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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 


Recordar, transmitir, actuar
Mujeres en los comienzos del cristianismo

Ivoni Richter Reimer

El ensayo rescata la presencia e importancia de las mujeres en los orígenes del cristianismo, tanto desde el punto de vista de su cotidiano cuanto de su teología y eclesiología. Considera los aspectos histórico sociales de las protagonistas dentro de su contexto. De esta manera, las mujeres silenciadas e ignoradas por la tradición vuelven a hablar y recuperar de nuevo su rostro y valor históricos. Esta es una herencia, que no podemos perder. La base del estudio son tanto algunos textos neotestamentarios, como también escritos “apócrifos”.

The study emphasizes the presence and importance of women since the origins of Christianity, not only from the point of view of their daily life but also from the theological and ecclesiastic aspect. It stresses the historical-social aspects of the protagonists. Thus, women who were silenced and kept invisible by tradition are heared again and regain their historical values and statures. This is our rightful heritage, which we must not relinquish. The basis of the study comprises some texts taken from the New Testament as well as some “apocryphal” writings.

 

1.      Consideraciones generales preliminares

Hablar de “cristianismo primitivo” significa para mí, hablar de un movimiento de liberación judaico-cristiano que abarca tanto el movimiento de Jesús, cuanto las comunidades cristianas dentro y fuera de Palestina hasta el siglo II . Hablar de “orígenes” de este movimiento significa, además de ver diferentes lugares y personajes, captar el contenido central anunciado y vivido, observando que este contenido —Jesucristo es Señor y Salvador— es el origen primero de todos los otros orígenes. Es importante percibir también que: a) este contenido tuvo (formas de) repercusión y efectos distintos en generaciones posteriores; b) algunos orígenes fueron absorbidos por el poder eclesiástico (emergente) y otros, combatidos, y esto también durante el proceso de canonización de los escritos; c) no todos los orígenes tuvieron la posibilidad de sobrevivir, ni siquiera a través de los escritos, los cuales los mantendrían vivos, al menos, en el recuerdo de su existencia.
En los distintos orígenes de este movimiento llamado “cristianismo primitivo” se deben observar, las diferencias particulares de cultura y de etnia, sin olvidarse de percibir éstas dentro de un solo sistema de poder que se extendía sobre todo al mundo de aquel tiempo. Ellas deben, por lo tanto, ser vistas y tomadas en serio dentro y a partir de las realidades de la Pax Romana que, impuesta a los pueblos subyugados, ejercía el dominio sobre las personas en todos los niveles de la vida.
El cristianismo primitivo no es unísono; su armonía muchas veces está desafinada. Hay problemas no tocantes a los diferentes orígenes culturales y sociales de las personas que creen en Jesús como el Mesías judío tan esperado. Hay problemas en relación a las expectativas de las personas que siguen a Jesús. Hay problemas culturales y teológicos de género, detectados a partir de la praxis de la vivencia de fe y de las afirmaciones contradictorias dentro de los escritos neotestamentarios. Hay, pues, problemas internos que se deben enfrentar y “resolver”. Y simultáneamente hay problemas externos, como insultos, persecuciones e intentos opresores de hacer que las personas cristianas nieguen su fe, que también se deben “enfrentar”. Los problemas internos generalmente tienen que ver directa o indirectamente con los externos, como bien lo muestran afirmaciones sobre el “uso del velo” en la profecía de las mujeres, y apologías de los “Padres de la Iglesia”.
En este estudio, me quiero centrar en algunos orígenes de este movimiento libertario judaico-cristiano junto a las mujeres y a partir de ellas. Ellas no solo fueron “oyentes” del Evangelio, sino también “practicantes”. Ellas no solo pasaron a creer en el Mesías Jesús, sino que también testimoniaron al respecto de él y pasaron a formar comunidades a partir de este anuncio y de esta fe. ¡Organizaron la comunión y la resistencia! y esto que sucedió en el principio, continuó  y se extendió por el mundo. Tenemos testimonios, aquí y allá, en pro y en contra, de este movimiento (a partir) de mujeres durante todo el siglo II. Por aquí voy a comenzar, porque me interesa saber también, qué tipo de repercusión tuvo el testimonio de las primeras generaciones. Eran muchos los dichos, los escritos y las experiencias que giraban por el mundo de entonces, algunos de los cuales conseguí condensarlos más o menos así:

