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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

La sociedad perfecta según los sadocitas
El libro de los Números

Sandro Gallazzi

Ex. 25-40 constituye la matriz ideológica del proyecto sadocita. Es un poco como una obertura en la cual son presentados todos los elementos más signficativos de la sinfonía. El libro de los Números es el gran final de esta sinfonía. Aquí los temas son retomados, repetidos, consolidados, y la música elaborada por los sadocitas del segunto templo resuena definitiva, eterna, inmutable. Nace la figura ideal del pueblo de Dios: la comunidad de los hijos de Israel, ordenada alrededor de la tienda y obediente al sacerdote. La pureza y el acceso a la santidad atraviesan todas las relaciones sociales, de arriba a abajo, haciéndolas sólidas e inmutables. El “reino de sacerdotes” y la “nación santa” de Ex. 19,6 son establecidos a partir del Sinaí. La caminata por el desierto, que marca la segunda parte del libro, sirve para que situaciones vividas en el segundo templo reciban raíces antiguas y legitimadoras. En el centro está la preocupación de garantizar el primado de los sadocitas y destacar su papel expiatorio. 

Ex. 25-40 takes shape within the matrix of the Zaddokite porgram. It is somewhat like an overture in which all the most important elements of the symphony are presented. The Book of Numbers is the gran finale of the same symphony. Here the themes are resumed, repeated and consolidated and the music elaborated by the Zaddokites of the Second Temple echoes in its definitive form, eternal and immutable. Here the ideal figure of the People of God has its birth: the community of the children of Israel, arrayed in order around the Tabernacle and obedient to the priest. The question of purity and access to holiness pervades all social relations, from top to bottom, and makes them solid and immutable. The “kingdom of priets” and “holy nation” of Ex. 19,6 are established on the basis of Sinai. The journey through the desert, which marks the second half of the book, enables situationes experienced in the Second Temple to receive ancient, legitimizing roots. At the center is a concern to guarantee the primacy of the Zaddokites and to stress the importance of their expiatory role.

En este ensayo no vamos a discutir la composición de este libro 1; toda buena introducción a la Biblia trata de este asunto. Lo que voy a procurar hacer es detectar los intereses y los grupos que están por detrás de la redacción final de este libro, cuya primera parte (1,1—10,10) pertenece al gran corpus sinaítico, mientras que la segunda parte (10,11—36,13) condensa las “lecciones” que el pueblo aprendió durante el largo camino por el desierto.

 

1. Un reino de sacerdotes y una nación santa

Ex. 25-40 constituye la matriz ideológica del proyecto sadocita 2. Es un poco como una obertura en la cual son presentados todos los elementos más significativos de la sinfonía. El libro de los Números es el gran final de esta misma sinfonía. Aquí los temas son retomados, repetidos, consolidados, y la música elaborada por los sadocitas del segundo templo resuena definitiva, eterna, inmutable.
A los pies del Sinaí los hijos de Israel ejecutaran todas las órdenes divinas relativas al santuario, al altar y al sacerdote (Ex. 35,1—Lv. 10,20). Tomaran conciencia de las situaciones generadoras de impureza y de sus medidas mitigadoras y reparadoras (Lv. 11,1—24,23). Y aprenderan definitivamente que sólo Dios es el verdadero y único dueño de las tierras, que ejerce su dominio por medio de los sacerdotes (Lv. 25,1—27,34).
Ahora, siempre en el desierto del Sinaí, exactamente un mes después de haber sido erguida la tienda de la reunión, Yahvéh determina cómo debe ser organizado el pueblo como un todo, toda la comunidad de los hijos de Israel.
Esta va a ser la nueva imagen de la organización popular que reunirá todas las precedentes y diversificadas formas de organización: clanes, casas de los padres, cabezas, escuadrones, millares, tribus paternas (Nm. 1,2-4.16). De ahora en adelante va a formar la única e indivisible “comunidad de los hijos de Israel”.
Un censo conducido por Moisés y Aarón, ayudados por los “príncipes” de las tribus paternas, dará origen constitutivo a esta nueva forma de organización. Ella tendrá la apariencia de un ejército militar: solamente los hombres mayores de veinte años y capaces de luchar con las armas serán admitidos y organizados en escuadrones y millares que se establecerán en forma de campamento, cada uno alrededor de sus insignias y de los emblemas de las casas de los padres. El centro de los campamentos, sin embargo, será la tienda de la reunión (2,1). Este es el bien mayor a ser defendido por los escuadrones de Israel y, al mismo tiempo, será el lugar más sagrado e inalcanzable que marcará cada paso de la marcha de los hijos de Israel.
Sólo en el capítulo 10 se vuelve a hablar en términos militares, cuando es definido el orden de marcha de los campamentos. Toda acción de la comunidad será dirigida por los diferentes toques de las trompetas, como en todo ejército, como en todas las antiguas guerras. Un detalle llama la atención y nos brinda la clave de lectura adecuada de estos primeros diez capítulos:

Los hijos de Aarón, los sacerdotes, serán los que toquen las trompetas: éste será un decreto perpetuo para vosotros y para vuestra descendencia (Nm. 10,8).

