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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

La Biblia leída por mujeres

 Carmiña Navia Velasco

El artículo plantea algunas líneas de lo que ha sido la lectura femenina de la Biblia, a través de la historia en occidente. Se revisan algunos momentos de la recepción femenina de la Biblia en la Iglesia: Marcela, en los primeros siglos del cristianismo, Cristina de Pizan, en su “Ciudad de las damas” y los manuales morales femeninos del siglo XIX. Se intenta mirar las condiciones que tuvieron las mujeres, para acceder al texto bíblico, e interpretarlo libremente y hasta qué punto su condición de “género” condicionó, permitió o liberó su relectura bíblica.

The article follows the lines of what has been the feminist reading of the Bible in the western history. It outlines some moments or aspects of the feminine reception of the Bible in the Church: Marcela in the beginning of Christianity, Cristina de Pizan in her book “The city of the ladies”, and the feminine moral manuals of the XIX century. It tries to understand the conditions women encountered when they acceeded the holy text and interpreted it freely, and also to what extent its “gendered” condition allowed them to read it.

 

1.         La recepción femenina del texto escrito

Si queremos averiguar cómo han leído la Biblia las mujeres, a través de la historia: Qué propuestas han hecho a partir de sus lecturas, qué mediaciones tuvieron para ellas, cómo comulgaron, jugaron o se distanciaron con y de esa palabra... nos enfrentamos primeramente a un problema de Escritura. No podemos llegar al testimonio de la comprensión y el manejo bíblico, por parte de cualquier grupo: en los siglos III, V, XVI..., si no es a partir de que ese testimonio haya quedado por escrito. Nosotros, hombres y mujeres del siglo XX, ya hemos perdido los privilegios y potencialidades de la memoria oral. Esto nos sitúa entonces frente a dos problemas igualmente complejos:
- la recepción bíblica por parte de las mujeres;
- las posibilidades de escritura de esas mismas mujeres.

La Biblia, palabra transmitida inicialmente por los canales de la oralidad, se va poco a poco convirtiendo en un patrimonio de los círculos “ilustrados”, es decir, de los círculos a los que únicamente llegan quienes manejan la lectura. Pero además de ello, la palabra bíblica deja de circular libre y espontáneamente por las distintas comunidades, para pasar a ser patrimonio dirigido y controlado por la Iglesia como institución. Es decir, la Biblia deja de ser un potencial de sentido religioso, en continua relación, relectura, reinterpretación... para quedar “fijada” y guardada, custodiada por los especialistas.

El canon queda establecido entre los siglos segundo y tercero de esta era y, a partir de esos mismos procesos, la recepción de la Biblia por parte de las mujeres se dificulta en un doble sentido:

En las clases populares y medias es escaso el número de mujeres alfabetizadas. Además la Iglesia va a desarrollar progresivamente un control fuerte por parte de los varones, tanto del texto escrito como de la formación y educación del grupo femenino.

La Biblia, cada vez más, se convertirá en una especie de “fuente secreta”, en la que solo podrán beber los escogidos y especializados, por supuesto hombres, y su lectura terminará por prohibirse a todos los católicos.

La palabra bíblica se fue alejando de las mujeres, y ese es el circuito que nos interesa ahora mirar. La lecto-escritura se hizo minoritaria y excepcional entre los grupos femeninos: “entre los varios aprendizajes, el de la Escritura es el que está más rígidamente formalizado en una sociedad: si bien todos los demás conocimientos, se transmiten gradualmente en la familia, por obra de los ancianos, durante períodos de prueba, o también en el curso de la actividad profesional y en general sin un ‘lugar’ fijo, la enseñanza de la Escritura se realiza en una escuela; se puede pensar que esta constante tenga origen en la intersección de dos factores: por un lado, la asociación de la Escritura a dominios relacionados con sedes estables (la religión y la iglesia, la mezquita, la sinagoga; el poder y el palacio), por otro lado, su exigencia de un lugar donde adiestrarse y conservar los materiales de Escritura.”

La relación de las mujeres con la escuela, en los primeros siglos de la Iglesia es ambivalente, y quizás muchas veces en la historia lo va a ser. En el universo grecolatino, las mujeres de la nobleza tuvieron acceso a una formación similar a la del varón, y en la medida en que se desentendieron de las labores de la guerra o del gobierno, tuvieron más posibilidades de dedicarse al arte y a las letras. Y esta tradición de la mujer ilustrada en Grecia se remonta muchos siglos atrás. No pasa lo mismo con las mujeres de clase popular, que son marginadas de cualquier saber, diferente al del cuidado de la casa o de los niños.

La otra vertiente de la tradición eclesial, las mujeres judías, presentan una cara específica: mayoritariamente excluidas de la escuela y de la sinagoga y radicalmente marginadas del discurso religioso. Generan círculos de resistencia al interior que son los que fueron configurando una tradición femenina, de la cual hacen parte algunos textos bíblicos como el de Juan 8,1-11.

Esta ambigüedad de la mujer, respecto al saber eclesial, se va a reproducir permanentemente: las casas de vírgenes, los monacatos, los conventos de mujeres, los beguinatos... las distintas asociaciones femeninas, serán espacios en los cuales la mujer va a acceder a las fuentes y construir su propio saber y su propio sentido.

