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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

 

LA BIBLIA, LA REFORMA Y LOS INDIOS

Jorge Luis Rodríguez

 

Resumen

La conquista de América y la Reforma fueron eventos contemporá­neos. Dos intelectuales sobresalieron: Martín Lutero y Bartolomé de Las Casas. El primero representó el pensamiento reformado, el segundo el de los conquistadores sensibles al sufrimiento de los indios. El que llegó primero a América fue el pensamiento católico escolástico: las acciones tenían que estar de acuerdo con la ley natural y la ortodoxia cristiana. En las conquistas, llevadas a cabo. por los descendientes de las Reformas, prevaleció el pensamiento burgués moderno: la razón económica fue suficiente. La Biblia ocupó un lugar central en la reflexión, tanto de los teóricos católicos como de los protestantes. En el caso de Las Casas, el pensamiento bíblico hizo frente a los argumentos aristotélicos predominantes, sea para utilizarlos como para cristianizarlos. Lutero inauguró una nueva interpretación bíblica, crítica de la tradición aristotélica.

 

1. Conquista y Reforma: Acontecimientos Contemporáneos

En 1492 Colón divisó América. Este hecho, que tendría consecuencias importantísimas para la historia de la humanidad, es contemporáneo a otro: la Reforma Protestante. Así , por ejemplo, cuando Colón desembarcaba en el «Nuevo Mundo», Martín Lutero ya tenía casi 10 años de edad. En el mismo momento que Bartolomé de Las Casas presentaba ante la Corte española sus memorias de «denuncia y remedios» 1, en las cuales delataba con vehemencia los crímenes cometidos por los conquistadores, Martín Lutero se encontraba divulgando sus 95 tesis (1517); los dos separados por una distancia geográ­fica menor de la que separa São Paulo de Salvador de Bahía. Ambos criticando radicalmente la práctica de la Iglesia Católica y ambos buscando reformas profundas. Y la interpretación de Martín Lutero de Rom. 1,17 aconteció el mismo año en que Bartolomé de Las Casas interpretaba Ecl. 34,18-22 (1512,). La Dieta de Wormia (1521) -excomunión de Martín Lutero- sucedió casi simultáneamente con la «segunda conversión» de Bartolomé de Las Casas -en que viste los hábitos de monje dominico (1522). En esos mismos años el terrible conquistador Hernán Cortés se encontraba sometiendo el Imperio de los Aztecas (1519-1521). Bartolomé de Las Casas era solamente 9 años más viejo que Martín Lutero. Cuando Martín Lutero murió en 1546, Bartolomé de Las Casas estaba comenzando su mayor lucha teórica: la Controversia de Valladolid. Su oponente era Juan Ginés de Sepúlveda: el mayor representante del humanismo filosófico español y el principal defensor teórico del uso de la fuerza y de la violencia en la «cristianización» de los indios. Años antes, en 1542, Bartolomé de Las Casas había entregado al Rey su «Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias», texto que a su vez es contemporáneo a la edición francesa de las «Instituciones de la Religión Cristiana » de Juan Calvino (1541), que tuvo la primera edición en latín en Basilea en 1536. A la muerte de Juan Calvino, en 1549, Bartolomé de Las Casas se encontraba en plena lucha contra Sepúlveda. El Dominicano vivió 92 años: lo suficiente para ver consolidada tanto la Reforma como la invasión de América.

Por los pocos ejemplos vistos hasta aquí, podemos notar que la Reforma y la Conquista de América fueron contemporáneas. Sin embargo, a pesar de la proximidad cronológica y geográfica de los actores de ambos acontecimientos, ellos realizaron su misión sin conocerse, prácticamente, uno a otro. Sabemos que Bartolomé de Las Casas conocía algo a Martín Lutero, pues en la Controversia de Valladolid, en su «Duodécima Réplica» contra Sepúlveda, se refirió a Martín Lutero. En esta réplica, en su parte final, Bartolomé de Las Casas dice que:

«Y por lo dicho resulta falso un supuesto que más adelante toca el doctor (Sepúlveda), a saber, que los indios, por sus pecados de idolatría, merecen ser privados de su libertad y señoría...»

