www.clailatino.org

Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

DE NADA VALE LA GRASA DE LOS HOLOCAUSTOS
Una crítica al sacrificio del segundo templo

Sandro Gallazzi  

 

El profetismo del período monárquico, siempre estuvo en conflicto con el sacrificio cultual del templo salomónico. Baste con recordar algunos textos clásicos:

¿Qué me importa la abundancia de vuestros sacrificios? Estoy harto de los holocaustos... de la grasa... de la sangre (Is. 1, 11).

¡Añadid vuestros holocaustos a vuestros sacrificios!. Que cuando vuestros padres salieron de Egipto, no dije nada tocante a holocausto y sacrificio. Sólo ordené: ¡escucha mi voz! (Jr. 7, 21s.).

Efraim multiplicó los altares para la expiación,

sin embargo los altares fueron causa de pecado...

¡Ofrecen sacrificios, comen la carne, pero Yavé no los acepta! (Os. 8, 11-13).

 

¡No miro el sacrificio de vuestros animales gordos! (Am. 5, 22).

 

Y podríamos continuar.

La novedad reside en el hecho de que en el culto del segundo templo, reconstruido después del cautiverio de Babilonia, la voz profética ya no es una voz de censura, sino de apoyo y estímulo. La reconstrucción del templo es hecha bajo las bendiciones de Ageo y de Zacarías (Esd. 5, 1). La realización de un futuro feliz, de una sociedad agradable y de una convivencia pacífica, es ligada a la existencia del templo y del sacerdocio (Ag. 2, 1-9; Zc. 3, 6-10). Más tarde, el profeta Malaquías censura las ofrendas impropias para el sacrificio, exortando a dar a Dios de lo bueno, lo mejor:

Cuando presentáis un animal ciego para sacrificar, ¡esto está mal!

Cuando presentáis un animal cojo o enfermo, ¿no está mal? (Ml. 1, 8).

 

¿Qué cambió entre el primero y el segundo templo?

El templo salomónico siempre sirvió de apoyo, de amparo, de legitimación ideológica del reinado. Un reinado que se asentó sobre la explotación y la opresión. De ahí la crítica profética.

Este reinado ya no existe más en Judá después del cautiverio (la experiencia de Zorobabel fue efímera, y no propiamente “monárquica”). Judá es ahora una “provincia” del imperio persa, y lo será más tarde del dominio griego. El templo no es más el sustentáculo de una monarquía autónoma, sino el único centro de identidad política, cultural y económica de los judíos. Fortalecer el templo y su papel significa garantizar la sobrevivencia del grupo como un todo. De ahí el apoyo, por lo menos inicial, de los profetas.

No obstante, a pesar de toda esta importancia y significación política es necesario recordar algunos hechos que llevaron a una situación de abuso y opresión, no solamente legitimada, sino causada y provocada por el templo; situación que culminará en la denuncia de Jesús, quien retomará la antigua denuncia profética de Jeremías al comparar el templo con una cueva de ladrones (Mc. 11, 17; Jr. 7, 11).

 

a. El segundo templo fue obra de los “hijos del cautiverio”, de los que volvieron del exilio y que se consideraban el verdadero Israel, el “resto” purificado por el fuego de la prueba (Esd. 4, 1-4; 6, 16. 19-21). El segundo templo se convirtió en fuente de ruptura entre los que volvieron del exilio y los que habían quedado en Judea: el “pueblo de la tierra”, los pueblos de la tierra, como fueron llamados, con desprecio, por los repatriados. El “pueblo de la tierra” y los “hijos del cautiverio” formaron dos grupos en conflicto, y en conflicto fuerte.

b. El conflicto no será sólo “cultual”, sino político y económico. La obra de Nehemías y de Esdras fortalecerá definitivamente al bando de los repatriados (quienes se continuarán llamando así, ¡aún después de cien años!). La tierra será retomada, por ley, por quien es el verdadero Israel, y no se mezcló con los otros “pueblos de la tierra”. El pueblo de la tierra, ya mezclado e impuro desde hace más de 150 años, no es más Israel, no tiene por eso derecho a la tierra (Esd. 9, 8-12). La amistad y la convivencia con el imperio persa son selladas definitivamente (Esd. 7). ¡El grupo de los repatriados va a tener la hegemonía con las bendiciones del emperador!

c. El proyecto construido por Nehemías, fue un proyecto eminentemente “urbano” (¡la Judea había sido reducida a una pequeña área alrededor de Jerusalén!). Jerusalén y el templo serán el centro del poder. El sumo sacerdote y los ancianos (la comunidad), ejercerán este poder.

