
DIOS SOLIDARIO CON SU PUEBLO
El Go’el en Deuteroisaías
José Roberto Arango L.
Su mensaje consolador estuvo centrado en el anuncio de Yahwéh como Redentor de Israel. El profeta recuerda al pueblo quién ha sido Yahwéh, su Dios: en el pasado, Creador del pueblo al liberarlo de Egipto y también el hacedor del Cosmos. Esto reaviva la fe de Israel en su presente desesperanzado. A su vez, esa historia de salvación sirve como apoyo y garantía para el futuro de liberación y restauración. Yahwéh. “Aparece como el Dios totalmente fiel y solidario con Israel. Detrás de esa solidaridad apasionada nos revela que la historia del pueblo es el camino que Yahwéh ha escogido para manifestarse al mundo y, al mismo tiempo, para llevar a Israel a ser más auténticamente pueblo de Dios creando unas estructuras socio-políticas y económicas solidarias. El recuerdo de la alianza tribal parece estar en la mente del profeta al hablar del futuro.
His message of consolation was centered in the announcement of Yahweh as Redeemer of Israel. The prophet reminds the people who Yahweh, their God, has been: in ¡he past, Creator of the people in liberating them from Egypt and also maker of the Universe. This same God revives the faith of Israel in its present, apparently devoid of hope. This history of salvation serves in turn as support and guarantee for the future of liberation and restoration. Yahweh appears as ¡he God who is totally faithful and in solidarity with Israel. Behind this impassioned solidarity he shows that the history of the people is ¡he way which in Yahweh has chosen lo reveal himself ¡o ¡he world and al ¡he same time ¡o bring Israel ¡o be more authentically the people of God, creating certain socio-political and economic structures of solidarity. The memory of the tribal league seems to be in the prophet’s mind when he speaks of the future.
Deuteroisaías o Isaías segundo es la denominación de un profeta anónimo del tiempo del exilio de Israel en Babilonia. Se lo distingue del Protoisaías, o sea del profeta del siglo VIII, porque en los capítulos 40-55 se refleja una situación completamente diferente de aquella presente en los primeros 39 capítulos: se habla de Babilonia, de la presencia de muchos deportados allí, después de la invasión de los babilonios a Israel y a Jerusalén. Son, pues, otros tiempos. Pero la diferencia también reside en la distinción formal de este conjunto de capítulos por medio de una inclusión que lo separa de lo que lo precede y de lo que le sigue: tanto al inicio (40, 5.8)como al final (55,10-11) hay una referencia explícita a la eficacia y firmeza de la palabra de Dios. Por otra parte, el estilo cambia de forma notoria con respecto al Protoisaías. Por razones similares se lo distingue también del Tritoisaías (capítulos 56-66).
Sin embargo nuestro interés no está en el aspecto formal. Queremos considerar el significado que tiene el Go’ el (redentor) y su acción (redención o rescate) , para una reflexión sobre la solidaridad.
1. La identidad del Redentor
La identidad del Go’ el se define por la relación que éste tiene con el pueblo. Es apenas lógico porque desde el principio del libro de la consolación, como se suele llamar a Deuteroisaías, el redentor se identifica como Yahwéh (43: 1.3.14.15; 47: 4; 48:17; 49: 7; 54: 5).
La relación del redentor, Dios mismo, se define a través de varias acciones que Yahwéh ha realizado a lo largo de la historia en favor del pueblo: lo ha creado y formado (43: 15;44: 2.24); lo ha salvado (43: 1.3; 49, 26). Por ello el profeta afirma con razón que se trata del «Dios de Israel» (41: 13; 43: 1.3; 48: 17; 51:16). En consecuencia, el pueblo de Israel pertenece a Yahwéh (43: 1), es obra suya y Dios la ama entrañablemente como una madre (49: 14; 54: 7.8a).