En una mirada atenta, resulta obvio que la palabra bíblica ha sido recibida por las mujeres, les ha hablado... ha sido interpelada por ellas y ha influido en su vida, esto de diferentes maneras: algunas veces, a través de mediaciones controladas y dirigidas por los varones, control y dirección interiorizado y propagado por las mismas mujeres y otras veces en ámbitos y marcos independientes, logrados por las mujeres en medio de resistencias y luchas.

Veamos algunos momentos particularmente significativos de esa relación de doble vía: Biblia - mujer - Biblia y mujer - Biblia - mujer.

María Dolores Aleixandre ha formulado interrogantes: “¿son sólo los textos, los culpables de la mala imagen bíblica de la mujer, o no lo serán también los ojos enfermos de ideología con que se han leído durante siglos? ¿No se habrá hecho una lectura interesada, sacando de antemano las conclusiones, que ya de antemano, se habría decidido obtener? ¿No se habrán distorsionado las imágenes convirtiéndolas en principios teológicos?”

En cualquier caso se trata de una búsqueda apasionante, a la que las/los invito.

 

2.         Marcela, estudiosa insaciable

En la segunda mitad del siglo III en Roma, ya es suficientemente conocida y reconocida la figura de Marcela. Hace parte del movimiento de vírgenes, que se desarrolló en los primeros siglos del cristianismo. Formó un grupo de mujeres “lectoras de la Biblia” que se organizó y trabajó alrededor de San Jerónimo. Marcela se apasionó por el estudio de las Escrituras y a ellas dedicó toda su vida. Marcela fue la fundadora de la primera Escuela de Estudios Bíblicos que hubo en la Iglesia.

Sin embargo, resulta irónico que nuestro acceso fundamental a la palabra de Marcela, sean las cartas que San Jerónimo le escribió en respuesta a las suyas. Son muy pocos los textos directos que de ella se conservan, pero en cambio en la correspondencia de San Jerónimo, las cartas dirigidas a Marcela constituyen un corpus importante (trece cartas y una larga carta/testimonio en la que San Jerónimo sintetiza la vida de su alumna).

A la relación entre Marcela y la Biblia, llegamos entonces por medio de un espejo; vemos a Marcela reflejada en Jerónimo. Es importante señalar que hasta Marcela, siempre llegamos por vía indirecta: San Metodio de Olimpo, en su texto El banquete, transcribe el discurso realizado por Marcela de alabanza a la virginidad. Discurso que también nos muestra las constantes referencias que nuestra protagonista hace a la Biblia.

Sobre la imagen del espejo, Umberto Eco nos da unos límites que es necesario tener en cuenta: “nos fiamos de los espejos como nos fiamos de las gafas o de los anteojos, porque como las gafas y los anteojos, son prótesis. Una prótesis, en sentido propio, es un aparato que sustituye a un órgano que falta, pero en sentido lato, es todo aparato que extiende el radio de acción de un órgano. Una prótesis extiende la acción del órgano mismo, pero puede tener funciones magnificantes o reductoras... En este sentido el espejo es una prótesis absolutamente neutra y permite captar el estímulo visual allí donde el ojo no podría alcanzar con la misma fuerza y evidencia” .

Con la precaución que nos exige trabajar sobre la imagen de una imagen, podemos de todas maneras concluir algunas características de la recepción del texto bíblico que realizó Marcela.

2.1.      Lectura-estudio

En primer lugar podemos decir que nuestra lectora es muy consciente de la necesidad de realizar una lectura ordenada, bajo la dirección de una autoridad o un especialista. Marcela sabe muy bien que tiene que estudiar, y para ese estudio busca la orientación de quien, en ese momento, mejor se la puede dar: “y un buen día del año 382 se inauguró la primera escuela bíblica de la historia de la iglesia que tuvo por profesor a San Jerónimo... Solo una cosa diré, y es que todo lo que yo con largo estudio había allegado y con tenaz meditación había convertido como en mi propio ser, todo me lo sorbió ella, todo lo aprendió e hizo suyo...” .

Esta actitud nos muestra a una mujer, para quien la Escritura, no fue simplemente un texto de referencia ocasional, sino por el contrario un mundo en el cual era necesario sumergirse. Marcela aparece muy consciente de que: “el texto es una potencialidad de efectos, que sólo es posible actualizar en el proceso de la lectura” . Al concebirse a sí misma como una estudiosa de la Biblia, Marcela está definiendo unos derroteros importantes y además muy pronto en la historia de la Iglesia: la Biblia tiene que ser un objeto de estudio por parte de los creyentes. Todos tenemos que estudiarla: hombres y mujeres, especialistas y no especialistas. Lamentablemente, en la historia posterior, muchísimas veces no hemos seguido estos caminos.