En este texto, posiblemente el único en que se refiere a algún reformador, Bartolomé de Las Casas colocó a Martín Lutero junto a los grandes herejes e infieles de la historia. No sabemos si Martín Lutero escuchó, alguna vez, hablar de Bartolomé de Las Casas. Es menos probable que Martín Lutero haya podido conocer los escritos del fraile, pues éstos comenzaron a ser impresos en 1552, o sea, varios años después de su muerte. Hasta entonces, algunos de ellos circulaban en forma manuscrita. Para Bartolomé de Las Casas, él y el Reformador se encontraban en barricadas opuestas. A su vez, el célebre teólogo-jurista Francisco de Vitoria se refería a Martín Lutero diciendo que: «Él (Lutero) no puede imponer su modo de ver a los alemanes que nacieran para la guerra (…)» 2.

 

2. 1492: La Llegada del Catolicismo

En el próximo año se cumplen los 500 años de la llegada a América de los conquistadores españoles. Ellos trajeron en una mano la cruz y en la otra, la espada. Sacerdotes y militares, frailes y aventureros, obispos y capitanes, todos ellos llegaron juntos y con un mismo propósito: llevar a todos los habitantes de este continente al catolicismo, lo que en la práctica significaba que debían aceptar la dominación política y la cultura de los invasores. Entre Iglesia y Estado existió una asociación casi perfecta. El Estado contribuyó con la fuerza, la Iglesia, con la ideología. Esto no significa que la Iglesia y el Estado fuesen entidades distintas, por el contrario, estas dos instituciones estaban unidas de tal forma que siempre era difícil determinar dónde comenzaba una y dónde la otra. En la práctica, ellas formaban un todo que se complementaba y que traía enormes beneficios para ambas. El catolicismo era la religión oficial, siendo su discurso también el discurso oficial, considerándose a sí misma como superior a cualquier otra. En otras palabras, la filosofía, la economía, el derecho, etc. debían subordinarse a las razones de la teología católica, lo que en la práctica significaba que un argumento de cualquiera de estas disciplinas, para ser aceptado por el Estado, primero debía ser aprobado por los intelectuales de la Iglesia. En general, por los doctores de las Universidades de Salamanca y Alcalá. Cualquier falta de entendimiento con la Iglesia era interpretada como una falta de entendimiento con el propio Estado. Lo que la Iglesia desaprobaba era ratificado por el «brazo armado» del Estado; y aquello que el Estado desaprobaba (o apro­baba) era reafirmado y «sacramentado» por el fuerte aparato ideológico de la Iglesia; ella poseía los mejores intelectuales y los únicos capaces de elaborar ideologías eficientes. Lo que era peligroso por la Iglesia lo era también por el Estado y viceversa. Por eso, cuando personas, como Juan Ginés de Sepúlveda, tentaron escribir con independencia frente al discurso oficial, aunque fuera para justificar la conquista y los crímenes, fueron censurados, o sea, se prohibía la publicación de sus obras.

La presencia, en gran número, de eclesiásticos junto a los conquista­dores, fue suficiente para dar legitimación ideológica que los conquistadores necesitaban. El hecho de plantar una cruz y rezar una misa constituía mucho más que un acto religioso, era también un acto de toma de posesión. Con esto. se aseguraba un título de propiedad para el Rey de España del cual serían beneficiados indirectos los invasores. Esta será una característica de la modernidad que se expandirá por Europa en el siglo XVI y a la que España no será del todo impermeable. El hombre «moderno» de Europa llegaba orgulloso a los nuevos territorios y con los títulos de propiedad en las manos. En el caso de América, eran las bulas papales. La lucha por la conquista y el dominio del espacio eran las características del hombre moderno del siglo XVI: «Para los modernos, por tanto, descubrir significa sobre todo conquis­tar espacios y, a partir de la conquista, dominar a sus habitantes. Los lugares de los que se toma posesión, esto es, los lugares que en la concepción de los modernos, ellos ‘descubrieron' recibían nombres, en portugués, español, francés, inglés, etc.» 3. La presencia de la Iglesia junto con los conquistadores, además de dar legitimidad a las invasiones, les daba también legalidad. Por lo tanto, esta presencia se constituyó también en una fuente de derecho en la toma de posesión de los nuevos territorios de los indios.