La identidad se define, entonces, por una relación de solidaridad establecida por Yahwéh mismo al realizar acciones en favor de Israel. Esas acciones lo muestran como Dios de Israel y a éste como el pueblo de Yahwéh. Quien habla a través de Deuteroisaías es el Dios de la Alianza o de la elección (54:10), el Dios históricamente solidario con Israel. Las acciones fueron realizadas en el pasado: liberación de Egipto, marcha por el desierto, pacto en el Sinaí y entrada en la tierra de la promesa. En ellas Yahwéh se comprometió con Israel cumpliendo las promesas hechas a los Patriarcas y se manifestó como el Dios Leal (54:10) y solidario. Por eso se afirma que Yahwéh, el Redentor, es el «Santo de Israel» (41: 14; 43: 1.3.14.15; 47:4; 48: 17; 49: 7; 54: 5), al ligarse por puro amor a ese pueblo a través de las realizaciones salvíficas en favor suyo. Todo el misterio de la elección se condensa en esa fórmula. Dios, el “completamente otro”, distinto del hombre, ha entrado en la historia del pueblo de Israel salvándolo y liberándolo. Por ello es el “especial de Israel”, distinto del de los otros pueblos .
Pero el Redentor de Israel no es presentado por el profeta sólo en esos términos. Yahwéh es también el Creador Cósmico (44: 24; 48: 12; 51: 13; 54: 5), el Señor de los Ejércitos, el Primero y el Último.
Esta carta de identidad del Gó’el, con las características antes comentadas (creador cósmico, formador del pueblo y solidaridad histórica), garantiza su efectiva intervención en favor del pueblo, quien puede confiar totalmente en él, entregarse a su acción, abandonarse a Yahwéh también en su presente de destierro.
2. La acción del Redentor
Son muchos los verbos que nos indican en qué consiste la actividad del Redentor. El Go’ el se acerca al oído del pueblo por medio del profeta para consolarlo, se coloca a su lado, en su camino, y le habla, (41:14), Lo anima, lo fortalece y lo auxilia (41: 14), le da esperanza (cfr. 41: 8-16; 44:2; 51:12). ¿Cómo? Recordándole quién es el verdadero Dios, haciendo memoria de su historia de salvación y mostrándole la actualidad de ese Dios que sigue dirigiéndose a su pueblo con cariño y delicadeza. El Dios del pasado continúa en medio de Israel.
Ese Yahwéh que se hace perceptible por la palabra consoladora de Deuteroisaías, se apresta a realizar una nueva acción salvífica y liberadora en medio de su pueblo. El, el Go’ el de Israel, no lo ha dejado abandonado a su suerte. La historia de fidelidad de Yahwéh no terminó con la pérdida de la tierra prometida y la destrucción del Templo. Esa nueva intervención de Dios será la liberación del pueblo opresor, el rescate; abrirá las prisiones (43: .14; 51: 14); el pueblo saldrá y huirá de Babilonia y de los caldeos por órdenes de Yahwéh. Será algo nuevo, diferente de lo pasado, no conocido hasta entonces (43: 19). El Señor promete un futuro de vida (agua que riega los sequedales y espíritu y bendición para la estirpe de Jacob), si bien la acción de Yahwéh como rescate ha sucedido y está sucediendo ya en el pueblo.
La obra del Redentor tendrá un camino que recorrer donde Yahwéh será también el maestro que enseña a Israel para provecho suyo, que lo guía por el sendero que debe seguir (48: 17). Ese camino es la salida de Babilonia, a lo cual los exiliados son exhortados en 48: 20: a este llamado emprenderán su nuevo Éxodo , de nuevo guiados (drk, hlk) por Yahwéh. La Redención será como la liberación de Egipto; en ella Dios dio a conocer su nombre y se hizo famoso con su pueblo. En Babilonia el nombre de Dios es despreciado, no obstante con una acción análoga a la del pasado restablecerá su nombre, que será de nuevo reconocido por Israel: Por eso mi pueblo reconocerá (yd’) mi nombre (52:6; cfr. 49: 26). Yahwéh es consecuente con los hechos que ha realizado por su pueblo en el pasado. Esto lo debe recordar siempre Israel: su identidad es ser “siervo del Señor” (44: 22), lo cual ha sido realizado por Yahwéh para el pueblo al crearlo como tal (al formarlo) (44: 21).
