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ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 093 – Enero de 2008
Instituto Universitario ISEDET
Aut. Prov. Nº 1340/01
Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET
Buenos Aires, Argentina
Este material puede citarse mencionando su origen
Responsable: Néstor Míguez
Domingo 6 de enero de 2008, Epifanía
Isaías 60:1-6; Sal 72; Ef 3:1-12 (Ef 3:1-14 EEH 58), Mt 2:1-12 (EEH 22)
Ubicación
El texto que hemos de estudiar se nos presenta, en el leccionario, en el contexto de las lecturas de “Epifanía”. Esta palabra significa, en su raíz griega, mostrarse o aparecer, hacerse visible o revelar; también brillar sobre, desde arriba. Más vulgarmente la llamamos, en nuestros países, la “fiesta de los reyes magos”, y está rodeada de antiguas leyendas, es cantada en villancicos populares, se festeja con regalos para los niños, y en algunos países toma más fuerza que la misma fiesta navideña. Litúrgicamente se vincula con la apertura a los gentiles: estos sabios “paganos” que, al ver la aparición de la estrella sobre ellos (de allí viene el nombre de “epifanía”) inquieren sobre el nacimiento y adoran al niño ofreciéndole sus dones. Este momento del año litúrgico genera un nuevo marco de lectura para el texto de Isaías, que proyecta este pasaje del profeta más allá de su significación para el Antiguo Testamento y lo relee como promesa que se cumple en Jesús.
Este texto es parte del llamado “Tercer Isaías”. Los comentaristas suelen dividir el libro en tres partes, originándose la primera de ellas en tiempos anteriores al exilio cuando aún existían los reinos de Israel y Judá (1-39, aunque hay varias interpolaciones). La segunda parte tendría lugar en tiempos del exilio –aunque no necesariamente en el mismo (40-55), con sus anuncios de consuelo y restauración, con un mensaje de aliento y de condena a Babilonia y los cantos que exaltan al Siervo del Señor. La tercera sección (56-66) habría surgido al posibilitarse la reconstrucción de la ciudad y comenzar el regreso de los que habían sido exilados en Babilonia. El poema que inicia el capítulo 60 es parte de esta última sección, y lo caracteriza la esperanza y alegría que produce en el profeta y su entorno la posibilidad de que, volviendo a su tierra y reconstruyendo la ciudad capital de Judá, se cumplan las promesas mesiánicas y el pueblo de Israel pase a ocupar un lugar central en el concierto de las naciones, y su Dios sea reconocido y alabado por todos los pueblos.
Cabe mencionar que una lectura atenta muestra, sin embargo, que su visión es distinta de la que podemos apreciar en Esdras y Nehemías: para Isaías la ciudad será reconstruida con la participación de todos los pueblos (60:10) y será receptora de gentiles, contrastando con las estrictas normas de pureza racial y exclusión de los extranjeros que marcan los otros libros. Esto muestra que entre los propios israelitas había más de una “teología del retorno”, y que la esperanza mesiánica era, para muchos, más amplia que solo Israel. Si bien en Isaías aún se destaca el lugar de esta nación elegida y cierto etnocentrismo israelita no desaparece totalmente, se nota una amplitud y generosidad que son los que permitirán que este texto sea luego leído, como lo hace el leccionario, en el sentido de una apertura a los pueblos gentiles.
Notas exegéticas
En su sentido original, el poema está dirigido a Jerusalén/Sión, en continuidad con el capítulo anterior (59:20). En el plano lingüístico todo el capítulo aparece dominado por el verbo “entrar” (que en sus distintas formas hebreas puede significar venir, conducir, enviar –hacer ir—o incluso traer) Si nos fijamos en nuestro texto veremos como juegan un papel fundamental esta familia de palabras. También hay otro juego en torno de la idea de luz y visión (resplandece, se le pide a la ciudad). Aunque el primer mandato es “Levántate”, dicho a la ciudad en ruinas, cuya reedificación comienzan los retornantes del exilio.
