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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

ESTUDIO EXEGÉTICO-HOMILÉTICO 071 - Febrero de 2006
Instituto Universitario ISEDET
Autorización Provisoria Decreto PEN Nº 1340/2001
Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET
Buenos Aires, Argentina
Este material puede citarse mencionando su origen

Domingo 12 de Febrero, 6º Domingo después de Epifanía

Sal 30; 2 R 5:1-14; 1 Co 9:24-27; Mc 1:40-45
Responsable: René Krüger

(Véase EEH 035 de Febrero de 2003 para el texto de 1 Co 9:24-27).

Para ubicarnos

En el contexto bíblico, el término lepra se aplicaba a un gran conjunto de enfermedades, desde ciertas inflamaciones y erupciones en la piel (p.ej., la psoriasis) hasta la lepra propiamente dicha, la llamada Enfermedad de Hansen , causada por el bacilo Mycobacterium leprae . Ésta es una enfermedad infecciosa crónica de los seres humanos que afecta fundamentalmente la piel, las membranas mucosas y los nervios. El bacilo de la lepra fue identificado en el año 1874 por el médico noruego Gerhard Henrik Armauer Hansen, de cuyo apellido se deriva la designación de la enfermedad, que actualmente afecta a unas 11 millones de personas en todo el mundo, sobre todo en regiones tropicales.

Levítico 13-14 es el texto clásico que contiene las disposiciones sobre la identificación y determinados tratamientos de las lesiones o los defectos que se encuentran en la piel humana, en telas y cueros e incluso en paredes de casas (hoy hablamos de manchas de humedad y de hongos). Esta enumeración evidencia que el término empleado no sólo designa la enfermedad propiamente dicha (y existen dudas justificadas si Lev 13-14 identifica la verdadera lepra), sino que abarca toda una larga serie de fenómenos, que no siempre son fáciles de diagnosticar correctamente. En el NT, el vocablo es aplicado a enfermedades de la piel humana, siguiendo la tradición del AT.

Desde un punto de vista poco reflexivo y de a ratos incluso hipócrita, se han criticado mucho los procedimientos de marginación y exclusión de las personas leprosas de la comunidad de las personas sanas, como también el desarrollo de toda una serie de prejuicios religiosos sobre los leprosos (fundamentalmente, la concepción de que se trataba de un castigo de Dios por algún pecado grave; y que esas personas eran totalmente impuras en todo sentido). Lo segundo fue una construcción teo-ideologica con la que se intentó elaborar una explicación para un fenómeno tan trágico. Esta explicación es por cierto común a muchas culturas de la antigüedad: Cristianismo, Islam, Mesopotamia, China, Persia antigua; y forma parte de la amplia tendencia de las sociedades premodernas de atribuir las enfermedades a causas sobrenaturales. Lo primero - el aislamiento y la exclusión - en realidad constituía el único procedimiento conocido de prevención de la extensión de la enfermedad por contagio. Detrás de Lev 13-14 no sólo está el interés en diagnosticar la enfermedad a los efectos de separar a sus portadores de la esfera sagrada (cf. Lev 22,4), sino también la preocupación de evitar la contaminación de las personas sanas y su ambiente. En una época en la que no se conocía ningún medicamento efectivo para la prevención y el tratamiento de la lepra propiamente dicha, la exclusión resultaba ser lo único eficaz para evitar nuevos contagios. A su vez - y aquí radica la tragedia - esta expulsión de los espacios de los sanos y el confinamiento de los leprosos al desierto, tumbas vacías, cuevas y otros lugares solitarios se combinaba con los conceptos indicados de pecadores castigados e impuros , produciéndose la dramática combinación de temor y desprecio que tantas veces fue denunciada. (Décadas posteriores a las nuestras denunciarán la marginación de las personas con SIDA durante la década de los años ochenta del siglo XX).

En el NT, las referencias a la lepra se hallan sólo en los evangelios. El contexto de la mayoría de las menciones es el poder de Jesús de curar leprosos.