Pero no basta con salir y dejar la antigua situación de opresión. Es necesario que haya una meta, un punto de llegada que suscite la esperanza y la puesta en marcha. En el nuevo futuro que Dios realizará para Israel las ciudades serán reconstruidas, las ruinas de Jerusalén serán levantadas y volverá a ser habitada. Su Templo será de nuevo cimentado (44: 24-28). El Señor hará venir y reunirá a la estirpe de Jacob (43: 5).
La situación de Israel, por la acción de su Redentor, cambiará completamente: Jerusalén, la esposa estéril, sin hijos, abandonada, avergonzada, llena de afrentas, conocerá una nueva suerte: será fecunda, olvidará su situación anterior, volverá a tener un nombre impuesto por Yahwéh, su esposo, tendrá hijos numerosos, será de nuevo reunida y será objeto de un nuevo juramento del Señor (54:6-9).
3. La situación de Israel en el exilio
A finales del siglo VII Babilonia emergió como potencia imperial en el horizonte político internacional, y consolidó su hegemonía en Palestina al vencer a los egipcios en Carquemis. Yoyaquim comenzó a pagarle tributos y quedó como rey de Judá, sin embargo poco antes de su muerte asumió una actitud rebelde y se negó a continuar haciéndolo. Esto produjo la consecuente reacción del imperio de turno: Nabucodonor envió una expedición punitiva a Jerusalén, la cual llevó consigo a Babilonia al rey y a varios miembros de la familia real, a funcionarios del palacio y a notables del país que allí ejercían funciones de autoridad. Estos rehenes permanecieron junto a la corte babilónica, al parecer en calidad de rehenes .
En Judá, ahora reino vasallo de Babilonia, fue dejado Sedecías quien intentó algún tiempo después independizar a Palestina bajo el liderazgo de Judá. La reacción de Babilonia no se hizo esperar; debían acabar con esas pretensiones. Entonces vino la catástrofe: en el 587 aproximadamente, la potencia se hizo sentir arrasando a Jerusalén, destruyendo el Templo y deportando parte de su población, en especial a las autoridades y a los poderosos .
Los exiliados en Babilonia se sentían esclavos, y lo eran en un sentido amplio pues habían sido arrancados a la fuerza de su tierra, aunque no los podemos imaginar vendidos y comprados por babilonios para utilizarlos en sus trabajos . No eran libres, dado que vivían en especies de asentamientos a donde habían sido confinados; no obstante tampoco los podemos ver como prisioneros, toda vez que tenían allí libertad de movimientos . Los israelitas pudieron trabajar la tierra, vivir juntos y, en consecuencia mantener su fe en Yahwéh, así fuera en la incertidumbre, en el clamor doloroso, en la pregunta continua por el sentido que podía tener aquella desgracia, y en la añoranza de su tierra.
Pero, a pesar de ciertas condiciones favorables, el tiempo del exilio de Israel en Babilonia fue la humillación más terrible que tuvo este pueblo en toda su historia. Todo lo más grande que tenían, lo que los sostenía existencialmente, se esfumó: la tierra, expresión de la fidelidad de Dios a sus promesas, les fue arrebatada; el Templo, lugar del encuentro con Dios, así como todos los santuarios, fue arrasado; la monarquía se terminó para siempre. Israel sintió que Dios lo había dejado tirado al vaivén de otros dioses que, por los detonantes acontecimientos que sucedieron, parecían más fuertes que Yahwéh .
La seguridad de la elección de Sión por parte de Yahwéh, como su asiento en la tierra y las promesas sobre la dinastía davídica que duraría para siempre, recibieron un golpe mortal. ¿Era posible, entonces, seguir esperando el glorioso día de Yahwéh, en que él mismo instauraría un gobierno justo e ideal en Israel? .
Cuestionada la elección, quedaba cuestionada la misma justicia divina; Dios se había formado un pueblo para que fuera suyo y mostrara en su existencia social que Yahwéh era su Dios. Sin embargo la base material de esa historia fue truncada. Esa situación de justicia de Israel, poseedor de una tierra libre y pueblo independiente, no existía ya.
Con todo, las condiciones del exilio permitieron por lo menos que el pueblo se pudiera reunir y mantener la fe en Yahwéh a partir del cuestionamiento de esa misma fe e ir formando una nueva comunidad, ya no cúltico-nacional sino caracterizada por su adhesión a la tradición y a la ley .
