Eleazar
López Hernández
PUEBLOS DE
LA BIBLIA
Y PUEBLOS INDIOS
DE HOY
Una reflexión
de fe para servidores de los pueblos indígenas1
Como Lázaro, en Betania, los
pueblos indios emergen de sus tumbas y sacuden la conciencia de las sociedades
que los han llevado a la muerte y deseaban mantenerlos en la tumba. Empuñando
tan sólo el poder de Dios, ellos y sus compañeros no indios de camino,
han ido a este cementerio de pueblos y han desatado las manos, los
pies, la lengua, la mente y el corazón para caminar de nuevo por el mundo,
llevando las flores ancestrales de la vida. Esta resurrección indígena
es fruto de muchos factores. Pero tiene que ver también con un cambio
radical de actitud de las iglesias cristianas frente al que no únicamente
es pobre, sino otro dentro de la sociedad. Y en este
proceso de conversión al otro el
paradigma de Moisés en el desierto es determinante. Por eso es importante
analizarlo. El acceso nuevo, por parte de los indígenas, a la Biblia
judeocristiana, ya no como instrumento o justificación de la dominación
que se impuso, sino como sabiduría de pueblos periféricos, en los
que podemos ver nuestra propia realidad polifacética, ha dado como
resultado una nueva apropiación de la Biblia no para someternos y
enajenarnos en realidades o propuestas que nos son ajenas, sino para
potenciar nuestra lucha de siglos, yendo a los proyectos de vida que
están en la raíz de nuestra identidad cultural y étnica. Como los pueblos
de la Biblia, los indígenas de hoy sabemos que podemos aportar a los
demás la energía de vida que viene de nuestra vinculación estrecha a
la Madre Tierra, a la comunidad y a las utopías de vida, que heredamos
del pasado. La tierra que mana leche
y miel, como anhelo de los pueblos del desierto, es el espejo donde
miramos nuestras utopías indias. Por la experiencia indígena y de la
Biblia sabemos que, para hallar puertas de salida a la crisis global
que vivimos, es preciso ir a las profundidades de nuestro ser y de
nuestra historia y traer los huesos de los antepasados, para con ellos
amasar la carne de los hombres y mujeres del futuro. Es
lo que se intenta reflejar en este artículo.
Like
Lazarus in Bethany, the Indian peoples are emerging from their tombs and
shaking up the consciences of the societies which hounded them to death
and wanted to keep them in their tombs. With nothing in their hands but the
power of God, they and their non-Indian traveling companions have gone
to the cemetery of peoples and have untied the hands, the feet, the tongue,
the mind and the heart in order to walk with world again, bearing the ancestral
flowers of life. This indigenous resurrection is the fruit of many factors.
But it also has to do with a radical change in the attitude of the Christian
churches in relation to
whom is not only poor
in their society but also other.
And in this process of conversion to
the other, the paradigm of Moses in the wilderness is determinative.Therefore it is important
to analyze it. The new access on the part of indigenous people to the Judeo-Christian
Bible, no longer as instrument or justification of domination and imposition
but as the wisdom of peripheral peoples, in which we can see our own multi-faceted
reality, has resulted in a new appropriation of the Bible, not to submit
ourselves or alienate ourselves with realities or proposals which are
alien to us, but to empower our centuries-old struggle, going to the life
projects which are contained in the roots of our cultural and ethnic identity.
Like the peoples of the Bible, we indigenous people of today know that
we can bring to others the vital energy which comes from our close connection
to Mother Earth, to the community and to the utopias of life which we have
inherited from the past. The land flowing
with milk and honey, as aspiration of the peoples in the desert, is
the mirror where we see our Indian utopias. From indigenous experience
and from the Bible we know that in order to find ways out of the global crisis
which we confront it is necessary to get to the depth of our being and of
our history and bring back the bones of our ancestors in order to, using
them, knead out the flesch of the men and women of the future. It is on this
that this article intends to reflect.