Al comienzo de la invasión del Nuevo Mundo, la incorporación de la Iglesia a la empresa de la conquista fue esencial. Sin ésta, la llegada de los españoles a los nuevos territorios habría parecido lo que realmente fue: la invasión, de una potencia imperialista, de un territorio extranjero, con la consecuente masacre de su población, robo de sus bienes y la posterior esclavitud de los que quedaran con vida. La palabras evangelizar y conquistar fueron términos sinónimos.

La Reforma fue contemporánea a la Conquista de América, pero lo que llegó al Nuevo Mundo fue el catolicismo, y, más precisamente, el catolicismo en su versión española. Por esta razón es importante resaltar que en 1992 se cumplirán 500 años de la llegada del catolicismo y de los conquistadores ibéricos, y no del protestantismo: esta modalidad del cristianismo tardará algún tiempo en llegar. Destacar esto es fundamental puesto que la Iglesia de España tenía características que la hacían diferente de otras Iglesias europeas y que tuvieron gran influencia sobre el proyecto de conquista y evangelización de los indios. Una conquista llevada a cabo por Alemania u Holanda, por ejemplo, habría tenido características muy diferentes, como de hecho sucedió, tiempo después, cuando conquistadores cristianos-protestantes invadieron territorios de África, Asia y otros lugares. Por tal razón, decir que el pensamiento protestante estuvo ausente en la invasión de América no significa que él fuera más humano, menos cruel, arrogante o prepotente. En este aspecto conquistadores católicos y protestantes no se diferenciaban.

El año 1492 marca el inicio del imperialismo europeo. Católicos y protestantes de las potencias europeas se lanzan, como buitres, sobre todos los continentes para conquistar y obtener materias primas y riquezas para financiar su propio lujo y exhuberancia. Los católicos fueron los primeros, luego los seguirían los protestantes: tanto en uno como en el otro caso las consecuencias fueron desastrosas para los pueblos «evangelizados».

Con todo, hubo una diferencia entre las invasiones de los protestantes y las de los católicos; y las razones de esta diferencia deben ser buscadas en las características de la sociedad española y en su contexto económico.

Una de las primeras afirmaciones que deben hacerse a este respecto es que:

A diferencia de otras naciones europeas donde el período de acumula­ción del metal sólo fue una temporada que permitió el desarrollo posterior del capitalismo industrial, en España el mercantilismo se arraigó en el centro de su propia economía, impidiendo que ésta siguiera más adelante en su desarrollo 4.

España aniquiló sistemáticamente los grupos que habrían podido transformarse en burguesía nacional (como por ejemplo judíos y moros). El capitalismo fue bloqueado y esto trajo como consecuencia la ausencia de una burguesía, o sea, la ausencia de una clase capaz de transformar la gran cantidad de oro que llegaba desde América en capital reproductivo. Hay que hacer notar que esto acontecía en España cuando estaba surgiendo la burguesía como nuevo agente social en casi toda Europa occidental. Esto tiene como consecuencia, a su vez, el peso absoluto del Estado sobre la sociedad, lo que fortaleció las clases ociosas. A nivel internacional, se produjo un endeudamiento de España con los bancos y casas de crédito, o sea, una casi total dependencia económica de España de otras naciones. El resultado de todo esto fue que la conquista española del Nuevo Mundo no pudo ser realizada dentro del espíritu capitalista, aunque parte de la conquista fuera confiada a empresas capitalistas, como por ejemplo, la empresa de los Fugger y los Wessler. La conquista fue en gran parte financiada por capital extranjero, capital que podríamos llamar pre-capitalista.