4. La solidaridad de Dios
En ese contexto histórico y existencial, y al final de este amargo período de exilio, ejerce Deuteroisaías su ministerio. Su mensaje de salvación para el presente de ese pueblo es de consuelo; para el futuro, en íntima relación con el consuelo, es de salvación y liberación, firmemente garantizada y cimentadas en el pasado por el Dios Creador y formador del pueblo. La acción de Yahwéh es denominada redención. Dios mismo es el Redentor de Israel, su Go’ el.
Este último término, clave del mensaje consolador del profeta, es propio de la legislación familiar israelita. Tuvo su lugar original en el ámbito jurídico, de donde pasó a la terminología cúltica y al lenguaje religioso-teológico. El capítulo 25del Levítico, donde aparece inequívocamente el sentido inicial de g’l,
...contiene una serie de determinaciones que tienen por objeto el restablecimiento de las relaciones originarias en Israel, eliminando todos los abusos que con el tiempo han podido producirse .
El rescate, pues, supone varios elementos:
1. Una situación original de justicia, bien sea con respecto a la propiedad (tierra) o con respecto a las personas.
2. Un rompimiento de esa situación por alguna circunstancia: una persona en progresivo empobrecimiento puede verse obligada a vender su tierra en momentos extremos de necesidad e incluso, a venderse a sí misma. Ambas situaciones que atentaban contra la libertad del israelita y contra el estatuto de Israel como pueblo, ya que el país pertenecía a Yahwéh y no podía ser vendido para siempre. Del mismo modo, un israelita no podía ser vendido para siempre, pues descendía de los liberados de Egipto .
3. Que alguien realice el rescate. Se trata acá del pariente más próximo, quien debe emprender tal acción.
4. La restauración de la justicia.
¿Qué podemos decir entonces de Yahwéh, como Go’el de Israel?
Yahwéh se pone en movimiento ante la triste situación de su pueblo en Babilonia, como siglos atrás en Egipto. ¿Qué hay en Dios que lo mueva tan apasionadamente a actuar en favor de Israel? ¿Por qué se siente afectado él mismo, —si así podemos hablar de Dios—? Para contestar tengamos presente el significado original de Go’el arriba sintetizado, poniéndolo sobre el trasfondo de la situación de Israel.
Nos ayudan a responder, unas palabras de un contemporáneo de Deuteroisaías: Ezequiel. En el capítulo 20, este profeta hace una lectura sintética de la historia de Israel en clave de rebeldía del pueblo contra Yahwéh, y de fidelidad de Yahwéh al pueblo: «por (causa) amor a mi nombre» (vv. 9.14.22), comenzando desde el momento de la elección en Egipto (v. 4) hasta el futuro de liberación (v. 34) que anuncia con vehemencia Ezequiel. Lo que jalona toda la historia es la santificación del santo nombre de Dios (=para que no fuera profanado), su identidad, su vida manifestada en Israel a todos los pueblos:
Por mi vida—oráculo del Señor—, juro que, con mano poderosa, con brazo extendido, con cólera incontenible, reinaré sobre ustedes... y sabrán que yo soy el Señor cuando los lleve a la tierra de Israel... (vv. 33.38.42).
En otras palabras, lo que está en juego es la identidad de Dios quien ha escogido a Israel para, a través de él, vivir presente en la historia de todos los pueblos, manifestándose a ellos por su medio. Y Dios quiere seguir adelante con esta historia de manifestación suya.
Es como si, por la desgracia de Israel en el destierro y los alcances que tuvo para su estructura social, política y religiosa, Dios mismo hubiera sido golpeado en su existencia. Yahwéh, pues, aparece acá como el pariente próximo de Israel; al tocar a este pueblo, es como si tocaran su propia sangre familiar, su vida histórica . Podemos también considerar que Dios está como obligado sagradamente, en forma jurídica, a intervenir a favor de ese pueblo suyo. De modo concomitante a ese “deber” divino, reglamentado no por una ley humana sino por el «amor a su nombre», que implica el amor a su pueblo, Israel tiene un “derecho”: que Dios intervenga en su favor para rescatarlo de la opresión. Y Yahwéh cumplirá con su pueblo con todo el poder que lo acredita desde el pasado , y con toda la pasión que lo impulsa a darse a conocer por medio de Israel al mundo, a través de la liberación de su pueblo.
