
“CELEBRAMOS LAS JUSTICIAS DE YAVÉ”
Sandro Gallazzi
Dirigiendo a los israelitas, Josué conquistó Canaán. Es lo que nos cuenta el libro de Josué.
Aquí en América Latina, esta historia sirve para infundir valor, incentivar la resistencia, animar la lucha de los oprimidos, que buscan un pedazo de suelo para vivir.
El conflicto: campo v/s ciudad
La redacción final del libro de Josué, realizada por el deuteronomista, nos da la impresión de que la conquista de la tierra de Canaán fue fruto de la lucha entre el pueblo de Israel y las otras poblaciones residentes en la tierra. El pueblo de Israel es identificado con el grupo del desierto, el grupo de Moisés y de Josué. Conquistan la tierra aniquilando, exterminando y expulsando a los otros pueblos.
Parece que Dios escogió una nación y rechazó violentamente a las “otras”, sólo porque tenían otros dioses.
¿Será que es de ese modo?
La verdad, en medio de este pueblo llamado Israel hay quenitas (Nm. 10,29-32; Jue. 4,11.17), madianitas (Ex. 2,21), cuchitas (etíopes, negros) (Nm. 12,1) y una, no bien identificada, “multitud” que poseía ganado y ovejas (Ex. 12,38).
Grupos nómadas y semi-nómadas, grupos guerreros, grupos de agricultores, “hapiru” (1) formarán lo que más tarde será llamado Israel.
El libro de los Jueces nos habla de innumerables grupos que convivieron con los “israelitas” (Jue. 1,27-36) y hay quien dice que el “juez” Samgar no parece ser israelita (Jue. 3,31). Es difícil afirmar que Yavé sea el mismo Dios de una “nación” en sentido estricto.
Por lo demás, una lectura atenta del propio Libro de Josué nos muestra que la verdadera lucha se dio contra “reyes” y contra “ciudades”, más que contra poblaciones. Fue la lucha de diferentes grupos oprimidos que vivían al margen del sistema imperial tributario, contra sus opresores, contra la ciudad.
Los polos del conflicto no son Israel v/s Cananeos, pero sí campo/desierto v/s ciudad.
Creo que ésta es una hipótesis seria y fundamentada que nos permite identificar mejor el telón de fondo de todos los mayores conflictos, de todas las “violencias” que sobrepasan la historia bíblica.
Por un lado el “Campo”: fuerza productora, generadora de riqueza, pero explotada, oprimida y pobre.
Del otro, la “Ciudad ”: fuerza explotadora, que se sustenta concentrando y comercializando la riqueza producida por el campo.
Éste es el centro del conflicto: el clan, el campo, la familia, la herencia están siendo oprimidos y espoliados por el palacio, por el templo y por el cuartel (la ciudad, en aquel momento no pasaba por eso).
Yavé y Baal, también, son los polos ideológicos de este conflicto. La fe en Yavé supone la adhesión al proyecto del campo libre, autónomo, dueño de su producto. La fe en Baal (es la idolatría en general, en la Biblia) tiene por detrás el proyecto del palacio, del tributo. Yavé es el garante del “derecho” del pueblo productor. Baal es el garante del “derecho” del rey.
En esta relación conflictual existe la semilla de la violencia.
La Guerra Santa
En esta perspectiva es interesante releer el libro de Josué y la teología de la guerra santa.
Es la guerra de Yavé en favor de su pueblo. Él es el combatiente, el jefe del ejército de Yavé. (Jos. 5,13-15). A Él, el pueblo es consagrado y enfrentará la guerra, después de purificado, como en un gesto ritual (Jos. 5,2-9). Es una guerra en que todo enemigo debe ser muerto, como víctima ofrecida en sacrificio (Jos. 6,17-21).
Pero, no es una guerra contra las “poblaciones”, no es una guerra contra los “pueblos de la tierra”. Estos no serán exterminados; por el contrario, “todos los pueblos de la tierra sabrán cuan poderosa es la mano de Yavé” (los. 4,24).
Como ya dijimos, la guerra santa es contra las ciudades y contra los reyes. Son los reyes que quedan “desfallecidos” y “desalentados” (Jos. 5,1). Ellos se unen contra Josué (Jos. 9,1-2; 11,1-4).