Esta ausencia de pensamiento capitalista en la conquista, por lo menos en su forma más pura, fue lo que posibilitó algunos desvíos extra-económicos. El capital fue extranjero pero la responsabilidad formal de las conquistas continuaba siendo de España y, más precisamente, de la Corona. Una conquista bajo formas capitalistas habría provocado un daño mucho más terrible para los indios, pues una conquista de tal naturaleza «no necesitaba de mayor legitimidad que la que resultara de sus lucros» 5, o sea:

Los españoles fueron instrumento del proceso de acumulación del capital que precede al capitalismo como sistema. Como nación donde el capitalismo estaba bloqueado por causas sociales, políticas e institucionales, no era posible que España cumpliera ese rol sin producir desviaciones «extra-económicas» en la lógica pura de la expansión. Los alemanes, en cambio, como los ingleses después, ejecutaron el cometido encargado sin ninguna desviación. Si el objetivo era acumular oro y plata, ellos se concentraron, sin detenerse en contemplaciones teológicas o filosóficas relacionadas a la naturaleza de los indios. Estos fueron simplemente sacri­ficados a los nuevos dioses: el dinero y los metales preciosos 6.

En España no pudo prevalecer la lógica de la expansión. Desde el inicio hubo desviaciones extra-económicas, o sea, una preocupación para que las conquistas fueran realizadas de acuerdo a los principios del derecho, de la teología y de la filosofía, como también una preocupación para definir cuál era la naturaleza ontológica de los indios. En los países protestantes las razones económicas fueron suficientes. Por eso, en España existían amplios debates sobre la justicia de la conquista y fue necesario justificarla con argumentos válidos: una de las fuentes a la que recurrían los teóricos fue la Biblia. Esto es fácilmente comprensible si consideramos que la teología, como dijimos antes, era considerada como la más importante de las actividades intelectuales y sus razones estaban por encima de cualquier otra. Sin embargo, es en este punto donde quedaron más en evidencia las contradicciones de la conquista: teóri­camente la causa de los indios ganó, ya que el naciente derecho internacional europeo estaba a su favor, pero reconocerlo significaba la ruina moral y económica de España. Es así que, entonces, las miles de páginas escritas y las miles de horas gastadas en debates y controversias han servido poco o nada. Teóricos como Bartolomé de Las Casas exigían que España se retirase inmediatamente de los territorios de los indios, y que reconociese la soberanía de los gobernantes indios, que indemnizara el daño causado y que pidiera perdón a Dios por los graves pecados cometidos en el «Nuevo Mundo». En España se formó toda una escuela de teólogos juristas que defendieron la causa indígena. Teóricamente, éstos triunfaron, pero en la práctica triunfaron los conquistadores. La Iglesia tuvo una teoría sin práctica y los conquistadores una práctica sin teoría 7.

 

3. Del Único Modo de Atraer Todos los Pueblos a la Verdadera Religión

En 1537 Bartolomé de Las Casas escribió su libro De unico vocationis modo. Esta obra fue publicada por primera vez en edición bilingüe latino-española en 1942 (México, Fondo de Cultura Económica) bajo el título Del Único Modo de Atraer a Todos los Pueblos a la Verdadera Religión. La tesis central del fraile es que:

La Providencia divina estableció, para todo el mundo y para todos los tiempos, un solo, mismo y único modo de enseñar a los hombres la verdadera religión, a saber: la persuasión del entendimiento por medio de las razones y el convencimiento y la suave remoción de la voluntad. Tratase , induda­blemente, de un modo común a todos los hombres del mundo, sin ninguna distinción de secta, error o corrupción de costumbres 8.

Para demostrar esa tesis el fraile recurrió a los argumentos de la razón, a ejemplo de los antiguos Padres, a los preceptos y formas que Cristo estableció (o sea, la Biblia), a la autoridad de los santos doctores, a las costumbres de la Iglesia y de los decretos eclesiásticos. Para él el modo de enseñar la verdadera religión a los pueblos debe ser delicado, dócil y suave 9.

