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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
Javier Saravia, El camino de Jesús, CRT, México, 1993, 168p.La obra que se presenta ofrece “un material y un método de evangelización para conocer el hecho salvífico de Jesucristo, para proclamarlo y ayudar a realizarlo” (p.7). Está destinada al trabajo pastoral con “comunidades, grupos y círculos bíblicos”; se considera útil “para las personas que se inician en la Biblia, como para las personas con experiencia de lectura bíblica” (p.8). El autor es un pastoralista mexicano bien conocido, que ha escrito varios libros para estudiar la Biblia con el pueblo. El itinerario histórico de Jesús se expone en una serie de cuarenta y siete temas. Están organizados en seis etapas: la infancia y vida oculta, los comienzos apostólicos, la encrucijada crítica, la subida a Jerusalén, la pasión y muerte y la resurrección. Cada uno de los temas corresponde a una reunión y se sugiere que sean estudiados en el transcurso de un año. El autor asume el método teológico pastoral que la iglesia latinoamericana ha hecho suyo. Cada tema se expone siguiendo los tres pasos ya conocidos: Primero: “se parte de un hecho de la vida, para motivar la participación” (p.8). Todos los temas comienzan con un breve relato, en general realista e ilustrativo, de episodios donde la vida y la fe del pueblo van unidas. Las preguntas que le siguen invitan a reflexionar y a profundizar en el sentido que tienen esos hechos y ayudan a descubrir el paso salvador de Dios en la historia cotidiana. Todo esto motiva la participación, como bien lo afirma el autor, pero es claro que los hechos de la vida tienen muchas otras funciones. Segundo. “se pasa a los textos bíblicos,para favorecer la lectura, meditación e interpretación. Se ilumina un poco añadiendo algunos comentarios” (p.8). En este paso el autor reproduce un párrafo de la Escritura y anota la cita de otros dos o tres pasajes de mayor amplitud, para que se lean en grupo. Agrega luego de tres a cinco preguntas, bien formuladas, que ayudan a sobrepasar la letra, para llegar en ella al Espíritu. Y para descubrir, tanto el sentido que tiene en sí ese texto del pasado, como el sentido que tiene hoy para nosotros. En casi todos los temas, no obstante su brevedad, los comentarios explicativos abordan el núcleo principal del texto sin perderse en detalles interpretativos. Una excepción podría estar en el tema 3, referente al “embarazo de María” (Lc 1,30-34), donde quizá se presta más atención a los problemas que María se acarreó, y se descuidan otros asuntos como el motivo por el cual ella aceptó meterse en esos problemas. Cada tema suele ir acompañado de un recuadro con información adicional, presentada en forma esquemática. Sirve para ubicar el tema en su contexto histórico y literario. Aunque el autor aconseja que se lea en casa o en algún otro momento, su lectura durante la sesión de trabajo da buenos resultados. La información exegética que aporta evita que los participantes reproduzcan las interpretaciones tradicionales, casi siempre fundamentalistas, que impiden la unión de la vida con la Biblia. Tercero: “se concluye con los compromisos para practicar y vivir la lectura” (p.9). En este último paso, el autor quiere provocar una respuesta de vida. En el estudio de Biblia no busca el acopio de información, sino desencadenar prácticas transformadoras de la vida de las personas y de la sociedad. El autor plantea de dos a cinco preguntas bien formuladas. El sujeto es interpelado directamente por el texto bíblico. Así se evita la directividad y el grave riesgo de que la Biblia se convierta en un inventario de normas morales o de recetas pastorales. Como muchos otros materiales latinoamericanos, esta obra evita vicios frecuentes en los manuales tradicionales de instrucción bíblica, obras que pretenden formar exégetas en miniatura y que suelen ser abstractas, aparentemente eruditas y salpicadas de tecnicismos. Descuidan la vida por atender al texto y relegan el mensaje para vulgarizar opiniones de expertos. La presente obra, en cambio, relaciona el estudio del texto bíblico con la vida y con la fe del pueblo. Se lee el texto bíblico y se accede a su mensaje desde la experiencia comunitaria, con los pies en la tierra y de modo dinámico, participativo y vivencial. Las oraciones y cantos con que comienza y termina cada uno de los temas, permiten que se exprese la cultura religiosa del pueblo, refuerzan el contexto eclesial del estudio bíblico y lo llenan de espíritu de lucha y de fiesta. Al final de cada una de las seis etapas se propone una celebración de la misma. Allí, las diversas dinámicas estimulan la creatividad