Los reyes serán derrotados, muertos, colgados en los árboles (Jos. 8, 29; 10,16-27; 12).
Una mayor dificultad interpretativa representan los textos que hablan de los “habitantes de la tierra”, que están tomados por el pavor (Jos. 2,9.24) y que serán exterminados (Jos. 9,24). Podríamos tener la impresión de un genocidio. Creo por eso, que es razonable la hipótesis de que aquí, como en muchos otros textos proféticos, los “habitantes de la tierra”, no deben ser identificados con los campesinos, pero serán justamente los moradores de las ciudades que explotan el campo. Ellos poseen carros de fierro (Jos. 17,16), ellos se unen contra Josué (Jos. 7,19). Jos. 13,21 parece no dejar dudas: los habitantes de la tierra son al igual las ciudades, los reinos, los reyes y los príncipes vasallos.
Por su lado, la “ciudad” es “herem”, (separado para Dios), anatema (Jos. 6,17; 8,26; 10,28-39). Ella es la víctima sacrificial que debe ser inmolada a Yavé, en el gran “culto” de la guerra santa. Es el holocausto definitivo. Nada debe quedar de ella: ni muro, ni palacio, ni templo, ni cuartel. Toda la vida de la ciudad debe ser tirada, todo objeto será consagrado a Yavé. Nadie podrá apoderarse de cosa alguna que sea de la ciudad.
Guerra santa no se da entre reyes que buscan un dominio mayor, ni entre ciudades en procura de un mayor control territorial. Guerra santa es la eliminación del centro del poder opresor.
Simbólicamente, sólo será salva la vida de Raab, la prostituta, víctima explotada dentro de la propia ciudad. Ella y su familia continuarán habitando en medio de Israel (Jos. 6,25).
La lucha del campo tiene un proyecto alternativo: un pueblo sin rey y sin palacio. La tierra tendrá que ser distribuida entre el pueblo, como herencia: toda la tierra y su producto (Jos. 1,3-6).
¡Basta de esclavitud, basta de tributo, basta de explotación! Yavé se transformará en el Dios de estos grupos que se llamarán Israel: el Dios de la memoria histórica de una lucha contra Faraón (2)
Yavé es el Dios que permanecerá siempre fiel a su alianza con los oprimidos; una alianza liberadora, una alianza de vida, que pasa necesariamente por la posesión de la tierra libre, de la tierra sin males. Por eso, a Yavé, y sólo, a él, todos los que lucharan por la tierra, deberán servir (Jos. 24).
A pesar del relato el libro de Josué está muy lejos de la realidad histórica de la conquista (muchas tierras nunca fueron ocupadas, o sólo lo serán en la época de David), al igual que muchas ciudades nunca fueron derrotadas y que los grupos de la resistencia sólo consiguieron vivir en las montañas, aún así, este libro no pierde nada de su valor histórico teológico.
Es el proyecto, el programa histórico de Yavé y de su pueblo, que sólo terminará con la destrucción definitiva de la Babilonia opresora (Ap. 17-18) para dar lugar a la nueva Jerusalén , ciudad-campo, con muchas plantaciones, pero, sin palacio y sin templo. Ciudad nueva, donde no habrá más llanto, ni lágrimas, ni luto (Ap. 21-22).
El libro de Josué continuará dando el rumbo a todas las luchas populares de liberación: lucha contra toda forma de opresión y de explotación del pueblo pobre; lucha contra toda ciudad y el sistema violento por ella representado. Esta lucha, nunca será llamada “violenta”: será siempre guerra de Yavé, guerra santa, guerra bendita y bendecida.
La Lucha contra el Estado Opresor
Es bastante complejo describir cómo la pequeña y frágil organización tribal, que se firmó en la tierra de Canaán, acabó siendo el “Estado” de Israel. Los Libros de los Jueces y de Samuel aportan varios factores que llevaron a escoger la estructura monárquica. No es nuestra tarea estudiar todo eso. Sólo vamos a enumerar:
—La siempre presente ideología ligada a los baales, que vienen haciendo enflaquecer la memoria del proyecto político que viene de la fe en Yavé (Jue. 2,11-3,6).
—La primera tentativa monárquica, consecuencia del fortalecimiento del poder urbano alrededor de los templos y la pugna entre las ciudades por el control comercial (Jue. 8,22-9,57).
