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ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 096 – Marzo de 2008
Instituto Universitario ISEDET
Aut. Prov. Nº 1340/01
Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET
Buenos Aires, Argentina
Este material puede citarse mencionando su origen
Responsable: René KrügerSábado 22 de marzo de 2008, Vigilia de Resurrección
Sal 118,1-14; Jon 2,2-9; 1 Co 5,6-8; Lc 24,13-49¿Sábado de qué?
El sábado antes de la Pascua, llamado en terminología litúrgica Vigilia de Resurrección y más popularmente Sábado de Gloria, comúnmente no suele ser aprovechado por las iglesias para celebraciones especiales. En algunas sí hay cultos, celebraciones, estudios bíblicos y otros encuentros. Pero para muchos es un sábado de “aburrimiento” entre los dos hitos sobresalientes del Viernes Santo y la Pascua.
Sin embargo, es un día cargado de significado. El primero de todos fue el día del profundo silencio y del desconcierto luego de la muerte de Jesús. Fue el día más nefasto para su pequeño grupo de seguidores y seguidoras. Quizá más duro que el viernes de la crucifixión, porque ahí sin duda estaban bajo un profundo shock, esa conmoción que sufrimos al enfrentarnos con la muerte de un ser muy cercano. Pero el sábado (y continuando el domingo), al comenzar a salir de ese embotamiento, se pusieron a pensar y a reflexionar sobre lo ocurrido, como lo evidencia la historia de los dos que fueron a Emaús. Tuvieron que hacer su duelo y a enfrentarse con la nueva situación. Todo había acabado en una tumba, todo era silencio de muerte y desesperación. Los ánimos no estaban preparados en absoluto para lo que iba a producirse a la mañana siguiente. Tan ensimismados estaban los discípulos que no entendieron nada de lo que les contaron las mujeres que el domingo bien temprano fueron a la tumba.
Esa situación de los discípulos es todo un símbolo del estado en que vive la humanidad: aferrada al pasado, a la tragedia del Viernes Santo, a la destrucción. Sistemas socioeconómicos y políticos, estilos de vida, actitudes y mentalidades van destruyendo física, emocional y espiritualmente a seres humanos, y la mayoría mira pasivamente, como espectadores en un teatro, como si Cristo no hubiera resucitado. A lo sumo, algunos comentan un poco lo ocurrido, y todo sigue su curso “normal”. Viva la muerte.
Pero así como ese día Dios iba gestando lo que luego realizó en algún momento antes de la madrugada del domingo –no sabemos a qué hora, ni cómo lo hizo–, así Dios está gestionando anticipos de la resurrección en su querida humanidad. El Sábado de Gloria se presta para una jornada de reflexión. Quizá no tanto para una celebración festiva, pero sí para un alto en el trajín diario (incluso en el trajín litúrgico espectacular de la Semana Santa). Si ya hay encuentros programados, adelante; en caso contrario, ¿por qué no programar un evento para participar en esa gestión silenciosa de Dios, preguntándonos sobre las situaciones de dolor, desesperación y muerte que nos rodean por doquier; y disponiéndonos a dejarnos sorprender y renovar a fondo por el Resucitado? Que sea un sábado de expectativa vigilante en dirección a la gloria que Dios muestra en Pascua.
El texto lucano previsto para este día es algo largo, quizá demasiado. Por otra parte, ante la magnífica coherencia de todo el capítulo 24, ¿por qué no tomarlo entero? Doce versículos más al comienzo y cuatro más al final no alargarán en demasía el culto, sino que transmitirán mejor lo que Lucas nos quiso decir con ese capitulo. Igualmente nos concentraremos aquí en la historia de Emaús.
Como el texto completo es bastante complejo y contiene muchos contenidos, proponemos concentrarnos apenas en dos: la identidad del Mesías con el énfasis en la necesidad de la pasión para llegar a la gloria,y la constitución de testigos. Y lo haremos esta vez con algo de análisis estructural.La historia de los tres de Emaús
El capítulo 24 del EvLc es el gran desenlace del drama conflictivo entre Jesús y todos aquellos que se opusieron a su mensaje, su obra y su vida misma, negando su identidad como Hijo del Altísimo, Rey, Salvador, Cristo y Señor. Retomamos aquí la serie de títulos cristológicos que se indican en la Anunciación a la Virgen María y en el mensaje del ángel a los pastores en Navidad.
