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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

 

 

LA MUJER EN SAN LUCAS

Relectura de un mestizo

José Cárdenas Pallares

 

 

Resumen

Para la mujer indígena la conquista fue humillante, degradante y destructiva. En una palabra, fue la muerte. Si sobrevivió, fue reducida a cosa. En la Palestina de Jesús, la mujer socialmente hablando fue oprimida. La praxis de Jesús y la visión de San Lucas están en oposición a esta opresión tan enraizada. Por eso es imposible compaginar el seguir a Jesús y el celebrar con triunfalismo los cinco siglos de la llegada de los europeos a estas tierras.

 

I. La mujer y la conquista

«Dado que los matrimonios formales entre gente india y no india eran raros, es seguro decir que la gran mayoría de los mestizajes de la primera generación fueron descendencia bastarda de hombres españoles y de mujeres indias» 1.

Durante la Colonia muchos mestizos quisieron comprar el título de blancos, y aún ahora, en mi país, con su régimen que hasta hace poco alardeaba de indigenista, y siendo los mestizos la inmensa mayoría, mu­chísimos tienen lo indio por sinónimo de atrasado, de feo y de salvaje. Por supuesto perdura el machismo burdo de los conquistadores.

Esta tara nuestra es de nacimiento. Viene del momento en que «Hernán Cortés, en las cenegosas selvas de Tabasco... obtuvo del cacique vencido un obsequio de veinte esclavos, entre ellos la Malinche, a quien convirtió en su amante y en su secretaria trilingüe» 2.

Este no fue un caso aislado, pues «la escasez de mujeres... españolas, y la presencia de hombres y usanzas autóctonas, que hacían recordar con deleite las de los moros, inducía a los colonos a incorporar… a su vida material una colección de concubinas cobrizas» 3.

Eso eran las mujeres de color oscuro; posesiones de los conquistadores. Las mujeres fueron repartidas entre la soldadesca como si fueran cosas o bestias. Lo dijo con toda naturalidad Bernal Díaz del Castillo, en su «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España »: «en aquella casa (de Tepesca) hablan (Cortés y sus allegados) ya escondido y tomado las mejores indias, que no pareció allí ninguna buena, y al tiempo de repartir dábannos las viejas y ruines.

Y... dijo a Cortés otro soldado... que ahora el pobre soldado que había echado los bofes y estaba lleno de heridas por una buena india...» 4.

Esta infamia la conforma la XIII relación de Alva Ixtlixóchitl: «(los españoles) se apoderaron de las mujeres, escogen entre las mujeres, las blancas, las de piel trigueña» 5.

Las que no fueron juguete sexual de los conquistadores o víctimas de las pestes importadas que, después de cegarlas y deformarlas, las mataron, según la información recogida por Fray Bernardino de Sahagún, se con­virtieron en «viudas en vida», pues los indígenas -dice Alonso de Zurita, en su «Breve relación de los señores de la Nueva España »- huían desesperados por la enormidad de los impuestos: «pedirles reales también es grandísimo agravio... porque... la mayor parte no alcanzan dineros y aun hay partes donde no han visto en su vida real ni saben qué es. Y así los necesitan a irlos a buscar fuera de sus casas y pueblos. Y dejan sus mujeres e hijos sin provisión para se sustentar... y dejan la carga a la pobre mujer» 6.

La raíz de esta infamia nos la dicen tanto voces españolas como indígenas. Para los autores del Códice Florentino, los españoles son «como puercos hambrientos que ansían el oro» 7. También fray Julián de Garcés, obispo de Tlaxcala pone el dedo en la llaga: «... y es voz (de Satanás) que sale de las avarientas gargantas de los cristianos, cuya codicia es tanta, que, para poder hartar su sed, quieren porfiar que las criaturas racionales hechos a imagen de Dios, son bestias y jumentos» 8.