1. Contextualización
Como Lázaro, después de cuatro días de muerto
y enterrado, los pueblos indios de México y de todo el continente
han emergido recientemente de su tumba centenaria, con la lozanía y
pujanza de un resucitado. Quienes los llevaron a la tumba y hubieran
querido mantenerlos para siempre en ese estado se han quedado estupefactos
ante el hecho y su reacción ahora es no sólo devolverlos a la tumba sino
incluir también en ella a quienes, en la óptica de estos enterradores
de indios, osaron resucitarlos. Los modernos doctores de la ley y los
señores de siempre se rasgan hipócritamente las vestiduras ante lo
que ellos consideran blasfemia del pobre, que se ha puesto en pie, subvertiendo
el sacrosanto orden establecido por el sistema, y atreviéndose a
levantar la voz para condenar a la sociedad injusta y exigir la construcción
de un futuro nuevo para todos.
En el pasado colonial, algunos dirigentes
de la sociedad y de la iglesia pretendieron formar cuadros directivos
indios en el Seminario Indígena de la Santa Cruz de Tlatelolco
(1535-1575), sin pretender cambiar de fondo los esquemas coloniales,
y, evidentemente, llegó el momento en que esos indios formados pusieron
en evidencia la falacia del orden colonial y exigieron transformaciones
profundas y audaces. Lo que llevó a los dueños del sistema a la conclusión
de que había que cerrar la experiencia de Tlatelolco porque no se necesitaban
indios crecidos, sino indios infantilizados o sumisos que funcionaran
para bien de la sociedad y de la iglesia.
Quienes hoy, desde el poder, perciben la fuerza
de la voz indígena al exigir sus derechos, en vez de captar esa voz como
signo de los tiempos avalado por el mismo Dios, preguntan más bien por
quienes ellos consideran manipuladores ideológicos de tales indios.
El prejuicio racial de los poderosos los hace afirmar, sin base probatoria,
que los indios no pueden decir, por sí mismos, lo que están diciendo. A
partir de un etnocentrismo discriminador, esos poderosos siguen
creyendo que los indígenas son incapaces de pensar y actuar por sí
mismos. Por eso su explicación de los hechos recientes es que seguramente
hay, detras de los indios, extranjeros profesionales de la ideología,
antropólogos y pseudoteólogos que son quienes, por intereses inconfesables,
lanzan a los indios al ruedo con exigencias imposibles de cumplir, impidiendo
así que se integren a las bondades de la sociedad y de la iglesia. De modo
que, en esta perspectiva, no es el sistema el que está mal ni los pobres indígenas; sino los manipuladores
de los indios. Y es a éstos a quienes habría que llevar a la hoguera y santo remedio como se dice popularmente.
Con afirmaciones de esta naturaleza, hechas
desde la esfera del poder, nos damos cuenta de qué difícil resulta modificar
no sólo la realidad indígena en su estructura, sino también las actitudes
colonialistas con las que abordan los dirigentes esta realidad. Sin
embargo, habrá que intentarlo venciendo poco a poco complejos y prejuicios
para ir poniendo los cimientos de un mundo nuevo más humano y más acorde
con el plan de Dios.
Es lo que quisiera motivar para que colectivamente
nos pongamos en camino de descubrir, adorar y escuchar al Dios de la
vida presente en nuestra historia de hoy.
2. “El maestro está aquí y te llama” (Jn.
11, 28)
Es la frase que le dijo Marta a María, en el momento
más trágico de la historia familiar: Lázaro, el hermano de ambas,
aquel cuyo nombre (“Dios es mi fortaleza”)
encerraba la esperanza que el pobre tiene contra toda esperanza;
aquel que había merecido el título de “amigo”
de Jesús (Jn. 11, 11), “el que tú
amas, Señor” (11, 3), llevaba
ya cuatro días en la tumba. Y esa tumba de Lázaro podía convertirse
también en la tumba de la fe de Marta y María; pues la angustia provocada
por la desaparición del hermano, hacía surgir espontáneo en ellas el
reclamo teólogico radical: “si hubieras
estado aquí, mi hermano no habría muerto” (11, 22.32), y en los observadores
sin fe la crítica mordaz: “si pudo
(Jesús) abrir los ojos al ciego, bien podría haber hecho algo para que
Lázaro no muriera” (11, 37).
En circunstancias similares asistimos hoy impotentes
a los funerales, largamente preparados por el sistema, de los hermanos
indígenas de las sierras, montañas y valles; así como de los pobres en
toda la sociedad. El proyecto neoliberal, con su carga de pragmatismo
cínico, los ha excluído de la casa y los destina de hecho a la extinción
como pueblos y como personas. Son, en la mente de los constructores
del neoliberalismo, la población sobrante, los desechables, la hoja suelta del arbol, la escalerilla
de tablas, el excremento de los poderosos, como bien lo definió
Juan Diego en 1531 ante la Virgen de Guadalupe (cfr. Nican Mopohua).
