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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

“YO OI EL CLAMOR
DE ESTE PUEBLO”

Reflexión bíblico-histórica
sobre la resistencia
de los negros en la América colonial

Monseñor José Maria Pires

Se hace aquí una aproximación bíblica entre el cautiverio en Egipto y en Brasil. Son fases distintas y distantes de la misma historia de lucha y liberación del Pueblo de Dios. Los africanos tuvieron, en Brasil y en toda América, un cautiverio más duro que el de los hebreos en Egipto. La resistencia aquí sólo fue posible gracias al apoyo que los esclavos encontraron en la religión (el terreiro: centro de la religión afro-brasileña) y en la organización social (el quilombo). Terreiro y quilombo fueron dos “semillas del Verbo”,  dos “preparaciones evangélicas” que los misioneros, infelizmente, no supieron entender y valorar.

This article brings together the experiences of captivity in Egypt and captivity in Brazil. They are distinct and distant phases of the same struggle of the People of God for liberation.  The Africans suffered, in Brazil and throughout the Americas, a harder captivity than that of the Hebrews in Egypt.  Resistance was only possible thanks to the support which the slaves found in religion (the Terreiro or African-Brazilian religious center) and in social organization (the Quilombo or autonomous community formed in the wilderness by escaped slaves). The terreiro and the Quilombo were two “seeds of the Word”, two instances of praeparatio evangelica which the missionaries, unfortunately, did not know how to understand and appreciate.

 

            Ya es tradición en la Iglesia Católica de Brasil la elección de un tema socio-religioso para ser meditado y vivido en el tiempo pascual. En 1988 fue La fraternidad y el negro. Era el año del centenario de la “Abolición de la esclavitud” en nuestro país. Ningún otro país del mundo, excepto Nigeria, tiene más negros que Brasil. Era, pues, interesante reflexionar, a la luz de la Palabra de Dios, sobre la condición actual del negro en la Iglesia y en la sociedad brasileñas.
            Los responsables de la organización de la Campaña de la Fraternidad sugirieron el slogan: “Yo oí el clamor de este pueblo”, en una inconfundible aproximación entre dos situaciones históricas de opresión: la de los hebreos en Egipto y la de los negros en Brasil.

            1. Egipto, Babilonia y Brasil son tierras de exilio para el pueblo de Dios. La Biblia nos da informaciones precisas y abundantes respecto a los sufrimientos físicos y las humillaciones por los que pasó el pueblo elegido a orillas del Nilo y del Eufrates (cf. Ex. 1-5, Lamentaciones y Baruc). La saga de Israel oprimido se reproduce, en grado más intenso y en tiempo más largo, en el oprobio de los negros reducidos al cautiverio en su propia patria y transferidos como esclavos para las tierras de América. A los afros de América, tanto o más que a los hijos de Israel en Egipto, se aplica la conmovedora confesión de la divina Misericordia: “Yo vi, yo vi la aflicción de mi pueblo” (Ex. 3,7).
            2. Los israelitas no perdieron su identidad étnica: sabían que no eran egipcios, no escondían su origen y conservaron los razgos característicos de su raza. Con los negros de América Latina y el Caribe fue diferente. Marcados por sufrimientos atroces y víctimas de toda especie de humillaciones, acabaron introyectando un complejo de inferioridad. El blanco quedó como paradigma de superioridad. El cabello blanco es bueno, el negro es malo. El color blanco es bonito, el negro es feo. El blanco sabe, el negro es ignorante. El negro es inferior, el blanco es superior. El preconcepto era —y aún es— de ambas partes. El blanco delante del negro “sabe” que es superior y se comporta como tal. Eso tornó —y torna— difícil al negro percibir el clamor divino: “Yo vi la aflicción de mi pueblo”. El negro tenía y tiene vergüenza de ser negro y, por eso, pasó a imitar al blanco. El blanco le dio otro nombre, lo hizo bautizar y le enseñó el Evangelio inculturado en lenguaje europeo. Estigmatizó como supersticiosa la religión de sus antepasados y como diabólicas las prácticas de culto africano. ¿Cómo aceptar que el Dios de los opresores podría oír el clamor de los oprimidos? Evidentemente los anunciadores del Evangelio venidos de tierras europeas no tenían las mínimas condiciones de ser los profetas de la liberación del pueblo negro. Los evangelizadores de ayer no se dejaron inflamar por el grito del Señor: “Yo oí el clamor de mi pueblo... y descendí para liberarlo”. Por eso los misioneros toleraron la esclavitud, y hasta la legitimaron. Algo semejante ocurre en Africa en nuestro siglo. No se trata más de la esclavitud, sino del colonialismo económico y cultural. De ahí el surgimiento de las “nuevas iglesias africanas” en una tentativa de sintonizar al Dios liberador, cuya voz no ha sido identificada por los africanos en los mensajes de los misioneros católicos y evangélicos.