 

No se trata de rasgar llagas viejas por morbo, sino por aquello de que «la historia es maestra de Vida». Ni de fomentar el «árbol del odio» o la «leyenda negra». Al fin y al cabo, como la mayoría de mis paisanos, mis apellidos, mi lengua, gran parte de mi cultura y de mis genes es española. Además, la mayoría de los que denunciaron y atacaron estas atrocidades eran españoles de pura sangre.

Por otra parte, a nuestros hermanos del norte del continente les fue peor con los anglos protestantes. Ahí ni a mestizaje llegaron, porque «el mejor indio era el indio muerto». Ahí el despojo, las enfermedades introducidas que diezmaron la población, y las masacres genocidas se justificaban con fundamentos bíblicos. Como dijo el puritano John Underhill sobre la matanza casi total de los indios Pequot: «habiéndonos Dios despojado de piedad nos dispusimos a cumplir nuestro trabajo sin compasión», pues «a veces las Escrituras declaran que las mujeres y los niños deben perecer junto con sus padres» 9.

Si he referido todo esto, es por el sesgo triunfalista y racista que se quiere dar al V centenario del «descubrimiento» de nuestras tierras.

En la reunión de Biblistas Populares, celebrada en San Luis Potosí, en septiembre del 90 me preguntaron cuál era el libro de la Biblia más apropiado para reflexionar sobre el Centenario. Les contesté que el de las Lamen­taciones. Que si alguna celebración deberíamos tener los creyentes en Jesucristo, ésta debería estar marcada ante todo por su carácter penitencial. Porque según lo que celebremos, eso será lo que hagamos o avalemos.

Y lo que se hizo a nuestros antepasados es el polo opuesto a la conducta de Jesús, según el Evangelio de San Lucas.

III. La mujer palestina en tiempos de Jesús >

«Desde el punto de vista jurídico la mujer israelita era más cosa que persona» 10. Sólo el hombre podía zafarse de la ley del levirato (Dt. 25,5-10). En el descanso sabático no se incluye a la esposa (Dt. 5,12-14). Sólo a ella se le exige fidelidad (Gén. 38,1-30).

Según los rabinos, de las diez calamidades del mundo, nueve proceden de la mujer (T B, Qiddushin, 49 b).

Según el Testamento del Patriarca Rubén, el primero de los siete malos espíritus es la lujuria a la que se someten más que los hombres las mujeres, que son malas de por si 11.

Un rabino no tenía que hablar ni mucho, ni a solas con una mujer: «No hables mucho con una mujer, porque con eso acabas en el adulterio» (Nº darim 20 a Baraithá).

Entre las seis cosas reprobables para el discípulo de un rabino estaba el hablar con una mujer en la calle (Berakoth, 43 b Baraithá), aunque se trate de la propia esposa (Rabí Judá), aunque se trate de su hija o de su hermana, dado que no todos conocen el parentesco 12.

Enseñar a una mujer la Torá es peor que imprudencia, pues «el que enseña la Torá a su hija, le enseña insensatez» (Sotá 3,4) dado que se les consideraba incapaces de entenderla.

El juntar a varias mujeres era nefasto, ya que «muchas mujeres, mucha hechicería» (Pirgé Aboth 2.7).

Mucho peor era visto que alguien viajara (Berakoth 61 a . Baraithá) o se albergara en donde estuviera solo con una mujer (Pirgé Aboth R N 2-1 d), pues «mejor ir detrás de un león que detrás de una mujer» (Rabí Yojanán + 279).

Ni siquiera hay que dejarse atender por una mujer, aunque ésta sea menor de edad, ni tampoco hay que ofrecerle el saludo (Rabí She muel, + 254), porque la familiaridad con ellas es propia del lujuriento (ídem). La lista podía alargarse con textos, tanto del Antiguo Testamento, como de los escritos rabínicos. Basten los arriba citados, para darnos cuenta del cambio radical en la visión de la mujer, aportado por Jesús.

IV. La ruptura de Jesús

La conducta de Jesús hacia la mujer fue desconcertante aun para sus propios discípulos (Jn. 4,27).

