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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

 

LA JOVEN SITIADA
UNA LECTURA DE JUDIT A PARTIR DE DINA

Anna María Rizzante Gallazzi

Resumen
La oración de Judit y su cántico de victoria nos ayudan a ver las razones profundas de la lucha contra todo lo que violenta, margina y profana a las mujeres y a los pobres. La memoria de Dina lleva a Judit a asumir la causa de todos los “violentados”, y a luchar no solo contra el imperialismo de Holofernes, sino contra la teocracia sacerdotal que tenía, transformado al templo en mecanismo de opresión. En este texto también podemos encontrar la mística de los combatientes que condujeron a la guerra macabea.

Abstract
Judith's prayer and her hymn of victory help us to see the deep reasons of the struggle against everything violating, outcasting and debasing the woman and the poor. Dina's memory is impelling Judith to take on the cause of all those “who suffer violence” and to fight not only against the imperialism os Holofernes, but also against the sacerdotal theocracy that changed the temple into an oppression mechanism. In this text we can also find the mystic of the warriors who fought in the Maccabees war.

El libro de Judit es un texto deuterocanónico, escrito probablemente durante la guerra de los macabeos, cerca del año 170 antes de Cristo. En forma de novela, este texto nos presenta la trágica situación del pueblo, amenazado de destrucción por los ejércitos invasores guiados por Holofernes.

La desesperación que invadía al pueblo, contagia hasta los jefes y los sacerdotes. Solamente Judit, con su coraje, pone su mano al servicio del Señor y no duda en enfrentar al enemigo. Su acción desencadena la acción del pueblo que alcanza así la liberación.
En ese trabajo procuraremos mostrar cómo a través de la oración de Judit y de su cántico nos es posible percibir los motivos profundos y los verdaderos objetivos de su decisión de ir a la lucha contra el opresor.
Su sustentación está en su fe en Yavé y en la claridad que tiene de su proyecto.
La fe y la decisión de Judit contrastan con la fe y los planes de los jefes, de los ancianos y de los sacerdotes. La fe y la acción de Judit tienen un alcance mucha mayor que un simple derrotar a Holofernes y liberar a Betulia del cerco. En el contexto del post-exilio, donde se sitúa este libro, la figura y la acción de Judit alcanzan una grandeza todavía mayor y simbólica. Representan todas las resistencias a las opresiones venidas de reyes, palacios, ejércitos, templos y sacerdotes.

Situando nuestras reflexiones

La época del post-exilio es el período de reconstrucción del templo, de la codificación de las leyes y estatutos, de la institucionalización cada vez más jerarquizada de lo sagrado y del sacerdocio.
En especial, toma forma y es implantado en esta época, el “sacrificio por el pecado”, que divide a las personas, a la naturaleza, a toda vida, en puros e impuros.
Lo que antes existía como forma de proteger y defender la vida del pueblo en situaciones difíciles, lo que más tarde se hizo necesario para intentar cuidar una identidad, en medio de tantos pueblos diferentes, en el momento de la vuelta a Judá, es nuevamente implantado y usado como arma ideológica para “deshacerse” del pueblo de la tierra, expropiarlos de sus posesiones y entregarlas a los “hijos del cautiverio”, que se consideraban y denominaban el verdadero Israel, los únicos herederos de las promesas.
La expoliación del pueblo de la tierra es múltiple:
Obligados a escoger entre sus familias y sus propiedades (Esdras 10,8) y sofocados por tributos e impuestos (Nehemías 5,1-5), muchos de ellos deben haber sido reducidos a la semi esclavitud u obligados a salir en busca de otros lugares. Además de perder las tierras, su único medio de subsistencia en aquella realidad, ellos se vieron reducidos a la raza impura y pecadora, por no respetar y hasta desconocer las innumerables leyes impuestas por el templo.