La tierra, el campo, tendrá que sustentar y mantener a la ciudad, al templo, a los sacerdotes, a los hombres del poder (Ne. 10). Esta “manutención” se dará mediante el diezmo, cobrado forzosamente, y sobre todo, desconfiamos, por medio del “sacrificio por el pecado”, del cual hablaremos posteriormente.

d. Sin embargo, una cosa es importante: el segundo templo será capaz de reducir el espacio profético y de controlarlo. El templo es el lugar donde será promulgada la “ley” que Esdras trae de Babilonia, con el apoyo irrestricto del rey (Esd. 7, 11-28). La “lectura”, la “explicación”, la “traducción”, toman el lugar de la palabra profética. El libro escrito asume un papel sagrado; en él está contenida la Palabra. El libro debe ser leído, traducido e interpretado (Ne. 8, 1-8). El escriba, el rabino, el maestro, el teólogo, ¡toman el lugar del profeta! El templo no es ya más roca: será el lugar de la palabra y de su interpretación legítima. El resto se tornará “apócrifo”, “herético”...

No fue tanto el fin de la monarquía el que inviabilizó el profetismo, cuanto la centralización del templo y del libro, del cual el templo se apropia. El “profetismo” deberá descubrir otros caminos, otros canales, para manifestarse. Es nuestra hipótesis que este camino será trazado por las “novelas”, por las “poesías”, único espacio de contestación al proyecto urbano y “templario”.

 

1. El sacrificio de expiación y de reparación

Para sustentar y mantener este esquema, uno de los instrumentos fundamentales fue el sacrificio, principalmente el sacrificio por el pecado y el sacrificio de reparación. Estos dos tipos de sacrificio fueron incrementados y reglamentados por el segundo templo (Lv. 4, 5), junto a los antiguos sacrificios como el holocausto, el sacrificio pacífico o de comunión, y la oblación.

 

1.1. Un poco de historia

Es verdad que ya tenemos indicios pre-monárquicos de la existencia del sacrificio de reparación (1 Sm. 6, 3. 4. 8. 17). También durante la monarquía debió existir algo semejante (2 R. 12, 17), pero, con certeza estaba ligado a una reparación monetaria de algún perjuicio provocado. (También Lv. 5, 15s. 21-24 conserva este aspecto de reparación “monetaria” a un daño provocado a Dios o al prójimo). Estas son las únicas referencias pre-exílicas a este tipo de sacrificio, tal vez ya criticado por Oseas (Os. 8, 11).

En los textos ligados al segundo templo, estas expresiones aparecen muchas más veces (109 veces sacrificio por el pecado y 32 veces sacrificio de reparación), lo que demuestra que, en este período, esta celebración adquiere una importancia especial. Sin embargo, es difícil llegar a definir el camino histórico de este rito, si bien todo indica que el cautiverio de Babilonia debe haber tenido un papel muy importante en el desarrollo de este ritual purificatorio.

Así, los capítulos finales de Ezequiel varias veces hacen referencia al sacrificio por el pecado o de reparación. Debe ser celebrado para purificar a todo Israel (45, 17), para purificar el templo (45, 19), para rededicar el altar (43, 19-25), en las celebraciones de la Pascua (45, 22) y de la fiesta de los tabernáculos (45, 25). Ezequiel comienza a establecer lo esencial del rito: define el lugar del sacrificio (40, 39); el lugar donde comer las carnes (42, 13; 46, 20); la parte del sacerdote (44, 29). Esta celebración fue realizada, con toda certeza, cuando regresaron los repatriados (Esd. 8, 35). Al poco tiempo, como veremos, permeó toda la vida del pueblo.

Una palabra más merece la celebración del día de la expiación, del cual tenemos diversos testimonios:

 

—Ex. 30, 10 recuerda el día de la expiación con el rito de la sangre que debe ser derramada sobre los cuernos del altar.

—Lv. 23, 26-32 habla del día de la expiación sin hacer ninguna referencia a un sacrificio de expiación (sólo se menciona un holocausto). El centro de la celebración es el ayuno y la prohibición del trabajo servil.

—Nm. 29, 7-11 recuerda el rito del ayuno y del descanso, y una gran celebración con holocaustos y relativas oblaciones y un doble sacrificio expiatorio.

—Lv. 16 tiene la redacción más elaborada y compleja con el sacrificio expiatorio, y con la presencia del chivo emisario que marcha hacia el desierto cargando con todos los pecados del pueblo.

 

Es difícil definir las secuencias históricas, aunque es bien probable que una celebración popular, teniendo como centro el ayuno, haya servido de base a sucesivos añadidos rituales, hasta llegar a la sofistificación de Lv. 16 que hace indispensable el papel del sumo sacerdote, el velo del templo y todo el aparato sacral.

 

1. 2. Características del sacrificio por el pecado

Veamos algunos aspectos importantes del sacrificio por el pecado y del sacrificio de reparación que, pese a ser diferentes en su origen, se acaban confundiendo, dificultando una mejor diferenciación entre los dos.