Israel puede recuperar completamente la confianza en Dios, al recordarle el profeta que Yahwéh está unido a él por un vínculo vital de solidaridad que el pueblo había olvidado con la catástrofe sufrida.
Ahora bien, la redención de Yahwéh implica que el pueblo descubra la misión que tiene: ser alianza (Is. 49,8), ser luz de las naciones (49,6), restaurar el país a su regreso (49,8). Su misión es, manifestar a Yahwéh ante todos los pueblos. La respuesta de Israel debe ser del mismo talante de la acción apasionada que la originó, es decir, de solidaridad con Dios, sólo expresable en la solidaridad en el pueblo mismo, orientada a hacer desaparecer todo lo que signifique opresión, debilitamiento de la hermandad, todo lo que esté menoscabando la igualdad entre los miembros de Israel.
En la historia de ese pueblo, construida con este sentido que acabamos de decir, con esos criterios y valores, acaece Dios mismo, sucede su salvación-redención y Yahwéh se muestra en ella como el Dios de Israel, y éste como pueblo de Yahwéh. Se efectúa así, en una sola historia, la comunión fecunda de Dios con el pueblo. Esto significa que al suceder en la historia un pueblo con las características arriba referidas, lo que en realidad está sucediendo es la alianza o elección de Dios aceptada existencial y estructuralmente por el pueblo; lo que está funcionando, entonces, es la Redención del pueblo, perdido en el destierro, alienado de su ser (alienación en la que participa Yahwéh por estar como muerto el órgano de la manifestación de su identidad ante el mundo). Por otra parte, en Deuteroisaías es muy claro que la obra redentora de Yhawéh está puesta dentro del marco de la palabra creadora y fecunda, que no solamente ha sacado del caos el cosmos, sino que ha formado un pueblo, el cual continúa creando mediante la nueva intervención anunciada para el futuro. Así pues, creación, salvación, redención y elección, son todos aspectos de una misma acción solidaria de Dios .
La redención que Yahwéh realiza, como acción solidaria salvífica significa para Israel: a) la superación de la situación de ruptura de la justicia a la que ha sido llamado desde siempre por Yahwéh; b) la restauración la justicia original, esto es, la “re-creación” del pueblo de Israel teniendo como base el ideal trazado por la religión yavista , que implicaba una concepción de la sociedad, de la propiedad de la tierra y del monarca en términos completamente subordinados a Yahwéh: éste es el rey verdadero y el propietario de la tierra. El rey de Israel no podía ser absolutista como los vecinos; la tierra era invendible. Significa esto que la sociedad israelita debía guardar una estructura en donde todos pudieran vivir de manera fraternal, y nada socavara este ideal.
Sin embargo, la redención de Yahwéh no sucederá como un retorno al pasado, idealizando lo que en un tiempo se pudo haber vivido y volviendo míticamente hacia él. «No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo...» (Is. 43,19). Isaías segundo toma la cabeza de los exiliados, anclada en las gestas pasadas de Dios en su favor, y la voltea hacia el futuro nuevo de salvación que está a punto de regalarles. El fundamento salvífico de Israel está en el futuro de liberación, algo más allá de lo que podría esperar ateniéndose a su experiencia religiosa anterior. En este sentido, Yahwéh, como el Go’ el de Israel, supera la justicia establecida con la alianza anterior. Por ello no se podría llamar simplemente “restauración”, aunque este sentido esté implicado en el término jurídico original.
La solidaridad de Yahwéh apunta a una realización radical de la liberación de la opresión, del cautiverio. No se trata apenas de hacerlo más llevadero o de disminuirlo. Yahwéh se propone arrancar al pueblo de la situación opresora y humillante para ponerlo en su tierra propia, en otra situación totalmente diferente. Esta radicalidad de Dios en la liberación de los oprimidos no tiene paralelo en los pueblos vecinos, aunque sí sonaba familiar a Israel, pues de la misma forma había procedido el Señor con los esclavizados de Egipto .