 

1. Una liberación en curso

            Dios está en la historia del pueblo africano y se manifiesta como el Dios que libera y salva. Pero la liberación está lejos de concluir. ¿Existen por lo menos algunos signos de su presencia? ¿Cuáles?
            Los libros sagrados no nos hablan de cualquier tipo de organización civil o religiosa de los israelitas en Egipto. Parece que el sustento de su unidad y esperanza era solamente la memoria histórica: se sabían descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob, los patriarcas depositarios de las promesas del Señor. Al contrario, los africanos transportados como esclavos a América, no eran nómadas ni extranjeros. Formaban naciones, tenían gobierno y dirigentes religiosos, poseían artesanos, desarrollaban las artes y cultivaban las letras. Cuando, en Bahía, fue reprimida la revuelta de “los malês”, fueron descubiertas escuelas clandestinas organizadas por esclavos libres con el objetivo de instruir en secreto a los hermanos de cautiverio. Y en las ruinas de las escuelas destruidas, fueron encontrados fragmentos del Corán. Somos llevados a concluir que la condición de los afroamericanos esclavizados, en el aspecto organizativo, se parece más al cautiverio de Babilonia. En ambos casos, son pueblos vencidos en la guerra, arrancados de su patria y conducidos con sus reyes y sacerdotes al exilio y al cautiverio. Pero también por eso, la situación de los afroamericanos fue peor. El exilio en Babilonia fue de setenta años; el de los africanos no tuvo fin: jamás pudieron retornar como pueblo a la Madre-Africa; algunos pocos lo consiguieron por separado o en pequeños grupos. El cautiverio en Babilonia era soportable hasta cierto punto: los cautivos conservaron su identidad, eran reconocidos como personas y llegaron a adquirir una cierta autonomía que les permitía tener una casa, realizar pequeños negocios y formar un patrimonio, como nos lo informan los libros de Tobías y de Esther. De los africanos se llegó a dudar que tuvieran alma racional. Los que no dudaban de que ellos eran personas, los consideraban de clase inferior: “los bozales”. Son numerosos los documentos que atribuyen derecho de vida y muerte a los señores en relación a sus esclavos, considerados no como personas, sino como objetos o animales que podían ser castigados, azotados, vendidos, dados o dejados en herencia. Eran “piezas de Guinea”.
            En medio de tanto sufrimiento y humillación, ¿alguien vería señales de la presencia del Dios liberador? Ellas existieron ciertamente, sin embargo, en la época ninguno las identificó. Hoy conseguimos verlas después de vencer algunos obstáculos. Uno de esos obstáculos es que, a diferencia de lo que sucedió con el pueblo hebreo que tuvo su historia contada en libros y cantada en salmos, la historia del pueblo africano en América nos fue transmitida desde la óptica de la Casa Grande, del señor de los esclavos. Los que, en la época, descubrieron la mano poderosa de Dios liberando a los oprimidos, o no proclamaron lo que vieron o su voz fue enmudecida por las autoridades civiles y eclesiásticas. Por falta de profetas que publicasen las maravillas de Dios, los gestos salvíficos no fueron divulgados, no movilizaron a los oprimidos, no organizaron la resistencia en ámbito global, y no llenaron de terror a los opresores.
            Los signos de la presencia de Dios en medio del pueblo africano sufrido se hicieron evidentes en dos instituciones: el quilombo y el terreiro. Con nombres diferentes y características propias de las diversas naciones y culturas, donde quiera que haya esclavos africanos surgen focos de resistencia organizada (quilombos, palenques...) y hay un lugar de culto, un terreiro. Las formas de culto pueden variar. Será el candomblé, la umbanda, el changô, el vudú. En un punto todas coinciden: en la fe en un Dios supremo, en un Dios único. La cultura religiosa africana es monoteísta, no un monoteísmo teórico que se expresa en formulaciones intelectuales, sino un monoteísmo existencial expresado en una experiencia personal, familiar y comunitaria que acompaña toda la vida. Esto concuerda con lo que escribió el Papa Pablo VI:

La idea de un Dios como causa primera y última de todas las cosas es un elemento común e importantísimo en la vida espiritual de la tradición africana. Ese concepto, percibido más que analizado, vivido más que pensado, se expresa de modo bastante variado, de cultura en cultura. En realidad, la presencia de Dios penetra la vida africana, como la presencia de un Ser superior, personal y misterioso (Africae terrarum, n. 8).