2.2.      Lectura técnico-científica

Esta es una característica que se desprende directamente de la anterior, y de la que tenemos abundantes testimonios en el Epistolario: la lectura que de la Biblia hace Marcela, se sitúa en el umbral de una mirada científica. Tenemos que hablar del umbral, porque en el siglo IV el pensamiento y las ciencias sociales, apenas están en proceso de ordenación y estructuración incipiente: “no podemos olvidar que en esa época (siglo IV), paralelamente a su dolorosa búsqueda doctrinal, las iglesias se mueven también en una búsqueda importante y difícil, encaminada a definir el estilo de vida de los cristianos. Aquí reside la extraordinaria riqueza de la obra catequética y oratoria de los padres de la Iglesia, con frecuencia relegada por los intelectuales al rango menor de obras morales” .

La mirada de Marcela sobre la Biblia se inscribe pues en esta intertextualidad concreta: reflexiones bíblicas desde y para la vida.

Sin embargo, en el nivel de la sustentación de esa lectura, Marcela es rigurosa. Podemos tomar dos ejemplos, entre otros: en la carta nº 29 Jerónimo contesta a Marcela sus inquietudes en torno a la correcta traducción/interpretación de los términos: ephod y teraphim. La exahustividad con que el maestro se explaya, lo detallado de su argumentación, nos muestra la rigurosidad de la alumna.

Igual realidad nos encontramos en la carta nº 28, en torno al diapsalma .

En la importancia que nuestra lectora da a los detalles, nos está mostrando la estructuración de un pensamiento que organiza su saber en un discurso ordenado, coherente, objetivo, lo más cercano al texto posible: los términos son importantes y precisos. Por este camino se está despegando, hacia un tipo de bases absolutamente necesarias a las ciencias del lenguaje.

2.3.      Lectura insaciable, apasionada

Dice Jerónimo que el fervor de Marcela por las Escrituras, rayaba en lo increíble. Sólo así podemos entender la orientación general de la vida de esta mujer. No estamos solamente frente a alguien, que entregó su vida al servicio del Evangelio y de la persona de Jesús, sino a una mujer que organizó su vida, su casa, sus relaciones, sus bienes... en torno a una obsesión central: estudiar y profundizar en el conocimiento de la Escritura. Por ello pudo convencer a San Jerónimo, de que le dictara clases, cosa que hasta ese momento estaba muy lejos de su imaginación; por eso mismo consiguió un grupo de oyentes que mereció la atención del maestro.

Escuchemos directamente a Jerónimo hablar de su discípula: “el sentido de una carta es escribir sobre algún asunto de familia o sobre temas cotidianos. Así, en cierto modo, los ausentes se hacen presentes, mientras se comunican unos y otros lo que quieren o lo que hacen. A veces naturalmente, este convite de conversación puede ir sazonado con la sal de la ciencia. Tú, sin embargo, absorta en tus tratados; no me escribes de nada, a no ser para someterme a tortura y obligarme a revolver las Escrituras...” .

“Habías pedido mi parecer acerca del diapsalma; yo me excusé con la brevedad de la carta y pretexté no poder encerrar en ella lo que es materia de un libro. Pero ¿de qué valen las excusas ante mi ergodiokzen, ante la ‘directora’ de mi trabajo? Con el silencio se acrecienta el apetito. Así, pues, para no tenerte más tiempo en suspenso, aquí tienes un poco de lo mucho que cabría decir” (carta no 28) .

No hay que ser muy arriesgado para adivinar en este espejo, una mujer cuya pasión por el conocimiento de la Biblia, es conocido y contagioso.

Lo que cualquier lector desprevenido se pregunta es: ¿Qué pasó en la Iglesia, para que San Jerónimo sea reconocido universalmente como el primer gran impulsador del estudio de la Biblia y a la “directora de su trabajo” –como el mismo la llama– no la reconozca nadie? ¿No alcanzaron a Marcela, sus condiciones ya que no sus años, para escribir? ¿Los tratados a los que se refiere Jerónimo son los suyos propios o los de otro? ¿No tuvo o no se le planteó a Marcela la posibilidad de conservar y transmitir su escritura? ¿Fue el saqueo a Roma el que acabó con sus manuscritos o la comunidad de sus seguidoras que no pudo o no supo conservarla? ¿Está aún perdida, sin caja de resonancia?

Se trata de preguntas que tal vez no sea posible responder. Lo que sí es afirmable, es que la relación entre Marcela y el texto bíblico fue una relación atravesada por el placer , que copó el sentido de su vida. Es difícil creer entonces que no hubiera dejado más huellas de ella.