—La corrupción que penetra en el templo y en el tribunal y hace que los servicios prestados al pueblo se transformen en abusos de poder (1º Sam. 2,12-17; 22-25; 8,1-3).
—El crecimiento de la producción pecuaria (el buey), que crea nuevas relaciones de trabajo (1º Sam. 11,5-7).
—Y por último, el largo período de dominación filistea, que exige una articulación mayor entre los varios grupos para garantizar la defensa de la tierra (1º Sam. 7,2). Son pistas que nos ayudan a detectar un cambio de rumbo hacia la creación de un estado centralizado y monárquico.
El redactor deuteronomista nos presenta, en el capítulo 8 del 1º libro de Samuel, una evaluación crítica de la monarquía y nos muestra la elección del rey como una decisión de las ciudades (1º Sam. 8,22b).
Los “derechos del rey” son presentados como una lista de violencias hechas contra la tribu, la casa y la herencia (1º Sam. 8,10-18).
Con la creación del estado, la explotación pasa a ser “Derecho”, pasa a ser “Legal”. El pueblo quiso al rey para que “juzgase” (sapat) para que garantizase el “derecho” (mispat) de todos, pero el rey va a imponer, legalmente, la “mispat” de él. El derecho del rey significa la opresión del campo. Eso es bien plausible si fuera correcta la hipótesis de que la monarquía, en Israel, más que una elección propiamente popular, es fruto de una articulación entre pequeñas y grandes ciudades, que subsistirán en medio de los clanes (ver también 2º Sam. 2, 1-4a).
Decisiva, para la implantación final del estado monárquico, será la conquista de Jerusalén, la “ciudad de David”, con su muro y el palacio (2º Sam. 5,6-12).
En Jerusalén, en el sur, y en Siquem y Samaria en el norte se concentrará el poder explotador del estado: será violentamente implantado el sistema tributarista. El palacio, el templo y el cuartel harán pesar su mano sobre los hombros de los campesinos, que tendrán que sustentar toda la despensa del estado (1º Re. 5,2-3). El estado quedará de sobremanera rico y poderoso, a costa del tributo, de la (corveia), del comercio, que empobrecerán al campo siempre más.
El número 666, peso de los talentos de oro que entraban todo el año al palacio de Salomón (1º Re 10,14), será releído en el Apocalipsis como el número de la bestia fiera, símbolo del imperialismo tributarista violentamente impuesto al campesino (Ap. 13,18).
La forma más legalizada de la violencia reside en el estado.
Durante la monarquía los campesinos no permanecerán parados, soportando la explotación.
La revuelta de las tribus del norte, después de la muerte de Salomón, es la primera toma de actitud contra el estado (1º Re. 12); el grito de separación marca la tentativa de autonomía campesina:
“Tus tiendas, Israel, y tú cuida de tu casa, David” (1º Re. 12,16).
La participación del pueblo de la tierra, que significa el derrocamiento de la dinastía de Omrí, en el Reino del Norte. El pueblo de la tierra pondrá a Joás en el poder (2º Re. 11), escogerá a Osías como rey (2º Re. 14,21) y pondrá a Josías en el trono (2º Re. 21,24).
Este movimiento popular del campo contra la opresión del estado, será el lugar de la acción profética campesina. Elías y Eliseo son los “padres” de este profetismo, que hace de la fidelidad a la alianza con Yavé la mística de la lucha contra el estado opresor. En nombre de Yavé, Elías reúne al pueblo y ordena la masacre de los 400 sacerdotes de Baal (1º Re. 18,40).
En el Oreb, la montaña de Dios, la montaña de la alianza, Elías, después de haber referido simbólicamente el camino del pueblo en el desierto, reencontrará a Dios, reencontrará su identidad y su misión. Dios no está ni en el terremoto, ni en el trueno, ni en el relámpago: estas son las señales (Ex. 19) de una alianza ya puesta al servicio Ideológico del estado (2º Sam. 7, 12-16; 10 Re. 8,10,13). Dios está en la “brisa leve”, en medio del pueblo pobre, en el campo que no tiene voz, lejos de los palacios. La fidelidad a la verdadera alianza, aquella entre Yavé y el pueblo oprimido, significa lucha decidida contra el palacio de Acab (1º Re. 19, 15-17), lo que culminará con las masacres realizadas por Jehú, al mando de Eliseo (2º Re. 9-10).