Jamás hay en Jesús la mínima huella de desprecio o de ninguneo a la mujer. En ninguna parte y bajo ninguna circunstancia hay indicios de que él le asignara a la mujer una función secundaria o de subordinación. Mucho menos, consideró a la mujer fuente de tentación o de pecado. También en este aspecto, a Jesús no le importó desacreditarse: ayudó a las mujeres (Lc. 4,38-39; 7,11-17; 13,10-17), incluso comparó la alegría de Dios con la alegría de una mujer común y corriente (15,8-10). Se dejó atender por mujeres, y conversó largo y tendido con ellas (7,36ss.; 10,38-42). Para colmos, recorrió con ellas los caminos, recibiendo de ellas un servicio prolongado y continuo (8,1-3). Una vez más Jesús rompe las barreras que aíslan a los hijos de Dios.

A Jesús no le importan las recomendaciones de no estar a solas con las mujeres, ni las ve como fuerza de trabajo gratuito, ni acepta el prejuicio de que no conviene enseñar la Torá a las mujeres.

V. Jesús libera a la mujer del desamparo

En Israel de su tiempo «la viuda es el tipo de ser débil y sin apoyo, que socialmente no existe» 13. Y si ésta había perdido a su hijo único, el desamparo no podía ser mayor: se quedaba sin sostén económico y su situación era considerada castigo de Dios.

La reacción de Jesús ante estos casos es totalmente diferente (Lc. 7,11-17). Jesús no conoce a la viuda, ni pregunta sobre la conducta de ella. Esta no dirige palabra alguna a Jesús, a quien no conoce ni de oídas. Nada, ni nadie le estaba pidiendo a Jesús que interviniera. Su iniciativa es gratuita en todos sentidos.

De lo único que se nos informa sobre la viuda es de su extremo desamparo, y éste es lo que le habla a Jesús en términos más que claros.

Aquí la resurrección del joven no es la gran obra de Jesús: ésta es sólo un medio. De ella se habla como de pasada. En lo que se insiste es en el trato de Jesús a la mujer: el difunto es el hijo único de su madre, que era viuda. Jesús la ve, siente compasión de ella, y a ella le dice que no llore, y da el joven vuelto a la vida a su madre. O sea, que más que en el prodigio se insiste en el bien aportado a la mujer; Jesús acaba con el desamparo de ésta.

VI. Jesús libera a la mujer del oprobio

Jesús interrumpe su enseñanza, en la sinagoga, un sábado, para librar de una situación atroz a una mujer (Lc. 13,1-17). Lo hace sin empacho alguno, porque su enseñanza conduce precisamente a la lucha contra toda clase de mal.

Era raro que una mujer en tales condiciones se presentara en una sinagoga. Jesús no la reprocha por su estado de impureza. Con ella muestra la misma actitud que mostró con la hemorroisa (8,43-48). Ante estas mujeres con larga estela de dolor Jesús sólo muestra su fuerza liberadora.

Como la viuda de Naín (7,11-17), esta mujer no le pide nada a Jesús, y como ella ni siquiera le dirige la palabra. Es el dolor de la mujer el que habla a Jesús. Y ante todo lo que humilla y hace sufrir, Jesús no permanece indiferente.

Jesús libera del mal a la mujer, un sábado. Ni siquiera el cumplimiento de la ley más sagrada es estorbo para él, cuando se trata de acabar con la sujeción de la mujer. Es fuerte la indignación de Jesús ante las protestas por haber quebrantado el sábado, porque ¿cómo es posible que se tenga más consideración por los animales que por una enferma? ¿Así es como piensan dar gloria a Dios?

Para Jesús nada, ni siquiera la ley más santa puede alejarlo de su intento por acabar con la sujeción de la mujer. Precisamente así es como Dios es glorificado. Si en algún día hay que romper con los yugos a los que están sometidos los hijos de Dios, es en el día del Señor. Y para Jesús esta mujer decrépita es tan parte del pueblo de Dios, como cualquiera de los ahí presentes.

