanísticos como industriales  que empiezan a  desarrollarse en las grandes ciudades y en las zonas rurales del continente a fin de atender las necesidades espirituales, sociales y económicas del pueblo. El servicio y la predicación del evangelio pretende tener también tiene una dimensión eclesial como un significado social. Se percibe la búsqueda de una identidad protestante que está dispuesta a dar testimonio de su fe en alianza con un proyecto liberal que apunta hacia las clases medias y la prestación de servicios en la educación, la salud, la agricultura, y la industria. Pensando en las personas, es un testimonio que quiere expandirse a través de las iglesias, los jóvenes intelectuales, los niños, la clase obrera y las organizaciones femeniles.

Didajé
La educación religiosa es fuertemente enfatizada a través de la necesidad de organizar las escuelas bíblicas y las escuelas evangélicas. Se consideraba muy importante iniciar la preparación de manuales para instruir doctrinalmente a los recién convertidos y la construcción de edificios aptos para impartir las escuelas dominicales. De aquí nació el Comité Central de Educción religiosa formado por el Prof. Erasmo Braga de Brasil, Rev. H. C. Stuntz de la Argentina, Prof. Gonzalo Báez Camargo de México y Francisco Sabás de Cuba. (p. 178). La educación apuntalaba la necesidad de crear escuelas secundarias y escuelas normales de educación. Y en todo se consideraba la Biblia como el libro por excelencia para formar la vida y el carácter de los estudiantes.

Los maestros son importantes en este proyecto de las escuelas evangélicas, pues ellos deberán tener gran interés en los problemas nacionales e internacionales y en los movimientos sociales cívicos y económicos que afectaban a la sociedad. El congreso de Habana 1929 incluye también en la juventud y ve como primordial ofrecerle a estos la oportunidad de estudiar en los centros universitarios los problemas, sociales, morales, económicos y religiosos que afectan al continente. (184)

El CCAL a través de Samuel Guy Inman acompañó la fundación de la revista La Nueva Democracia que empezó a funcionar en 1920 bajo la dirección del exsacerdote católico español Juan Orts González.   Estaba orientada hacia los intelectuales y tenía el propósito de trabajar por la libertad de la conciencia, expresión y el establecimiento de la democracia a través de su visión social cristiana. El Congreso de Habana 1929 contó con la presencia de Juan Orts y varios de los más importes escritores de La Nueva Democracia y fue claro en cederle una vital importancia a la literatura. Los jóvenes líderes además de Inman y Orts, eran Juan Mackay, Gonzalo Baez Camargo, Alberto Rembao, Jorge P. Howard, Samuel Guy Inman, Erasmo Braga, Federico J. Huegel, Daniel P. Ponti, Stanley Rycroft, Moisés Marreno y Angel M. Mergal, quienes impulsaban el proyecto de la importancia de  La Nueva Democraciay la producción literaria. Pues eran conscientes de la influencia de la literatura no solamente  en la iglesia sino también en todo el ambiente social como: los hogares, las escuelas, la política, la administración pública, el comercio la higiene, la legislación, la filantropía, y las relaciones internacionales. (194) 

Conclusión:
El Congreso Hispanoamericano de la Habana marca un momento muy importante en la historia de la fraternidad, la identidad y misión del protestantismo latinoamericano. Si bien es cierto aún no se ha desarrollado un sentido más amplio de la ecumene, de la cual ya el teólogo Juan A. Mackay , comprendía para entonces, se ponen las bases de una fraternidad y una identidad eclesial latinoamericanista. La recomendación de crear una Federación Mundial de Iglesias atisba un proyecto visionario que luego se concretaría, -aún bajo los escombros de la II Guerra Mundial-, a través de la fundación del Consejo Mundial de Iglesias en 1948. Como diría Samuel Guy Inman las iglesias latinoamericanas dejan de ser una copia de las iglesias sajonas y asumen su latinicidad. El celo nacionalista que alimentaron los procesos nacionalistas de las revoluciones nacionales de Cuba y  México son aspectos fundamentales para entender del porque el protestantismo pretende ser la llama de la “renovación religiosa” del continente. Los ideales latinoamericanistas se expresan en el deseo de crear una Federación de Iglesias de América Latina, que encontrará sus embriones veinte años después en la primera Conferencia Evangélica Latinoamericana   y se institucionalizará con la creación definitiva del CLAI en el año 1978 En el aspecto litúrgico siempre hay una gran dependencia anglosajona de la música y letra de los himnos que se entonaban, pero lo novedoso era vivir y asumir sus mensajes de identidad, unidad, fraternidad y renovación en Cristo a la  luz de las nuevas experiencias nacionalistas que vivían los participantes en sus contextos. Las reflexiones en torno al Cristo resucitado empiezan a configurar con diversas notas el pentagrama musical que luego culminará Juan Mackay con su obra maestra El otro Cristo español. El Congreso Hispanoamericano de Habana en 1929  levanta en el pedestal a los jóvenes, mujeres e intelectuales, porque ve en ellos la dinamita para hacer transformaciones no solo al interior de las iglesias, sino también en la sociedad y las estructuras políticas de América Latina. Así se gestó nuevas dimensiones de la misión en un pequeño y casi “insignificante” grupo de mujeres, jóvenes y líderes protestantes que como la luz de lámpara en las Sagradas Escrituras, quería ser testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesús para renovar el continente latinoamericano.