Bartolomé de Las Casas sacó sus argumentos de la razón, preferente­mente, de Aristóteles. Pero, cuando llegó a los argumentos bíblicos recurrió principalmente a Mt. 18,19 y Rom. 10,17 y dice:

Pero, según nos enseña la fe, los hombres se mueven y se encaminan a la verdadera religión únicamente en virtud de una ley común, como se infiere de estas palabras del último capítulo de Mateo: «Id, por tanto, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todas las cosas que les he mandado»; y de lo siguiente de la Epístola de los Romanos (cap. 10): «La fe llega el oído y el oído depende de la predicación de la palabra de Jesucristo». En consecuencia, el modo de enseñar a los hombres la verdadera religión debe ser delicado, dócil y suave. Y este modo no es sino la persuasión del entendimiento y la moción de la voluntad, como se probará más adelante. Luego la Providencia divina tiene establecido, para todo el mundo y para todos los tiempos, un mismo y sólo modo de enseñar a los hombres la verdadera religión, a saber, la persuasión del entendimiento y la convicción o excitación de la voluntad 10.

En el texto anterior de Bartolomé de Las Casas podemos detectar más de una diferencia entre él y Martín Lutero: si este reformador proclamaba «sola escripta», el fraile recurre a Aristóteles, a los Padres, a la Tradición y a la Biblia: esta última es una de las muchas fuentes de autoridad, no la única. Martín Lutero nunca habría concordado con el aristotelismo de Bartolomé de Las Casas. Conocidas son sus opiniones sobre el filósofo y su convicción de que la Biblia es la única fuente que contiene las verdades universales. Él, hablaba mal del aristotelismo diciendo:

Aristóteles está tan de moda que apenas hay tiempo en las Iglesias para interpretar el Evangelio 11.

Martín Lutero era de la opinión que los libros de Aristóteles debían ser abolidos. Para él, las Sagradas Escrituras eran suficientes y era posible encontrar en ellas cosas, de las cuales Aristóteles nunca siquiera había oído hablar. La opinión que Martín Lutero tenía de Aristóteles no era de las mejores y lo trataba de «ciego e idólatra» y de «maldito, presuntuoso, astuto idólatra y desgraciado» 12.

Aquí tenemos, tal vez, la mayor diferencia entre los teóricos reforma­dos y los teóricos españoles. En las invasiones de las potencias protestantes y católicas, la Biblia estuvo al servicio de los invasores y de ella fueron extraídas las ideologías justificadoras. Pero, además de la Biblia, los católi­cos colocaron al servicio de sus invasiones, también a Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, los Concilios, etc.

Las opiniones de Bartolomé de Las Casas sobre Aristóteles cambiaron a lo largo de su vida: cuando él comienza su lucha a favor de los indios su opinión es casi idéntica a la de Martín Lutero. De hecho, en su controversia pública contra el obispo Francisco de Quevedo, en 1519, realizada delante del propio rey Carlos V, él opinaba que:

El filósofo era un gentil y está ardiendo en los infiernos y por eso sólo debe ser usada su doctrina en la medida que con nuestra fe y costumbres de la religión católica sea conveniente 13.

Quevedo estaba fuertemente influenciado por Aristóteles, y específicamente por aquellos textos de política en los cuales el filósofo habla de que existen hombres que son naturalmente esclavos. Ante los argumentos aristotélicos de Quevedo, Bartolomé de Las Casas colocó los ejemplos bíblicos de Jesucristo:

Nuestra religión cristiana es igual y se adapta a todas las naciones del mundo y a todas igualmente recibe y a ninguna quita su libertad ni su señorío ni coloca bajo servidumbre, sólo con el motivo de que son siervos por naturaleza o libres, como el reverendo obispo parece entender, y por tanto, de Vuestra Real Majestad será propio desterrar en el inicio de su reinado de aquellas tierras tan grandes y horrendas, delante de Dios y de los hombres, tiranía que tantos males y daños irreparables causa en pérdida de la mayor parte del linaje humano, para que Nuestro Señor Jesucristo, que muere por aquellas personas, su real Estado prospere por muchos y largos días 14.