2.      Liderazgo de mujeres en tiempos de prueba:    perseverancia y coraje

“Juzgué tanto más necesario extraer la verdad de dos esclavas, llamadas diáconas, y esto bajo tortura” .
“Saludo a la casa de Távia, deseando que ella permanezca firme en la fe y en el amor, tanto carnal como espiritual” .
Dos frases. Dos autores. Tres mujeres. Experiencias distintas dentro de una realidad bastante común. Estas dos afirmaciones provienen de dos cartas escritas hacia el año 110. Los autores y las personas, a las cuales las cartas se destinan, son totalmente diferentes. Sí, actúan en frentes contrarios. También es distinto el objetivo de los escritos.
La primera afirmación es de Plinio el Joven, procónsul y gobernador de Bitinia. El escribió muchas cartas sobre cuestiones administrativas al emperador Trajano. En esa correspondencia, él va presentando cuentas a su señor. En una de ellas, muy larga y detallada, él presenta la situación de las personas y comunidades cristianas en aquella provincia, tanto en las ciudades como en el interior. Como agente del imperio, su función, en lo tocante a la religión, era hacer que las personas cristianas negasen su fe y prestaran culto de adoración al emperador. A través de la coerción y la tortura, muchas veces, él consigue su objetivo, otras no. El dice que “hay una multitud de todas las edades, de todas las condiciones, y de los dos sexos que están o estarán pronto bajo peligro. Y no es solamente en las ciudades, sino también, en las aldeas y por los campos, donde se ha extendido el contagio de esa superstición”. El no sabe si aplica el castigo también a las personas de “tierna edad o solo a los adultos”. Mujeres y niños hacen parte de un movimiento que se extiende hasta los confines de aquel imperio. Y también allí, las personas que no negaron de su fe, que no “blasfemaron de Cristo” y no “adoraron a tu imagen” (culto al emperador), fueron ejecutadas. El que persevera en la fe cristiana corre el riesgo de sufrir la muerte. Fue bajo esta amenaza que, Plinio consiguió que muchas personas abandonasen la fe cristiana y adorasen otros dioses. Ante esto, solicitó al emperador Trajano que, quien “se arrepintiese” fuese perdonado, lo cual, también, se le concedió.
La segunda afirmación es del Obispo Ignacio de Antioquía, en la carta que él escribió a la iglesia de Esmirna, en la provincia romana de Asia. Su objetivo es reafirmar la corporalidad del evento salvífico de Dios en Jesucristo, desde su nacimiento hasta la resurrección. El alerta en relación a los peligros que corren aquellas personas que se mantienen fieles a la fe cristiana, mencionando la espada y la bestia, figuras empleadas para los poderes del Imperio Romano (4,1ss). El dice que algunos, ante las amenazas, renegaron de la fe. Proclama, entonces, la perseverancia y la práctica del amor comprometido principalmente con las viudas, los niños huérfanos, las personas afligidas, los presos y hambrientos (6,1ss).
Estas dos cartas evidencian conflictos profundos entre comunidades/personas cristianas y el sistema de Pax Romana, en la época del emperador Trajano. Está en cuestión la lealtad, la fidelidad. “No se puede servir a dos señores…” estas dos cartas igualmente traen a la luz lo que tantas veces se ocultó: las mujeres no solo hacen parte, sino que son líderes reconocidas y respetadas en las comunidades. Esto significa, por un lado, que las mujeres también están sujetas a las “inquisiciones” romanas, que incluyen tortura y muerte, como bien lo menciona Plinio el Joven, y por otro lado, que la influencia de las afirmaciones(deutero) “paulinas y pastorales” sobre el silencio y la sumisión de la mujeres, etc., no fue tan grande como muchas veces se ha pretendido. Esto muestra, que es conveniente preguntarse siempre cómo las personas y las comunidades también han podido reaccionar a la palabra dirigida a ellas, y reflexionar sobre la pretensión y posterior universalización de una palabra dicha para una situación específica.
Sabemos que la Iglesia, en los inicios del siglo II, ya viene sufriendo un gradual y profundo proceso de jerarquización patriarcal de las funciones eclesiales. Ignacio, que se encuentra en este proceso, no puede dejar de mencionar, al lado de las “casas de mis hermanos con sus mujeres y niños”, también un grupo de mujeres que son “las vírgenes, llamadas viudas”, la casa de Távia y de Alce. Las “Iglesias domésticas”, o “iglesias que se reúnen en la casa de…” también son comunes en la época. En estas casas, las personas se reúnen para compartir la Palabra y el Sacramento, para la edificación personal y comunitaria . Távia y Alce son mencionadas independiente de los hombres. Por el hecho de ser mencionadas por el nombre, deben haber tenido un importante liderazgo en la formación de las comunidades en aquella ciudad de Esmirna y hasta en la provincia de Asia. El Obispo Ignacio no les niega este liderazgo, también celebrativo. Pide, que el amor de Távia sea tanto carnal, por ejemplo la diaconía, cuanto espiritual, por ejemplo celebrativo (6,1ss). Lo que Ignacio quiere es que no suceda nada fuera del control del obispo , no prohibiendo, por lo tanto, que las mujeres ejerzan funciones eclesiales.
En el inicio del siglo II, por lo tanto, las mujeres todavía asumen liderazgos comunitarios, lo que también es testimoniado por Plinio el Joven, que menciona las dos diáconas (ministrae = diáconoi) esclavas, en la provincia de Bitinia. ¡Junto con Rm 16,1 donde Pablo habla de la diácona (no “diaconisa”) Febe, ese testimonio extra-bíblico nos ayuda a comprender que, cuando el Nuevo Testamento habla de la diáconoi, entonces en este término están insertos tanto hombres cuanto mujeres (vea un ejemplo en 1 Tm 3,8-13)! Además de esto, para un análisis socio-histórico del cristianismo primitivo, el pasaje de Plinio el Joven es muy ilustrativo: las dos diáconas, de las cuales infelizmente no sabemos el nombre, son esclavas. Se encuentran en el último escaño social. En la iglesia sin embargo son líderes que participan tanto de la autoridad, cuanto del servicio comunitario. Se sienten acogidas como personas iguales. Vivencian señales concretas de la Palabra de Jesús: las últimas personas serán las primeras. Pero, como “primeras”, se colocan al servicio de las otras (Mc 10,41-43), pasando inclusive a correr muchos riesgos.

2.1.  Más, más…

Pasaron aproximadamente dos generaciones, y más experiencias, escritos e históricas siguen circulando… y las mujeres continúan actuando como líderes en diferentes lugares. Y siempre de nuevo enfrentan dificultades. Esta vez, la represión viene desde dentro, pero continúa siendo represión venida de “arriba”: Tertuliano, en su libro “Sobre el bautismo”, escrito hacia el año 200, escribe en el capítulo 17 acerca de las mujeres que rezan y celebran en las comunidades: “Si esas mujeres se basan en Hechos de Pablo para, a ejemplo de Tecla, defender el permiso de las mujeres para enseñar y bautizar, entonces ellas deben saber que el presbítero de Asia que redactó este escrito… dimitió de su función después de haber sido persuadido y haber admitido que él escribió esto por amor a Pablo” . Esto significa, entre otras cosas: a) los hechos de Pablo y de Tecla eran conocidos a final del siglo II; b) había un movimiento de mujeres cristianas actuando públicamente en las comunidades, o queriendo hacerlo, las cuales se remontaban a Tecla, que juntamente con Pablo, predicaba la Palabra de ciudad en ciudad y que había ‘administrado’ el sacramento del bautismo; c) había un proceso de patriarcalización de las funciones eclesiásticas, del cual Tertuliano hacía parte; d) estos Hechos no fueron canonizados por causa de este proceso que también era de censura (el “escritor” fue “persuadido” y “dimitió”) y que definía lo que las mujeres podían o no hacer en la iglesia.