1. 2. 1. La legitimación de la pirámide social

El rito celebrativo de estos sacrificios, descrito en Lv. 4 y 5, es de mucho interés para un análisis sociológico.

Es un sacrificio de expiación por el pecado. (No podemos entender la palabra pecado en el sentido moderno. El pecado es una situación de “impureza”, no importa que sea involuntaria o inconsciente). El pecado puede ser cometido por el sacerdote, por la comunidad (urbana), por el jefe popular, por el pueblo de la tierra, por el pobre, por los sin tierra. Estas son, fundamentalmente, las “clases” existentes en la Judea posexílica.

Veamos las diferencias entre uno y otro sacrificio:

 

Grupo Víctima Sangre Quién come

 

sacerdote y becerro en el velo, nadie

comunidad cuernos del altar

urbana del incienso y pie del

altar de los holocaustos

 

jefe del campo macho cabrío cuernos y pie del sacerdote

altar de los holocaustos

pueblo de la oveja o carnero cuernos y pie del sacerdote

tierra altar de los holocaustos

 

pobre dos palomas pared y pie del altar ???

de los holocaustos

 

sin tierra 4, 5 litros de _______ sacerdote

harina de primera

Las víctimas diferentes, los diferentes lugares alcanzados por la sangre y el derecho de comer, muestran claramente la justificación de la estructura social existente. De esta forma, la sangre de la víctima de quien tiene poder llega a los tres lugares sagrados del templo, incluido el velo, y después se va progresivamente separando: los cuernos del altar, las paredes. En el último caso, ya ni siquiera se tiene más sangre: se trata de un sacrificio vegetal. Unicamente que la harina no puede ser mezclada (¡estropeada!) con aceite, como en la oblación; ella va a ser ¡almacenada! Cada impureza supone 4, 5 litros de harina: ¡es mucha harina!

El uso de la sangre, fundamental en la significación expiatoria, es justamente lo que legitima una sociedad de dominación y de poder. No solamente eso: ¡ese uso la sacraliza!

El pecado del sumo sacerdote es un pecado que hace culpable a todo el pueblo (Lv. 4, 3). El sumo sacerdote personifica, corporativiza, sustituye al pueblo como un todo: lo representa y lo guía al mismo tiempo. ¡Ir contra este modelo estructural es oponerse a lo sagrado!

1. 2. 2. La legitimación de la concentración económica

 

La expiación del pecado se hace a través de la renuncia total al uso de la víctima. Ahora bien, en los holocaustos nadie comía nada de la víctima, que era completamente quemada en sacrificio de “suave olor” a Yavé. Esto mismo ocurre en el sacrificio por el pecado de los que detentan el poder (Lv. 4, 11s. 21). Pero en todos los otros casos, solamente no comía el pecador.

Por otra parte, al igual que en los sacrificios pacíficos, únicamente lo gordo del animal era quemado. La carne era del sacerdote (Lv. 7, 6-10. 37), como ya dijera Ezequiel (Ez. 44, 29). Y si el sacerdote no la comiese, sería castigado (Lv. 10, 16-20).

No obstante, lo que más nos interesa es la harina: ésta será almacenada en favor de los sacerdotes (Lv. 5, 13). Se trata de una forma de expropiación y de tributación enmascarada por la necesidad universal de sentirse purificados. Eso, independientemente del conocimiento o de la conciencia del error. El pecado no es un producto responsable: es una situación. Una hemorragia, un parto, la lepra, un cadáver tocado, algo dicho hablando por hablar... todo eso es motivo de sacrificio, de pago (Lv. 5, 1-5).

 

1. 2. 3. La legitimación de la ideología de la retribución

La vida de Judá, como un todo, es permeada por el sacrificio por el pecado.

—Las fiestas del calendario: Pascua (Nm. 28, 22; Ez. 45, 22); Pentecostés (Lv. 23, 19); Tabernáculos (Nm. 29, 12-39).

—Las lunas nuevas (Nm. 28, 15), el año nuevo (Nm. 29, 5)... Toda celebración es celebración también de expiación. Sobre todo el día de la expiación (Lv. 16).

—El templo y su vida: la consagración de los sacerdotes (Ex. 29, 14. 36; Lv. 8, 2. 14; 9, 2s. 7s); la purificación del templo (Ez. 45, 19; 2 Cr. 29, 21-24); la dedicación del altar (Nm. 7; Ez. 43, 19-25; Esd. 8, 35).

—La vida cotidiana: enfermedades venéreas, menstruación y hemorragias (Lv. 15, 15. 30); parto (Lv. 12, 6. 8); lepra (Lv. 14); voto del nazireato (Nm. 6); contacto con cadáveres (Lv. 5, 2)... Y, especialmente, el no denunciar el pecado de los otros cuando se es intimado a declarar en juicio (Lv. 5, 1).