2.4.      Lectura vital y comprometida

Toda gran pasión se desborda y se contagia, eso es apenas normal. Marcela no sólo fue una mujer que llevó a otras a vivir la virginidad o la viudez cristiana, sino que constituyó una escuela (no en el sentido de aula, sino de pensamiento) de estudiosas bíblicas. Marcela, a la manera de los griegos, hizo de la dialéctica, un camino para extender a otros su interés en la profundización bíblica. Buscó constantemente caminos adecuados para contagiar a otros, porque para ella siempre estuvo el texto bíblico por encima de todo, aún de su nombre o de su fama: “y como gozaba yo entonces de algún nombre en el estudio de las Escrituras, jamás me habló que no me preguntara sobre algún punto de ellas. Y no se aquietaba de buenas a primeras, sino que ponía sus reparos en contra, no con ánimo de porfiar, sino buscando las objeciones que entendía ella podían ponerse... Era Marcela muy discreta y sabía lo que llaman los filósofos to prepon, es decir, lo decente o decoroso en el obrar; y así, de tal forma respondía a lo que se le preguntaba, que aún lo suyo lo vendía por no suyo, afirmando ser mío o de cualquier otro. De este modo, aún en lo que enseñaba, confesaba ser discípula - sabía en efecto lo que dice el apóstol: A una mujer no le permito enseñar (1 Tm 2,12) - con lo que evitaba dar la impresión de agraviar al sexo viril y, a veces, hasta a sacerdotes u obispos que la consultaban sobre textos oscuros o ambiguos” . Esta cita nos deja ver, por otro lado, lo difícil que le debió resultar a Marcela el camino en razón de su sexo.

Consecuencia clara de este espíritu proselitista y militante es la estela que tras de sí dejó: “por eso nosotras, tus discípulas, olvidando nuestras fuerzas y sin pensar en nuestras posibilidades, sino únicamente en lo que queremos, deseamos enseñar a nuestra maestra, aún a costa de cumplir el dicho vulgar: ‘la cerda pretende enseñar a la inventora de las artes’. Tu que fuiste la primera en arrimar la chispa a nuestra hoguera; tú que nos exhortastes con tu palabra y tu ejemplo a abrazar este género de vida, y como una gallina cobijaste bajo las alas a tus polluelos, ¿vas ahora a consentir que revoloteemos libremente sin madre, que nos aterre el gavilán y nos espantemos de toda sombra de aves que pasan volando?... Quizás nos censures, tácticamente, que no seguimos el orden de las Escrituras, sino que nuestro discurso embrollado va tomando de acá y de allá, lo que el azar nos pone delante. Pero ya al comienzo, hemos sentado que el amor no guarda orden y la impaciencia no sabe de medida, de ahí que en El Cantar de los Cantares, se manda como cosa difícil: ordenad en mí el amor...” .

Finalmente hay que decir que, otra vez según el testimonio de su maestro, Marcela entendió que la palabra bíblica era para hacerla vida, para encarnarla en una práctica concreta: “...continuamente cantaban: en mi corazón he escondido tus palabras, para no pecar contra Ti” . Esto no es menos importante en el itinerario de nuestra lectura: correspondencia-coherencia entre saber y vida.

 

3.         Recreación literaria de la Biblia

Al iniciar estas reflexiones planteábamos unos interrogantes de María Dolores Aleixandre; si partimos de algunos presupuestos de la Teoría de la Recepción, sobre el lector implícito, tenemos que pensar que algunos pasajes bíblicos presentan huellas, susceptibles de ser descodificadas, por la mirada atenta de algunas lectoras... y ningún camino más acertado para realizar esa descodificación, que el juego literario. La literatura –palabra múltiple y abierta– es un cauce ideal para dialogar con la Biblia y arrancarle verdades que pueden silenciarse o ignorarse en lecturas más académicas.

Y algunas mujeres se atrevieron tempranamente a jugar ese juego, y lo jugaron con admirable destreza, como vamos a ver.

3.1.      Cristina de Pizán: recreación libre

Dice Julia Krísteva: “la palabra es un cruce de palabras, en que se lee al menos otra palabra... Todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto” . Esta afirmación se cumple admirablemente en: La ciudad de las damas, la obra de Cristina de Pizan.

Cristina de Pizán (1364-1430) nace en Venecia y se forma intelectualmente en la corte francesa de Carlos V, en la que su padre se desempeñaba como astrólogo. Recibe una formación humanística amplia, acorde con su tiempo: su padre se esmera especialmente en su educación. Participa en el debate, que alrededor del papel de la mujer, se desarrolla en el sur de Europa durante los siglos XIII, XIV y XV: “desde el siglo XII existe en Europa lo que se suele llamar die Frauenfrage, la cuestión mujeres: las mujeres en general, representaron, desde entonces, un problema, en tanto que colectivo, para los que regían las diversas formaciones sociales cristianas, porque ellas desbordaron esquemas, pusieron en práctica, una variedad de comportamientos no previstos hasta entonces para ellas, en los modelos de género determinante” . Uno de los escritos de Cristina de Pizán está dedicado, precisamente, a Juana de Arco.

Esta mujer, es considerada la primera autora francesa. Se trata de alguien que asume la literatura como profesión, con una clara conciencia de sí misma, de su condición de mujer, de sus posibilidades y sus limitaciones. Escribe su magnífica y original obra: “La ciudad de las damas”, en 1405, anticipándose así, a la aparición de las utopías del Renacimiento.

La obra de Pizán, recientemente traducida al castellano, es un alegato contra la misoginia. La autora construye una ciudad literaria, a la que sólo vendrían a habitar mujeres. La narradora, orientada por las Tres Damas que vienen a consolarla, asume la tarea, de convocar a esta ciudad, únicamente a las mujeres que han realizado tareas importantes y dignas en la historia: la lista se hace extensa.