Jaime Adrián Prieto Valladares es profesor de historia de la Iglesia en  la Universidad Bíblica Latinoamericana.

Gonzálo Baéz Camargo, Hacia la renovación religiosa en Hispano-América, Resumen e interpretación del Congreso Evangélico Hispano-americano de la Habana, México: Casa Unida de Publicaciones, S. A., 1930.

Samuel Guy Inman, Evangelicals at Havana. Being an Account of the Hispanic American Evangelical Congress, at Havana, Cuba, June 20-30, 1929, New York City: Committee on Cooperation in Latin America, 1929.

Wilton M. Nelson, “En busca de un protestantismo latinoamericano. De Montevideo 1925 a La Habana 1929”, en: CLAI, Oaxtepec 1978, Unidad y misión en América Latina, EEUU: Consejo Latinoameicano de Iglesias (en formación), CLAI, San José, Costa Rica,  1980, p. 31-43.

Tomás Gutiérrez, “De Panamá a Quito: Los congresos evangélicos en América Latina. Iglesia, misión e identidad (1916-1992), en: Tomás Gutiérrez, Los evangélicos en Perú y América Latina. Ensayos sobre su historia, p. 177-230.

Carlos Mondragón, “Mentalidades y proyectos de evangelización ecuménica en América Latina en la década de los veintes”, en: Tomas Gutiérrez (Compilador), Protestantismo y cultura en América Latina. Aportes y proyecciones, Quito: Consejo Latinoamericano de Iglesias-CEHILA, 1994, p. 251-260.

Dafne Sabanes Plou, Caminos de unidad. Itinerario del diálogo ecuménico en América Latina 1916-1991, Quito: CLAI-CEHILA, 1994, p. 14-19.

Samuel Silva Gotay, El significado histórico del Congreso Evangélico Hispanoamericano del Norte de América Latina, celebrado en la Habana, Cuba en 1929. Conferencia en la celebración de los ochenta años del Congreso de la Habana, Habana, 22 de junio del 2009.

Eliseo Vílchez-Blanca, El congreso de la Habana 1929. Interpretaciones y procesos a considerar, Habana, Conferencia en la celebración de los ochenta años del Congreso de la Habana, Habana, 22 de junio del 2009.

Rodolfo R. Juárez, Antecedentes históricos y vigencia del Congreso Evangélico Hispano-americano de la Habana, 1929, Conferencia en la celebración de los ochenta años del Congreso de la Habana , Habana, 22 de junio de 2009.

Marco Antonio Ramos, Panorama del Protestantismo en Cuba, Editado en  EE.UU., San José:: Editorial Caribe, 1986, p. 25-34.

Calixto Castillo Téllez, La iglesia protestante en las luchas por la independencia de Cuba (1868-1898), La habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2003.

Sylvester Jones, Ideas y críticas acerca de la obra evangélica en Cuba, La Habana: 1926, p. 8-9. Citado en: Marcos Antonio Ramos, Panorama del Protestantismo en Cuba, op. cit.,  p. 332-333.

  Sobre todo fueron los medios de prensa argentinos que canalizaron su descontento con la política panamericanista norteamericana, criticando  poco antes del Congreso Panamericano de 1928  sus intervenciones militares en México y Nicaragua.  La delegación de Argentina decidió aprobar el proyecto de convención de este congreso, pero hizo la reserva de que lamentaba que no se incluyeron en dicha convención los principios económicos que sustento en el seno de la misma. Véase Historia general de las relaciones exteriores de la República Argentina. La sexta Conferencia Panamericana (La Habana, 1928), en: http:ucema.edu.ar/ceieg/arg-rree/8/8-042.htm, consultado el 19 de abril del 2010.

Detalles de América Latina como el “continente olvidado” en la tradición de los misioneros interesados en el trabajo misionero en este continente y la designación del mismo como la “manzana de la discordia” entre las misiones  norteamericanas y las misiones europeas véase la exahustiva investigación de Arturo Piedra, Evangelización protestante en América Latina. Análisis de las razones que justificaron y promovieron la expansión protestante 1830-1960, Tomo I, Quito: Departamento de Comunicaciones del CLAI, Edición de la Universidad Bíblica Latinoamericana y el CLAI, 2000.

