Visión y perspectiva desde la Iglesia Católica 

Mons. Rodolfo Valenzuela Núñez. Obispo de la Verapaz.

Hay sin duda una coincidencia muy importante entre el tema central que  provocó la reunión de Edinburgo en 1910 y la situación actual de nuestras Iglesias y comunidades  cristianas.  Se trata del tema de la Misión, los interrogantes sobre el terreno de la práctica que cuestionaron a quienes convocaron la reunión de hace un siglo reflejaban una toma de conciencia renovada sobre el significado y finalidad de la misión cristiana.  Sobre todo la misión dirigida a pueblos en los que no se había aún anunciado el Kerygma de Cristo muerto y Resucitado por nuestra salvación.   Se trataba en ese momento de lo que en la iglesia Católica se ha llamado misión ad gentes.  Sin duda era un cuestionamiento diverso de aquel proveniente de la siempre necesaria misión ad intra de las mismas Iglesias, la acción constante para crecer en el discipulado cristiano a los que ya han escuchado el kerygma primitivo.

La Iglesia católica se encuentra sobre todo a partir del concilio vaticano II en una fase de nueva misión, aunque se trata de la acogida del mandato que viene desde el mismo Cristo, las nuevas circunstancias  del mundo, la historia y las mismas religiones, plantean nuevos interrogantes y nuevas posturas prácticas.  El concilio Vaticano II ayudó a una muy seria profundización de la identidad misma de la Iglesia y su misión en el mundo, sobre todo reflejada en sus documentos finales La Constitución dogmática sobre la Iglesia denominada Lumen Gentium en latín y la constitución pastoral sobre la Iglesia ante el mundo actual, denominada Gaudium et Spes.

A partir de entonces la iglesia  ha logrado verse a sí misma más precisamente como sacramento de  salvación, y sobre todo como sacramento del Reino, lo cual implica que está al servicio de una realidad más abarcadora que es el Reino, centro del anuncio de Jesús y centro de su mensaje.  Superado una visión preconciliar eclesiocéntrica, con sus consecuencias para la misión también, ahora la Iglesia se ve en una perspectiva reinocéntrica, sus esfuerzos, su acción en medio del mundo y sobre todo lo más profundo de su ser se consideran en orden al Reino de Dios y su justicia, concepto riquísimo de significado y redescubierto en todo su valor también gracias a las enseñanzas del concilio vaticano II.

El antiguo aforismo teológico “fuera de la Iglesia no hay salvación “ se ha visto profundamente cuestionado y su sentido se ha precisado  al considerar una visión teológica de la Iglesia no circunscrita a los moldes históricos de la Iglesia católica romana sino a unos  parámetros mucho más amplios, en los que se considera la pertenencia a la Iglesia de todos los bautizados y aún de hombres y mujeres de buena voluntad, que en virtud de su conciencia serían beneficiarios de la única salvación aportada por Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

Este trasfondo teológico tiene sus consecuencias importantes para la misión, que tiene que seguir siendo afirmada como la obediencia al mandato del mismo Señor “vayan por todo el mundo y anuncien el evangelio a toda criatura, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo..  Pero que ya tiene que incluir en su praxis la consideración de hermanos y hermanas de otras Iglesias y denominaciones cristianas, que han escuchado el kerygma primitivo  e incluso han recibido el Bautismo y a quienes estamos unidos por estos vínculos.  La Misión sigue teniendo el objetivo de hacer de la  humanidad entera una en Cristo, de “Recapitular en El ,todo”,  pero ha de considerar que la unidad básica con los hermanos de otras confesiones cristianas está ya dada y la tarea es de profundizarla y hacerla plena bajo la acción del Espíritu Santo.

La misión hoy tendrá que tomar en cuenta también a partir del concilio vaticano II y sus enseñanzas sobre las otras religiones  que en todas ellas hay “semillas del Verbo, como lo dijera uno de los Padres de la Iglesia San Ireneo, y que implican una actitud de diálogo y de búsqueda conjunta de la verdad y no una imposición de un mensaje para asimilarles simplemente a nuestra institución eclesial.  Todo el campo del diálogo  interreligioso y de la inculturación del evangelio. 