La expoliación material se suma la opresión ideológica, que los define como pecadores, culpables por su situación de pobreza, porque son incapaces siquiera de conocer la ley (cuanto más incapaces de practicarla), único medio para garantizar las bendiciones de Dios, identificadas con el bienestar y la riqueza...
La opresión de afuera, se suma así a la opresión ideológica, que identifica lo impuro con el pecador, con el pobre (impuro=pecador=pobre).
¡El pobre es el único culpable por esta situación, pues es incapaz de atraer las bendiciones de Dios sobre su vida!
Sólo hay una manera de escapar a esta situación: pagando al templo, por toda falta o trasgresión, a través del sacrificio por el pecado.
Con eso, el templo garantizó su abastecimiento, que no ocurría más por las ofertas y riesgos que el pueblo, muchas veces, dejaba de pagar.
Las más oprimidas por esta nueva situación económica e ideológica, fueron las mujeres, definidas impuras a partir de sus cuerpos y de su fisiología. ¡Son ellas las mayores pagadoras al templo! Además de las secreciones y las enfermedades, también la menstruación y el parto, así como el acto sexual, son ahora causas de impureza, ¡qué obliga a las mujeres a los complicados rituales de la purificación y al pago para purificarse! En sus cuerpos y a partir de ellos, las mujeres son así marginadas de toda vida social y política, consideradas intrínsecamente pecadoras, causadoras de pecado y de muerte para toda la humanidad (Eclesiástico 25,24 y 42, 12-14).
Cuando la filosofía helenista, que quiere a la mujer en un papel de inferioridad y sometida al hombre, se suma a la ideología del templo, llegaremos al fondo de la opresión y marginación. Ya no habrá cómo bajar más. Los males del mundo obtienen la siguiente explicación: su origen está en la mujer y en su naturaleza pecadora, incapaz de cumplir los preceptos de la ley, incapaz siquiera de conocerla.
Es importante conocer e intentar “sentir” todo el peso de tamaña opresión, pues, solo así podremos percibir y sentir toda la novedad y fuerza de la propuesta de Judit, que quedará en la memoria de los hijos de Israel de generación en generación.

Era la hora en que se ofrecía el sacrificio de la tarde (9,1b)

El capítulo ocho nos presenta a Judith discutiendo con los jefes de la ciudad.
Ella discute sus teorías y sus propuestas. Los llama de incapaces de conocer el corazón humano y mucho menos a Dios y sus designios. En contraposición, Judit es llamada por ellos como sabia, prudente y bondadosa, y es invitada a orar, para que Dios mande la lluvia que permitirá a Betulia sobrevivir.
¡Cuántos elogios, ya aquí, recibe esta mujer! Los papeles son invertidos: la viuda recibe los elogios que en general se daban a los hombres, sobre todo a los sabios y a las autoridades.
¡Por el contrario, éstos son llamados de incapaces de conocer a los hombres y a Dios!
¿Se podía decir cosa peor? ¡Y quién lo dice es una mujer, una viuda!
Judit invierte la perspectiva y lo hace a partir de su fe en Yavé. Fe que no se satisface en pedir para que se llenen unas cisternas, como querían los jefes (7,30-31). ¡Para Judit, Yavé nunca será un Baal milagrero!
Fe que no ve en el cerco de Holofernes un castigo, como afirmaba el pueblo (7,28).
Fe que no negocia con Dios: cinco días con las cisternas llenas, casi queriendo comprar el agua de Dios, por los méritos y oraciones (8,31), como quería la doctrina retribucionista del templo.
Fe, la de Judit, que sabe reconocer en el momento de la prueba, la hora en que Yavé visita a su pueblo (8,33).
Fe que sabe pedir a Yavé, no una simple agua, que luego terminará, sino al cumplimiento de su proyecto de liberación y vida.
Fe, sobre todo, que se coloca a disposición, hasta con riesgo de su propia vida, para que este proyecto se realice.
“Yo voy a hacer algo... Yavé visitará Israel por mi mano” (8,32-33).
La teología del templo, que es la misma de los jefes y ancianos, redujo a Yavé a un Dios para las cisternas, a un Dios cuyo favor ellos piensan que pueden comprar y negociar, cerrándolo en sus plazos humanos.
Esta fe y esta teología, las únicas que el templo supo producir, no sirven más. Judit ya mostró cuan frágiles e inútiles son. Ridiculizó a sus expositores y representantes y los despidió.
Quedan Judit y su Dios, ella y su fe. Ella y la memoria de una historia guardada en su corazón de mujer oprimida y marginada por la ley, por el templo y por el ejército de Holofernes.
El capítulo ocho presentó a una Judit altiva y valiente frente a los ancianos.
El capítulo nueve nos la presenta postrada con el rostro en tierra, cubierta de cenizas, despojada de sus vestimentas (9, 1).
Y la actitud de profunda humildad de Judit delante de su Dios. La actitud de hombres y mujeres que tienen fe y se reconocen necesitados de la ayuda de Dios, pequeños y humildes delante de él. Como Ester, como Susana, como los pobres y las pobres de la historia, ella sabe que todo le viene de Dios, que la salvación pertenece a él y se coloca como instrumento en sus manos.