 2.2. A pesar de ustedes…

Son muchos los ‘Tertulianos’ que se engañan. Las mujeres no solo se remontaban al ejemplo de Tecla, sino también a otras profetisas como Ninfa, Fila, Amnia, Teonoe, Eubula, Artemila, Mirta… a las propias palabras de Pablo, y a las palabras de envío de Jesús a María Magdalena, como veremos más adelante. Conforme a los Hechos de Pablo (escrito “apócrifo” del final del siglo II) tales mujeres eran reconocidas y respetadas, no solo por las comunidades, en las cuales actuaban, sino también, por el propio Pablo . Así, cuando Pablo viajó, de Filipos a Corinto, planeando ir a Roma, la comunidad reunida en Corinto quedó triste y preocupada, no quería que él fuese. Y ahí…

“El Espíritu vino sobre Mirta, de modo que ella dijo: ‘Hermanos y hermanas, ¿por qué están asustados? Pablo, el siervo del Señor salvará muchas personas en Roma y las alimentará con la Palabra… Así, que en Roma habrá grandes señales de la gracia (de Dios)’. Y después que el Espíritu se calmó en Mirta, cada cual tomó el pan y se lo compartieron conforme a la costumbre, cantando salmos de David y cánticos. Y también Pablo se alegró” .

La profecía de Mirta, por ejemplo, no solamente presentaba nuevos horizontes misioneros, de los cuales la comunidad pasaba a participar, sino también, traía consuelo a la comunidad, fortalecía la comunión a través de la eucaristía y alegraba reconfortantemente al propio Pablo.
Son muchos los ejemplos de mujeres así, en el final del siglo II. Mujeres del pueblo. Convertidas a la fe cristiana, que participaban de la multiplicidad de dones. Profecía y diaconía hacían parte de su cotidiano. Es bonito ver como, también mujeres mejor situadas socio-económicamente, pasaban a ser siervas, en la práctica del amor, de la caridad y de la solidaridad.

2.3.  La solidaridad de las mujeres y de los niños…

Era exactamente aquello que Pablo oraba, conforme al testimonio de los Hechos de los Apóstoles en la versión de Lucas, o sea: la justicia, la abstinencia y el juicio venidero (Hch 24,25), lo que tenía gran adhesión por parte de las mujeres. No es que las mujeres no quisiesen vivir su sexualidad, sino que vivirla significaba sumisión al hombre que las poseía. Así, como consecuencia de la predicación de Pablo, Tecla por dos veces se libró de hombres que querían poseerla: 1) ‘En Iconio, donde residía, era novia de Tamiris. Al oír la predicación de Pablo, Tecla, juntamente con muchas otras vírgenes, se juntó a él. Tamiris pierde la novia, lo que le hace buscar al procurador para presentar la denuncia de que Pablo está causando tumulto en la ciudad a causa de su predicación sobre la abstinencia y la resurrección. Pablo fue apresado y Tecla por negarse al casamiento con Tamiris, ¡es condenada a ser quemada viva! Milagrosamente ambos son salvados. 2) En Antioquía, un sirio de nombre Alexandre, uno de los poderosos de la ciudad viendo a Tecla, se aproximó e intentó comprársela a Pablo. Pablo respondió no conocer a Tecla, “ella no es mía”. Entonces Alexandre la agarró en medio de la calle. Ella, sin embargo, no se quedó quieta, miró a Pablo y gritó: “¡No violentes a una extraña, no violentes a una sierva e Dios¡”. Sin ayuda de Pablo, luchó con Alexandre, rasgándole la ropa, tirándole la corona de la cabeza, por lo cual fue motivo de burla. Por esto, él la condujo al procurador, que la condenó a la lucha con los toros.
La abstinencia de Tecla (y de otras mujeres), el hecho de que ellas se negasen a ser transformadas en simple objeto sexual es causa, por un lado, de la revuelta por parte de los hombres de las ciudades (“¡él (Pablo) pervirtió a todas nuestras mujeres!”) y, por otro lado, de la solidaridad por parte de las mujeres: cuando ella fue condenada en Antioquía, “las mujeres, juntamente con los niños gritaban: ¡Dios, en esta ciudad se está dando un juicio injusto!”. Y, cuando Tecla se encontraba en la arena, “cuando soltaron animales feroces, las mujeres, llorando, agitaban ramos verdes…”, obviamente para desviar la atención de los animales.
En este camino de conversión, fe, proclamación del Evangelio y administración del sacramento del bautismo, Tecla puede, contar con la solidaridad de mujeres y de niños. Esto sucedía, tanto cuando se encontraba en la arena, cuanto en lo cotidiano. Así, “una mujer rica, de nombre Trifena, cuya hija falleciera, le dio protección y en ella encontró consuelo”. La solidaridad que brota de mujeres a partir de la experiencia común de opresión (el peligro de la persecución/arena, la cosificación sexual) es tan fuerte, que va transformando barreras anteriores (la riqueza de Trifena) en rampas de acceso, en la lucha y en la conquista de una vida más digna.

2.4.  ¡…Y en la confesión, su explosión de alegría!

Las mujeres no solo gritan indignadas contra los opresores. Ellas no solo agitan ramos para desviar la atención de las fieras. Ellas reconocen que está sucediendo algo especial. El testimonio de fe y de perseverancia de Tecla, junto con la Palabra predicada por ella, permite que las mujeres hagan aquella fiesta, cuando ella fue liberada. Y, en la fiesta, hacen una confesión de fe: “Las mujeres gritaban con voz alta, alabando unísonamente a Dios diciendo: ‘¡Uno es Dios, aquel que salvó a Tecla!’”.

3.      Experiencia y palabra

Las mujeres actuaban en las comunidades de igual a igual con los hombres. Su experiencia actual encuentra fuerza de resistencia en la experiencia pasada, tanto aquella que hace parte de la transmisión oral, cuanto aquella que ya fue fijada en forma de escrito. Tenemos un testimonio del siglo IV que muestra que las mujeres no se remitían solo a ejemplos de otras profetisas, sino también a palabras paulinas. Es la palabra que va alimentando la experiencia. La experiencia la que va interpretando la palabra. Pero… la represión no tardó. Como siempre, partía de aquellos lugares, donde el poder y la autoridad se creían los poseedores de la verdad. Epifanio, obispo de Constancia/Salamis en el 367, adversario del movimiento Montanista e implicado en la lucha por la ortodoxia, nos da un testimonio importante sobre la experiencia de liderazgo de las mujeres, basada en la famosa palabra de confesión bautismal, testimoniada por Pablo en Ga 3,28:

“Con frecuencia se ve, entrando en sus asambleas, una procesión de siete vírgenes cargando antorchas y vestidas de blanco. Bajo el poder del delirio profético, ellas lamentaban las miserias de la condición humana y se entregaban a excesivas demostraciones de penitencia, de suerte que también los asistentes gritaban con ellas. Pero esto no es todo: tenían mujeres obispas y presbíteras, porque, como decían, ellos no discriminaban por causa del sexo, para estar de acuerdo con la afirmación de Pablo: en Cristo Jesús no hay hombre ni mujer” .

