
LO COMUNAL EN LA MODERNIDAD:
UNA EVALUACION BIBLICA
Diego Irarrázabal
Pueblos andinos que redescubren la Palabra y el Espíritu están afirmando identidades y proyectos humanos, dentro y más allá de la modernidad. La Biblia es leída en comunión con todo ser viviente. Somos cuerpo de Cristo, en esta Madre Tierra. El corazón andino, en la fiesta, va captando el reino. Personas y comunidades pequeñas son la Iglesia. El Espíritu es apreciado en ritos andinos, carismas amorosos, tareas históricas, y en una Iglesia pluriforme.
Andean peoples who rediscover the Word and the Spirit are strengthening their way of life, Within and beyond modernity. The Bible is read in communion with all of creation. We are the body of Christ, in this Mother Earth. As we celebrate we understand the Kingdom. ‘Small’ persons and communities are the Church. The Spirit is present in andean rituals, charisms of love, historical tasks, and in a pluriform church.
El acontecer andino, ¿cómo nos conduce hacia la Palabra y hacia el Espíritu? Es una realidad que nos hace descubrir junto con el sentido de los textos bíblicos, la calidad y la fuerza del Espíritu.
En este quinto encuentro de teología andina constatamos, una vez más, el modo de reflexión característico de comunidades quechas, aymaras, mestizas 1. Es una teología orante y festiva, comunal e histórica. Durante estos días mucho se dialoga, se piensa, se reza. Esta modalidad de reflexión me parece más exigente e integral, más teológica, en comparación con otros modos de pensar. Por ejemplo, muchos libros y centros de estudio ofrecen una visión simple, universalista: “el” ser humano y “la” fe cristiana, las preguntas modernas (=mundiales y uniformes) hacia la Revelación. Es bien distinto a nuestro universo andino y sus exigencias al pensamiento creyente. Aquí hay que desentrañar la presencia de Dios en el devenir andino, particular y partícipe de procesos mundiales, a partir de varias identidades y proyectos andinos. Es decir, a esta realidad más compleja le corresponde una teología más densa y rica.
En esta ocasión, la temática es la comunidad andina y la modernidad, a la luz y al calor de la Palabra y el Espíritu que incentivan nuestra fidelidad. Ya que acabamos de contemplar y comprender más la wiphala (gracias al hermano Hilarión de Copacabana), permítanme trazar un esquema cuatripartito de mi presentación:
Palabra
y Espíritu
devenir andino modernidad
fidelidad
Este, u otro esquema, sólo vale en el contexto de la intensa y tan emocionante ceremonia de anoche. Al orar en el cerro, creo que todos nos conmocionamos con este universo sagrado que invocamos y festejamos. Vale decir, esta mañana decimos unas cuantas palabras en torno a lo que anoche apreciamos en silencio y transformados por la presencia de Dios.
Encaramos la temática desde varios puntos de vista. Lo más importante es la evaluación hecha por sabios y sabias andinas. Son vivencias y convicciones sólidas, milenarias y actuales. Ayer Clemente Condori nos ha reseñado todo lo que hay en la comunidad quechua; ha dado un testimonio hondo de “fe en el Dios de nuestros antepasados y en el Dios de Jesucristo”, aclarando que “es el mismo Dios” que se manifiesta en los Apus, la Pachamama, las imágenes católicas; y también nos ha dibujado la inculturación del Evangelio: “desde nuestras culturas construimos un mundo más justo”. Por su parte, Pepe Henestrosa nos ha introducido a los retos de la modernidad. Ella intenta explicar todo y dar solución a todo. El problema es que si uno considera que explica todo y resuelve todo, entonces ni respeta ni reconoce la libertad de los demás. Luego, Domingo Llanque ha propuesto tener una visión abierta (y no defensiva), atenta a la gestación de una nueva humanidad. Nos invita a valorar elementos andinos permanentes, pero re-estructurables según exigencias de hoy.
Me parece que lo andino y lo moderno están entrelazados. Analíticamente es posible distinguirlos. Pero los acontecimientos —en particular la praxis de la juventud— muestran la interacción entre ambos. Me pregunto, ¿qué rol desempeña lo andino en un construir una humanidad nueva? ¿Cuáles son las grandes tendencias internas, y los factores externos, en los cambios en la comunidad andina? Bien sabemos que hoy la comunidad esta atravesada por contradicciones y de posibilidades. Se fragmenta, y también se reconstituye (por ejemplo, en los barrios urbanos). También me preocupa como desde lo comunal-andino se renueva nuestra Iglesia, tan marcada por el verticalismo. Vale aclarar que prefiero hablar de lo comunal ya que en toda vivencia andina hay un sentido comunal: trabajo, relación con seres sagrados, familia, participación humana en la Pachamama. La comunidad (en términos espaciales y sociales) es sólo un aspecto de lo comunal que es omnipresente. Por lo tanto, voy a sumar mi punto de vista a lo que es primordial y más profundo: la reflexión hecha en las comunidades andinas originarias.
Deseo poner cuatro acentos a lo que hemos comenzado a evaluar desde ayer. Primero, una anotación a partir del Concilio y de su recepción latinoamericana. Segundo, el redescubrimiento de la Palabra. Luego, el redescubrimiento del Espíritu. Termino anotando la fidelidad andina en el contexto moderno.
