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Los profetas Juan y Jesús y otros líderes populares de aquella época

Carlos Mesters

Apoyándose en los datos de los propios evangelios, los intérpretes de la Biblia insisten, y con razón, en la novedad de Jesús frente a Juan Bautista. Pero existe otra novedad, anterior y no menos importante, de Juan y Jesús juntos frente a los otros líderes populares de aquella época. Ella es la tela de fondo del anuncio del Reino de Dios, iniciado por Juan (Mt 3,1-2) y continuado por Jesús (Mt 4,17). Es de esta anterior novedad que vamos a hablar en este articulo.

I. En Juan y Jesús reapareció la profecía

En el comienzo de la Iglesia, los cristianos tuvieron dificultad en reconocer inmediatamente toda la novedad de Jesús frente a Juan (Hch 18,25; 19,1-3). Jesús era visto por el pueblo como un continuador de la obra de Juan (Mc 8,28). Él inició su predicación en Galilea sólo "después de que Juan fue apresado" (Mc 1,14; Mt 4,12). Los dos anunciaban el mismo mensaje, defendían la misma causa (Mt 3,1-2 y Mt 4,17). Algunos hasta pensaban que Jesús fuera Juan resucitado (Mc 6,14-16; Mt 16,14). ¡Tan grande era la semejanza entre los dos! De ahí se comprende la insistencia tan frecuente de los evangelios en la superioridad de Jesús frente a Juan (cfr. Mt 3,11; 11,11; Mc 1,7-8; Lc 1,76; 3,15-16; Jn 1,8.19-39; 3,27-30).

La semejanza entre Juan y Jesús estaba en el hecho de que ambos fueron reconocidos por el pueblo como profetas. Juan era visto, no como un revoltoso del tipo de Barrabás, ni como un escriba o fariseo, sino como un profeta (Mt 11,9; 14,5; 21,26; Mc 11,30-32; Lc 1,76). Lo mismo se decía de Jesús: "¡Es un profeta!" (Jn 9,17; Cfr. Mt 16,14; 21,11.46; Mc 6,15; Lc 7,16.39; Jn 4,19). Es en esta, su identificación como profetas que está la novedad de ambos frente a los otros líderes populares de aquella época.

Desde el siglo VI antes de Cristo, tiempo de Egeo y Zacarías, la profecía había cesado. "¡No existen más profetas!'', así se decía (Sal 74,9; cfr. Sal 77,9; Lam 2,9; 1 Mac 9,27; Dan 3,38). Se vivía a la espera de la llegada del profeta prometido por Moisés (Dt 18,15; l Mac 4,46; 14,41). La larga espera terminó con la llegada de Juan (Lc 16,16). En Jesús el pueblo reconoció "el profeta que debía venir al mundo" (Jn 6,14). Después de Juan y Jesús vinieron otros profetas, verdaderos y falsos (Mt 24,11.24). De algunos de ellos habla el Nuevo Testamento, de otros informa Flavio Josefo en su libro Antigüedades Judías (AJ). Veamos algunos de ellos:

1. En el 36, esto es, diez años después de Juan Bautista, un samaritano anónimo convocó al pueblo al monte Garizim. Prometía revelar el lugar donde Moisés había escondido los utensilios sagrados del santuario. Pilatos, el procurador romano, supo, mandó su tropa y mató a la mayoría (AJ XVIII 4,1-3).

2. En el 45, un cierto Teudas convocó al pueblo al Jordán. Prometía dividir las aguas y abrir un pasaje. Fadus, el procurador romano, supo, mandó su tropa, dispersó al pueblo, mató a Teudas y le cortó la cabeza para poder mostrarla al pueblo de Jerusalén (AJ XX 5,1).

3. En el 56, un egipcio, también anónimo, convocó al pueblo al desierto, de donde subieron juntos al Monte de los Olivos. Prometía que, desde lo alto, verían la caída de las murallas de Jerusalén. Félix, el procurador romano, supo, mandó su tropa, apresó a doscientos y mató a cuatrocientos. El egipcio escapó y el bandolerismo aumentó (AJ XX 8,6).

4. En el 60, otro se presentó como profeta. Prometía "libertad y liberación de las miserias a los que lo seguían al desierto". Festus, el procurador romano, supo, mandó su tropa y destruyó todo (AJ XX 8,10).