Las luchas internas contra el ministerio de las mujeres se van localizando dentro de un cristianismo que busca afirmar, cada vez más, su ortodoxia en prejuicio de la ortopraxis y liderazgo de las mujeres. Lo más fácil, por parte de los que tienen mayor poder, es declarar al otro como hereje, exponiéndolo inclusive a persecuciones externas… Estos conflictos se daban ya en los inicios, y los podemos encontrar en las Cartas Paulinas y en los Evangelios neotestamentarios. Quiero fijarme, ahora, en algunos momentos de la historia de mujeres en otros orígenes del movimiento jesuánico y judaico-cristiano, conforme a relatos neotestamentarios y también a algunos otros “apócrifos”.

4.      Una primera generación de mujeres en el seguimiento a Jesús

Los evangelistas, que escriben en las tres últimas décadas del primer siglo de la era cristiana, registran todavía la memoria de algunos acontecimientos, que tienen a las mujeres como protagonistas hacia los años 30. Una de las memorias más importantes y fundantes está narrada en los textos neotestamentarios de Mc 15,40.47; 16,1(.9); Mt 27,56.61; 28,1; Lc 8,2; 24,10; Jn 19,25; 20,1.11.16.18. Excepto Lc 8,2, todos los otros pasajes pertenecen al relato de la crucifixión y resurrección de Jesús. María Magdalena aparece en todos los textos, por haber sido una discípula muy amada de Jesús y por haber tenido una gran importancia en la formación y en el apoyo a la comunidad post-pascual en Jerusalén.
Con excepción de Lucas, los otros evangelistas mencionan a María Magdalena y a las otras mujeres discípulas solamente en el final de la vida de Jesús. Todos, sin embargo, se muestran unánimes al atestiguar retrospectivamente el caminar de estas mujeres junto a Jesús: ellas lo seguían desde Galilea, ya en Galilea, y fueron con él a Jerusalén (Mc 15,41; Mt 27,55; Lc 23,49.55). La conclusión lógica de esta afirmación es que ellas estaban junto con él siempre, durante todo su ministerio profético, durante toda su trayectoria de alegrías y dolores, hasta la cruz, sepultura y resurrección. Es así, que necesitamos aprender a leer los textos de los Evangelios a partir de su silencio sobre la presencia de estas mujeres, en el camino hecho por el grupo de Jesús, leyéndolos, por lo tanto, de atrás para adelante.
Los textos arriba mencionados hablan del seguimiento y del servicio de estas mujeres junto a Jesús. Los verbos básicos usados para describir esta acción son akolutein “seguir” y diakonein “servir”. El verbo primero caracteriza siempre el discipulado: las personas no caminan simplemente detrás de alguien, sino siguiéndolo, porque lo valoran como Maestro (Véase la fantástica afirmación de Jn 20, 16) y tienen plena comunión con él y entre sí. El verbo diakonein viene a confirmar esto. En este contexto, significa la relación de las personas discípulas entre sí, y de ellas para con Jesús, como también la de Jesús para con ellas (Mc 10,42-45). Esta relación es de servicio, tanto en lo que se refiere al trabajo doméstico/de las mesas, cuanto al de la predicación y de la organización de los grupos/comunidades. No se refiere específicamente al “trabajo de mujeres” como servir la mesa, sino que se refiere a todas las personas en el seguimiento de Jesús: todas son diáconas unas de otras, en postura de humildad . Aquí no hay ninguna distinción entre el servicio de las mujeres y la función de los hombres, como se acostumbra a hacer en la exégesis tradicional.
María Magdalena es la mujer destacada. Esto, sin duda, por haber tenido un gran liderazgo en el discipulado, entre las personas discípulas que seguían a Jesús. Habiendo sido curada, pasó a ser parte del grupo de Jesús, que andando por las aldeas y ciudades llegó hasta Jerusalén. Ella, junto con “muchas” mujeres, no abandonaron a Jesús. El relato de Juan se diferencia de los otros; en él, las mujeres se encuentran al pie de la cruz. Históricamente es más viable la versión de Marcos y de Mateo. Estos dicen que las mujeres se quedaron “observando de lejos”. Esta acción tiene su explicación en las consecuencias, que una ejecución podía tener para las personas amigas y para los parientes del crucificado: éstas eran vigiladas por los guardias, no podían usar luto, no podían retirar el cuerpo de la cruz para enterrarlo dignamente, bajo pena de castigos brutales, entre ellos igualmente la cruz. Quien escribe sobre las ejecuciones en masa es Tácito y Josefo , bajo el gobierno de Tiberio, en la época de Jesús:

“Allí había una enorme montaña de difuntos, de ambos sexos, de todas las edades, personas de origen noble y humilde. No estaba permitido a parientes y amigos acercarse para llorar a sus muertos, ni siquiera que los mirasen por más tiempo. Los guardias estaban apostados en todos los lados; ellos se fijaban cuidadosamente para ver si alguien daba señales de duelo” .