 

Se trata de una vida que debe ser constantemente purificada. No existe escapatoria: las leyes, y en consecuencia las oportunidades de pecado y de impureza, se multiplican. Es necesario ser purificados para no incurrir en castigos, en perjuicios, en la miseria... Es la lógica de la retribución individual. Ezequiel fue el primero que formuló esta teología, para animar al pueblo y despertar la esperanza. El castigo no sería perenne: a la conversión, seguiría la liberación (Ez. 18).

Ahora bien, cada pecado es de responsabilidad total de quien lo comete, y por esto debe ser expiado. Esta lógica permite al templo dominar al pueblo, sobre todo al pueblo de la tierra, ignorante e impuro desde siempre... principalmente las mujeres, todas las mujeres. El templo y el sacrificio son las mediaciones únicas y necesarias para la purificación... solamente así es posible recibir de Dios el bien, la hartura, la seguridad y la paz.

El pecador será pobre y desgraciado, ¡y el pobre es desgraciado y pecador! Las posibilidades de abuso son inmensas, y todo indica que los abusos ocurrieron... ¡y mucho! La obligación de denunciar al compañero tiene la capacidad de resquebrajar todos los vínculos de solidaridad entre los pequeños que, también, son pecadores. El vecino, el colega, el pariente, cualquiera puede ser, o se puede volver, espía...

Se trata de una gigantesca trampa moral que es colocada al pueblo pobre. Es necesario que éste se conforme con ser pobre: ¡es pecador! Como pecador, debe pagar... es la única oportunidad de poder recibir algún beneficio. Si no lo recibiera es porque pecó de nuevo, por lo tanto precisa pagar para purificarse... Se trata de un eterno círculo vicioso alrededor del eje del sacrificio, por el cual el pueblo permanece y acepta la dominación y la opresión del templo y del sacerdote.

 

2. La crítica popular

El profetismo no tiene más espacio en este esquema social montado en torno del templo y del sacrificio. Sin embargo el pueblo no se conforma fácilmente con esta dominación. La denuncia de Malaquías contra quien llevaba al altar animales ciegos y defectuosos, muestra una forma de reacción por parte del pueblo; así como la constatación de Nehemías de que el pueblo no estaba pagando el diezmo a gusto; también el libro de los Proverbios censura a quien se burla del sacrificio por el pecado (Ml. 1, 8; Ne. 13, 10; Pr. 14, 4).

La resistencia popular pasa no solamente por los subterfugios rituales, o por el ocultamiento. El escrito, muchos escritos, muestran que la reflexión de la oposición fue fecunda y profunda. Libros como los de Job, Jonás, Rut, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, objetan uno u otro aspecto del proyecto templario.

Ana Maria Gallazzi y yo, ya presentamos parte de la crítica presente en esta literatura a partir de las mujeres, las mayores víctimas de este sistema (ver Gallazzi, Ana Maria y Sandro. “Mulher: fé na vida-‘tu és a glória de Jerusalém! Bendita sejas tu, para sempre, junto ao Senhor, todo poderoso'”, en: A Palavra na vida, Centro de Estudos Bíblicos, v. 35-36, São Leopoldo, 1990). Ahora quiero presentar un estudio de Judit 8-16, en un intento por mostrar cómo la base teológica y la práctica social del esquema templario son severamente criticados por este libro y por las mujeres que ciertamente deben haber contribuido para que esta novela apocalíptica llegase hasta nosotros. (No pretendo con ello reducir las propuestas y los objetivos de este libro, sino solamente enfocar un aspecto y una de las posibles claves de lectura).

 

3. La crítica a la teología retributiva individualista

Judit, la protagonista de la obra, sólo aparece en el capítulo 8, en un momento crucial y decisivo. Es el 34º día del asedio impuesto por el terrible Holofernes a la ciudad de Betulia (7, 20). Los jefes de la ciudad acababan de dar a Dios un plazo de 5 días para actuar y llenar las cisternas con agua (7, 30s). El 40º día será el día decisivo: de la victoria o de la derrota.

La decisión de los jefes ocurrió en respuesta al pueblo que los acusó de no haber hecho la paz con Holofernes, cuando todavía había tiempo. Ahora el pueblo les exige la rendición en nombre “de nuestro Dios... que nos castiga de acuerdo con nuestros pecados y con las faltas de nuestros padres...” (7, 28). Para el pueblo, la derrota es inevitable. Alguien debe haber pecado, y de ahí viene el castigo. Los jefes apenas consiguen presentar una postergación de la decisión. Judit interviene en esta hora.

Su sierva es enviada para convocar a los jefes de la ciudad. La reunión se realizará en casa de Judit, mejor, en la tienda que ella mandó eregir en la terraza. Es el espacio de la “casa”, de la “tienda”, el espacio de la mujer... allá va a ser escuchada la voz de Judit: “¡Escuchadme, jefes de los habitantes de Betulia!” (8, 11).