La descripción de Lázaro, el pobre (Lc 16) como cubierto de llagas ha llevado a la idea de que se trataba de un leproso. Dada la claridad con que se emplea el término lepra en otros casos, esta asociación con Lázaro carece de todo fundamento. De esta identificación también proviene el término lazareto para leprosario . En un célebre texto del autor paraguayo Augusto Roa Bastos, El trueno entre las hojas , los "lázaros" fugados del leprosario de Sapucaí (una localidad vecina de la ciudad de Paraguari) invaden una fiesta bailable de la clase alta; y su presencia produce un desbande total, a cuya sombra un caudillo insurgente termina bailando tranquilamente con los "lázaros" sin temor a ser descubierto y detenido.

 

Mc 1,40-45

El relato de la curación del leproso de Mc 1 contiene los rasgos típicos de las historias de curaciones: presentación del caso con su cuadro clínico, pedido de curación, curación propiamente dicha (incluyendo gestos y palabras), demostración del efecto en la persona curada, "coro" reconocimiento del éxito, cuestionamiento por parte de los oponentes). Aquí el v. 45 sobrepasa los cierres comunes de las historias de milagro. A la vez, este final constituye un punto de enlace de la historia con las historias que anteceden - razón por la cual Marcos pudo haber colocado la narración en este lugar de su evangelio.

Hay una cierta tensión en la historia, pues la reacción de Jesús en el v. 43 y la primera orden del v. 44 emplean una terminología que pareciera caber mejor en un relato de expulsión de demonios.

La historia constituye la culminación del relato compuesto de Mc 1,21-45, que construye escenarios en círculos concéntricos en aumento: Capernaúm, ciudades vecinas, todos los lugares públicos. La fama de Jesús llegó a un punto máximo en Galilea.

Al mismo tiempo, la historia es la transición para lo que sigue en Mc 2,1-3,12. Anuncia posibles conflictos, a la vez que introduce la relación del ministerio de Jesús con la Ley de Moisés.

V. 40: Sin indicación geográfica precisa, se presenta un enfermo caracterizado como leproso . Al apelar a la voluntad de Jesús de realizar una curación, indica que no duda del poder de Jesús para sanar. Su pedido surge, pues, de su confianza y no de alguna duda. El arrodillarse es gesto de adoración y reconocimiento de la autoridad de Jesús. El verbo limpiar (griego katharízô ) significa tanto declarar limpio a alguien como limpiarlo. El texto sugiere este último significado. El leproso solicitaba ser sanado de su enfermedad y no sólo ser declarado puro, lo cual podía hacer sólo el sacerdote.

V. 41: El verbo traducido con tener misericordia es mucho más expresivo y acertado en griego: splanjnízomai viene de tà splánjna , las vísceras (o sea, todos los órganos internos, no sólo el corazón). Jesús siente una verdadera conmoción en su interior, y no sólo un sentimiento (lo cual podría insinuar el término castellano misericordia , relacionado con el corazón ).

Jesús hace algo "imposible": toca al leproso impuro. Si bien frecuentemente el tocar es parte del ritual de sanación, en esta historia tiene una implicancia adicional, pues un leproso no era un enfermo "común". Era altamente "contaminante". Pero Jesús no tiene miedo al contagio, ni de la enfermedad ni de la impureza ritual. El efecto del contacto sobre el público debe haber sido impresionante. Es totalmente inútil especular aquí "racionalmente" sobre si se trataba realmente de un caso de lepra o sólo de alguna enfermedad cutánea, en cuyo caso Jesús con razón no necesitaba temer el contacto; de hecho la narración presenta al hombre como leproso, y esto basta para la construcción del caso del enfermo como peligroso, impuro y excluido, al que quedaba prohibido tocar.

Menos válida aún es la afirmación de que Jesús, por su naturaleza divina, "igual no se iba a contagiar". Frases como éstas no hacen justicia al texto, pues el texto no parte de la "intangibilidad" de Jesús (como a quien no le entra ninguna bala), sino de la relación de amor integral que Jesús establece con la persona.