Los jefes de este ejército serán los sacerdotes. El comandante de este ejército no será más un rey sino el propio Dios, acampado con su tienda en medio de las demás tiendas de Israel. He aquí que las piezas comienzan a ocupar su debido lugar. El ejército es una figura. La figura de un pueblo ordenado y obediente: ordenado alrededor del santuario y obediente a los sacerdotes.
La antigua imagen de los sacerdotes que tocan las trompetas y conducen la guerra santa en nombre del Yahvéh de los ejércitos, como fue en los días de la conquista de Jericó (Js. 6,6-9) o en los días de la lucha gloriosa contra los filisteos (1Sm. 4,4s), es retomada ahora por los sadocitas del segundo templo para describir el proyecto post-esdriano. Es decisivo el hecho de que las trompetas, a ser usadas eventualmente en caso de guerra santa, serán usadas de manera constante para marcar los días de fiestas, las solemnidades o neomenias, cuando los hijos de Israel ofrecerán sus holocaustos y sus sacrificios de comunión (Nm. 10,9s).
Las trompetas serán de este modo indisolublemente ligadas al santuario y al altar. Como en el caso de la guerra santa, también durante las mayores liturgias el sonido de las trompetas se convertirá en memorial delante de Yahvéh para que él nunca se olvide de los hijos de Israel. He aquí entonces que el campamento tiene en su centro, no sólo físico, sino también socio-ideológico, el santuario, el altar y el sacerdocio.
Sin querer ofrecer una explicación más respecto del elevado valor numérico registrado por el censo (¡603.550 personas, sin contar las mujeres y los menores de veinte años!), incompatible con la realidad del desierto, debemos destacar el valor simbólico de esta información. El censo es el reconocimiento del dominio de Yahvéh sobre el pueblo. El campamento se constituye para hacer visible esa realidad.
En el centro del campamento está la tienda de la reunión. Alrededor de la tienda, en una primera rueda, están, al este, los aaronitas y Moisés. En los otros lados están los demás levitas, divididos por sus familias. En un tercer círculo están los demás hijos de Israel, divididos por sus tribus. Sería algo así:
                                       Dan                      Aser                 Neftalí

 

       Benjamín                                      Levitas de                                         Judá
                                                                   Merarí

 

        Manasés            Levitas              Tienda de            Moisés                Isacar
                                 de Guersón          la Reunión           Aarón

               

          Efraím                                            Levitas                                         Zabulón
                                                                 de Queha

 

                                       Gad                   Simeón              Rubén

 

Se trata al mismo tiempo de un campamento y de un modelo de organización social: cuanto más al centro o al este tanto más importante, porque tanto más próximo de la santidad.
La misma disposición podría ser vista de otra forma, conformando de esta forma una pirámide sagrada:

Tienda
Moisés
Hijos de Aarón
Hijos de Leví según sus familias
Hijos de Israel según sus tribus

Este modelo de sociedad hierocrática fue, a lo largo de los siglos, idealizada como la imagen de la comunidad ideal, la societas perfecta, prototipo del nuevo Israel, figura de la iglesia reunida alrededor de Cristo y de sus ministros y sacerdotes3. No debemos, sin embargo, olvidar que este modelo social fue la legitimación del proyecto sadocita elaborado en Babilonia, luego de la fracasada tentativa de restablecer el sistema monárquico en las tierras de Judá, después del fin del exilio.
Los proyectos autonomistas de Ageo, Zacarías y Zorobabel querían que Judá dejara de ser un Estado vasallo de los persas y reviviera las antiguas glorias de los tiempos pre-exílicos. Eso no le interesaba a Darío, quien le retiró su apoyo a Zorobabel. Este desapareció de la escena y todo sueño autonomista fue abolido. La corte aqueménida estaba interesada en que Judá, viviendo una situación estable, cumpliera un papel tranquilizador en toda la región. Por su parte, las comunidades judaicas de la diáspora se podían identificar mucho más fácilmente como una única comunidad religiosa reunida alrededor de un templo, que como una comunidad política alrededor de un palacio.
De esta confluencia de intereses nació un proyecto político para Judá, elaborado por la corte del rey Artajerjes y por la diáspora judaica. Es el proyecto que hallamos redactado en las páginas de Ez. 40-48, y que encuentra su legitimación ideológica en estas páginas del libro de los Números. El “príncipe” de Judá no va a ser más el rey, y sí el sumo sacerdote. El es el nuevo jefe de un Estado hierocrático, del cual el templo será el centro visible más importante. La figura del sumo sacerdote sadocita sustituye de forma definitiva la del rey davídico, cuya memoria era peligrosa para los persas y obsoleta e inútil para los judíos de la diáspora.
Casi toda la tierra de Judá será considerada una “porción santa” reservada a Dios y administrada por el sumo sacerdote, los sadocitas y los levitas. Las tribus, los clanes, las casas paternas, los millares de Israel, recibirán ahora su porción de la tierra mediante un sorteo, pero nunca más serán dueños de la misma 4. Las trompetas que resonarán en toda la tierra para dar inicio al año jubilar, serán la memoria permanente de que “la tierra me pertenece y vosotros seréis para mí extranjeros y huéspedes” (Lv. 25,23).
Esta será la “ley de Dios, que es ley del rey” (Esd. 7,26), que Esdras traerá de Babilonia para ser enseñada y practicada en Judá. El Sinaí será su plena legitimación. El sacerdote y el templo serán los administradores de estas tierras, y los hijos de Israel reconocerán este dominio y se convertirán en los mantenedores del templo a través de un complicado sistema de ofrendas, sacrificios, votos, anatemas, diezmos (Ne. 10,33-40).
Es por eso que el capítulo sétimo hace un simbólico retroceso en el tiempo y recuerda que, un mes antes, el día en que la habitación, el altar y todos los utensilios fueron consagrados, los jefes de Israel, que eran jefes de las casas patriarcales, jefes de las tribus, los príncipes, cada cual por su tribu, hicieron la gran ofrenda para la dedicación del altar. Se trata del qorban, la ofrenda dedicada exclusivamente a Dios, que muchas veces indica los holocaustos (Lv. 1,2), pero que en Números y Ezequiel se refiere a todos los sacrificios y a los utensilios destinados al santuario. En el judaísmo posterior significará “consagración” 5.
Su ofrenda consistía en una fuente de plata de ciento treinta siclos de peso, un acetre de plata de setenta siclos, en siclos del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la oblación; una naveta de oro de diez siclos, llena de incienso; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un chivo para el sacrificio por el pecado; y para el sacrificio de comunión, dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esa fue la ofrenda... (Nm. 7,13-17).