El Día de Yavé No queda duda de que estas páginas bíblicas llevaron a pensar que el Dios del Antiguo Testamento, como es llamado, se presenta como un Dios fuerte, intolerable, violento, vengativo, castigador en contraposición con el Dios del Nuevo Testamento, que sería un Dios de misericordia y de perdón. ¿Será que eso es correcto?
Las palabras de los profetas, que actuaron durante la monarquía, nos ayudan a enfrentar con mayor exactitud el problema de la violencia.
Es la Ciudad que está llena de violencia (Ez. 7,23). “Veo la corona (el rey)... y la violencia creció” (Ez. 7,1 1). El palacio es lugar de violencia (Jr. 22,1-5), así como el templo (Jr. 7,1-5). La casa de Judá llena la tierra de violencia (Ez. 8,17). Los sacerdotes hacen violencia con la ley (So. 3,4; Ez. 22,26). Son los príncipes, los hijos del rey, que llenan la casa del señor de ellos de violencia y fraude (So. 1,9). Los ricos, los latifundistas, amontonan violencia y opresión en sus palacios (Am. 3,10) y el profeta continúa gritando en la ciudad “Violencia ¡Opresión!” (Jr. 20,8), a pesar de ser preso y perseguido.
El grito profético no deja duda: sólo la ciudad, la capital, es violenta, pues ella es rebelde, impura, opresora (So. 3,1). Allá se planea el robo de tierras y de casas (Mq. 2, 1s; Is. 5,8); allá están los magistrados corruptos que comen la carne del pueblo (Mq. 3,1-3), los falsos profetas y los sacerdotes que sólo corren tras de dinero. (Mq. 3,5-11).
Es la voz de Yavé contra la ciudad: sus ricos están llenos de violencia (Mq. 6,12).
Violencia es falsificar las balanzas (Mq. 6,10-11); violencia es quedar bebiendo hasta embriagarse (a costa del campesino que suda en el campo) (Am. 6,4-6); violencia es rezar a Yavé, ofrecer sacrificios y oraciones y dejar de practicar la justicia y el derecho (Am. 5,21-25).
El furor de la ira de Yavé se desencadenará entonces contra la ciudad, contra la capital del estado tributarista opresor (So. 1,14-18).
Los orgullosos, fanfarrones, serán apartados del medio de ella (So. 3,11); Jerusalén será pisoteada como la basura de las calles (Mq. 7,10); el monte Sión será arado como un campo, Jerusalén será un lugar de ruinas y la montaña del templo un cerro de escombros (Mq. 3,12). Yavé entregará la ciudad y lo que en ella se encuentra (Am. 6,8), la ciudad estará llena de lamentaciones y el campesino irá para el duelo (Am. 5,16). El templo será derribado y las casas lujosas destruidas (Am. 3,13ss.). La espada destruirá las ciudades (Os. 11,6). Hombres y héroes caerán en la guerra y la ciudad, desnuda, se sentará en el polvo (Is. 3,25s).
Es el Día de Yavé. Para la ciudad será día de ira, luto, tinieblas, contra todos los opresores del pueblo pobre. Vuelve nuevamente la imagen de guerra santa; Yavé va a luchar, vengar la opresión que pesa sobre el campo.
Yavé es fiel a su alianza, a su proyecto liberador igualitario, por eso, en su día, él habrá de destruir, pasar por el filo de la espada a todo los opresores del pueblo, así como hizo contra los egipcios y los amorreos (Am. 2,6-16): las señoras serán despedidas y rapadas (Is. 3, 16-24; Am. 4,1-3); los latifundistas no tendrán más donde vivir (Is. 5,8-13; Mq. 2,1-5; Am. 5,10-13); los jueces corruptos serán castigados (Is. 10, a-4; Mq. 3,9-11; Am. 6,12-1 4); los reyes, los príncipes, los nobles irán para el cautiverio (Is. 39,5-9).
El día de Yavé, entonces, será día de júbilo y de alegría para los pequeños finalmente libres.
No habrá más tributo, ni opresión, ni militares (1s. 9,3s; Mq. 4,3). El campesino podrá plantar y comer el producto de su trabajo (Mq. 4,4; Am. 9,13-15).
