ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 096 – Marzo de 2008
Instituto Universitario ISEDET
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Responsable: René Krüger

Domingo 9 de marzo de 2008, 5º Domingo de Cuaresma
Sal 130; Ez 37,1‑14; Romanos 8,6‑11; Jn 11,1‑45

Ubicación
Un análisis del contexto algo mayor de Ro 8,1-11 evidencia que el texto se halla permeado transversalmente por dos binomios oposicionales: espíritu y carne, y vida y muerte. Con el primero, Pablo confronta a dos grupos de personas: de un lado se hallan las que están en Cristo Jesús (v. 1) y que no caminan según la carne, sino según el Espíritu (v. 4); y del otro están quienes no son propiedad de Cristo porque no tienen el Espíritu (v. 9), y cuya existencia se encuentra determinada por la carne (v. 5). El segundo binomio oposicional se introduce para afirmar a los creyentes en el camino que tomaron. Pablo trata de responder aquí la pregunta acerca del ethos que se desprende del evangelio como anuncio de la justificación por la sola fe y la sola gracia (Ro 6,1-7,6).

El texto
Entrando al texto, se constata que la posición de la carne es polémica contra Dios y es mortal; en cambio, la solidarización con el espíritu trae vida y paz. La orientación según la carne es rebelión contra la voluntad de Dios; es el reverso agresivo de una incapacidad de vivir según esa voluntad o de agradar a Dios. A esta caracterización negativa Pablo opone la alternativa positiva, interrumpida brevemente por la frase condicional en la segunda parte del v. 9. (Esta oración se parece a un pequeño epílogo del episodio en Éfeso, donde Pablo según Hch 19,1-7 se topa con un grupo que parecen ser cristianos, pero que resultan ser discípulos de Juan el Bautista.) La frase condicional presupone que los romanos pueden examinarse y autoevaluarse, preguntándose si conocen el don del Espíritu. El apóstol plantea esta misma cuestión en varias de sus cartas (2 Co 13,5; Ga 3,2; etc.
Caminar según la carne (Ro 8,4) es oponerse al seguimiento de Cristo y atender sólo sus intereses egoístas. El calificativo carnal expresa la autosuficiencia humana. En lo que Pablo llama carne actúa la debilidad humana del amor propio, teniendo como consecuencia la muerte.
En cambio, el Espíritu es la expresión de la acción de Dios en la persona creyente. En Ga 5,22-23 Pablo dibuja con rápidas pinceladas cuáles son o deberían ser los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Esta fuerza de Dios en última instancia no es sino Dios mismo.
En el v. 10, Pablo describe el ser cristiano o cristiana como una vida en la tensión entre un cuerpo enfermo por el pecado y por ello mortal, y una dimensión espiritual. En este versículo, espíritu, por su contraposición a cuerpo, se refiere a una dimensión del ser humano, y no al Espíritu Santo en sí. Ahora bien, el texto no hace referencia a prácticas comúnmente consideradas como espirituales. Se trata más bien de la orientación de la vida según Jesucristo. Por la justificación obrada por Dios en la persona creyente, esta dimensión del espíritu significa vida.
Esta descripción de la existencia cristiana se relaciona en cierto sentido con la conocida formulación de Martín Lutero Simul justus et peccator, a la vez justo/justificado y pecador. La experiencia de la justificación por la fe en la pura gracia de Dios no cambia el hecho de que sigamos cayendo y que morimos y moriremos por nuestra dependencia del pecado, que continúa ejerciendo su influencia hasta nuestro fin en esta tierra.
Con todo su énfasis en el don del Espíritu, Pablo de ninguna manera representa un cristianismo “entusiasta” o perfeccionista en lo ético. Tiene sobrada conciencia acerca de la lucha contra el pecado, que continúa –incluso con mayor fuerza– en los creyentes renacidos. La vida cristiana consiste en una larga cadena de victorias y fracasos. Continúa hasta el fin en una constante vacilación y fluctuación. Nuestra experiencia cotidiana evidencia cuánta razón tuvo Pablo. Caemos – y que nadie presuma ni aduzca su “grado de perfección”; pero Dios nos levanta – para que nadie tenga que desesperarse.
En el v. 11, Pablo establece una relación entre la ética y la escatología (tal como en Ro 6,1-11); entre la renovación cualitativa de la vida en el presente y la promesa de resurrección a la vida eterna. El Espíritu, que quiere darnos la orientación en materia ética, es el Espíritu de Dios que ha mostrado su poder sobre el pecado y la muerte en la resurrección de Jesucristo, y que por ello es garante de nuestra futura resurrección. Esta perspectiva de esperanza, basada exclusivamente en la obra de Dios y jamás en nuestros mejores y bien intencionados intentos de “mejorarnos”, es motivación fundamental para el ethos cristiano.