Y el texto nos recuerda: “Era la hora en que en el templo de Dios, en Jerusalén, se ofrecía el sacrificio de la tarde” (9,1 b).
¡Precisión de hora, lugar, oferta!
La precisión de la hora, nos hace mirar para los cambios de lugar y de oferta.
Otro lugar: la tienda de Judit.
Otra oferta: ¡su vida, para liberar al pueblo!
Como Ester, como Susana, como Ana, su grito, su clamor en voz alta, dirigido al Señor.
La fe de Judit sabe que Dios es Yavé que escucha el grito de los oprimidos. Lo que determina la acción de Yavé no es 1a gracia de los holocaustos, ni el humo de los sacrificios, sino la situación de opresión que hace gritar al pobre. Y ella clama en voz alta. Eso es suficiente para atraer el mirar y la acción de Yavé (Ex 2,22-23).

La memoria de Judit

Siempre me causó impacto y maravilla leer el comienzo de la oración de Judit, Allá ella hace memoria de la historia y la acción de Yavé con su pueblo. ¿De dónde comienza ella? ¿Cuál es la referencia que ella va a buscar? ¿Qué persona recuerda ella para hacer la motivación de su actuar? Es tan nuevo y diferente de aquello que nos acostumbramos a ver, que no deja de llamar nuestra atención.
Ella no recuerda los grandes personajes de la historia, ni los patriarcas o las matriarcas, ni a Moisés ni a los profetas... Ella va a buscar, en el reverso la historia, la violencia física contra Dina, una joven violada por un siquemita y vengada por los hermanos (Ge 34).
¿Quién se iba a acordar de eso, de este hecho y de esta víctima, inspiración para su acción?
Hay más: Judit se olvida de Jacob, padre de Dina, que se calló delante de la violencia (Ge 34,S) y censuró a los hijos que se vengaron (Ge 34,30). En la memoria de Judit, Jacob es sustituido por Simón, el hermano que organizó y lideró la venganza de Dina. A él, Judit llama el padre.
¡Cuánta libertad y cuánta osadía en la fe-memoria de esta mujer! En el momento en que templo y sinagoga estaban recontando la historia (Ecl 44-50) y reescribiendo las genealogías (Cronista), a partir de sus intereses, Judit también osa contar la historia a partir de una joven violentada.
Recuerda a Dina, lo que hicieron con ella, cuando “le desnudaron el vientre, le quitaron la ropa a las piernas y profanaron el vientre para deshonrarla” (9,2).