Frente esta realidad de la macroeconomía que
descorazona hasta los espíritus más fuertes, también en muchos de nosotros,
indígenas o servidores pastorales de los pueblos indios, bulle el
cuestionamiento radical al dueño de la historia: “si hubieras estado aquí...” estas cosas no sucederían. Al verlo aparentemente dormido
en la proa del barco, mientras los vientos huracanados amenazan con
hundir la embarcación, también nosotros podríamos dirigirle el reproche
de los discípulos: “maestro, ¿no te
importa que nos hundamos” (Mc. 4, 38). Estos reclamos son perfectamente
explicables, porque la muerte prematura del inocente o las situaciones
límites a que está sometido el pobre no pueden dejar indiferentes
a los servidores del pueblo. Sin embargo, como personas de fe, consagradas
a la causa del reino, hemos de añadir inmediatamente como Marta: “pero aun ahora, Señor, yo sé que cualquier
cosa que le pidas a Dios, Dios te la dará” (Jn. 11, 22).
Y el Señor está dispuesto a decir a cada uno
de nosotros como a Marta y a María: “¿no
te he dicho que si crees, vas a ver la gloria de Dios” (Jn. 11, 39). Esta
situación límite de dolor y angustia existencial no es para la muerte
del pueblo sino para la gloria de Dios. Por eso tenemos que renovar
nuestra fe y esperanza. No podemos ser hombres y mujeres que regresan
desesperanzados, pesimistas, fatalistas a Emaús, después de asistir
al Calvario.
El Espíritu de Dios, por boca de infinidad de
hermanos y amigos de la causa india, nos hace hoy la confidencia: “el Maestro está aquí y te llama”.
Tenemos que ir en su búsqueda para estar en su
casa, para nutrirnos de su presencia. Tenemos que hacer silencio en
el corazón, y experimentar el desierto para captar nítidamente la
voz del Señor que nos habla desde esta realidad; porque Él no está lejos
de su pueblo, con el que se halla comprometido mucho antes que los misioneros
o agentes de pastoral lo hicieran. El conoce el sufrimiento del pobre
y llora por aquél a quien tanto ama, mucho antes que nosotros lo hiciéramos. “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre, no
estás acaso en mi regazo?”, dijo la Virgen de Guadalupe a Juan Diego
en el Tepeyac (cfr. Nican Mopohua).
Como Moisés en el Horeb, y como los profetas
de todos los tiempos, los servidores de los pueblos indígenas de hoy
hemos de decirle a Dios, en actitud de contemplación y de escucha humilde:
“Heme aquí” (Éx. 3, 5); “habla, Señor, que tu siervo escucha”
(1Sm. 3, 10); “aquí me tienes, Señor,
envíame” (Is. 6, 8).
3. El paradigma de Moisés
En la experiencia de fe de Moisés en el Éxodo
está reflejada paradigmáticamente la experiencia de quienes nos
hemos puesto al servicio de nuestros pueblos, que se hallan arrinconados
en la historia no por propia decisión, sino por la maldad de un sistema
injusto. Examinemos esa experiencia mosaica y saquemos nuestras
conclusiones para estos tiempos.
“Moisés cuidaba
las ovejas de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián” (Éx. 3, 1a).
Recordemos quién era Moisés y por qué estaba
en el desierto. Ciertamente era un hombre privilegiado de ciudad. Había
sido recogido, educado y protegido en el palacio del Faraón, tratado
como hijo de él (cf. Éx. 2, 10). Siendo de clase alta, ninguna necesidad
tenía de inmiscuirse en la problemática de los pobres. Pero un día,
al visitar y comprobar los penosos trabajos que pasaba el pueblo
(Éx. 2, 11), cambió su corazón, se convirtió y optó por sus hermanos.
Como consecuencia, se metió en problemas por querer defenderlos y tuvo
que dejar las comodidades del sistema. Abandonó el palacio y se fué
a vivir al desierto en medio de los marginados o excluídos de la sociedad
de entonces. Se hizo uno de ellos, asumiendo vitalmente como su propia
causa la causa de los pueblos del desierto: se casó con la hija de un
ovejero y se quedó a cuidar el rebaño de Jetró, su suegro.