El pueblo pobre y débil va a quedar (So. 3,12). Los oprimidos de la tierra encontrarán quien les hará justicia (Is. 11,4) y El Resto, el que fue tirado fuera, despreciado por la ciudad opresora, el refugio, se alegrará definitivamente en el Señor: podrá comer, descansar, sin que nadie lo perturbe más (So. 3,13; Is. 10,20-22). Con este resto Yavé hará las mismas maravillas que hizo cuando libertó al pueblo de Egipto (Is. 11,16).
La destrucción de Jerusalén en 587 a .C. fue, tal vez, el hecho que más contribuyó para pasar adelante la imagen del Dios violento y castigador. Al final, ¿por qué todos tuvieron que pagar por los errores de los jefes?
¿Pero será verdad que todos pagaron? En la realidad, el pueblo pobre, el pueblo del campo, ganó y mucho, con la destrucción de Jerusalén.
Los pobres de la tierra recibirán sus tierras de vuelta, los que no poseían nada recibirán, “En Aquel Día”, viñas y campos (Jr. 39,10; 2º Re. 25,12).
Jeremías tendrá que repetir el gesto del padre Abraham: en cuanto Lot escogerá ir para la ciudad y esto será su perdición; Abraham va a quedar en el campo, en el monte (Gn. 13). Así Jeremías “teniendo toda la tierra delante de los ojos (Gn. 13,9; Jr. 40,4) no irá para la ciudad, para Babilonia, mas decidirá quedar en Masfa, junto al pueblo de la tierra (Jr. 40,1-6).
La ciudad sufrió destrucción y violencia, pero el pueblo de la tierra, que se había dispersado, se reúne en Mispá y podrá hacer una colecta abundante de uvas y de frutas (Jr. 40,11s).
La ciudad violenta, llena de la sangre del pueblo de la tierra, recibió pago doblado (Jr. 16,18), mas el pueblo pobre encontró, en el mismo día, su salvación: Dios no es violento: él está siempre ubicado del lado del pueblo de su alianza; pueblo que no es de una nación, o de una raza, mas el pueblo de los pobres, víctimas de la explotación del sistema, violento e injusto. Dios para siempre es Yavé, fiel a su nombre y a su Proyecto de un pueblo libre en la tierra.
Él no va a dejar que alguien use su nombre para las falsedades, para legitimar opresión y tributo. No va a permitir nunca que su Templo esté ya al servicio legitimador del rey y del palacio y que la justicia y el derecho de los pobres sean olvidados (Is. 1,10-17). Los Salmos son un ejemplo vivo de esta fe que lleva al Israelita oprimido a rezar “cobrando” de Yavé que él sea fiel a su Nombre, que muestre quién es El, apartando toda injusticia y violencia. Así, entre las naciones se proclamará: “existe un Dios que hace justicia sobre la tierra” (Sal. 58, 12) (3).
Exiliados v/s Pueblos de la Tierra
Cuando terminó el cautiverio de Babilonia ( 538 a .C.), varios israelitas, junto con los sacerdotes, volvieron para Judea, con el apoyo del rey Ciro. Eso generó otra forma de violencia, contra el pueblo del campo.
Los “hijos del cautiverio”, como ellos se llamaron, (Esd. 4,1), se consideraban el verdadero Israel, con todos los derechos a recomenzar, después de haber pasado por el fuego purificador del exilio. Ellos se consideraban el “resto de Israel”, que tenía que heredar ¡atierra. Ellos poseían documentos genealógicos, que legitimaban tal pensamiento.
Sólo que la tierra de Judá ya estaba ocupada, sea por los pobres que la habían recibido de las manos de Nabusarda, sea por los “judíos” que se habían dispersado en Moab, Amón, Edom, y en otras regiones.
Esos “volvieron” 50 años antes que los hijos del cautiverio y entraron en la tierra de Judá, con el apoyo de Godolías y de Jeremías (Jr. 40,11s).
Ellos, posiblemente, volvieron con mujeres extranjeras, con quienes se habían casado y tomaron posesión de la tierra. Se generó, así, el inevitable conflicto, entre los “exiliados” y los “pueblos de la tierra”, como fueron llamados no sin un poco de desprecio.