Vale la pena destacar que los nombres de mujeres hebreas y cristianas evocadas, son suficientes como para mostrar un reconocimiento cierto de la literatura bíblica. Aparecen invitadas a poblar la ciudad por distintos motivos, desde Sara, Rebeca y Débora; hasta colaboradoras de Pablo de Tarso, pasando por María de Nazaret y María de Magdala. La autora se mueve, con conocimiento de causa y gran amplitud, por la literatura y la filosofía griega, hebreo-cristiana, latina, medieval y en alguna medida, oriental. La ciudad literaria está igualmente poblada por mujeres de la tradición histórica, que por mujeres de la ficción literaria o legendaria: ¡esto confiere al texto –a mi manera de ver– una fuerza y una belleza contundentes!

Lo más signficativo de esta obra para nuestra mirada, es la libertad con que la autora realiza la relectura bíblica. Las mujeres mejor consideradas, en la tradición católica (María de Nazaret) y en la tradición bíblica, van a convivir en la ciudad utópica al lado de mujeres consideradas paganas o “mal miradas” por ojos estrechos... Conviven Ester, Rut y las colaboradoras de los apóstoles con santas y con figuras como Medea o Circe , o con mujeres como Safo. Desde mi punto de vista, esto supone en la mente creadora de la Pizán una gran libertad de espíritu. Además, las mujeres bíblicas son redimensionadas y, sin necesidad de hacer apologías, entran a formar parte del paradigma femenino, y entran a formar parte de la lucha de las mujeres por su reivindicación de género.

Esta relectura bíblica realizada en la obra no ofrece grandes complicaciones: en un orden temático, no dejarse violar, ser proféticas, salvar a un pueblo... se evoca a las distintas imágenes femeninas y se transcribe muy popularmente la anécdota en la que toman parte. La autora no sólo maneja el texto bíblico, sino que establece con él una relación relajante, agradable, literaria. En su libro, la Biblia no es aquella obra de especialistas a la que sólo se puede llegar por sesudos caminos, sino la obra amiga que nos ofrece alternativas de ficción, de encuentro, de juego amoroso y participativo.

En el conjunto de mujeres sacadas de la Biblia, para habitar la ciudad de las mujeres, me interesa destacar el trabajo de tipo feminista realizado con María de Nazaret, trabajo precursor muy importante. Veamos lo que dice el texto: “Ya María ha sido traída a la ciudad como reina del cielo, las mujeres la saludan diciéndole entre otras cosas...
“¡Oh noble Dama, quien se atrevería, viendo tu esplendor, a pensar o dejar salir de su boca algo tan ultrajante para las mujeres, como pretender que el sexo femenino es vil! Aunque todas las demás mujeres fueran malas, tanto brilla la luz de tus virtudes, que bastaría para ahuyentar las perversas sombras. Tú eres el honor de nuestro sexo, puesto que Dios te escogió por esposa, por tanto, ¿no deberían abstenerse los hombres de acusar a las mujeres y al contrario, venerarlas piadosamente?’
Así respondió la Virgen:
‘A Ti, Justicia, la preferida de mi Hijo, me complace concederte la gracia de vivir en compañía de las mujeres, mis hermanas y amigas. Razón, Derechura, tú, Justicia y Naturaleza también me uno a ello sirviéndome y honrándome sin cesar...”

La figura femenina de María, máximo símbolo eclesiástico y culmen de las figuras bíblicas femeninas “bendice” y corrobora la utopía, emprendida por la narradora en la Ciudad de las Mujeres; esta ciudad, construida para defender el honor de las mujeres, y para construir un nicho adecuado para la convivencia femenina, con la frente en alto, es no sólo aceptada por María, sino adoptada por ella como su casa.

3.2.      Isabel de Villena: lectura mística

Entre las lectoras de la Biblia, esta mujer resulta apasionante. Así como a Cristina de Pizán, se le considera la primera escritora en lengua francesa, a Isabel se le considera la primera escritora en lengua catalana. Nace en el año 1430. Es educada en la corte de Alfonso el Magnánimo y a los 15 años entra al monasterio de las clarisas, en Valencia. En 1463 es elegida abadesa mitrada, con derecho a predicar.

Como en el caso de otras mujeres, su formación humanista es amplia y rica, primero, por su educación en la corte y después, por la posibilidad de acceso a la biblioteca de un monasterio. Isabel de Villena trascendió por su fama de buena oradora, por sus escritos y por su santidad. Murió en la peste del año 1490.

Entre sus obras que se conservan, vale la pena destacar su Vida de Cristo, con dos ediciones tempranas, 1497 y 1513, que no volvió a editarse hasta 1980. Este texto pretende dar a conocer, popularmente y en lengua romance, los evangelios, pero está atravesado, como la ciudad de Pizán, por una clara intención feminista; quiere responder fundamentalmente a Jaume Roig, que en su “Llibre de les dones” ataca a las mujeres. La Vida de Cristo, de Isabel de Villena, está hiperpoblada de las mujeres que acompañaron la vida de Jesús: sus imágenes y sus figuras se agrandan, llenando las páginas del relato de relaciones tiernas y de cercanía y amistades dulces.

