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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
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“UNIDAD Y PLURALISMO EN LA IGLESIA PRIMITIVA”Francisco López Rivera
En la Iglesia primitiva encontramos diversas tendencias teológico-pastorales respecto a un asunto capital: abrirse al mundo pagano o quedarse encerrados en el mundo judío. Encontramos las siguientes tendencias: avanzada, centrista, conservadora (capaces de dialogar), así como avanzada y conservadora extremas (incapaces de dialogar). La «gran Iglesia» opta por el pluralismo -de hecho históricamente se impone la tendencia avanzada. De ahí podemos sacar pistas para el diálogo de tendencias en la Iglesia actual.
1. Introducción Presentaremos la manera cómo la Iglesia primitiva vivió la realidad dialéctica unidad-pluralismo, y eso, en medio de un fuerte conflicto, tan fuerte como apenas podemos imaginar. A. Historicidad de los datos Haremos uso de los datos bíblicos fundamentalmente. Aquí puede surgir la duda sobre la historicidad de dichos datos. Es cierto que no todos los detalles que presenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles son estrictamente históricos. Sin embargo, algunos de ellos lo son -aquí no lo discutiremos. Podemos afirmar, por otra parte, que tienen más garantía de historicidad las «tendencias» mencionadas en los Hechos que algunos datos o episodios concretos. En este trabajo tomamos las tendencias y alguno que otro dato que nos parezca estar en coherencia con las tendencias. Se puede decir, además, que en el tema que nos ocupa, Pablo es más de fiar que Lucas. Acudiremos ampliamente a la Carta a los Gálatas. B. Categorías usadas para ubicar a los personajes y a los gruposUsaremos algunas categorías que corren entre nosotros: avanzados, centristas, conservadores. Estas categorías son meramente funcionales; no pretenden estar cargadas de ideología. Quieren designar simplemente a personas o grupos que, en la situación histórica descrita, eran partidarios de un cambio o avance decidido (avanzados), o guardaban una actitud moderada (centristas), o no eran tan partidarios del cambio (conservadores). Se incluyen las posiciones extremas: avanzados extremos (y cerrados), conservadores extremos (y cerrados). Pablo, por ejemplo, era claramente avanzado en el asunto aquí estudiado. Tal vez no lo fuera en el aspecto social (digo «tal vez», porque algunos opinan que sí lo era). C. El conflicto Nos preguntamos si se da algún conflicto en la Iglesia primitiva por causa de las diversas posiciones. La respuesta, obviamente, es que sí. Ante ello, nos interesa caracterizar a las personas y grupos según las categorías mencionadas, porque así fue la realidad histórica. Pero más nos interesa estudiar qué actitud tuvieron ante el conflicto eclesial. Nos preguntamos también si el estudio de esa situación eclesial nos da pistas para nuestra propia situación. Creemos que sí, evidentemente. Y eso, sin tratar de hacer aplicaciones literales y anacrónicas a lo que nosotros vivimos. No buscaremos, pues, recetas aplicables sin más. Esta vez, como siempre, la historia nos da pistas, criterios, no reglas fijas ni recetas. Hay que aplicar esas pistas y criterios a la situación concreta. ¡Y discernir siempre!