Esto es precisamente lo que pasa hoy con la mayoría
de los agentes de pastoral de las zonas indígenas. No son de aquí y los
que aquí nacimos somos también, de muchas maneras pero principalmente
por nuestro proceso de formación, hijos privilegiados de la ciudad.
Y un día tomamos conciencia de la realidad de dolor de nuestros hermanos
indígenas y optamos, temporal o definitivamente, por decisión propia
o a petición de otras personas, a venir a cuidar el rebaño del Señor
en estos desiertos. Aquí estamos y aquí tenemos que dar fruto. El dueño
de las ovejas vendrá por los resultados. No debemos olvidarlo.
“Una vez llevó
(Moisés) las ovejas muy lejos en el desierto y llegó al cerro del Horeb,
esto es, el Cerro de Dios”
(Éx. 3, 1b).
El trabajo pastoril es de suyo pesado y difícil
para cualquiera, y con más razón cuando se tiene que realizar en el desierto
siendo un catrín de la ciudad venido
al campo. Podemos imaginarnos las penalidades de Moisés para cumplir
con su tarea pastoral, precisamente, porque nosotros tenemos su misma
experiencia en estos lugares. Y como él, quizá conocemos algo de la
realidad del pueblo pero de alguna manera todavía distante, como
realidad ajena a nuestra identidad personal. Seguramente no hemos
ido tan lejos con el rebaño en el desierto hasta el grado de llegar al cerro de Dios con él. No hemos
hecho la experiencia de Dios en su mundo. No hemos conocido el mismo
Dios que nuestro pueblo conoce. Por eso, aunque sabemos de su dolor, no
necesariamente conocemos también su esperanza.
Hoy, en las situaciones límites en que vive el
pueblo en el desierto, es decir, cuando está en juego su vida y su muerte,
tenemos la posibilidad de llegar al Horeb indígena y sumergirnos
en el misterio de Dios al modo de nuestra gente, tal como lo hizo Moisés
con los pueblos nómadas y pastoriles. Eso debiera ser parte de la inculturación
misionera. Los signos de los tiempos nos convocan a hacer entre los
pueblos indígenas nuestra experiencia profunda de Dios. Para que
cuando nos pregunten: “¿dónde está tu Dios?”, respondamos con seguridad:
“aquí está el Señor, y nos llama a su servicio”.
“El Angel de
Yavé se presentó a él bajo las apariencias de una llama ardiente, en
medio de una zarza” (Éx. 3, 2a).
¡Cuánto contenido simbólico se halla aquí incluído!
Moisés descubre a Dios al contemplar la zarza ardiente. La zarza es casi
la única planta que puede vivir en el desierto. Por eso es el símbolo
de los pueblos nómadas y pastoriles, y, en ese sentido, de los pobres
en general. Pero para los poderosos de la ciudad, la zarza no es más
que basura que hay que llevar a la gehena,
al fuego. Por lo tanto, que la zarza se queme no es fortuito sino decisión
del sistema, que no quiere “basura” que le afee su imagen. En este contexto
hablar de zarza ardiente es indicar la situación límite a que se somete
al pueblo.
Lo que a diario vemos en la realidad nos manifiesta
esa situación de angustia a que el pueblo está sometido no por accidente
del destino sino por decisiones tomadas a ciencia y conciencia por
quienes detentan el poder. El proyecto neoliberal que se implementa
en México y en los demás países pobres contempla la inclusión en su seno
a no más del 30% de la población (la más cualificada y productiva, según
sus parámetros). El resto, que abarca indígenas, campesinos, negros
y mestizos, es población sobrante. No interesa para los fines de la
macroeconomía. En consecuencia, se actúa frente a ella de la misma manera
que se actúa frente a la basura de la sociedad.
“Moisés vió
que la zarza ardía, pero no se consumía. Moisés se dijo: ‘voy a mirar
más de cerca esta cosa asombrosa, para saber por qué la zarza no se consume” (Éx. 3, 2b.3).
He aquí el punto de partida de la experiencia
teologal de Moisés. Él no llega al conocimiento de Yavé sólo por ver
que la zarza arde (análisis estructural de la realidad). Porque eso
es lo que el sistema quiere. Eso es fruto del pecado. El análisis estructural
de la sociedad da por resultado la comprensión del sistema, pero no
necesariamente del pueblo.
