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ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 065 – Septiembre de 2005 Instituto Universitario ISEDET Autorización Provisoria Decreto PEN Nº 1340/2001 Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET Buenos Aires, Argentina Este material puede citarse mencionando su origen Responsable: Pablo Andiñach Domingo 25 de septiembre de 2005 Sal 25:1-9; Ez 18:1-4, 25-32; Fil 2:1-13 ( 5-11 ); Mt 21:23-32 El texto de Filipenses es uno de los pasajes más apreciados de la carta. A los vs. 5-11 se lo suele llamar el “himno cristológico” pues tiene forma poética y concentra en pocas líneas una descripción y exaltación del Señor como en pocos otros textos. Es notable que esta descripción se presente en relación con 1-4 donde se habla de la conducta que se espera del creyente. Es decir, que el texto viene diciendo como debe ser la vida del cristiano y finaliza ejemplificando con la vida de Cristo. La frase “haya pues en vosotros ese sentir que hubo también en Cristo Jesús” indica que el modelo de vida es él y que en la medida que el creyente busque orientación para su vida la respuesta está en el “sentir” de Cristo, en su disposición a poner su vida al servicio de Dios y el prójimo. Predicar sobre este texto supone elegir algunos de los tantos puntos de entrada que posee y los temas que presenta. En esta breve ayuda homilética nos concentraremos en dos aspectos: la decisión de Dios de hacerse ser humano y la exaltación del nombre de Jesús. ¿Qué significan estos dos aspectos y qué consecuencias tienen para nosotros? Dios se hace uno de nosotros La teología denomina esto la encarnación. A diferencia de los Dioses griegos o Mesopotámicos, el Dios de la Biblia decide humanizarse y viene a habitar con los seres humanos. Esto no solo era inaceptable para griegos y orientales sino también para la teología judía de su tiempo. De hecho el mesías esperado no sería una encarnación de Dios sino un líder designado por Dios para liberar a su pueblo. Lo que se esperaba era un nuevo David o un nuevo Elías, es decir, hombre de Dios que con su ayuda y en base a su fe y disposición a cumplir con su voluntad pusieran fin a la opresión cultural, religiosa y económica que los romanos habían impuesto sobre Israel. En su historia habían tenido muchos “salvadores”, tales como Moisés, Zorobabel, Esdras, Josías, que habiendo sido personas pecadoras supieron obrar de modo que la voluntad de Dios se expresara a través de ellos. Con esos modelos se construía la esperanza mesiánica de Israel. Es cierto que el concepto de mesías era algo más que un simple líder, pero también es cierto que el “ungido” esperado surgiría de lo mejor de Israel y sería una persona iluminada como lo habían sido aquellos grandes padres del pueblo. Es evidente que la irrupción de Jesús sorprendió a unos y otros. Unos –los romanos- porque no entendían que un galileo pobre podía pretender ser rey de Israel y liderar a su pueblo en los caminos religiosos y sociales. Otros –los judíos- porque no aceptaban que ese que caminaba junto a ellos y se reunía con personas de la más baja calaña podía ser un elegido de Dios para transmitirle su mensaje. Menos aún que podía ser hijo de Dios… En ese ambiente hostil a toda novedad en el plan de Dios es que al creador se le ocurre enviar a su hijo. ¿Por qué no esperar un mejor momento? ¿Por qué no demorarse hasta que la humanidad estuviera en una posición más apta para aceptar al mesías? Si bien esas preguntas no tienen ni tendrán respuesta es importante comprender que el compromiso de Dios en Cristo no lo fue para un momento en particular sino para todos los tiempos y todos los lugares. En ese sentido “el lugar y la hora” no son relevantes en sí mismos sino que lo importante es su proyección a todos los lugares y tiempos. En Hijo de Dios vino en aquel momento para llenar con su gracia todos los momentos. El texto dice que “siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo”. Esta