2. La comunidad cristiana primitiva y el conflicto A. Se dan dos clases de conflictos en la Iglesia en ese tiempo a. El conflicto interno. Este es múltiple: 1. Entre judío-cristianos, por una parte, y cristianos helenistas (venidos del judaísmo o del paganismo, pero de cultura griega, abiertos a ésta). 2. Entre la comunidad juánica y otros grupos. b. El conflicto externo Este se da hacia fuera de la Iglesia: Aquí hablaremos sólo del conflicto interno. Se trata de una situación descrita por Lucas (Hechos) y Pablo (Gálatas, especialmente). El tiempo va del año 35 al 55 d.C., aproximadamente. B. Conflicto entre judío-cristianos y helenistas o gentil-cristianos a. Diversos grupos Tenemos en la Iglesia al menos dos grupos de judío-cristianos y los helenistas: En términos generales, podemos decir que el principal antagonismo se dio entre el grupo (1) y los grupos (2) y (3); si bien, luego veremos que hay que matizar esta afirmación general. b. Ciudades-polo Dos son las ciudades-polo en el conflicto que estudiamos: Jerusalén y Antioquía de Siria. Señalaremos algunas características de cada ciudad, que nos ayuden a captar las diferencias ambientales y religiosas que existían entre ambas y que enmarcaban las diferencias de las comunidades cristianas que ahí vivían. 1. Diferencias socioeconómicas Jerusalén: ciudad judía, de cultura hebrea; económicamente pobre. Antioquía: ciudad cosmopolita, de cultura hebrea y desahogada económicamente. 2. Diferencias organizativas, en cuanto Iglesias, y teológicas Jerusalén: La comunidad conserva estructuras similares al modelo judío: «ancianos» (He 11,30; 15,6).La comunidad llama a los judíos a la conversión. Espera la peregrinación escatológica de todos los pueblos hacia Israel (así lo manifiesta Santiago, citando a Amós, en He 15,14-17). La comunidad se considera el kahal Yahvé, se autodenominan los “hagioi” (cf. Dan 7). Es vista como una secta judía («la secta de los Nazareos», He 24,5). Antioquía: La comunidad sigue la línea carismática. Acepta a los paganos sin la circuncisión. Es misionera. Se considera libre de la Ley. Está por separarse de la sinagoga. Hay en la ciudad judío-cristianos helenistas y gentil-cristianos (quizá también algunos judío-cristianos de cultura hebrea). Los «temerosos de Dios» pasarían más fácilmente a la Iglesia gentil-cristiana que a la judío-cristiana (por la circuncisión y la Ley). Entre las comunidades judío-cristianas y gentil-cristianas hay diferencias en torno a la misión. El gran problema de fondo que se plantea, es el siguiente: ¿Hay continuidad de la Historia de la Salvación fuera de Israel? La respuesta helenista es que hay que abrirse al mundo gentil, ir hacia él. Por lo tanto, no exigir más la Ley, la circuncisión, dado que la salvación viene por la fe en Jesús, no por la Ley de Moisés, no por las observancias judías. C. Tendencias teológico-pastorales en la Iglesia primitiva a. Cuadro de tendencias A continuación pongo un cuadro de las tendencias que se daban en la Iglesia, desde el punto de vista teológico-pastoral.
b. Explicación de las tendencias 1) Avanzados extremos. Se mostrarían cerrados al diálogo con los conservadores y renuentes a cualquier concesión. Hechos no mencionan a nadie de este tipo. Posteriormente sí se dará (v. infra). 2) Avanzados. Ahí podemos situar a los primeros representantes de los judío-cristianos helenistas (de cultura griega), especialmente a Esteban. Luego vendrá Pablo. Afirman la caducidad de la Ley y de la circuncisión. Aceptan que los judíos-cristianos conserven sus observancias, pero no que las impongan a los gentil-cristianos. Pablo, helenista por nacimiento, aunque «hebreo» por formación, comprende que la comunidad debe salir del etnocentrismo hebreo para ser fiel al Proyecto del Padre en Jesús. 3) Centristas. Pedro, judío-cristiano, comprende la necesidad de que la comunidad se abra a los gentiles; Bernabé, inicialmente asociado a Pablo, se distancia de él por motivos diversos. Marcos, muy asociado a Bernabé, se puede pensar que comulgara con sus ideas. Se distancia de Pablo por razones personal-pastorales (He 15,38; 14,24). 