1. Visión conciliar y latinoamericana
Comúnmente se habla de la comunidad en términos imprecisos y unilaterales. Se suele definirla como un grupo de personas, pero sin precisar sus rasgos propios ni sus historias; y sólo se la ve psico-socialmente. Por eso es crucial el modo holístico de entender la comunidad en nuestro contexto andino 2. En interacción con otras comunidades (lo que incluye la modernidad) y en comunión con todos los seres vivientes (la tierra y sus frutos que “hablan”, cada cosa con su energía o espíritu, difuntos que están vivos, etc.), la población andina escucha a Dios y siente al Espíritu.
El último Concilio reafirmó la noción de pueblo de Dios, el ser Iglesia en el mundo, la misión laical y el sacerdocio de los fieles, la continua referencia a la Biblia, y tanto más. En contraste con la jerarcología que emanó de Trento y del Vaticano I, es asombrosa la eclesiología participativa y bíblica del Vaticano II. Sin embargo, el afán renovador ha girado más en torno al “pueblo” y ha puesto poca atención a otras imágenes fecundas: cuerpo, fiesta del Reino, los pequeños, etc. Se ha subrayado el “mundo” (sobre todo lo social) y muy poco a las distintas identidades y culturas. Esto último fue enunciado en el Concilio. Ya que Dios “ha hablado a su pueblo según los tipos de cultura propios de cada época”, la Iglesia emplea
...los hallazgos de las diversas culturas... para comprender (el mensaje de Cristo) más profundamente... y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles (GS 58).
Es un enunciado. Implica un proyecto. La teología andina (así como otras teologías inculturadas y liberadoras) reconoce a Cristo presente en el modo de vivir quechua, aymara, mestizo. También constituye un proyecto llegar a ser realmente —y no sólo de forma intencional— una ekklesia con una multiformidad. Es decir, no monocentrada, sino más bien iglesias particulares, y teologías y liturgias particulares, que contribuyen a la unidad católica, y que son un sacramento de salvación para la humanidad.
Me detengo en dos pistas abiertas por el Concilio y en su creativa “recepción” latinoamericana. Una es la concepción de Iglesia y otra es la consideración de la Palabra.
Junto a la imagen mayor de “pueblo de Dios” (en especial el capítulo II de la LG), tenemos la simbología comunitaria. El “pueblo de Dios en comunidades” es quien da testimonio de Cristo y actúa delante de las gentes (AG 37). “La comunidad eclesial” ejerce la caridad y ora, ella es madre (PO 6). La justicia social es promovida por la comunidad católica (GS 90); también es comunal la religión (DH 3), la política (GS 74), lo económico (GS 68), y en general el caminar humano (DH 3).
Esta pista eclesiológica adquiere gran fuerza en el escenario latinoamericano (como también en el africano). La solidaridad con y entre los oprimidos, y las comunidades eclesiales de base, según confiesan los obispos en Puebla, ayudan a “descubrir el potencial evangelizador de los pobres” (Puebla 1147). Es la Iglesia de los pobres. Tanto en su vertiente orgánica (círculos bíblicos, comunidades de base, movimientos laicos, y tanta organización social animada por creyentes), como en su vertiente informal y eficaz (iniciativas de culto y acción humana, instancias de religión sincrética que cohesionan a personas marginadas, celebraciones que expresan identidades, etc.). Las comunidades pobres evangelizan y son evangelizadas. A veces, las CEB’s no llegan a los sectores más excluidos, pero éstos sí suelen encontrar espacios en la llamada religión popular. Allí se humanizan y allí desarrollan la fraternidad. Esta gran corriente comunitaria está siendo profundizada —como luego veremos— por las poblaciones andinas.
Otra pista abierta por el Concilio es la meditación, estudio y veneración de la Palabra. Es un proceso (“movimiento bíblico”) ratificado y alentado por los padres conciliares. En términos de comprensión sistemática, poco a poco en ambientes católicos se lleva a cabo un estudio histórico y literario (y textual, redaccional, y estudio de las fuentes). Estamos más atentos a lo que significa cada texto en sí mismo, y también a lo que significa para nosotros hoy. Todo esto constituye como una base general. Falta desarrollar el ¿quién? y el ¿cómo?
En América Latina se avanza muchísimo en cuanto al sujeto y a la metodología, como lo atestiguan Carlos Mesters y Gilberto Gorgulho 3. Es la comunidad del pueblo de los pobres, desde su situación de sufrimiento y dominación, y en su lucha liberadora (Gorgulho). No se trata de interpretar la Biblia; se trata de interpretar la vida con su ayuda; y, el sentido de la Biblia es un sentir, una fuerza, un consuelo, una resurrección (Mesters). Hay que mirar la realidad con ojo crítico. Faltan o están poco presentes las energías y símbolos propios de cada grupo humano, y un horizonte común de humanización. En este terreno, la hermenéutica andina aporta unas buenas líneas de comprensión de nuestra vida de fe. Así ocurre tanto en la escucha de la Palabra como en la praxis con el Espíritu. Veamos esto en las dos siguientes secciones.
2. Redescubrimiento de la Palabra
En esta ocasión indagamos la fidelidad a la Palabra de Dios solamente en referencia a la comunidad andina y a la dinámica modernizadora; interesa aquí evaluar estas dos realidades a la luz de la Revelación.