El asombro de Moisés viene del hecho de que la
zarza, a la que se ha puesto fuego intencionadamente, no se consume
a pesar de la lumbre. Eso es lo que llama su atención y lo que él desea
ver más de cerca. Y cuando descubre por qué es así, entonces se topa con
Dios, que es quien sostiene la vida del pobre y hace añicos los planes
de los poderosos.
Es lo que está sucediendo en los tiempos actuales:
el sistema ha decretado la muerte de los pobres y ha encendido hogueras
de intolerancia, xenofobia, racismo, ajuste estructural, globalización
de la economía, privatización, corrupción, control natal y múltiples
formas más, para ejecutar sus decisiones. Las hogueras están a toda
su capacidad, pero la zarza no se consume. Es lo que la lógica humana
no puede comprender. Los pobres tienen una resistencia que sólo es explicable
porque Dios está en su lucha.
“Yavé vió
que Moisés se acercaba para mirar y Dios lo llamó de en medio de la zarza:
‘Moisés, Moisés’. Él respondió: ‘aquí estoy’. Yavé le dijo: `No te acerques
más. Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada’” (Éx. 3, 4-5).
Llegar a percatarse de que Dios es quien sostiene
la vida del pueblo y dejarse interpelar por esta gran verdad exige purificación
de parte del interpelado. No debe ir más allá del primer impacto sin
antes despojarse de las sandalias, esto es, de aquellas cosas que le
impiden tener un encuentro directo con la intimidad sagrada del pueblo.
Tiene que estar en condiciones de pisar con los pies desnudos, es decir,
con la simplicidad de un alma auténtica, esa tierra que es sagrada.
En el Nuevo Testamento Jesús habla de no llevar para el camino ni bastón, ni pan, ni alforja, ni calderilla
en la faja... ni dos túnicas (cf. Mc. 6, 8). Las preocupaciones adicionales
a la vida sencilla complican y dificultan el encuentro humano y divino.
También se habla, en el caso de Pablo, de que este
despojo a veces lo tiene que hacer Dios de modo violento, por ejemplo
con la caída del caballo y el enceguecimiento de los ojos para lograr
de los orgullosos y poderosos una kénosis
o anonadamiento que el Verbo y los pobres asumen, de suyo, gustosamente.
Porque, para éstos, asumir la carne del pueblo significa también asumir
la fuerza que dinamiza esta carne: es decir la fuerza de la cultura y
de la fe del pueblo, que es lo que ahora se llama el factor C (cultura, comunidad, culto).
“Yo soy el
Dios de tus padres... He visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y
he escuchado sus gritos cuando lo maltratan sus mayordomos. Yo conozco
sus sufrimientos”. (Éx. 3, 6.7)
Independientemente de si Moisés era o no de
la sangre de Abraham y de los patriarcas, él ya había sido sacado de
las aguas del sistema y había hecho una primera opción de fraternidad
por los esclavos de Egipto identificados con Abrahán. Y su exilio en
el desierto lo había hermanado igualmente con los pueblos nómadas.
Ahora su misión era crear el marco teológico necesario para hermanar
a ambos pueblos.
La experiencia religiosa de Moisés en el Horeb
(lugar de los nómadas) lo llevó a encontrarse con el Dios de sus padres, es decir, de los
padres de aquellos a quienes él hizo sus primeros hermanos en Egipto.
Y es que, a final de cuentas, la diversidad cultural y religiosa,
cuando es auténtica, no conduce a otro sino al mismo y único Dios de
todos los pueblos. Y este Dios, cuyo nombre conocerá Moisés después
como Yavé (Yo Soy el que Soy), tiene
la capacidad de incluir a todas las denominaciones de Dios, porque
Él es Elohim (Dioses). Y este Yavé Elohim no es ajeno a la problemática
humana: ve, oye y conoce los sufrimientos
del pueblo en Egipto (cf. Éx. 3, 7).