4) Conservadores. Santiago. No se opone radicalmente a la apertura, pero pone condiciones y tal vez no la favorecía de lleno. 5) Conservadores extremos. Son los judío-cristianos cerrados, que exigen de todo nuevo cristiano que abrace la Ley y la circuncisión. Serán enemigos violentos de Pablo. D. La comunidad juánica a. R.E. Brown encuentra cuatro etapas en la vida de esa comunidad 1) Antes de que se escribiera el Evangelio de Juan: 50-80 d.C. Hay persecución por parte de los judíos: expulsión de las sinagogas. El Círculo de Jamnia maldice a los cristianos (las 18 bendiciones, Shemone esré, n. 12 de la Recensión Palestinense). 2) Composición del Evangelio, ca. 90. Pasó ya la persecución, pero queda huella de la agresividad contra «los judíos». Se produce una «Alta Cristología». Hay dificultad con otras comunidades cristianas. Probablemente se predica a los paganos; muchos de ellos no acogerían el mensaje, y de ahí surgiría la concepción juánica de «el mundo». 3) Se escriben las Cartas de Juan. Se revela ahí una comunidad divida, ca 100. Hay dos grupos que interpretan diversamente el Evangelio de Juan. Llegó «la última hora». 4) Después de las Cartas. Las comunidades juánicas se disuelven; tienen diverso fin (v. infra). b. Diversos grupos con los que se relacionaba la comunidad juánica 1) No creyentes en Jesucristo: el mundo; los judíos; los adictos a Juan Bautista. 2) Creyentes (en diverso grado): los cripto-cristianos; los cristiano-judíos; los cristianos de las Iglesias apostólicas. 3. Cómo viven las comunidades primitivas el conflicto Examinaremos las actitudes que se dan en los diversos actores del drama. a. Judío-cristianos contra Helenistas 1) Avanzados extremos En el tiempo que consideramos no aparecen directamente actitudes negativas de los gentil-cristianos (¿por ser el autor de Hechos un Helenista?) Irán apareciendo con el tiempo. Los judío-cristianos eran violentos con los gentil-cristianos. A veces también éstos lo eran con los primeros. Pero esto último sucederá cuando los gentil-cristianos ya no sean una minoría neófita sino la mayoría dentro de la Iglesia. Justino describe estas actitudes (Trif., P.G. 6,574 - 579): si un judío-cristiano cree en Cristo, se salva aunque siga con sus prácticas, con tal que no quiera imponerlas a los gentil-cristianos. Hay gentil-cristianos que niegan a los judío-cristianos el derecho a sus observancias, como si fueran pecado. «Estos no hablan ni comen con los judío-cristianos. Por mi parte no los apruebo. Pero tampoco apruebo a los judío-cristianos que hacen lo mismo con los gentil-cristianos». Más adelante se exigirá a los judío-cristianos que abandonen usos y costumbres de por sí no malos. Se combatirán algunas doctrinas judío-cristianas, como, por ejemplo, un excesivo desarrollo de la apocalíptica y el milenarismo; el culto a los ángeles, etc. Constantino construirá basílicas sobre las «grutas sagradas» custodiadas hasta entonces por los judío-cristianos. Así se hace pasar la «posesión» de los lugares santos, de los judío-cristianos a los gentil cristianos. Gregorio de Nisa (ca. 381) cuenta que los cristianos se hostilizaban mutuamente para obtener un mayor número de santuarios y así «desgarraban la túnica inconsútil de Cristo» (P.G. 46,1009-1024). El Concilio de Nicea dirime la disputa de judío-cristiano y gentil-cristiano sobre la fecha de celebración de la Pascua, a favor de los gentil-cristianos. Así se le quita a la Iglesia Madre de Jerusalén el único primado que le quedaba... El Concilio de Antioquía (341) excomulga a los que no obedezcan a Nicea. Habría tal vez que distinguir en esas medidas de la gran Iglesia qué hubo de necesario orden y qué de innecesaria rigidez hacia los judío-cristianos. Se había impuesto la apertura al mundo. La comunidad judío-cristiana iba languideciendo. Quizá no era necesaria tanta dureza... 