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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

JESÚS Y LA SAMARITANA
 
Lucía Weiler

 

Resumen
El presente artículo es una simple intuición “hermenéutica” que quiere mirar dos conflictos candentes en el actual momento eclesial: la presencia de la mujer en la iglesia y la evangelización de las culturas oprimidas. Estos dos conflictos se encuentran bien articulados en el texto bíblico de Jn. 4,1-42, que narra el episodio del encuentro del hombre judío Jesús con una mujer samaritana.
La versión joanina de la evangelización de Samaria, comparada con el relato de los Hechos de los Apóstoles, puede ser considerada extremadamente revolucionaria. Los Hechos de los Apóstoles atribuyen el primer anuncio de Cristo en Samaria a Felipe, con la posterior confirmación e imposición de las manos por los apóstoles Pedro y Juan venidos de Jerusalén (cf. Hec. 8,4-25). En el relato joanino (Jn. 4,1.42) una mujer doblemente marginada por su condición de mujer y de samaritana hace este primer anuncio de Buena Noticia dentro de la propia cultura y a partir de ella, después de un encuentro personal con Jesucristo a la orilla de la fuente de Jacob.

Abstract
This present article is a simple hermeneutical intuition whose objective is to think two strong conflicts in the live of the church nowadays: The presence of women in the church and the oppressed culture evangelization. These two conflicts are well treated in the biblical text (John 4, 1-42), which relates the meeting of a Jewish Jesus with a woman of Samaria.
The version of John about the evangelization in Samaria compared with the episode of The Acts can be considered extremely revolutionary. The Acts puts the first proclamation of Christ in Samaria through Felipe, after Peter and John imposing their hands upon him, when they came from Jerusalem (Acts 8, 4-25). In John’s text (John 4, 1-42) a woman, twice marginalized by the fact of be bewing a woman and from Samaria, proclaims this Good News, shaning the culture in Jesus’ time, after a personal meeting with Jesus Christ beside Jacob’s well.

 

Introducción

El octavo Encuentro Intereclesial de Comunidades de Base realizado en el mes de septiembre de 1992 en Santa María Rio Grande do Sul, reveló, (sacó el velo) de dos cuestiones agudas, sobre las cuales debemos pensar con mucho cariño. Una es la presencia de la mujer en la Iglesia y otra es el reconocimiento y la evangelización de las culturas oprimidas, destacándose la cultura indígena y la negra.
Nuestra reflexión, a partir del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, quiere ser un mirar comprometido sobre estos dos conflictos inminentes. Es mucho más una intuición hermenéutica que una investigación exegética o una elaboración teológico-bíblica propiamente tal. Puede ser una provocación o un punto de partida para futuras reflexiones.

Mirando el escenario y el desarrollo de la narración

La escena nos presenta de inmediato a Jesús abandonando Judea y volviendo nuevamente para Galilea. Una nota explicativa dice que Jesús “tenía que pasar por Samaria” (Jn. 4,4). La importancia que el relator da a este detalle, en si obvio, del pasar obligatorio por Samaria, muestra la relevancia del hecho.
Jesús es relatado como un hombre cansado que se sienta a la orilla de la fuente de Jacob en la ciudad de Sicar de la región de Samaria. Es cerca del mediodía cuando se aproxima una mujer samaritana con su cántaro para sacar agua de la fuente Jesús luego se manifiesta como un hombre necesitado: “dame de beber”, (Jn. 4,7).
Esta manera poco común de relacionarse de un hombre judío descoloca a la mujer samaritana. Con una pregunta ella apunta a uno de los mayores conflictos de la época “¿Cómo es que tú judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?” (Jn. 4,9a). Otra vez la nota explicativa muestra la relevancia de este conflicto dentro de la escena (cf. Jn. 4,9b).
La parte central del texto (Jn. 4,9.26) narra el diálogo teológico entre la samaritana y Jesús sobre los temas de la sed, del agua de la verdadera fuente, del simbolismo del pozo de Jacob, y de la adoración de Yavé . El diálogo culmina con la revelación mesiánica de Jesús”. Yo sé que el Mesías que se llama Cristo, está por venir. Cuando venga nos hará saber todas las cosas”. Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo” (Jn. 4,25~26). Los discípulos hacen como el marco de este escenario. Fueron referidos en el versículo 8 y entran en escena en el versículo 25.
Ahora es la samaritana que, después de dejar su cántaro a los pies de Jesús, va a la ciudad a encontrar a sus coterráneos para anunciar y convidarlos “vengan y vean a un hombre que me dijo todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?” (Jn. 4,28) . También los discípulos habían ido a la ciudad, sin embargo, con un objetivo bien opuesto al de la samaritana. Ellos habían ido a comprar provisiones, o sea, alimentos (Jn. 4,8).
Esta oposición cree el horizonte para la conversa de Jesús con los discípulos, que sigue: “Maestro, come”, dicen los discípulos (Jn. 4,31). Pero aquel mismo hombre cansado que antes pidiera agua a la samaritana ahora no se interesa del alimento ofrecido por los discípulos “Tengo una comida para comer que ustedes no conocen” (Jn. 4,32). Mientras los discípulos todavía se preguntaban si alguien le trajo algo para comer, el continuaba diciendo “Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y completar su obra” (Jn. 4,34) .
Se sigue una palabra de sabiduría de Jesús sobre la colecta, a partir del proverbio: “Uno es quien siembra, otro quien coge” (Jn. 4,37). Interpreta este proverbio como verdadero y dice a los discípulos “Yo os envié para segar lo que no sembraste, otros trabajan y ustedes entraron en su trabajo” (Jn. 4,38) .
La escena termina narrando que muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del anuncio de la mujer samaritana y el mismo Jesús que había decidido volver de Judea para Galilea permaneció dos días con los samaritanos atendiendo a sus invitaciones (Jn. 4,40) . Muchos otros samaritanos creyeron en Jesús al oír su Palabra, diciendo “Nosotros mismos oímos y reconocimos que este es verdaderamente el salvador del mundo” (Jn. 4,42).