La muerte de Jesús era el logro máximo de un gigantesco plan destructivo realizado por todo un ejército de sujetos opuestos a Jesús, comenzando por el diablo mismo en Lc 4,3 y continuado de inmediato por los hombres reunidos en la sinagoga de Nazaret en Lc 4,28. Después desfilaron por las vías de ese ejército un tropel de opositores: prestigiosos, personas de estatus, despreciadores, ricos, poderosos, letrados, gente súper religiosa, autoridades religiosas y políticas, magistrados y otros más. Esa oposición creciente se materializó finalmente en la condena a muerte y su ejecución en la crucifixión en el Gólgota.
A nivel narrativo, la trama del discurso lucano exige ahora la comprobación final de la realidad de lo que se había anunciado en Lc 1 y 2, eso de Hijo del Altísimo, Rey, Salvador, Cristo y Señor. El imaginario religioso esperaba “grandes cosas” de alguien así, especialmente del Mesías o Cristo; y de no darse esa prueba o de no explicarse convincentemente la cuestión, Jesús quedaría desenmascarado como mentiroso por parecer pero no ser lo que afirma el evangelista en esa sección preparatoria de su largo evangelio.
(Usamos aquí categorías de valoración y verificación empleadas en el análisis estructural o semiótico de textos bíblicos: secreto, mentiroso, falso, verdadero. Estas categorías resultan de las cuatro combinaciones posibles de parecer y ser y sus respectivas negaciones. Ser y no parecer es secreto; no ser pero parecer es mentiroso; no ser y no parecer es falso; y ser y parecer es verdadero. No se trata de calificativos morales, sino de valoraciones de los enunciados de un texto).
Lc 24 tiene una estructura manifiesta muy peculiar que evidencia la capacidad del evangelista de construir simetrías. Cada una de las secuencias o unidades dentro de ese capítulo, Lc 24,1-11; 24,12-35 y 24,36-53, es una construcción simétrica concéntrica. Hay una gran coherencia que une las tres unidades. Cada unidad tiene un centro estructural y teológico formado por la afirmación de la necesidad de la pasión y resurrección de Jesús el Cristo. Esta necesidad es establecida por una referencia a las palabras del mismo Jesús y a la comprobación escriturística. Los respectivos centros son Lc 24,7; 24,26-27 y 24,44-47.
La segunda parte de cada unidad no es un mero reflejo simétrico de la primera, sino que el centro teológico opera una transformación de las personas que se encuentran con el hecho de la resurrección. Primero son las mujeres, luego los dos de Emaús, y finalmente los once con los demás. Estos receptores son transformados en testigos, que es el común denominador de los tres grupos, pero con un salto cualitativo en la ultima unidad, porque allí el Resucitado los instala expresamente en ese rol.
Las tres unidades se vinculan mediante un elemento de suspenso y expectativa. Entre la primera y la segunda, se ubica el anuncio de las mujeres y la incredulidad y hasta burla de los discípulos, combinadas con la comprobación parcial hecha por Pedro, que constata la desaparición del cuerpo. Pero las cosas aún quedan en una cierta ambigüedad. Entre la segunda y la tercera, se halla el establecimiento de la verdad de la resurrección, vinculado al sobresalto y la turbación que provoca la aparición del Resucitado.
Los relatos evangélicos de la Pascua contienen dos “sorpresas”: la resurrección en sí y la incredulidad de los discípulos. En Lc 24 hay un progreso cualitativo en la superación de esa incredulidad (y en la tercera unidad también del miedo, que en la tradición hebrea es un elemento típico de las teofanías, las apariciones de Dios). En ese proceso de superación, los tres grupos (mujeres, los de Emaús y los once con los demás) son testigos “cada vez más completos”. Las mujeres se convierten en anunciadoras sobre la base del mensaje de los dos varones en la tumba; los discípulos de Emaús son convencidos por el encuentro personal con el caminante desconocido que los instruye y come con ellos y resulta ser el Resucitado; los once apóstoles y los demás son instituidos explícitamente en el papel de testigos y reciben la promesa de ser revestidos de poder desde lo Alto. Además, Jesús los bendice, ellos lo adoran y se vuelven alegres.