Todos los tipos de sacrificios: la oblación, el holocausto, el sacrificio de comunión y el sacrificio por el pecado, junto con el incienso y los utensilios de oro y de plata, constituyen la qorban que el pueblo ofrecerá. La procesión de los príncipes del pueblo trayendo su ofrenda, es la imagen visible de la centralidad económica y política que el altar y el santuario venían adquiriendo en la hierocracia sadocita.
La conclusión política del capítulo no deja sombra de duda. Se retoma aquí un tema central de la obertura:     

Cuando Moisés entraba en la Tienda de la Reunión para hablar con El, oía la voz que le hablaba de lo alto del propiciatorio que está sobre el arca del Testimonio, de entre los dos querubines. Entonces hablaba con El (Nm. 7,89).

No obstante, para que este sistema funcionara era necesario encontrar un elemento de estabilización que favoreciera el control social. El elemento estabilizador será la separación y distinción entre lo que es sagrado y lo que es profano, lo que es impuro y lo que es puro. Las relaciones sociales serán pautadas a partir de eso. Todo lo que está ligado al templo y al sacerdocio en el poder, es santo, separado, pertenece a Dios. No puede ser cambiado, debe ser aceptado, respetado y obedecido.
El libro de los Números va a seguir las orientaciones de Ez. 40-48: “esta es la ley del templo... todo el espacio alrededor del templo será santísimo, tal será la ley para el templo” (Ez. 43,12). Alrededor de la tienda se mantendrá un cinturón sagrado que nadie podrá traspasar. Desde el comienzo, ésta será la primera función de los levitas:

...los levitas acamparán alrededor de la Morada del Testimonio. De este modo, la Ira no se manifestará contra la comunidad de los hijos de Israel (Nm. 1,53).

Los levitas, de alguna manera, son, hoy, los límites del espacio sagrado que, ayer, impedían el acceso del pueblo al Sinaí (Ex. 19,12.21). En aquella antigua tradición popular, nadie, ni siquiera los sacerdotes, podían traspasar los límites; únicamente Aarón y Moisés (Ex. 19,24). Hoy, todos los levitas ocupan y, al mismo tiempo, protegen el espacio sagrado. Ellos pertenecen a Dios. El los escogió en lugar de todos los primogénitos de Israel, y por eso son censados aparte (Nm. 3,12s): todos aquellos nacidos a partir del día en que la habitación fue erigida y consagrada (Nm. 3,15).
Como antes el sumo sacerdote, también los levitas asumen la figura de persona colectiva y representan el pueblo consagrado a Dios. Ellos serán la memoria viva de la liberación de Egipto, desde los días en que Yahvéh hirió a los primogénitos de Egipto. Un complicado cálculo permitirá que los hijos de Israel paguen su deuda con Dios: un levita por cada primogénito del pueblo y una tasa por cabeza por los que excedieran el número de los levitas (3,40-51).
En esta condición de primogénitos sustitutos del pueblo, los levitas serán ahora “donados” a Yahvéh que, a su vez, los “donará” a Aarón y a sus hijos (8, 15-19). ¡Todo lo que pertenece a Dios es administrado por los sacerdotes, inclusive los levitas! La grandeza de los levitas es, también, su limitación. Lo que establecía Ez. 44 se cumple en el dispositivo divino:

...haced llegar la tribu de Leví y ponla a disposición de Aarón el sacerdote: ellos estarán a su servicio... Darás pues los levitas a Aarón y a sus hijos, como donados; ellos le serán donados por los hijos de Israel (Nm. 3,6.9).

La pirámide hierocrática es intraspasable. Si los levitas excedieran los límites y tocaran las cosas santas, de uso exclusivo sacerdotal, ellos mismos morirán. Ellos serán los encargados de transportar todos los utensilios del santuario, pero sólo después de que hubiesen sido acondicionados por los sacerdotes. En caso contrario, ellos morirán (4,15-20). La función de los levitas les proviene del santuario, del arca y del altar, no obstante ellos son debidamente distanciados de estos mismos objetos.
La santidad suprema es inalcanzable. De cierta manera, al difundirse se degrada, hasta alcancar los límites del campamento. He aquí por qué en el corazón de estos capítulos se encuentran las disposiciones acerca de la pureza del campamento como un todo.
“Ordena a los hijos de Israel que excluyan del campamento...” (Nm. 5,2).
El campamento en medio del cual Dios habita no puede ser contaminado 6. Es interesante notar la inclusión de la impureza producida por el contacto con un muerto, ausente en el Levítico y en la legislación precedente, lo que muestra que un dispositivo relativo a los sadocitas (Ez. 44,25; Lv. 21,1) fue ampliado a todos los hijos de Israel. Nm. 19,11-16 establece la legislación al respecto y determina los gestos purificatorios, y Nm. 9,6-14 ofrece a quien estuviera impuro por causa de un cadáver, la posibilidad de celebrar la pascua un mes después de la fecha oficial.
Estos detalles llaman la atención, sobre todo cuando se los liga a la legislación relativa al nazireato (Nm. 6,1-21). El nazir, así como el sumo sacerdote (Lv. 21,11), no podrá tocar siquiera el cadáver de sus familiares más próximos, lo que era permitido a los demás sacerdotes. También la disposición de no beber vino era típica de los sacerdotes cuando ejercitaban sus funciones (Ez. 44,21; Lv. 10,9).
Me parece posible concluir que, además de preocuparse por evitar la contaminación del campamento, el libro de los Números ofrece la posibilidad a todo hijo de Israel de consagrarse de forma especial a Dios, aunque sea por un período determinado y por voto. Por el nazireato, un hombre o una mujer 7 pueden ser de Yahvéh, como levitas y sacerdotes. El sacerdote se vuelve modelo y parámetro de santidad para todo el pueblo.
La pureza y el acceso a la santidad atraviesan así todas las relaciones sociales, de arriba a abajo, haciéndolas sólidas e inmutables. El “reino de sacerdotes” y la “nación santa” de Ex. 19,6 son establecidos a partir del Sinaí.
El pueblo que se encaminará por el desierto, rumbo a la tierra prometida, acompañando la nube santa (Nm. 9,15-23) y obediente a la convocación de las trompetas sacerdotales (Nm. 10,1-10), será una verdadera hierocracia, una hierocracia que sólo existió después de Esdras y Nehemías, pero que tenía sus raíces más profundas en las disposiciones que Yahvéh reveló a Moisés sobre el propiciatorio del arca de la alianza, en medio de los querubines.
La bendición de Dios sobre el pueblo, invocada por Aarón y sus hijos (Nm. 6,22-27), era mediada por la aceptación del proyecto sadocita 8.