Mujer, cultura, evangelización y la comunidad joanina

El episodio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana a la orilla del pozo de Jacob y todo el desarrollo de la escena que sigue trae a luz varios elementos hermenéuticos para tres cuestiones candentes en la época de Jesús y hoy: mujer, cultura y evangelización. Antes de reflexionar sobre estos tres puntos, vamos a caracterizar y contextualizar rápidamente a la comunidad joanina.
La comunidad está formada por discípulos de Juan Bautista (Jn. 1,35ss.), samaritanos (Jn. 4,1-42), griegos helenistas (Jn. 7,35; 12,20), judíos expulsados de la sinagoga (Jn. 9).
La comunidad joanina sufre dos momentos fuertes de ruptura: la expulsión de la sinagoga, que puede ser comparada a un nuevo cautiverio (comparar Is. 40 a 55 con Jn. 9); y la ruptura interna como consecuencia del escándalo delante de la Cristología de la Encarnación (cf. Jn. 6,66).
Es una comunidad de periferia, sin poder, marginada y excluida, (ver ciegos representantes de la comunidad: Jn. 9 y la presencia significativa de los Samaritanos Jn. 4). Estos dos textos, Jn. 4 y Jn. 9, tiene algo en común: tanto la samaritana cuanto el ciego anuncian a Jesús como profeta y Mesías. ¿No habrá sido la presencia de los samaritanos una de las causas de la expulsión de la comunidad joanina de la sinagoga? La confirmación de esta hipótesis vuelve más agudo el conflicto cultural-religioso de la época.
Es una comunidad de resistencia, minoritaria y perseguida. De ahí el porqué su líder principal es la figura anónima conocida sólo como Discípulo Amado. Dentro de esta característica de la comunidad joanina se esclarece también la presencia y el liderazgo positivo de la mujer que en toda la tradición bíblica y todavía hoy aparece como un símbolo de resistencia.
El evangelio como Buena Noticia fue escrito por la comunidad joanina como una forma de resistencia colectiva contra las persecuciones venidas de fuera; por otro lado, el escrito traduce una mística de animación y confirmación de la identidad de la comunidad en tiempo de división interna. Su objetivo principal es narrar algunos signos de Jesús (semeyon) y no milagros (dinameis) como los Sinópticos. Estos signos fueron narrados porque se volvieron significativos para la historia de la comunidad y tienen la finalidad de llevar a una integración entre fe y vida:
Estos signos fueron escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis la vida en su nombre (Jn. 20,31).

La presencia y la resistencia, de la mujer en la tradición bíblica

La tradición bíblica, en el AT, destaca a la mujer como símbolo de resistencia en lo cotidiano . No aparece en los textos escritos, pero hace la memoria oral. Sabe “guardar en el corazón”. Por el hecho de que los textos bíblicos fueron escritos por hombres o atribuidos a ellos, es notable que varios cánticos sean de autoras femeninas. En el canto está la memoria histórica de un pueblo. ¡Ahí está la contribución más expresiva de mujeres como Miriam, Ana, Débora!
En época de mayor libertad ellas también emergieron en el texto escrito, como en el tiempo de los Jueces y en los libros sapienciales.
En el NT Jesús mira a las mujeres de una manera liberadora, sin prejuicios. Los libros que más destacan a las mujeres son Juan, Lucas y los Hechos. Pablo o los textos atribuidos a él hablan con cierta ambigüedad. No consiguen expresar, en la práctica, toda la verdad de Jesucristo sobre la liberación de la mujer. La mujer entra a los relatos evangélicos, como símbolo del reino, de la vida y de la eucaristía.