Es el inicio de muchos oráculos proféticos. ¡Por la boca de la mujer pasa ahora la profecía! Es la censura clara y sin temor del comportamiento de los jefes:

 

— ¿por qué ustedes tientan a Dios?;

— ustedes no conocen nada, ni del hombre ni de Dios;

— Dios no puede ser sometido a presiones (11-16).

 

La certeza de Judit proviene de la experiencia condensada en centenares de páginas proféticas: “Pidámosle más bien que nos socorra, mientras esperamos confiadamente que nos salve. Y él escuchará nuestra súplica, si le place hacerlo” (8, 17). ¡Así deberían haber respondido los jefes a las presiones del pueblo!

Judit, no obstante, va más lejos en su reflexión. No basta tener una actitud de confianza, sabiendo que Dios no va nunca a abandonar a su pueblo (como no sea en el caso de seguir nosotros a otros dioses y otros proyectos (8, 18s). Es necesario asumir nuestra responsabilidad, cumplir nuestra parte, aceptar nuestra tarea:

 

nosotros seremos responsables por la profanación del santuario;

de nosotros depende la vida de nuestros conciudadanos;

en nuestras manos está la defensa del santuario, del templo y del altar (8, 21b-24).

 

Para Judit, no es correcta una actitud pasiva de espera casi mágica de una intervención milagrosa por parte de Dios, ni es correcto afirmar la fe únicamente en la retribución: Dios es gratuito y soberano. La dificultad no quiere decir castigo o venganza por parte de Dios. Muchas veces es apenas una prueba que debemos agradecer (8, 25-27).

El discurso de Judit es claro: devuelve a Dios su autonomía, que el templo había vinculado a la ley y a su observancia, y al hombre su responsabilidad de acción, que el templo había vaciado en una actitud pasiva y casi mágica, vinculada a la lógica de la retribución.

Los jefes de la ciudad no entienden nada. Imbuidos de la mentalidad retributiva, ellos reconocen la sabiduría incontestable de las palabras de Judit, pero sólo saben pedir que ella, por ser llena de bondad, por ser piadosa, ruegue a Dios para que... ¡mande la lluvia! (8, 28-31). ¡Quién sabe si ella será atendida! ¡Tal vez Dios retribuya con la lluvia su bondad!

Judit, entonces, vuelve a hablar con la fuerza profética: “¡Escuchadme!”:

 

¡Yo voy a hacer algo!

— Yo voy a salir...

— ¡El Señor socorrerá a Israel por mi intermedio!

— ¡Yo voy a realizar! (8, 32ss).

 

En la fe de Judit continúa clara la lógica profética capaz de unir el “Yo voy a descender para liberar” con el “ve tú al Faraón”, de la primitiva revelación de Dios (Ex. 3, 8. 10).

Los jefes no supieron nada, no pudieron hacer nada, permanecieron en la puerta para ver. Ellos solamente se pueden limitar a rezar. El 40º día será una vez más día de salvación: la salvación que Judit obrará y que Dios obrará. Los dos juntos, ¡indisolublemente juntos!

 

4. La oración vespertina

El capítulo nueve es una obra maestra de este libro. En el templo, en Jerusalén, está siendo ofrecido el incienso de la tarde. En la tienda de Judit se eleva otra oración. Es el clamor, en alta voz, capaz, desde siempre, de llamar a Dios para la acción. La memoria popular, la memoria de las mujeres, va a buscar su fundamento lejos, en la historia de Dina, hija de Jacob, moza que sufrió violencia y profanación. Eso si fue “impureza”, “contaminación”, “profanación”, “vergüenza”, “deshonra” (9, 2). El cinto desatado, el cuerpo desnudado, el seno profanado, tuvieron el poder de provocar la ira de Dios.

Y ahora la historia se repite: como un día Dina, ahora es el templo el que va a ser violentado, profanado, contaminado (9, 8). El templo, como antes lo fue la mujer: ¡qué osadía! Y va a ser una mujer la que defenderá al templo de toda impureza; ella, a la que el templo cargó de pecado y de inferioridad.

Porque ella, la mujer, sabe que el nombre de Dios es Señor (Yahvé). Sabe que Dios es el Dios que destruye las guerras; su fuerza no está en el número, ni su poder entre los fuertes. Pero, sobre todo, sabe que Dios es

 

Dios de los humildes,

socorro de los oprimidos,

amparo de los débiles,

protector de los abandonados,

salvador de los desesperados (9, 11).