El hecho de que las mujeres observasen de lejos tiene que ver exactamente con esta situación de peligro. Ellas, al menos, observaban de lejos, para ver lo que sucedía, para saber donde llevarían el cuerpo de su Maestro amado , ¡para recuperarlo más tarde! ¿Desaparecieron los discípulos varones? Solamente Lucas los incluyó en la narrativa de la cruz. Probablemente estaban en su escondrijo en la ciudad, con miedo, mucha tristeza, enlutados, incapaces de actuar (Mc 14,50; 16,10).
También, en la mañana del domingo, son estas mujeres, entre ellas María Magdalena, las que van al sepulcro de Jesús. Ellas toman la iniciativa de ungirlo, embalsamarlo. Quieren prestar, con esto, su último servicio de amor a su Maestro. Van con miedo, cosa comprensible, y toda precaución es poca ¡pero van! Y son ellas, también, y por esto mismo, las primeras en ver y entender la grandiosidad divina de lo que sucedió. En este contexto de miedo, se da la gran sorpresa en la vida de ellas. En la escena del sepulcro, donde encuentran los “dos hombres”; Lc 24,8 resalta que “las mujeres recordarán las palabras de Jesús”. Esto significa que ellas estuvieron junto a él, cuando él hablaba sobre estas cosas… También, a partir de aquí se hace indispensable una relectura “de atrás hacia adelante” en lo que se refiere al discipulado de mujeres, en el ministerio de Jesús.
Es María Magdalena la que se destaca, la que habla, la que reconoce al resucitado; pero son las mujeres en cuanto grupo, las que son enviadas para anunciar a las demás personas discípulas sobre lo que sucedió (Mt 28,10; Jn 20,17 por Jesús; Mc 16,7; por el ángel). Los sinópticos, Mc 16,9 (diferente del agregado posterior 16,10-11) terminan diciendo que, después de haber recibido el encargo del anuncio, las mujeres huyeron, porque estaban con miedo, y que por esto nada contaron a nadie. Esta, ciertamente, es la situación que corresponde, no solamente a la realidad de las mujeres en el sepulcro de Jesús, sino a la realidad actual de la comunidad marquina, que se encuentra dispersa por las presiones de la persecución en los años 70. En Lc 24,9-10, ellas asumen su responsabilidad, y anuncian la Buena Nueva consoladoramente, pero “ellos no creyeron”. Según Mt 28,16, “los once discípulos fueron a Galilea, al lugar que Jesús les había indicado…” y los envió… (Mt 28,19). Lo mismo debieron hacer las mujeres, según el relato de Mt 28,10.
“Ellos no creyeron”, es algo particular de Lucas y del añadido de Marcos. La mayoría de los exégetas interpretan esta afirmación de forma antijudaica, diciendo que los discípulos no creyeron, porque eran mujeres las que hablaban y porque, en el judaísmo las mujeres no tenían ningún valor en cuanto testimonio. Conforme Mc 16,13, el grupo tampoco dio crédito al anuncio de los otros dos discípulos. No creyeron en el contenido de sus palabras, no por ser mujeres, sino porque el anuncio era demasiado fantástico, ¡a pesar de ser esperado¡ .
Estos pasajes muestran varios aspectos de los orígenes del movimiento jesuánico y judaico-cristiano, pero que muchas veces fueron ocultados por la historiografía androcéntrica –patriarcal– tanto de los propios escritos cuanto de los exégetas: 1) las mujeres participaban de este movimiento de personas iguales desde el principio, en el seguimiento y en el servicio; 2) en el origen del cristianismo no se vetó a las mujeres el derecho de hablar, de anunciar Buenas Nuevas a los demás discípulos, ni el libre y responsable derecho de ir y de venir dentro de aquella situación de peligro; 3) el nacimiento –“principio de los dolores”– del movimiento judaico-cristiano se da a partir de aquel sepulcro en Jerusalén, donde las mujeres, amenazadas y con miedo, experimentan una Epifanía y son llamadas apóstolas del resucitado; 4) de esta manera, las mujeres y sus experiencias liberadoras no son heroizadas. También ellas, como los hombres, sienten miedo, están amenazadas por el poder romano y por esto vacilan. Ellas no disfrutan, como muchos piensan, de un ilusorio “privilegio de ser mujer”…

4.1.  Mecanismos para silenciar el apostolado de María Magdalena

Lucas es bastante sutil en su historiografía. El no consigue negar que las mujeres estaban observando de lejos al crucificado. Pero coloca su presencia entre comillas al lado de todos los conocidos de Jesús, sin mencionar ningún nombre (Lc 23,49). Y esto, él lo extiende durante toda la historia del entierro y de la propia resurrección de Jesús, hasta que, al final, después de haberse dado el anuncio a través de ellas, menciona el nombre de tres (24,10). El atestigua que, entre otras, María Magdalena no solo fue apenas testiga de la resurrección, sino que, también la anunció a los otros discípulos. Por lo tanto, el propio Lucas muestra en su evangelio, que María Magdalena estaba junto con Jesús, desde el inicio en Galilea hasta el final, y en el recomienzo en Jerusalén, habiendo sido el primer testimonio de la resurrección.
Ser testimonio de la resurrección, es el presupuesto para la “selección” del décimo segundo apóstol basada en el “juego de la suerte” en Hch 1,21-22.26. Solo que, en la boca de Pedro, Lucas dice que la persona a ser escogida debe ser “uno de los hombres (andron)” que acompañaron a Jesús desde el comienzo . No es solo ahí donde se silencia y excluye la participación igualitaria de las mujeres en el camino de Jesús. Lucas ya lo hizo anteriormente. Ahora, en los “Hechos de los Apóstoles”, silencia, inclusive, el nombre de las mujeres, entre ellas María Magdalena. Con esto, se va preparando cada vez más fuerte, en la última década del primer siglo, un proceso de exclusión de las mujeres en una línea del cristianismo primitivo, que se fue jerarquizando gradual y patriarcalmente, ya desde el tiempo de Pablo. Él, en 1 Co 15, silenció el testimonio de María Magdalena, y de las otras mujeres. Esta, fue la rama del cristianismo que acabó venciendo y se impuso. Esto lo vemos en el propio proceso de canonización de los escritos.