Como ejemplo de esta relectura bíblica, quiero detenerme en un microrelato particularmente hermoso, en el que la autora genera una figura muy significativa, de María Magdalena: “como el Señor vino a Betania y le ofrecieron un convite” .

Quiero destacar varias cosas del texto: En primer lugar, la libertad en la lectura: la imaginación de la narradora, copa con lujo de detalles los silencios, los huecos y las preguntas que el relato evangélico –tan sucinto siempre– deja volando. La recreación narrativa de Villena, contesta a muchos interrogantes que lectores y lectoras nos hemos hecho repetidamente, y el cuadro conseguido es un hermoso fresco, en el que la cena de Betania, evocada posteriormente por tantas mujeres, investigadoras del mundo bíblico, se nos acerca y podemos entrar en comunión con ella.

El cuadro conseguido refleja también, una clara intencionalidad teológico-didáctica. La narradora complementa las palabras de Jesús, con dos intenciones muy claras: exaltar a la mujer y moralizar sobre actitudes, en general, y sobre Judas el traidor, en particular. Esa complementación de las palabras de Jesús se convierten en una disquisición sobre el correcto hacer o no hacer de los seguidores del Señor.

Pero lo más importante para nosotros ahora es la figura de María Magdalena que sale del texto. En primer lugar: hecho común a todas las lectoras mujeres, María de Magdala no aparece para nada, identificada con “la pecadora” o algo que se le parezca. Se trata de una mujer, amiga de Jesús, miembro de una familia de amigos del Señor, discípula y seguidora... y sobre todo una mujer inflamada de amor por El; esto es quizás lo que más destaca.

Es ese amor, el que lleva a bañarle sus pies con perfume y alabastro y es ese amor el que Jesús recoge: “¿Quién pensáis discípulos que es ésta de quien habéis murmurado: Una caña agitada por el viento? No es una caña vana que el viento lanza a donde quiere: no es tal, no; por el contrario, os digo que es tan firme y constante que nunca se olvidará... Pues en aquella noche tan tenebrosa de mi pasión, la luz de su amor fiel no se apagará: Y todos vosotros huyendo por temor a la muerte; ella constante y firme... Y por su larga y virtuosa perseverancia de amor, merecerá que yo, después de mi resurrección, me comunique con ella antes que a vosotros; y por ella tendréis noticias de mí: por consiguiente amadla y reverenciarla y no murmuréis de ella: pues yo soy su abogado y defensor; callando ella yo hablaré de su parte, tal como tengo por costumbre: porque de todas las dificultades ella saldrá vencedora” .

Estas palabras del microrelato, puestas en boca de Jesús, nos están mostrando varias cosas: la capacidad de amor de una mujer, en este caso, muy superior a la de los hombres. La figura de María Magdalena como una mujer fuerte, capaz de salir adelante, en situaciones adversas y duras. Y finalmente lo más significativo, en el universo creado por esta escritora, Jesús asume el papel de defensor de María Magdalena, ante cualquier murmuración que sus discípulos, hombres, puedan hacer contra ella, ante cualquier acusación injusta que se le dirija, ante cualquier mala interpretación de sus actitudes.

La relectura bíblica de Isabel de Villena, no es sólo un juego literario con todas las posibilidades que este encierra, sino una toma de partido muy clara, por las mujeres, al interior de una institución eclesial y un discurso teológico que las discrimina explícita o veladamente. El destacar siempre a María de Magdala como “la pecadora arrepentida”, es una de las múltiples formas de esa discriminación.

 

4.         Manuales para mujeres: lectura moralizadora

El siglo XIX en Europa es ambivalente en lo relativo a la mujer: surge el feminismo, como fenómeno colectivo y se multiplican las voces disidentes y las mujeres líderes, que llaman a sus congéneres a la rebelión. La Iglesia pierde piso, y además, algunas mujeres viven su religión, como una posibilidad de autonomía frente al varón. Frente a este movimiento, las instituciones y los hombres enfilan baterías de defensa. Proliferan sermones, manuales, directores espirituales, escuelas, intentos de leyes y hasta una encíclica de León XIII: Arcanun (1880) en la que se afirma: “el hombre es la cabeza de la mujer, tal como Cristo es la cabeza de la iglesia”. Siempre un objetivo claro: controlar el comportamiento femenino, regresarlo a los cauces.

Italia vive en un clima, particularmente agitado, en este sentido: en la década de 1860, Ana María Muzzoni, la máxima representante de feminismo italiano reivindica una “genealogía católica” para la mujer fuerte. El padre Ventura, exiliado en Francia por discrepancias con Pio IX, escribe en 1855 su obra: La mujer católica, en la que reivindica la superioridad moral de la mujer. En el cambio de siglo, Armida Barelli, fundadora de la Juventud Femenina Italiana de Acción Católica, lucha con los “padres de familia católicos”, para conseguir libertad de movimientos para sus seguidoras.