 

2. Las lecciones del desierto 

La segunda parte del libro de los Números traza el largo caminar de la comunidad de los hijos de Israel desde los pies del monte Sinaí hasta las estepas de Moab. Todos los autores concuerdan en encontrar en estos textos la presencia de, por lo menos, dos momentos redaccionales. Una vez más no entraremos en la cuestión de los documentos, fuentes o memorias populares subyacentes a estos capítulos. Con certeza, el desierto fue un elemento aglutinador de memorias provenientes de varios lugares y grupos.
Lo que nos interesa es ver cómo la mano sadocita intervino en el conjunto de las memorias que ya existía y que, sin querer definir tiempos, lugares y orígenes, identificaremos como obra del Redactor 1 (R1). Veremos también que cada vez que hubo esta intervención, fue para dar fundamento y sustancia al proyecto hierocrático.
Con este objetivo propongo que hagamos una sinopsis entre los textos que usan como sujeto el sintagma hijos de Israel, y los demás textos, donde el sujeto es pueblo, Israel, pueblo de Israel, hombres de Israel, etc. Creo poder afirmar, sin querer definir eso de forma dogmática, que los textos con hijos de Israel son de origen sadocita y provienen del segundo templo. Los demás textos ya habían sido colectados por el R1 y sufrieron una posterior intervención 9. Veamos los textos de las mayores perícopas:

1. Nm. 10,29—12,16: del Sinaí hasta Cadés. Las memorias de la primera etapa de la caminata son trabajo del R1. Hallamos el sujeto hijos de Israel sólo una vez, en 11,4, con un papel evidentemente redaccional en ésta que es casi una segunda edición de los capítulos 16 al 18 del Exodo. Mucho más antiguas, estas tradiciones hablan del maná, pero no del sábado; hablan también de la conducción colectiva del pueblo por medio del don del Espíritu a los 72 ancianos que se convierten en profetas. La memoria de la profecía y no del sacerdocio marca estas páginas que concluyen con las quejas de María y de Aarón contra Moisés. La presencia y la importancia de María (Ex. 12,15) muestran la antigüedad del texto.

2. Nm. 13-14: la historia de Caleb y Josué. La redacción más antigua de esta página nos habla solamente de la exploración de Caleb en el sur de Canaán, de su testimonio en la asamblea y del castigo del pueblo incrédulo (Nm. 13,22s.27-31; 14,4.11-25.40-45?). A este trabajo más antiguo del R1 fue sobrepuesto otro texto que incluyó la figura de Josué, junto a la de Caleb, amplió la exploración hasta el extremo norte de Canaán y presentó la reacción de Yahvéh a las murmuraciones de la comunidad, y estiró hasta cuarenta años el viaje en el desierto (Nm. 13,1-21.24-26.32s; 14,1-3.5-10.26-39). Es justamente en este segundo momento que encontramos el sujeto hijos de Israel (13,2.24.26; 14,2.5.7.10.27.39). Aquí Aarón aparece siempre al lado de Moisés y aparenta tener una importancia que las redacciones precedentes nunca le atribuyeron. La comunidad de los hijos de Israel, cuyo censo es recordado, se rebela contra ellos y exige la escogencia de otro jefe (14,4). Moisés y Aarón saben que quien cuestiona la autoridad y el poder de Dios y de sus ministros, sólo puede ser castigado. Toda la comunidad asistirá a la muerte fulminante de los hombres que la incitaron a murmurar contra sus jefes.
En la secuencia, como será costumbre en toda esta parte del libro, la mano sadocita del segundo templo aprovecha la enseñanza para agregar unas páginas legislativas. Aquí son presentadas las nuevas disposiciones referentes a la mantención del altar. La minhah 10, a partir de ahora, pasa a acompañar obligatoriamente a todos los animales que serán inmolados en el altar (Nm. 15,1-16). La primicia del trigo será bi-tributada: en la hora de la producción (en la era) y en la hora de la comida (tributo de la masa) (Nm. 15,17-21). Y los pecados cometidos por inadvertencia podrán ser perdonados a través del sacrificio por los pecados 11 (Nm. 15,22-31).