4.2.  “Te exaltas contra la mujer como los adversarios”

Otros evangelios, llamados “apócrifos”, escritos durante el siglo II, expresan la posición-clave que María Magdalena ocupa entre el grupo de Jesús, en esta situación post-pascual. Denuncian, una tendencia de excluir a las mujeres como agentes en el proceso salvífico, manifiesta siempre en la declaración envidiosa de Pedro. Hay, por parte e interés de él, una disputa de poder con respecto a la primacía en el apostolado. Aquí, sin embargo, María Magdalena siempre queda mejor. Cito dos ejemplos: El Evangelio de Mani nos cuenta que María Magdalena y muchas otras mujeres van al sepulcro para embalsamar a Jesús. El resucitado conversa mucho con María Magdalena. Entre otras cosas, le dice: “María, María, reconóceme… Yo no me aparecí antes a ti, hasta que vi tus lágrimas y tu sufrimiento. Quita esa tristeza y realiza este servicio (leiturgia): Se mi mensajera para estos huérfanos errantes [otros discípulos]”. El resucitado entonces le dice todo lo que ella debería contar y hablar a los otros y, si no creyesen, debía llamar a Pedro a su lado y recordarle las cosas que Jesús le había hablado en el Monte de los Olivos. El Evangelio de María cuenta que, después de una aparición del resucitado a un grupo de discípulas y discípulos, teniendo por objetivo el instruirlos de cómo deberían proceder de ahora en adelante, todos quedaron tristes y además enlutados lloraban mucho, diciendo ‘¿Cómo podremos ir al pueblo gentil a predicar el Evangelio del reino del Hijo del Hombre? Si ni éste fue tratado con indulgencia, ¿cómo seremos tratados nosotros?’ Entonces María se levantó, hizo su saludo y dijo: ‘No lloren, no se pongan tristes y de luto, ni sean indecisos, pues la gracia estará con todos ustedes y los protegerá. Dejen que alabemos su grandeza, pues él nos preparó y nos hizo personas humanas.’ Cuando ella dijo esto, cambiaron su actitud positivamente y comenzaron a discutir sobre la Palabra del Salvador.” Ahí, viene una parte, en la cual Pedro le pide a ella, que hable de la revelación que había recibido del Señor, el cual la amaba más que a las demás mujeres. Entonces María habla, cuenta que había visto al Señor, y que éste le había instruido acerca del alma, del Espíritu y de la razón. Andrés, entonces, dijo que él no creía que el Señor le hubiese hablado esto. A lo que Pedro indignado dijo: “¿Será que delante de nosotros él hablaría secretamente con una mujer y no abiertamente? ¿Será que debemos convertirnos y todos debemos oírla? ¿Será que él dio preferencia a ella en lugar de a nosotros?” Aquí aparece la envidiosa enemistad de Pedro en relación a María Magdalena, atestiguada también en otros “apócrifos” (en el evangelio de Tomás, Pedro por ejemplo dice: “Es necesario que María nos deje, pues las mujeres no son dignas de vivir”). Ante esto, María Magdalena se queda desesperada, pero recibe el apoyo de Leví, que la defiende, diciendo a Pedro: “Pedro, siempre fuiste impetuoso/irritativo. Ahora veo que te exaltas contra la mujer como los adversarios. Pero, si el Señor la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Ciertamente el Salvador la conoce muy bien. Por esto, él la amó más que a todos nosotros. Nosotros deberíamos avergonzarnos, revestirnos de perfección como él nos ordenó, y anunciar el Evangelio, sin que decretemos ningún mandamiento más ni otra ley, a no ser aquello que el Salvador nos dijo y ordenó.” Después de esto, fueron a predicar el Evangelio.
En estos “apócrifos”, María Magdalena aparece como apóstola de los apóstoles: ella los consuela, ella los amonesta, ella hace que salgan para anunciar el Evangelio. Tenemos, en estos escritos, junto con los textos arriba mencionados de los evangelios sinópticos, por un lado, el testimonio sobre la autoridad apostólica de mujeres, por otro lado, la oposición a esta autoridad. Sin duda, esto refleja situaciones concretas y reales del siglo II, en las cuales, el conflicto acerca de la participación de las mujeres en todos los niveles eclesiales y eclesiásticos estaba muy candente. Prueba de esto, no solo son estos testimonios apócrifos a favor del ministerio de María Magdalena y de otras mujeres, sino que también, había otros escritos apropiados para argumentar contra el sacerdocio de las mujeres .

5.      Desde el principio: las mujeres en el arduo trabajo misionero

Las mujeres, no solo fueron presentadas como el don del anuncio pascual, también quedan orando, unánimes, juntamente con los hombres, después de la ascensión del resucitado (Hch 1,12-14). Reciben el Espíritu Santo, participan de los dones proféticos y de la diaconía diaria (Hch 2,1-4.17-18; 6,1). Junto a los hombres, sufren la primera persecución en Jerusalén y son dispersadas por las regiones de Judea y Samaria, siendo, también allí, perseguidas por Saulo (Hch 8,1-3; 9,1-2). Esto es confirmado por el propio Pablo, que utiliza la Palabra “iglesia”, para caracterizar las personas que son perseguidas por él (1 Co 15,9; Flm 3,6; Ga 1,13.23). Es importante observar un pequeño detalle en la narración de Lucas; en Hch 8,4: se menciona a las mujeres y a los hombres dispersos, y dice que, en todos los lugares por los cuales pasaban “predicaban la Palabra/evangelizaban”. Está implícito que, el conjunto de las personas dispersas, eran agentes de evangelización, instrumentos de Dios en la siembra de la Buena Nueva. La afirmación de Lucas en Hch 21,9 confirma la actuación directa de las mujeres en este proceso. ¡Felipe tiene cuatro hijas profetisas! Como siempre, Lucas deja para el final de su escrito la mención de esta noticia. Conociéndolo, podemos entender que ellas ya actuaban en el inicio, juntamente con Felipe, conforme al relato en 8,4-8. Y es así que la “iglesia” va creciendo fruto del trabajo de las mujeres y de los hombres que, a pesar de ser perseguidos, y de encontrarse dispersos, dan un testimonio valiente y fiel de su fe en Cristo judío resucitado.