Es un contraste con lo que el “Segundo Isaías” dice de Babilonia en Is 47:1-5, donde se ordena a Babilonia bajar (en lugar de levantarse), ser expuesta en vergüenza (en lugar de recibir la gloria de Dios), y ser cubierta de tinieblas (en lugar de brillar). Pasó el momento de poder de la Babilonia opresora y ahora se espera que sea la Jerusalén restaurada la que reúna a los pueblos, no ya porque los lleva desterrados y cautivos, sino porque son atraídos por su luz y belleza, por la presencia del Dios del Universo. Mientras el resto del mundo sigue en tinieblas, la Jerusalén de la esperanza reunirá a sus hijos e hijas dispersos y congregará la muchedumbre (de personas y bienes) con los que alaban al Señor. Entre estos bienes se mencionan el oro y el incienso: el oro como símbolo de la riqueza, y el incienso representando la santidad cultual. También se mencionan los camellos (que luego entrarán en la leyenda de los magos); aunque si seguimos leyendo el poema del v. 7 en adelante veremos que se mencionan otros animales, aptos para los sacrificios del templo. Las características de la ciudad reconstruida, según vemos en el resto del capítulo, inspiran la visión de la Jerusalén celestial en Ap 21.
Este resplandor de la ciudad, ese brillo (que lo asocia con la idea de “epifanía”) permite dos cosas: iluminar a las naciones y a sus reyes, para que salgan de su oscuridad y puedan reconocer el lugar donde “amanece el Señor” (v.2), levantándose como el sol, e iluminar el camino de los hijos e hijas que vuelven a la ciudad santa. Es decir, ese resplandor atrae tanto a los hijos e hijas dispersos de Israel como a los pueblos gentiles, que ahora alaban al Señor.
Los verbos definen los tres movimientos que el texto quiere destacar: “Alzarse” la ciudad, Dios mismo, los hijas cansadas (que serán acompañadas –la traducción del v. 4 no debe leerse “en brazos”, sino “abrazadas”, en el gesto del que sostiene al lado al compañero o compañera con quien camina: literalmente: tus hijas serán cargadas al costado); “resplandecer”, irradiar la luz, brillar, con la gloria del Dios que alumbra y guía con su presencia, aventando la oscuridad impuesta por los poderes opresores, y “entrar” –volver, venir—la amplia recepción a todos los que ahora se disponen a alabar al Señor. Sin duda el pasaje se presta para la fiesta de la Epifanía. Nace la gloria de Dios en el niño que alumbrará a todos los pueblos e invita a todos a venir a Él, a andar los caminos de este mundo guiados por su luz.
Proyección hermenéutica y homilética
Podemos sugerir dos formas de presentar el texto. Por un lado, de un modo más tradicional, señalando el sentido de apertura de la bendición de Dios: la elección de Israel y la restauración de Jerusalén no es, en la visión de Isaías, una declaración de exclusividad, sino que está puesta al servicio de iluminar a toda la humanidad. Epifanía es la celebración de como, en el nacimiento de Jesús, ese anuncio encuentra cumplimiento, y la venida de los magos de Oriente es señal y proyección de esa presencia. Levantarse, brillar e ir: tras acciones que hoy convocan a la misión cristiana, que proclama que ese anuncio tiene poder para levantar las tinieblas de nuestro mundo en el amanecer de Dios.
Pero también es sugerente reflexionar sobre la fuerza de las Escrituras de ir más allá de su propósito y contexto inmediato. Un texto que expresa la esperanza y alegría que significaba la posibilidad de volver a su tierra y el reencuentro de hermanos y hermanas, ahora se utiliza para decir que toda la tierra y que toda la humanidad es el sujeto y objeto de la revelación divina. No en el sentido de “que se cumplió lo que está escrito” como una realización literal del detalle (de hecho uno tiende a pensar que el relato de los magos fue influenciado por la lectura de este y otros pasajes similares). Si bien el texto no es expresamente citado en Mateo (para quien la ciudad de Jerusalén es lugar de muerte y no de vida), si es evocado en la liturgia, y nos ayuda a interpretar el hecho de Cristo. Así pasa también en nuestras vidas: cosas que fueron dichas o realizadas con un sentido y ocasión adquieren un nuevo significado en otras circunstancias. Cuando el amor de Dios inspira un mensaje, ese mismo amor lo hace potente para proyectarse como un don que nos ilumina también en otros momentos de nuestro andar.
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