3. Nm. 16: la rebelión de Datán, Abirón y Coré. Aquí acontece, sin poner ni quitar, lo mismo que aconteció con la perícopa narrativa precedente. Por debajo está, fruto de R1, la antigua memoria de la revuelta de Datán y Abirón, quienes discutieron la autoridad de Moisés, y fueron castigados por eso (16,1b-2a.12-15.25-34). Por encima, en los textos donde aparece el sujeto hijos de Israel, la mano sadocita añade la memoria de la revuelta de Coré y de los doscientos cincuenta jefes que son castigados por no aceptar la autoridad sacerdotal de los aaronitas (16,1a.2b-11.16-24.27a.35). El conflicto entre los jefes y Moisés pasa, de este modo, a ser releído como conflicto entre los levitas y los aaronitas:
Oídme, hijos de Leví. ¿Os parece poco que el Dios de Israel os haya apartado de la comunidad de Israel para poneros junto a sí, prestar el servicio a la Morada de Yahvéh... y ¡todavía se os ha antojado el sacerdocio! (Nm. 16,8-10).

Están en juego dos modelos de concebir el pueblo de Dios. De un lado, se proclama:

Toda la comunidad entera es sagrada y Yahvéh está en medio de ella. ¿Por qué, pues, os encumbráis por encima de la asamblea de Yahvéh? (Nm. 16,3).

Del otro lado, se censura:

Por eso, contra Yahvéh os habéis amotinado, tú y toda tu cuadrilla; porque ¿quién es Aarón, para que murmuréis contra él? (Nm. 16,11) 12.

Este conflicto, que el Pentateuco resuelve a favor de los aaronitas/sadocitas, brinda la ocasión al redactor del segundo templo de poner de realce:

—el poder propiciatorio de Aarón. En los textos precedentes era la súplica de Moisés la que calmaba la ira de Dios; aquí es el rito de expiación celebrado por Aarón el que hace cesar la “plaga” (Nm. 17,11-15);
—el primado indiscutible de Aarón, cuya rama florece entre todas las otras (Nm. 17,16-25);
—la supremacía de las funciones sacerdotales sobre las funciones levíticas (Nm. 18,1-7);
—la lista de todas las ofrendas que son reservadas a los sadocitas y la parte de los levitas (Nm. 18,8-32).

Todos estos capítulos destacan el poder sacerdotal de expiar y perdonar la culpa controlando el castigo divino. Es en este privilegio que se sustenta todo el poder sagrado. En esta línea va también Nm. 19, que habla de la preparación del agua lustral, el agua que, preparada por el sacerdote, servirá para las varias purificaciones.

4. Nm. 20,1-22,1: de Cadés a Moab. En estos capítulos, típicamente narrativos, se alternan perícopas que pertenecen al R1 y al redactor sadocita. Son de R1: los conflictos con Edom (20,14-21), con Arad (21,1-3) y con Sijón, rey de los amorreos (21,21—22,1); el episodio de la serpiente de bronce, episodio propiciatorio sin la presencia de Aarón (21,4-9); y el resumen de las etapas de la caminata en el desierto hasta Cadés (21,11-20). Las perícopas pertenecientes a la redacción sadocita, donde aparece el sujeto hijos de Israel o comunidad, son las que hablan de las aguas de Meribá y del castigo de Moisés y de Aarón (20,1-13), y la de la muerte de Aarón y la investidura de Eleazar (20,22-29).
A veces, hijos de Israel es un simple sujeto redaccional (20,1.22; 21,10; 22,1.3) que muestra la pertenencia a la mano que produjo la redacción final de estos capítulos.

5. Nm. 22,2—24,25: en las estepas de Moab; la memoria de Balaaam. Este texto, más antiguo, es completamente de R1. El sujeto hijos de Israel sólo aparece en 22,3 en un evidente agregado reiterativo. Las memorias de los oráculos de bendición de Balaam son, con certeza, mucho más antiguas y ligadas a la memoria profética transjordánica y del Israel del norte, como testimonian las muchas referencias a Jacob e Israel.

6. Nm. 25-30: el Baal de Peor y sus consecuencias. Esta corta perícopa se compone, una vez más, de dos memorias de las cuales la segunda es una relectura, en clave sadocita, de la primera. Nm. 25,1-5 recuerda la participación del pueblo en los sacrificios baalísticos y el relativo castigo. Nm. 25,6-18, por su parte, aprovecha la ocasión para hacer la memoria del celo de Pinjás, hijo de Eleazar, ancestro de los sadocitas. El, al traspasar a los amantes idólatras, hace cesar la “plaga” que ya había matado a veinticuatro mil hijos de Israel.
La promesa de Yahvéh resuena con toda su solemnidad:

Por eso digo: le concedo a él mi alianza de paz. Habrá para él y para su descendencia después de él una alianza de sacerdocio perpetuo. En recompensa de haber sentido celo por su Dios, celebrará el rito de expiación sobre los hijos de Israel (Nm. 25,12s).

Nada más solemne. Esta bendición hace de contrapeso a las precedentes bendiciones de Balaam, dirigidas a todo el pueblo. El pueblo solamente sobrevive si alguien hace las expiaciones por él. Se vuelve a repetir el tema más común de nuestra sinfonía: sin el sacerdote pararrayos, el pueblo será exterminado.
Nada más lógico que después de este castigo sea rehecho el censo, casi un nuevo recomienzo (Nm. 26,1-65): se trata de censar gente nueva, los nuevos hijos de Israel que entrarán en la tierra prometida:

Entre ellos no quedaba nadie de los que habían sido alistados por Moisés y por el sacerdote Aarón, cuando hicieron el censo de los hijos de Israel en el desierto del Sinaí (Nm. 26,64).