2) Avanzados Pablo. Es de quien tenemos más datos para recuperar las actitudes que tuvo en este conflicto eclesial. Defiende su Proyecto, el cual acaba por imponerse. En la Asamblea de Jerusalén, apela a los hechos, a lo que Dios ha obrado entre los gentiles. Lo fundamental es la fe en Jesús y la Libertad que con ella viene. Saber ser polémico y defenderse a sí mismo, cuando es necesario. Se defiende en razón de la misión, que es a fin de cuentas lo que le interesa: que Cristo sea predicado, que el Evangelio se transmita sin ser adulterado (Gal 1, 6-10). En este clima polémico tiene momentos violentos en los que llama a los judío-cristianos cerrados, «falsos hermanos, intrusos, perros, malos obreros, falsos circuncisos» (Gal 2, 4-5; 4, 17; 6,12; Flp 3,2). Esencial en su proyecto es «la fe que actúa por el amor» (Gal 5,6). De tal manera que «ni la circuncisión ni la incircuncisión» son en sí mismas 1o importante. Evita el escollo de la ideologización y va al núcleo del asunto. Tan ídolo puede ser la incircuncisión como la circuncisión, cuando se hace de ella un absoluto. Y absoluto es sólo Dios. Por ello, la operativización concreta de la libertad es ésta: «Por amor pónganse los unos al servicio de los otros» (Gal 5, 1 3ss). Apoya al Pluralismo. Acepta que se respete a los judío-cristianos su derecho a la Ley y a la circuncisión. Exhorta a no juzgarse unos a otros. Admite que Dios acepta a todos, «los fuertes y los débiles en la fe». Y el «fuerte» no tiene derecho, ni de juzgar, ni de escandalizar al «débil». Esto no significa indefinición: ya vimos que Pablo es claro en su proyecto. Más aún, Pablo se cuenta entre los «fuertes»; no participa de los «escrúpulos de los débiles»: «Lo sé, estoy convencido por el Señor Jesús: nada es impuro» (Rom 14,14; ver cc. 14-15). Pablo es tan libre, que en su momento aceptará el gesto de buena voluntad que le propone Santiago: apadrina a unos nazareos (He, 21, 17s). «Me hago todo a todos» dirá (1 Cor 9, 22-23). En su oportunidad hace circuncidar a Timoteo, por ser éste de madre judía. En cambio, no deja que se circuncide a Tito. En este caso no se podía hacer ni una concesión momentánea, porque estaban en juego los principios (Gal 2, 3-5). Sabe distinguir lo fundamental de lo secundario. Esto no muestra solamente una flexibilidad táctica o de sentido común; Pablo cree en la comunión eclesial. Va a las «columnas de Jerusalén» (Gal 2, 8-9). Se somete a su opinión, «no sea que haya corrido en vano» (Gal 2, 2).Esta sumisión no implica, ni temor ni halago: Pablo no se deja impresionar por las personas, ni por el papel que tienen en la Iglesia. Con toda libertad se enfrentará más tarde a Pedro, una de las «columnas». Como signo de ese compromiso con la comunión eclesial, se empeña generosamente en la colecta a favor de «los pobres de Jerusalén». Santiago, Cefas y Juan les dan la mano, a él y a Bernabé, en señal de comunión, para que vayan a evangelizar a los paganos. Ellos, por su parte, se comprometen a ayudar económicamente a la empobrecida comunidad de Jerusalén (Gal 2, 9-10). Pablo acepta la Cruz de Cristo al llevar adelante su proyecto. Recibirá contradicciones, persecuciones, críticas, de los judaizantes. Estos tratan de desautorizarlo e invocan la autoridad de Pedro (Gal 2, 6-9; 1,19-23; 1 Cor 9,1; 15, 8-9). Pablo dice que, en realidad no quieren aceptar la cruz de Cristo (Gal 6, 12; 5, 11). En momentos de acoso y persecución (¿de desolación?), Pablo halla su fuerza en Dios: 2 Cor 6; 12, 1-10; Rom 8, 31-39; «¿Quién nos apartará del amor de Cristo...?». En Gal 2, 19-20, Pablo termina la polémica con un «salto místico», hasta las profundidades de su relación con el Señor Jesús; ahí está su fuerza, y por eso su polémica resulta válida, honesta, no puramente ideológica. Según algunos autores (Cullman, Deniélou, E. Testa, C. Martini), Pablo será finalmente entregado a las autoridades romanas para su ejecución, precisamente por los judaizantes, los falsos hermanos. ¿Perdió Pablo la partida? ¡Perdió la vida, pero no la partida! Su proyecto (que él defendía por considerarlo el de Dios) acabó por hacerse el proyecto de la Iglesia, de una Iglesia que se abría al mundo. Su salida de Antioquía no ha de verse como una marginación, me parece a mí, sino como el impulso del Espíritu a una misión más amplia. La prueba es que Pablo volvió a visitar Antioquía, y no con una visita «breve» (como quiere Aguirre), sino probablemente de un año (cf. He 18, 22). Se tiene que separar de su antiguo compañero de misión, Bernabé, en parte por razones personal-pastorales, en parte por razones teológicas. La fidelidad a su proyecto y a la misión lo llevó a esta decisión dolorosa. 