ESTUDIO EXEGÉTICO-HOMILÉTICO 064 - Julio de 2005
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Domingo 10 de Julio de 2005

Sal 65; Is 55:10-13 (1-11); Ro 8:1-11 ; Mt 13:1-9, 18-23

Ver introducción del domingo anterior.

Análisis del texto

Con estos versículos comienza la última parte de la sección inicial de la carta (caps. 1-8), que contiene los fundamentos doctrinales que Pablo prepara para su exhortación pastoral. La sección tiene una estructura "trinitaria", aún antes de existir una doctrina de la trinidad: la primera sección habla de Dios y su Ley y Abrahán como ejemplo de fe en Dios (caps. 1-4), la segunda sobre la acción de Cristo (caps. 5-6) y su valor redentor, que culmina con el discurso antropológico que hemos visto el domingo anterior y con esa doxología de gratitud por Cristo, y finalmente en este capítulo 8 introduce el tercer momento: la presencia del Espíritu en la vida del creyente.

El texto plantea una oposición carne/espíritu (los originales no permiten distinguir, al modo que suelen hacer algunas versiones de hoy, el espíritu como la dimensión espiritual del ser humano, con el Espíritu, como expresión del Santo Espíritu de Dios). Esta distinción, leída contra la filosofía griega, especialmente de influencia platónica, estaba destinada a ser entendida como una oposición dualista. "La carne" (fundamentalmente "las pasiones", todo lo bajo y perverso del ser humano identificado como lo material) contra el espíritu (lo noble, luminoso, bello, lo intangible y abstracto, ideal). De más está decir como ello, además, fue leído de una manera sexista. Tanto es así que nos cuesta leerlo de otra manera.

Sin embargo, aun reconociendo esta oposición, debemos considerarla con cuidado. "La carne" representa, para Pablo, la condición del hombre que no reconoce a Dios (v. 7), y por lo tanto, está librado al juego de la corrupción y destinado a la muerte (v. 13 a). Es el espacio de la injusticia. De manera que puede haber incluso cosas ideales muy "carnales", por que se apoyan en las propias fuerzas humanas, siempre insuficientes, y no manifiestan la perfecta justicia divina. Por otro lado, el amor o la misericordia que se manifiesta en actitudes humanas y físicas, como la de alimentar o ayudar a los pobres, son cosas espirituales, como lo es la ofrenda para los pobres de Jerusalén (Ro 15:25-27) que es una forma de "ministrar a los santos".

En esta tensión entre carne y espíritu debe entenderse el ministerio de Cristo, el Dios venido en carne. En Cristo se ha cumplido "la justicia de la Ley", por lo cual somos librado de la condena que cae sobre nuestra condición de seres "en pecado" para poder vivir esa dimensión nueva que es la vida en el Espíritu (v. 3-4).

Esta visión paulina del espíritu/Espíritu no da pie, sin embargo, a una "espiritualidad" (pese a que la palabra esté de moda, está ausente del vocabulario paulino). Justamente, la "espiritualidad" puede ser muy carnal si está alimentada desde los sentimientos humanos y no desde la presencia del Espíritu de Dios (v. 9). Nuevamente, lo que hace vivir el espíritu humano en el Espíritu de Dios es "a causa de la justicia" (v. 10). La oposición justicia de Dios/injusticia del ser humano vuelve a aparecer como la que da sentido al discurso.

De manera que el ser humano no vive por su "espiritualidad", es decir, ritos, oraciones o estados especiales que lo elevan a Dios más allá de lo cotidiano, sino que vive lo cotidiano en la dimensión del Espíritu. De tal manera que el mismo Dios que levantó a Jesús de la muerte puede dar vida a los "cuerpos mortales" (v. 11). Esto es, la corporeidad humana, los cuerpos que nosotros somos, están vivos por el Espíritu de Dios. Esta distinción entre "carne de muerte" y "cuerpo vivo" es muy de Pablo. Pablo tiene expresiones positivas hacia el cuerpo: lo usa en metáforas y para hablar de la iglesia, pero también para hablar de su propio cuerpo "físico" como lugar de testimonio (llevo en mi cuerpo las marcas de Cristo, Gál 6:17). Aunque su pensamiento condena "las obras de la carne", ello no significa que condena la realidad corporal del ser humano, pues esta puede ser "Templo del Espíritu". Esto muestra que para el apóstol la carne no es solo lo material, sino una manera de vivir el mundo que desconoce la justicia, y por lo tanto no tiene acceso a la verdad.

Frente a ello hay una "vida en el Espíritu", que no lo saca al ser humano de esta realidad, sino que le permite vivirla desde otra perspectiva, desde la mirada que da la justicia de Dios. Allí, el cuerpo está muerto, a causa del pecado (v. 10), pero el espíritu, esa otra realidad a la que tenemos acceso por la fe, vive, y vuelve a dar vida al cuerpo mortal para que en este se manifieste la fuerza resucitadora del Dios que levantó a Jesús.

Sugerencias homiléticas

La propuesta paulina de "vivir en el Espíritu" nos pone en guardia contra dos peligros igualmente nefastos para la fe:

•  por un lado, la "carnalidad", las conductas que responden a los requerimientos del mundo gobernado por la injusticia (la tensión entre el gobierno, como puesto por Dios, y los gobiernos como espacio de corrupción, es otra tensión propia de la teología paulina que muestra como se da esta tensión entre justicia divina/injusticia humana). Son las actitudes dictadas por el deseo cautivo del pecado, que nos llevan, a nosotros y a otros, al reino de la muerte.

•  por el otro, cierta "espiritualidad", que nos aleja también del Dios verdadero, al poner el énfasis en los sentimientos humanos y las experiencias de "lo sublime". Es Dios quien viene a nosotros en su Espíritu, para habitar en nosotros y hacernos parte de su diálogo salvador. Solo el poder del Espíritu de Dios, y ninguna práctica más o menos esotérica o de "autoayuda", puede dar vida a nuestros cuerpos mortales. Es la falta de fe en el poder y la acción del Espíritu lo que pone de moda las espiritualidades. las emociones humanas y la meditación pueden ser muy loables (aun que también muy traicioneros), pero nada agregan a la fe si no son conducidos por el Espíritu divino.

La predicación sobre este texto puede estar orientada a valorar la vida de la comunidad en tanto abierta a la acción del Espíritu, pero reconociendo que esa presencia espiritual se nutre y es posible por la acción redentora de Jesús, que me libra "de la ley del pecado y de la muerte". Es una invitación a superar, en nuestras vidas cotidianas, por la presencia del Espíritu en nuestros cuerpos mortales, las injusticias de la corrupción para vivir el don de la justicia divina.

 

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