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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

¿ORAR POR LOS DIFUNTOS?
¡IDEA PIADOSA Y SANTA!

(2M. 12,43-46)

Ricardo Sepúlveda Alancastro

 

            Estaba en una de las humildes casitas de nuestro populoso barrio del Ensanche Altagracia. Celebrábamos una eucaristía con motivo del cumpleaños de la muerte de Domingo, el esposo de una de las señoras de uno de los sectores con las que intentamos formar Comunidades Eclesiales de Base en nuestra parroquia. La casita ya estaba repleta de hermanas y hermanos cuando llegué, el altarcito a punto, el ánimo bueno. Nos conocíamos todos y todas. Leímos el texto de 2M. 12,43-46, que se constituyó en el centro de nuestro diálogo. Fue interesante e iluminador para los hermanos y hermanas, ya que la diversidad de confesiones cristianas que tenemos en nuestro alrededor no es unánime en este sentido, y esto de orar por los difuntos se convierte en motivo de polémica. Recojo aquí, de manera ordenada, las ideas que allí salieron, en ese momento de la vida de nuestro barrio, y aporto otras ideas que pueden servir para la reflexión de otras comunidades.

 

1. Los libros de los Macabeos

            Son libros deuterocanónicos, esto es, la Iglesia cristiana los aceptó más tarde como libros inspirados. Los judíos no los aceptaron dentro de su Biblia (nuestro Antiguo Testamento), y dejándose llevar por ellos, otras Iglesias cristianas los eliminaron de sus biblias. Esto ya, luego de la Reforma, en la primera mitad del siglo XVI. Los libros nos narran la resistencia del pueblo judío, guerrillas contra los entonces soberanos seléucidas (griegos), para conseguir la autodeterminación religiosa y política. Era una lucha por la cultura y por la identidad. Macabeo es el nombre del héroe principal de esta lucha (1M. 2,4), pero también sus hermanos llevaron el nombre. Esa lucha no fue fácil, pues los invasores hallaron cómplices en algunos judíos. (Siempre hay hermanos y hermanas menos conscientes en la lucha). Un rey llamado Antíoco Epífanes le puso “la tapa al pomo” desencadenando una persecución contra los judíos y Matatías, padre de nuestro héroe, lanzó el grito que comenzó una guerra santa.
            Toda esta narración abarca solamente 40 años, desde la subida de Antíoco Epífanes (175 a. C.) hasta la muerte de Simeón (134 a. C.), hermano de nuestro héroe, sin embargo, evidentemente fueron escritos después de esta fecha (¿100 a. C?).
            El segundo libro de los Macabeos, (donde se encuentra nuestro texto de diálogo), no es continuación del primero. Solamente repite acontecimientos del primero. Abarca apenas 15 años de historia, y tiene un estilo diferente del anterior libro. No debe despreciarse en su valor histórico, pues si bien es cierto que tiene un compendiador o una especie de redactor que ha aceptado relatos de otras fuentes, también es cierto que hay una concordancia general con el primer libro. Son como dos fuentes de los mismos hechos. Este libro tiene mucha importancia por las afirmaciones que contiene sobre la resurrección de los muertos (7,9; 14,46), las sanciones de ultratumba (6,26), la oración por los difuntos (nuestro texto), el mérito de los que derraman su sangre por la fe (6,18-7,41), la intercesión de los santos (15,12-16).
             Como vemos, no es únicamente importante por el texto que nos ocupa, sino que testimonia una evolución dentro de la misma teología hebrea, brindándonos evidencia bíblica para posiciones que, ciertamente, pueden ser discutibles.

 

2. Nuestro texto

En aquellos días, Judas, príncipe de Israel, hizo una colecta y envió a Jerusalén dos mil dracmas de plata, para que ofreciesen un sacrificio por los pecados de los caídos: obrando con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección. (Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos.) Pues veía que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio. Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado (2M. 12, 43-46).