Se trata de una lectura bíblica hecha por la comunidad eclesial andina, en su contexto propio donde hay ambigüedades, una trayectoria milenaria, y retos inmensos; y una lectura que es relevante ante una modernidad con rasgos humanizantes y con elementos falsos y alienantes.
Pero primero reconozcamos la amplia capacidad de comprensión andina. Junto al mensaje verbal y escrito de carácter oficial, se asimila asimismo la palabra de Dios representada en estampas, íconos, relatos de tradición oral, catequesis cotidiana en el hogar, fiestas religiosas, devociones populares, la ética transmitida informalmente, etc. Es pues amplísima la vivencia andina de la Verdad que nos hace libres.
A continuación voy a subrayar la asimilación de la Palabra que se lleva a cabo en la comunidad, la celebración, la red de servicios mutuos. A la vez tenemos en cuenta las oscuridades y los errores andinos, por ejemplo: complejos de inferioridad, arribismo no-solidario, actitudes autoritarias. Estos hechos se contraponen al mensaje de Vida. Asimismo tomamos en cuenta unos logros modernos: autonomía del mundo, el sentido de construir historia, roles y funciones sociales; son fenómenos que abren los ojos andinos hacia la Buena Nueva. Simultáneamente hay que tomar nota de mentiras de nuestra época, como son la absolutización del placer, del individuo, de una idiosincracia (por lo que se discriminan otras culturas).
Pues bien, en este espacio y tiempo andinos y modernos, ¿qué significan palabras sobre la corporalidad cristiana, el Reino, la Iglesia? Veamos estas tres dimensiones del modo comunal andino de redescubrir el Verbo.
2.1. En la Pachamama somos cuerpo de Cristo
Los pueblos indígenas, que gozan una honda comunión con la Tierra, pueden sentirse integrantes del cuerpo de Dios:
La buena nueva de Cristo... fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad (GS 58).
La experiencia comunal del misterio de la Madre-Vida ciertamente acoge la presencia salvífica de Cristo. No es sentida apenas como presencia. Es una pertenencia al universo de Dios. Clemente Condori nos ha dicho: “es el mismo Dios, en los apus, en la Pachamama, en las imágenes”. Otro hermano quechua de Bolivia ha explicado: “como runas (gente) somos los brazos de Pachamama”. Esta espiritualidad andina entra en contacto con la visión bíblica de la corporalidad, del soma en terminología griega.
En nuestro universo simbólico, la corporalidad es vivida y entendida como vínculos entre personas y con todos los seres en un cálido espacio sagrado. El cuerpo no es objeto, ni es instrumento para “fines superiores” ni está subordinado a la mente, ni es anzuelo de publicidad capitalista. Según el sentir andino, la corporalidad es un “nosotros” y “todo”, un “somos comunidad”, un “vivimos en el universo de nuestro Dios”. En la Biblia griega se habla del ta panta (Col. 1, 16; Ef. 3, 9; 1 Tm. 6, 13; Hb. 1, 3). Los andinos le llaman Pachamama: todo está en ella; ella es vida. También la comunidad es vida y abarca las experiencias fundamentales, y es representada como algo orgánico y corporal. Por otra parte, es una realidad que sufre marginación, desprecio. Ella es minusvalorada en comparación con rasgos de personas blancas calificadas como superiores y bellas. Lamentablemente, abunda la minusvaloración por los propios andinos.
Gracias a la modernidad se reconoce una relativa autonomía del mundo y de lo corporal. Los asuntos humanos y naturales tienen su consistencia. No son epifanía divina, ni hay que absolutizarlos. Esta es una faceta emancipadora en la modernidad. Su faceta oscura y deshumanizante es el hedonismo. Unicamente vale lo que es placentero. Cada obra humana va orientada hacia una satisfacción individual y apropiada por su ‘dueño’.
Lo dicho hasta aquí puede ser gratificado así:
“soma”
comunidad secularidad
minusvaloración hedonismo
“Pachamama”
En el Nuevo Testamento la categoría “cuerpo” tiene un gran desarrollo, en especial en los textos paulinos. Soma, el cuerpo, es la unidad de sus miembros. Cada componente es solidario con el resto, porque formamos el cuerpo de Cristo (1 Cor. 12, 12-27; Rm. 12, 5). Esto lo sustenta el bautismo (1 Cor. 12, 13), la eucaristía (1 Cor. 10, 16-17), la acción del Espíritu (1 Cor. 12, 13; Ef. 4, 4). Abarca el cosmos: cuerpo que lo llena “todo en todo” (Ef. 1, 23), o, según la simbología juánica: planta de la vid con sus sermientos (Jn. 15, 1-6). Una concreción de todo esto es la Iglesia; ella, como comunidad local y universal, es cuerpo del Señor (Col. 1, 18; Ef. 1, 22-23).
Me parece que este lenguaje bíblico del “cuerpo” es muy relevante para la comunidad creyente ubicada en la Pachamama andina. No se trata de una equivalencia arbitraria. Más bien es un sentir que somos, porque Dios así lo ha establecido, el cuerpo de Cristo, y para la comunidad andina ello ocurre en la Pachamama. Además, al ser moderna la población andina va reconociendo la autonomía de su ambiente y puede transformarlo positivamente.