5.1.  “Notables entre los apóstoles…”

Pablo no reduce el uso de la palabra “apóstol” a los Doce. Él, también, se aplica el término a sí mismo (Rm 1,1; 1 Co 1,1; Ga 1,1 entre muchos otros), y a las otras personas, que deben haber sido conocidas con este título: Epafrodito es apóstol y “liturgo” entre las personas cristianas en Filipos (Flp 2,25); Andrónico es apóstol, así, como, Junia es apóstola (Rm 16,7). Y ambos, lo son de forma admirable y excelente, son ¡”notables entre los apóstoles”¡ La pareja —no podemos saber si son casados — se encuentra en Roma, trabajando por el Evangelio, juntamente con Priscila y Aquila, Trifena y Trifosa, Pérside, Urbano, Amplíato, Rufo y su madre, Julia, Nereo y su hermana, y muchas otras personas (Rm 16,1-16). Hacen parte de la primera y, respectivamente, de la segunda generación cristiana. Sabemos que, por ejemplo Andrónico y Junia, Priscila y Aquila, eran personas cristianas antes que Pablo , y que realizaban un trabajo misionero-evangélico, ya antes que él.
Priscila y Aquila, así como Pablo, hacían tiendas para sobrevivir, perteneciendo económicamente a la gran masa de la población en Roma, y religiosamente a la minoría judaico-cristiana perseguida. En su casa, que al mismo tiempo era su lugar de trabajo, reunían una “iglesia”, un grupo de personas cristianas para celebrar su fe. Es posible que esto sucediera diariamente, como en los inicios en Jerusalén, inclusive con el partir del pan. La evangelización se daba así, en medio del trabajo duro del “taller”, donde también llegaban personas extrañas; el fortalecimiento de la fe, el consuelo, la celebración, se daban durante las “reuniones eclesiales”, en la misma “casa” . Su trabajo era “duro”, tanto profesionalmente, cuanto en su afán por el Evangelio.
Para ver cuántas mujeres, y cómo ellas trabajaban por el Evangelio, me remito a Rm 16,1-16. Allí, Pablo menciona 27 nombres de personas: 8 de mujeres y 19 de hombres. Si miramos cuáles de estas personas están caracterizadas con alguna “actividad” en la vida eclesial, obtendremos otra relación: 7 mujeres y 3 hombres. Veamos :

          _      Febe: diácona en la iglesia de Cencrea y protectora (patronissa).
          _      Junia: apóstola.
          _      Priscila: trabaja con Pablo en la obra de Cristo - “colaboradora”; iglesia en su casa.
          _      María, Trifena, Trifosa, Pérsida: trabajaron mucho en el Señor.
          _      Aquila: trabaja con Pablo en la obra de Cristo - “colaboradora”; iglesia en su casa.
          _      Andrónico: apóstol.
          _      Urbano: trabaja con Pablo en la obra de Cristo - “colaborador”.

¿Qué significa ser “colaboradora” de Pablo en Cristo y “trabajar mucho en el Señor”? Synergós significa alguien “trabaja/actúa junto”; se trata de personas –mujeres y hombres– que realizan un trabajo de igual a igual, de hombro a hombro, no caracterizado por la subordinación. La especificación “en Cristo” indica que, se trata del trabajo relacionado con el anuncio de la obra salvífica de Cristo, con evangelización y misión. “Trabajar mucho en el Señor” está expresado, en griego, con el verbo kopiáo. Obsérvese, que este término es utilizado solamente para caracterizar el trabajo de la mayoría de las mujeres. Expresa un trabajo arduo, duro, sufrido, que trae mucho cansancio, diríamos “stress” (Mt 11,28; Lc 5,5; Jn 4,6, etc). Este verbo fue aplicado, como término técnico, para el trabajo misionero, que Pablo también aplica para describir su propio trabajo (1 Co 15,10; Ga 4,11).

6.      “Sus nombres están en el libro de la vida”

Ya vimos que, desde el principio, las mujeres participaban activamente en el movimiento de Jesús y en la formación de las primeras comunidades cristianas. Su trabajo en la organización comunitaria, y en la propagación del Evangelio, era tan cansado como, por ejemplo, el de Pablo. Jesús había puesto señales liberadoras en la vida de las mujeres de una sociedad patriarcal. El no las discriminaba por motivo de género o por clase social. Las mujeres responden a este tratamiento con la confesión de fe, seguimiento y servicio. En este camino de testimonio, encontramos tanto mujeres peregrinas, cuanto mujeres sedentarias. Pertenecen al grupo de peregrinas las mujeres que seguían a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén, como ya vimos anteriormente. Se trata de mujeres que van andando de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, están siempre en camino. Esto lo hacían para, juntamente con los doce, acompañar a Jesús y servirlos “conforme a las posibilidades que están a su alcance” (Lc 8,3) . Experimentaron la solidaridad de Jesús y su respuesta es igualmente solidaria, sabiendo que, al pertenecer a un grupo profético-mesiánico, ponen sus vidas en peligro, dentro de las circunstancias de la Pax Romana. Mujeres de esta generación son las que ayudaron a organizar la comunidad post-pascual en Jerusalén y en la dispersión (Hch 1,14; 8,4 en los textos).
Priscila, por ejemplo, debe ser fruto de esta evangelización. Ella, juntamente con su marido Aquila, era peregrina, pero temporalmente vivía como sedentaria. Su peregrinación se daba a causa de las persecuciones (Hch 18,2) y sin duda, también, por causa de su trabajo profesional y misionero. En los lugares donde “ponían su tienda” trabajaban en la confección de tiendas y formaban pequeñas comunidades judeo-cristianas, reuniéndose en su casa para las celebraciones del culto. Es lo que se llama “iglesia doméstica”, en la cual Priscila y no Aquila, ‘empujaba el carro’ . Sin duda, deben haber colocado su vida solidariamente al servicio de muchas personas, y por esto, corrieron peligros. Un ejemplo de esto lo encontramos en Rm 16,4, donde Pablo afirma, que la pareja arriesgó su propia vida para salvar la de Pablo; infelizmente no sabemos las circunstancias. La diaconía y la evangelización realizadas por Priscila, también, se desarrollan como asesoría solidaria a colegas ‘predicadores’, tal y como lo encontramos en Hch 18,26.
Hay diferencias entre las iglesias que se reunían en las casas de mujeres, desde el origen étnico y hasta en la forma del servicio. Lo que es común en todas es la solidaridad practicada en relación a las personas marginadas en la sociedad, o que corren peligro. Como ejemplos, recuerdo el de María, madre de Juan, en cuya casa un grupo de judaico-cristianos “estaba reunido para celebrar el culto a Dios” (Hch 12,12). Allí, una joven esclava, Rode fue recibida y valorizada como ser humano, tratada igual que las demás personas de aquella comunidad; allí, la comunidad ejerció la práctica de la no-denuncia de un fugitivo romano (vea el contexto). Otro ejemplo, es la casa de Lidia, que igualmente acogió a misioneros cristianos, ofreciéndoles abrigo y protección dentro de una situación política de inminente persecución (Hch 16,13ss). Menciono además, el ejemplo de Tabita que abriga en su casa a una comunidad, en la cual, las viudas, las excluidas de la sociedad, se sentían valorizadas y amparadas (Hch 9, 34ss). Hay muchos otros ejemplos cuyo recuerdo histórico se está recuperando en los últimos tiempos. Todas ellas, así como Ebodia y Síntique, trabajaron mucho por el Evangelio, haciéndolo presente en el diario vivir: eran líderes, amenazadas constantemente por el martirio, y por esto, ¡sus nombres ya están en el Libro de la Vida! (Flp 4,3).