Pero, 30 años más tarde, cuando Bartolomé de Las Casas enfrentó a Sepúlveda, tenía un gran respeto por el filósofo y lo citaba con frecuencia. Esto, tal vez, porque su adversario era uno de los mejores conocedores de Aristóteles y del siglo XVI y prácticamente toda su fundamentación teórica provenía de las obras del filósofo, especialmente de la Política. Por eso, en los debates contra Sepúlveda, Bartolomé de Las Casas dejaba en claro su posición de que la Biblia tiene supremacía sobre Aristóteles, y en el caso de existir discrepancia entre el filósofo y las Sagradas Escrituras, ése debía ser simplemente descartado. Así ante la doctrina de Sepúlveda de que los indios eran inferiores -y que el superior debía dominar sobre el inferior, o sea, los españoles sobre los indios, y que de acuerdo con el texto aristotélico los indios eran naturalmente esclavos-, Bartolomé de Las Casas colocó el texto bíblico:

Mandamos a pasear en esto a Aristóteles, pues de Cristo, que es la verdad eterna, tenemos el siguiente mandato: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt. 22); y nuevamente el apóstol San Pablo dice: (Epístola a los Corintios 13): «La caridad no procura lo que es suyo, sino lo que es de Jesucristo» 15.

Bartolomé de Las Casas, además de hacer aportes teóricos a la lucha por la justicia en los territorios ocupados por España, hace también propuestas concretas para llevar adelante sus proyectos de evangelización pacífica. Para él, la predicación a los infieles debe reunir cinco condiciones para tener éxito 16:

1. Los oyentes deben comprender que los predicadores no tienen intención de dominarlos.

2. Los oyentes deben estar convencidos de que ninguna ambición de riqueza mueve a los predicadores.

3. Los predicadores deben ser tan «dóciles y humildes, afables y apacibles, amables y benévolos al hablar y conversar con los oyentes, y principalmente con los infieles, que hagan nacer en éstos la voluntad de oírlos gustosamente y tener su doctrina en mayor reverencia».

4. Los predicadores deben sentir el mismo amor y caridad por la humanidad que el que sintió San Pablo, permitiéndoles llevar adelante tan gran misión.

5. Los predicadores deben llevar sus vidas en forma tan ejemplar que esté claro para todos que su predicación es santa y justa.

Bartolomé de Las Casas puede exponer sus ideas frente a las más altas autoridades de España y puede hablar frente a los más importantes juristas. Nunca fue censurado durante su vida. Inclusive, poco después de haber presentado ante la Corte su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, fue ordenado obispo. La tragedia fue que sus ideas no consiguieron hechos concretos de las autoridades para la defensa de los indios: no obtuvo, prácticamente, nada. Los casi 50 años de lucha en favor de los indios, las miles de páginas escritas, las cinco veces que atravesó el océano, los muchísimos días de debates, los memoriales, sus gritos de protesta, su inteligencia y su salud de fierro casi nada pudieron ante la codicia y avidez de los salvajes conquistadores.

 

4. 1992: El Medio Milenio del Cristianismo

Uno de los pensamientos que Bartolomé de Las Casas colocó en varios de sus escritos fue de que los cristianos en nada eran mejores que los turcos o los bárbaros; y que el cristianismo no fue de ningún beneficio para los indios: los únicos que se beneficiaron fueron los conquistadores. Para el fraile, si por lo menos los indios hubieran conocido la verdadera religión (el catolicismo) habría valido la pena tanto sacrificio.

Estos mismos cuestionamientos que el fraile se hacía casi medio milenio atrás, podemos repetirlos hoy día. Especialmente porque en nuestra época el catolicismo ha abandonado gran parte de su vieja arrogancia y violencia, y en su lugar está surgiendo la arrogancia de los «creyentes», que si bien no llegan a las aldeas indias con ejércitos ni con «Requerimientos» (ese curioso documento que era leído a los indios antes de que los invasores iniciasen las hostilidades), el daño que producen es casi tan grave como el producido por los invasores del siglo XVI.

 

5. Y ¿Entonces?

Terminaremos este artículo resaltando cuatro puntos que nos parecen importantes para pensar el problema de los indios, y en general el problema de la conquista-evangelización, en la actualidad:

1. La historia de los indios no es una historia concluida, se está todavía escribiendo. Y miles de ellos, a lo largo de todo el continente, siguen resistiendo y preservando lo poco que les queda. Los medios de comunicación traen noticias sobre la lucha por la tierra, por la preservación de las reservas, de la muerte de los indios, etc. Y las iglesias hasta hoy siguen reclutando misioneros para ir a evangelizar a los indios. Hoy día las aldeas de los indios están sufriendo un verdadero furor de predicadores y de iglesias que quieren formar congregaciones entre ellos. Varias docenas de indios ya son pastores y dirigen sus propias iglesias. Algunas de ellas, como muestra frecuentemente la televisión, con características grotescas y morbosas. La mayoría está facturando buenas cantidades de dinero con la recaudación del diezmo. Las aldeas indias todavía sufren la arrogancia de los evangelizadores. La triste historia comenzada por los conquistadores/evangelizadores en el siglo XVI se ha prolongado por medio milenio. Y la lucha por la sobrevivencia, por sus vidas, cultura y territorios, iniciada por los pueblos nativos de América hace 500 años, todavía sigue. Desgraciadamente, algunas de ellas ya están casi al final de su capacidad de resistencia y muchas ya desaparecieron para siempre. Pero, la victoria de los conquistadores/evangelizadores hasta hoy no fue completa y todavía hay esperanza para algunas naciones indígenas. Muchos pueblos indígenas, desilusionados con el cristianismo, están pidiendo el retorno de sus antiguos Dioses.

2. Como bien es sabido, en 1992 se cumplirán 500 años desde el inicio de la llegada de los colonialistas europeos a América. Por este motivo se están organizando en varios países algunos eventos tales como juegos, debates, exposiciones, simposios, publicaciones, etc. Y, como en el siglo XVI, hay algunos que están a favor de las conquistas y otros en contra. Muchos de estos eventos cuentan con el patrocinio oficial del Gobierno de España y de otros gobiernos: la mayoría de los que participan en los eventos oficiales están a favor de las conquistas. Pero hay también, a través de todo el continente, eventos alternativos, que de alguna manera intentarán revivir la historia a partir de una perspectiva indio-afro-americana. Los temas que serán tratados son casi los mismos que los de las controversias y debates de España en el siglo XVI: fe y cultura, la evangelización de otras culturas, la evangelización de los indios, cómo convertir los indios al cristianismo, etc.

Esos temas ya fueron tratados por Bartolomé de Las Casas frente al obispo Quevedo en 1519, en Del Unico Vocationis Modo (cf. supra) y en la im­portante Controversia de Valladolid en 1550, frente al Dr. Juan Ginés de Sepúlveda. Nos parece que 500 años después la Iglesia está discutiendo casi las mismas cosas y nuevamente son invitados para debatir eminentes teólogos, historiadores, antropólogos, etc.: son los modernos Bartolomé de Las Casas, Sepúlvedas, Vitorias y otros que, como en el siglo XVI, discuten en reuniones públicas cómo evangelizar a los indios y, en general, cómo evangelizar a pueblos de otras culturas. Hoy, como hace 500 años, toda evangelización contra los indios acarrea una fuerte carga de violencia (no necesariamente física) y de arrogancia. Tal vez por eso, actualmente, muchos misioneros no hablan más de evangelización, sino de «pastoral de convivencia».

Una de las acusaciones que hizo Bartolomé de Las Casas contra Sepúlveda fue que éste nunca había visto un indio en su vida, ni mucho menos conocía las tierras de los indios. Bartolomé de Las Casas decía que si él hubiese conocido a los indios nunca habría podido decir lo que dijo de ellos. Por eso, tal vez, mucho más importante que hablar «de los» indios o hablar «para» los indios, sea conocerlos y escucharlos. Posiblemente, descubramos, perplejos, que son ellos los que, en muchos aspectos, tienen que evangelizarnos y civilizarnos.

3. También es importante resaltar que varias Iglesias se preparan para elaborar documentos sobre los 500 años y la cuestión indígena. Por eso es importante recordar que hoy en el Archivo de Indias, en España, se en­cuentran depositados varios documentos sobre los indios, la gran mayoría de éstos fechados en el siglo XVI. Esa inmensa cantidad de papel no consiguió evitar la tragedia de los indios. Mucho menos lo van a conseguir ahora algunos documentos: porque la lucha por los indios no pasa por los docu­mentos, sino por la lucha política y comprometida día a día. El documento puede ser un elemento de esta lucha, pero nunca se podrá reducir o agotar la lucha por los indios en la emisión de documentos.