La resurrección verifica la conjunción del ser y el parecer de todos los anuncios sobre Jesús (nos referimos a los títulos de la Anunciación y la Navidad). Pero con contenidos diferentes a lo esperado. Los opositores habían calificado de mentirosas y falsas las afirmaciones sobre Jesús; para sus seguidores y seguidoras, esas afirmaciones oscilaban entre lo secreto y lo verdadero (en la pesca milagrosa, la confesión cristológica, la transfiguración y con seguridad en algunos otros momentos más habían visto un destello del carácter verdadero); pero recién los hechos presentados en el cap. 24 muestran el carácter verdadero de aquellas calificaciones,
Un Jesús definitivamente anulado por la muerte se habría quedado no sólo sin el ser, resultando un estado mentiroso (no ser + parecer), sino también sin el parecer, resultando un mesías falso (no ser + no parecer). La anulación de la muerte por la resurrección estatuye la categoría de verdadero a través del paso por lo secreto.
Los centros teológico-estructurales de las tres unidades indican que el hecho de la resurrección es la clave hermenéutica para la comprensión de las Escrituras. La Biblia Hebrea por sí misma no llevó a los discípulos al reconocimiento de la necesidad del camino del Mesías a través de la pasión a la resurrección y la gloria. Recién el Crucificado-Resucitado los dirigió a la correcta comprensión de las Escrituras, formándose un círculo hermenéutico: del Resucitado a las Escrituras y de las Escrituras –gracias al Resucitado– a la aceptación de la relación pasión-resurrección. El Resucitado inculca una y otra vez la necesidad divina de esta relación, expresada en el triple es necesario (Lc 24,78.26.44). Se trata de una necesidad histórico-salvífica y no de un mero cumplimiento mecánico o automático de hechos profetizados en el pasado.
La confesión en la cruz y la resurrección de Jesucristo es confesión en la continuidad histórico-salvífica del plan de Dios desde sus hechos históricos con el pueblo del pacto, en Jesús mismo y en la historia de la comunidad cristiana. Con las referencias a las Escrituras del pueblo del pacto éstas pasan a ser referencia básica para la iglesia cristiana. Con lo desarrollado por Lucas en la historia de Emaús, donde el Resucitado interpreta las Escrituras, sumando esto a la referencia de las palabras del Jesús galileo en el v. 7 y a las explicaciones del Resucitado mismo en los vs. 44-47, Lucas afirma la autoridad y la autenticidad de la lectura cristológica de la Biblia Hebrea y con ello, la legitimidad de su lectura cristiana. Esto es acaso el hecho hermenéutico más trascendente y tajante de toda la historia de la interpretación de las Escrituras hebreas.
La lectura interpretativa, realizada por los apóstoles y sus seguidores y plasmada en el empleo profuso de referencias veterotestamentarias relacionadas cristológicamente con la trayectoria de Jesús el Mesías, es iniciada, pues, directamente por el Resucitado. El efecto de sentido es notable: los cristianos y las cristianas están plenamente autorizados a leer las Escrituras hebreas –sus Escrituras, porque era su única Biblia en ese momento– desde esta óptica jesuano-mesiánica, pues su Señor mismo introdujo esta manera de leer los documentos sagrados. Toda polémica contra este “acaparamiento” de sus Escrituras resbala por la tangente: los cristianos comprueban la mesianidad de Jesús de Nazaret mediante las Escrituras, y esta teología de la prueba escriturística fue creada por el Resucitado mismo. Y (ya) no es posible ir a discutir directamente con el Resucitado y refutarle su interpretación.
Estamos ante un momento crucial del proceso hermenéutico: las Escrituras son interpretadas por las palabras del Resucitado; estas palabras se plasman en una nueva Escritura, el EvLc. A su vez, las Escrituras son fijación literaria de palabras anteriores, a saber, de Moisés, de los profetas y de otros. El proceso conduce a una nueva palabra: la proclamación misionera y el culto.