Los pueblos de la tierra, fueron llamados los “cananeos, heteos, fereseos, jebuseos... amorreos” (Esd. 9,1b) (¡esos no existían más hacía siglos!) y fueron comparados a los antiguos enemigos que debían ser eliminados. El pueblo de la tierra, que creía en el mismo Dios, fue prohibido de participar de la reconstrucción del Templo (Esd. 4,3).
Estamos levantando una hipótesis de conflicto que aquí no es el caso de detallar mejor, porque también poseemos poquísimos datos de esta época. Probablemente, los primeros repatriados tuvieron que mezclarse con el pueblo de la tierra durante casi un siglo, hasta que Nehemías y, más tarde Esdras, llegasen con otro grupo de “exiliados”.
La ciudad de Jerusalén fue reconstruida. No tuvo más el palacio; el templo fue su centro y los sumos sacerdotes pasaron a ejercer la autoridad política con el favor de los reyes persas (Esd. 9,9).
El pueblo de la tierra tuvo que proveer el sustento del templo y de los sacerdotes (Ne. 10,33-40). Levantó la sospecha de que la prohibición de casamiento con mujeres extranjeras no tenía solamente una preocupación de pureza racial. Creo que fue, posiblemente, la manera de deslegitimar las posesiones del pueblo de la tierra y un método “legal” para que los “hijos del cautiverio” pudiesen adquirirlas (Esd. 9,12b; 10,7s). Es interesante notar que, en este último texto, la palabra “herem” es aplicada, por primera vez, a los bienes.
La ruptura es definitiva: el pueblo de Jerusalén, debe dejar de preocuparse por la prosperidad y el bienestar de los pueblos de la tierra (Esd. 9, 12). ¡Eso será ley de Dios!
Es evidente que al pueblo de la tierra no le debe haber gustado en absoluto esta situación (Ne. 13,10). Luego la palabra “pueblo de la tierra” pasará a tener un significado peyorativo y, en la época rabínica, indicará los que no observan la ley (ver, p. ex. Juan 7,49). Además de perder, la tierra, además de tener que tributar sobre lo que producen los pobres, arriesgan así de ser aplastados por el propio Dios. El templo será el sostén de esta “violencia”. Por eso, del templo no va a quedar piedra sobre piedra (Mt. 24,2; Lc. 21,5-7; Mc. 13,1-2). La ciudad de Jerusalén será destruida y será mejor quedar bien lejos de ella (Lc. 21,21).
El conflicto final de Jesús se dará en Jerusalén: aceptado por el pueblo humilde, él será hostilizado por el templo y por el palacio. Es Jerusalén que mata a todos los profetas (Mt. 23,27; Lc. 13,34). Jesús no queda con miedo de ella; levanta el rostro y camina para allá (Lc. 9,51), en la certeza de que basta tener fe y podremos decir a “este monte” muévete de aquí y ve para el mar (= para el infierno) y él irá (Mc. 11,23).
Este monte, que Jesús está viendo, subiendo de Betania para Jerusalén, es, con certeza, Sión, monte donde se concentra la ciudad. Jerusalén , símbolo de la opresión y del poder del Sumo Sacerdote y de Roma, será vencida y derrotada.
La ciudad asesinará al Hijo de Dios, víctima mayor de la violencia de ella.
La Mujer que Lucha
Creo que quedó claro que, para la Palabra de Dios, es el Sistema que concentra en sí toda la violencia. Las luchas populares, que no fueron pocas, para derribar este sistema opresor, tienen, por el contrario, la bendición de Dios. Yavé está del lado, siempre, de quien lucha por un proyecto de liberación popular.
La guerra del pueblo es guerra santa, desde la salida de Egipto, hasta la derrota final de la gran prostituta, embriagada por la sangre de los Santos. “Para que todos tengan vida” ésta es la verdadera motivación bíblica de las luchas populares: el combate debe generar un pueblo nuevo, un pueblo libre. En esa perspectiva podemos releer algunas de las páginas más lindas y, al mismo tiempo, más sorprendentes de la Biblia: los gestos violentos, que vienen de donde menos se espera: del lado de las mujeres. Jael, convida al enemigo Sísara a entrar en la casa de ella, a no tener miedo; lo hace acostarse lo esconde, le ofrece leche para beber y, cuando duerme sosegado, le clava en la sien una estaca, hasta penetrar en la tierra (Jue. 4,17-22) (4).
