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ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 093 – Enero de 2008
Instituto Universitario ISEDET
Aut. Prov. Nº 1340/01
Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET
Buenos Aires, Argentina
Este material puede citarse mencionando su origen
Responsable: Néstor Míguez
Domingo 13 de enero de 2008, Bautismo de Jesús
Sal 29 (EEH 74); Is 42:1-9 (EEH 58); Hch 10:34-43 (EEH 22); Mateo 3:13-17
Ubicación
Algunos estudiosos de las Escrituras piensan que el texto que hoy conocemos como “Evangelio según San Mateo” fue escrito originalmente como una Torah cristiana, una especie de Pentateuco resumido, como una guía de enseñanza de los cristianos de origen judío. Así, el nombre que le da el autor es (en una traducción literal de Mt 1:1) “Libro del Génesis de Jesús el Cristo”. Comienza con genealogías, un relato del nacimiento en medio de una matanza de niños, la crianza de Jesús en Egipto, su regreso a la tierra de sus padres, para luego “pasar por las aguas” (en el pasaje que ahora estudiamos). Luego estará 40 días y 40 noches en el desierto, siendo tentado, para luego anunciar la ley del Reino desde el Monte. El libro incluye los dichos principales de Jesús en cinco grandes discursos (Mt 5-7; 10; 13; 18 y 23-25), intercalados con relato de milagros y manifestaciones portentosas de Dios en Cristo. Finalmente termina con Jesús despidiéndose en el Monte, señalando el mundo a ser evangelizado. Los paralelos con Moisés (si bien no son literales) no pueden ocultarse.
Aceptemos o no que el Pentateuco estuvo como modelo del Evangelio, este pasaje nos marca el comienzo del ministerio de Jesús, es la primera aparición pública de Jesús adulto, podríamos decir, el comienzo de su Éxodo, su misión liberadora. Juan el Bautizador aparece como el precursor, pero también, pese a su resistencia a bautizar a Jesús, como quien da la oportunidad para que se perciba la dimensión especial y única que tiene éste como el “Hijo de Dios”. Si el libro del “génesis de Jesús” lo presenta como “hijo de David, hijo de Abrahán” (Mt 1:1), al comenzar el ministerio público de Jesús la voz celestial señala que esa filiación ancestral se completa con una filiación divina.
Desde otro punto de vista, este pasaje trajo diversos problemas en la historia de la teología. ¿Por qué es necesario que Jesús se bautice? Y menos del bautismo de Juan que es un bautismo de “arrepentimiento”, si siendo el Mesías no ha pecado, no tiene de qué arrepentirse. ¿Cómo puede el menor bautizar al mayor, el profeta al Hijo de Dios? El uso que corrientes gnósticas, adopcionistas u otras “heréticas” hicieron de este pasaje generó no pocos conflictos en la historia de la exégesis. Desde otro lugar, grupos baptistas lo han usado para defender la idea del bautismo de adultos y el valor de la propia decisión para pedirlo.
Por otra parte, también se lo presentado como un pasaje de afirmación trinitaria: aquí intervienen en un mismo testimonio y mostrando su unidad el Padre, que declara al Hijo por medio del Espíritu. Pero antes de entrar en las disquisiciones más abstractas, veamos qué nos dice el texto.
Notas exegéticas
Jesús sale de Galilea y se dirige al Jordán, con el propósito de ser bautizado. La resistencia de Juan a realizar esta acción puede explicarse desde varios argumentos: el anuncia el juicio, y quien debe realizarlo aparece, en cambio, como un hombre humilde que busca el bautismo, es decir, carecería de la rectitud al necesitar cumplir con este rito de purificación. Juan aduce, entonces, que no lo necesita: el Mesías, en su visión, viene como Juez y purificador del pecado, y por lo tanto no puede el mismo ser juzgado o limpiado.