 

Este es el Dios de los padres, el Dios de Israel. No es el Dios juez del templo que perdona los pecados a cambio de sangre y harina. La tienda conserva la memoria verdadera de Dios, y en nombre de él actúa. Judit no pide la lluvia (Yahvé no es Baal), ni pide milagros. Ella quiere fuerza para su brazo, astucia para sus labios, palabras seductoras para herir y matar, para abatir la arrogancia del opresor, por las manos de una mujer viuda. Eso sí hará que todo el pueblo, todas las “tribus” reconozcan que Dios es poderoso y fuerte, “y que no hay otro defensor del pueblo de Israel” (9, 14).

 

5. La belleza de la mujer

El arma de Judit es su propio cuerpo. Un cuerpo preparado para manifestar toda su belleza. Cuatro veces en el capítulo 10 se recuerda que Judit era extraordinariamente bella. Bella a los ojos de los jefes y ancianos de Betulia; bella para los centinelas; bella en frente de los que estaban alrededor de la tienda de Holofernes y, en fin, bella para Holofernes y todos los jefes asirios.

Esta belleza despierta la admiración por todos los israelitas: “¿Cómo despreciar a un pueblo que posee tales mujeres?” (10, 19). ¡Mujer, gloria del pueblo! ¡Otra osadía! La mujer, la víctima última del templo, que no podía entrar en el recinto sagrado, ni podía asistir a la celebración... La mujer impura, pecadora y pagadora sólo por el hecho de tener cuerpo de mujer... La mujer, profanada por el templo, como Dina lo fue por los siquemitas... ¡Ella es bella! Lejos de ser causa de impureza, su cuerpo será causa de liberación y de orgullo para Israel y de exaltación para Jerusalén (10, 8).

Su cuerpo es el sacrificio agradable ofrecido para la vida del pueblo, para que todos tengan vida, inclusive el templo. Pero un templo que sea “casa que pertenece a tus hijos” (9, 13), y no lugar de poder, de concentración económica en las manos de unos pocos que, para lucrar, no dudarán en manchar el cuerpo de la mujer. La vida del sumo sacerdote Yoyaquim, de los sacerdotes, de los jefes, ¡depende del cuerpo bello de una mujer! ¡No hay otro medio de salvación!

 

6. La teología del templo: mentira para engañar a Holofernes

En frente de Holofernes, deslumbrado por su belleza, Judit se presenta como sierva y esclava y jura no mentir. Solamente que de sus labios saldrán palabras engañadoras, pero no sospechosas para Holofernes.

El texto condensa en el capítulo 11 la metira de Judit. Unicamente que ésta es una mentira especial, interesante, pues Judit no hace más que decir lo que los hombres del templo venían diciendo desde hacía mucho tiempo y, tal vez debido a ello, Holofernes le haya creído tan fácilmente. Veamos:

 

—¡Viva Nabucodonosor, rey de toda la tierra, y viva su poder! (Jd. 11, 5-7)

El imperialismo, antes persa, después griego, siempre fue aceptado por el templo de Jerusalén y por los judíos, quienes fueron súbditos fieles y estimados en el imperio. El favor del emperador siempre fue considerado una bendición de Dios (Esd. 7, 27s; 9, 9).

Lejos de criticar el despotismo y la crueldad opresora de los emperadores, el templo intentó siempre convivir de manera pacífica con ellos. El sacrificio en honra del emperador, era acostumbrado en Jerusalén (Esd. 6, 10; IMc. 7, 33). Y Judit expresa las razones de esta convivencia: todo poder viene de Dios, para el bien de los hombres.

 

Los hombres, los animales salvajes, el ganado y las aves del cielo, viven para Nabucodonosor y para su casa (11, 7).

 

— ¡Nuestro pueblo pecó, y entonces va a ser castigado! (Jd. 11, 8-15)

Es la lógica de la retribución, que ahora es usada para engañar a Holofernes. Dios está obligado a castigar porque el pueblo pecó. Interesante e irónico es el pecado cometido. Dios está con rabia porque algunas personas comieron la parte que era de los sacerdotes: rebaños, diezmos del vino y del aceite, las primicias del trigo. Todo lo que era almacenado en el templo (Ne. 10, 39s; 12, 44-47) para sustento y riqueza de la clase sacerdotal sadocita dominante, y que venía de la explotación de la tierra. El pueblo no pagó, y Dios lo castigó. El pueblo comió, y Dios lo golpeó. Y, más aún, con la autorización de Jerusalén...

 

— ¡Tú serás el instrumento de la venganza de Dios! (Jd. 11, 16-19)

Dios va a usar la fuerza de Holofernes para realizar su castigo. Holofernes y Judit harán hazañas inauditas. Holofernes se sentará como “juez” y como “pastor”, para cuidar y dirigir al pueblo.