La presencia positiva de la mujer en el evangelio de Juan

Las mujeres son destacadas en siete momentos decisivos para la propagación de la Buena Nueva, en el evangelio de Juan, que se divide en dos grandes bloques literarios.

Señales
Jn. 2, 1-11 María en la boda de Caná. Hora = Alianza.
Jn. 4,1-42 Mujer samaritana dialoga con Jesús sobre religión. Se vuelve evangelizadora de Samaria (cf. Hechos 8,4-8).
Jn. 11,21-27 Marta toma la iniciativa de ir al encuentro de Jesús y hablarle sobre Lázaro. Marta hace la profesión de fe en el Mesías, Hijo de Dios.

Transición
Jn. 12,1-3 María (amiga) unge a Jesús en su Hora suprema.

Exaltación
Jn. 16,21 Mujer que está por dar a luz, símbolo del sufrimiento articulado con la alegría genera lo Nuevo.
Jn. 19,25-27 “Mujer, he aquí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre”.
Jn. 20,11-18 María Magdalena es testimonio ocular del Resucitado: ¡Vi al Señor”! Verdadera discípula, ella hace el primer anuncio de la Resurrección y de la Nueva Alianza “Anda y dile a mis hermanos: subo para mi Padre, y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”. En siete textos la mujer aparece siempre de forma positiva, más que ser ayudada por Jesús ella ayuda a Jesús en el descubrimiento y realización de su misión, de su obra mesiánica.
Marta, la activista de los sinópticos es presentada aquí como aquella que profesa la fe en el Mesías, después de tomar la iniciativa de ir al encuentro de Jesús, hablar con él, personalmente y llamar a su hermana María para que también vaya al encuentro de aquel que la llama (comparar Jn. 11,20-28 con Lc. 10,38-42).
A María que unge los pies de Jesús y los seca con su cabello durante el almuerzo en Betania, no es una pecadora, como los sinópticos, sino la amiga de Jesús, hermana de Marta y de Lázaro (comparar Jn. 12,1-3 con Lc. 7,36-39) .

La mujer samaritana evangeliza a partir de su propia cultura

Aquí está el núcleo, el elemento central de nuestra intuición hermenéutica. La tradición de la Iglesia Naciente atribuye la obra evangelizadora de Samaria a los judíos cristianos dispersos después de la muerte de Esteban: “Así, Felipe fue para la ciudad de Samaria y les anunciaba a Cristo” (Hec. 8,5). Esta evangelización necesitaba también ser confirmada por los apóstoles que se encontraban en Jerusalén:
“Los apóstoles que se encontraban en Jerusalén habiendo oído que Samaria recibió la Palabra de Dios, enviáronle a Pedro y a Juan. Estos, en cuanto llegaron, hicieron una oración por los nuevos fieles, a fin de que recibieran el Espíritu Santo puesto que todavía no había descendido sobre ninguno de ellos. Habían sido solamente bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces, los dos apóstoles les impusieron las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo. (Hec. 8,14-17).
“La versión joanina que narra la evangelización de Samaria puede ser considerada extremadamente revolucionaría. Una mujer marginada por ser mujer y por ser samaritana se vuelve evangelizadota dentro de su propia cultura y a partir de ella. De allí surge la sospecha hermenéutica de la valorización del Evangelio de la Buena Nueva de Jesucristo, ya presente en las culturas.
Esta sospecha hermenéutica puede ser verificada por la propia Palabra de Jesús a los discípulos: “Yo les digo: levanten los ojos y miren los campos; ya están blancos para la siega. Pues en esto es verdad el proverbio: uno es el que siembra y otro el que recoge. Yo los envío a recoger lo que no sembraron, otros trabajaron y ustedes se aprovecharon del trabajo” (Jn. 4,35-38). En lenguaje sapiencial Jesús muestra a los discípulos que la semilla de su Evangelio ya está sembrada en la cultura samaritana. Tal vez encontramos aquí aquello que Bultmann llamó la precomprensión cristiana (Vorverständnis) .
 El segundo elemento revolucionario es que, al revés de los apóstoles (cf. Hec. 8,4-25), aquí es una mujer originarla de la propia Samaria que, después de mantener un debate teológico-religioso con Jesús, y de reconocerlo como Profeta y Mesías, anuncia a Cristo a sus coterráneos. La misma expresión que Jesús usó para convidar a los primeros discípulos a hacer la experiencia de permanecer con él: “Vengan y vean” (Jn. 1,39), es repetida por la samaritana: “Vengan y vean a un hombre que me dijo todo lo que he hecho. “¿No será él el Cristo?” (Jn. 4,29).
Una curiosa inversión del sujeto se da también en el momento en que los samaritanos que adhirieron a la invitación de la mujer de venir hasta Jesús, pidieron que él permaneciera con ellos. La fuerte carga teológica del verbo permanecer (menein) revela la relevancia de esta invitación de los samaritanos al cual Jesús adhiere.
La profesión de fe de los samaritanos en el final de la escena revela la valorización de la presencia del Verbo (dabar) en las culturas marginadas.
“Nosotros mismos oímos y reconocimos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn. 4,42).
Esta afirmación nos lleva a percibir que la Palabra de Dios es reconocida como revelación directa inmediata del propio Jesús dentro de la cultura samaritana.