Como estos, hubo otros muchos profetas. Para los romanos, y lo mismo para los escribas y fariseos, no había mucha diferencia entre estos profetas y los otros líderes populares. Por ejemplo, el capitán romano que prendió a Pablo, confundía al profeta egipcio y sus seguidores con los "sicarios" (Hech 21,38). Pilatos confundía a Jesús con Barrabás, un revoltoso (Mc 15,7), y con los que se autoproclamaban rey de los judíos (Mc 15,9). Los acusadores de Jesús hacían la misma confusión (Lc 23,2.5). Gamaliel, un doctor de la ley, colocaba al profeta Teudas en la misma línea de Judas, el jefe de un grupo de revoltosos, y no creía en ninguno de los dos (Hech 5,35- 37). En tanto, había una diferencia muy grande entre los profetas y los otros líderes populares: sicarios, revoltosos, zelotas, reyes mesiánicos y otros.

La diferencia aparece cuando se examina más de cerca el movimiento popular de aquella época. Desde la invasión romana en el 63 antes de Cristo, la lucha del pueblo contra la opresión, entró en un proceso de radicalización progresiva, esto es, entró en un proceso de vuelta a las raíces, pasando por varias etapas. El reaparecimiento de la profecía con Juan y Jesús, alrededor del año 26 de nuestra era, fue una etapa más en este proceso de radicalización de la lucha del pueblo. Veamos de cerca las etapas de este proceso.

II. Las variadas etapas del movimiento popular

1. Del 63 al 37 antes de Cristo

En el 63, Roma ocupó Palestina y le impuso, nuevamente, un pesado tributo, suspendido desde el 142, cuando Simón, el Macabeo, conquistó la independencia (1 Mac 13,37; 13, 39-41). Así, desde el 63, los agricultores llegaban a entregar, junto con los otros tributos e impuestos, casi la mitad de su producción al nuevo patrón. Además de lo dicho, las guerras civiles del fin de la República y del comienzo del Imperio fueron desastrosas para el pueblo de Palestina.

Lo que marca la reacción del pueblo durante este período, es la falta de rumbo. Casi cada año estallaba una revuelta, sobre todo en Galilea. Oprimido y confuso, el pueblo reaccionaba sin saber qué dirección tomar. Y con todo aquel que prometía aliviar el peso del tributo romano: en el 57, con Alejandro, el ambicioso pretendiente al trono; en el 56, con Aristóbulo, padre de Alejandro y rey depuesto por los romanos; en el 55, nuevamente con Alejandro; en el 54, con Pitolao, un agricultor de Galilea, que llegó a ocupar la ciudad de Tariquea, a la orilla del lago; en el 47, con Ezequías, el famoso jefe de un grupo de revoltosos, que operaba en el nordeste de Galilea (AJ XIV 5-9).

Flavio Josefo dice que, en aquella época, Galilea estaba llena de "bandidos y ladrones". Describiendo la vida de los que llama "ladrones", él informa: "Robar es la práctica común de este pueblo, pues no hay otra manera para que ellos vivan: ellos no tenían una ciudad que fuera de ellos, ni poseían tierra, sólo unos agujeros, donde viven junto con sus animales" (AJ XV 10,3). En otras palabras, se trataba de un pueblo empobrecido del interior, al cual no le sobró nada. ¡Todo le fue quitado! La revuelta de ellos era fruto de la desesperación.

Dos tipos de líderes animaban la lucha del pueblo en este período: por un lado, Alejandro y Aristóbulo, de familia real, que querían reconquistar el poder perdido; por otro lado, Pitolao y Ezequías, de origen campesino. Pitolao llegó a apoyar la lucha de Aristóbulo y Alejandro. El era pobre y no tenia armas para dar al pueblo que lo seguía (AJ XIV 5,2; 7;3).

En la represión al movimiento popular, los romanos consiguieron la ayuda de la clase dirigente de Jerusalén. Herodes, nombrado comandante militar de Galilea (47-41), apoyado por Hircano, el Sumo Sacerdote, enfrenta, vence y mata a Ezequías. Más tarde, en el 38, nombrado rey de Palestina por un decreto del Senado Romano, el mismo Herodes comienza su reinado procurando "limpiar a Galilea del vandalismo". Por el trabajo hecho él recibió los elogios de los propietarios de la región (AJ XIV 9,2-3; 15,4-6).

2. Del 37 al 4 antes de Cristo

Es el período del gobierno de Herodes. Fue un período de relativa calma, sin mayores revueltas populares. La calma era fruto, en parte, del control severo de la población por la policía de Herodes que recurría al espionaje, la denuncia y la tortura y, en parte, de la estabilidad económica como consecuencia de la así llamada "Pax Romana". Octaviano Augusto, emperador desde el 31, tenia todo el interés en promover una política de estabilidad y paz después de tantos años de guerra civil.