Egipto es en ese tiempo el símbolo del proyecto
global de dominación, que Moisés conoce perfectamente, por haber vivido
dentro de él. En consecuencia la perspectiva macroestructural de Yavé
y de Moisés empatan exactamente. Se da una coincidencia en el sentido
de que no basta ver la realidad reducida del desierto y, en base a
ella, plantear un proyecto restringido de liberación de los pueblos
nómadas. Más bien desde la exclusión más extrema, manifestada en el
desierto, hay que mirar el conjunto de la sociedad, y para eso hay que
ir hasta Egipto, porque ahí es donde está la verdadera raíz de los problemas
del pueblo, y hacer un planteamiento que incluya a todos los pobres.
Moisés lo entiende inmediatamente, porque su formación amplia y pluricultural
lo ha capacitado para ello. Y ese será precisamente su aporte en el
proceso de formación del antiguo pueblo de Dios2.
Por eso el planteamiento de liberación que Moisés
percibe venido de Yavé no es primordialmente para los más excluídos
del sistema, los pueblos del desierto, que ya habían aprendido a sobrevivir
en la exclusión. Más bién, desde estos pueblos periféricos Moisés toma
conciencia de un planteamiento de liberación que es para todos los pobres
del sistema, y que ha de ejecutarse yendo al rescate de los que se hallan
en los centros de poder.
Esto es exactamente lo que sucede ahora en
las zonas indígenas. Desde esta periferia de la macroeconomía, los
pueblos indígenas están planteando un proyecto de vida pensado por
todos y para todos los pobres. No están pidiendo para sí nada, sino todo para todos. Porque el problema
fundamental a resolver no está en la miseria y postración en que se
halla los pobres, sino en la estructura de la sociedad que da origen a
esta miseria y postración de sus miembros. No se resolvería nada si
el sistema simplemente llegara a establecer que los pueblos indios
vivan sus derechos colectivos como mejor les plazca, es decir, si sólo
legislara sobre la autonomía indígena, sin cambiar de raíz la estructura
social. Porque o se cambia el conjunto o no se resuelve nada.
Esta percepción crítica surge al profundizar
los indígenas y sus servidores la experiencia de la marginación y
de la exclusión en el desierto Es ahí donde captamos mejor las complejidades
y obscuridades del sistema, y, por lo mismo, nos preparamos a hacer
propuestas globales, desde la óptica indígena. Es ahí donde damos,
como Moisés y como Pablo de Tarso, nuestro aporte ampliado al caminar
de nuestros pueblos.
“He bajado
para librarlo del poder de los egipcios y para hacerlo subir de aquí a
un país grande y fértil, a una tierra que mana leche y miel” (Éx. 3, 8).
Yavé, el Dios de los pobres del desierto y ahora
también de la ciudad, no se siente a gusto con la opresión y la injusticia.
Tiene un proyecto de vida y de libertad para sus hijos. Proyecto que
implica liberación de Egipto,
pero también construcción en el desierto,
de los ideales y utopías de los pobres. Y aquí es donde Moisés hace el
servicio de transferir a los esclavos de Egipto, que han sido despojados
incluso de sus sueños colectivos, la utopía de la “tierra que mana leche y miel”, que es propia de los pueblos
nómadas. Sabía que no bastaba salir de Egipto para ser un pueblo. Hacía
falta asumir un proyecto común de vida. Y este proyecto vino del desierto.
Moisés fue quien hizo posible su transferencia a los pobres de la ciudad.
Es inconfundible la marca que los pueblos del
desierto dejaron impresa en la configuración de la identidad, la
mística y la espiritualidad del pueblo de Dios en la Biblia, no sólo
en el AT, sino también en el NT. Veamos tan sólo algunos ejemplos: el
gran paradigma de liberación, que es la salida de Egipto, se sella litúrgicamente,
con el ritual del cordero pascual, que era costumbre inveterada del
desierto. Los líderes políticos del pueblo elegido, aún cuando llegaron
a ser reyes, siguieron llamándose “pastores”, como si continuaran
en el desierto. Jesús se presenta como “el buen Pastor” y sus apóstoles
deben ser pastores como Él. La Nueva Alianza se sella con la sangre de
Cristo, muerto en la cruz como el nuevo Cordero pascual. Hoy celebramos
la pascua, igual que los nómadas del desierto, y nuestro servicio eclesial
lo seguimos llamando acción pastoral.
De modo que la perspectiva de los pobres del desierto - perspectiva
que seguramente los más letrados considerarían primitiva - sigue
siendo el paradigma más socorrido para la comprensión del planteamiento
cristiano.