Los otros murieron en el camino, conforme a la decisión de Yahvéh 13.
Al nuevo pueblo le será garantizada la tierra a través de sorteo, y teniendo en cuenta el número de los censados. La tierra, como vimos, es de Dios, y será entregada no como posesión sino como herencia.
Es un nuevo pueblo con un nuevo jefe: Josué (Nm. 27,12-23). Tenemos, no obstante, una novedad: Aarón siempre vino en segundo lugar, después de Moisés; ahora será al contrario: Josué será, sí, el jefe, pero tendrá únicamente “una parte de la autoridad” (Nm. 27,20). Quien va a consultar a Yahvéh será Eleazar. El sadocita será la suprema autoridad.
Siguiendo su costumbre, los redactores sacerdotales agregan aquí una larga serie de disposiciones legales para dar raíces antiguas a los ritos en vigor en el segundo templo: los sacrificios relativos al desarrollo del calendario (vv. 28s) y la legislación de los votos (v. 30).

7. Nm. 31: disposiciones para la guerra santa. El capítulo 31 se liga literariamente a la conclusión del capítulo 25. Madián, responsable por los pecados de Baal Peor, debe ser destruida. Pinjás, heredero y ancestro de un sacerdocio perpetuo, liderará la guerra santa contra Madián 14. Es la ley del exterminio obrado en nombre de Dios. Particularmente trágica es la página que cuenta cómo Eleazar y Moisés, indignados, piden que sean ejecutadas todas las mujeres no vírgenes que los soldados habían hecho prisioneras, y todos los niños de sexo masculino. La misma orden que, en el comienzo de la historia, fue dada por el Faraón a las parteras. Sólo pueden ser conservadas con vida las niñas y las mozas, quienes pasarán a ser propiedad de los soldados (Nm. 31,13-18).
Para colmo de la ironía, frente a tamaña matanza se levanta, por boca de Eleazar, la preocupación por la pureza de todos estos soldados que en la guerra, aunque santa, tocaron un cadáver. Todo debe ser purificado: las personas, las ropas y, sobre todo, los despojos, que después serán repartidos entre los soldados, la comunidad y los sacerdotes. Pero, como la guerra es santa, Yahvéh también quiere su parte, en particular todo el oro que fue recogido y que es ofrecido a Moisés y a Eleazar para “hacer expiación por nosotros delante de Yahvéh” (Nm. 31,19-54). Este oro es llevado al interior de la tienda de la reunión, para que sirva “ante Yahvéh de recuerdo en favor de los hijos de Israel”.

8. Nm. 32-36: disposiciones conclusivas. Estos capítulos del libro de los Números tienen como único sujeto hijos de Israel (con las excepciones poco significativas de Nm. 32,13.14.22). Se trata de las disposiciones acerca de la distribución de las tierras: hoy, de la Transjordania (Nm. 32), y mañana, de la tierra de Canaán (Nm. 33,5—36,13). En el medio, quizá desplazado literariamente, el resumen de todas las etapas de la larga caminata por el desierto (Nm. 33,1-49).
Un detalle interesante llama la atención. La narración, más larga y más antigua (Nm. 22,5—24,25, sin hijos de Israel), que había transformado a Balaam, el hombre llamado para maldecir al pueblo, en un verdadero profeta, obediente a las palabras de Yahvéh (Nm. 24,13), no es aceptada por el grupo sacerdotal. En la redacción sadocita (con hijos de Israel), Balaam es presentado como un falso profeta, responsable por el incidente de Baal-Peor (Nm. 31,16), y será muerto en la guerra santa contra Madián (Nm. 31,8b).

 

