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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
ESTUDIO EXEGÉTICO-HOMILÉTICO 069 - Diciembre de 2005 Sal 98(1-4); Is 52:7-10; Heb 1:1-6; Jn 1:1-18 Domingo significa "el día del Señor", y viene del latín dominus (señor). En la tradición cristiana reemplazó al sábado judío como día dedicado a la fe y la devoción. Este año la Navidad coincide con "el día del Señor" y es oportunidad para reflexionar sobre su sentido una vez más. ¿Qué celebramos hoy? Son varias las cosas que convergen en la Navidad y en general solemos pasarlas por alto. Nos detenemos en la querida historia del pesebre pero se nos hace más difícil entrar en otros aspectos. Vamos a detenernos en tres cosas que en este domingo estamos celebramos: la promesa cumplida, la fidelidad de Dios a su proyecto, y la invitación a ser seguidores del Señor. La promesa cumplida Los profetas lo anunciaron y los textos dan testimonio de ello. Pero por siglos la promesa se postergaba y ya parecía que nunca iba a cumplirse. Son muchos los que estaban convencidos que aquellos visionarios se habían equivocado y que el Mesías no vendría, que era solo una ilusión. Pero Dios cumple sus promesas y en esta Navidad celebramos que aquellos que esperaron en el Señor no fueron defraudados. Es importante enfatizar este aspecto de la Navidad porque hoy vivimos un tiempo en que las palabras se han licuado. Ya no hay promesas sólidas y los pueblos sienten que nadie es capaz de sostener su palabra o cumplir su promesa. El mensaje de la Navidad es que Dios sí respeta su palabra y que al hacerlo muestra su respeto por las personas. Cuando no se cumple una palabra se le está restando valor a la vida del que era receptor de esa promesa. Es una forma de decir que no merece que cumplamos nuestra palabra porque lo mismo da para él o para nosotros. Con Dios no es así. Cumplir es valorar la vida que nos ha dado y es respetar nuestro derecho de que se cumpla aquello que se nos ha prometido. Por otro lado, la llegada del niño de Belén abre expectativas sobre el futuro de la humanidad y de su relación con Dios. Hasta ese momento el Señor era una divinidad "en los cielos" y si bien sabemos que siempre estuvo interesado en lo que pasaba entre las personas y escuchaba el clamor de su pueblo, también es cierto que su modo de ser creaba una distancia que parecía insalvable. Esa distancia vino a ser cubierta por el nacimiento de Jesús. Obsérvese que es Dios quien la recorre y no nosotros. En la historia del cristianismo hubo muchos momentos en que la Iglesia creyó que era ella la que recorría el camino hacia Dios. Hoy es común oír hablar de "camino que conduce a Dios" cuando en realidad es Dios quien recorre ese camino hacia donde estamos nosotros. No es nuestro esfuerzo el que no acerca a Dios sino su disposición a acercarse a nosotros, en este caso en la persona del niño de Belén. Nuestra tarea no es "ir" hacia Dios sino disponernos a oír su voz y seguir sus pasos cuando se acerca a nosotros. Cuando pocos lo esperaban Dios sorprendió al pueblo de su tiempo enviando aquel que había sido anunciado siglos antes. La fidelidad de Dios Se insiste en que debemos creer en Dios y en su Hijo Jesucristo. Pero el evangelio es también una afirmación de que Dios cree en nosotros. La Navidad es una afirmación de que Dios aún confía en que la humanidad es rescatable. Cuando uno mira la historia humana llena de bajezas y opresión se pregunta con razón si vale la pena que Dios se juegue por nosotros. Una vez se dijo que quizás el mundo era un experimento que a Dios había salido mal y él mismo lo había descartado, olvidándose de su mezcla como se abandona una probeta de una sustancia fracasada. Y para colmo que al cabo de un tiempo había comenzado a pudrirse. Pero esa no es la visión real que los evangelios -y la Navidad- nos da del compromiso de Dios con nosotros. El niño es "Dios con nosotros" (Emmanuel) y eso es así porque Dios no ha querido abandonarnos sino que cree firmemente que somos rescatables. La oveja perdida no fue abandonada a su suerte así como la humanidad no fue echada al olvido de Dios por sus pecados -que son muchos y graves-. Por el contrario celebramos que Dios confía en nosotros. Eso trae a cuento cómo respondemos a esa confianza de Dios. Nada hay más feo que no estar a la altura de la confianza que otro a puesto en alguien. Cuando así se defrauda es la más amarga de las