En este contexto de agitación y controversia, una mujer italiana, llamada Livia Bianchetti, escribe su manual: Los deberes de la mujer católica. La edición hace parte de una colección titulada: Biblioteca de la mujer. El ejemplar que tengo a mano (segunda edición) aparece fechada en 1889, en París. El texto en cuestión, tiene constantes referencias a la obra del Padre Ventura, ya mencionada.

Biachetti demuestra una asimilación total, perfectamente acrítica del “modelo católico” de mujer. Su obra tiene un subtítulo que permite ver la óptica de género que maneja: “En que se expone la visión de la mujer en sus diversas condiciones de hija, esposa y madre”. Todas las recomendaciones sintetizadas al final del manual dan cuenta de una asimilación totalmente ortodoxa de los caminos propuestos por la Iglesia a la mujer:

“Sentado esto, he aquí otros medios, a mi parecer muy eficaces oh madre cristiana, para conseguir tu objeto:
1. No alabar jamás en tus hijas la hermosura o la gracia, ni permitir que otros lo hagan en su presencia.
2. Procura que consigan un profundo y prudente desprecio de la vanidad femenil, imprimiendo en su corazón desde la infancia misma la máxima de la Escritura: ‘Falaz es la gracia y vana la belleza; la mujer que teme al Señor, será quien merezca alabanza’ (Proverbios).
3. Háblales con frecuencia de los males espirituales y materiales que produce siempre la pasión de la vanidad...
4. Haz que estén siempre ocupadas en cosas útiles...
5. No permitas usen trajes o adornos vanos, o poco modestos, y cuando veas en ellas alguna inclinación a esto, refrénala cuanto antes, obligándolas a usar un traje más positivo y humilde.
6. Procura en fin que desde sus más tiernos años pongan en práctica el precepto del apóstol: ‘así mismo oren las mujeres en traje honesto, ataviándose con modestia y sobriedad, y no con cabellos encrespados, o con oro o perlas, o con vestidos costosos, sino como corresponde a mujeres que demuestran piedad por sus buenas obras’ (San Pablo a Timoteo)” .

El texto en su conjunto, presenta, sin embargo, cierta ambigüedad, por cuanto en él se reivindica el derecho de la mujer a educarse y a educarse en niveles superiores. Y se reivindica también una cierta superioridad social de la mujer y su poder e influencia innegables en cuanto educadora.

Bianchetti demuestra en su obra ser lectora asidua y conocedora de la Biblia. En este sentido reivindica para la mujer el acceso directo al texto bíblico. Para hacerlo invoca, entre otras, a Marcela y sus compañeras: “todo lo contrario sucede con la mujer católica y piadosa que, copiando en sí misma los ejemplos de las primitivas mujeres del cristianismo, hace del estudio de la religión, una de las principales ocupaciones de su vida. Su entendimiento, formado en la escuela de las Santas Escrituras, de los Padres de la Iglesia y de los escritores católicos, concibe de la religión ideas grandes, justas y elevadas... He recordado el ejemplo de las mujeres primitivas del cristianismo. Y ¿podría encontrarse acaso algún ejemplo más hermoso y oportuno para animar a las mujeres de nuestros tiempos al estudio de la religión? La historia de los primeros siglos de la Iglesia, nos muestra bien claramente en cuanta estimación era tenida la ciencia religiosa por el sexo devoto y con cuanto anhelo la cultivaban. Aquellas venerables matronas, aquellas santas viudas, aquellas piadosas doncellas se complacían en la lectura de las Sagradas Escrituras, las aprendían de memoria, se empeñaban en conocer el verdadero sentimiento de todas sus frases y con devota y santa impertinencia rogaban a los doctores de la Iglesia las ayudasen en su empresa. Santa Paula según lo atestigua San Jerónimo, sabía de memoria las Santas Escrituras, y aunque amaba la historia y comprendía que era el fundamento de la verdad, seguía sin embargo con especial predilección el sentido espiritual, y bajo este techo defendía el edificio de su alma. Quiso la santa aprender el hebreo y llegó a poseerlo de tal modo, que cantaba en este idioma los salmos y los hablaba sin ayuda del latín. Lo mismo sucedía con su santa hija Eustaquia. Santa Marcela, con tanta frecuencia trataba con el mismo santo doctor sobre las Escrituras, que llegó a conocerlas tan bien como él mismo; de manera que cuando se suscitaba dudas o controversias sobre algún pasaje de los libros santos, se recurría a su juicio” .

Pero es indudable que, cuando nuestra autora entra por los caminos de la interpretación, su lectura está empañada por una ideología claramente antifemenina: “la obra es la constitución del texto en la conciencia del lector, quien de este modo se convierte en coautor, en tanto en cuanto comparte con el autor el juego de la fantasía... Partiendo de los espacios vacíos, se desarrolla un proceso de comunicación entre el lector y la obra, caracterizado por la dialéctica entre lo que el texto dice expresamente y lo que el texto calla.”

Así en la conciencia de nuestra lectora/autora las mujeres bíblicas son los modelos que tiene la mujer católica para realizar su obediencia y su docilidad. El punto de partida es la mala conciencia, la culpa de género: “las Sagradas Escrituras nos dicen que Eva, la primera mujer, induciendo al hombre a la desobediencia y a la rebelión contra Dios, introdujo en el mundo el pecado, que es la causa de la muerte” .