Por eso no es casual que Yavé le haya dicho a
Moisés en la hierofanía del Horeb:
“ésta será la señal de que yo te envío: cuando hayas sacado al pueblo
de Egipto daréis culto a Dios en este monte” (Éx. 3, 12).
Eso está pasando hoy en medio de la crisis que
nos agobia. Los pueblos indígenas, tradicionalmente ignorados o incluso
negados por los demás pobres de la ciudad o del campo, están compartiendo
ahora con todos sus utopías ancestrales de vida. Y con ello les están
comunicando la energía más poderosa del mundo: la fe y la esperanza
en un futuro mejor. Y esta comunicación y comunión de bienes culturales
y espirituales se realiza gracias a la acción de los modernos Moiseses
o servidores múltiples del pueblos, donde son contados los agentes de
pastoral indígena. Son ellos los que han hecho posible la transferencia
y circulación de los valores indígenas dentro de la sociedad, no como
curiosidad folclórica o turística, sino como bienes necesarios
para la supervivencia de la humanidad.
Los cristianos creemos en la fuerza venida del
espíritu humano contenido en el corazón de las culturas, pero pensamos
que a esta fuerza hay que unir la energía inquebrantable del evangelio,
que en parte viene de fuera y en parte está ya sembrada en nuestros pueblos.
Esta doble energía, que no se contrapone, sino que se complementa, hará
que el poder de los pobres llegue a tener una capacidad que supera toda
lógica humana. La Virgen María nos lo recuerda: “el Señor hizo en mí maravillas...
porque se fijó en la insignificancia de su esclava...” (Lc.
1, 49.47). Y la razón es porque “la locura
de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de
Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Cor. 1, 25).
Nosotros somos conscientes, como los apóstoles,
de que al no tener oro ni plata, no
estamos en condiciones de competir con el sistema en su misma lógica,
pero tenemos algo que supera la fuerza del sistema: el poder del resucitado. Y es lo
que comunicamos a nuestros hermanos con humildad y convicción (cf.
Hch. 3, 6).
“Ve, pues, yo
te envío a Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo” (Éx. 3, 10).
Hacer la experiencia de encontrar a Dios en el
desierto, es decir, desde y con el pueblo excluído, no nos puede dejar
tranquilos. El Señor, inmediatamente después que nos descubre su visión
de las cosas y su designio de salvación, nos pide nuestra colaboración
activa para hacer realidad ese proyecto. Estar con Dios en la oración
y contemplación de sus designios es fundamental, pero no podemos quedarnos
embelesados en mirarlo o en dar vueltas a su palabra (cf. Lc. 9, 33),
sino estar dispuestos a ser enviados para hacer realidad su mandato
en el mundo. No es posible ser hombres y mujeres de Dios si no estamos
dispuestos a llevar a la práctica su voluntad. Pues no todo el que dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los
cielos; sino el que cumple la voluntad de mi Padre celestial” (Mt.
7, 21).
Conclusión
La tarea que a los indígenas y sus servidores
pastorales nos asigna hoy el Señor de la historia puede ser terriblemente
desproporcionada a nuestras fuerzas en la lógica del poder en el mundo,
como lo comprobó Moisés; pero afortunadamente para nosotros la lógica
de Dios se guía por otros parámetros. Además sabemos en quien hemos puesto nuestra confianza y en su nombre echamos una y otra vez las redes,
seguros de que cielo y tierra pasarán
pero sus palabras, dichas a nuestros antepasados y reiteradas a
nosotros en los momentos actuales, no
pasarán, es decir, no dejarán de cumplirse (cf. Mt. 24, 35) para
gloria de Dios y confusión del Maligno.
Eleazar
López Hernández
Avenida Xochiquetzal 255
Colonia Santa Isabel Tola
07010 México, D.F.
México
1
Esta reflexión fué hecha colectivamente
en ocasión de la IIIª Asamblea Diocesana de la Iglesia Tarahumara,
llevada a cabo en Sisoguichi, Chih., México, del 1 al 4 de mayo de
1996.
2
La experiencia de Moisés se repite
en el Nuevo Testamento a través de Pablo de Tarso, cuya formación pluricultural
(pues era judío de nacimiento, romano por naturalización y griego
por formación) lo hizo apto para abrir la iglesia a la pluralidad de
las naciones.