Conclusión 

Los antiguos poemas musicales, memorias de santuarios, lugares y grupos más antiguos, fueron incorporados y reinterpretados en la sinfonía encomendada por el segundo templo. El trabajo de Esdras, y sobre todo de Nehemías, produjo este proyecto hierocrático que sustituyó el viejo proyecto monárquico/davídico, atendiendo a los intereses de la corte aqueménida y a la teología de los judíos de la diáspora.
El segundo templo, en particular a partir de Ez. 40-48, organizó toda la sociedad a partir de diferentes niveles de sacralidad y, al mismo tiempo, a través de un conjunto muy complejo de leyes; esta misma sociedad era la víctima constante de inevitables situaciones de impureza. Todos eran impuros, aun sin saberlo.
Esta autoconciencia de impureza fue el mayor mecanismo de opresión pues, al empañar la memoria de la misericordia de Yahvéh, sirvió para justificar la necesidad de tener un intermediario propiciatorio entre la santidad de Dios y la impureza de la sociedad. El arca con el propiciatorio, el sacerdote mediador y purificador y el altar con sus sacrificios de expiación, fueron transformados así en elementos esenciales del proyecto sadocita. Por ellos era mediada la presencia de la bendición de Dios, garantía última de vida y de bienestar.
El pecado, en cuanto tal, se convirtió en un instrumento de dominación en manos del sacerdote. Además de garantizar la concentración económica, él producía la dependencia ideológica, la subordinación política y la mantención de la estratificación social. Por él, el templo de Jerusalén se convirtió en un centro económico y político de dominación en Judá.
Al describir los elementos de este proyecto, que fue hegemónico en las tierras de Judá hasta la guerra macabea, no podemos sin embargo olvidar que las resistencias fueron grandes por parte de varios grupos.
Gracias al “pluralismo” de los rabinos, en esta biblioteca que se llama Biblia tenemos varias voces, muchas veces disonantes, diversificadas y hasta antagónicas. Justamente como es la historia. La Biblia no es memoria de un solo lado. Esta “sagrada escritura” es escritura de mucha gente, de muchos grupos, de diversas teologías, proyectos y anhelos diferentes, a veces inconciliables. Al escuchar un lado, a la misma hora se escucha el otro, los otros.
El judaísmo no fue y no es una cosa monolítica, homogénea, monótonamente concorde. El judaísmo fue vida, fueron conflictos, fueron divergencias. No todas están en nuestra biblioteca. Se necesitaría abrir la biblioteca de Qumrán, la biblioteca de la literatura apocalíptica, la enorme variedad de estas bibliotecas llamadas simplemente por los cristianos “apócrifas”. Mixná, talmud, targum, midrax, halacah, hagadah, son palabras indicadoras de esta riqueza que es el “judaísmos” (plural y singular al mismo tiempo).
No olvidemos que canon no quiere decir solamente regla; canon significa, también, reducción, selección, eliminación. Es producto de quien detenta el poder y quiere evitar conflictos, discordancias, herejías peligrosas. A cada canon de lectura obligatoria, corresponde un liber index de lo que no debe ser, bajo ninguna hipótesis, leído o conocido.
El teatro de Job, la historieta de Jonás, los poemas de Cantares, las novelas de Ester, Rut y Judit, las osadas ironías de Cohélet, fueron la nueva expresión de la profecía que enfrentó la ideología sadocita.
Vale la pena recordar que la casa del pueblo, casa principalmente de la mujer, supo producir un verdadero Pentateuco: los cinco textos que en la Biblia hebrea forman la colección de los meguilot, los “libros” litúrgicos que eran leídos durante las grandes fiestas.
Al romper los límites entre lo sagrado y lo profano, al superar las fronteras entre lo puro y lo impuro, al reconstruir el xalom sin exigir sacrificios expiatorios, al vencer la dimensión mágica de la santidad para proponer la adhesión a la voluntad del Padre, la casa redimensionaba y hasta “inutilizaba” el templo como tal.
De esta forma, la seria rigidez de la torah sadocita y de la sabiduría oficial sirven de eco amplificador a la poesía provocadora de la sulamita, el sarcasmo desvastador de la Cohélet, la saciedad plena de Rut, la innovadora pascua de Ester, la libertad activa de Judit. Jonás y Job hablan alto porque el templo y su proyecto son su caja de resonancia. Y viceversa: al escuchar estos otros libros, tenemos condiciones de conocer mejor el alcance de la torah.
Tengo la certeza de que al conocer el funcionamiento del templo, podemos comprender mejor la alternativa popular que Jesús heredó y contemplar con mayor conciencia el misterio de un Padre que “es amor... y nos amó y envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados” (1Jn. 4,8-10).
Nos cabe a nosotros, a nuestras iglesias, a nuestras comunidades y sinagogas, continuar definiendo, a pesar de nuestra fragilidad y contradictoriedad, si nos desposamos con el proyecto del templo o con el proyecto de la casa. Jesús escogió la casa y no el templo, la mesa y no el altar, el compartir y no el sacrificio, la familia y no el sacerdocio. Por eso murió. ¡Por eso fue muerto!
No tenemos ya más necesidad de templo y de altares sacrificiales. Nos bastan una casa y una mesa donde celebrar el único culto agradable a este Dios: el amor entre los hermanos.

Queridos,
si Dios nos amó de esta manera,
también nosotros debemos amarnos
unos a otros (1Jn. 4,11).

 

Bibliografía

El libro de los Números está poco presente en la bibliografía latinoamericana de los últimos años. En general se trata de comentarios a perícopas, entre las cuales se destacan la bendición sacerdotal, el episodio de Caleb y las memorias de Balaam. No encontré ninguna reflexión sobre los textos legislativos.
Bernini, Giuseppe. Il libro dei Númeri. Torino, Marietti, 1972, 322 págs.
Cimosa, Mario. Levitico e Númeri. Brescia, Queriniana, 1981, 138 págs.
Cortese, Enzo. La terra de Canaan nella storia sacerdotale del pentateuco. Brescia, Paideia, 1972, 205 págs.
Gallazzi, Alessandro. Alguns mecanismos de opressão do segundo templo. São Bernardo do Campo, Instituto Metodista de Ensino Superior, 1996, 402 págs. (tesis de doctorado en Ciencias de la Religión).
Maier, Johann. Il giudaismo del secondo tempio. Brescia, Paideia, 1991, 380 págs.
“Números. Roteiro para um viver cristão dinâmico”, en Caminhada Diária (São Paulo) No. 6 (s. f.), págs. 14-24.
Riggans, Walter. Números. Buenos Aires, Aurora, 1988, 272 págs.
Sacchi, Paolo. Storia del secondo tempio. Torino, Società Editrice Internazionale, 1994, 529 págs.