2.2. Relacionalidad andina: signo del Reino
En esta reunión, como en tantas otras ocasiones, surge la inquietud: ¿de qué manera la población andina practica y percibe el Reino de Dios? Este lenguaje no está presente en la mentalidad de la gente. No obstante, como se trata del meollo del mensaje y la acción de Jesús, y si —como bien se ha dicho ayer— “el evangelio está inculturado en estas tierras”, entonces preguntamos por las señales del Reino. Me parece que abundan unos signos potentes: compartir trabajo (“faenas”) sentirse iguales, sanación, alegría, una constante oración, solidaridad en situaciones difíciles. Son hechos importantísimos. Se ha acotado aquí: “las comunidades andinas no entienden la palabra Reino”. Claro, es una palabra extraña, pero sí hay mucha vivencia del Reino y términos que indican algo de la calidad del Reino.
Quiero resaltar una intervención: “somos un pueblo que vive y piensa desde el corazón”. ¿Cómo es que el corazón andino habla de la realidad del Reino? Lo habla de muchas maneras, que pueden sintetizarse con una palabra abstracta: relacionalidad, y con un hecho omnipresente: la fiesta. Nuestro contexto peruano-boliviano está caracterizado por la fragmentación en lo personal y en lo grupal: la privatización de la existencia. Las reglas del juego son superar y eliminar al ‘otro’; el arribismo hace que la población andina se auto-destruya. Son manifestaciones de lo que puede ser calificado el anti-reino, fuera y dentro del mundo andino.
Como contraparte tenemos otras líneas de fuerza: las relaciones sólidas y alegres entre seres humanos, y con los antepasados, y con todos los seres sagrados y con Dios. Estas vivencias del Reino no son explicitadas mediante palabras solemnes (como las que estoy empleando,) sino por el lenguaje propio de la fiesta y de las relaciones fecundas. Así, el corazón andino palpita con el Reino. Como ha dicho uno de ustedes: “la comunidad encuentra su camino”. Sí. Danzando y compartiendo, la gente va caminando hacia el Reino.
Y, ¿qué hay de la responsabilidad humana en la historia? Parece que se va gestando a pedacitos y en trocitos, que de alguna forma misteriosa conforman una trama significativa y muy real. Este proceso ha sido representado, por la modernidad, en términos grandiosos. Ciertamente constituye una tarea inmensa. Sin embargo, la verdad es que es llevada a cabo por los pobres de estas tierras mediante una labor de hormigas. O mejor dicho, el Reino (basileia) se corresponde con las semillas, la niñez, lo pequeño.
Lo dicho puede ser resumido así:
basileia
celebración historia
arribismo privatización
relacionalidad
Hagamos memoria del comportamiento de Jesús. El Reino no sólo fue el horizonte de sus preocupaciones y el contenido de su predicación. Sobre todo fue acción precisa, pequeña pero decisiva. Jesús reiteradamente disfruta alimentos, junto a pocas personas y en medio de multitudes. Allí subraya que el banquete del Reino es para los excluidos, los juzgados como ‘pecadores’, los pobres y enfermos. Recordemos su práctica de comer con los pecadores (Mt. 9, 10-13 y paralelos), sus parábolas de cenas del Reino (Lc. 14, 15-24; Mt. 22, 2-10; Mt. 8, 11), su multiplicación del pan y el pescado (Mc. 6, 30-44.8, 1-9; Jn. 6, 1-14), su eucaristía del Reino (Mc. 14, 25; Mt. 26, 29). Por lo tanto el Reino tiene como signo, y como praxis, el compartir alimentos y celebrar la vida, en particular con los pequeños del mundo.
Otras grandes señales son atender y sanar a personas enfermas, y luchar contra el mal y el demonio. Estas acciones caracterizan la misión escatológica de Jesús (Mc. 1, 34.39, etc.). Como anota J. Sobrino:
...el reino es salvación plural de necesidades concretas (enfermedad, hambre, posesión del Maligno, indignidad y desesperación del pecador marginado); es liberación, pues esas necesidades son vistas como producto de causas históricas 4.
En un sentido andino, obtener salud del cuerpo y el alma, compartir alimentos, trabajar juntos, ser solidarios, hacer fiesta, son todos signos de salvación concreta gracias a Dios; son expresiones del Reinado de la vida.
2.3. Pequeños/as en la Iglesia andina
Con una mirada crítica se ha sopesado —durante estos días— la comunidad andina. Su persistencia, sus mutaciones, sus posibilidades, sus impasses. Se ha dicho: “no están bien”. También se suele ser críticos de las estructuras eclesiales, que marginan al indígena. Por otra parte, una vez más hemos reconocido los logros comunitarios, tanto en la realidad andina como en las esferas eclesiales. Se recalcan aspectos delicados, de pequeña escala aunque de gran significación. Por ejemplo, se decía que lo comunitario es “como una tela de araña, en que se toca un puntito y afecta todo”. Y en la Iglesia, sus miembros más insignificantes (a juicio de letrados y pudientes) en realidad son no sólo más miembros y discípulos de Cristo, sino también más presencia real (cf. Mt. 25, 31ss) del Dios vivo. Vale subrayarlo: presencia real de Dios.
Entonces, en la comunidad urbana y rural, conformada principalmente por pobres, con seguridad hay Iglesia. ¿Es o no es así? ¿Son receptoras y portadoras de la Palabra? ¿Son sacramento de salvación para la humanidad? O ¿son simples objetos de atención pastoral?