Jesús también accede a formular expresamente su voluntad sanadora. Usa los mismos términos que el leproso, estableciendo así una empatía que subraya y confirma el contacto físico.

V. 42: Lo que aparece como una simple constatación de la curación, implica un mundo entero para el curado. Comienza una nueva vida, llena de posibilidades personales, familiares, sociales, laborales y religiosas. Terminó la exclusión, comienza la vida misma.

Este sujeto llamado Jesús no sólo enseñaba con autoridad inigualable (Mc 1,22.27), curaba los enfermos "comunes" y expulsaba demonios - ahora también limpiaba leprosos, por cierto una acción que sólo se esperaba del Mesías y quedaba reservada para los últimos tiempos. A su vez, se había establecido que la purificación de un leproso - un muerto viviente - equivalía a la revivificación de un muerto (cf. 2 Reyes 5,7).

Vs. 43-44: Jesús instruye al curado a mantener absoluto silencio. No quiere ninguna publicidad. ¿Se tratará nuevamente del motivo marcano del "secreto mesiánico" (por lo menos en su aspecto formal), esta vez relacionado ya más explícitamente con la expectativa de que sólo el auténtico Mesías iba a limpiar a leprosos? ¿O habrá un segundo motivo que podría llamarse "secreto de milagro" que no puede quedar escondido, como lo evidencia la publicidad que hace el sanado? El escaso uso de la prohibición en apenas tres historias de milagros en Mc parece inducir que no había un tal "secreto de milagro", sino que la orden es parte del complejo del "secreto mesiánico", y que es una expresión del deseo de Jesús de evitar fama pública. Hasta pareciera que en la contradicción flagrante entre las órdenes de silencio y la publicidad creciente esas órdenes y su violación expresa hacen las veces de un elemento "irónico" con el que el evangelista quiere mostrar cómo pese a diversas resistencias - incluso de Jesús mismo - creció el impacto del Señor.

A la vez, Jesús deja instrucciones precisas para que se cumplan las disposiciones relacionadas con la reintegración del curado en la sociedad: la revisión por el sacerdote y el consiguiente "certificado de buena salud". Pero el milagro apunta a más que a una cristología mesiánica sumo-sacerdotal, como se ha pensado en ocasiones. Se aproxima a la obra de Dios mismo, pues de acuerdo a la concepción de la época, sólo Dios podía curar a un leproso o resucitar a un muerto. Estos milagros eran indicadores precisos de la presencia del tiempo de la salvación. Aquí se conjuga la curación del leproso con las anteriores curaciones y expulsiones de demonios y con la predicación y la enseñanza de Jesús, conformando el conjunto integral del Evangelio del reinado de Dios (Mc 1,14-15).

La formulación para testimonio a ellos puede contener un motivo de conflicto o juicio, como reflejo de ciertos problemas surgidos a raíz del ministerio público de Jesús. En este caso, la fórmula rechazaría el cargo de presunta falta de respeto ante la Ley de Moisés por parte de Jesús. Al contrario: Jesús le da pleno valor a la disposición de la Ley en términos de su función social: la integración del curado a la sociedad judía sólo podía desarrollarse a través de lo que prescribía el ritual. De todos modos, este mandato al curado no es un cheque en blanco para endosar la Ley en su totalidad. Los relatos del cap. 2 evidenciarán serios puntos de conflicto.

V. 45: El curado hace exactamente lo contrario: divulga la noticia a los cuatro vientos. Hablando a nivel muy humano, ¿cabría sospechar que él haya disfrutado personalmente de la publicidad? ¡Es interesante ser tan importante como para ser curado de esa enfermedad tan fatal!

La consecuencia inmediata de esa publicidad fue que Jesús ya no podía entrar a una ciudad.