Para el pueblo de Palestina, por ejemplo, el gobierno de Herodes no trajo la paz. Fue un gobierno duro, explotador y represivo (AJ XVII 11,2). El descontento popular sólo consiguió manifestarse indirectamente, de manera muy limitada, poco tiempo antes de la muerte de Herodes. Dos fariseos, Matías y Judas, ambos doctores de la ley y profesores estimados. consiguieron llevar a sus alumnos a derrumbar el águila romana, que Herodes mandara colocar en la puerta de entrada del nuevo templo. Herodes, viejo ya y casi muerto, reaccionó con violencia. Mandó que fueran quemados vivos los dos fariseos más cuarenta de sus alumnos. Este hecho fue el estopín para la explosión de la revuelta popular después de la muerte de Herodes (AJ XVII 6,2-4; 9,1).

Jesús nace al final del gobierno de Herodes. Es la época de su infancia, de la cual Lucas dice: "Él crecía, se tornaba robusto y se henchía de sabiduría" (Lc 2,40).

3. Del 4 antes de Cristo al 6 después de Cristo

Es el período del gobierno de Arquelao que sucedió a Herodes en Judea. Fue un período marcado por la explosión de la violencia. Fueron diez años de revueltas, de represión, de masacres. En el día mismo en que Arquelao se presentó por primera vez al pueblo, el día de Pascua del año 4, provocó la masacre de 3000 personas. Los peregrinos del interior que consiguieron escapar de la masacre, dieron la alarma y, en seguida, casi simultáneamente, la revuelta explotaba en todo el país (AJ XVII 8,4; 9,1-3).

Pero ya no era el mismo tipo de revuelta de antes del gobierno de Herodes. La experiencia negativa y dolorosa del largo reinado represivo del Rey Herodes hizo emerger de la memoria peligrosa del pueblo la esperanza latente y ya casi olvidada del Rey mesiánico, del nuevo David, que debía venir para liberar a su pueblo de la violencia y de la opresión (Sal 72,3.12-14). ¡Creció la conciencia del pueblo! Los lideres populares que surgen en este período ya no son simples revoltosos, descontentos sin rumbo. Ya saben mejor lo que quieren. Apelan a las antiguas promesas hechas a David y se proclaman reyes del pueblo.

Así, en Galilea, es Judas, hijo de aquel Ezequías asesinado por Herodes, quien se proclama rey del pueblo (AJ XVII 10,4-5); en Persia, al otro lado del Jordán, es Simón, un ex-esclavo de Herodes (AJ XVII 10,6); en Judea, es Atronges, un pastor de enorme fuerza física (AJ XVII 10,7). Todos ellos tenían gran popularidad. El pueblo se reconoce en ellos y los sigue en masa. En su lucha contra la opresión, ellos procuran una motivación más profunda que tiene que ver con su fe en Dios y con su misión como pueblo de Dios. Esta vuelta al pasado, al reinado de David, rey y pastor, ayudaba al pueblo al redescubrir su identidad y misión y a orientar mejor su lucha.

La represión romana, esta vez, fue directa y violenta. Ella hizo abortar la experiencia del reinado mesiánico. Séforis, la capital de Galilea, fue totalmente destruida y su población reducida a la esclavitud. Jerusalén , la capital de Judea, escapó de la destrucción, pues sus habitantes se distanciaron de la revuelta del pueblo del interior y abrieron las puertas de las ciudades para recibir a Varo, el general romano que vino para reprimir la revuelta. Pero el interior de Judea fue barrido por las tropas romanas y dos mil rebeldes fueron apresados. El general mandó crucificarlos a todos alrededor de Jerusalén (AJ XVII 10,8-10).

En este mismo período, el niño Jesús, saliendo de la infancia y entrando a la adolescencia, "crecía en sabiduría, en tamaño y en gracia delante de Dios y de los hombres" (Lc 2,52). Es conveniente recordar que Nazaret quedaba apenas a siete u ocho kilómetros de Séforis, la capital que fue arrasada y esclavizada.

4. Del 6 al 41 después de Cristo

Es el periodo de los procuradores romanos en Judea. Ante la incapacidad de Arquelao de controlar la situación a favor de Roma, el Emperador intervino, después de Arquelao y cambió el régimen del país. Judea fue transformada en provincia romana con procurador propio. Un censo fue decretado para poder reorganizar la administración y garantizar mejor el pago del tributo. Por medio de estas medidas, Roma dejaba bien claro a todos su firme decisión de mantener el control sobre la región y de aplastar cualquier tipo de revuelta.