es una oportunidad para meditar sobre la encarnación. ¿Cuál era la necesidad de Dios de hacerse ser humano? La respuesta es clara y contundente: ninguna. No es Dios el que necesita hacerse ser humano sino que lo hace por nosotros . Somos nosotros los que recibimos la bendición de poder compartir con Dios nuestros días y trabajos. Es nuestra necesidad de encontrar claridad en el mensaje de Dios que lleva al Señor a hacerse uno como nosotros y mostrarnos que está dispuesto a padecer nuestros límites y morir por nosotros. La encarnación tiene como fin que podamos acercarnos más a Dios y conocer mejor su plan para nuestra vida. Entonces comenzamos a comprender la densidad de lo que hizo Dios. Al abandonar la “forma de Dios” el Señor demuestra un compromiso con lo humano –con nosotros- de una radicalidad tal que no siempre comprendemos. Asume todas las limitaciones que nos son propias: una geografía, un tiempo, una cultura, un cuerpo y con ello todas sus características: una raza, un sexo, un particular color de piel y ojos. Habló la lengua de su tiempo y lugar, no otra. Visitó tal aldea y tal familia y no otras. Pudo dirigirse a pocas personas –las que habitaban esa geografía y tiempo, las que estaban donde él estaba- y no a la mayoría de las personas que habitaban el globo, incluso en su mismo tiempo. Dejar se “ser Dios” (que no tiene límites espaciales ni temporales) tuvo un costo inmenso para él y produjo una ganancia infinita para nosotros. De entrada debemos descartar la supuesta santidad de los momentos elegidos. Nada en los evangelios sugiere que Palestina haya sido más santa que otras tierras, ni que la lengua aramea tuviera algún signo de particular bendición. Tan vulgar era que a los pocos siglos fue abandonada y murió como lengua. Ni el siglo que luego llamaríamos I mejor tiempo que el XVI o el XXI. La encarnación no se efectúa como premio a una época ni a un lugar sino como respuesta a las necesidades de las personas de reconocer en ese hombre de Galilea al enviado de Dios, a su Hijo, que no se desentiende de nosotros –como un Dios que vive en la soledad del cielo- sino que da su vida para rescatar la nuestra. La exaltación de lo humano En la encarnación Dios manifiesta su amor por lo humano y su respaldo a lo mejor de nosotros. Jesús se comprometió de tal manera con nuestra vida y nuestros límites que es a partir de ver en él alguien asumió nuestras fragilidades como podemos acercarnos más a su mensaje. Podemos decir que porque Cristo fue judío es que puede recrearse desde los indígenas o desde nuestras identidades regionales; porque fue varón es que puede ser comprendido desde la experiencia de ser cabalmente mujer; porque fue pobre es que revela la inhumanidad de la opresión y las injusticias. Jesús fue un marginado religioso por las autoridades sacerdotales de su tiempo y es así que puede ser comprendido desde la fe de la Iglesia. Ver a Cristo como el Dios que decide abandonar el privilegio de una existencia sin contradicciones y sin desafíos nos revela que su mensaje más que denunciar la fragilidad de la vida la exalta y la coloca como un valor sagrado. Ahora podemos decir que no solo somos esta criatura humana que tiene en sí misma mucho de la irracionalidad de aquellos antepasados que vivían en los árboles y comían frutos silvestres sino que Dios mismo asumió esta nuestra forma. A las virtudes de la “forma de Dios” ahora se le debe agregar que haya aceptado –y por lo tanto jerarquizado con su presencia- la “forma humana”. ¿Qué haremos con esta forma humana? Habiendo recibido la bendición de que Dios se hiciera ser humano y comparta nuestra vida, debemos preguntarnos que haremos con esta vida que tenemos. Al conocer Cristo ya no es posible pensar que estamos aquí solo para durar, para pasar un tiempo sin sentido donde lo único que puede valer es sacarle el mejor provecho sin preguntarnos por otra cosa que no sea nuestro propio bienestar. La jerarquía