Sinteticemos: Deuteroisaías predica al Israel exiliado un Dios emparentado con él, y por ello solidario por un amor radical que recorre toda la historia suya. Al mismo tiempo hemos sacado una consecuencia: la redención que realiza Yahwéh, o sea, la salvación que ofrece, pasa necesariamente por la historia del pueblo, se ejecuta y efectúa en y a través de la construcción de estructuras solidarias, que invitan a la fraternidad, a la apertura incondicional al otro como prójimo (pariente-hermano); en y a través de una comunidad de creyentes que de modo progresivo toma conciencia de la acción de Dios en su situación específica, y se une a ella de forma deliberada, creando una historia orientada por Dios mismo, en la cual acontece la salvación ofrecida irrevocablemente por Dios y, al mismo tiempo, en la misma acción se realiza de manera plena el hombre, descubre y vive con radicalidad su humanidad cimentada en el Dios que lo salva y lo conduce por los caminos de la solidaridad efectiva con los pobres y marginados. Por esos caminos transita Dios mismo .
La solidaridad mutua Yahwéh-Israel, se muestra como figura y anuncio de la solidaridad mostrada plena y definitivamente por Dios en su Hijo Jesús. Al leer a Deuteroisaías también arde el corazón como a los discípulos de Emaús acompañados por Jesús. En él, Dios mismo se hizo uno de nosotros,
...no aferrándose a su categoría de Dios... pasando por uno de tantos... presentándose como simple hombre, abajándose y obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp. 2,6-8).
La solidaridad del pueblo, como forma de ser luz de las naciones, tipifica la comunidad de creyentes de los tiempos escatológicos (nosotros), quienes tienen la responsabilidad de cumplir el mandato deL Señor que resume toda la ley y los profetas: el amor y la solidaridad hasta la muerte (Cfr. Jn. 15,12-13).
José Roberto Arango L.
Calle 42 N2 4-49
Santafé de Bogotá, 1, D.C.
Colombia
Remito aquí a mi artículo “Isaías II o la Buena Nueva de la Redención de Israel”, en Theologica Xaveriana (Colombia) 102 (Abril-junio, 1992). Allí se podrán encontrar los datos estadísticos sobre la raíz g’l y una sistematización de la misma.
Cfr. Croatto, Severino, Deuteroisa(as. Col. Cuadernos Bíblicos 19. Verbo Divino, pág. 39. Ver también del mismo autor: Is. 1-39. Ed. La Aurora, Buenos Aires, 1989, pág. 58.
“No cabe duda de que Isaías II consideró el éxodo de los rescatados de Babilonia como un equivalente histórico-salvífico de la primitiva salida de Israel del país de Egipto. Más aún, acentúa el paralelismo de ambos acontecimientos...” (Von Rail, G., Teología dei Antiguo Testamento ,vol. II, págs. 308-309).
Cfr. Pixley, Jorge, La historia de Israel vista desde los pobres, Col. Biblia 47. Edicay, Cuenca, 1990, págs. 76-77; Schwantes, Milton, Sufrimiento y esperanza en el exilio, Col. Biblia 26. Edicay, Cuenca, págs. 13-14.
Para una visión más detallada del pueblo en el exilio y de los que quedaron en Judá, ver Herrmann, S., Historia de Israel en la época del A. T., Biblioteca de Estudios Bíblicos 23. Sígueme, Salamanca, 1985 (2a. ed.), págs. 350-380; sobre quienes fueron deportados ver especialmente págs. 357-358.375. En forma más breve y plástica. Mesters, C., La misión del pueblo que sufre. Perspectivas CLAR 14. CLAR, Bogotá, 1983, págs. 20-26.
Cfr. Schwantes, M. op. cit., pág. 15.
Cfr. Bright, John, La historia de Israel. Desclee de Brouwer, Bilbao, 1970 (7a. ed.), pág. 412.