Judit recuerda también, con fuerza, que Yavé había dicho: “¡No se hará tal cosa!”, ¡pero ellos lo hicieron (9,2b)!
El cuerpo violentado y profanado de esta niña grita alto y traspasa los siglos, llegando hasta Judit, mujer también, también oprimida y marginada, de manera menos cruenta, pero no menos violenta, por la legislación del templo.
En el cuerpo de Dina, Judit ve los cuerpos de todas las mujeres: ve los vientres, las piernas, las barrigas violentadas, ahora no sólo por las violaciones, comunes en época de guerra, sino por algo más refinado y menos evidente, pero no menos violento: la legislación que transformaba vientres, piernas, barrigas, en impureza, pecado y muerte.
¡Y, cuando embarazadas, sus hijos eran tornados por el mercado, reducidos a mano de obra barata para abastecer un comercio cada vez más voraz o transformados en carne de cañón para los ejércitos de los imperios conquistadores!
Son estas las violencias que Judit siente y carga en sí y nos hacen descubrir la fuerza revolucionaría de su memoria.
Es el grito silenciado de tantas mujeres que ella hace resonar en la hora de la oración, en la hora del sacrificio de la tarde.
En cuanto el templo ofrece sus sacrificios, que no alimentan ya ninguna fe, ni formulan respuestas para los problemas del pueblo, Judit presenta las verdaderas víctimas, sacrificadas a los intereses del templo y del mercado, hace eco a sus voces, las saca de las sombras para que se tomen en las motivaciones de su fe y el objeto de su acción liberadora.
Judit, en su oración, está produciendo teología, está releyendo la historia, está respondiendo violentamente al palacio y al imperio, que están sitiando Betulia y que quieren:
“profanar tu santuario, contaminar la tienda donde reposa tu nombre glorioso y derrumbar violentamente tu altar” (9,7-8).
Al mismo tiempo, Judit cuestiona todo un sistema teocrático que colocó en las manos de un grupo sacralizado “la casa que pertenece a tus hijos” recuperando a través de su memoria, “todo el pueblo y todas las tribus” como el verdadero sujeto de alabanza a Yavé (9,13 b-14).
Es interesante notar cómo un texto usa, referido al santuario, el mismo verbo “bebeloum” usado para referirse a la violencia contra Dina. Sospecho que Judit, aquí, está identificando a Dina y, en ella, a las mujeres violentadas y oprimidas en la historia, como los santuarios profanados por la violencia del imperio y por un sacerdocio y una legislación al servicio de pocos grupos privilegiados, a costa de todo el pueblo y sobre todo a las mujeres.

¡¿Cómo no recordar aquí de otra mujer también terriblemente abusada y violentada, sin voz y sin nombre: una concubina del levita, entregada a la violencia y a la muerte y descuartizada injustamente por un levita (Jue 19)?!
Las guerras de conquista y las luchas por el poder, dentro de los imperios, fueron causa de cuántas muertes de jóvenes, de cuántas famillas destruidas, de cuántas mujeres violentadas, de cuántos niños muertos... ¡Y el templo, cómplice, siempre silenció su voz!
Recordamos aquí, que en el libro de Judith, contemporáneo de la guerrilla macabea, inspirada en la mística de los grupos que lucharon contra Antioco Epifanes y contra la aristocracia sacerdotal cómplice con él.