El versículo emplea terminología misionera ( proclamar , en griego kêrysso ; y palabra , lógos ), colocando de esta manera al sanado en la cadena de transmisión que arranca con Jesús mismo y continúa en el contexto de la temprana misión cristiana. Debe notarse que Marcos emplea el concepto de lógos para indicar la suma de la proclamación cristiana

 

Breve reflexión teológica

Paralela y contrariamente a la historia de marginación, exclusión y desprecio de las personas enfermas de lepra, también hubo una historia de amor, misericordia y preocupación por ellas, llevada adelante por la iglesia cristiana durante la Edad Media y la época moderna. Un hito culminante de esta abnegada dedicación a los más excluidos fue la obra del teólogo, filósofo, musicólogo, intérprete de Bach y médico misionero alemán Albert Schweitzer (1875-1965), galardonado en 1952 con el Premio Nobel de la Paz. Luego de sus estudios filosóficos, teológicos y de música, se decidió a estudiar medicina para poder ayudar de manera más efectiva al prójimo necesitado. En 1913 se trasladó a Lambaréné, en ese momento África Ecuatorial Francesa (hoy Gabón), estableciendo allí un hospital para los más pobres. En 1924, luego de la Primera Guerra Mundial, reconstruyó el hospital y lo equipó para atender a miles de enfermos, entre ellos a unos 300 leprosos. Su obra abnegada y su propuesta de una filosofía basada en la "reverencia por la vida", como una sensibilidad que abarcaría todas las formas de existencia, incluyendo la animal y la vegetal, se nutre de una profunda religiosidad cuyas raíces se vinculan con el Jesús que curaba todas las dolencias y amaba de manera inigualable a todo ser humano.

La historia del amor a las personas con lepra hunde sus raíces en los relatos evangélicos de curaciones de leprosos. Más que otras historias de curaciones, éstas descuellan sobre el trasfondo múltiple de exclusión física, marginación religiosa y la expectativa de que un leproso sólo podía ser curado por Dios mismo, en un hecho distinguido sólo comparable con la revivificación de un muerto - ambos hechos iban a caracterizar la era de la salvación (cf. Mt 11,5 y Lc 7,22). Con ello, el relato despliega el rol mesiánico, escatológico y divino de Jesús.

Se advierte la genialidad redaccional de Marcos, que abre el ciclo de la actuación pública de Jesús con la expulsión de un espíritu inmundo (Mc 1,23-27) y cierra su primera presentación de milagros con la purificación de un leproso (Mc 1,40-45). Esta construcción evidencia la cuidadosa selección y ubicación de las historias individuales en función del mensaje que quiere transmitir el evangelista.

El ministerio de Jesús halla su cumplimiento en el hecho de que las personas vienen a él y que en ese encuentro se construyen relaciones nuevas, que superan estigmas sociales y religiosos, transforman a las personas y les permiten comenzar de nuevo. Pero esta atracción no está exenta de consecuencias conflictivas. El seguimiento - fase "superior" de la atracción, si se permite esta formulación - implica llevar la cruz, como lo indicará Marcos en 8,34, en ese verdadero versículo bisagra de todo el evangelio. Mc 1,45 muestra un exitazo; 2,1-3,6 indicará una cadena de conflictos; y el versículo bisagra 8,34 es un enérgico llamado a la decisión: ¿De qué lado te colocas?

 

Rumbo a la predicación

1. Un excluido de la vida comienza a vivir de nuevo . Esta parte del sermón puede tomar forma narrativa, recontando el relato sobre el trasfondo de la exclusión física y social y el estigma religioso de culpable, castigado e impuro; e introduciendo la expectativa de una acción insólita, única y exclusivamente reservada a Dios mismo.

2. ¿Se terminaron las exclusiones? ¿Qué aprendió la humanidad, dónde aún debe aprender? ¿Qué aprendimos nosotros, y qué nos falta aprender? ¿Qué ha superado y limpiado Jesús en nosotros, qué le falta superar, y a qué nos llama? ¿En qué nos aventaja el hombre sanado de su lepra, y en qué le aventajamos nosotros?

 

 
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