Una vez más hay que hacer unas distinciones. La población percibe lo comúnmente llamado ‘Iglesia’ como algo exógeno, colonizador, oficina de certificados, templo dirigido por personas ‘estudiadas’, lugar de oración y de santos venerados. Por otro lado, la gente se siente y se ve a sí misma como fieles orgánicos y convocados por Dios a ser comunidad. Personas que son ‘nadie’ —para un orden social lleno de títulos y de discriminaciones—, de hecho se consideran integrantes de la familia de Dios: con confianza le dicen Taytacha o Tatitu (papito), y de modo horizontal se tratan como hermanos y hermanas. Además, el mundo andino contiene una inmensa cantidad de servicios y ministerios informales: en torno a crisis humanas, a fiestas, a los difuntos, a la enfermedad, a luchas por un bien común, la difusión del saber y la ética andina. También hay funciones modernas: comités de base, grupos de oración, catequistas, organismos pastorales y movimientos con integrantes andinos. Estas dinámicas contrastan con la fuerte vertiente autoritaria dentro de la convivencia autóctona; las asimetrías entre mayores y jóvenes, varones y mujeres, mestizos e indígenas, autoridades y gente común.
Esta realidad puede dibujarse así:
ekklesia
servicios funciones
autoritarismo discriminación
ser
pequeños/as
La población, que no suele llamarse a sí misma ‘Iglesia’, vive como tal, en un sentido espiritual y en una experiencia cotidiana. Por razones evangélicas vemos a insignificantes comunidades indígenas, pobres, niños, pequeños, últimos, fieles, como discípulos y como Iglesia (ver Mc. 9, 35-37; Lc. 22, 26-7; Jn. 13, 14-15). Así también lo explica Mateo en su notable capítulo 18, llamado “regla de la comunidad”, “discurso sobre la vida de la Iglesia” 5. No encontramos aquí un organigrama ni plan institucional. Sí encontramos una clarísima afirmación de la pequeñez, la oración, el perdón, la misericordia, como normas en la Iglesia. ¿Quién es importante? El pequeño e impotente como un niño, y quien opta por esa condición que Dios exalta (Mt. 18, 2-4.10.14). Y, ¿qué papel corresponde a los líderes eclesiales? No escandalizar a personas frágiles, y no pecar contra los “últimos” (18, 6-10), buscar a los marginados y pequeños (18, 12-14), y tener una disciplina comunitaria (18, 15-18) y una misericordia sin restricciones (18, 21-22).
Cabe concluir reiterando que comunidades andinas, sumergidas en la modernidad, están dilucidando quiénes son y adonde caminan. Asimismo, buscan y encuentran, sobre todo con un acompañamiento pastoral, el sentido de la Palabra. La redescubren, por ejemplo, en términos de ser cuerpo de Dios a través del símbolo de la Pachamama; de ser responsables de la salvación concreta a pesar de sobrellevar cargas opresivas (esto es, vivir el Reinado de Dios); de ser comunidad eclesial con rasgos andinos, que son evangélicamente pequeños y por ello abrazados por el Señor (Mc. 9, 36). Esto lo ha dicho uno de ustedes en forma incisiva: como pueblo andino conocemos a Dios, y “Dios nos ha hablado”.
3. Redescubrimiento del Espíritu
¿Cómo es el pueblo andino fiel al Espíritu? Al encarar esta pregunta con facilidad pensamos en la variedad y multitud de espíritus o seres sagrados en el universo andino. Tanto los quechuas y aymaras como los sectores mestizos están de continuo en contacto con estos seres poderosos. Sin embargo, llamarlos ‘espíritus’ no corresponde bien a su vivencia de lo sagrado. Se trata más bien de que todo tiene vida en un sentido cualitativo y transcendental. Sentimos estas fuerzas vitales que nos rodean y con las cuales nos comunicamos. (No existe pues una dicotomía entre espíritus y cosas). Pero hay más que eso. Existen seres protectores y seres maléficos, y espíritus de los antepasados, según las creencias andinas. ¿Es todo esto un modo de hablar del Espíritu de Cristo? Me parece que no es así. Los espíritus autóctonos tienen su propia significación. No son equivalentes a las creencias provenientes de la Biblia y de la tradición cristiana. No obstante, cabe realizar un diálogo entre distintas concepciones de las fuerzas espirituales. No es lo que hago a continuación. Más bien, continuó con la temática de la comunidad andina y la modernidad en estas regiones sur-andinas, y a partir de ellas uno se pregunta cómo es vivido el Espíritu del Señor.
Quiero indicar la sensibilidad andina hacia el Espíritu, la praxis carismática en estas regiones indígenas, y la peculiar manera de construir la Iglesia andina. Esto se verifica en los pluri-lenguajes andinos, los servicios y liderazgos carismáticos, y una espiritualidad eficaz. No se verifica en la tendencia andina a la imitación de modelos alienantes, ni en su faccionalismo, ni en ciertos mecanismos de seguridad y ensimismamiento. Estas vivencias se desenvuelven dentro del escenario moderno, con sus medios de comunicación, su democracia, su progreso; todo lo cual influye en la manera andina de ser fiel o de ser infiel al Espíritu. Voy a mencionar factores negativos: la uniformidad mundial, los fundamentalismos, los ídolos del éxito.