Otra explicación tiene que ver con el ya expuesto argumento del “menor” que no puede ungir al “mayor”. Jesús reclama poder ser bautizado “para que se cumpla toda justicia”. Esta expresión también resulta dificultosa. No puede ser referida a la ley porque la ley no preveía ritos de bautismo y bautismos de purificación no aparecen en el Antiguo Testamento (la excepción –y no es rito—aparece cuando Eliseo manda a Naamán a zambullirse siete veces en el Jordán)(1) . Se la ha interpretado en el sentido de que Jesús necesita ser totalmente humano, y someterse a todas las condiciones de la vida humana para poder así redimir lo humano. Otra lectura pone el acento en “completar”, es decir, llevar a su término un tiempo, el que Juan representa con su visión de la justicia como juicio, y declarar inaugurado otro tiempo, el del Reino, que tiene otra manera de entender la justicia divina. Esto estaría en relación con la expresión “no he venido a abolir la ley sino a cumplirla” en el Sermón del Monte (la palabra griega es la misma).
Sea lo que sea, Juan finalmente bautiza con agua a Jesús. Pero al cumplirse ese rito, el bautismo se completa con la presencia del Espíritu de Dios, que descendiendo de los cielos “abiertos” se posa sobre Jesús y lo declara como Hijo(2) . Así se verifica la condición mesiánica de Jesús. Es ungido (mesías) por el doble procedimiento del bautismo en aguas y la unción del Espíritu (lo que también ha generado problemas en términos de un doble bautismo –bautismo de las aguas y bautismo del Espíritu, en ciertas tradiciones pentecostales). La consideración de Hijo de Dios lo pondría en la línea davídica, ya que así se interpretaba la particular unción en los salmos reales, donde el Rey es un hijo de Dios.
La voz celestial aparece como una voz audible para todos. A diferencia de Marcos y de Lucas, donde la voz se dirige a Jesús, la declaración aparece en tercera persona, como dirigida a Juan o al grupo que rodeaba la escena. Sin embargo, como se verá en el siguiente pasaje, la primera acción de ese Espíritu será llevarlo al desierto para ser sometido a la tentación.
Proyección hermenéutica y homilética
Una posibilidad es identificar el bautismo de Jesús con el “comienzo del ministerio liberador”. En ese sentido, el bautismo de Jesús sería un llamado a vivir nuestro propio en el modelo del bautismo de Jesús, asumiendo los votos del bautismo (que hayamos hecho nosotros o en los que nos iniciaron nuestros padres o padrinos) como certeza de que Dios nos recibe como hijos, de que derrama su Espíritu sobre nosotros, de que “se abren los cielos y permanecen abiertos” (como comenta Lutero), que es el comienzo de una misión, un mensaje que nos impulsa a completar toda justicia. Ello no nos libra de la tentación, pero nos da fuerzas para no apartarnos del llamado y vocación que ese bautismo nos significa.
Es reconocer también que vivimos tiempos “mesiánicos”. En medio de la “normalidad” de la vida cotidiana, con sus avatares, conflictos y desgracias, con sus opresiones y también sus posibilidades creativas, alegrías y atisbos de plenitud. En las palabras que se escuchan en el bautismo de Jesús se expresa esa presencia de Dios entre nosotros, el Emmanuel que venimos celebrando en todo este tiempo que sigue a la navidad.
Desde un punto de vista ético, el texto nos permite pensaren nuestra solidaridad con todo lo humano. El mismo Jesús no se yergue como un puro que no necesita el bautismo, sino que pide asumir todo lo humano, incluso la necesidad de ser bautizado y reconocido como hijo de Dios en ese acto. En ese bautismo se proyecta también el anuncio del bautismo con el que será bautizado, su muerte, y en el cual todos somos partícipes (Mt 20:22-23, cf. Ro 6:4-7).
(1) De hecho el bautismo como rito de perdón de pecados constituye práctica “antitemplo”. Según la ley, la purificación del pecado se hacia a través de los sacrificios que los sacerdotes realizan en el altar. El bautismo como rito de purificación representa un desarrollo alternativo de distintos grupos que se oponen al sacerdocio del templo, porque lo consideran corrupto e inválido. No solo Juan; sabemos que también la comunidad que nos dejó los escritos del Mar Muerto (Qumrán) y otras “sectas” judías practicaban el bautismo como una muestra de su fe, pero también como una crítica al templo y al sacerdocio y su teología.
(2) Esto es lo que los docetistas y adopcionistas interpretaban como el momento de la bajada del Espíritu al Jesús corporal, o la adopción divina de un Jesús humano. Así, el Espíritu y la filiación divina “pasarían” por el cuerpo de Jesús, sin afectarlo por su materialidad, entrando en el bautismo, y saliendo de él en la Cruz, cuando “entrega el Espíritu”.
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