            La resistencia de Judas había acabado por completo a la población de Joppe, que había tirado 200 judíos al mar. También había atacado de noche a los de Yamnia e incendiado el puerto y la flota. Joppe y Yamnia son dos ciudades que dan al Mediterráneo. Judas luchaba en nombre de su pueblo. Más tarde, en la campaña contra Gorgias, estratega de Indumea, cayeron algunos judíos que les presentaron batalla. Judas venció finalmente a Gorgias. Al recoger los cadáveres, encontraron bajo las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados a los ídolos de Yamnia. Esto era grave, pues Dt. 7,25 dice que tales objetos deben ser quemados y que ni el oro ni la plata que los recubren, deben ser codiciados. Todos entendieron que ésta era la causa por la cual habían caído en la lucha. Pero no se quedaron ahí, sino que en ese momento oraron para que la culpa les fuera borrada. (2M. 12,42). Judas aprovecha la ocasión para “catequizar”, y desea alejar de los vivos —tan necesarios para la resistencia— un posible castigo. Quiere que no paguen con los caídos, como ocurrió con la violación del anatema en Jos. 7,1. (Allí la ira de Yahveh se encendió contra los israelitas porque Akán, de la tribu de Judá, se quedó con algo del anatema contra Jericó). Existe el convencimiento de que quien murió piadosamente resucitará, y por tanto nada más piadoso que haber muerto en defensa de la ley de Dios (2M. 14,46), muerte de Razías. Entonces Judas pide por la liberación de esa culpa.
            Hay que decir que ya había los que creían que esta práctica no tenía sentido, dado que los que morían sin expiar los pecados quedarían en el “sheol”; una especie de limbo donde no se sufre, pero tampoco se resucita. El autor de este libro no está de acuerdo con ellos; piensa que quienes murieron piadosamente, luchando por la vida del pueblo, pueden ser librados de pecados no suficientemente expiados que aún les impiden alcanzar la resurrección gozosa. Esta es la discusión entre los saduceos y los fariseos, de la que tenemos testimonio en el Nuevo Testamento (Mt. 22,23 y Hch. 23,6-8). Esta polémica es vieja; Judas exhorta a los vivos, reúne dinero para ofrecer un sacrificio en Jerusalén por el pecado, y el autor lo confirma como obra hermosa y noble.

 

3. Y después del comentario...

            Los participantes en la eucaristía en sufragio por el alma de Domingo no son tontos como mucha gente los acusa. Pregunté si además de las razones de la Escritura, tenían otras motivaciones para pedir por los difuntos. Les participo algunas intervenciones:

Esto es un problema de amor y de aceptación. Si yo a usted no  lo quiero, ni lo acepto, ni lo amo, voy a discutir con usted por cualquier “caballá”. Cuando uno respeta, ama y acepta, se solidariza con el que pierde a un ser querido y ora con él en el momento de dolor.

Si el cielo tiene que ver con mi vida de aquí, yo pido encontrarme allá con los que he amado acá abajo en la tierra. Yo no quiero un cielo sin mi madre o sin mis hijos. Es verdad que si uno ha sido demasiado malo, no vale la oración. Pero la mayoría de nosotros en esta tierra también hemos hecho cosas buenas y Dios nos alcanzará por amor a los que seguimos peregrinando. Dios no es tan duro como algunos piensan. El nos ama.

            Les digo que el meollo de la discusión algunos hermanos lo sitúan en el hecho de que la salvación es individual. Porque es tu opción fundamental lo que está en juego, y en eso nadie puede optar por ti.

Eso es verdad, pero eso es cuando uno se niega totalmente a Dios. Con mucha gente nunca es así. Nadie se niega totalmente a Dios. Además, la salvación es también “por racimos”, nos decía una vez un padre. Uno se solidariza con los pecados del pueblo, como hizo Jesús en la fila de los que iban a bautizarse con Juan. No hay porqué avergonzarse por pedir perdón por los pecados de los que murieron antes que nosotros, y que tuvieron la misma fe. Como hicieron, tan lindamente, los obispos de la cuarta conferencia. Pedir perdón no humilla, dignifica. Si Dios y Jesús son tan solidarios, nosotros también hemos de serlo.
           

Ricardo Sepúlveda Alancastro
Apartado Postal 381-9
Santo Domingo
República Dominicana

 
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