y la expresividad simbólica del pueblo. Sin renunciar a los recursos didácticos propios del mundo académico, la gente encuentra instrumentos nuevos y accesibles para manifestar su familiaridad con la Biblia. Reconociendo el valor bíblico y catequístico global de la obra, se incorporan algunas observaciones críticas que, lejos de descalificarla, sólo pretenden retocar puntos muy concretos. En primer lugar, hay ciertas afirmaciones absolutas como “las seis etapas del Camino de Jesús” (p.8) o “las ocho etapas del camino de Israel” (p.167), que dan la impresión de reflejar datos bien asentados de la exégesis o de la teología, cuando sólo son fórmulas que obedecen a propósitos didácticos. Algo parecido ocurre con enunciados como las “parábolas trucha” o las “parábolas pargo” (p.56), “el poblado” de la Biblia (p.8) o “la lotería” del Apocalipsis. En estos últimos ejemplos, la imagen de la comparación termina por sobreponerse al objeto que debía ilustrar. A veces lleva a confusiones indeseadas como “la parábola del sembrador es trucha”, en lugar de decir que aparece en tres evangelios. Estas expresiones ciertamente facilitan la comprensión, pero su uso como categorías obstaculiza el conocimiento de la realidad. Las formas terminan por suplantar a los contenidos. Otro tipo de problemas aparece cuando el autor aborda la etapa de la pasión y muerte (temas 31 a 37). Allí sigue “los sucesos de los siete días de la Semana Santa” (p.113), vincula la expulsión de los vendedores del templo con el lunes santo (tema 32) y la unción y traición con el miércoles santo (tema 34) etc. Las posibles ventajas didácticas chocan con los datos históricos y exegéticos. Cuando se entrelaza lo histórico con lo teológico y con lo litúrgico, se corre el riesgo de confundirlos y de provocar una anticipación hermenéutica que impide captar el sentido de los textos bíblicos. En la misma línea, se puede cuestionar el recurso a formas devocionales del catolicismo tradicional para englobar las etapas del camino de Jesús. El autor se sirve de “los misterios gozosos del rosario” para resumir la infancia y la vida oculta de Jesús (tema 8), de “los misterios dolorosos” para englobar la pasión y muerte (tema 38) y de “las cinco llagas gloriosas” para simbolizar la etapa de la resurrección (p.141). La fuerza de esos símbolos religiosos es tanta, que puede encasillar a los textos bíblicos en su sentido rutinario e impedir así que aflore la novedad de su mensaje. Por otra parte, el autor afirma que pretende ser científico (p.8) y, de hecho, ofrece contenidos con bases exegéticas de buena calidad. No obstante, da por resueltas algunas cuestiones discutidas entre los biblistas: sostiene que “los sacerdotes y escribas persiguen a Jesús”, en los relatos de la infancia (p.16); presenta a José como “un inmigrante que tuvo que ir a Nazaret en busca de trabajo” (p.23); habla de “Tiro de Siria (p.70); afirma con J. Jeremías que el bautismo de Juan “se recibe una sola vez” (p.41), dato que J.P. Meir (A Marginal Jew, v.2, p.22) pone en duda; afirma que, además de “predicar”, la misión de los discípulos también es “extender y realizar el reino” (p.93); da por sentado que “Jesús, desde los 12 años, celebró cada año la fiesta de pascua en Jerusalén. Era costumbre y ley para los varones” (p.115), ésto R. Brown (El nacimiento del Mesías, p.509) también lo pone en duda. También se pueden encontrar algunas inexactitudes como atribuir “forma quiástica” (p.24) a un esquema concéntrico, o alojar en el edificio cúbico del templo (debir), tanto al “santo de los santos”, como al “santo” (p.118). La presentación tipográfica del libro está bien cuidada, no obstante, habrá que corregir algunas erratas: p.1: registra que el número de la Serie Pastoral es 16, pero en la portada aparece el n.9; p.8, r.2: deja incompleta la cita del Documento de Santo Domingo; p.18, r.32 y 33: dos veces “Sarra” en lugar de Sara; p.19: “problemas”; p.47, r.38: “se llaman a los”; p.81 passim: “farisáicos” “desaproarlo”, “detrás de mi”; p.82, r.23: “tu tienes”; p.101, r.22: “desempeñando”; p.105, r.20: “a si misma”; p.134, r.33: la cita no es de Mc 2,47 sino de 2,27; p.163, r.6: “buscar texto breve”. Aparte de estas sencillas limitaciones, que por rigor de oficio se debe evidenciar, en realidad, la obra está bien evaluada en la presentación que le hace el obispo Sergio Obeso: “se nota una gran experiencia en el manejo de la Biblia, expresada en el difícil arte de hablar con términos transparentes a la gente sencilla”. El libro constituye “un instrumento que, convenientemente usado, contribuirá indudablemente al seguimiento de Jesús el Salvador”.
Armando Noguez A. |
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