Reflexión sobre el texto
Carne y Espíritu son descripciones de esferas, campos, ámbitos, espacios de poder que ejercen su influencia sobre el ser humano y en los cuales éste se mueve. Pablo no está hablando de la parte carnal del individuo, de su estado físico o de su naturaleza somática (considerad mala y perdida por los gnósticos; considera creación del único Dios por la Biblia). Vivir según la carne de ninguna manera se limita a prácticas del cuerpo que pueden o suelen calificarse como pecaminosas, bajas, “carnales”. El intento tan piadoso de cumplir la Ley para lograr méritos ante Dios y quedar justificado también es una actitud carnal, aunque se sitúe en el ámbito religioso. Ciertos esfuerzos perfeccionistas que luego desembocan en soberbia frente a los menos “buenos” también son carne. Es decir, no sólo pecados cometidos con el cuerpo en su parte “carnal”, sino sobre todo actitudes, mentalidades, opciones, perspectivas de vida, omisiones y orientaciones son vida según la carne.
Martin Lutero expresó esta dimensión con la imagen del ser humano encorvado sobre sí mismo o en sí mismo (homo incurvatus in seipsum). Es la imagen de una persona que curva su espalda para ver su propio ombligo; su perspectiva se reduce a su propio ser, y ya no se abre al mundo, ni a los demás ni a Dios. En esta actitud, también se toman opciones entre lo bueno y lo malo; sólo que se elige lo que contribuye al propio bien y se evita lo que podría darlo a uno mismo. Fuera del propio provecho no hay más nada.
De no mediar la gracia de Dios, aceptada por fe, ese homo incurvatus in seipsum no sale de su encogimiento. Cuando se abre esta vida a la acción de Dios, la persona gana en vida, justicia (Ro 8,4), paz (Ro 8,6) y en el estatuto de hija o hijo de Dios (Ro 8,14). Según la interpretación de Pablo, la orientación y las actitudes de la persona responden a la lógica de la esfera en la que se encuentre, y responderán a la respectiva influencia que ejerce la una u la otra. Ello se evidenciará en las relaciones que la persona cultive con Dios y con su prójimo.
La antropología de Romanos 8 no parece ser la de una persona de la época actual, que sostiene su autonomía y se preocupa sólo por su bienestar. No es la del yo libre, autoconsciente, autónomo y soberano que se cultiva actualmente. Pablo subraya que las actitudes y orientaciones dependen de fuerzas o ámbitos que ejercen su influencia; su visión antropológica es la de un ser dependiente en un u otro sentido; un ser que tiene sólo autonomía relativa; y que como creyentes en Jesucristo está llamado a vivir bajo la dependencia del Espíritu Santo.
Aquí hay un amplio espacio para la reflexión sobre la supuesta o real autonomía del ser humano. De ninguna manera Pablo es determinista, al contrario: con su caracterización de los dos ámbitos carne y espíritu y su insistencia en la vida en el espíritu afirma la capacidad y la necesidad de la opción. Tampoco es dualista, en el sentido de que todos los cristianos están bajo el espíritu y los no cristianos bajo la carne. Al contrario: al colocar una y otra vez ante los destinatarios de su carta –la iglesia cristiana de Roma– la disyuntiva entre una y otra manera de vivir, muestra que sabe que esa línea divisoria pasa por la vida de cada uno y cada una, y no por la simple pertenencia religiosa. Es más: quien se halla en la esfera del evangelio, sufrirá mucho más ese tironeo que aquellos que no se encuentran en la necesidad de tomar decisiones claras.
La enseñanza sobre la salvación sostenida por Pablo es que el ser humano alejado de Dios y pecador queda justificado por pura gracia por la obra de Dios en Cristo, aceptada por fe. El acto salvífico no representa ninguna liberación misteriosa del pecado y de la muerte, ni suministra la capacidad automática para evitar de aquí en adelante el pecado y obrar sólo el bien. No hay ausencia mágica de pecado. Hay sí liberación de la coerción que ejerce el pecado sobre el ser humano. La libertad del pecado consiste en la posibilidad de realizar el intento de optar por la vida. Esta concepción –liberación de la coerción y posibilidad de realizar el intento de elegir la vida– constituye un acercamiento a la solución del la discusión entre “dominación” (acaso dualista) y “total soberanía” del ser humano.
En algunas ocasiones, Pablo empleó el simbolismo del vestido para hablar del cambio fundamental y de la necesidad del cambio continuo. En el sí a Jesucristo como Señor y Salvador, en la conversión, se inicia el caminar en el Espíritu que implica ruptura con la vida que se lleva hasta el momento, y comienza un nuevo camino con avances y retrocesos. La conversión no es la meta del caminar cristiano ni su culminación, sino apenas su comienzo. Esta tensión se refleja en diversas imágenes: por una parte, la persona cristiana fue revestida de Cristo, por eso es hijo o hija de Dios; y a la vez Pablo exhorta a revestirse de Jesús. La nueva identidad debe ser ejercitada continuamente. Toda la vida de la persona creyente es un proceso de vida y muerte, caerse y ser levantado por el Señor, opción, decisión. Pero no es un ¡Tú debes!, sino un ¡Tú puedes!, como lo formulara en cierta ocasión Kart Barth en sus reflexiones sobre Jer 31,33, cuando Dios inscribe la ley en nuestro ser.
La convicción con respecto a la dimensión del Espíritu por un lado, y la total sobriedad del apóstol por el otro, constituye una notable diferencia entre las iglesias paulinas y muchos cristianos y cristianas de la actualidad, que tienen cierto temor a vincular sus experiencias de fe con la dimensión del Espíritu Santo; mientras que por otro lado otras iglesias reducen todo el cristianismo al acto de recepción del Espíritu, transformando este hecho y/o el ejercicio de ciertos dones en su único programa, acaparando el término “carisma” y reduciéndolo a ciertas manifestaciones emocionales (llorar, cantar de una determinada manera, aplaudir, saltar, practicar la “risa sagrada”, caerse, y otras cosas más) – olvidándose de la amplitud y del carácter edificante de lo que el NT llama carisma, y de su utilidad en términos de amor al prójimo. Los primeros han de preguntarse qué hacer ante el déficit pneumatológico en sus experiencias de fe y en su reflexión teológica; los segundos deben revisar cuidadosamente a la luz de las Escrituras lo que suelen llamar “carismas” y preguntarse qué es verdadero carisma en el sentido neotestamentario y qué prácticas de amor concreto al prójimo corresponden al carisma supremo del amor, ese camino más excelente de todos los dones (1 Co 12,31).