Sandro Gallazzi
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1 Todos los comentaristas concuerdan en dividir el libro de los Números en dos partes: Nm. 1,1—10,10, de redacción completamente sacerdotal, y Nm. 10,11—36,13, producto de diversas fuentes reelaboradas por manos sacerdotales. La concordancia entre los exégetas termina aquí. Para lo demás tenemos opiniones diversificadas, y muchas veces contrarias. Podemos dividir estas posiciones por sus portavoces más importantes.
Tenemos los defensores de la teoría documental que, comenzando por Julius Wellhausen y pasando, con pequeñas variantes, por Eissfeldt, Robert-Fueillet, Fohrer, Rudolph, sustentan que el libro de los Nm. 10,10—36,13 sería el producto de la fusión de tres documentos principales precedentes: J, E y P.
Por su parte, el escandinavo Sigmund Mowinckel refutó la teoría documental y puso en evidencia la presencia de narraciones del tipo de la saga popular ligada a héroes o lugares especiales.
La discusión mayor entre los exégetas se refiere en especial a las secciones legislativas contenidas a lo largo de la narración y que, según Wellhausen, serían todas de origen post-exílico, pero que la escuela sociológica escandinava considera de origen mucho más antiguo y expresión de la memoria del desierto.
Otra polémica que incide directamente en el libro de los Números es la mantenida por Martin Noth, quien defiende la teoría del Tetrateuco, por lo que Números sería un libro conclusivo, y Gerhard von Rad, quien por su parte defiende la teoría del Hexateuco, a partir de la cual el libro de los Números sería una etapa más en la caminata rumbo a la conquista de la tierra prometida.
2 Véase mi ensayo respecto a Ex. 25-40 en este mismo volumen de RIBLA.       
3 La fuerza de este imaginario llevó a consolidar un modelo eclesiástico clerical y templocéntrico, que todavía hoy permea las estructuras de muchas de nuestras iglesias, las cuales se constituyen en verdaderos centros de poder ejercido en nombre de Dios.
4 Creo que la manera aleatoria con que es hecha la distribución de las tierras en Ez. 48,1-13, sin respetar los antiguos confines tribales y colocando en el medio del territorio una “porción santa” muy grande, entregada a la administración del “príncipe”, de los sadocitas y de los levitas, armoniza con la ambigüedad de las listas de las tribus contenidas en Números, y que a veces son encabezadas por Rubén (1,5.20; 13,3; 26,5), y otras veces por Judá (2,3; 7,12; 10,14). Este hecho, que puede indicar inclusive el uso de fuentes diferentes, sirve sobre todo para que quede claro que, de ahora en adelante, nadie más puede apelar a las antiguas disposiciones tribales. Los antiguos derechos son dejados de lado. Nace una nueva realidad: todo va a girar alrededor del santuario. Eso no es difícil de aceptar si pensamos que todas las disposiciones del Sinaí sólo valían en realidad para la pequeña provincia de Judá y para las tribus de Benjamín y Judá.
5 Vaux, Roland de. Le istituzioni dell’Antico Testamento. Torino, Marietti, 1964, págs. 405s. 
6 Me parece que las disposiciones relativas a los celos (Nm. 5,11-31), y que posiblemente son de origen más antiguo (notar la ausencia de la pena de muerte de la adúltera), estén colocadas aquí con el fin de evitar que inclusive impurezas que pueden estar escondidas y ser desconocidas contaminen el campamento. Cuando no se tiene certeza, se realiza el gesto ritual revelador del crimen cometido.
7 Este detalle llama la atención e indica la probable antigüedad de este gesto, a pesar de que la Biblia no identifica ningún caso de mujer nazirea. Flavio Josefo recuerda a Berenice, la única mujer que hizo voto de nazireato (citado por Bernini, Giuseppe. Il libro dei Númeri. Torino, Marietti, 1972, pág. 69).
8 Es interesante confrontar esta afirmación con la liturgia del día de las expiaciones descrita en Eclo. 50,5-21, que termina justamente con la proclamación de la bendición. La mixnah afirma que en la proclamación de esta bendición, el nombre de Yahvéh debía ser pronunciado y no sustituido por el nombre de Adonai (Ibid., pág. 76). Era el único caso.
9 No es el caso de justificar aquí esta hipótesis de trabajo. Traté de demostrar eso en mi tesis: Alguns mecanismos de opressão do segundo templo. São Bernardo do Campo, Instituto Metodista de Ensino Superior, 1996; ver también mi ensayo: “Lendo Juízes 20-21 a partir dos excluídos”, en Ensaios de Pós-Graduação/Ciências da Religião. São Bernardo do Campo, Ciências da Religião, 1996, págs. 23-50.
10 La minhah, en el ámbito religioso, era un tipo de sacrificio vegetal totalmente quemado en honor a Dios, y, en el ámbito político, indicaba un presente o, en particular, un tributo (Jc. 3,15-18; 1Sm. 10,27; 2Sm. 8,2.6; 1R. 5,1; 10,25; 2R. 8,8s; 17,3s; 20,12; Is. 39,1; Os. 10,6). A partir de Lv. 2, la minhah será reservada para la alimentación de los sadocitas.
11 Asistimos aquí al momento intermedio de la elaboración de ésta que será una de las legislaciones más importantes referentes a los sacrificios, en la época del segundo templo. Al concepto de sacrificio será unido el concepto de expiación por el pecado. A la expiación comunitaria se agrega la expiación individual. Esta será la manera de “controlar” la ira de Dios ante la transgresión cometida. El elemento terrífico será, de este modo, puesto bajo el control sacerdotal y transformado en elemento privilegiado de sustentación del poder sadocita. Lv. 4 y 5 presentarán la legislación definitiva sobre este asunto.
12 Este texto documenta que la llegada al poder del grupo sadocita no fue tranquila ni sin conflictos. Más difícil es situar este conflicto en su momento histórico. El grupo levítico, que permaneció en Judá mientras los sadocitas fueron llevados al cautiverio, había adquirido una tajada mayor de poder que no quiso entregar sin más cuando terminó el exilio. El conflicto entre los dos grupos fue resuelto, después del fin de Zorobabel, por Babilonia (Ez. 44), que dio el control del poder a los sadocitas. Es lógico que el grupo levítico no aceptara de buen grado esta propuesta de subordinación. Esta es la necesidad que generó la relectura de Nm. 16.
13 La referencia a los que murieron en el desierto sirve para encuadrar la memoria de las hijas de Selofjad, y la disposición que garantice el derecho a la posesión de la tierra también a las mujeres (Nm. 27,1-11).
14 Es interesante notar la ausencia de Josué en esta historia, y ver las diferencias con la guerra santa contra Amalec, narrada en Ex. 17,8-16.          

 

 
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