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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 083 – Marzo de 2007
Instituto Universitario ISEDET
Autorización Provisoria Decreto PEN Nº 1340/2001
Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET
Buenos Aires, Argentina
Este material puede citarse mencionando su origen
Responsable: Pablo R. Andiñach

11 de marzo , Cuaresma 3 (Morado)

Salmo 63:1-8; Isaías 55:1-9 ; 1 Corintios 10:1-13; Lucas 13:1-9

Este pasaje combina dos textos. Un diálogo y una parábola, ambos relacionados temáticamente. La primera parte es un fuerte alegato contra un pensamiento de aquella época que tiene sus representantes en la nuestra. Consiste en suponer que las tragedias y los malos momentos suceden como consecuencia de las malas acciones, pecados y desvíos. Desde vincular una enfermedad a algún pecado cometido hasta relacionar la condición de pobreza con un castigo de Dios por la desidia en aceptar su palabra.

La realidad contradice esto cada día, pero sin embargo hay todavía hoy quienes piensan de esa manera. No basta con señalar que los más finos delincuentes (narcotraficantes, estafadores, empresarios inescrupulosos) suelen prosperar y tener un excelente pasar económico mientras que la honestidad suele hacer perder terreno en el campo de los bienes materiales. Hay quienes se empeñan en continua pensando de esa manera, creyendo que Dios otorga premios y castigos cotidianos.

Jesús dice claramente que aquellos que fueron asesinados y su sangre insultada al ser mezclada con sangre animal producto de los sacrificios no recibieron este trato por ser más pecadores que otros. Y refuerza esta idea al evocar el accidente por el cual la torre de Siloé cayó sobre un grupo de personas y murieron. Nótese que los dos ejemplos cubren el aspecto de la muerte criminal (Herodes los asesina) y el azaroso (un eventual accidente). En ninguno de los casos señala Jesús que la muerte se debe vincular a las conductas de aquellas personas. No murieron por un castigo divino en respuesta a sus pecados. Pensar así conduce a suponer que los otros –los que no padecen situaciones de difíciles- son obedientes, buenos y fieles. De allí a suponer que si nada malo nos sucede es porque estamos en la buena senda hay solo un paso, y es un paso muy fácil de dar.

El creyente debe vivir entendiendo la realidad de otra manera. Jesús no duda en afirmar que todos somos pecadores y que lo que nos suceda debemos entenderlo como parte del plan de Dios para nuestras vidas. Bonanza o tristeza las debemos entender como oportunidades para perfeccionar la fe y ahondar en la esperanza. Así quienes padecen deben saber que Dios quiere que superemos ese momento y que a pesar de que muchas veces no entendemos por qué suceden algunas cosas el Señor estará con nosotros para ayudarnos a llevar esa carga.

 

La parábola

El mensaje de esta parábola puede se leído como de suma dureza y condenatorio o como un ejemplo del amor de Dios. Dependerá si enfatizamos la primera o la segunda parte del drama que desarrolla.

La segunda parte conduce a la tala de la higuera y a su destrucción. Si enfatizamos este aspecto dejaremos a nuestros oyentes aterrados y deseosos de huir de la ira que se avecina. Sin embargo la primera parte supone una actitud distinta. Cualquier persona cuya higuera no de fruto por dos años la cortaría, mucho más si esto sucede por tercera vez. Lo normal hubiera sido que la higuera fuera cortada sin titubear. Pero el mensaje es que el Señor está dispuesto a dar una nueva oportunidad a aquellos que quizás ya no la merezcan. La higuera no será cortada sino que se la cuidará aún más, se le ablandará la tierra y se le colocará abono a fin de que las condiciones ambientales favorezcan su crecimiento. Y solo después de ese trabajo -y si aún no diera frutos- se tomará la decisión de cortarla.

Hay que tener en cuenta que la parábola considera que la falta de fruto en este caso tiene que ver con las condiciones adversas en que se encuentra la planta. Eso habla de la comprensión de Dios respecto a muchas de las carencias nuestras. Nosotros solemos ser rápidos para juzgar mal a quienes nos parece que no dan el fruto esperado o a quienes responsabilizamos de los problemas que nos suceden. En esta parábola se señala que en ocasiones los problemas y vicios pueden ser consecuencia de no disponer de la oportunidad y los medios adecuados para desarrollar como Dios espera los dones y las capacidades. De este modo nos enseña que más que juzgar debemos contribuir a crear las condiciones para que los frutos se den abundantes y a tiempo. Hay una picardía en la parábola: ¿qué planta que sea tratada de esa manera dejará de dar frutos? Probablemente ninguna, con lo cual se nos dice que la misión del creyente es trabajar para que las condiciones sean dadas para producir los mejores frutos.

Esto es un desafío a la fe y a la vida cotidiana. Debemos preguntarnos cuántas veces el fracaso y la desazón –nuestra o de otros- es consecuencia de no haber sabido dejar desarrollar lo que Dios espera de nosotros. En lugar de abonar la tierra la secamos y erosionamos. Luego culpamos a Dios de nuestros desvelos cuando deberíamos mirar que parte de responsabilidad nos toca en ellos. O pensamos que lo que nos sucede es un castigo divino.

Predicar sobre este texto es una invitación a poner delante de la iglesia la crudeza –pero también la bendición– de que somos responsables por nuestros actos. El Señor quiere que demos los mejores frutos y si no lo hemos hecho aún, antes que talarnos nos dará otra oportunidad. Pero a la vez instruirá al viñatero para que nos de un cuidado especial. Cuando andamos mal él nos pone en terapia intensiva para salvarnos y mostrarnos su voluntad para nuestras vidas.

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.