3.1. Acción del Espíritu y ritos andinos
En la “dulce misa” de anoche, conmovedora y cálida a pesar del frío horrible, hemos vibrado con el Espíritu Santo. Hemos invocado a todos los seres autóctonos, a Dios Padre y Jesucristo, a nuestra Mamacha María. Nadie habló del Espíritu, pero todos rezamos con el Espíritu. Ya se había dicho en la mañana: “tenemos fe en el Dios de nuestros padres y madres (quechuas) y en el Dios de Jesucristo”. Ya sea en esta primera, o bien en esta segunda modalidad, es en un Dios en quien se cree, y esto es obra del Espíritu. Hay más. Se ha dicho: “más que una fe racional, tenemos la fuerza del Espíritu”. Uno ha opinado: “el Espíritu está presente en la comunidad”; otro ha acotado: “es difícil captar el Espíritu en la comunidad”. En otras ocasiones hemos constatado la praxis incentivada por el Espíritu: el amor de cada día, actividades especiales como la sanación, la fiesta, la compasión con personas agobiadas, la organización para mejorar la vida, la mística y el coraje de quienes más sufren.
Ahora quiero resaltar los ritos como expresiones con, desde y hacia el Espíritu. Sin embargo, primero una aclaración: no son asuntos “separados”, sino que más bien los ritos transmiten todo lo vivido y anhelado. Así ha sido nuestra ceremonia de anoche; cada aspecto de nuestra existencia estaba allí. Entonces, reconocer la maravillosa energía del Espíritu en los ritos andinos, a la vez quiere decir que en el trabajo, la política, la cordialidad andina, la naturaleza, etc., en todo, el pueblo andino siente y adora el Espíritu.
Se trata de lenguajes plurales: muchos tipos de ritos y celebraciones, para cada momento y lugar importante, y con los rasgos pluriformes de lo andino. También aquí, como en Jerusalén, el Espíritu emplea todos los idiomas. Pero también aquí el Espíritu es ocultado y rechazado; por ejemplo, cuando tanto andino acomplejado se dedica a imitar modelos uniformizadores. Por otra parte, tenemos el impacto mágico de los medios de comunicación modernos, con sus valores y con sus hábiles engaños. Por estos filtros pasa hoy la experiencia andina de vivir y morir, y de algún modo asimismo la experiencia positiva o bien la negación del Espíritu.
Entonces, el pneuma, el viento y espíritu de Cristo, se hace presente en medio de un escenario complejo que puede ser dibujado así:
pneuma
pluri-lenguajes medios de
imitación comunicación
uniformidad
ritos
El pneuma, proclamado y descrito por los escritos apostólicos, es don para todo creyente y para cada Iglesia. Además, es el Espíritu quien sostiene los ritos comunitarios: varias vivencias de Pentecostés, bautismo, imposición de manos, ordenación de ministros, y comunidad celebrante de la pascua nueva. Quien cree ha recibido el regalo del Espíritu (1 Tes. 4, 8; 1 Pe. 1, 2; Hb. 6, 4; Jn. 3, 5.8; 4, 23; 1 Jn. 2,20); y, aún más, somos santuario y morada del Espíritu (1 Cor. 3,16; 2 Cor. 6, 16; Ef. 2, 23). Esto fue así en los orígenes del cristianismo, y es así hoy en las comunidades y personas andinas. Como un viento suave y fuerte, misterioso y concreto, el pneuma de Dios habita, sustenta, anima a cada pueblo creyente. Podemos entender los ritos andinos como una clara fuerza y espiritualidad suscitadas por el Espíritu.
3.2. Carismas amorosos, y ambivalentes
El Espíritu no puede ser encuadrado. Su dueño no es la Iglesia; más bien la comunidad eclesial es mediación para la acción del Espíritu que sopla donde quiere y en innumerables formas. Esto es demostrado por los carismas, que están al servicio de la comunidad creyente y para beneficio de todos. El Espíritu encuentra su morada en la Iglesia y en todo el universo; está presente “en los movimientos en favor de una vida más humana... en la espiritualidad de los pueblos indígenas... 6. Durante nuestro encuentro se ha dicho categóricamente: “al pueblo indígena le queda su religión, su coraje”. Es, pues, como una fuerza espiritual con la cual vive y crece. Dicho de otra manera, se trata del coraje del amor.
Nos hemos acostumbrado a varias lecturas (antropológicas, políticas, psicológicas, históricas) de las cualidades y defectos de los quechuas, los aymaras, los mestizos. A menudo admiramos el liderazgo, la sabiduría, las habilidades tecnológicas con recursos limitados, la organización, el poder de curar, el arte, y tanto más. Por otro lado, cuestionamos su tendencia a la imitación y la sumisión a pautas dominantes. Pues bien, nos hace falta una lectura pneumatológica, tanto de esas cualidades como de esas carencias y errores. Cabe evaluar cada rasgo andino para sacar a luz sus ambivalencias, y medir cada ‘carisma’ con la única norma: el amor cristiano.
Podemos leer como obra del Espíritu, por ejemplo, tanto liderazgo por parte de personas ancianas, de mujeres, de responsables de acciones comunales. Podemos también considerar la violencia y la resignación dentro del mundo andino como signos de infidelidad hacia el Espíritu.