7.      Perspectivas para el futuro…

Intenté rescatar algunos aspectos y momentos de los orígenes del “cristianismo primitivo”, colocando a las mujeres en el centro del contenido vivido y anunciado también por ellas. Queda mucho por profundizar. Pero, es una honra y un compromiso muy grande poder participar del grupo de personas que buscan mantener viva esta memoria de las mujeres que nos precedieron en la fe y en el trabajo fatigoso. Haciendo esto, tengo la certeza que el Evangelio se está anunciando, y la diaconía junto a personas excluidas y empobrecidas no se está olvidando. Estoy recordando unas palabras de Jesús. (Cf. Mt 26,6-13…)

Ivoni Richter Reimer
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Brasil
24230-120

El concepto de cristianismo gentílico-cristiano, que estaría libre de la comprensión judaica de la ley, debe ser analizado profundamente, pues no solamente refleja, divulga y sustenta el antijudaísmo religioso, sino que también es androcéntrico, patriarcal y eurocéntrico, proyectando hacia dentro del movimiento de Jesús y de las primeras comunidades cristianas una diferencia, una falta de continuidad, que no pretendió el Nuevo Testamento. Ha este respecto, cf. Luise Schottroff, Lydias´ ungeduldige Schwestern. Feministische Sozialgeschichte des frühen Christentums, Gütersloh 1994, p. 27-30; Ivoni Richter Reimer, Frauen in der Apostelgeschichte des Lukas, Eine feministisch-theologische Exegese, Gütersloh 1992, principalmente p. 57-76; 114-123.

Sobre el sistema de Pax Romana, Klaus Wengst, Pax Romana - Pretensão e realidade, Ediciones Paulinas, São Paulo 1991 (original 1986); Néstor O. Míguez, «El imperio y los pobres en el tiempo neotestamentario», Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana. v. 5/6 (1990), p. 87-101.

Plinio el Joven, Cartas X, 96,8.

Ignacio, Esmirna 13,2.

Elizabeth Schüssler Fiorenza, As origenes cristãs a partir da mulher - Uma nova hermeneutica, Ediciones Paulinas, São Paulo 1992, p. 193-237; Ivoni Richter Reimer, Vida de mulheres na sociedade e na igreja, Paulinas, São Paulo 1995, p. 55-97.

Ignacio, Esmirna 8,1ss. Mayores detalles en Elizabeth Schüssler Fiorenza, As origens, p. 352ss.

W. Schneemelcher, Neutestamentliche Apokryphen v. 2,5. Edição, Tübingen 1989, p. 195. Para Tertuliano era un presbítero que olvidó los Hechos de Pablo y Tecla, pero también podría haber sido una mujer. Sea como fuera, era alguien muy favorable al ministerio de las mujeres.

Un ejemplo: “Y Tecla se levantó y dijo a Pablo: Voy para Iconio. Y Pablo le dijo: ¡Vaya y enseñe la Palabra de Dios!” (Hechos de Pablo y Tecla 41).

W. Schneemelcher, Hechos de Pablo, p. 214-243.

Ibid, p. 235.

Traducción de Epifanio, Panarion 49,2-3, conforme Elizabeth Schüssler Fiorenza, o.c., p. 343.

Sobre este tema, Luise Schottroff, María Madalena e as mulheres junto ao sepulcro de Jesus (impresa por las Ediciones Paulinas). El término diakonein refleja sociológicamente la estructura patriarcal: originalmente describe el servicio de las mujeres y personas esclavas como el trabajo que necesita ser hecho, pero que no es valorizado. Amplio material sobre esto en Luise Schottroff, Lydias´ ungeduldige Schwestern, o.c., p. 299-308.

Tácito, Anales 6,19, subrayado por mí. Vea Josefo, Guerra judaica 2,253.

José de Arimatea consiguió el cuerpo valiéndose de su riqueza y, consecuentemente en estrecha unión con Poncio Pilato.

Situación semejante en Hch 12,14-15, mayores detalles, Ivoni Richter Reimer, Vida de mulheres na sociedade e na igreja, Paulinas, São Paulo 1995, p. 65-66.

Mayores detalles, Ibid., p. 14-19.

W. Schneemelcher, Neutestamentliche Apocryphen, v. 1, p. 320-323.

Ibid, p. 313-315. Subrayado por mí.

A este respecto cf. Elizabeth Schüssler Fiorenza, o.c., p. 349ss.

Pablo aborda la cuestión de que es costumbre que los apóstoles sean acompañados de una mujer hermana. (1 Co 9,5).

Hch 18,1-2: El decreto de Claudio expulsó a personas judaico-cristianas de Roma, que confesaban a Cristo (Cresto) como Señor y Salvador.

Respecto de la “casa” de Priscila y de Aquila en Roma, cf. P. Lampe, Die stradtrömischen Christen in den ersten beiden Jahrhunderten (WUNT 18), Tübingen 1987, p. 161; Ivoni Richter Reimer, Vida, p. 89ss.

P. Lampe, Ibid., p. 135ss; Uwe Wegner, «Aspectos socioeconómicos na Carta aos Romanos», Estudos Bíblicos, v. 25 (1990) 43-57.

Esta traducción es correctamente defendida y argumentada por Luise Schottroff, Lydias´ ungeduldige Schwestern, p. 307, con lo que no se reduce su servicio a bienes financieros.

En los saludos de Pablo, Priscila generalmente es mencionada antes de Aquila; Juan Crisóstomo, Salutatem Priscillam II,1 la llama de “excelente misionera”, y cuando habla de la pareja dice “la misionera”.

 

 
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