VII. Jesús salva a la mujer de la mutilación de su sexualidad

  Incrustada entre la narración de la resurrección de la hija de Jairo, se encuentra la perícopa de la mujer con flujos de sangre (Lc. 8,43-48). El contraste entre la mujer y Jairo es muy grande, él es jefe de sinagoga, «es cabeza de familia, es cabeza de grupo. De la mujer ni siquiera el nombre se sabe».

Ella está desahuciada socialmente, porque vuelve impuro al que toque, la cama o el asiento en que ella estuvo (Lev. 15,27), ya no se diga al que tenga relaciones sexuales con ella, aunque sea su marido (Lev. 15,24).

Jairo se postra ante Jesús. La mujer se acerca por atrás, a escondidas, de una manera torpe, prácticamente supersticiosa. Se acercó con una fuerte dosis de torpeza. Al verse descubierta se acerca temblorosa a Jesús.

Jesús no la condena por haber violado el código de pureza. De hecho, de acuerdo con Lev. 15,19-27. Jesús ha contraído la impureza. Pero a Jesús lo que realmente le importa es que la gente no sea tratada como deshecho. Aun en una urgencia tan grande, como es atender a una enferma grave, Jesús se deja interrumpir por una mujer que no debía establecer contacto físico con nadie. Y a esta impura Jesús se dirige con una expresión de cariño. Para Jesús vale tanto esta mujer desechada, como Jairo, varón respetado. Le dice Jesús a la mujer impura igual que a la pecadora: «Tu fe te ha salvado, Vete en Paz (7,49). En ambos casos se trata de mujeres rechazadas por su sexualidad desarreglada; una por incapacitar para el culto (Lev. 15,24-27), la otra por ser vista como causa de desgracia y de pecado, como fuente de muerte (Prov. 5,1-14; 7,1-27; Sir. 9,3b-4.6-7; 26,10-12). A ambas les da la Paz de Dios y las reintegra al gozo de la sexualidad humana de verdad.

VIII. Jesús libera a la mujer del estigma del peca­do propio y ajeno

Si además de mujer, se trataba de una pecadora pública, no es difícil imaginar el desprecio que sufría una israelita, ya que la inmoralidad sexual se consideraba motivo de mucha vergüenza (Sir. 41,17). Pues bien, una mujer de ésas no se contiene al dar muestras de amor agradecido a Jesús. (Lc. 7,36-50).

A ella le cuesta mucho esta muestra de amor; en concreto acaba con un importante instrumento para su «trabajo» y se expone a que la humillen.

La mujer llora, moja con sus lágrimas, besa una y otra vez los pies de Jesús gesto de gran humildad y de agradecimiento (T.B. Sanhedrin 27b) - y con sus cabellos los seca.

Descubrir el seno y desatar la cabellera eran cosas que la mujer solo podía hacer en presencia de su marido. Infringir esta regla era motivo de divorcio. (Gittin 9.50 d).

El desbordamiento de cariño provocado por la mujer, forzosamente iba a perturbar esa reunión tan exclusiva; de varones, y de varones píos.

Ante estas muestras de cortesía Jesús se desvía de la decencia farisaica. El, que suscita el amor desbordado de una pecadora, en lugar de compartir con su anfitrión y demás comensales, atiende a las muestras de afecto de una intrusa conocida como fuente de pecado.

Jesús se deja querer a la vista de todos por una mujer que carece de respetabilidad.

La mujer mete desorden en una reunión de hombres puros. 14 Pero no es esto lo que le importa, sino que alguien que ha sido tratado como desperdicio, goce de la Paz y del perdón de Dios. Más aún, para él la verdadera pureza es acoger con humanidad a los excluidos que nadie respeta (Lc. 5,27-32).

Jesús se deja querer por esta pecadora. Este dejarse querer es, al mismo tiempo, causa de escándalo para sus comensales y es una manera de acoger a la pecadora en la Paz de Dios.

A Jesús no le importó ser malinterpretado, con tal de darle a la mujer perdida la certeza del perdón de Dios.