Éste es una parte del proceso que desarrolla Lc 24. Otras queda conformada por la comprensión de la necesidad del proceso pasión-resurrección-gloria, que transforma cualitativamente los conceptos mesiánicos de los discípulos.
La fuerte y triple insistencia en la necesidad de estos pasos evidencia que los discípulos sostenían otra postura, acaso exactamente contraria. La historia de Emaús indica a las claras los perfiles del mesianismo original de estos seguidores inmediatos de Jesús.
En Lc 24,19, Cleofás valora a Jesús como profeta poderoso. Su definición se mueve en ambos planos estructurales, el del ser y el del parecer. Lo que afirma propone la categoría de lo verdadero. La crucifixión de Jesús no niega su carácter de profeta poderoso. Lo que sí anula la muerte, según la estimación de los dos de Emaús, es el calificativo de libertador. El v. 21 expresa esta anulación de las expectativas mesiánicas mediante dos construcciones peculiares, el esperar, puesto en imperfecto para expresar que “esperaban durante un cierto tiempo, pero ya no esperan más”; y el ser, presentado como posibilidad: “el que había de...” Por lo que pudieron ver los discípulos, llegaron a deducir y a creer que ese profeta era el que iba a liberar al pueblo de Israel.
El imperfecto esperábamos expresa que la valoración había llegado a su fin. Quedan, pues, tres posibilidades: se trataba de un libertador falso (no parecer + no ser); mentiroso (parecer + no ser) o secreto (no parecer + ser). Falso se descarta, ya que evidentemente parecía serlo. Quedan mentiroso o secreto. Las palabras de Cleofás indican que para él el libertador se evidenció como mentiroso: parecía serlo, pero no lo era (ni lo es). Según su comprensión mesiánica, un verdadero libertador no puede terminar vergonzosamente en la cruz.
Esta fe frustrada es indicio de un determinado tipo de mesianismo: el Mesías de la gloria, que toma el poder, expulsa a todos los enemigos de Israel e instaura su reino con majestad. Claro que en ese concepto no podían caber el sufrimiento y la muerte del Mesías.
El texto comienza a introducir ahora muy hábilmente una brecha en la expectativa mesiánica frustrada. La mención de los tres días sirve para recordar al público lector atento que Jesús había anunciado que tres días después de su muerte resucitaría. Es como si los dos de Emaús no recordaran este contenido; pero Lucas sí, y así se lo da a entender a su público lector. En el camino a Emaús, la frustración de los dos equivale a la incomprensión que manifestaron todos los discípulos ante los anuncios de la pasión y resurrección.
El texto juega un poco con la torpeza de los discípulos. Habiendo empleado Jesús precisamente la fórmula al tercer día (Lc 9,22 y 18,33), ¿cómo puede ser que los seguidores no se den cuenta de lo que pasó, ni alberguen esperanza alguna? La narración refuerza aquí el carácter secreto de la mesianidad de Jesús (no parecer + ser).
El testimonio de las mujeres es el segundo elemento que hace brecha. Se compone de dos facetas: la desaparición del cuerpo y el mensaje de los ángeles que decían que Jesús vive.
Al respecto, llama la atención el hecho de que salvo loables excepciones la exégesis comúnmente hable de la “tumba vacía” (o “sepulcro vacío”), cuando se impone hablar de la tumba abierta y del cuerpo desaparecido. Una rápida compaginación de los textos pascuales de los evangelios permite descubrir que todos ponen énfasis en el hecho de que el cuerpo de Jesús ya no se encuentra en el sepulcro. Emplean, pues, la categoría dinámica del cuerpo desaparecido y no la calificación estática de una “tumba vacía”. Una tumba vacía de por sí no es ningún antisujeto, pero sí lo es un cuerpo desaparecido. En efecto, el cuerpo desaparecido de Jesús se opone al programa de ungir al muerto, intentado por las mujeres.
El traslado de algunos discípulos al sepulcro y la constatación de la desaparición del cuerpo constituyen el tercer elemento polémico y polisémico que va preparando la transformación de los dos de Emaús y la autorrevelación del caminante desconocido y con ello, el cambio del concepto mesiánico.