3) Centristas Pedro. Acepta de entrada la apertura a un cristianismo sin Ley ni circuncisión. En un principio «come con los paganos»: esto implicaba convivencia y participación en la Eucaristía (se trataría del kyriakén deipnon, según Schlier). Es cierto que Lucas le da artificialmente un papel protagónico a la apertura de Pedro (cf. He 10), pero no se puede pensar que haya falseado crudamente la realidad atribuyendo a Pedro un papel y una actitud que nunca habría tenido. El mismo Lucas admite que son Pablo y Bernabé los que dan el principal testimonio de la actividad entre los paganos, con ocasión de la Asamblea de Jerusalén (He 15, 12). De alguna manera, la Iglesia es consciente de que Pedro aceptó el proyecto de apertura a los gentiles (que irá apareciendo como el proyecto de Pablo). En Gal 2, 11 Pablo admite que Pedro iba bien..., «antes de que llegaran los de Santiago». Pedro era, pues, más abierto que Santiago y su grupo, por lo cual fue encarcelado el año 44, mientras que Santiago no fue tocado. La actitud de Pedro fue un esfuerzo de mediación e integración entre el radicalismo paulino de la primera hora y el radicalismo judaizante. «Y parece que tuvo éxito, de modo que la Iglesia de Antioquía dejó de caracterizarse por su pagano-cristianismo y se caracterizó por la síntesis entre los cristianos de la circuncisión y de la gentilidad» (Aguirre). ¿Por qué, pues, Pedro duda y cede cuando vienen «los de Santiago»? Quizá por su personalidad que, como vemos en el Evangelio, tenía altibajos. O bien, por preservar la unidad de la Iglesia de Jerusalén. En realidad, Pedro actuaba conforme a los acuerdos de la Asamblea, los cuales suponían que un judío-cristiano no debía renunciar a la Ley. Pablo le reprochará el haber jugado un doble papel: se permitía a sí mismo «vivir como pagano, siendo judío» y, en cambio, quería que los paganos «vivieran como judíos» (Gal 2, 14). Pero esto último no anula la aceptación por parte de Pedro de un proyecto eclesial más abierto y su papel mediador en el conflicto. Bernabé. También tiene un papel mediador. El mismo era helenista (He 4, 35). Es cofundador de la Iglesia de Antioquía. Desempeña una función de mediación en la Iglesia: a) Posibilita el contacto de Pablo y los apóstoles de Jerusalén (He 9, 27). b) Introduce a Pablo en Antioquía. c) Media en el conflicto al ser, junto con Pablo, protagonista de un trabajo misionero que sólo pedía de los paganos la fe (13, 38s; 13, 12-48; l4,1). Si bien, se identifica con Pedro en el problema con Pablo y, como se vio, en un momento dado se distancia de éste. 4) Conservadores Santiago. Se considera «ardiente partidario de la Ley» (He 21, 20). Por su relación con los judíos fue respetado por Herodes el año 44. Lucas lo presenta como el jefe de la Iglesia de Jerusalén, junto con los «ancianos» (21, 18). No se opone radicalmente a la apertura, pero tampoco parece favorecerla de lleno. Su papel no es muy consistente: a) Acepta que se mantengan algunas observancias. b) Pide a Pablo un gesto conciliador, para que no se piense que éste quiere desviar a los judío-cristianos de la Ley y la circuncisión (He 21, 17). c) En el «incidente de Antioquía», uno se pregunta cuál fue el papel de Santiago. ¿Envía a su gente hacia Antioquía a exigir un mayor rigor a los judío-cristianos, que estarían «gentilizando» (al contrario del «judaizar» que Pablo critica en cristianos que se suponían libres de la Ley)? ¿O bien, algunos de sus seguidores obran por su cuenta e intimidan a Pedro, el cual entonces se reprime «por temor a los circuncisos» (Gal 2, 12)? En cualquier hipótesis a la larga Santiago también