Estos son pues a grandes rasgos, algunos de los retos que desde la iglesia Católica tenemos en este inicio del siglo XXI.

En la realidad Latinoamericana todo este contexto nos ha marcado también  y, preparado por varios acontecimientos y conferencias generales del episcopado, ha cuajado en una convocatoria a la así llamada MISION CONTINENTAL, a partir de la Vª conferencia General, celebrada en Aparecida, Brasil en 2007.  La Iglesia en Latinoamérica se considera en el momento actual llamada fuertemente a la Misión, con la característica particular de ser una llamada a la misión no como un evento esporádico y aislado y menos aún proselitista sino a un estado permanente de misión, que no busca destinatarios sino interlocutores, que quiere partir de un cuestionarse a sí misma sobre su identidad y su misión, llamando a cada uno de los fieles a un verdadero encuentro o re-encuentro con Cristo y a  fortalecer el seguimiento del mismo, la Misión en ese sentido ha de comenzar por casa, sacudiendo fuertemente a quienes se han instalado en la rutina y en la  pasividad sin creatividad y a quienes se han encerrado en sí mismos , para que renueven su encuentro con Cristo y a partir de El renueven la inevitable necesidad de anunciarlo a los demás.   Estamos en la mayoría de las Diócesis latinoamericanas en un proceso llamado misión continental, que va precedido por un camino de sensibilización sobre la necesidad de la misión, que comienza por  la conversión personal y la conversión pastoral,

  • Que abre nuestros ojos a tantísimos hermanos y hermanas cristianos católicos bautizados pero no evangelizados, a los que llamamos alejados
  • .Que abre nuestros ojos ante los hermanos y hermanas de confesiones cristianas con quienes estamos invitados por el mismo Señor a vivir en comunión, con eso la misión continental tiene necesariamente una fuerte veta ecuménica. 
  • Que abre nuestros ojos ante tantos y tantas que no conocen a Cristo y que en el contexto actual del mundo globalizado, se sienten perdidos en medio de una vida sin sentido cuando sólo se les plantea el poder económico y el placer sin reglas y el individualismo egoísta en una palabra. 
  • Que abre nuestros ojos ante los hermanos y hermanas que profesan otras religiones, y también religiones locales como puede ser la espiritualidad de los pueblos mayas, y nos llama al necesario diálogo inter religioso, campo en el que al menos en nuestra Iglesia en Guatemala aún hemos dado pocos pasos.

Estamos, pues ante un momento de gracia y de desafío, los problemas que nos aquejan no son pocos, tanto al interno de la misma Iglesia como desde fuera, pero  confiamos en la Gracia del Señor en quien todo lo podemos.   Estamos llamados a abrir puertas y crear puentes que hacen falta, Estamos llamados a responder con todos y todas ante la avalancha de problemas que afectan a nuestro país y que son causa común para quienes nos decimos discípulos de Cristo, lejos de enfrentamientos, críticas mutuas y proselitismos  nos preocupa el creciente empobrecimiento de nuestro país, tanto en las poblaciones rurales como entre quienes viven en las áreas marginales y suburbanas,  nos preocupa el creciente incremento de la violencia en cuya raíz hay una profunda des valoración de la vida,  impunidad, ingobernabilidad, aparición de maras, corrupción, poderes paralelos, narcotráfico, explotación minera a cielo abierto y otras amenazas al equilibrio ecológico, migración, crisis en la familia, etc.

Vemos, pues, desde la Iglesia católica con alegría, la ocasión de los 100 años del ecumenismo contemporáneo, para fortalecer nuestros vínculos con los hermanos y hermanas cristianos de otras Iglesias y comunidades  y como una preciosa ocasión para fortalecer la misión común a la que el Señor nos convoca:  “Que todos sean uno para que el mundo crea.”