experiencias. ¿Cuál es entonces nuestra respuesta a la afirmación de Dios de que todavía somos rescatables? ¿Le haremos pasar el mal momento de hacerle ver que se equivocó? Es probable que muchas veces sí, pero en su tozudez de padre amante una y otra vez volverá a afirmar su fidelidad a la vida humana y a su creación. La respuesta esperada es entregar la vida por el evangelio y salir a caminar para cumplir con la misión. El Dios hecho carne es una afirmación de la dignidad de la vida humana. Nos hemos preguntado por qué Dios vino a nosotros en forma de ser humano. Hay quienes consideran innecesaria esa mediación humana, si al fin y al cabo Dios puede comunicarse por formas más eficaces o en forma directa en el corazón de cada uno. Es una buena pregunta que estimula la reflexión. ¿Qué es lo tiene sentido de la Navidad ? ¿Qué la hace tan necesaria? En principio la hace necesaria que el mismo Dios la haya elegido: ni María, ni José, ni los actores de esos relatos pidieron al Navidad en sentido estricto. Podemos decir que la esperaban como tantos otros lo hacían. Es Dios quien encuentra que este es el camino mejor para comunicarse con nosotros. Rebajarse a ser persona con todas sus limitaciones es una manera de decir que la creación y el ser humano no son accidentes pasajeros sino creación meditada y valiosa para él. Una revelación celestial (un rayo, una voz poderosa, algo no humano) quizá hubiera tenido otro efecto pero seguramente no iba a dar testimonio de que Dios estaba comprometido hasta lo profundo con su creación y con sus hijos e hijas. La fidelidad de Dios a sus criaturas solo se entiende si vemos el amor que hay en cada uno de sus actos. Ser seguidores de Cristo La Navidad también nos tiene que hacer pensar en ser seguidores de Cristo. El mensaje y el relato no se agota en el pesebre, los sabios de oriente y los pastores que lo adoraron. Ellos no lo hicieron solo porque reconocieron al Hijo de Dios entre nosotros sino porque comprendieron que una nueva etapa se abría para la humanidad. Y esa nueva etapa puede llamarse el tiempo en el cual Dios se ha acercado definitivamente a las personas y se ha comprometido con ellas. ¿Podremos ser meros espectadores de esta nueva situación? ¿Qué significa para nosotros ser parte del pueblo de Dios que se sabe ya viviendo una nueva forma de relación con su Señor? Dios no lo ha querido así. El niño se hizo grande y pasó del pesebre a los caminos. Pasó del llanto y los pañales a hablar con claridad sobre como reconstruir al vida y reencontrarse con Dios. El pequeño de Belén vino para crecer y ser un adulto que desafió a los poderosos para que se alejaran del mal y a los humildes para que escuchen la buena nueva del evangelio. A todos los llamó a seguirle por la difícil senda de la fe y la esperanza puesta en Dios, que es una forma de decir no puesta en las cosas débiles y transitorias. Cuando el amanecer encontró al niño por primera vez se podría decir que fue la inauguración del tiempo en que la luz del sol rozó la piel de quien sería nuestro salvador, así como la primera brisa acarició su cuerpo. Pero eso no es solo una expresión poética más o menos bella, sino que es la afirmación de que él vino para vivir al igual que cualquier otro niño (que millones y millones de niños y niñas de todos los tiempos) la experiencia de la naturaleza, de la necesidad, del hambre y la violencia, de la lucha y la tristeza, de la búsqueda y el dolor. También se alegró en las fiestas y en la amistad, en la conversación sencilla y el compartir el camino con sus discípulos. Es decir, vino a hacer todo lo que nosotros hoy somos llamados a hacer: vivir con fe en que Dios está con nosotros siempre. El se avino a nosotros para que nosotros nos animáramos a seguirle. Si hay temor debemos saber que él antes recorrió este camino. Si hay dudas debemos recordar que el Señor dará las respuestas a su tiempo. Si nos faltan la fuerzas hemos de reconocer que él fue débil de pequeño y débil en la cruz, pero nunca fue abandonado por su padre. Esta Navidad es un tiempo para renovar nuestro compromiso con el Reino, con Dios y con su evangelio. El no nos dejará que nos perdamos sino que una vez más se acerca a nosotros en la figura del niño de Belén y en la evocación de su nacimiento. Que la presencia de Dios en nuestra vida tenga un renacimiento, al calor de aquel día en la lejana tierra de Judá.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |