ESTUDIO EXEGÉTICO-HOMILÉTICO 17 – ISEDET

Salmo 49:1-11; Eclesiastés 1:2.12-14; 2:18-23; Colosenses 3:1-11; Lucas 12:13-21

Mercedes Bachmann

Introducción
Hay pinturas tan bien logradas que sus ojos nos siguen la mirada, no importa si nos movemos hacia la derecha o hacia la izquierda. En realidad, lo que varía es el punto desde el cual se mira el objeto, no el objeto en sí. El libro Eclesiastés o Qohelet es una de esas obras de arte que, como esos cuadros, se ve con igual fuerza como una obra totalmente pesimista o una que llama a alegrarse y disfrutar la vida. Que yo hoy estuviera deprimida o feliz podría determinar en gran manera (y con argumentos dentro del texto) visiones en uno o en otro sentido. Aquí es donde se hace necesaria una medida de objetividad para ser fieles al texto.
La perícopa elegida está compuesta por tres fragmentos diferentes; tanto su inclusión como la exclusión de los vs. intermedios deben hacernos pensar en la intención de los/as responsables de este leccionario al elegirlos. ¿Cuál será? No siempre se puede establecer fehacientemente, pero lo intentaremos.

Repaso exegético
A pesar de no estar incluido en nuestra perícopa, sugiero comenzar con 1:1, que establece el horizonte de sentido del texto y que, además, se retoma en 1:12, un versículo que sí está en nuestra perícopa. Qoh 1:1 establece lo que sigue (¿todo el libro?) como “los dichos de Qohelet, hijo de David, rey en Jerusalén.” Este encabezamiento no es verídico en el sentido literal, pero no por eso deja de ser cierto en el sentido de que el autor intenta decirnos que su reflexión debe ser vista a la luz de la tradición real de Jerusalén y de un descendiente de David. Además, aunque no explicita cuál de los hijos de David estaría escribiendo, la tradición hace de Salomón el prototipo y el patrono de los sabios.
1:2. Absurdo máximo, todo es un absurdo; o en la versión más clásica, “¡vanidad de vanidades!” La expresión hebrea hebel habalim indica lo efímero, el aliento o el vapor, repetida para indicar el superlativo. Elsa Tamez piensa que lo que quiere expresar es la decepción de la persona (o la sociedad) cuando “todo es una porquería, nada vale nada”.
Como Barucq ha notado, esta expresión abre y cierra el libro (12:8) y siempre aparece puesta en labios de Qohelet. ¿Qué quiere indicar el autor al hacerle decir al “sabio de los sabios” que todo es vano o absurdo?
1:12-14. Los siguientes vs. en nuestra perícopa retoman 1:1, comenzando con una fórmula típica de la realeza del Antiguo Oriente: Yo, Qohelet, fui rey de Israel en Jerusalén (v. 12). La perícopa incluye los vs. 12-18, donde el sabio hace un recuento de otro de sus intentos de librarse de la sensación de futilidad de la vida: “me dediqué a investigar todo lo que se hace bajo el sol... y aprendí que esto también es anhelar un suspiro”. ¿Pesimismo o realismo?
2:18-26: aparte de una dificultad con el significado de mi yahush mimenni (v. 25, lit. “¿Quién se apurará hacia afuera de mí?”, corregido en otras versiones a “¿quién se alegra aparte de él?”, el texto es claro. El narrador reconocer otra fuente de frustración: todo lo que juntó en su vida, a su muerte pasará a alguien, sabio o no; y no tendrá control sobre esa persona ni sobre los bienes acumulados. Su conclusión: quien goza del favor de Dios recibe sabiduría, conocimiento y felicidad; pero quien peca, recibe la tarea de juntar bienes que después Dios re-asigna a su muerte.

Reflexiones hacia la prédica
La llamada “teología de la prosperidad”, presente en algunos textos bíblicos y en muchas iglesias y sectas de hoy, equipara riqueza con el favor de Dios y pobreza con la condenación; o al menos, con la falta de favor divino: “conviértete y conseguirás trabajo, no te faltará nada... Dios me dio un auto nuevo... si te va mal será por algo...” Estas expresiones, un tanto exageradas y estereotipadas, ejemplifican el punto. Sin embargo, “Cuando te sucedan todas estas cosas –la bendición y la maldición que he puesto delante de ti– si las meditas en tu corazón en medio de las naciones donde el Señor, tu Dios, te habrá arrojado, si te conviertes al Señor tu Dios... entonces el Señor, tu Dios, cambiará tu suerte y tendrá misericordia de ti” dice Deut 30:1-3 (El Libro del Pueblo de Dios).
No es así como lo ve Qohelet. Su experiencia de sabio le hace ver que no se puede establecer esta equiparación como si se tratara de matemáticas. Al menos en nuestro texto de este domingo, las riquezas no son vistas como signo de bendición, sino todo lo contrario; la bendición es la sabiduría, el conocimiento y el goce de la vida. ¡Cuidado que tampoco la bendición es la pobreza! Riqueza y pobreza, conocimiento y sabiduría, bienes materiales e inmateriales están todos bajo juicio: todo es vanidad o anhelar viento. Nada hay duradero en la mirada de este sabio. ¿Qué queda entonces? Disfrutar de la vida diaria. Lo dirá muchas veces. No se trata, creo, de disfrutar a cualquier costo y pisoteando la cabeza de las demás personas, sino que se trata de encontrar placer en los pequeños eventos y bendiciones de los que gozamos a diario. Como señala Tamez, frente al sistema imperial que solo considera al ser humano como fuerza de trabajo, pararse como ser humano con derecho al descanso, como cuerpo que disfruta de los placeres que Dios ha provisto, es una manera –a veces la única– de desafiar a la deshumanización.
El cuestionamiento de Qohelet a la ecuación riqueza = favor de Dios también se encuentra en otros textos sapienciales. Es notable en el Salmo 49, que corresponde a este domingo: No tengas miedo cuando se enriquece un hombre… porque cuando muera no llevará nada… (49:17-18) y que es considerado un salmo sapiencial. Si bien no usa hebel (aliento), plantea muy claramente que la muerte nos iguala a todas las creaturas, animales y humanas. Nadie se salva de la muerte, no importa cuánto haya acumulado. Como dijo alguien, “¡Puedes comprar el mejor ataúd, pero no puedes comprar la vida!”.
Los otros dos textos para este domingo acompañan esta perspectiva. El Evangelio es muy claro en su postura al respecto: ¡Necio! Hoy morirás… Colosenses exhorta a dejar las viejas ataduras, entre las cuales menciona la avaricia como forma de idolatría.
La idea de estos textos no es que los bienes materiales sean malos en sí, sino que todo pasa y por tanto nuestra seguridad no puede estar en ninguno de ellos.
¿Buenas o malas noticias? Creo que muy buenas, pero también sé que a muchos/as predicadores/as les resulta incómodo predicarlas cuando su comunidad no comparte este tipo de postura, sino que se para frente a la vida como si la tuviera comprada. No se puede servir a Dios y al Mamón...

NOTA: Para este EEH se usó la siguiente bibliografía: Elsa Tamez, Cuando los horizontes se cierran. Relectura del libro de Eclesiastés o Qohélet, Costa Rica, DEI, 1998; André Barucq, Eclesiastés/Qoheleth. Texto y Comentario, Madrid, Fax, 1969; R. B. Y. Scott, Proverbs. Ecclesiastes, Anchor Bible, Nueva York/Londres/Toronto/Sydney/Auckland, Doubleday, 1965; J. A. Loader, Ecclesiasts. A Practical Commentary, Grand Rapids, Eerdmans, 1986; Carlos T. Gattinoni, El sentido de la vida. Reflexiones sobre el Eclesiastés, Buenos Aires, La Aurora, 1990.

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