Conclusión

Tenemos así, en este texto, una pista hermenéutica muy contundente y pertinente para reflexionar en mayor profundidad sobre las cuestiones conflictivas de nuestro momento eclesial: mujer, cultura y evangelización.
Ninguna cultura es tan completa en sí misma que en ella se pueda agotar la Buena Nueva y el Evangelio de Jesucristo, como pretendía la cultura judía. Por otro lado, ninguna cultura es tan insignificante que no contenga ya en sí la semilla de la Palabra de Dios revelada en plenitud por Jesucristo. El mismo hombre judío que afirma a la mujer samaritana que “la salvación viene de los judíos,” (Jn. 4,22), dice a sus discípulos: “Yo los envié a coger lo que no sembrastes; otros trabajaron y ustedes sembraron de su trabajo” (Jn. 4,38).
La mujer samaritana recibe el anuncio de la hora con toda la densidad teológica que ella tiene para el Evangelio de Juan: “mujer, créeme. viene la hora... y ya llegó, en que los verdaderos adoradores han de adorar al Padre en espíritu y verdad. Y son estos los adoradores que el Padre desea, Dios es Espíritu y quien lo adora debe adorarlo en Espíritu y Verdad” (Jn. 4,21.23).
Este mismo anuncio de la hora es hecho a la mujer en el momento actual eclesial. Todos, hombres y mujeres, somos llamados a hacer realidad esta obra que viene y ya llegó.
Terminemos esta breve reflexión, con la sensación de que ella sólo está comenzando. Repetimos lo que ya dijimos en la introducción: Es más una intuición hermenéutica que un análisis exegético o teológico bíblico. Ojalá ella pueda despertar otras reflexiones que critiquen o complementen esta.

 

Lucía Weiler
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En el libro del Deuteronomio (Dt. 12,5) es Yavé quien escoge el lugar dónde quiere ser adorado. El Éxodo nos muestra que Dios sólo puede ser adorado en un lugar de libertad y por personas libres. La “sed” y el “agua” en el Evangelio de Juan, constituyen temas teológicos relevantes. Jesús en la cruz exclama: “Tengo sed” (cf. Jn. 19,28), y de su lado abierto por la lanza, sale “sangre y agua” (cf. Jn. 19,34).

La samaritana usa la misma expresión que Jesús usa en el inicio del Evangelio para llamar a los discípulos de Juan Bautista a su seguimiento (Jn. 1,39).

La idea de un alimento que corresponde o la voluntad (palabra) de Dios ya existe en el AT. En el Deuteronomio esta idea aparece como relectura del Éxodo “Él te afligió haciéndote pasar hambre y después le alimentó con el maná desconocido por ti y por tus padres para mostrarte que no solo de pan vive el hombre sino de todo lo que procede de la boca de Dios” (Dt. 8,3; cf. Sab. 16,26= Palabra de Dios). En los Sinópticos Jesús relee éste pasaje de la Escritura en el contexto de sustentaciones mesiánicas (cr. Mt. 4,4-11).

Este mirar de Jesús sobre los campos maduros para la cosecha y el proverbio popular que interpreta el mismo hecho nos pueden remitir a la idea tan destacada por La Teología de la Revelación de que la semilla del Verbo, o sea la Palabra de Dios, ya está presente en las diferentes culturas.

Aquí los samaritanos piden que Jesús permanezca con ellos. En los Sinópticos es Jesús quien convida a sus discípulos a permanecer con él (Cf. Mc 3,13-14).

Cf: Cavalcanti, T. y Weiler, L. “Las mujeres profetisas en el AT”, en: Convergencia 192, Mayo de 1986, pp. 225-235.

Este abordaje prevalentemente positivo de la mujer en el Evangelio de Juan, confirma que el episodio de la mujer adúltera (Jn, 8,1-11) es un texto secundario, probablemente lucano, introducido más tarde en el escrito del Evangelio.

Cf. Croatto J.S. Hermenéutica Bíblica, Sao Paulo, Sao Leopoldo, 1986, especialmente p. 15.

En los otros pasajes joánicos en que aparece el verbo menein, generalmente, el sujeto es Jesús (cf. Jn. 15,1.17 y otros).

 
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