Cleofás, al terminar su relato, que en realidad es una confesión, deja en suspenso una pregunta: si Jesús realmente hubiera resucitado, ¿acaso no se habría presentado a los discípulos para librarlos de su frustración y su desconcierto? Cada hora que pasa, ¿no es la confirmación de la valoración que hicieron los discípulos del mensaje de las mujeres al descalificarlo como disparate?
Luego de estas preparaciones, el texto inicia la transformación activa del concepto mesiánico. El v. 25 contiene un reproche. Jesús califica negativamente como incomprensión ese estado de esperanza mesiánica frustrada.
El v. 26 está en conjunción con los vs. 7 y 44 y remite a una instancia superior, que para la persona creyente formada en las Escrituras sólo puede ser Dios y su designio divino.
Mientras que en el v. 7 Jesús es llamado Hijo del Hombre, como en el correspondiente anuncio en Lc 9,22, en los vs. 26 y 46 el discurso introduce el calificativo mesiánico explícito: El Cristo.
Este conjunto de datos forma una línea de sentido que puede llamarse trayectoria del Mesías. Éste resulta ser el cumplidor del plan de Dios en beneficio de la humanidad, como lo indica el v. 47. Con estas explicaciones personales de Jesús, se soluciona narrativamente el problema planteado por el “mesías fracasado”, que constituye una verdadera herida abierta en la fe de los discípulos. La explicación, presente en los tres focos estructurales, sirve para hacer comprender la necesidad de la pasión del cristo para la entrada en su gloria.
¿Cuál es la postura del Resucitado con respecto al concepto mesiánico erróneo de los discípulos”, presente en Lc 24,21? He aquí una curiosidad: El caminante parece “esquivar” este tema tan candente, y casi lo pasa lo alto. En Hch 1,6-8 sucede exactamente lo mismo. El público lector podría tener la impresión que esta cuestión no le interesa a Lucas, que el Resucitado no siente la necesidad de dar mayores explicaciones, o que se trata de algo que será respondido en otro momento. Por de pronto, lo que interesa es subrayar que el Mesías no es una figura de gloria según los parámetros que muchos sostenían.
Y lo que le interesa al evangelista, juntamente con la aclaración del concepto mesiánico evangélico, es la transformación de los seguidores de espectadores expectantes a testigos comprometidos y proclamadores de la conversión para perdón de los pecados. Como elementos nuevos, el Resucitado introduce también el Espíritu Santo y la superación de las fronteras nacionales y étnico-religiosas, ya que proclama un mandato de misión universal.
Con la identificación del caminante desconocido como el Resucitado y con la aparición del mismo ante los Once y los demás en Jerusalén, Jesús finalmente se revela como Mesías verdadero. luego de pasar por la categoría de Mesías mentiroso a los ojos de los discípulos y de Mesías secreto para el público lector, por fin se da a conocer con la conjunción total del parecer y del ser.
El centro teológico de cada una de las tres unidades de Lc 24, con su focalización sobre el carácter específico de la trayectoria del Mesías y sus referencias a las Escrituras, opera la transformación de los respectivos presentes testigos. La aparición de esta nueva categoría se pone inmediatamente en función: las mujeres dan testimonio a los Once y a los demás; éstos informan a los de Emaús cuando regresan a Jerusalén; los de Emaús dan a conocer sus experiencias en Jerusalén. Esto permite vislumbrar que la intención del Resucitado no sólo fue hacer comprender la necesidad de su pasión para la entrada a su gloria, sino también hacerles creer en su resurrección para convertirlos en sus testigos y predicadores para perdón de los pecados. Vasto programa, ¿no?
La incredulidad inicial de los Once y los demás ante el testimonio de las mujeres contiene varios elementos. Por una parte, está el hecho evidente e la sorpresa, el carácter insólito de semejante noticia, la dificultad para la comprensión de tal anuncio. Por otra parte, el motivo de la incredulidad y la incomprensión es una constante en la redacción evangélica y tiene un alto valor narrativo. Es posible que este motivo narrativo tenga también algún significado apologético, válido para el momento de la redacción del EvLc, en el sentido de hacer frente a la acusación de credulidad ligera e irresponsable por parte de los discípulos. Y finalmente debe tomarse en cuenta que las disposiciones en vigencia negaban a las mujeres el derecho testimonial oficial.