es rechazado y asesinado por los judíos (62 d.C.) Santiago encarna, pues, una actitud moderada entre los judío-cristianos conservadores. Judaizantes. Presionan a Pedro para que cese en sus aperturas. Hace la guerra a Pablo: se le oponen verbalmente; quieren desprestigiarlo (Gal 2, 6,9; 1, 19-23; v. 1 Cor 9, 1; 15, 8-9). Según Pablo, le temen a la cruz de Cristo (Gal 6, 12; 5, 11). Invocan, al parecer, la autoridad de Pedro en Corinto. Según algunos autores, como ya dijimos, lo entregan finalmente a las autoridades romanas. Los conflictos con los gentil-cristianos se prolongarán hasta los ss. V - Vl, a veces con más culpa de los judío-cristianos, a veces de los gentil-cristianos. 5) La Iglesia en su conjunto Se optó por favorecer el pluralismo: se dejaría libres a los gentil-cristianos de la Ley y la circuncisión, pero se les pediría mantener ciertas observancias, para evitar más choques con los judío-cristianos. Todos ceden en algo. Quizá los que más ceden son los conservadores. Aceptan cortar el cordón umbilical de las comunidades gentil-cristianas respecto a Jerusalén. Con ello, se les habría un futuro incierto: era fácil prever que se irían quedando como una minoría. Ellos, que abían iniciado la comunidad cristiana, ¿qué lugar tendrían dentro de la Iglesia? Era una decisión valiente, posibilitada por los conservadores moderados, como Santiago. (Más adelante, un judío-cristiano moderado, el autor de la Carta a Hebreos, intentará convencer a sus hermanos judío-cristianos de que ya tiene sentido intentar seguir siendo cristiano-judíos... Otro judío-cristiano moderado, el autor del Evangelio de Mateo, intenta presentar una síntesis entre lo mejor de la tradición judía y la fe en Jesús, dándole a ésta el papel de núcleo fundamental integrador). Los Helenistas también ceden, adoptan una posición realista y flexible al aceptar la coexistencia de tradiciones cultural-religiosas diferentes, dentro de la Iglesia de Antioquía. De otra manera, la comunidad judío-cristiana de Antioquía se habría convertido en una secta judía más. «El universalismo y la capacidad de integración de tradiciones muy distintas era una necesidad muy objetiva en el mundo grecorromano del s.I., profundamente cosmopolita y en grave crisis religiosa e ideológica» (Aguirre). Al abrirse camino el proyecto de Pablo, el cristianismo pudo ser un proyecto universal. Dice Roloff que éste fue, «sin género de duda, el acontecimiento más importante de toda la historia de la Iglesia primitiva». Según el consenso al que se llegó en la Iglesia, Pedro, Santiago y los judío-cristianos podían seguir su camino; Pablo y los Helenistas, el suyo. Se obró con buen sentido, pues era necesario actuar, no por un mero voluntarismo, queriendo imponerse unos a otros una postura rígida, sino por las posibilidades históricas efectivas, las cuales apuntaban al pluralismo. Por otra parte, sería empobrecer la realidad, el reducirla al puro «buen sentido» o al cálculo realista. Ya vimos cómo Pablo recuerda un gesto de comunión de parte de Santiago, Cefas y Juan (Gal 2, 9). Los Helenistas respondieron con otro gesto de comunión: la colecta. Esta era una muestra de gratitud, y «de esa gratitud nació una de las más bellas iniciativas de unidad: la colecta...» (Mesters).Estos gestos de comunión no suprimieron, sino aceptaron, las diferencias religioso-culturales de ambos grupos. De momento, al menos, se logró encontrar «un sentido de unidad en el nivel más profundo y sólido del pluralismo, donde el amor puede dar prueba de su creatividad» (Mesters). No debemos minimizar, sin embargo, los problemas que siguió habiendo entre Pablo y los judaizantes, ni el desarrollo posterior, no muy cristiano, tal vez, de las relaciones entre la gran Iglesia y los judío-cristianos. Pero tampoco podemos negar el acuerdo logrado por la voluntad de comunión de los cristianos más abiertos de las diversas tendencias. b. La Comunidad juánica Veamos ahora las actitudes de la comunidad juánica hacia los diversos grupos con los que se relacionaba (en ocasiones, conflictivamente). 