Lo dicho en el párrafo anterior adquiere mayor importancia si se toma en cuenta el hecho de que en el siglo XVI los conquistadores estaban obligados, al menos formalmente, a cumplir el contenido de los documentos emitidos por la Iglesia. Los documentos eclesiásticos tenían fuerza de ley. La Iglesia siempre se esforzó para que sus documentos fueran lo más cristianos posible y lo más favorables para los indios. El problema fue que esos documentos nunca fueron llevados a la práctica, o sea, como dijimos anteriormente, la Iglesia tuvo una buena teoría pero casi nada de práctica, y los conquistadores tuvieron una práctica pero sin ninguna teoría. Ese distanciamiento entre lo que era el documento oficial y lo que era la práctica concreta de los conquistadores fue una de las contradicciones más importantes de la conquista de América.

Hoy, los documentos emitidos por las iglesias, con excepción de algunos documentos de la Iglesia Católica , difícilmente son conocidos por la inmensa mayoría de la población: la mayoría de ellos es conocida solamente por miembros de la propia Iglesia , generalmente, sólo por los más instruidos. Difícilmente los modernos conquistadores, tomarán conocimiento de esos documentos, y aunque lo hicieran, no se sienten obligados a cumplirlos.

De las iglesias cristianas no católicas, principalmente en Brasil, las únicas que tienen un trabajo importante entre los indios son los pentecostales y ellas no están interesadas en cambiar su práctica. Lo que todo indica, este trabajo continuará teniendo las características groseras y morbosas que tiene en la actualidad (sobre esto es importante el documentario de la TV Manchete hecho sobre los pentecostales en las reservas indígenas).

4. Muchos grupos e intelectuales desde dentro de las Iglesias están proponiendo algunas medidas para el próximo año. Como, por ejemplo, que sea un año de perdón de la deuda externa: el año de la gracia y del jubileo. O, tal vez, un año de perdón y arrepentimiento, etc. Tal vez, debería ser agregado a todas esas propuestas «un año de término de las evangelizaciones», una especie de moratoria evangelizadora: dejar a los indios descansar de toda la tormenta de cristianismo que los tienen acosado en este medio milenio. Año de descanso para los indios, año de reflexión y humildad para los evangelizadores.

 

Jorge Luis Rodríguez , Caixa Postal 5151 , 09735 São Bernardo do Campo - SP, Brasil

1 Las Casas. Fray Barto1ome. Tratados. México. Fondo de Cultura Económica. 1965. Tomo I. p. 435-436.

2 In: Chaunu. Pierre. Conquista e Exploração dos Novos Mundos: século XVI. São Paulo, Pioneira. 1984. p. 148.

3 Santa Ana, Julio. Teologia e Modernidade. In: A Maioridade da Teologia da Libertação. Estudos da Religião, n. 6., São Bernardo do Campo. Abril. 1989. p. 18.

4 Mires. Fernando. En Nombre de la Cruz, discusiones teológicas y políticas frente al holocausto de los indios. San José, DEI. 1986. p. 28.

5Idem. p. 20.

6 Idem. El negrito es nuestro.

7 cf. Idem. p. 54.

8 Las Casas. Fray Bartolomé. Del Único Modo de Atraer todos Los Pueblos a la Verdadera Religión. México , Fondo de Cultura Económica. 1975. p. 65-66.

9 Idem. p. 67.

10 Idem. p. 66-67.

11 In: Bainton. Roland. Lutero. Buenos Aires. Edit. Sudamericana. 1955. Nota de rodapié N. 10.

12 Reale, Giovanni e Antiseri. Darla. Historia da Filosofía. São Paulo. Paulinas. 1990. Vol. II. p. 104.

13 Las Casas, Fray Bartolomé. Historia de Indias. México, Fondo de Cultura Económica. 1965. Lib. III. Cap. CIL.

14 Idem.

15 Las Casas, Fray Bartolomé. Apología. Madrid. Editora Nacional. 1975. Folio 232-233v. El negrito es nuestro.

16 Hanke, Lewis. Introducción. In: Las Casas. Del Único Modo..., Op. Cit. p. 33.

 

 
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