La fe de Judit
 
Judith habla con Dios y habla de Dios, recordando lo que él hizo: Su Dios está y siempre estará al lado de las “Dinas” de la historia, con su poder salvador y vengador, contra todo tipo de jefe, de príncipe, o de trono opresor (9,3).
A pesar de la aparente victoria de los violentos, Dios nunca pierde el control de la historia. El es el Señor de la historia, “el presente y el futuro, tú los concebiste y lo que concebiste, aconteció” (9-5).
Es a lo largo de esta historia como conocemos el rostro de Dios:
El “rostro “guerrero” contra todo tipo de “asirio”.
El es el Señor que despedaza las guerras (9,7). Señor es su nombre (9,8). Él quiebra la fuerza con su poder y debilita el ímpetu con su có1era (9,8), derramándola sobre sus cabezas (9,9).
¡Un Dios capaz de enfrentar y destruir los ejércitos, los caballos, las lanzas y las flechas de los imperios, que orgullosa y arrogantemente quieren sustituir a Dios y tomar su lugar sin “reconocer que el es Señor” (9,7)!
El rostro “amigo y solidario” con todo tipo de “viuda”.
A este Dios “guerrero” y todopoderoso, Judit pide: “Óyeme también, que soy viuda” (9,4). Un Dios creador y fuerte, sí... pero también un Dios que sabe oí e1 clamor, las plegarias, el grito de los oprimidos y oprimidas de la historia. De los labios de Judit sale una de las más bellas profesiones de fe:
“Eres el Dios de los humillados,
El socorro de los oprimidos,
amparo de los débiles,
el protector de los abandonados,
el salvador de los desesperados.
Dios de mi padre, Dios de la herencia de Israel,
soberano de los cielos y de la tierra, creador de las aguas, rey de todo lo que creaste” (9,11-12).
-El rostro “poderoso” de quien nos da fuerza para actuar. Lejos de suplicar por milagros, Judit se coloca como “sierva” a disposición de Dios.
Sus manos irán a servir para salvar.
“Deposita en mi mano de viuda la fuerza que planeé” (9,9b).
“Por la astucia de mis labios hiere al esclavo y al señor... abate su arrogancia por las manos de una mujer” (9,10)
“Oye tú mi súplica.
Dame palabras seductoras para herir y matar... (9,12-13).
¿Qué memoria de Dios ella supo guardar? Judit sabe que puede dirigirse a este Dios, pues su pedido es para liberar al pueblo. En las palabras de Judit toma forma nuevamente, el rostro de Yavé, así como él se reve1ó en la montaña, a Moisés.
El lugar ahora es otro, el personaje es otro, pero la misma fe y la pesada opresión hacen emerger al mismo Dios.
El Dios del Éxodo, Yavé:
Dios de los padres, que oye la suplica de la viuda.
Dios que baja con su fuerza liberadora.
Dios que da fuerza para que ella sea instrumento de liberación.
El templo, lejos de guardar la memoria de Yavé, se había vuelto lugar de opresión y tenía prohibido el uso de este nombre.
Dios supo encontrar otro espacio y otros mediadores para llevar adelante su plan.
El espacio es ahora la tienda de Judit, la mediadora es ella propia y unos pocos valientes.
En la fe de Judit se transparenta la mística que animó a los guerrilleros en la lucha contra Antioco Epifanes. La fe de Judit es la misma fe de Matatías, de Judas Macabeo y de aquel puñado de héroes que osaron desafiar el imperio griego y el templo, su aliado.

El ejército de Judit

No basta derrotar a Holofernes, no basta saquear el campamento imperial.
Es necesario mucho más.
Es necesario reorganizar al pueblo, dar lugar de prioridad a las mujeres antes excluidas. Es necesario hacer fiesta, caminar, celebrar (15,12-13). Con Judit están ahora todas las mujeres de Israel, está “todo Israel” caminando con ella.