Rumbo al sermón
1. Nuestra existencia cristiana, nuestro ser cristiano, no nos proporciona ninguna libertad “mágica” del pecado, sino la libertad de la coerción que el pecado –cifrado bajo el calificativo de carne– ejerce sobre todo ser humano. La ventaja que tenemos es que podemos tomar conciencia de esa coerción, mientras quienes no le han dado su sí a la oferta de Dios en Cristo, lo toman como algo “natural”, “humano”, o también como “destino”.
2. Carne no se refiere a nuestra parte física (huesos, músculos, tendones, órganos, sangre, piel, nervios, etc.); sino a la orientación de la vida de una persona sobre sí misma; “encogida” sobre su yo y sus propios intereses, repletada sobre sí mismo, encerrada y cerrada. Sólo Dios nos puede abrir en una situación así.
3. Espíritu no se refiere a “ejercicios espirituales” ni a experiencias psicológicas (acaso de dudoso origen y de manifestaciones a veces cuestionables), sino a la orientación de la vida abierta a Dios y al prójimo, agradecida por la salvación, dispuesta a la obediencia. Es vida realizada en la comunidad de creyentes que da testimonio y sirve al mundo.


Seguimos aquí el comentario de Klaus Haacker, Der Brief des Paulus an die Römer, Leipzig, Evangelische Verlagsanstalt, 1999, p. 150-154; y las líneas señaladas por Inés Juárez, Dos ámbitos de poder, dos maneras de vivir, una invitación. El binomio oposicional sárx y pneuma en Romanos 8,1-17. Tesis de Licenciatura, ISEDET, 2007, ad locum.

 

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