Judith encuentra en la belleza de ella, la fuerza seductora que engañará a Olofernes. Después de seducirlo y embriagarlo, golpea con la espada el pescuezo del general, hasta separar la cabeza, y todavía lleva la cabeza de él dentro de una fuente (Jdt 13,8ss). Pero, la más “cruel” tal vez sea Ester que, después de haber conseguido la orden del rey para que los judíos pudiesen vengarse de sus enemigos, se dirige al rey pidiendo: “Quiero que mañana los judíos puedan hacer lo mismo que hoy, y quiero que los cadáveres de los hijos de Amán sean colgados en la horca”. (Est. 9,13). Las tres mujeres son alabadas, colocadas como ejemplo, exaltadas como salvadoras del pueblo.
Para la mujer, la Vida es la motivación mayor, la defensa de la vida es el fin supremo y justificador. Ella no quiere nada para sí: todo lo que amenaza la vida del pueblo, debe ser tirado, cueste lo que cueste. Eso porque la mujer conoce la más profunda identidad de Dios: “Tú eres el Dios de los pobres, el socorro de los oprimidos, el protector de los débiles, el abrigo de los abandonados, el salvador de los desesperados... Tú eres Señor, Dios de todo poder y de toda fuerza, el pueblo de Israel no tiene otro defensor a no ser Tú” (Jdt. 9,11-14). “Yo estoy solo y nada tengo fuera de ti, Señor… el Dios, cuya fuerza todo vence oye la voz de los desesperados” (Est. 4,17t 17z).
La mujer sabe la cosa más importante: sabe de qué lado Dios está. Al mismo tiempo, ella sabe de su flaqueza, de su incapacidad para vencer.
Esta conciencia de pobreza y de flaqueza y esta fe inapreciable en el Dios de los pobres, juntas producen la acción liberadora de la mujer. Por eso, la victoria de la mujer es la manifestación más decisiva de la victoria de Yavé.
No es la fuerza de su brazo. Ella no tiene el poder del héroe, pero se ofrece como instrumento totalmente abierto a la acción liberadora de Yavé.
La mujer llega hasta matar, porque ella ya está pronta a morir por el bien del pueblo (Est. 4,16). Su acción es pura. Ella está pronta a perder la vida, para que el pueblo alcance la vida.
Por eso, todo lo que ella hace, los medios que ella usa son puros y legítimos.
Es una vieja máxima de los dominadores afirmar que el fin no justifica los medios; con eso, todo va a quedar como está.
La mujer que lucha no se cuestiona sobre la ética de sus gestos, no se pregunta si es correcto mentir, seducir, engañar, ser cruel... ¡El pueblo debe vivir, cueste lo que cueste! “Haciendo todo eso, con tu mano, hiciste el bien para Israel y Dios se agradó de eso” (Jdt. 15, l0a).
La mujer viene a simbolizar al pueblo pobre que resiste: débil, más firme en Yavé, pobre, más agarrado a un proyecto de vida universal; pronto a morir, a luchar, para que venga a nosotros su Reino.
La mujer es la imagen del pobre que tiene cabeza de pobre, que pone la vida de los otros en primer lugar, el derecho y la justicia arriba de todo. La mujer puede ser hebrea o quenita, puede vivir en las tiendas (Jael), en la ciudad (Judith), o hasta en el propio palacio (Ester): sea cual fuere su lugar, sea cual fuere su raza, la mujer es el ejemplo vivo del pueblo que no se sujeta ideológicamente al opresor.
Puede perder su tierra, su producto, su trabajo, pero nunca va a perder su “cabeza”, su fe y su identidad.
Ella no tiene en el corazón el modelo de sociedad que es del opresor, por eso, la mujer y, con ella, el pueblo de los pobres que buscan la justicia, son siempre potencialmente subversivos.
Ella conoce la verdad política fundamental: “La autoridad de Dios no está en los violentos” (Jdt. 9,11).
La Victoria del Violentado
Es importante mirar también a las víctimas de la violencia del poderoso, sobre todo aquellas que sufren la violencia en su forma mayor: la muerte, el asesinato.