El censo provocó una fuerte reacción popular, sobretodo en Galilea, más fue una reacción diferente a las anteriores. No fue una revuelta ciega del bandolerismo del tiempo de Pitolao y de Ezequías, ni la lucha del mesianismo real del tiempo de Atronges y otros. Fue más bien una resistencia consciente del celo por la Ley de Dios, conducida por Judas de Gamla y por Sadoq, el fariseo. Flavio Josefo cuenta cómo el celo tomó cuenta de Judas y Sadoq (AJ XVIII 1,2.6).

El celo era algo muy antiguo, muy arraigado en la tradición del pueblo de Israel. En el pasado, había animado a Fineés en la lucha contra los infieles (Núm 25,7-12), del profeta Elías en la lucha contra Jezabel y los falsos profetas (1 R 18,4); 19,10.14) y, sobretodo, del viejo Matatías, padre de los Macabeos, en la lucha contra Antíoco, el perseguidor del pueblo (1 Mac 2, 24-28). El celo por la Ley de Dios nació del deseo de fidelidad a las exigencias de la Alianza.

El rumbo del celo dependía de la visión que se tenía de Dios y de la Ley de Dios. En el caso de Judas y Sadoq, el celo tomó el siguiente rumbo: no dar el nombre al censo, no pagar impuesto ni tributo a los romanos, afirmar la libertad contra Roma, no reconocer al emperador romano como señor, pues sólo Yahvé, el Dios de Israel, es el único Señor del pueblo (AJ XVIII 1,1.6).

El movimiento de los Zelotas tuvo su origen en este celo por la Ley de Dios que tomó cuenta de Judas y Sadoq con ocasión del censo del año 6. El movimiento de los Zelotas, por ejemplo, no nació como movimiento organizado sino como una mentalidad que, de repente, se encargó del modo de pensar y de actuar de mucha gente y comenzó a reflejarse por todos los rincones como mancha de óleo en la superficie del agua. ¡Mancha peligrosa! Era una nueva forma de resistencia a los romanos, un paso más en ese proceso de radicalización de la lucha del pueblo, después del fracaso de la revuelta ciega y del mesianismo real. En el decir de Flavio Josefo, el partido organizado de los Zelotas apareció mucho más tarde durante el gobierno del procurador romano Gessio Floro (64-66) (AJ XVIII 1,6).

En esta época de Judas y Sadoq, el joven Jesús, llegando a la edad de doce años, pasaba a participar plenamente de la vida de la comunidad y comenzaba a aprender una profesión para ganarse la vida.

El cambio de régimen, decretado con ocasión de la deposición de Arquelao, trajo una relativa calma que duró del año 6 hasta el año 41. Pero la amenaza de la explosión popular y de la destrucción por los romanos continuaba existiendo. La revueltas esporádicas, como, por ejemplo, la de Barrabás (Mc 15,7) y de los galileos (Lc 13,1), así como la inmediata represión romana, recordaban la extrema gravedad de la situación. Pues , en lo profundo de la conciencia, crecía el celo, la resistencia del pueblo, sin posibilidad de una salida, como un fuego reprimido bajo las cenizas. Bastaba alguien para soplar y Roma vendría y acabaría con la nación (cfr. Jn 11,48), como de hecho ocurrió en el año 70. La calma era apenas una tregua, una ocasión ofrecida por la historia-por Dios-para hacer una revisión del rumbo del caminar y de la lucha del pueblo.

Fue precisamente en este periodo de relativa calma y de revisión que aparecieron los profetas. Son profetas, porque supieron leer los signos de los tiempos, captaron el llamado de Dios expresado y escondido en el grito callado de los pobres y, de este modo, se tornaron portavoces de las aspiraciones más profundas del pueblo de Dios. El reaparecimiento de la profecía fue un paso más en ese proceso de radicalización de la lucha del pueblo contra la opresión. Juan Bautista fue el primero. Luego, en seguida, vino Jesús. Después de ellos, vinieron otros. ¿Qué es lo que los profetas querían y lo que representaban para el pueblo oprimido?