Como el padre recibió al hijo perdido (Lc. 15,11-24), así Jesús recibe a la prostituta, y por la misma razón que el padre le hizo fiesta al hijo degenerado, así Jesús le da su confianza a esta mujer degradada y despre­ciada. Y así como en la parábola la figura del patriarca se borra ante la del padre amigo, así también aquí los códigos de pureza se desvanecen ante la irrupción de la ternura humana y ante la revelación de la ternura divina.

Con su actitud Jesús le dice a la mujer que «para Dios su pasado es irrelevante, que también para ella vale la bondad de Dios, que él tanto ha proclamado y practicado» 15.

Valor de las mujeres

Las mujeres que acompañaron a Jesús en Galilea (Lc. 8,1-3), están presentes en su muerte y en su sepultura (23,50-56).

Siguen honrando a Jesús, aunque haya sido condenado a la vergonzosa y dolorosa cruz. Siguen con él, aunque la suprema autoridad religiosa y económica a la vez -lo haya juzgado merecedor de la maldición divina (Dt. 2,11-23) «Ellas no lo han traicionado y negado... como lo hicieron los discípulos machos, sino que permanecieron con Jesús en la tribulación y en la persecución» 16.

Judas traicionó a Jesús y facilitó su arresto (Lc. 22,2-6; 23,47-5 3) Pedro lo negó (23,54-56).

Una asamblea compuesta exclusivamente por varones decretó que había que hacer todo lo posible por ejecutarlo (23,66-71). En pocas palabras: la condena, el suplicio, la muerte y la infamia contra Jesús fue obra exclusiva de varones.

Frente a esta vileza masculina resalta el amor fiel y valiente de estas mujeres. Ellas fueron tenaces en el servicio y en el seguimiento a Jesús, mientras que los discípulos varones fueron demasiado débiles.

Una vez mas, «el encumbrado es abajado y el abajado es encumbrado» (18,14). Una vez más el Evangelio sacude nuestros prejuicios y nuestras seguridades.

A manera de conclusión

Este artículo no es exhaustivo. Faltan muchos textos por examinar. Ni siquiera mencioné el «evangelio de la infancia». En un artículo no hay espacio para más.

Pero esto basta, para ver que no hay nada en el evangelio lucano que dé pie al desprecio, a la humillación; a la subordinación de la mujer, ni en lo social, ni en lo religioso o en lo familiar. Mucho menos se puede justificar con el Evangelio la degradación y la cosificación de la mujer. Lo contrario sería la negación del Reinado de Dios.

Celebrar el V Centenario en un plan triunfalista y seguir el camino de Jesús, me parece más difícil que dibujar un círculo cuadrado.

José Cárdenas Pallares ,Lázaro Cárdenas 140,Capilla del Rosario 28.869 Salahua, Col. ,México

 

1 C. Gibson The Aztecs under spanish rule. 144 (Stanford University: ty Press. 1964).

2 L. González y G., El entuerto de la conquista, 14 (SEP Cultura, 1984).

3 Idem, 22.

4 Idem. 147.

5 M. León Portilla, Visión de los vencidos, 129 (UNAM, 1980).

6 L. González y G.: o. c., 163.

7 M. León Portilla: o. c., 53.

8 L. González y G.: o, c., 191.

9 E. Galeano, Memorias del fuego 1, 252s. (Siglo XXI, 1982).

10 A. Oepke: gyné, en Th W NT, 1,781.

11 Cfr. F. Hauck-S. Schulz: porné. en Th W N T, VI, s.

12 S.-B. 1. 300.

13 C. Spicq, La parabole de la venue obstinés et dujuge inerte aux décisions impromptues, 73 (R B 1961).

14 C. Myers, Binding the strong man , 201 (Orbis Books, 1990).

15 H. Merklein, Die Gottesherrschaft als Handlungsprinzip. 202 (Echter, 1981).

16 M.A. Talbert, Sowing the gospel, 291 (Fortress Press, 1989).

 

 
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