1) Respecto al mundo, la comunidad juánica no lo identifica con el Imperio (como será. v. gr., la Bestia para el Apocalipsis) sino, con todos los que rechazan a Jesús y la fe en él; incluye a los judíos, si bien no se limita a ellos. 2) Respecto a los judíos, se les ve como incrédulos y perseguidores. Expulsaban a los judío-cristianos de las sinagogas, los denunciaban al poder romano, y así muchas veces los llevaban a la muerte, con lo cual creían prestar un servicio a Dios (cf. Jn 9). Eran «hijos del diablo». 3) Los adictos a Juan Bautista. Entienden mal a Jesús, al darle preeminencia al Bautista. Pero no odian a Jesús. Hay esperanza de su conversión. 4) Los cripto-cristianos. «Prefieren la gloria que dan los hombres a 1a de Dios». Quizá pensaban que podían actuar «desde dentro de la sinagoga». Pero, por ello, más bien se les consideraba vergonzantes. La comunidad trataba de convencerlos de que confesaran públicamente su fe. 5) Los cristiano-judíos. Su fe en Jesús era débil, insuficiente. En la práctica, habían dejado de ser verdaderos cristianos. 6) Cristianos de las Iglesias apostólicas. No entendían plenamente a Jesús, ni la función docente del Paráclito. Con todo, la comunidad juánica oraba por la unión con ellos. 7) La Comunidad juánica a) Los separatistas derivan hacia el docentismo, el gnosticismo y el montanismo. Terminan atomizados en sectas. El Evangelio de Juan es comentado por los gnósticos, antes que por nadie más. b) Los fieles derivan hacia la «gran Iglesia». Por una parte, aceptan la necesidad de unos maestros oficiales provistos de autoridad (presbíteros-obispos). Por otra, aportan a la gran Iglesia su «Alta Cristología». Terminan formando parte de la gran Iglesia, y no convertidos en sectas. La gran Iglesia, por su parte, tarda en aceptar el Evangelio de Juan, que había sido mal utilizado por los gnósticos. 8) En conjunto a) La Comunidad Juánica se endurece en la lucha (1 Jn 2, 18.22; 4, 1-6; 3,4-5; esp. 2 Jn 10-11). Se exalta el amor fraterno, pero no con los que han decidido ya no ser hermanos. El Evangelio de Juan es altamente polémico. El costo de defender la fe (y quizá aun la vida) los hace intolerantes con las posturas heterodoxas. Es la defensa de la verdad, si bien «se dio pábulo a aquellos cristianos de todos los tiempos que se sienten justificados para odiar a otros cristianos por amor a Dios» (Brown). b) Los judío-cristianos llamados «cripto-cristianos» tal vez apoyaban su postura en Jesús, en Pedro y en Santiago, los cuales actuaron desde dentro de la sinagoga. Quizá pensaban que así harían más tolerantes a los jefes de la sinagoga. De hecho, su estrategia no tuvo éxito, pues el cristianismo se desarrolló en proporción inversa a su cercanía con la sinagoga. Ya hemos visto como las comunidades judío-cristianas fueron languideciendo. El avance del Proyecto de Dios pedía un cambio radical, que fue encarnado principalmente por Pablo. c) El éxito final de la Comunidad juánica estuvo en la comunión; en ella pudieron ceder y obtener, aportar y recibir. Los que no aceptaron la comunión terminaron en la atomización. Al final del Evangelio de Juan se sintetiza la presencia y el papel de Pedro y Juan en la Iglesia. Juan conserva la capacidad de intuición respecto a la presencia del Señor; Pedro, la autoridad pastoral. La gran Iglesia, por su parte, se ve enriquecida con las diversas aportaciones de los diversos grupos, por ejemplo, las diversas eclesiologías. Hechos subraya el papel del Espíritu, la fraternidad comunitaria Pablo (1 Cor), el orden de los carismas, el símil del Cuerpo (donde el primer carisma es el amor). Las Pastorales insisten en la necesidad de estructuras; están contra el exceso de individualismo y las divisiones. Pedro nos recuerda el valor del oficio pastoral-magisterial. La Comunidad juánica insiste en el papel del Espíritu; nos hace relativizar el oficio: «La mayor dignidad a la que se puede aspirar no es la papal, ni la episcopal, ni la sacerdotal; la mayor dignidad es la de pertenecer a la comunidad de los discípulos amados de Jesucristo» (Brown).