III. Los profetas y el movimiento popular

Los profetas querían y prometían cosas muy simples y muy significativas para el pueblo: 1. El samaritano prometía revelar el lugar de los utensilios sagrados del tiempo de Moisés; 2. Juan Bautista, el egipcio y el profeta anónimo convocaban al pueblo al desierto; 3. Teudas prometía separar las aguas del Jordán y abrir un pasaje para el pueblo; 4. Jesús y el egipcio anunciaban la caída de las murallas de Jerusalén; 5. Juan Bautista. y Jesús anunciaban la llegada del Reino de Dios; 6. Ambos exigían metanoia (cambio de mentalidad y de comportamiento); 7. Jesús y el profeta anónimo anunciaban la liberación de los males y de la opresión.

En estos siete o más puntos de la predicación profética, aunque de épocas y de personas diferentes, existe una unidad. Son como ramas de la misma raíz, siete frutos de la misma revisión que estaba siendo hecha en el rumbo del camino. En ellos se hace transparente una nueva lectura de los hechos hecha del pasado del pueblo y a la luz de su fe en Dios.

De hecho, como vimos, la situación en que se encontraba el pueblo en una situación límite de extrema gravedad. Mas los líderes, que debieron ayudar al pueblo a encontrar una salida, continuaron cerrados dentro de horizonte de sus propias ideas y preocupaciones. Por eso, perdieron la capacidad de leer los hechos y de sacar la lección de la historia (Mt 16,1-3) .

Los fariseos y los doctores de la ley vivían preocupados con la observancia de la ley de acuerdo con la tradición de los antiguos (Mc 7,3-4.13). Para ellos, la observancia perfecta de la ley y de la tradición era la condición previa para que el Reino de Dios pudiese llegar (cfr. Lc 17,20). No querían saber de revoltosos (Hech 5,36-37) ni de reyes mesiánicos (Jn 19,12; Mc 15,32). A pesar de estar contra los romanos, no querían el conflicto abierto con ellos, pues querían la calma necesaria para poder observar la ley de Dios. No aliviaban el peso de la vida (Mt 23,4), muchos de ellos despreciaban al pueblo pobre como ignorante (jn 9,34; 7,49) y no tomaban en serio el movimiento popular en tomo de Juan y Jesús (Lc 7,29-30.33-35; Mt 21,32; Jn 7,48). No percibían la gravedad del momento ni la necesidad de un cambio de rumbo en el camino y, por eso, sin que se dieran cuenta, conducían al pueblo al desastre (Lc 13,1-3; 19,41-44; 13,34-35). Se cerraban en su propia sabiduría (Lc 7,35) y, así se tornaron incapaces de reconocer la llegada gratuita del Reino de Dios en medio de los pobres (Mt 11,25).

Los Sumos Sacerdotes, los Ancianos y los Saduceos aplaudieron el cambio de régimen que vino con la deposición de Arquelao en el año 6 después de Cristo. Fueron ellos los que habían enviado una delegación a Roma para pedir la deposición (AJ XVII 13,2.5). La política romana favorecía los intereses de la clase dirigente, de la nobleza local, de los latifundistas y de los grandes comerciantes, cubriendo así el control y la represión al pueblo (cfr. Jn 11,45-49). Se decían benefactores del pueblo, mas, en la realidad, eran sus explotadores (Lc 22,25). De parte de ellos no vendría ninguna mejora para la vida de los pobres.

Los esenios, convencidos de ser ellos el único verdadero Israel, despreciaban a los otros y se refugiaban en el desierto, a fin de poder vivir la pureza que la ley exigía de ellos y, así, preparar la llegada del Reino de Dios.

La insistencia de los lideres religiosos en la observancia de la ley había hecho olvidar "la gracia y la misericordia" (Mt 9,13; 12,7) y, por eso mismo, había hecho perder de vista el objetivo de la ley de Dios (Mc 7,8- 13). La insistencia en la pureza legal y la concepción estrecha y nacionalista de su elección como pueblo de Dios habían provocado divisiones dentro del propio pueblo. Había muchos grupos. Cada grupo pretendía ser el "resto fiel", excomulgaba a los otros y perdía de vista la situación real del pueblo empobrecido en las ciudades y en el campo. Dividido, Israel ya no revelaba la cara de Dios como debía. Ya no cumplía su misión de ser Luz de las naciones. Al contrario, por su causa, el Nombre de Dios estaba siendo blasfemado entre los pueblos (Rom 2,24).

¿Y cuál es la alternativa concreta que la mentalidad de los Zelotas ofrecía al pueblo más allá del odio a los romanos y más allá de la misma visión estrecha y alienada de la observancia de la ley de Dios? Ellos reducían el celo por la ley de Dios a una reacción vengativa contra Roma y olvidaban la verdadera dimensión de su misión como pueblo de Dios.