El miedo de las mujeres, la incertidumbre luego de la verificación de la desaparición del cuerpo, la frustración de los dos de Emaús, el sobresalto y la turbación de los Once y los demás y su asombro, todo ello es transformado positivamente por los respectivos centros teológicos de las tres unidades de Lc 24, produciéndose de esta manera la formación de testigos que en la última unidad quedan constituidos explícitamente como tales.
La capacitación de los discípulos había quedado interrumpida por la frustración debido al trágico desenlace en la cruz. El plan de Dios exigía una nueva constitución de seguidores, y Jesús optó por los discípulos amargados. Lc 24 muestra cómo se desarrolló esa opción, qué hizo el Resucitado y cómo se fueron formando los testigos. En su unidad final, el texto mantiene viva la expectativa del público lector mediante el anuncio de un nuevo revestimiento de los testigos, esta vez con el Poder de lo alto, que es aquí el titulo lucano para el Espíritu Santo.
Estos testigos deben proclamar el en el nombre de Jesucristo el arrepentimiento el perdón de los pecados.
Llevaría demasiado lejos introducirnos ahora en el análisis del significado del arrepentimiento. Simplemente diremos que Lucas hace un uso muy significativo del sustantivo y del verbo en su doble obra; y que ese cambio también incluye renuncias y el compartir (Lc 3,8; 5,32; 15,7.10; 16,30; y un caso soberano en Lc 19,1-10, sin emplear el vocablo en sí), como también cambios relacionales.(Lc 13,3.5; 15,7.10; 17,3.4).
Lc 24 cierra la historia terrenal de Jesús creando la necesaria expectativa en el público lector que se dispone a esperar el cumplimiento de la promesa del Padre y la realización del mandato misionero. El público lector acompaña luego a los discípulos en su espera, dejando de ser público para convertirse en actoras y actores, alabando y bendiciendo a Dios por todo lo que pasó y lo que sigue pasando. En Lc 24, el evangelio estuvo por hacer eclosión en la proclamación misionera; y efectivamente lo hizo, de lo cual el lector y la lectora del texto son vivos testimonios.
La afirmación de la vida, la identificación con el Resucitado, la capacitación como testigos no presuponen determinadas condiciones de fe o esperanza por parte de los que han de ser enviados. El Resucitado mismo crea las condiciones para el creer, la fe misma y la fuerza para el testimonio. Esta creación de fe y poder se instrumentaliza a través de varias vías. El Resucitado dirige su palabra a las personas, muestra sus heridas, establece las referencias a las Escrituras, come con los discípulos y les encomienda su mandado.
Lucas proyecta así un nuevo mundo con posibilidades de arrepentimiento, perdón, vida, relación, renuncia, compartir, solidaridad y aceptación humana; todo ello ejercido en un discipulado comprometido con el testimonio del Resucitado. Lo original de Lc 24 consiste en este salto de la situación de muerte, derrota y frustración a la vida, el testimonio y la alegría del testimonio; el salto de la finitud de la muerte a la apertura del reino de Dios.¿Qué predicar?
El texto abarrotado de contenidos obliga a opciones drásticas a la hora de preparar un sermón. Las propuestas pueden ser muchísimas; y la siguiente es apenas una de tantas:
1. Discípulos frustrados, alejándose cada vez más; ¿qué hay de nuestros fracasos y frustraciones, también de aquellos que tenemos con nuestra fe o con el Señor mismo?
2. El Resucitado camina con los discípulos y los transforma; ¿lo sigue haciendo realmente? ¿Cómo lo hace?
3. Si nos abrimos al Resucitado, él cambiará las frustraciones y nos cambiará en sus testigos. ¿No sería conveniente que lo haga cuanto antes?
Nos negamos rotundamente a calificar estos textos de “anuncios de la pasión” a secas. Es totalmente incomprensible cómo la exégesis pudo acostumbrarse a este título, cuando en esos anuncios Jesús habla de su pasión y de su resurrección. Por ello insistimos en hablar de “anuncios de la pasión y resurrección”. La miopía exegética tradicional no puede tener otra explicación que una intención altamente tendenciosa debido al problema que muchos tienen con la resurrección histórica de Jesucristo. Así, con todas las letras.