Comité de Cooperación, Conference on Mission in Latin America (Comité de Cooperación, Nueva York, 1913), p. 87-89. Citado en Dafne Sabanes Plou, Caminos de unidad. Itinerario del Diálogo Ecuménico en América Latina 1916-1991, Ecuador: CLAI-HELA, 1994, p. 4-5.

Published for the Committee on Cooperation in Latin America, Christian Work in Latin America. Survey and Occupation, Message and Method Education,   New York City:   Missionary Education Movement of the United States and Canada,  Vol. I, 1917, p. 7.

Robert E. Speer, Samuel G. Inman, Frank K. Sanders (Committee on Cooperation in Latin America), Christian Work in South America, Official Report of the Congress on Christian Work in South America, at Montevideo, Uruguay, April 1925, London and Edinburgh: Fleming H. Revell Company, Volume II, MCMXXV.

Véase el testimonio de Juan A. Mackay, Las iglesias Latinoamericanas y el Movimiento Ecuménico, New York: Comité de Cooperación en América Latina, Concilio Nacional de las Iglesias de Cristo en los EEUU, 1961, p. 12-13.

Ya Samuel Guy Inman había percibido este asunto del Congreso en Habana. Véase en: Samuel Guy Inman, Evangelicals at Havana, op. cit. p. 42.

Herminio Rodríguez había sido había sido miembro de la Legislatura del Estado de Tamaulupas cuando el presidente Portes Gil era gobernador. Según el testimonio de Samuel Guy Inman se había desilucionado de la política y convertido a Cristo. Trabajó con la Asociación de Jóvenes Cristianos en Uruguay y luego regresó a  la ciudad de México, donde ejercía mucha influencia entre jóvenes universitarios. Véase: Samuel Guy Inman, Evangelicals at Havana. Being an Account of the Hispanic American Evangelical Congress, at Havana, Cuba, June 20-30, 1929, New York City: Committee on Cooperation in Latin America, 1929, p. 42-43.

Gonzálo Baez Camargo, Hacia la renovación religiosa en Hispano-América, Resumen e interpretación del Congreso Evangélico Hispano-americano de la Habana, México: Casa Unida de Publicaciones, S. A., 1930. Ibid, p. 82.

Gonzálo Baez Camargo, Hacia la renovación religiosa en Hispano-América, Resumen e interpretación del Congreso Evangélico Hispano-americano de la Habana, México: Casa Unida de Publicaciones, S. A., 1930.

Ibid p. 135.

Ibid p. 21.

Véase el texto completo de este himno en: Alianza Cristiana y Misionera, Himnos de la Vida Cristiana. Una colección de antiguos y nuevos Himnos de Alabanzas a Dios, New York: Christian Publications, Inc., 1967, Canto No. 10.

Véase el texto completo de este himno en: Op. Cit. , Canto No. 151.

Samuel Guy Inman, Evangelicals at Havana, p. 115-116.

Samuel Guy Inman, Evangelicals at Havana, p. 134.

La música de este himno es  del músico  y pedagogo suizo Hans Georg Nägeli (1773-1836).

Gonzálo Baez Camargo, Hacia la renovación religiosa en Hispano-América, p. 104-108.

Ibid, p. 172.

Samuel Guy Inman, op. cit. p.95-96.

Gonzálo Báez Camargo, op. cit., p. 26.

  Ibid, p. 142.

Véase: “Nuestro saludo y nuestro programa”, en: Juan Orts González (Director), La nueva Democracia, Enero 1920, No. 1, Vol. 1, p. 1.  Citado en Carlos Mondragón, “Mentalidades y proyectos de evangelización ecuménica en América Latina en la década de los veintes”, en: Tomás Gutiérrez (Comp.), Protestantismo y cultura en América Latina. Aportes y Proyecciones, Ecuador: Clai-Cehila, 1994, p.251-260.

Como puede notarse en los documentos del Congreso de la Habana 1929 no se utiliza la palabra ecumene. Sin embargo ya en la Conferencia de Misiones Extranjeras de Norte América, celebrada en Atlantic City en enero de 1928, ya Juan A. Mackay utilizaba esa palabra para referirse “al mundo de hoy”, a “la tierra habitada”  de acuerdo al empelo que le daba Keyserling en su libro El Mundo que Nace. Al respecto véase: Juan A. Mackay, Las Iglesias Latinoamericanas y el Movimiento Ecuménico, op. cit., p. 5-10.

A.F. Sosa, L. E. Odell y José Quiñones (Ed.), El cristianismo Evangélico en la América Latina. Informe y resoluciones de la Primera Conferencia Evangélica de América Latina, 18 al 30 de julio de 1949, Buenos Aires, Buenos Aires: Editorial La Aurora, México: Casa Unida de Publicaciones, 1949.

Juan A. Mackay, EL otro Cristo Español, Guatemala: Editorial Semilla, México: Casa Unida de Publicaciones, Buenos Aires: Ediciones la Aurora, México, 1989.