4. Conclusiones 1) No se puede detener al Espíritu de Dios. 2) El Espíritu va dando signos de la voluntad del Padre en la historia. 3) Los verdaderos profetas son en la Iglesia, los que captan a fondo esos signos y, a partir de ellos anuncian y denuncian, impulsan: «extirpan y destruyen, pierden y derrocan, reconstruyen y plantan» (Jer 1,10). Pero pagan un precio: generalmente son poco comprendidos; son perseguidos quizá eliminados. 4) La gran Iglesia, en la medida en que sigue los impulsos del Espíritu encuentra también la persecución, el conflicto. El conflicto con «los de fuera» y el conflicto interno. Este último resulta especialmente doloroso, pero es inevitable. Al enfrentar el conflicto, habrá momentos polémicos, a veces incluso intransigentes; pero también ha de haber, como en Pablo, la capacidad de diálogo, apertura, flexibilidad y, en última instancia, la búsqueda auténtica de la comunión eclesial. En esta marcha sinuosa hacia la realización del Proyecto del Padre, la Iglesia necesita vivir de esperanza, de un amor fuerte y desinteresado, de «la paciencia en el sufrimiento y la fe de los santos» (hypomone kai pististon hagion, Ap 13,9-10). Y, mientras, tiene que seguir su trabajo por el Reino, cada uno haciendo lo que en conciencia cree que debe hacer (como de hecho actuó Pablo). 5) Todo esto nos lleva a aceptar que el conflicto es inevitable en la vida de la Iglesia y que, por lo tanto, es de gran importancia desarrollar en nosotros tres actitudes ante las diversas mentalidades: • Aprender a dialogar (en auténtico diálogo; -cf. el dicho de Paulo VI en Ecclesiam suam, de que en todo diálogo auténtico, ambas partes aceptan salir de él modificadas). • Aprender a respetar a los que piensan diversamente (a superar actitudes intolerantes y sectarias que llevan a satanizar o descalificar a los demás). • Aprender a diferir (atreverse a diferir honestamente y con la firmeza necesaria). 6) A veces, en la marcha de la Iglesia, los «oprimidos» pasan a ser los «opresores», cuando una mentalidad o posición prevalece y abusa de su poder. No se trata de convertirse nunca en «opresor». No se trata de buscar el poder, sino de construir el Reino de Dios, el cual «no es cuestión de comida o bebida; es justicia, paz y alegría en el Espíritu» (Rom 14, 17); y, por otra parte, «no consiste en palabras, sino en acción» (1 Cor 4, 20). 7) La única manera de ser consecuentes con el Proyecto del Padre, con los impulsos del Espíritu, es una profunda apertura al mismo Espíritu, un auténtico «dejarse llevar por él, sin querer adelantársele» (como decía Nadal, de Ignacio de Loyola). Y esto se llama actitud de discernimiento. Alguna bibliografía BROWN R.E., Pedro en el Nuevo Testamento, Santander 1976.
Francisco López Rivera |
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