Hacemos igualmente una lectura crítica de la modernidad implantada en estas tierras. Ayer Guzmán ha formulado una pregunta crucial: “¿cómo articular la comunidad con lo moderno?”, que parecen avanzar por distintas direcciones. Se ha dicho aquí que lo moderno es apertura a lo mejor, universalidad, relaciones democráticas, tecnología, conocimientos, otra manera de vivir la fe. Opino que con lo dicho concuerda la visión andina. Por el contrario, la realidad comunal y espiritual de los Andes no está de acuerdo con lo masificado, excluyente, reduccionista, que conlleva la modernidad. Tampoco son aceptables los nuevos fundamentalismos: “la ciencia lo explica todo”, “el progreso es infinito”, “la religión cristiana salvará al mundo secularizado”, etc. Resumiendo: en cada ámbito andino una lectura pneumatológica detecta lo que construye amor y lo que destruye.
Lo dicho puede anotarse en el siguiente esquema:
charismata
liderazgo democracia
faccionalismo fundamentalismo
amor
Los carismas tienen, según el pensamiento paulino, un sentido principal: son gracia concedida por Dios (“Dios ha puesto...” (1 Cor. 12, 28); “a cada uno la manifestación del Espíritu (1 Cor. 12, 7ss); son gracias para el bien común (12, 7; 14, 12), y se sintetizan en el amor: éste es como el protocarisma (1 Cor. 13, 8.13)). Toda la comunidad tiene estos dones (1 Cor. 12, 1-14, 40); es el caso de la carismática ciudad de Corinto con sus identidades mayormente paganas. Pero los dones son casi siempre tranquilos y sencillos: creer y confesar a Cristo (1 Cor. 12, 3), vivir corporalmente gracias al Espíritu (Rm. 8, 11), anhelar la salvación (8, 23), orar (8, 26). Por consiguiente, en la existencia común de la gente está muy activo el Espíritu (y no en los fanatismos ni en la especulación supramundana). También está presente en eventos extraordinarios como el martirio, el trabajo incansable a favor de la liberación, la profecía, etc. Y todo esto, lo ordinario y lo extraordinario, es una praxis de amor. Este es el supremo don del Espíritu, y en ello se verifica la fidelidad o la infidelidad de la comunidad.
3.3. Moradas andinas
Descubrir al Espíritu conlleva un auto-descubrimiento de ser nosotros servidores y constructores de una casa y una humanidad nuevas. La espiritualidad y los ministerios no se encierran en sí mismos. Por el contrario, contribuyen a la obra del pneuma que renueva la faz de la tierra. Esto confronta la tendencia andina al ensimismamiento y las seguridades de corto plazo; y cuestiona asimismo parámetros de “éxito moderno” que eliminan las particularidades (como la andina) y uniformizan a todo el mundo.
¿Cómo está avanzando la población andina? Ayer se ha dicho que cabe una “conquista andina de la modernidad”; “aunque seamos arrasados por la modernidad, no vamos a ser vencidos”. También se ha opinado que las comunidades andinas aportan una “relación armónica con el universo y la humanidad” (O. Astorga). Se ha añadido: “profundizamos la justicia”, “tenemos un silencio sagrado”, “toda la vida es oración”, “sentimos el Reino en la solidaridad, la alegría, la familia”. También se ha afirmado: la teología andina no es sobre una espiritualidad, sino desde ella y con espiritualidad se reflexiona. En lo concreto, Clemente dijo: “con nuestras culturas construimos un mundo más justo”.
No es algo monumental. Son sencillas y acogedoras moradas, según la humildad que caracteriza el ser andino. Y son levantadas con diversos y múltiples aportes. Cada uno pone su parte en la obra común. Hay campo para todos los ministerios, carismas, talentos. A todos les une la causa común, incentivada en los pequeños núcleos andinos, y configurada por la espiritualidad de la Vida. No obstante, sí existen monumentos donde la gente andina son peones y colaboradores, y de los cuales quedan excluidos. Hoy, lo máximo es el “progreso” divinizado a través del éxito individual. Tenemos pues esta disyuntiva: ser ministros y corresponsables de la casa común, o ser siervos de monumentos exitosos. Creo que ante todo esto es muy relevante el sentido neo-testamentario de “edificar”, de oikodoméo. Antes de entrar a esto, hagamos un resumen de lo dicho:
oikodoméo
espiritualidad progreso
seguridad éxito
ministerios
La comunidad creyente y cada persona, según la Biblia, es morada, templo, santuario de Dios; y a la vez, somos los encargados de edificarla y desarrollarla. Así como el Espíritu nos hace morada de Dios, así también es el Espíritu quien anima a la comunidad constructora. San Pablo insiste mucho en el crecimiento de la comunidad, obra del Espíritu y tarea de cada miembro: “edificarse unos a otros” (1 Tes. 5, 11, y ver 1 Cor. 14, 3-5.12. 26; Rm. 14, 19; 15, 2; Ef. 4, 12.29), y en su propia labor constructora de comunidad creyente (1 Cor. 3, 9-15, 2 Cor. 10, 8; 12, 19; 13, 10). Esta es una exigencia para todos nosotros hoy en el mundo andino. Edificar comunidad, construir Iglesia, desarrollar una nueva humanidad. En la medida que nos guía y anima el Espíritu, esta delicada y visionaria labor va bien encaminada. En términos eclesiales son muchas moradas. Recordemos que en San Pablo casi la mitad de sus menciones de Iglesia es en plural. Aquí también, en estas tierras andinas, hay una pluralidad eclesial. San Pablo colaboraba en la configuración de iglesias en distintos medios culturales 7. En nuestro contexto se construyen iglesias con identidades quechuas, aymaras, mestizas, etc. Cabe añadir que en estas instancias eclesiales existe asimismo una pluralidad de teologías andinas.