Es ella ahora la que lidera la celebración.
La primera gran conquista, para todos los que caminan con Judit, es volver a tener el derecho de alabar a Dios con el nombre de Yavé (16,1).
Judit y el pueblo celebran la presencia liberadora de Dios “pues el Señor es un Dios que destruye las guerras, que mantiene su campamento en medio pueblo” (16,2).
Por un lado, todas las fuerzas del ejército asirio, numeroso, fuertemente armado y a caballo (16,3) con un proyecto de destrucción:
“Pretendía lanzar fuego a mí tierra,
matar con crueldad a mis jóvenes a espada,
derribar por tierra a mis recién nacidos,
entregar a mis niños al rapto
y raptar a mis niñas como presa” (16,4).
El contraste es evidente: por un lado una multitud armada, por el otro lado jóvenes recién nacidos, niños, niñas.
Por un lado miles de soldados y, por el otro, la mano de una mujer para confundirlos (16,5b).
“Fue Judit, hija de Merari,
Que los confundió con la belleza de su rostro” (16,6b).
“Sus sandalias robaron su mirar,
Su belleza sedujo su corazón
Y su espada le cortó el pescuezo” (16,9).
El motivo de la lucha de Judit, que es la lucha de Yavé, es éste: defender la tierra y con ella, los jóvenes, los recién nacidos, los niños y las niñas. ¡Judit lucha por ellas! No para salvar la ciudad ni el templo, o los intereses de los ancianos o de los sacerdotes.
Para ella, los que cuentan son justamente los grupos más despreciados y marginados: niños, jóvenes, mujeres. Judit los llama “míos”.
En la línea de las tradiciones más antiguas, Judit se coloca aquí como la madre, la matriarca del pueblo, pues sabe asumir y rescatar el destino de los “humillados y oprimidos. Aun no teniendo hijos propios, ella es madre, ella da la vida.
La vida que ella da, opera transformación: oprimidos y olvidados se levantan, luchan y derrotan a los enemigos que amenazan sus vidas:
“Mis humillados entonces, dieron gritos de guerra
y mis débiles gritaron,
ellos, quedaron aterrados;
y los míos levantaron sus voces
y ellos comenzaron a huir,
hijos de madres jóvenes los traspasaron los hirieron como a hijos de desertores” (16,11-12).
Este es el ejército de Judit.
Estas son “las filas de Yavé” (16,12).
¡Ciertamente un ejercito que ningún estratega escogería! Los más frágiles, los más débiles, estos son capaces de gritar y de poner en fuga al enemigo.
Los jefes pensaban que el pueblo quería la rendición... He aquí que humillados, débiles y niños, combaten con Judit.
Este es ahora el cántico, la alabanza, el culto-servicio agradable a Yavé. ¡Sacrificios, grasas, holocaustos, no son nada (16,13-16)!

¡Durante tres meses el pueblo festejó!

¿Qué viene a ser entonces, el santuario, la tienda y el altar de 9,8? ¿Qué debemos entender por la santa morada y la montaña de Sión de 9,13?
Identificándolos automáticamente con el templo y con Jerusalén, y afirmar que Judit luchó para defenderlos, me parece demasiado apurado y no toma en cuenta la globalidad del texto.
En el corazón de Judith, con certeza, hay lugar para el santuario, pero no para una aristocracia sacerdotal opresora. Hay lugar para cánticos, súplicas y ofrendas, pero no hay lugar para los sacrificios que humillan y segregan al pueblo y a las mujeres.
Judit luchó por “la casa que pertenece a tus hijos” (9,13). Judit luchó para devolver al pueblo el lugar de la presencia de Yavé en medio de ellos, el lugar donde el pueblo puede celebrar las maravillas de Yavé que liberó. El lugar donde todos encuentran lugar y pueden participar.
Podemos percibir todo el alcance de la acción de Judit en la conclusión de su obra. Vale la pena ver lo que ocurre, pues eso es todavía más grandioso que haber cortado la cabeza de Holofernes y haber colocado su ejercito en huida.
Después de la derrota del enemigo, acontecen dos casas espantosas:
Primero: aparece el sumo sacerdote.
Él y el consejo de los Ancianos tiene que salir del templo y de Jerusalén “para ver el bien que Yavé hizo a Israel y para ver a Judit y felicitarla” (15,8).
Allá, en la casa de Judit, el sumo sacerdote exalta a una mujer, a una viuda, y todavía más ¡habitante de Samaria!
“¡Gloria de Jerusalén,
orgullo de Israel,
honra de nuestra gente!” (15,9)
Él invoca sobre ella la bendición:
“¡Bendita seas tú eternamente,
junto al Señor todopoderoso!” (15,10b).