El camino de la libertad y la lucha contra la opresión, están sembrados de cuerpos de hermanos que tuvieron que derramar su sangre.
El último cántico del Siervo de Yavé (Is. 52,13-53,12) enfrenta con claridad y profundidad esta realidad: la del violentado.
Es el hombre despreciado por los otros, acostumbrado con el sufrimiento, con el dolor: el hombre en el cual nadie repara. El sabe enfrentar el sufrimiento sin abrir la boca, como oveja en el matadero. Víctima de juzgamiento falso, preso, es masacrado sin que nadie se preocupe con eso.
No es el héroe que muere en combate, no es el mártir que es recordado y venerado, ¡no!
El es el último, el “Juan-nadie”, aquel que es la víctima mayor de todas las violencias. El carga sobre sí todos los sufrimientos producidos por una sociedad violenta. Despreciado cuando vivo, ignorado cuando muerto, hasta parece castigado por Dios.
Este hombre, que ni hombre parece, hará que los reyes queden callados, ¡dejará todas las naciones maravilladas! El es el Siervo que Yavé escogió: crecerá, se elevará, tendrá lugar de honra.
Este hombre, violentado a pesar de no haber hecho violencia, será el hacedor de la justicia, pues él carga sobre sí y lava en su sufrimiento los errores, las violencias, los dolores, los pecados de los reyes, de los opresores. Por causa de él, la violencia dejará de existir, pues la vida de él fue ofrecida como sacrificio de expiación.
Por la Mano de El, el Proyecto de Dios ha de Triunfar
Estamos en frente del misterio mayor. La violencia de los opresores, a pesar de presentarse truculenta, llena de fuerza y de orgullo, ella es frágil.
Dios está del lado del violentado, por eso, para el violento opresor, no existe futuro. Matando, oprimiendo, el violento se está autodestruyendo.
Es la mística más profunda que va a generar la fe en la resurrección de los justos.
La muerte parece ser la victoria del violento que arranca la vida del justo de las manos de Dios. La muerte parece ser la derrota del propio Dios. Mas Dios no pierde el control de la historia y de la vida… ¡nunca! La vida está del lado del asesinado, del violentado.
Los reyes, las naciones, los violentos tendrán que reconocer que ellos son enfermos, heridos, inicuos, pecadores, pues tendrán que asistir, pasmados, a la victoria de la vida.
Es el mayor absurdo: ¡la víctima de la violencia tiene el poder de acabar con la violencia!
Esta es la fe de Jesucristo, víctima y vencedor triunfante de la violencia. Esta es la certeza de millares de compañeros, víctimas de los violentos, pero que continúan “presentes” en medio del pueblo que lucha para liberarse y que cree firmemente que, también porque muchos cayeron, el proyecto de Dios ha de triunfar.
Tocamos la raíz más profunda y mística de la fe que anima las luchas de nuestro pueblo: saber morir, porque tenemos la certeza de que la victoria será nuestra, será de nuestro Dios.
Aunque no sepamos hasta cuando, aunque ignoremos cuando será completado el número de los compañeros y hermanos de servicio que aún serán muertos, nosotros sabemos que los que ya cayeron tienen la vestidura blanca, la vestidura de la victoria definitiva (Ap. 6,10s).
Sandro Gallazzi
Caixa postal 12
68.900 Macapá (A.P.)
(1)Para profundizar este concepto, es bueno leer el artículo de Hans Alfred Trein: “A situaçao histórica dos hebreus no Egito e no Antigo Testamento” Estudos Bíblicos N 0 16, pgs. 10-30, Vozes. Y también Milton Schwantes: “O Exodo como evento exemplar”, Estudos Bíblicos N 0 16, pgs. 14-17, Vozes.
(2)Se puede leer también Sandro Gallazzi: “A máo do Senhor contra o Egito”, Estudos Bíblicos N 0 6, pgs. 11.20, Vozes.
(3)Vale la pena profundizar: Ana María Rizzonte: “Salmos: uma oraçao violenta?” - Estudos Bíblicos N 0 6, págs. 31-39, Vozes.
(4)Es bueno completar el estudio con Roza Marga Rothe: “Duas mulheres violentas: Débora e Jael”, Estudos Bíblicos N 0 6, pgs. 21-30, Vozes.
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