4. Conclusión:
fidelidad comunal y moderna
El redescubrimiento de la Palabra y del Espíritu conlleva, como hemos venido diciendo, una reafirmación de la identidad y el proyecto andinos, en el contexto de la modernidad. Ser Cuerpo de Cristo y ser responsables del Reino implica un fortalecimiento a la identidad andina. Ser carismáticos y ser constructores de comunidad eclesial también incide en nuestra realidad andina, en particular en sus proyectos de vida al servicio de los cuales está la Iglesia. Entonces, la fidelidad a la Palabra y al Espíritu transforman nuestra realidad.
Al mismo tiempo estamos llamados a ser fieles a lo que cada uno y todos somos y anhelamos ser. En el caso de ustedes, pueblos originarios de este continente, cuentan con la fuerza de sus tradiciones, pero cargan igualmente en sus hombros la inseguridad ante la penetración de la modernidad. Se siente una especie de disyuntiva: o continuar siendo como son, o asumir lo moderno y sumergirse dentro de todo lo nuevo. No obstante, hemos visto que hay continuidad y complementariedad entre rasgos andinos y proceso modernos. También hemos subrayado los puntos de conflicto, ya sea porque lo andino es limitante o porque lo moderno es deshumanizante. Bueno pues, siendo fiel a lo que cada persona y comunidad es y busca ser, significa coherencia con uno mismo y sus posibilidades; y significa algo muy importante para la Tradición cristiana. Ella ha sabido estar abierta a los aportes de cada pueblo en la historia. Ahora lo constatamos con respecto a los pueblos andinos y su trayectoria en el mundo contemporáneo.
En conclusión, así como es falso el dilema de ser andino o ser moderno, también es falsa la disyuntiva entre ser andino o ser cristiano. Más bien, como hemos recordado en esta ponencia, personas y comunidades andinas han estado redescubriendo la Palabra y el Espíritu, y así han estado contribuyendo al conjunto de la Iglesia y a un mejor porvenir de la humanidad.
Diego Irarrázabal
Apartado 295
Puno
Perú
1 Parte de este artículo ha sido una ponencia en el V Encuentro de Teología Andina, con delegados bolivianos y peruanos (Ayaviri, 26 al 28 de abril de 1994).
2 La comunidad indígena andina ha motivado mucha reflexión. Su trayectoria histórica: Hugo Hurtado, Formación de las comunidades campesinas en el Perú. Lima, Tercer Mundo, 1974. Su contexto: O. Plaza y M. Francke, Formas de dominio, economía y comunidades campesinas. Lima, DESCO, 1985; H. Bonilla y otros, Comunidades campesinas, cambios y permanencias. Chiclayo, Centro de Estudios Sociales Solidaridad-CONCYTEC, 1987; R. Santana, Campesinado indígena y el desafío de la modernidad. Quito, CAAP, 1983. Lúcidos análisis de Xavier Albó: La paradoja aymara: solidaridad y faccionalismo. La Paz, CIPCA, 1975, y Chukiyawu, cabalgando entre dos mundos, tomo III, La Paz: CIPCA, 1983. Para estudios de casos, ver: J. Matos y otros, Las actuales comunidades indígenas. Lima, Universidad de San Marcos, 1958; J. Hickman, Los aymara de Chinchera, Perú. México, 1975; S. Palomino, El sistema de oposiciones en la comunidad de Sarhua. Lima, Pueblo Indio, 1984; W. Carter y M. Mamani, Irpa chico, individuo y comunidad en la cultura aymara. La Paz, Juventud, 1982.
3 Carlos Mesters, “Lectura popular de la Biblia”, en Breve diccionario teológico latinoamericano. Santiago, Rehue, 1992, 157-173; Gilberto Gorgulho, “Hermenéutica bíblica”, en Mysterium liberationis. Madrid, Trotta, 1990, I, 169-200.
4 Jon Sobrino, “Centralidad del Reino de Dios en la teología de liberación”, en Mysterium liberationis, I, pág. 487.
5 Ver R. Brown, The churches the apostles left behin. New York, Paulist, 1984, págs. 138-145. Como anota Brown, además de los bien subrayados “resumenes” comunitarios en los Hechos de los Apóstoles, hay que considerar Mateo 18 con su peculiar plan para la vida eclesial.
6 Juan Sepúlveda, “Espíritu Santo”, en Breve diccionario..., op. cit., pág. 82. Es notable que así piense un teólogo pentecostal.
7 Ver R. Schnackenburg, The church in the New Testament. London, Burns and Oats, 1968. Llama la atención a que el Espíritu conduce a iglesias que tienen varios componentes religioso-culturales (Jerusalén es judía, Antioquía es gentil y judía, y Corinto es mayormente gentil).
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