Pero en Eva no termina la responsabilidad femenina; las mujeres de Salomón, Jezabel, las mujeres descendientes de Caín, Herodías, Salomé... todas ellas, son el principal vehículo del mal en el mundo. Las mujeres son acusadas, en el discurso de la Bianchetti, de ser inclusive, las portadoras definitivas de todas las grandes herejías.

Sobre el género femenino pesa la maldición de Eva y, entonces, ese mal hay que repararlo. Aparece la lista de mujeres bíblicas, virtuosas, reparadoras: desde la prudente Abigail, hasta Tabita, Tecla, Priscila, en cualquier caso se trata de modelos que llevarán a la mujer católica por el camino “recto” de sumisión y acato a las razones masculinas.

El texto bíblico, cuya lectura se motiva a las mujeres, funciona como un vehículo de sustentación de argumentos, que han sido construidos totalmente fuera de él. En el manual que comentamos, aparece la siguiente nota del traductor: “para que la Biblia pueda ser leída por los católicos es necesario que la traducción esté aprobada por la iglesia católica y que tenga notas explicativas. En caso contrario no puede leerse. Las mejores traducciones al castellano son las de Scio y Amat. Se trata entonces de una lectura bíblica realizada por las mujeres, con la dirección absoluta y el control de los hombres.” .

Podemos volver a los interrogantes planteados por María Dolores Aleixandre, que recogíamos al principio de nuestro trabajo: ¿Es el texto bíblico el discriminatorio, o son los ojos con los que se ha leído, los que nos hacen ver una “sin salida” para la mujer?

Carmiña Navia Velasco
Apartado Aéreo 2619
Cali
Colombia

Tomado de Giorgio Raimundo Cardona. Antropología de la Escritura, Ed. Gedisa, Barcelona,1994.

Ver Werner Jaeger. Paideia, Fondo de Cultura Económica de México, 24a edición, 1969.

María Dolores Aleixandre. Círculos en el agua, Editorial Sal Terrae, Santander, 1993.

Cfr. San Jerónimo, Epistolario, Tomo II, comentario a la carta nº127.

Francisco de B. Vizmanos. Las vírgenes cristianas de la iglesia primitiva - Estudio histórico y antología patrística, Ed. B.A.C., Madrid.

Umberto Eco. “De los espejos”, en: De los espejos y otros ensayos, Ed. Lumen, Barcelona, 1988.

San Jerónimo, Epistolario, tomo II, carta nº 127: “A la virgen Principia” y Comentario a la misma carta, edición de Juan Bautista Velero, Ed. B.A.C., Madrid.

Wolfan Iser. El acto de leer. Editorial Taurus.

Evangelista Vilanova. Historia de la teología cristiana, tomo 1. Editorial Herder, Barcelona, 1987.

Ephod: vestido sacerdotal; teraphim: figura, símbolo sagrado; diapsalma: para siempre, eterno.

San Jerónimo, Epistolario, tomo I, carta nº 29, Edic. B.A.C., Madrid.

San Jerónimo.op. cit., carta nº 28.

Roland Barthes. El placer del texto.

San Jerónimo, Epistolario, tomo II, carta nº 127, Ed. B.A.C., Madrid.

“Carta de Paula y Eustoquia a Marcela”, transcrita en el Epistolario de San Jerónimo; tomo I, B.A.C. Esta carta deja traslucir varias cosas: un gran conocimiento y manejo de la Biblia, por parte de las discípulas; la pasión que la maestra les transmitió por las Escrituras; el gran amor que atravesaba estas primeras comunidades de mujeres cristianas. Se trata también de un buen espejo.

San Jerónimo, op. cit., tomo II, carta nº 127.

Entre otros: Luis A. Acosta Gómez. El lector y la obra. Ed. Gredos, Madrid, 1989.

Julia Krísteva. Semiótica. tomo I, Ed. Fundamentos, Madrid, 1978.

María Milagros Rivera Garretas. Textos y espacios de mujeres. Ed. Icaria, Barcelona, 1990.

Cristina de Pizán. La ciudad de las damas (traducción de Marie José Lemarchand). Ediciones Siruela, Madrid, 1995.

Ibid.

Isabel de Villena, en Escritoras Clarisas Españolas - Antología, preparada por María Victoria Triviño, Ed. B.A.C., Madrid, 1992.

“Como el Señor vino a Betania y la ofrecieron un convite”, en Isabel de Villena, op. cit.

Cfr. Michele de Giorgio. El modelo católico, en Historia de las mujeres, siglo XIX, tomo IV, Editorial Taurus.

Livia Bianchetti. Los deberes de la mujer católica, 2a edición, Paris, Libreria de Garnier Hermanos.

Livia Bianchetti, op. cit.

Luis A. Acosta. El lector y la obra, op. cit. Nuestra citación recoge a su vez citas hechas por el autor de: W. Iser. El acto de leer.

Livia Bianchetti, op. cit.

Livia Bianchetti, op. cit., p. 141.

 

 
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