Y el pueblo pobre, ignorado y despreciado por estos líderes y sus grupos de vanguardia, pueblo explotado y reprimido por los romanos y sus colaboradores, ¿cómo reaccionaba? Vivía su fe de otra manera. Cansado de todo, empobrecido por causa del tributo, incapaz de observar las tradiciones de los escribas y fariseos y no confiando más en las promesas humanas, explotaban en revueltas. Como ovejas sin pastor, seguía en masa a los revoltosos y a los reyes mesiánicos para ser masacrado, en seguida, por el ejército romano. Por un instinto de fe y de sobrevivencia, se agarraba cada vez más a las promesas de los antiguos profetas y, orientándose por previsiones apocalípticas, esperaba la venida del Reino de Dios como liberación de todos los males.

¿Y cuál es la lección que los lideres de los grupos de vanguardia sacaban de aquella adhesión en masa que el pueblo daba, primero, a los revoltosos y, después, a los reyes mesiánicos? En vez de reconocer en eso una critica a su propio liderato, procuraban eliminar y neutralizar cualquier líder popular que contestara a su autoridad.

Es dentro del contexto de este impasse histórico de absoluta falta de salida para el pueblo y ante la urgencia de encontrar una salida antes que fuera demasiado tarde, que surgieron los profetas Juan y Jesús como una nueva luz de esperanza en el horizonte del pueblo. Son sobretodo tres puntos que se hacen transparentes, de manera simple y popular, en aquellos siete items de predicación profética: 1. Una critica radical a la manera como los líderes oficiales conducían al pueblo; 2. Una increencia en los rumbos y en los métodos adoptados hasta entonces para encontrar una salida para el pueblo; 3. Una nueva y más radical propuesta para salvar al pueblo de retomar la Misión.

1. Una critica radical a la manera como los líderes oficiales conducían al pueblo. Los profetas invitaban al pueblo a salir de Jerusalén al desierto rumbo al Jordán y al Monte Garizim. Ellos anunciaban la caída de las murallas de Jerusalén, símbolo de fuerza y de poder. Querían reencontrar los antiguos utensilios sagrados de los tiempos de Moisés. Estas exhortaciones encerraban una critica muy fuerte a la situación establecida, centrada. en torno a la ciudad de Jerusalén y sus ancianos y en torno al templo y su sacerdocio. Es decir, Jesús hizo críticas muy fuertes contra la manera como los fariseos y los escribas conducían al pueblo (Mt 23,1-39).

2. Una increencia en los rumbos y en los métodos adoptados hasta entonces para encontrar una salida. Los profetas sacaban una lección de la historia. No pregonaban una revuelta pura y simple como Pitolao y Ezequías, ni irían detrás de los pretendientes al trono como Alejandro y Aristóbulo, que sólo querían el poder para ventaja personal. No invitaban al pueblo para una guerra santa contra los opresores, como hacían los reyes mesiánicos. Y aunque llenos del celo por la causa de Dios (Jn 2,17), ellos no tenían la mentalidad celosa de Judas y Sadoq. En vez de hacer un injerto nuevo en una rama muerta, los profetas procuraron devolver la vida a la rama. Ellos proponían un rumbo diferente, más radical.

3. Una propuesta nueva y más radical para salvar al pueblo y retomar la misión. Los profetas invitaron al pueblo a ir al desierto, esto es, lo invitaron a volver a los tiempos del Éxodo, de Moisés, al período de los cuarenta años en el desierto en que Dios caminaba con el pueblo y con él concluía la Alianza. Querían volver al tiempo de Josué que dividió las aguas del Jordán, abrió un pasaje para que el pueblo pasara, ocupó la tierra e hizo caer las murallas de Jericó, símbolo del poder y de la fuerza de los reyes de Canaán. Querían volver al inicio del reinado de David, rey pastor, rey idealizado como imagen e instrumento del Reino de Dios. En una palabra, los profetas querían volver a los orígenes, al tiempo de la fidelidad del primer amor, del inicio del noviazgo, hasta antes de la bifurcación, donde el pueblo desgobernado tomó el rumbo errado que dio el impasse que dio. Los profetas miraban el pasado, mas no eran nostálgicos. Para ellos, el pasado es la raíz del presente y muestra el futuro. Basándose en una nueva comprensión de la Ley de Dios, querían reconstituir el tejido social desde la base, reconstruir la Alianza, recomenzar todo de nuevo.

Bibliografía

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