Judit, que pretende acabar con el opresor, atiza su voluntad de poder, induciéndolo a creer que es el escogido por Dios, el Mesías (juez y pastor son palabras escatológicas y mesiánicas) enviado para salvar. Así pues, ¡el devastador es transformado en salvador! ¿Cuántas veces el templo, frente a los diversos emperadores, no hizo esta afirmación? Alejandro el Grande y Antíoco III (apenas para citar los dos nombres más famosos), fueron considerados por los sacerdotes, ¡los salvadores de Israel!

 

— ¡Tu Dios será mi Dios! (Jd. 11, 20-23)

Es el máximo de la ironía: ¡Holofernes se convierte! El templo y la sinagoga recorrían el mundo atrás de los prosélitos. Aquí tenemos uno, el mayor, el enemigo. Por las palabras de Judit, ella encuentra al verdadero Dios. ¡Tu Dios será mi Dios!, como Rut 1, 16. Unicamente que Rut (otro texto crítico del proyecto del templo; otro texto con una mujer como protagonista) tiene, como su objetivo, la vida.

Holofernes quiere la destrucción y la ruina del pueblo. Por consiguiente, se trata del máximo de la denuncia: ¡es posible afirmar la fe en Dios y, al mismo tiempo, querer la muerte del pueblo! ¡También en el templo!

 

7. La oración nocturna

El capítulo 12 prepara el desenlace de la historia. De un lado Judit, que aunque viviendo en el campamento enemigo, procura observar los usos y las costumbres judíos, también para mostrar coherencia con las palabras que acaba de decir. Del otro Holofernes, que quiere abusar de la mujer, para no ser ridiculizado si no mantiene relaciones con ella. La ablusión y la oración de un lado; la perturbación y el deseo intenso del otro. De un lado, la búsqueda del “camino para el resurgir de los hijos de su pueblo”; del otro, la voluntad de seducir y la borrachera abundante.

Los dos lados van a entrar en conflicto en el 39º día, en la víspera de la gran salvación del pueblo. Esa noche Judit no saldrá para la oración, sino que entrará en la tienda de Holofernes. En frente del opresor, caído borracho en la cama, Judit eleva su súplica al Señor de todo poder. Es el resumen de su fe. Lo que va a acontecer será el fruto conjugado de la fuerza de Dios y de Judit:

 

Mira propicio lo que van a hacer mis manos... Socorre a tu heredad y realiza mi plan... ¡Dame fuerza, Señor, Dios de Israel... (13, 4b-7).

 

8. La gran celebración

El regreso de Judit es el inicio de una gran celebración que dispensa y hasta sustituye al templo. “¡Abrid, abrid las puertas!” (Jd. 13, 11), es el comienzo de la celebración, así como en el Sal. 24, 7. 9, o en el Sal. 118, 19: ¡abrid para mí la puerta de la justicia, y entraré para dar gracias al Señor!

“El Señor, nuestro Dios, está con nosotros...” (Jd. 13, 11). Es la antigua fórmula de fe en la poderosa protección de Dios, resumen de la fe del Exodo y de la caminada del pueblo (Gn. 26, 3; 28, 15; Ex. 3, 12; Jc. 6, 12). Así comienza la gran celebración liderada por Judit. Lo que ella hizo para salvar al pueblo, le da el derecho de presidir, de conducir la liturgia.

Y cuando la puerta se abre, cuando el pueblo se reúne alrededor del “fuego”, Judit convoca a la gran alabanza pública: “¡Alabad a Dios, alabadle! Alabad a Dios...” (Jd. 13, 14). Es la alabanza de la misericordia de Dios y de la victoria contra los enemigos “por mi intermedio”. “¡Viva el Señor que me protegió en el camino por donde anduve!” (Jd. 13, 16).

Los hechos de Judit provocan una sucesión de benditos. Es el bendito del pueblo para Dios, que derrotó a los enemigos (13, 17). Es el bendito de Ozías:

 

¡Bendita seas tú... más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor... porque no vacilaste en exponer tu vida a causa de la humillación de nuestro pueblo (13, 18-20).

 

Es el bendito de Ajior, el jefe ammonita, quien se postra a los pies de Judit y proclama: “¡Bendita seas tú en todas las tiendas de Judá y entre todos los pueblos!” (14, 7).

En todos estos benditos hay una certeza: Judit será recordada, será exaltada, será colmada de bienes, será admirada y su nombre incluso provocará espanto, porque celebró el verdadero sacrificio: ofreció su vida por la vida del pueblo y, al mismo tiempo, sacrificó la vida de Holofernes con la fuerza de Dios.

Este gesto convierte al propio Ajior quien, a pesar de ser ammonita y por eso excluido taxativamente del templo (Dt. 23, 4s), es circuncidado y “admitido en la casa de Israel” (14, 10). Las barreras creadas por el templo caen por tierra: el conocimiento de Dios es abierto a todos, sin distinción. ¡Hasta un ammonita se puede volver de Israel, por la acción de Judit!