No era costumbre que el sacerdote bendijera a las mujeres... Lo que aquí es dicho de Judit era dicho del templo y del sacerdote. Ahora los papeles se invirtieron.
Con su acción Judit consiguió devolver a la mujer el lugar que le había sido quitado y colocar al sacerdote en su papel: reconocer, allá donde esté, a aquella que trajo liberación a su pueblo, aunque eso sea lejos del templo y de Jerusalén, aunque eso acontezca en medio de la batalla, aunque todos estén impuros”.
Templo, Jerusalén, leyes, pureza... Todas estas cosas no tienen más relevancia, frente a la grandeza de los gestos de Judit.
Lo que ella hizo, es el Bien para Israel, ¡eso el sacerdote lo reconoce!

Segundo: Después comienza la celebración y la fiesta

La fiesta va a tener que ser en Jerusalén, va a tener que ser delante del Santuario. Allá todos, sin distinción adoran a Dios, y una vez purificados ofrecen sus oblaciones espontáneas y sus dones.
Judit ofrece los bienes de Holofernes. Como en el templo de los antiguos jueces, Judit es, al mismo tiempo, comandante de la batalla y líder religioso. Como en los tiempos de Josué el fruto del saqueo no permanece en la mano de ella sino que es consagrado en anatema a Yavé.
Y la fiesta continúa por tres meses. La riqueza del botín permite eso.
Cuando el pueblo es dueño de los frutos de su trabajo y de su lucha, cuando nadie acumula o se apodera, cuando no hay exclusión y marginación, ¡sobra tiempo y comida en abundancia para hacer fiesta!
Una fiesta de la cual nadie es excluido, ni se pide que pague para poder participar.
¡Hay lugar para todos y todas y es la fiesta de alegría!
Judit, que poco salía de su tienda en lo alto de la casa, está junto con su pueblo festejando,

¡Era eso lo que quería Judit!

La ciudad está libre, no porque Holofernes fue muerto, sino porque el pueblo y las mujeres pueden quedarse durante tres meses festejando, Esta es la señal de la victoria. No es suficiente derrotar el enemigo, es necesario devolver al pueblo la posibilidad de ser dueño del fruto de su trabajo. Es necesario quitar la carga de humillación y marginación. Es necesario que el pueblo entero, mujeres adelante, pueda alabar y celebrar a Yavé sin la opresión de la ley. Ahora el templo es la casa de los hijos de Dios, la alianza está restablecida y celebrada. ¡Judit, y no el templo, trajo el bien para Israel!
¡Claro, ella no podía revelar a los jefes lo que iba a hacer!
¡Claro, esta acción sería recordada para siempre!

La paz para Israel

Cuando no hay más ni palacios, ni rey, ni templo, ni sacerdote, para oprimir y explotar, allí el pueblo puede experimentar la paz; una paz construida en la justicia y en la igualdad.
Quien enseña el camino y da el ejemplo es Judit:
“Cada uno volvió para su herencia
y Judit recibió en su propiedad...
Dio la libertad a su sierva...
A pesar de querida por muchos no aceptó marido...
Distribuyó sus bienes entre sus parientes y de su marido...
No hubo nadie para amedrentar los israelitas durante el tiempo de ella y por muchos años después” (16.21-25).
Posesión de la tierra, partición de bienes, libertad a los esclavos, vida larga, paz y seguridad son los grandes signos del año de la gracia del Señor.
¡Es eso lo que Judit conquistó!
Y eso basta. No necesita tener hijos, no necesita tener marido, no necesita reivindicar su derecho. junto a la familla de Manasés.
La vida es plena. La de Judit y la de su pueblo.
¡Y los jefes solo querían llenar las cisternas y fueron a pedir que ella los ayudará a orar!...
¡Judit rescató a Dina, rescató a la concubina, rescató a todas las víctimas de templos y altares que en nombre de leyes por ellos creadas marginan, oprimen, explotan y violan!
¡Bendita sea ella, para siempre, junto al Señor todopoderoso!

 

Anna María Rizzante Gallazzi
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