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Recensiones

 

Luis Stadelmann, Cântico dos Cânticos, Edições Loyola, São Paulo, 1993, 224 págs.

No nos convenció

A pesar de la demostración de profunda erudición y de los conocimientos lingüísticos y gramaticales, el comentario de Stadelmann al Cantar de los Cantares no nos convenció. El motivo principal es la clave hermenéutica que el autor usa para la lectura del libro: el Cantar, según él, es la celebración de la alianza entre el pueblo agrícola de Judá (la Sulamita) y el rey (el amado) que debe llevar al éxito la reconstrucción de un nuevo Judá después del exilio de Babilonia.

Embutido en esta alianza está el proyecto de autonomía e independencia política de Judá en relación a Samaria. Masfá, memoria permanente de opresión babilónica y de una situación de dependencia, debe abandonarse. Jerusalén volverá a ser la capital del nuevo reino que va a ser reconstruido.

El Cantar es la alegoría literaria de este proyecto político. Una alegoría que se hizo necesaria para engañar a las autoridades persas que, con seguridad, no hubieran admitido este sueño de autonomía nacional.

Usando esta clave, el autor relee el texto con una gran capacidad de hacer que todos los versículos, las perícopas, los Cánticos, se vuelvan elementos orgánicos de esta alegoría. ¡Sin excepción!

Fue esto lo que nos llevó a sospechar. El hecho de que no hubiera dudas, ni excepciones, de no encontrar mayores dificultades literarias, hace a toda la obra aparecer demasiado artificial, preconcebida.

La interpretación no sale del texto, sino que el texto está obligado a permanecer preso en la interpretación, como si ésta fuera una camisa de fuerza.

A partir de ahí, se pasa a ver el amor, tan central en el Cantar, sólo como símbolo de esta alianza política.

No deja de ser una interpretación original y sugestiva. Sin embargo, cerrar el Cantar en esta llave interpretativa es decretar su muerte súbita. En la realidad histórica este proyecto no funcionó. ¡Nunca!

Además, para que esta hipótesis interpretativa pueda funcionar, es necesario admitir muchas otras hipótesis históricas que continúan sin ser probadas.

Veamos:

a)    ¿Fue Babilonia opresora de los que quedaron en Judá? No es tan seguro. La unión entre Jeremías y el pueblo de la tierra con Babilonia es muy fuerte y positiva (Jr 40,9). Babilonia continuó, inclusive, considerando como rey de Judá al prisionero Joaquín. Este, cuando fue liberado, fue tratado con honras y privilegios (2 Rs 25,27-30).

b)    La reconstrucción del proyecto monárquico ¿estuvo en contra de los intereses de los persas? Pero, fueron ellos los que mandaron de regreso a los descendientes de David como jefes de las caravanas y los cargaron de poder y de dinero.

c)    ¿Fueron los persas “enemigos”? Esdras, Nehemías, Tobías consideraban una bendición de Dios gozar del apoyo del emperador.

d)    La estructura de la satrapía sólo se da después de la llegada de Dario al poder, cuando ya no había más descendientes de David en Judá.

e)    ¿Ocuparon las tierras los que volvieron? Parece que este es el conflicto básico. No olvidemos que los “hijos del cautiverio” después de 80 años, todavía estaban en la miseria y en la humillación, según el testimonio de Jananí y Nehemías (Ne 1,3).

f)    ¿Los exiliados veían a Judá como tierra prometida? ¿Por qué, entonces, la mayoría de los exiliados no volvió?

g)    ¿Era tan bueno el pueblo de Judá? Entonces ¿por qué los que volvieron lo llamaban con desprecio “pueblos de la tierra”, equiparándolos a las demás naciones que debían ser expulsadas?

e)    ¿Y la cuestión de los matrimonios mixtos? ¿Cabe este Cántico de amor aún como alegoría, en la boca de quienes desprecian a los remanentes de Judá hasta el punto de exigirles que se aparten de sus mujeres y prohibir casamientos?

Al formular su hipótesis de lectura, el autor delimita el tiempo de la redacción de los textos al año 520 aC. En cualquier otro momento histórico la coincidencia de los intereses del sector judaíta con los del sector davídico de Zorobabel no podría haber sido posible.

¿Tendrá entonces el Cantar de los Cantares un alcance tan corto? ¿O sería el libro de cabecera del mesianismo davídico?

¿Sería la memoria permanente de un proyecto político fracasado y la síntesis de sueños irrealizables? ¿Con este crédito ocuparía el lugar litúrgico de celebración pascual? ¿Por qué los sabios darían tanta importancia a este texto si los sabios se caracterizan por la capacidad de adaptarse a las nuevas situaciones, venciendo nostalgias y utopías? Y, sobre todo, ¿cuál es el lugar del templo y de los sacerdotes? ¿Podrían, en esta interpretación, estar reducidos al papel, no siempre positivo, de los “hermanos”? Pero Jerusalén nunca habría funcionado como capital sin el templo que, en la época de los persas, era el elemento recaudador del tributo. A pesar de ello, entre todas las dificultades permanece aquella necesidad de demostrar que los remanentes en el campo eran de la línea davídica. ¿Lo habrían sido de hecho? ¿Hasta qué punto? ¿En qué sentido?

¿Será que estaban dispuestos a reeditar un proyecto político que anteriormente había sido la causa de su opresión y de su sufrimiento?

Jerusalén fue destruida con sus muros, palacios y templos, treinta días después de haber sido derrotada militarmente con el apoyo de los campesinos más pobres que, a cambio, recibieron de Nabuzaradán tierras y viñas (Jr 39,10).

La profecía campesina ya había decretado el fin de este proyecto.

¿Será posible que los campesinos estuvieran reeditando el proyecto? ¿Por qué? ¿Para quién?

El riesgo de esta interpretación alegórica no consiste, solamente, en meter el texto en una camisa de fuerza, sino en “adaptar” la historia a la interpretación.

Una última observación: Sentimos falta de bibliografía latinoamericana que ya produjo varias reflexiones sobre este libro. Tal vez nos falte la erudición típica de las academias, pero, también aquí, hemos dicho cosas interesantes y, sobre todo, ya hemos superado la interpretación alegórica, sea ella cual fuese.

El Cantar de los Cantares puede enseñarnos el arte de hacer exégesis y teología a partir de dos cuerpos que se buscan, se encuentran y se aman. No es necesario ignorar los cuerpos de la mujer y del hombre ardientes de amor para hablar de Dios.

Todo lo que Dios quiso de nosotros era que el hombre y la mujer se amasen desnudos uno al otro y sin sentir vergüenza: ¡era el paraíso! Querer algo más que eso fue la razón del pecado.

Releer el Cantar de los Cantar en su sentido literal y no alegórico, es buscar las raíces de nuestro por qué, como mujeres y hombres; es abrir el texto para todos los tiempos, para todos los lugares, para todas las personas, sin censuras, sin restricciones, sin nacionalismos. Es continuar creyendo en el paraíso, sin mediaciones de palacios y templos. Basta nuestro amor.

Ana María Rizzante
Sandro Gallazzi
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Brasil

 

 
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