Cfr. Mesters, C., “La Biblia y la Nueva Evangelización”, charla a los participantes en la IV Asamblea Plenaria de FEBICAM (Federación Bíblica Católica Mundial) en Bogotá, el 27 de jumo de 1990. Publicada por la CLAR (Confederación Latinoamericana de Religiosos.), en su publicación No. 7 de julio de 1990, pág. 9.
Cfr. Bright, J., op: cit., págs. 414-416.
Jenni, E.-Westermann, C., Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento. Cristiandad, Madrid, 1978, vol. 1, columna 552.
“Somos linaje (génos) de Dios”. Así lo afirmará Pablo, citando a algunos poetas griegos en Atenas, y basándose en ellos para continuar con su discurso (Hch. 17, 29).
Cfr. Wiener, C., El segundo Isaías. El profeta del nuevo éxodo, Cuadernos Bíblicos 20. Verbo Divino, Estella (Navarra), 1982 (3a. ed.), pág. 38.
“Sus textos [de Deuteroisaías] son citados con frecuencia, como una de las más ricas y claras expresiones de la fe de Israel en la creación. En ellas, sin embargo, el acento es puesto en la acción salvadora de Yahwéh; la obra creadora es vista y se entiende sólo en ese contexto: ‘Ahora, así dice Yahwéh; tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre’ (43,1; cf. 42, 15). La afirmación esta centrada en el rescate (o en la alianza). Yahwéh es, a la vez, creador y redentor: ‘Porque tu esposo es tu Creador; Yahwéh Sebaot es su nombre; tu Redentores el Santo de Israel, Dios de toda la tierra se llama’ (54, 5)” (Gutiérrez, G., Teología de la liberación. Perspectivas. CEP 3. Ed. Universitaria, Lima, 1971, págs. 192-193; los énfasis son míos).
En el caso de la acción de Yahwéh como Go’el no es exacto hablar de restauración, como veremos en el siguiente apartado, pues restaurar implica en cierta forma volver a algo que ya existía en el pasado; en cambio, en Deuteroisaías el anuncio de la salvación hace cambiar completamente de punto de referencia (el futuro), aunque siga el modelo pasado como base para comprender por analogía lo venidero.
El yavismo fue custodiado de forma celosa por los círculos levíticos en Israel, con quienes parece estuvo relacionado en especial el profeta Oseas. Los llamados “hijos de los profetas”, quienes rodeaban a Eliseo (2 Re. 1-13,21), portadores de la pureza de la fe en Yahwéh, fueron rigurosos vigilantes de esa mentalidad yavista (que podemos designar como mentalidad tribal más pura, sin contaminación de la religión y costumbres cananeas, principalmente en lo que tiene que ver con la concepción de la monarquía como absoluta y con la tierra como vendible de manera libre, aspectos que influyeron grandemente en el deterioro de la sociedad de Israel y de Judá). Esas comunidades de los profetas se encontraban en algunos lugares del sur de Israel, cercanos a Gallaad, de donde era el celoso profeta Elías, y que permaneció libre de la influencia cananea (cfr. Von Rad, G., op. cit., págs. 42-44.177). ¿Será esta mentalidad yavista-tribal la que evoca Deuteroisaías en 49,6: “es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob”? Una respuesta afirmativa no sería extraña dado que, por lo antes dicho, los profetas se encuentran dentro de esa línea de pensamiento, incluso Deuteroisaías (Ibid.. pág. 316). En cualquier caso, hay que tener presente que lo que anuncia el Isaías del exilio supera el estado anterior tribal y lo hace universal: ser luz de las naciones.
Cfr. Lohfink, N., Option for the poor. The basic Principle of Liberation Theology in the Light of the Bible. BIBAL Press, Berkeley (California), 1987, págs. 39-42.
Ya G. Gutiérrez expresó la unidad existente entre el plano de la salvación y el plano de la transformación social histórica, los cuales se desarrollan en un mismo escenario: el de una sola historia (cfr. op. cit., págs. 189ss). “Trabajar, transformar este mundo es hacerse hombre y forjar la comunidad humana, es, también, ya salvar. De igual modo, luchar contra una situación de miseria y despojo, y construir una sociedad justa es insertarse ya en el movimiento salvador, en marcha hacia su pleno cumplimiento” (Ibid., pág. 200).
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