Sin embargo, el “bendito” más importante será colocado en la boca del sumo sacerdote Yoyaquim. Después de la derrota definitiva del enemigo, él y el Consejo de Ancianos de Jerusalén (las autoridades supremas) se desplazan hasta la “casa” de Judit. Allá, en esta casa, convertida en nuevo templo, ellos, juntos, proclaman la bendición:

 

¡Tú eres la gloria de Jerusalén!

¡Tú eres el orgullo de Israel!

¡Tú eres la exaltación de nuestro pueblo!

 

Todo lo que era dicho del sumo sacerdote, todo lo que era dicho del propio templo (Eclo. 50, 5. 11), es dicho ahora de Judit. Y es dicho por quien siempre guardó para sí esta honra. ¡Y es dicho de una mujer!: “Bendita seas tú eternamente con el Señor todopoderoso!” (15, 9s). Y el “Amén” del pueblo lo confirma.

En el centro de la celebración no está el culto, el templo, ni tampoco el sacrificio, sino Judit y su hazaña liberadora. Las cosas han sido recolocadas en los ejes. Primero el pueblo, después los jefes, y finalmente el templo, reconocen, afirman y bendicen: Judit y Dios, los dos inseparables en la búsqueda de la vida del pueblo.

 

9. La retomada del templo

Después de su bendito, el sumo sacerdote desaparece de nuestra historia. Judit y las mujeres conducirán la fiesta y la procesión a Jerusalén. Ramos, coronas de olivo, danzas, manifiestan la alegría por la victoria definitiva:

Judit iba al frente de todo el pueblo, dirigiendo la danza de todas las mujeres. Los hombres de Israel la acompañaban armados, coronados y cantando himnos (15, 13).

La situación se ha invertido. La mujer, que siempre estuvo en el fondo a causa de su situación de impureza constante, está ahora en el frente. Ella va a “retomar” el templo que había permanecido cerrado, va a reconquistarlo con el derecho de quien conoce quién es el verdadero Dios, y de quien luchó por la vida del pueblo.

Judit tiene ahora la autoridad para hacer lo que era permitido, una única vez en el año, al sumo sacerdote, y justamente en el día de la expiación (Eclo. 50, 20), el día del sacrificio por el pecado de todos los israelitas: invocar el Nombre (16, 1). Ella sabe y proclama que el lugar de Dios no es el templo, sino que: “El mantiene su campamento en medio del pueblo” (16, 2=II Sm. 7, 6; Is. 57, 15).

Por eso, ella, viuda y sin hijos (condición de extrema precariedad para una mujer israelita), se convierte en la madre de todos: de “mis” jóvenes, de “mis” hijos, de “mis” doncellas, de “mis” humildes, de “mis” débiles, de mis ... (16, 4. 11).

Por toda esta “casa” ella luchó, con su belleza, con sus perfumes, con diadema y vestidos de lino, con sus sandalias, con sus armas invencibles de mujer, que no vaciló en tomar la cimitarra y cortar el cuello de quien amenazaba la vida de su “familia”.

La conclusión, entonces, es clara:

Señor, tú eres grande y glorioso...

A ti te sirvan todas las criaturas ...

 

Desde los tiempos del éxodo, desde los tiempos proféticos, lo que cuenta, el verdadero culto a Dios, es su servicio y la realización de su voluntad. En perfecta línea con el auténtico profetismo, conservado en el corazón de las mujeres del pueblo de la tierra, Judit proclama:

 

Los sacrificios de agradable olor son bien poca cosa;

la grasa ofrecida en holocausto es casi nada;

¡quien teme al Señor, es grande para siempre! (16, 16).

 

El templo será retomado; tres meses de fiesta en los atrios del templo sellan la victoria. Los holocaustos y las oblaciones espontáneas (falta el sacrificio por el pecado) son ofrecidas por el pueblo en señal de agradecimiento.

 

10. La nueva sociedad

La narración no termina así; no termina en el templo y sí en la “casa”, en la “heredad”, en la “tierra” (16, 21). Pues es allá, en el lugar de la producción, que debe llegar la libertad. No basta derrotar al enemigo, no basta retomar el templo. Todo eso tiene sentido si aconteciesen de verdad la justicia y el derecho.

Judit da el último y definitivo ejemplo, realizando el proyecto del año de la gracia del Señor, en sus elementos más importantes:

— la posesión de la tierra (16, 21);

— la libertad de los esclavos (16, 23);

— la distribución de los bienes (16, 24).

Ahora la espada puede descansar, ahora nada más va a atemorizar al pueblo. Porque nuestro Dios continúa siendo el Dios que: no quiere sacrificios y sí misericordia, conocimiento de Dios más que holocaustos (Os. 6, 6; Is. 1, 16s; 58, 6s; Am. 5, 24; Mq. 6, 8; Mt. 9, 13).

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.