            Ciertamente, los anunciadores del Evangelio no habrían tenido en la América del tiempo de la Colonia las grandes dificultades que Moisés enfrentó para combatir la idolatría del pueblo en el desierto, si hubiesen conocido al negro a partir del negro, y no a través de la visión del blanco invasor; habrían los misioneros identificado las huellas del Dios vivo, único y liberador en el alma y en la vida de los esclavos africanos.

 

2. El quilombo

            El quilombo recuerda bien las luchas y las emboscadas de los hebreos durante la conquista de Canaán. Recuerda asimismo los esfuerzos de organización de las tribus, de los clanes y familias ya asentadas para hacer producir a la tierra todo lo que necesitaban para vivir. El quilombo se componía en sus inicios de un pequeño grupo de esclavos que había logrado huir del cautiverio. Tres, cuatro o cinco esclavos escapados, ya era un quilombo. Su primera actividad era esconderse a las orillas de los caminos para asaltar a los viajeros y conseguir alimentos y armas. El paso siguiente consistía en asediar las haciendas y los alojamientos de los esclavos con el objetivo de inducir a la fuga a otros esclavos, y ayudarlos en este intento. Con los nuevos compañeros iban a buscar en el monte un lugar seguro y de difícil acceso, donde iniciaban la construcción de habitaciones, cultivos y trabajos artesanales, de modo que el quilombo pudiese adquirir autonomía de subsistencia. Continuaban en menor escala las actividades para obtener armas y alimentos a orillas de los caminos, así como las de inducir a la fuga a otros esclavos.
            No obstante, consolidado el quilombo, el esfuerzo se concentraba en su organización como unidad productiva y defensiva. Era de esperar que los quilombos provocasen la más violenta represión por parte de los dueños de esclavos. Todas las instituciones “civilizadas” se levantaron contra esos esclavos “atrevidos y revoltosos” que no respetaban a sus “legítimos señores” y, por eso, se hallaban en pecado mortal. La Iglesia del tiempo se rehusaba a darles cualquier asistencia religiosa. Los habitantes de los quilombos debían, primero, arrepentirse de la rebeldía y regresar a sus propietarios. Contra los quilombos se levantó el brazo del poder económico apoyado por el gobierno. Se crearon los “capitanes del monte” para la recaptura de los esclavos fugitivos. Se organizaron las fuerzas de represión para atacar y destruir los quilombos.
            La resistencia heroica de los quilombos constituye una página vibrante de las luchas de liberación de los oprimidos. Sería diferente la historia económica y política de América, y en especial de Brasil que recibió el mayor contingente de esclavos africanos, si los quilombos hubiesen logrado prosperar. Habríamos tenido una organización del trabajo totalmente desconocida por los colonizadores, tanto por la diversificación de las culturas como por la participación de todos los miembros de la comunidad, en una superación anticipada de los vicios del capitalismo. El gran objetivo no era el lucro, sino el bienestar de todos. La relación de trabajo no era la de empresario y obrero, sino la de corresponsabilidad: todos para uno y uno para todos. Faltaron profetas, faltaron voces en defensa de una institución que tenía todo lo necesario para funcionar bien. El pueblo simple dice en su sabiduría: “Por falta de un grito se pierde un rebaño”.

 

3. El terreiro
 
            El terreiro es otro gran marco de la cultura africana traída a América. Fue también un alimentador constante de la resistencia. Tanto en el terreiro como en el culto que en él se desarrolla, es posible detectar numerosas semejanzas con las tradiciones religiosas del pueblo hebreo, conforme están consignadas en la Biblia. Vamos a destacar algunas:

            1) El lugar del culto no es designado con el nombre de templo sino de “terreiro”,que viene de tierra. En él se entra y se permanece descalzo en señal de respeto a la Madre-tierra. La tierra merece respeto y gratitud. Ella tiene axe, esto es: energía, fecundidad. Como la tierra, toda la naturaleza es digna de respeto y reconocimiento.
            2) En el terreiro se celebra el culto. Cualquiera que sea el nombre por el cual es designado, el culto es un momento de gran restauración de la persona toda (cuerpo y espíritu). Es una acción comunitaria que envuelve a todos los presentes. Nadie permanece como mero espectador. Incluso los simples visitantes son, desde el inicio, convidados a participar, a entrar en la ronda, a bailar y cantar.
            3) Dios es uno solo, Ser supremo, creador de todo, del cielo y de la tierra. Es llamado por diversos nombres, todos genéricos. Ellos expresan atributos de Dios, y no son su esencia. La naturaleza de Dios nadie la conoce. Si alguien supiese cuál es el nombre propio de Dios, éste tendría poder sobre él, podría “pronunciar” su nombre y llegar al conocimiento de su intimidad. Olorum (el inaccesible) o Nzambi (aquel que dice y hace) o Kalunga (aquel que reúne), son algunos de los nombres más comunes de Dios.
            4) Los Orixás. No son divinidades. Ni se identifican con los santos en el sentido que les da la Iglesia Católica. Serían divinidades en un sentido amplio en cuanto son las fuerzas, las energías por medio de las cuales el Inaccesible se comunica con la humanidad; serían semejantes a los ángeles que, en la Biblia, aparecen como Mensajeros de Dios (Gabriel)o como Medicina de Dios (Rafael) o como Poder de Dios (Miguel)... Por otro lado, tienen una misión que no fue confiada a los ángeles, sino al propio Espíritu de Dios: se posan sobre las personas a ellos consagradas, sus hijos e hijas, y en ellos (ellas) se manifiestan. Esa posesión se torna completa y puede ser percibida por los presentes durante la realización del candomblé. En ese momento el Orixá es llamado, viene, se manifiesta y, después, es despedido y retorna a su  hábitat en Africa. Su influencia, sin embargo, sobre los hijos y las hijas, es continua.
            Este dato de la cosmovisión africana traído a Brasil por los esclavos, habría ciertamente ayudado a los evangelizadores de los siglos XVI al XVIII en el anuncio a los negros del Gran Orixá, el Espíritu Santo, la Fuerza de Dios, el Amor de Dios, derramado en nuestros corazones (cf. Rm. 5, 5). Cómo los negros esclavos se habrían sentido valorados, fortalecidos y liberados interiormente si alguien les hubiese anun-            ciado, como Pablo a los atenienses, que el Dios desconocido no es inaccesible:

...no está lejos de ninguno de nosotros. Es en El que vivimos, nos movemos y existimos... porque somos también de su linaje (Hch. 17, 27-28).

            Admitiendo que la expresión de los esclavos ya era una “preparación evangélica”, habría sido mucho más fácil transmitir la novedad de la fe en el Señor Jesús. Si los misioneros hubiesen identificado las “semillas del Verbo” presentes en la cultura religiosa de los afroamericanos, les habría sido fácil transmitir la Palabra de Dios que tiene la fuerza para purificar y elevar la religiosidad de los pueblos sin negarla ni destruirla. Ese proceso de purificación se halla presente en todo el Antiguo Testamento. Fue la gran tarea continua de los profetas, y de manera radical y extensa de Cristo, quien no vino “a destruir la ley, sino a perfeccionarla” (cf. Mt. 5, 17). Este proceso de purificación y elevación de lo humano continúa a través de la historia. Su promotor es el Espíritu Santo que da continuidad a la obra de Cristo:

Muchas cosas tengo aún para deciros, pero no las podéis comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os enseñará toda la verdad ... El os enseñará las cosas futuras (Jn. 16, 12-13).

            5) El culto de los antepasados. La muerte no es la destrucción de la vida. Ni una transmigración hacia otros seres u otros mundos. Nuestros muertos terminarán su función (difuntos) en el actual ciclo de la existencia en que nos encontramos. Permanecen, no obstante, junto a sus familiares y, aunque invisibles, los protegen y los orientan. Símbolo de esa creencia en la esperanza de los antepasados es la estatua del negro viejo que se ve en los terreiros y en tantas habitaciones de descendientes de africanos. Es algo semejante al culto a los santos tan divulgado en las iglesias católica y en la ortodoxa.
            Esta fe en los antepasados podría incluso ser vinculada con una fundamentación bíblica. Cuando Dios llama a Moisés para liberar a su pueblo, se identifica ante él como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob (cf. Ex. 3, 6). Y cuando Cristo, refutando a los saduceos, proclama la fe en la resurrección, evoca ese mismo texto del Exodo:

...¿no leíste lo que Dios dice: "Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob"? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Mt. 22, 31-32).