de la vida humana ha sido puesta en lo más alto por la acción de Dios y por su compromiso. ¿Qué pues haremos con ella? La vida del creyente, de acuerdo a este pasaje, debe exaltar el nombre de Jesús. Sin duda que esta expresión puede interpretarse de muchos modos, pero en el contexto del himno es evidente que la exaltación del nombre de Jesús se presenta en contraste con la multiplicidad de deidades que adornaban el panteón romano y también en relación con la deificación del César. La afirmación a los creyentes que viven en Filipos es que el único que merece que se arrodillen delante de él es el Cristo. Y este derecho no lo tiene por la misma razón que lo reclaman los ídolos o el César sino porque este Dios –el verdadero Cristo- dio primero su vida por la nuestra. Mientras que dioses y césares reclaman adoración a la fuerza y en respuesta al miedo y las represalias; mientras que ellos nada han hecho por su pueblo sino oprimirlo y aprovecharse de él, el Dios de la Biblia ha enviado a su Hijo y a vivido y muerto por nosotros. La adoración no es producida por la vanagloria de Dios sino por la “acción de gracias” del creyente que reconoce en su Dios alguien que se ha jugado por él. Es importante insistir en el origen de la gratitud a Dios. Muchas veces se piensa que la adoración y la gratitud son una exigencia de Dios. Que el cristiano debe adorar a Dios porque él así lo pide. Nada más lejos de la voluntad de Dios que esos pensamientos. El no nos bendice para “cobrarnos” luego en plegarias y adoración, como tampoco escucha nuestras oraciones para que luego le “abonemos” el servicio de prestarnos la oreja. Dios nos bendice y escucha porque nos ama, y quien ama –y especialmente cuando es Dios el que ama- lo hace sin pedir nada a cambio. La gratuidad del amor de Dios es su signo y su sentido. Libera a los esclavos de Egipto, levanta a los profetas, convoca a los líderes de la fe, reúne a los discípulos de Cristo, da fuerzas al apóstol Pablo y sus colaboradores, y tantos otros actos más que si quisiéramos pagarlos no alcanzaría la vida. Entonces la alabanza y la adoración no son exigidas por Dios sino una respuesta natural y espontánea a las bendiciones recibidas. ¿Podemos no ser agradecidos ante tal regalo? ¿Olvidaremos fácilmente lo que el Señor ha hecho y hace por nosotros como para olvidar cantar salmos en su nombre? En la predicación es importante no omitir el sentido de estos conceptos para el oyente. La claridad teológica debe alimentar la claridad en la opción concreta de vida y su consecuencia para la misión de la Iglesia o en caso contrario no existe tal claridad teológica o es irrelevante. La pregunta por ¿Cuáles son las opciones que como creyentes hacemos y cuál es el criterio para llevarlas adelante? ¿Cómo se expresa en nuestra vida la exaltación de Cristo como Señor y salvador de la creación? ¿Y cómo refleja eso en la vida y misión de la Iglesia? deben ser las que primen en nuestro sermón. Conclusión y esquema El mensaje deberá enfatizar: La decisión de Dios de hacerse ser humano. Las consecuencias para la vida humana, su valoración y prestigio. La invitación a exaltar el nombre de Jesús por sobre toda otra potestad. Llamar a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Proponemos el siguiente esquema para un sermón sobre este texto: Introducción explicando el carácter hímnico del texto. ¿Qué es la encarnación? Qué significa que Dios se haya hecho ser humano. La “forma de Dios” y la “forma de ser humano” Buscar vivir de acuerdo al Dios que asumió nuestras limitaciones. Explicar que de ese modo Dios exaltó la vida humana y la colocó por encima de todo. ¿Qué haremos entonces con esta vida? ¿Vivir de acuerdo al evangelio o gastarla en cosas superficiales? La alabanza como respuesta a las bendiciones de Dios. Invitar a la fe y confianza en el Dios que está al lado nuestro. Conclusión: Invitar a compartir esa fe y esa confianza.
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