            Otros puntos de aproximación entre las culturas de los pueblos bíblicos y la cultura religiosa de los afroamericanos podrían ser mencionados. Sin embargo, el tema que nos interesa aquí no es el diálogo religioso sino las fuerzas de resistencia de los negros de América Latina y el Caribe. Seguramente, el quilombo y el terreiro, que en el pasado preservaron la identidad del esclavo, son, aún hoy, inspiración para las “masas sobrantes” que luchan para tener un lugar en la sociedad moderna. En el terreiro, el negro era persona; tenía nombre, historia, familia, antepasados; era consagrado a un Orixá que en él se manifestaba. En el quilombo, los negros se organizaban como personas libres, con tareas y funciones, procurando el desarrollo de la comunidad negra. En el terreiro se dejaban envolver totalmente por lo sagrado y restauraban sus energías en una comunión con el mundo de los misterios. En cuanto el quilombo se constituía en un ensayo concreto de una nueva sociedad y les mantenía viva la esperanza de liberación, el terreiro les ofrecía las fuerzas espirituales necesarias para soportar el cautiverio sin dejarse vencer por la nostalgia mortal de los negros de Africa, por la nostalgia de la Patria distante e imposible, por el deseo de morir.
            La historia de la salvación no es una marcha triunfal de punta a punta. Tanto en la Antigua como en la Nueva Alianza, la historia está marcada por desvíos y fracasos. El proyecto divino del “nuevo cielo y la nueva tierra” es todavía una utopía. El paraíso terrestre permanece como una esperanza cuya realización parece muy distante. En ese camino de la historia, si bien hay desvíos y fracasos, también existen pequeños ensayos y pequeñas victorias. Pequeños, aunque muy significativos y capaces de alimentar la lucha, la “noble lucha por la justicia”. Los hebreos no consiguieron llevar a buen término el proyecto de una sociedad fraterna como fue concebido en el desierto y, posteriormente documentado en el Pentateuco, en Josué y en Jueces. El tiempo de los reyes tuvo su esplendor con David y Salomón y, después, una decadencia progresiva que terminó con el cautiverio en Babilonia. Tampoco las esperanzas del post-exilio se justificaron. Y la dominación de los romanos, si bien menos irrespetuosa de las tradiciones y de la cultura que la anterior dominación de los griegos, estaba lejos de representar el sueño del nuevo cielo y de la nueva tierra.
            Cristo vino en un momento histórico de revolución de unos, de apatía de otros, de acomodamiento de muchos y de “fisiologismo” político-religioso, donde aparecen los que sacan provecho de la situación cualquiera que sea ésta. Para los pobres, el tiempo de Jesús no era muy diferente al tiempo del cautiverio. La propuesta de Cristo es al mismo tiempo religiosa y social, y es por completo diferente a las anteriores. El anuncia un nuevo relacionamiento con Dios, y un nuevo relacionamiento entre las personas. Dios es Padre misericordioso y lleno de ternura; El quiere ser tratado como Padre. Toda la humanidad es su familia y, por eso, hombres y mujeres deben comportarse como hermanos. Tan bien entendida y transmitida por los apóstoles, caen todas las barreras, ceden todos los muros de separación:

Ya no hay judio, ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gál. 3, 28).

            La comunidad cristiana primitiva intentó realizar esa “utopía” evangélica. Los dos primeros siglos del cristianismo demuestran la fuerza transformadora de esa propuesta. Con el inicio de la era constantiniana, la Iglesia va dejando de ser comunidad de los “hermanos” para hacerse semejante a las demás sociedades, con pompas y autoridades, con vastas propiedades y edificios lujosos, con grandes y pequeños, con sabios e ignorantes. Todavía el sueño permanece, y atraviesa los siglos. Cabe a cada generación de creyentes retomarlo en su dimensión humana, social, económica y política: “nuevos cielos y nueva tierra”. Cabe a cada generación de “hermanos de Jesús” procurar leer los signos de los tiempos y detectar los pequeños ensayos del Reino para darles fuerza y continuidad. ¿No será ésta una de las tareas más importantes y urgentes de las iglesias cristianas en América Latina y el Caribe? ¿Y la tradición religiosa de la cultura afroamericana no será una fuente de inspiración fecunda?
            Cuando nos es dado asistir a la “irrupción de los pobres”, cuando se multiplican las Comunidades Eclesiales de Base y los movimientos populares, cuando la Palabra de Dios se torna el referencial en la organización de los oprimidos latinoamericanos y caribeños, renace vigorosa la esperanza de la gran utopía: nuevos cielos, nueva tierra. Con certeza, el patrimonio social y religioso que nos dejaron los esclavos africanos puede y debe ser actualizado y llevado a la práctica en el sentido de despertar energías para la construcción de un nuevo orden social que tendrá como artífices, no a los políticos de profesión o a los grandes del mundo, sino a los más empobrecidos y desposeídos, a quienes el Padre se digna revelar su intimidad y transmitir su fuerza (cf. Mt. 11, 25).

 

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